jueves, 17 de septiembre de 2026

PISA Y LA NOTA ELEMENTAL DE LAS PARTÍCULAS, de Juan Di Paolo Morcos - 15/9/2026

En Las partículas elementales, Michel Houellebecq cuenta la vida de personajes que siguen andando cuando varios de los enlaces que daban forma a una existencia empiezan a aflojarse.
La familia promete menos, las prohibiciones pesan distinto, las jerarquías morales dejan de parecer evidentes y la libertad individual avanza sobre territorios antes organizados por otras reglas.
El resultado no es un vacío. Cambian las fuerzas que distribuyen las posiciones.

Donde una pertenencia pierde espesor puede crecer la comparación; donde una identidad deja de venir dada aparece la necesidad de producirla; donde retrocede una prohibición puede instalarse una competencia.
Las partículas quedan más sueltas y, justamente por eso, importa todavía más aquello que las atrae, las separa o las deja expuestas.
Ese movimiento me interesa bastante más que la nostalgia de Houellebecq por el mundo anterior.
¿Qué sucede cuando los principios que ordenaban de antemano una situación pierden fuerza y, aun así, el gobierno de esa situación continúa?
¿Qué clase de poder necesita fijar menos para poder intervenir más?
¿Qué pasa con quienes aprendieron a reconocerse en posiciones que antes parecían durar?

La escuela ofrece un lugar privilegiado para mirar ese desplazamiento porque durante mucho tiempo fue una máquina extraordinaria para fabricar enlaces.
El profesor no necesitaba ser elegido profesor por el curso cada mañana. 
El conocimiento no entraba a competir desde cero con cualquier afirmación.
El título no debía volver a probar todos los días que seguía siendo un título.
El horario definía la tardanza antes de que alguien llegara tarde y la prueba fijaba las condiciones de aprobación antes de conocer las respuestas.
La regla llegaba, en cierto modo, antes que el conflicto.

Eso no hacía de la escuela un espacio sin disputa.
Al contrario: podía tramitarla porque profesor, alumno, examen, promoción, sanción y egreso ya ocupaban lugares reconocibles.
Se discutía dentro de una trama que venía armada.
El estudiante podía cuestionar al docente y seguir sabiendo quién era el docente; podía odiar Matemática y rendirla; podía preguntarse para qué servía lo que estudiaba y, al mismo tiempo, imaginar que terminar la escuela modificaba su posición.
La institución no borraba el conflicto: le daba una forma y una duración.


La escuela necesita, además, algo bastante extraño.
Necesita que treinta personas acepten compartir un mismo lugar y un mismo horario para ocuparse de algo cuyo beneficio probablemente no sea inmediato.
Necesita que lo aprendido ayer conserve valor hoy y que lo que se hace hoy tenga alguna relación con lo que vendrá mañana.
Necesita continuidad, secuencia, repetición, acumulación.
Necesita, en definitiva, que esperar tenga algún sentido.


Ese sentido no dependía sólo de un buen docente ni de un reglamento severo. Aula, timbre, lista, programa, calendario, examen, registro, título, firma: antes de que empezara la conversación muchas cosas ya estaban resueltas.
El espacio distribuía posiciones; el horario recortaba el tiempo; el programa seleccionaba saberes; el título autorizaba una voz.
La escuela gobernaba también de esa manera, haciendo que ciertas decisiones dejaran de verse como decisiones y funcionaran como el suelo desde el cual podía empezar la discusión.

También producía efectos de verdad.
Una nota habilitaba un pasaje. Un examen cerraba una etapa.
Un título convertía una trayectoria en una posición social.
Cuando la institución decía “aprobó”, “egresó”, “es profesor”, hacía algo más que describir: fabricaba un antes y un después.
Esa capacidad de cierre fue una de las eficacias políticas más fuertes de la razón escolar.

Los ritos escolares condensaban esa potencia.
Pasar de año, rendir, recibir un diploma no eran adornos de la vida institucional. Marcaban que algo había ocurrido y que podía ser reconocido por otros. Después de la prueba, de la firma o del título, una posición nueva quedaba disponible.
La razón escolar no se limitaba a separar verdadero y falso; también podía decidir cuándo una secuencia había terminado.
Y esa posibilidad de terminar algo organizaba deseo.
Saber podía valer la pena. Aprobar podía valer la pena.
Recibirse, ejercer una profesión, “ser alguien” justificaban años de esfuerzo y de espera.
La promesa jamás fue universal y estuvo atravesada por desigualdades enormes, pero conservaba fuerza porque dibujaba un recorrido.

El mito más profundo no decía que todos iban a triunfar; decía que una secuencia podía conducir a alguna parte, que el tiempo dejaba sedimento y que después de ciertas pruebas una posición podía durar.

Lo que podía cerrar

Nada de eso desapareció de golpe.
Los títulos siguen existiendo, los profesores conservan cargos, los programas ordenan contenidos y las escuelas continúan tomando exámenes.
Lo que cambia es la convivencia con otra racionalidad, menos dependiente de producir el mismo tipo de cierre para poder ordenar.
Fernando Peirone llama sociedad poslogos a un escenario en el que la cultura escrita y el logocentrismo dejan de monopolizar la producción social del sentido.
La razón permanece, aunque ya no puede organizar por sí sola toda la experiencia.
Secuencia, causalidad, explicación, jerarquía, autoridad: durante siglos esas operaciones compusieron una forma de mundo ligada al contrato social, al enciclopedismo, a la democracia liberal y al positivismo científico.
La escuela fue una de sus infraestructuras más persistentes.
Enseñó a leer y escribir, pero hizo algo más decisivo: volvió pensable un mundo que podía demostrarse, clasificarse y cerrarse.
Verdadero o falso. Correcto o incorrecto. Aprobado o desaprobado. Alumno o profesor. Antes o después.
Esas parejas tenían efectos concretos.
Una forma de verdad producía autoridad; esa autoridad ordenaba tiempos, cuerpos y expectativas.
La pregunta aparece cuando esa narrativa pierde parte de su capacidad para jerarquizar todas las voces y todos los pasajes.
¿Qué pasa cuando la verdad sigue existiendo, pero ya no alcanza para clausurar una situación?
¿Qué ocurre con la autoridad cuando su fundamento tiene que hacerse visible dentro de la escena que pretende ordenar?

Sandra Ziegler sostiene que la autoridad ya no puede funcionar como un a priori de la experiencia escolar y debe construirse en la propuesta, en el vínculo, en lo que ocurre.
La lectura habitual celebra el desplazamiento de la vieja verticalidad.
A mí me interesa otra arista: si la autoridad deja de venir incorporada a la posición, cambia también el tipo de poder que se pone en juego.
El profesor conserva el cargo y el título, pero la eficacia de esa posición tiene que producirse frente al curso.
La discusión se vuelve más compleja que una oposición entre verticalidad y horizontalidad.
Una tecnología del orden partía de posiciones relativamente fijadas y desde allí organizaba la interacción.
Otra puede seguir la interacción, medirla, corregirla y producir orden en su propio movimiento.
Red, equipo, proyecto, monitoreo, evaluación, ajuste: vocabulario de una gramática distinta.
El orden ya no necesita presentarse completamente terminado para intervenir.
Si la autoridad deja de venir incorporada a la posición, cambia también el tipo
El choque entre dos tecnologías del orden empieza a hacerse visible.
Una fue construida para producir verdades, pasajes y posiciones relativamente durables.
La otra trabaja con comparación, evaluación y reválida, y mantiene abiertas las posiciones que administra.
Una podía decir “sos”.
La otra se mueve con una fórmula distinta: “por ahora, estás acá”.
La diferencia parece pequeña hasta que se la lleva a sus consecuencias.
“Sos profesor” produce una identidad institucional.
“Estás por debajo del promedio” produce una posición relativa.
La primera descansa en una adquisición; la segunda necesita comparación. Una pretende durar; la otra conserva sentido mientras pueda volver a medirse. El cierre deja lugar a una información que prepara la próxima intervención.

La palabra que mejor muestra el desplazamiento quizá sea actualización.
El título vale, aunque tiene que actualizarse.
La experiencia cuenta y puede quedar obsoleta.
La formación termina y vuelve a empezar.
Se aprende, se recertifica, se ocupa una posición y se demuestra otra vez que todavía se la merece.
Lo adquirido no desaparece: queda bajo condición.
La figura del sujeto acelerado empieza a quedarnos corta.
La velocidad explica una parte; la duración abre un problema más profundo. Cada vez más posiciones parecen sostenerse bajo condición.
El sujeto provisional es aquel para quien haber llegado no resuelve la pregunta por su lugar.
¿Cuánto dura un saber? ¿Cuánto dura una autoridad?
¿Cuánto dura un título? ¿Cuánto tiempo puede una posición descansar en lo que ya acreditó antes de tener que probarse otra vez?

En Las partículas elementales ese problema aparece de una manera íntima y bastante cruel.
Las viejas identidades siguen funcionando como expectativas cuando las instituciones que las sostenían ya no tienen la misma consistencia.
Bruno necesita confirmar una y otra vez su valor en la mirada y el deseo de los otros; Michel busca refugio en una identidad científica que reduzca al mínimo esa demanda de reconocimiento.
Ninguno queda simplemente liberado.
Los dos cargan con posiciones heredadas que todavía dicen cómo debería ser una vida, mientras el mundo ya no garantiza los enlaces capaces de sostenerlas.
Algo parecido ocurre con las identidades institucionales.
El profesor sigue siendo profesor, pero el título ya no produce por sí solo toda la autoridad de la posición.
El profesional conserva su acreditación y debe renovarla.
La escuela sigue siendo escuela y, sin embargo, vuelve periódicamente a demostrar que enseña.
La identidad permanece; lo que se vuelve revocable son sus efectos.
El sujeto provisional no carece de identidad: tiene que mantenerla vigente.

Por ahora

PISA adquiere otra densidad dentro de este problema.
Convierte países, jurisdicciones, puntajes, brechas y tendencias en posiciones comparables.
Argentina, Chile, CABA o Mendoza dejan de aparecer solamente como lugares y pasan a existir dentro de una serie de relaciones.
El sentido surge de las distancias, de los movimientos y de la posibilidad de volver a medir esas posiciones.
Los resultados argentinos de 2025 son malos: apenas el 24% de los estudiantes alcanzó al menos el nivel básico en Matemática; en Lectura lo hizo el 40% y en Ciencias el 41%.
Esos números importan.
También importa la forma de verdad que construyen.
PISA establece dónde está cada sistema, a qué distancia de otros y qué ocurre con esa distancia cuando llega una nueva medición.
La verdad que produce es comparativa, periódica y revisable.

Las diferencias entre países obligan, además, a no convertir “la época” en una explicación cómoda.
Argentina, Uruguay, Chile o Brasil atraviesan transformaciones parcialmente comunes y producen resultados distintos.
PISA vuelve comparables esas configuraciones, transforma las diferencias en una superficie desde la cual observar, clasificar, intervenir y volver a observar. 
La comparación no cancela la singularidad; la vuelve gobernable.

Cada ciclo produce una posición verdadera y, al mismo tiempo, provisoria.
La escuela moderna había hecho de la prueba un rito de pasaje: se rendía para pasar y el examen prometía un después.
La racionalidad contemporánea multiplica pruebas que funcionan cada vez más como controles de vigencia.
Haber pasado no evita nuevas comprobaciones.
La evaluación vuelve, la acreditación vuelve, la actualización vuelve.
La prueba deja de ser sólo una puerta y empieza a convertirse en una condición de permanencia.

La autoridad entra en la misma lógica.
El profesor conserva su posición y necesita reconocimiento.
El saber mantiene su valor y tiene que demostrar pertinencia.

La institución continúa siendo institución y debe exhibir resultados.
Donde la norma no alcanza aparece el protocolo; donde la posición no garantiza aparece la reválida; donde el título no basta aparece la actualización; donde una escuela no puede dar por supuesta su eficacia aparece el indicador.
Puede que llamemos desorden a algo que ya está siendo ordenado de otra manera.
La escuela encuentra dificultades para estabilizar y, al mismo tiempo, el mundo que la rodea aprende a gobernar con menos necesidad de fijar.
Seguir movimientos, comparar posiciones, revisar resultados, ajustar intervenciones: la estabilidad deja de funcionar como condición previa del gobierno.
Las viejas identidades siguen funcionando como expectativas cuando las instituciones que las sostenían ya no tienen la misma consistencia.
De ahí nace una parte importante del desconcierto contemporáneo.
Seguimos esperando que un título produzca profesión, que un cargo produzca autoridad, que una trayectoria produzca reconocimiento, que estudiar produzca futuro.
Las palabras permanecen; también los rituales, los edificios y los certificados.
Lo que se vuelve incierto es cuánto dura aquello que nombran.

La oposición entre identidades fuertes e identidades débiles dice poco. Seguimos ocupando posiciones heredadas de un mundo que confiaba mucho más en su capacidad para fijarlas, mientras las hacemos funcionar dentro de otro que exige ratificación permanente.
El profesor sigue siendo profesor y tiene que producir reconocimiento.
El profesional conserva el título y debe actualizarse.
La escuela continúa siendo escuela y vuelve a demostrar que enseña.
Haber llegado ya no resuelve la pregunta por el lugar que se ocupa.

PISA pertenece a ese mundo que vuelve a preguntar. Mide, ubica, compara y deja abierta la próxima medición.
Un país no queda definido para siempre por su puntaje; ocupa una posición hasta que otra medición vuelva a moverla.
La verdad no desaparece: cambia su forma temporal.
Deja de fijar completamente una posición y empieza a seguirla, compararla y revisar su vigencia.

Houellebecq deja a sus personajes en un mundo donde varios de los viejos enlaces perdieron fuerza, mientras las expectativas que esos enlaces habían producido siguen trabajando sobre ellos.
Bruno y Michel responden de maneras opuestas y ninguno consigue salir del desajuste.
El título de la novela se vuelve así más inquietante: una partícula nunca es sólo una partícula.
Importan las fuerzas que la atraen, la separan, la mantienen unida a otras o la dejan expuesta.

La escuela obliga a mirar algo parecido.
Profesor, alumno, título, examen, autoridad, conocimiento, indicador: aislados explican poco.
Lo decisivo son los enlaces que conseguían convertirlos en un orden y la duración que esos enlaces podían garantizar.
Hoy conservan buena parte de sus nombres mientras pierden capacidad para asegurar, por sí solos, la posición que producen.

Eso es, quizás, lo no tan elemental de las partículas de PISA.
Miramos los números buscando qué está mal en la escuela y terminamos frente a preguntas más ásperas.
¿Qué ocurre cuando las posiciones conservan el nombre y pierden duración?
¿Qué autoridad puede descansar en un cargo que vuelve a legitimarse? ¿Qué deseo sostiene una trayectoria cuando llegar no asegura permanecer?
¿Qué hace una escuela construida para certificar pasajes en un mundo que convierte cada llegada en otra instancia de evaluación?


Houellebecq imaginó partículas liberadas de algunos de sus antiguos enlaces. PISA las mide, las compara y vuelve a ordenarlas.
Entre una escena y la otra queda abierto un problema menos pedagógico que político.
¿Cuánto de nuestra identidad depende todavía de instituciones capaces de decir “sos” y cuánto de un orden que apenas puede decir “por ahora, estás acá”?
¿Qué sujeto produce una sociedad que necesita saber cada vez menos quiénes somos para seguir gobernando dónde estamos?
¿Qué puede prometer una escuela cuando incluso haber llegado deja de cerrar algo?
¿Y qué pasa con el deseo cuando la única certeza es que habrá que volver a demostrar?



NO PUEDE IRSE, NI QUEDARSE, NI VOLVER, de Diego Valeriano - 16/9/2026

Esta vez no podemos dejar que se nos escape.
Ahora, cuando definitivamente explote por los aires lo que ya nos explotó por dentro, no se nos puede escapar el Toto Caputo.
Cuando desde Estados Unidos, Chile o Raccoon City lo vengan a rescatar, no se nos puede escapar.
Hay que cerrar las fronteras, hacer barricadas, pedir captura internacional, cortar la Riccheri, avisar hasta en los puestos fronterizos más olvidados del Impenetrable, llamar a un paro por tiempo indeterminado de aeronavegantes.
Tiene que ir preso de por vida.
Condena social, judicial, divina, eterna venganza.
Que no se escapen ni él, ni los miembros del gabinete, ni los que lo pusieron, ni los periodistas, ni sus hijos - si es que tiene -, ni su amigo el presidente.

Y si no logramos pararlo e igual se escapa, tenemos que hacer lo imposible para que no vuelva.
Si se va del país, hay que impedir su regreso.
Carteles con su cara en cada paso de la cordillera, paro de aeronavegantes, negar la extradición, romper relaciones, aislarnos del mundo si hace falta.
Todo con tal de que no vuelva.
Me arderé de odio cuando vea su foto tomando sol en la playa, dando charlas

No nos merecemos que vuelva, y eso que a veces nos merecemos cada cosa…
Es imposible soportar otra vez el Día de la Marmota del endeudamiento, la entrega y la destrucción.

De los últimos doce años de nuestras vidas, seis nos estuvo arruinando. Muchachos, no quiero la tercera.
Elijo no creer. Ningún cuerpo aguanta otra vuelta de él.
No puede irse, ni quedarse, ni volver.
Que disfrute la que hizo, que viaje en vuelos privados, que navegue por Cerdeña en esos yates con bandera de paraísos fiscales, pero que no vuelva.
Me arderé de odio cuando vea su foto tomando sol en la playa, dando charlas en universidades extranjeras, asesorando a alguna financiera.
Poco me importa su disfrute, con tal de que no vuelva.

Y si vuelve - y obviamente no va preso, porque ellos nunca van presos -, hagamos todo lo posible para que no camine tranquilo por las calles, incluso en esos barrios donde los chabones como él suelen caminar tranquilos.

Que cada laburante sepa dónde vive, dónde va a tomar el café, dónde juega al golf.
Que el guardia del barrio lo desprecie, que los jardineros le meen las plantas, que el piletero le cague la pileta, que la señora que lo atiende le escupa el café cada mañana.
Que a sus amigos y socios les dé vergüenza estar con él en público.
Que las hijas - si es que tiene - le digan que les da vergüenza venir a visitarlo al país para su cumpleaños.

Y si vuelve - y poco importa nuestro ejercicio de la memoria, los escraches, el cago en la pileta, que no pueda ir a tomar un cafecito con sus amigos - y un nuevo gobierno lo vuelve a poner a cargo del Ministerio de Economía y Exterminio o algo así, ya está, ya fue, ma sí…

lunes, 14 de septiembre de 2026

PAIS GENEROSO, de Santiago Varela - //

Bajo al palier de mi casa, y me topo con doña 4ºB que estaba comentando con el encargado lo caras que están las expensas, en gran parte por lo que él gana, y le proponía bajarle el sueldo a cambio de darle unas horas libres para que salga con Uber y con esos mangos cubrir la diferencia.
De esa forma – decía – dejaría de ser un mantenido por los vecinos y tendría un ingreso digno.

Los dejo a estos dos, salgo a la vereda y me encuentro con mi amigo el inventor Pepe Fogonazo que venía con cara de masticar aluminio con limón.

–¿Qué te pasa hermano, por qué esa carota? ¿Qué estás inventando ahora?

–En estos días estoy con un achicador de autos que sirve para cuando no tienen dónde estacionar.
Llegás, te bajás, con un spray lo rociás, el auto se achica al tamaño de una bicicleta, lo atás a un árbol y listo.

–¡Es una genialidad Pepe! Te vas a llenar de guita.
Aquí la gente que consigue un lugar para dejar el coche, después no lo mueve por seis meses.


–Pero tengo un problema, voy a tener que dejar el proyecto.

–¿Qué problema podés tener si la idea es una genialidad?

–Lo que pasa es que la fórmula lleva un líquido de limpieza que yo compro en el chino de la otra cuadra, porque es más barato.

–¿Y…?

–Y… que ayer vino un infante de marina yanqui, armado, a dejarme una carta firmada por Lamelas que dice que al comprarle al chino yo estoy colaborando con el enemigo y que eso afecta a la seguridad de los Estados Unidos.
Que si no cambio de proveedor me pueden llevar a su país y juzgarme por traición a la patria.
También me dice que cualquier cosa que quiera hacer, antes lo consulte con él, porque aquí él es el que enchufa y desenchufa.

Iba a decirle que no le dé bola porque somos un país independiente, pero mejor decidí esperar un tiempo para verificarlo un poco.
Le dije que hay cosas peores, le di un abrazo y seguí en lo mío.

Camino un poco y me encuentro con un jovencito libertario que estaba tratando de reclutar gente para tirarle gas pimienta a los jubilados.
Escuchame –le digo–, ¿no te parece que es una cretinada pegarles a los viejos?

–No, la culpa es de ellos. No laburan y todos los meses la embolsan.
Por eso no nos queda guita para aumentar los sueldos de la gente de bien.
Ellos dicen que es un derecho, pero para nosotros, es un gasto.


–Aunque fuera así, digamos que no es un gasto muy grande.

Comparado con la jubilación que debe haber cobrado Adorni para justificar su explosión inmobiliaria, lo de los viejos es joda.

Como la cara que puso me asustó, me las tomé pensando en que, si bien no me gusta que gobiernen este país a fuerza de decretos, mucho menos me gustaría si lo hicieran a fuerza de bandos.

domingo, 30 de agosto de 2026

LA ESTAFA, de Horacio Verbitzky - 30/8/2026


Joan Miró: El carnaval del Arlequín, 1938. 
Intervenido por Navaja, animado por Silvia Canosa

No pudo legalizar la extranjerización de tierras, enmascarada como defensa de la propiedad privada. 
Tampoco logró eliminar o reducir la penalización con décadas de inactividad a los propietarios de campos consumidos por el fuego para dedicarlos a emprendimientos inmobiliarios. 
Esa derrota le fue infligida al gobierno de los Hermanos Milei en la primera sesión de agosto de la Cámara de Diputados por una convocatoria transversal, que comenzó por aleccionar a los gobernadores y legisladores peronistas que se habían acostumbrado a funcionar como aliados del gobierno nacional a la hora de decidir el voto, aunque de la boca para afuera no ahorraran críticas al neoliberalismo. 
Luego de la derrota, el Presidente se recluyó en la suntuosa residencia de Olivos con un ataque de melancolía y dejó la Casa Rosada a cargo de la Zarina.

Su misión principal: eliminar o al menos suspender las PASO, para quitarle a la oposición el único instrumento institucional que le ayudaría a resolver sus conflictos internos, y así favorecer la reelección presidencial. 
Organizar una elección interna sin intervención del Estado en teoría es muy simple. En la práctica, imposible. 
La mera discusión al respecto regocija al gobierno. Al mismo tiempo, las cabezas del Círculo Rojo, congregadas por la adiestradora de Presidentes Susan Segal en el Council of Americas, se animaron a levantar la voz para comunicarle al periodismo aquello que hasta ahora sólo susurraban: que están hartos de Milei, aunque no de todas sus políticas, y desearían hallar un reemplazo para el próximo mandato.

En el lapso transcurrido, tanto el oficialismo cuanto la oposición pusieron en pausa sus rencillas para presionar a los gobernadores en favor o en contra de los próximos proyectos que entrarían al Congreso. 
Las votaciones en la Cámara Baja por la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central y por la ampliación de la Inocencia Fiscal a los grandes patrimonios, muy por encima de la mayoría simple, parecen señalar una nueva resurrección del oficialismo, que varias veces se levantó de la lona con un ojo en compota, y al mismo tiempo la inoperancia de los acuerdos trabajosamente alcanzados al interior del peronismo. 
También en el Senado, el oficialismo consiguió la mayoría especial para prestar acuerdo a 67 jueces, fiscales y defensores, entre ellos Pablo Bertuzzi y Pablo Yadarola para la Sala I de la Cámara Federal porteña.

En 2018, Macrì trasladó en forma inconstitucional a Bertuzzi del Tribunal Oral Federal 4 de la Capital, a la Cámara Federal, sin acuerdo del Senado. 
En el TOF 4 había condenado a Julio de Vido por el tren que se estrelló en Once y al ex ministro Amado Boudou en la causa Ciccone. 
En la Cámara Federal confirmó decisiones del doctor Glock contra Cristina en expedientes derivados de los Cuadernos Fénix y consideró que lideraba una Asociación Ilícita en Hotesur y Los Sauces. 
La Corte Suprema de Justicia declaró inconstitucional su traslado en 2020 pero, con criterio de mercachifle, permitió que siguiera allí hasta que se cubriera el cargo por el procedimiento constitucional, con un concurso en el Consejo de la Magistratura, un pliego enviado por el Poder Ejecutivo y una votación calificada en el Senado. 
Eso insumió seis años. 
En el concurso, ocupó el orden de mérito 21, pero como estamos en la Argentina, lo ascendieron lo suficiente como para entrar cola en una terna.

Yadarola es uno de los jueces escondidos que el Grupo Clarín llevó a relajarse un fin de semana a la estancia patagónica que ocupa el magnate británico Joe Lewis. Venía del fuero Penal Económico y reemplaza a Leopoldo Bruglia, quien se negó a concursar y presentó una denuncia ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

La causa principal que tiene la Sala I es $Libra. Pero a Luis Caputo le preocupa otra. 
El fiscal Carlos Rívolo había solicitado su indagatoria por no haber declarado maliciosamente su participación en la gerenciadora offshore Noctua, de la que había cobrado casi 19.000 dólares por asesoramiento mientras era Secretario de Finanzas de Macrì. 
Esa sociedad había intervenido en operaciones con títulos argentinos. 
Para Rívolo se trata de una negociación incompatible con el cargo público. 
Pero otro juez escondido, Julián Ercolini, lo sobreseyó. 
La sala I debe confirmar ese sobreseimiento u ordenar que se reabra la investigación. 
Pero además tendrá a su cargo la revisión en todas las causas en las que intervengan los jueces de primera instancia de Comodoro Py.

Una de las mutaciones más llamativas entre una votación y la otra de la Cámara de Diputados fue la de los legisladores misioneros que responden al insubordinado gobernador Hugo Passalacqua, quien rompió con el caudillo provincial Carlos Rovira.
Los legisladores que le responden votaron contra el gobierno el engendro dedicado a la propiedad privada, pero a favor del desarme del Banco Central. Recuerden esta nota cuando ingrese un misionero al directorio del Banco Central. En cambio, los diputados catamarqueños se abstuvieron.
En los pasillos de la Cámara se especulaba acerca de cuál fue el pedido del gobernador Raúl Jalil, y por qué razones no fue atendido. 
¿Ya tendrían el número necesario sin ellos? 
Como no hay peor cuña que la del propio palo, la diputada periodista Marcela Pagano sigue usando la información inteligente que circula de la sala al comedor de su casa para denunciar la compraventa de votos. 
Tuvo que aprender algunas palabras que no son de uso corriente, como bubalina y cerdo negro. 
Pero es una mujer inteligente y no la intimidan sus ex compañeros libertarios.


Pagano: búfalos por votos.

El oficialismo ha perdido varios puntos, pero tiene un candidato inamovible, salvo que las dificultades económicas se conviertan en una catástrofe. 
El peronismo, en cambio, se siente cómodo en la crítica pero su drama es que no tiene un candidato. Todos los sondeos que muestran a sus siglas como fuerte competidor, parten de un supuesto que sólo surge de un deseo: que el proceso de cariocinesis política se revertirá. 
Ya bastante curioso es que el gobernador de Buenos Aires y su círculo de incondicionales estén dedicando tiempo y esfuerzo a una discusión sobre Adam Smith y John Maynard Keynes, tema apasionante para la Academia. (No Racing ni Rosario Central). 
Esta semana se realizó el primer encuentro de juventudes del Futurismo. 
Al concluir, la purretada entonó espontáneamente una de las melodías preferidas de La Cámpora, que termina: "Con Néstor y Cristina, la gloriosa JP"
Un asistente, que lo contó en X, agregó su comentario: "Pobre Carli Bannon"
La semana anterior, Kicillof ya había dado una respuesta blandengue ante una pregunta muy simple.

Cristina había aconsejado a su hijo que evitara cualquier cuestionamiento público al presidente del Partido Justicialista Bonaerense. 
No le resultó difícil. 
En el encuentro de referentes en el hotel Emperador, Kicillof tomaba nota de cada cosa que se decía, como en una asamblea estudiantil. 
Kirchner vio la lapicera y se cosió la boca.

En el último encuentro peronista se acordó que se presentarían candidatos propios en aquellas provincias cuyos gobernadores apoyaran los proyectos del oficialismo. Se diría que Kicillof no se lo comunicó a su organizador nacional, Andrés Larroque. 

La fiesta de Milei

Milei se sobrepuso ampulosamente a su bajón. 
Cuando se difundió el índice de Precios Internos al Por Mayor, anunció que haría una fiesta. 
"Y al final julio empezó con cero", alardeó. Es cierto, 0,8%. 
Pero el vaticinio que había arriesgado un año antes era sobre la inflación minorista. 
Suena parecido, pero son dos cosas distintas y, sobre todo, el IPIM no anticipa el IPC. 
El índice de Precios al Consumidor mide la variación de precios de una canasta de bienes y servicios de los hogares, como agua y energía, educación, transporte, salud, alquileres, pero no petróleo, acero, granos ni insumos industriales. 
Para cualquiera que no fuera un economista, podría entenderse como una confusión. 
Pero entre profesionales se sobreentiende su intencionalidad. 
De hecho, fue desplazado el titular del INDEC porque se negó a la manipulación de los indicadores que deseaba el gobierno, que sigue midiendo con una canasta antigua, desfasada de los cambios en los consumos de la población.

El Presidente sólo acepta buenas noticias y esto lo pone en contradicción con su ministro de Economía. 
"Es un trader, no es un economista. Es un tipo que sabe de finanzas, pero no sabe de economía", dijo Milei en septiembre de 2018. Y en 2019 agregó: "Se fumó 15.000 millones de dólares de reservas irresponsablemente, ineficientemente […]. Uno de los grandes desastres que se hicieron en el Banco Central lo hizo Caputo en dos o tres meses"
Pero en diciembre de 2023 le confió el Ministerio de Economía, presentándolo como un mago de las finanzas. 
Lo llama rockstar sin pizca de ironía. Y hace cuatro meses, en la clausura de la Exposición de Economía, Finanzas e Inversiones (ExpoEFI 2026), dijo que era "maravilloso", por su "experiencia en mesas de trading"
No se puede enamorar de ninguna teoría estúpida de ningún analista, porque si pierde plata lo hacen volar. 
Es un gigante y sabe tomar decisiones. No se enamora de ninguna pelotudez. 
Si funciona, bien; y si no funciona, tiro en la cabeza, lo ejecuta".

Lo que ahora funcionaría bien es la decisión de sustraer 2 billones de pesos del Fondo de Garantía de Sustentabilidad de la ANSES para otorgar créditos hipotecarios. 
Es decir, orientar el crédito desde el Estado hacia la vivienda. Y también el decreto que eliminó la protección contra el descalce crediticio a las personas jurídicas. 
Esa fue la medida macroprudencial que se adoptó en 2002, luego del derrumbe de la convertibilidad. 
Con la ficción del sistema adoptado por Menem y Cavallo, los bancos podían otorgar créditos en dólares a empresas (y también a particulares) que no tuvieran ingresos en dólares. 
Total, 1 peso era lo mismo que 1 dólar.

La mayor ironía es que la pelotudez que Caputo no comete es aplicar la doctrina austríaca a la que adhiere Milei. 
Con el pragmatismo que le valora Milei, sumado a las presiones del Fondo Monetario Internacional, Caputo intenta inyectar dinero para bajar la tasa de interés y reactivar la economía catatónica. 
Sabe, por sus relaciones internacionales, que si Trump pierde el control del Congreso de Estados Unidos el primer martes de noviembre, sólo golpearán a su puerta sobre la Plaza de Mayo acreedores y no prestamistas. 
Como Caputo nunca cometerá el sacrilegio de adherir a un plan de reestructuración de deuda como el que está preparando Cristina y cuyas líneas generales hemos publicado en El Cohete, no habría que descartar que en algún momento cercano el ministro se despidiera alegando reclamos familiares. 
Por ahora se dedica a irritar a Milei, anunciando créditos hipotecarios que califica de justicia social. 
Para el Presidente eso significa "una aberración moral" y "un robo".

Atornillar a un empleado

Una de las intervenciones más enérgicas durante el debate fue la de Julia Strada, quien definió la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central como "una estafa". En vez de fortalecer la independencia del Banco Central, atornillan como presidente a Santiago Bausili, a quien llamó "un empleado" del Ministro de Economía Luis Caputo. 
La diputada kirchnerista, que es una de las economistas que dirige el Centro de Economía Política Argentina (CEPA), resumió la historia de vida de Bausili: fue el secretario de Finanzas de Macri, que la chocó con el “reperfilamiento” de la deuda en pesos, en 2019, junto con Caputo. 
Eso quiso decir no pagar.
Primero trabajaban para Macri; ahora los dos juntos, en la consultora Anker, trabajan para Milei.
En 2018 se salteó todo el procedimiento administrativo para la toma de deuda con el Fondo Monetario Internacional, a raíz de lo cual hay una causa penal. 
omo secretario de Finanzas debió preguntarle al Banco Central si se podían devolver los 57.000 millones de dólares presados por el FMI. 
No lo hizo.
Por eso, si el Senado confirmara la reforma se eliminaría el artículo 61 de la Ley de Administración Financiera (redactada por Domingo Cavallo) que Bausili ignoró. 
Y, por supuesto, no se pudo pagar.
En marzo de 2025, por el Decreto de Necesidad y Urgencia 179 de Milei, que debió haber recurrido a una ley, el Fondo Monetario concedió una ampliación de la deuda de 20.000 millones de dólares, nuevamente sin dictamen de Bausili, ya como presidente del Banco Central.
La reforma permitiría la designación del presidente y de los demás miembros del directorio por mayoría simple de ambas cámaras del Congreso. 
Hasta ahora es sólo del Senado.
Pero para removerlos se necesitarían mayorías agravadas de 2/3 en ambas cámaras.
No sólo se atornillaría de ese modo a Bausili más allá del mandato de Milei, sino que el último artículo del proyecto que sancionó la Cámara de Diputados elimina el artículo que Bausili violó: ya no sería necesario para una toma de crédito externo preguntarle al Banco Central si esa deuda se podrá pagar.



Diputada Julia Strada.

Sobre la supuesta independencia del Central, Strada recordó que no fue Bausili sino Milei quien tomó la típica decisión de política monetaria de eliminar las Letras Fiscales de Liquidez. 
Recordó que se lo preguntó a Bausili cuando concurrió a la Comisión del Congreso a defender el proyecto. 
“Es un trámite burocrático, hay que hacer una limpieza”, respondió.

Y Milei lo reconoció. Dijo: “Los convencí”. 
Esto fue lo que desató la suba de tasas que muchos endeudados ahora están padeciendo, agregó la diputada. 
Luego se preguntó por qué Bausili colocó deuda por 3.000 millones con bancos internacionales dos días antes del vencimiento de deuda del Tesoro y respondió con la lectura de una nota del diario La Nación: "La Autoridad Monetaria cerró una operación de corto plazo con entidades del exterior en la antesala del pago a bonistas por 4.200 millones de dólares".

Si Bausili toma deuda "para resolverle el quilombo a Caputo", el ministro responde en lugar de Bausili sobre la ubicación del oro del Banco Central. 
"Y después tenemos juicios en el exterior donde afirman que el Banco Central es un alter ego del Tesoro, es decir, son la misma persona jurídica, y quieren embargar las reservas. Es absolutamente irresponsable que Caputo haya salido a hablar de la administración del oro"
También usaron al Banco Central como pasamanos para pedirle plata a Scott Bessent en octubre de 2025, de modo de no pasar por el Congreso.

Añadió que esta Carta Orgánica va a contramano de lo que hace el mundo y recomendó copiar a la Reserva Federal de los Estados Unidos y su mandato dual, por el cual tiene que ocuparse también de la tasa de desempleo. 
"Ustedes van a contramano de la Fed, del Banco Central de Brasil, del Banco Central de Israel. Voy a leerles el objetivo del Banco Central de Israel: estabilidad de precios; apoyar el crecimiento, el empleo, la reducción de brechas sociales y la estabilidad del sistema financiero. 
Es aliado de Milei, Netanyahu. 
Están haciendo lo contrario a lo que hace el mundo: el Banco Central de México, de Uruguay, de Chile, de Inglaterra, de la Unión Europea. 
¿Por qué hay mandatos duales, o múltiples? 
Porque el Banco Central, además de observar la estabilidad de precios, mira que la actividad económica y la tasa de desocupación vayan en sintonía. 
No puede ser una banca que ni siquiera se fije cómo le va a la gente".

Para concluir pidió que no voten el artículo 13, que es "un cheque en blanco a este señor Bausili, el reperfilador serial, el endeudador, el que, cuando se lo dije, se fue al baño en la Comisión de Economía. 
Estuvo 25 minutos en el baño, mucho, ¿no?, para no escuchar esto que les estoy diciendo. 
El artículo 13 le da la posibilidad de usar las reservas como garantía. 
No solo el oro, sino los dólares, las reservas del Central, como activo de garantía, como colateral, es decir, como repo, pase pasivo o incluso como préstamo. 
El jefe es Caputo, Bausili es empleado, y van a atornillar a un empleado. 
De esto se trata. Porque el programa financiero no cierra. 
Por lo menos les faltan 10.000 millones de dólares de acá al fin del 2027, a las elecciones. 
Ya sacaron todos los conejos de la galera que pudieron: Inocencia Fiscal I, Inocencia Fiscal II, blanqueo, FMI, Scott Bessent, alícuota cero por siete días solo para agroexportadores. 
Ya no sabían qué inventar e inventaron la modificación de la Carta Orgánica del Banco Central, falacia, relato, arco narrativo sobre la independencia. 
Todo mentira, no se lo cree nadie. 
Pero, en el medio, posibilidad de meterle la mano a las reservas del Banco Central, que ya no tenga que dar explicaciones, opinar sobre la balanza de pagos y si se puede pagar la deuda. 
Tiene que callarse la boca".

Más y menos

Esta política explica que la Argentina encabece el ranking de morosidad en América Latina, con 7,3% de su cartera en situación irregular, lo que casi triplica el promedio regional del 2,78%, según la Federación Latinoamericana de Bancos. Y al mismo tiempo el crédito sobre el PBI es tres veces menor que en la región: 14,3% frente a un promedio latinoamericano del 47,3%.

El gobierno sostiene que el endeudamiento de siete millones de argentinos es un asunto entre privados, en el que no intervendrá, y Milei llegó a afirmar que contrajeron las deudas para comprar televisores y como la Argentina no ganó el campeonato de fútbol, dejaron de pagar las cuotas. 
Otra mentira para camuflar los pobres resultados de su gestión. 

Los datos reales:

Mundial Período comparable Televisores vendidos
Rusia 2018 enero–junio 2018 1.539.972
Qatar 2022 enero–junio 2022 1.173.713
Norteamérica 2026 enero–junio 2026 1.048.540

Estadísticas del INDEC procesadas por Vectorial.

El Mundial 2026 fue el de menor venta de televisores de los tres.

A su vez, esto se ha reflejado en un incremento de la inseguridad, como machacan sin pausa las pantallas audiovisuales, pero sin la explicación correspondiente a las distintas categorías de hechos. 
Ante ese bombardeo con ostensible intencionalidad política, el ministro de seguridad de la provincia de Buenos Aires, Javier Alonso, ha concedido una serie de entrevistas en distintos medios audiovisuales.

Uno de los delitos de mayor crecimiento ha sido el ataque armado contra personas endeudadas que no pueden pagar. 
Las entidades financieras reguladas cobran una tasa de interés de hasta el 1300%. 
Cuando ya es imposible aumentar ese endeudamiento, las familias recurren para comer o para comprar remedios al usurero del barrio, a menudo vinculado con el narcotráfico. 
Si una familia debía 200.000 pesos, en 15 días se incrementa al doble y en 3 semanas a 700.000. 
A los cinco meses debe 25 millones y les piden que entreguen su casa. 
Esto genera causas judiciales, amenazas, lesiones, homicidios. 
En los primeros cuatro meses del año llegamos a 380 casos por mes, contra 120 del mismo lapso de 2025. 
Y el registro es parcial porque mucha gente tiene miedo de denunciar a esa gente. 
La mayoría de los jefes de esas bandas están presos, pero aparecen otros.


Ministro Javier Alonso. La implosión social.

La síntesis más significativa indica que en el primer cuatrimestre de este año sólo hubo 89 homicidios en ocasión de robo, que es el número más bajo de la historia. La mayoría intrafamiliares o entre vecinos. 
Y hubo 989 en accidentes de tránsito.

Milei dijo que venía a destruir el Estado. 
El Estado es el remedio que venía gratis, el policía, el maestro, el médico. 
Y lo está destruyendo. 
El gobierno nacional nos sacó 20.000 millones de dólares en tres años, y el gobernador sigue pagando los sueldos, los aguinaldos, con un esfuerzo muy importante. 
Necesitamos un gobierno que construya justicia social.
El propio Javier Alonso contó que Santa Fe tenía 14 fiscales. 
Se crearon 27 cargos más. 
Hoy hay 42 fiscales para 3,5 millones de habitantes. 
En septiembre empieza a regir el modelo acusatorio en La Plata. 
Para 6 millones de personas sólo hay 4 fiscales. 
Necesitamos 1 por cada 88.000 personas, como en Santa Fe. 
Sin fiscales no se puede investigar.

El serrucho

Que los libertarios hayan conseguido amplia mayoría para reformar la Carta Orgánica del Banco Central y para extender a las grandes fortunas la ley Mentime que te Creo o Inocencia Fiscal II, no quiere decir que tenga el camino allanado para cualquier cosa. 
Legisladores de diversos partidos (se estima que 138) solicitaron una sesión especial para el miércoles 9 para tratar todos los proyectos presentados por distintos bloques para enfrentar el problema de la morosidad. 
El viernes el cuadro se agravó cuando la representación patronal en el Consejo del Salario, Mínimo, Vital y Móvil presentó una propuesta inaceptable para quienes se conectaron en representación de la CGT y de las dos CTA: un aumento del 1,8% en septiembre y del 1,7% mensual a partir de octubre. 
Los sindicalistas habían desistido de una movilización hacia el Ministerio de Trabajo, dado que la reunión sería online. 
De ese modo, el mínimo se acercaría a 400.000 pesos mensuales, cuando los sindicalistas obreros reclamaban 911.000. 
La resolución volverá a recaer en un laudo ministerial, la forma menos democrática de zanjarlo. 
El gobierno sólo autorizó un aumento salarial para las Fuerzas Armadas y de Seguridad.

Según la diputada peronista Agustina Propato, desde la asunción de Milei los militares han perdido 80% de poder adquisitivo desde 2023 y que 19.000 dejaron las Fuerzas Armadas. 
Los ingresos del 70% de los militares no alcanzan a cubrir la canasta básica alimentaria. 
Milei los entretiene con discursos contra el terrorismo y adquisición de chatarra voladora y blindados estadounidenses aptos para la represión. 
El 17 de agosto, en el monumento al Libertador, dijo que “por demasiado tiempo, el instrumento militar de nuestro país (...) fue demonizado y desfinanciado.” 
Por una vez se miró al espejo.

Dentro de la disgregación social que se vive, un síntoma es el incremento del juego online entre los jóvenes de 15 a 29 años. 
Así lo constató el informe "Apostar no es un juego", elaborado por especialistas de cinco universidades nacionales y 15 instituciones, que encuestaron a casi 800 personas en 360 localidades del país. 
Sus conclusiones son que uno de cada cuatro jóvenes o adolescentes apostó en forma reciente. 
Más inquietantes fueron las del documento de UNICEF "Zoom a las apuestas online" entre 845 adolescentes y jóvenes: 8 de cada 10 ingresaron a portales de apuestas online el último año y el 37% lo hace todos los días o muy seguido. 
Tal como indica la experiencia internacional, también alcanzó un récord histórico la tasa de suicidios. 
En 2024, la Cámara de Diputados aprobó un proyecto de la Coalición Cívica, el peronismo, los federales y la izquierda, para prevenir la ludopatía, prohibir la promoción del juego online y controlar en forma estricta el acceso de menores a las plataformas de apuestas. 
Pero libertarios, PROcaces y remanentes de lo que fue la UCR se negaron a regular el juego autorizado. 
¿Te suena el apellido Angelici?

lunes, 24 de agosto de 2026

HACHES, de Marcelo Figueras - 23/8/2026

Los más jóvenes, blancos favoritos de las violencias


Juan Diego Botto, el "Martín (Hache)" de la película de Aristarain.


La percepción de una obra de arte cambia, y hasta rotundamente, a medida que uno crece. 
Sonará a verdad de Perogrullo, pero impresiona cada vez que lo experimento. 
Esta semana volví a ver Martín (Hache), noveno largo de Adolfo Aristarain, que data del ’97. 
Eso significa que, cuando me expuse por primera vez a la película, yo estaba más cerca de la edad del protagonista - el Martín hijo del título: el personaje tiene 19 y yo tenía 35 - que del padre interpretado por Federico Luppi, por entonces de 61 años. 
Hoy tengo 64, lo cual significa que ya dejé atrás al Martín de Luppi y que me separa de Martín (Hache) - el joven - una distancia abismal. 
Sin ser del todo consciente de ello, en el ’97 debo haber considerado la historia desde el lugar del hijo, a través del prisma de su mirada. 
Hoy no me queda otra que experimentarla desde mi lugar de padre añoso, como diría el Indio.

En aquel entonces, Martín (Hache) no me pegó como esperaba. 
Yo me consideraba fan de Aristarain, pero de aquel Aristarain del que hablaba el tramo inicial de su filmografía. 
El tipo que dominaba el policial negro como pocos en este país. 
(Lo demostró con La parte del león [1978], Tiempo de revancha [1981] y Últimos días de la víctima [1982]). 
Quien además, a través de Un lugar en el mundo (1992), probó que no tenía nada que envidiarle al John Ford épico y sentimental de Qué verde era mi valle (1941). Por esas razones, lo primero que me inspiró Martín (Hache) fue desconcierto.


No quedaba allí rastro de los géneros que Aristarain había cultivado hasta entonces. 
El film era un drama hecho y derecho. Una historia de cámara, casi teatral, entre cuatro personajes. 
El director de cine exiliado en España que interpreta Luppi. 
Su hijo, el segundo Martín (un jovencísimo Juan Diego Botto), de quien lleva años distanciado. 
Alicia, la montajista que encarna Cecilia Roth y en el presente del relato es compañera sentimental del director. 
Y el actor español Dante, amigo de Martín padre: una fuerza de la naturaleza, a quien le da vida el inolvidable Eusebio Poncela.

La historia es mínima, casi inexistente. 
En Buenos Aires, Martín (Hache) va a parar a un hospital a causa de una sobredosis. 
Se pasa de mambo en el contexto de una decepción amorosa y un festival de rock, del cual participa como guitarrista. (Forma parte de una banda de hardcore, música de agresividad extrema, pero no con intención de dedicarse a eso, sino tan sólo porque disfruta de tocar.) 
Todo el mundo interpreta el hecho como un velado intento de suicidio, aunque él mismo lo niegue. 
Ese diagnóstico es, ante todo, una proyección de la culpa de quienes lo rodean y saben que lo dejaron a la deriva: su madre Blanca (Ana María Picchio), que formó nueva pareja y no encuentra lugar para el hijo-rémora en su flamante vida, y el padre que, cuando la familia se partió en dos en Madrid, decidió quedarse al otro lado del océano y disfrutar de la soledad que considera su estado ideal. 
El film cuenta lo que ocurre cuando, una vez obtenida el alta, Martín padre se lleva a Martín hijo a Madrid y allí interactúan con la novia Alicia y con el amigo Dante.

¿Y qué hacen estos cuatro durante el film? 
Hablan, discuten, beben, se drogan, hablan todavía más, incansablemente. Recuerdo mi pasmo de entonces. 
Yo, que estaba a años luz de amar al cine argentino de esa época porque lo resolvía todo mediante diálogos (diciendo, en lugar de mostrando), no supe cómo reaccionar ante esa verborragia. 
¿Qué había ocurrido? ¿Por qué renunciaba Aristarain a contar mediante acciones, arrimándose a lo que yo consideraba el peor defecto del cine argento? 
Si existía algo que pretendía comunicar a través de Martín (Hache), quedó en segundo plano para el joven de 35 que yo era. 
El único por quien sentí algo parecido a la empatía fue Martín hijo, que asiste a las efusiones y rabietas de los adultos sin entender del todo a qué se deben y por qué insisten en hacerse daño, a pesar de quererse.

Pero, como les digo, volví a verla esta semana. Y esta vez mi experiencia fue otra, casi antitética.



Adolfo Aristarain (1943-2026).

Para empezar, entendí - o creí entender, al menos - la progresión del cine de Aristarain. 
En el film del ’97, el personaje de Luppi comparte por primera vez la profesión del director y muchas de sus circunstancias. 
Se trata de un cineasta exiliado: voluntariamente, sí, pero exiliado al fin
Martín (Hache) es una co-producción con España y la mayoría de su relato transcurre allí. 
El prestigio del que goza Martín padre en el medio cinematográfico español le concede un buen pasar, pero aun así no le permite hacer las películas que querría. Los presupuestos que le ofrecen nunca son los adecuados y por eso, como dice sobre el final, “para hacerlas mal, prefiero no hacerlas”
Martín (Hache) es, ante todo, un film que habla de la impotencia. 
El personaje de Luppi ya no puede nada: no puede filmar, no puede ser padre, no puede ser pareja. Está atascado, yermo. (Tiene su ironía el plano de un bar que muestra al mismísimo Aristarain, con gafas oscuras en plena noche, bebiendo solo, acodado en la barra, la viva imagen de la desolación.) 
Lo que la industria le vende a Martín padre como oportunidad dorada - la posibilidad de trabajar con estrellas de Hollywood - le aporta poco y nada desde el punto de vista creativo, es brillo sin sustancia. (No olvidemos que Adolfo venía de una experiencia con actores estadounidenses, The Stranger [1987], que pasó sin pena ni gloria y debe haberle dejado más quebrantos que alegrías.)

De algún modo Martín padre está considerando la idea de cerrar el sport y llamarse a un silencio definitivo. 
En el viaje de regreso a Madrid que comparte con su hijo, al verlo encarar la lectura de La llave de cristal, le comenta que su autor, Dashiell Hammett - el padre del relato negro -, escribió cinco novelas y se plantó. 
Durante los 27 años siguientes, hasta que lo alcanzó la muerte, no publicó más. 
Y Martín padre intuye que su destino puede ser parecido, ya sea por propia decisión (es lo que cavila) o por sequía creativa (como Hammett).


Alicia (Cecilia Roth), besando a ese cactus que es Martín padre (Federico Luppi).

El personaje de Luppi se la pasa diciéndole a su hijo que haga algo, que no pierda tiempo, que aproveche las posibilidades que derivan de su posición privilegiada. 
No lo advierte, pero antes que a Hache se lo está diciendo a sí mismo. 
Y así como no logra convencer a Hache, tampoco se persuade él de hacerse caso. Por eso la forma del film no es casual ni gratuita, sino esencial a lo que cuenta. 
El único que llevó el consejo al acto fue Aristarain, y por eso se lanzó a hacer lo que podía, con lo que disponía: una película que dramatizaba la circunstancia que lo atenazaba como artista, y que lo llevaba a plantearse la cuestión del legado, que ya había asomado en su película Un lugar en el mundo. 
Cuando uno advierte que ha dado casi todo lo que podía, que probablemente no consiga hacer mucho más, y mira en derredor, la pregunta se impone: ¿qué hiciste con tu tiempo en esta Tierra? ¿Qué le estás dejando a tus hijos, a los jóvenes del mundo? 
¿Hay alguna enseñanza digna de legarles, de rescatar de este naufragio? 
Las primeras opciones que el film contempla no son alentadoras. 
Está la muerte. Está el silencio.

Por eso Martín (Hache) - la película - es como es. 
Tiene la forma de la impotencia y de la rabia que esa impotencia genera
Cuando un maestro del relato de acción produce una suerte de no-relato, lo que está haciendo es fabricar tensión - el equivalente cinematográfico de una bomba de tiempo -.

Esperando a la Argentina

Existe un monólogo de Martín padre ante Hache, en un restaurant de Madrid, que me produjo escalofríos como la primera vez. 
Sólo que ahora impactó por razones distintas. 
Lo que Martín padre decía en el ’97 parece describir la Argentina de hoy, nuestra circunstancia presente.

“Cuando uno tiene la chance de irse de Argentina - dice el personaje de Luppi -, la tiene que aprovechar. 
Es un país donde no se puede ni se debe vivir. Te hace mierda. 
Si te lo tomás en serio, si pensás que podés hacer algo para cambiarlo, te hacés mierda. 
Es un país sin futuro, saqueado, depredado, y no va a cambiar. 
Los que se quedan con el botín no van a permitir que cambie… 
La Argentina no es un país, es una trampa… 
La trampa es que te hacen creer que puede cambiar. 
Lo sentís cerca, ves que es posible, que no es una utopía, es ya, mañana… y siempre te cagan. 
Vienen los milicos y matan a 30.000 tipos. 
O viene la democracia y las cuentas no cierran y otra vez a aguantar y a cagarse de hambre y lo único que podés hacer, lo único que podés pensar, es tratar de sobrevivir y no perder lo que tenés. 
El que no se muere, se traiciona o se hace mierda. Y encima te dicen que somos todos culpables. 
Son muy hábiles, los fachos. 
Son unos hijos de puta. Pero hay que reconocer que son inteligentes. 
Saben trabajar a largo plazo”.

Esta parrafada torna inevitables dos consideraciones temporales. 
Una, hacia el pasado del film. 
El personaje de Luppi tiene mucho en común con el Mario que había interpretado en Un lugar en el mundo, cinco años atrás. (Hay más elementos compartidos entre ambos relatos: la pareja romántica interpretada por la Roth, el amigo español que en ese caso fue José Sacristán, el hijo en quien se piensa como depositario de un posible legado.) 
Pero esos años de diferencia parecen haber sido arrasadores para Aristarain, en términos de experiencia - y consecuentemente, de conciencia - humana y política. Me refiero al altísimo costo que parece haber pagado a cambio de soportar cinco años más de menemismo. (Imaginen qué sería de nosotros si tuviésemos que sobrevivir no a uno, sino a cinco años más de Milei - lo que faltaría para que concluyese su aún posible segundo mandato, en 2031. -)

El Luppi - Mario de Un lugar en el mundo - un porteño que se radicó en San Luis con su familia, para ejercer como maestro rural (aquí el exilio es interno) - todavía creía que el cambio era posible, aunque fuese en la pequeña escala de la escuela y de la cooperativa lanera que creó y lidera. 
Es verdad que la decepción final que describe el film es grande, y entraña en Mario la aceptación de que a veces hay que destruir algo - prenderle fuego, literalmente-  para volver a construir sobre mejores bases -. 
Pero el Luppi - Martín ya no cree en la posibilidad de cambio alguno, ni a pequeña escala. 
Sólo cree en la salvación individual y hasta ahí, porque lo único que todavía encuentra viable es la salvación económica, al precio de un grado más o menos tolerable de prostitución del alma. 
Se trata de un hombre que ha perdido toda ilusión, de una amargura casi intolerable hasta para aquellos que lo aman. 
Y como tal es una muestra de la valentía de Luppi como actor, y de su compenetración con Aristarain como autor - artista - alter ego. 
Muy pocos actores de ese nivel aceptarían hacer hoy un papel tan áspero e ingrato, encarnar a una persona así de insufrible, de imposible. 
Luppi sigue siendo uno de los grandes de la actuación en este país, a años luz del resto del pelotón.


Dante (Eusebio Poncela).

En este sentido, Martín (Hache) es casi una velada continuación de Un lugar en el mundo, donde la épica fordiana cede lugar a la más realista de las desolaciones. 
Ni siquiera el arte parece tener sentido en ese páramo: no le quedaría poder transformador alguno, no serviría para nada. 
El Dante de Poncela abandona el escenario en plena representación de El círculo de tiza caucasiano, soltándole al público un discurso digno de Martín padre: “Esto no es un drama, es una farsa… Luego volveréis a vuestras casas y todo seguirá igual. 
Seréis tan corruptos, tan hipócritas y tan mierdas como siempre, pero tendréis la conciencia tranquila, porque habréis aplaudido una obra de izquierdas durísima… 
Me niego a seguir siendo vuestro cómplice”
Con total pertinencia, Martín (Hache) podría haberse llamado Sin lugar en el mundo.

La otra consideración temporal es la que parte del año ’97 en que se estrenó Martín (Hache) - esto es, cuando el país sobrellevaba el octavo año de gobierno menemista -, y remonta el cauce del siglo XXI hasta nuestro presente, casi treinta años después. 
Si repasás el monólogo de Martín padre y te parece, como a mí, que está hablando de hoy, la primera, apresurada conclusión sería, de manera inevitable: pasaron tres décadas y no cambió nada, no mejoró nada, estamos igual de mal que durante la agonía del menemato o aún peor
Martín padre tiene razón: esto es una trampa, un no - lugar - en - el - mundo que te hace mierda, que alienta la ilusión de que podés cambiar algo para mejor - como creímos que había cambiado durante los gobiernos de Néstor y Cristina, creando una base de bienestar por encima de la cual seguiríamos construyendo -, para traicionarte en el acto final y abandonarte a tu suerte, en medio de la desolación más absoluta. 
De la épica fordiana al absurdo beckettiano, en apenas cinco años: En attendent l’Argentine, Esperando a la Argentina, con nosotros como unos Vladimir y Estragón más pobres todavía, porque ya no nos quedaría ni su buen humor.

¿Es así? ¿Estaba en lo cierto Luppi-Martín, y por ende sigue estándolo? 
¿Será que no queda nada más que hacer, que hay que resignarse a la soledad casi absoluta de Martín padre y, como él, emborracharnos y tumbarnos en un sillón, escuchando música con auriculares hasta perder la consciencia? 
¿Es esa nuestra única opción, el solipsismo - encerrarnos en un universo mental de características individuales - donde seguir fingiendo cordura hasta que sobrevenga la muerte?

La última revolución

Mi respuesta sería que no, que el salto evolutivo que necesitamos todavía es posible, es factible. (Recién vi pasar una entrevista a un español actual, Juan Carlos Monedero, donde expresaba esta misma idea pero con más gracia: “Todas las revoluciones fracasan - dijo el politólogo -—, salvo la última”.) 
Pero mi opinión quizás no valga demasiado, porque ustedes ya me conocen - y me padecen— -como un optimista irredento. 
Por eso prefiero que nos atengamos a la opinión de alguien que de optimista ingenuo no tenía nada. 
Me refiero al mismísimo Aristarain.


Alicia (Cecilia Roth), una luz trémula.

Hay algo que Martín padre se pierde en el relato, pero Aristarain no. 
Y esa es la oportunidad que representa Alicia, el personaje al que Cecilia Roth le obsequia una luminosidad y una tristeza igual de insondables. 
Pero ojo, que no me refiero al cliché de la oportunidad romántica, a la fantasía de la posible salvación mediante el amor. 
Lo que Martín padre se pierde es la maravilla del universo femenino, de esa otra forma de percibir la existencia, a la que ni siquiera se permite asomar
Aristarain hace de Martín padre un personaje condenado por su machismo: una condición limitante, capacidad disminuida que lo encierra hasta asfixiarlo, que le impide crecer - un capullo de hierro -.

Todo lo femenino que puede tolerar es aquello que forma parte esencial de su amigo puto, el actor Dante, a quien le permite la honestidad que censura en Alicia. Ni siquiera es misógino, Martín padre: más bien es misófobo, habría que decir. 
No es que odia a las mujeres: es que les tiene pánico, porque representan el mundo que adviene y en cual cree que no tendrá lugar, porque allí naufragará su sistema de creencias, valores y actitudes y no le quedan energías - eso teme, al menos - para empezar a ser otro.

¿Y por qué digo que Martín padre se lo pierde pero Aristarain no? 
En primer término, porque Adolfo escribió los guiones de Un lugar y de Martín (Hache) con Kathy Saavedra, su compañera de toda la vida. 
Y cuando uno (varón) se sienta a crear con otra (mujer), ya está abriéndose a otra perspectiva de las cosas, dándole la bienvenida, alentando la divergencia. (Que es exactamente lo mismo que debería pasar cuando uno asocia su vida entera a una mujer. Lo cual no quita que en muchos casos - como el de Martín padre, sin ir más lejos - eso no ocurra, aunque uno cuente con libreta de matrimonio y cinta de oro en el anular izquierdo.) 
Pero además, creo que no se lo perdió por lo que revela el hecho de que su última película - Roma, de 2004, también co - escrita con Kathy - haya llevado ese título no por la capital italiana, sino porque se llama así la madre del protagonista. Aristarain cerró su filmografía pensando en sus comienzos, y encontró que esa génesis era inseparable de la mujer que lo había parido y que contribuyó a convertirlo en quien fue. 
Lo último a lo que Adolfo consagró su mirada - su última revolución - fue una mina. Esto sugiere que, como mínimo, intuía la riqueza de ese universo que ojalá nos aguarde en el futuro mediato y apenas alcanzó a vislumbrar.


Aristarain, dirigiendo a Botto.

Lo otro, aquello que no se pierden ni Aristarain ni Martín padre - aunque este último lo entienda tarde, y a los golpes - es la oportunidad que representan los jóvenes: siempre, en todo tiempo y lugar. 
Porque Aristarain fue algo así como el cineasta del hombre crepuscular, de la puesta de sol del macho como astro rey: aquel que entiende que su tiempo - que no es tanto su tiempo en términos personales, sino el tiempo del modelo que aceptó representar, encarnar - está llegando al fin. 
Que sufre porque ya no puede emular a sus paradigmas, convertidos en anacronismos de conductas reprochables (Hablo de esos cineastas que encarnaban el arquetipo de la hombría tradicional, muscular: John Ford, John Huston.) 
Y a quien le cuesta - porque le duele - aceptar que no tiene mucho que dejar a la generación que viene, porque casi todo lo que consideraba valiosa herencia se depreció, perdió valor.

El mundo que estamos transfiriéndoles es una verdadera verga, en todas las acepciones del término
Y además los estamos haciendo verga, o consintiendo que los hagan verga aunque más no sea por omisión

La situación de la juventud actual es la peor del último medio siglo
Igual de mala y de terrible que la situación que sufrieron quienes fueron jóvenes durante la dictadura, porque el gobierno de Milei, que los castiga con la miseria y la devastación mental, es la continuación del genocidio de los ’70 por otros medios (El triste récord actual en materia de suicidios no es sino un síntoma que confirma el diagnóstico.)

Y en lo que hace a las infancias, ni les cuento. 
No hay semana en que no me lleguen historias sobre niños y niñas reales y las salvajes condiciones en que sobreviven. 
Y no en un paraje inhóspito de algún rincón argentino, sino en los suburbios de su ciudad capital, gobernada por un tipo que parece no haberse visto nunca en el espejo - cero conciencia de clase - y que encima, pobre, tiene fobia a las paltas. 
Para narrar cómo viven estas criaturas - su situación económica, familiar, de salud física y mental - habría que inventar un género nuevo, porque ni el drama social ni el realismo más crudo alcanzarían. 
Acá Dickens tendría que cambiar de estilo, para aproximarse a Stephen King. 
Lo que bancan a diario la mayoría de los pibes argentinos está más cerca del horror social que de la literatura infantil.

Vuelvo a Martín (Hache), porque viene a cuento. 
En el final, Martín padre termina hallando algo parecido a la esperanza en la incertidumbre que caracteriza a Martín hijo. 
El tipo que tenía todas las respuestas entiende que el heredero debe crear sus propias preguntas. 
En este aspecto la película también es de enorme vigencia. 
Si algo le estamos legando a nuestros hijos, es un mundo que es un ejemplo palmario, inapelable, de todo lo que no hay que hacer. 
Por suerte, crecer rodeados de mierda no los condena necesariamente a repetir conductas de mierda
Conozco muchas personas que provienen de circunstancias que explicarían, y hasta justificarían, su conversión en gente horrible, y que sin embargo no se torcieron, al contrario: se volvieron luminosas. 
Tal vez el hecho de que Occidente haya dejado de esconder su mugre para exhibirla a la vista de todos ayude a las nuevas generaciones.


Martín (Hache): la juventud a la intemperie.

Hoy hasta el menos avispado puede comprender, y sin necesidad de palabras, que todos nuestros males surgen de la malsana conjunción entre el machismo y su violencia intrínseca, el dinero y el poder tecnológico, y que combatirla nos acercaría sensiblemente a esa revolución a la que Monedero se refería.

Quiero decir, por último, que si volví a ver Martín (Hache) no fue por casualidad. 
Lo hice en el marco de un ciclo de homenaje a Aristarain y a Luis Puenzo, otro grande de nuestro cine que murió este año. 
El ciclo tuvo lugar primero en la Casa de la Provincia de Buenos Aires, Callao al 200, y en estas semanas se vio en La Plata, gracias a la generosidad del Instituto de Cultura de la misma provincia (este viernes 28 cerramos con la exhibición de La historia oficial, de Puenzo, en el Auditorio Hebe de Bonafini de la Calle 49 entre 4 y 5.) 
Una iniciativa modesta, que por fortuna el público acompañó. 
Surgió de mi rabia al mejor estilo de Martín padre, cuando me impresionó la falta de reacción - periodística, política, cultural - ante la desaparición de estos dos grandes. 
Coherente, eso sí, con el proceso de pelotudización en que nos sumió el milei-macrismo a partir de 2015 (cuando pienso que Aristarain pasó sus últimos 22 años de vida sin filmar - y no por sequía creativa, como Hammett, sino porque le faltaron las condiciones que merecía -, me dan ganas de salir a quemar todo como el Mario de Un lugar en el mundo...)

Las películas de Aristarain no están en las grandes plataformas, sino apenas en copias que algún bienintencionado subió a YouTube, donde nadie se topa con ellas a no ser que las busque específicamente. 
Lo cual desespera, porque deberían formar parte de la currícula educativa. 
Son películas que explican quiénes somos y qué queremos mejor que muchos contenidos formales. 
¿Querés contarle a los pibes cómo se vive cuando el sistema te condena y sólo podés confiar en un golpe de suerte? 
Mostrales La parte del león. 
¿Querés contarles cómo se vive bajo una dictadura que reprime y censura tu expresión? 
Mostrales Tiempo de revancha
¿Querés contarles qué pasa cuando, para sobrevivir, decidís integrarte al sistema represivo? 
Mostrales Últimos días de la víctima
¿Querés ayudar a que entiendan qué ocurre cuando una democracia es secuestrada por el capitalismo? 
Mostrales Un lugar en el mundo
¿Querés confesar que no tenés ninguna riqueza ni seguridad que darles, más allá de la certeza de tu amor incondicional? 
Mostrales Martín (Hache).

Estas películas pertenecen al tesoro espiritual y cultural que este país inspiró y todavía inspira. 
Son parte esencial de esas riquezas que escamotean “los que se quedan con el botín”, como los llama Martín padre, para mantenernos brutos y sojuzgados. 
Que no estén a un click de distancia de los más jóvenes es tan sólo una violencia más de las que permitimos que les inflijan. 
No es la peor que sufren, eso está claro. 
Pero no estamos haciendo nada para protegerlos de la una ni de las otras. 
Mientras sigamos de brazos cruzados, tumbados en un sillón y aislándonos de los gritos que resuenan en cada barrio, la última revolución no habrá de llegar.

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