viernes, 6 de febrero de 2026

APLAUDEN COMO FOCAS AMAESTRADAS, de Arturo Pérez Reverte - 15/1/2026

Aplauden, fíjense en ellos.
Aplauden siempre, lo aplauden todo.
Aplauden incluso cuando el líder dice una gilipollez o miente con la impune desvergüenza de quien sabe que nadie le pedirá cuentas.

Aplauden en grupo, a coro, jaleando la consigna como si les fuera la vida en ello, porque en realidad les va: el cargo, el coche oficial, el despacho, la tarjeta de crédito, el restaurante que nunca frecuentarían de dedicarse a un trabajo decente.
Saben que aplaudir como focas bien entrenadas - y que me disculpen las honradas focas - es más rentable que el pensamiento.

El político que aplaude sin pensar no es un error del sistema; es el perro de Pavlov de su partido, la escoria que resta cuando se esfuma todo criterio propio.
No es un representante público, es un comparsa.
No está ahí para opinar, sino para obedecer.
No para debatir, sino para asentir.
No para servir al ciudadano, sino para respaldar al jefe.


Pedro Sánchez, con su estilo de gobernar, ha patentado la marca: los partidos políticos españoles se convierten en redil de sinvergüenzas obedientes donde no te premian por hacer bien las cosas, sino por agachar las orejas.
Son valientes en Twitter y cobardes cuando su jefe los mira.
No lo quieren, sólo le tienen miedo.
Pero el miedo ata más que la lealtad.

No hay ahora grandes diferencias.
Cambian las siglas y las consignas, se alternan o suceden unos a otros en los escaños, pero la cochina estirpe es la misma: mediocres con ambición, inteligentes cobardes, buscavidas de todo sexo y pelaje, oportunistas que jamás contradicen a sus jefes en público ni en privado y les jalean hasta los bostezos, pues saben - en eso son en extremo competentes - que hasta un silencio prudente es más peligroso para sobrevivir que el aplauso desaforado y entusiasta.

Por eso no se trata sólo de aplaudir, sino de que los vean hacerlo. De que la sumisión absoluta conste en acta.
El líder habla y ellos sonríen. El líder ordena y ellos ejecutan.
El líder miente y ellos reformulan.
El líder cae en contradicción y ellos aplauden más fuerte, como si el ruido pudiera borrar la hemeroteca.
No hay ideas, hay consignas. No hay debate, hay disciplina.
No hay política, hay una secta asalariada e infame.


Y luego están los otros, claro. Los palmeros mediáticos.
Los que sostienen la farsa.
Los periodistas y tertulianos que si fueran cojos nadie podría adivinarlo desde el poder, porque siempre se le acercan de rodillas
Los chupacirios a sueldo y los convencidos sectarios, pues de ambos hay, que se llaman a sí mismos profesionales mientras adulan a quien los trajine en ese momento.
Los que no preguntan sino masajean, no investigan sino justifican, no informan sino protegen.
Y cuando enseñan el colmillo nunca es contra el líder que les llena el pesebre, sino contra quien incomoda a ese líder.

Junto al político que aplaude lo que le echen, el periodista comepollas es una de las especies más dañinas del ecosistema democrático porque no es ignorante, sino cómplice.
Sabe cuándo algo no cuadra, pero mira hacia otro lado.
Sabe cuándo le mienten, pero titula con el eufemismo adecuado. 
Sabe cuándo debería morder, pero prefiere lamer.
Y todo ello envuelto en un discurso moralista sobre la responsabilidad, el contexto, la estabilidad y lo malos que son los otros.

Así funciona la cochina maquinaria: políticos que no piensan y periodistas que no preguntan.
Un círculo vicioso de mediocridad blindada.
Un teatro donde todos fingen que todo va bien, mientras el ciudadano paga la entrada, las luces y los destrozos.

Pero el ciudadano no es tonto, aunque se le trate como tal.
O no todos son igual de tontos.
Muchos ven el aplauso automático y reconocen el miedo.
Leen el titular indulgente y detectan la consigna.
Escuchan la entrevista cómoda y entienden que ahí no hay periodismo, sino propaganda con vaselina.
Y cada vez que eso ocurre, la confianza se erosiona un poco más, pues comprenden que no se trata de un problema de ideología, sino de decencia, de honradez, de ideas, de coraje.
Que la política española se ha convertido en una feria de oportunistas donde es más cómodo aplaudir, más seguro callar y más rentable escribir lo que se espera de ti.

Y entre aplausos mercenarios y columnas complacientes se diluye una democracia anestesiada, cada vez más falsa, donde disentir es sospechoso y pensar por cuenta propia arroja a las tinieblas exteriores, lejos de las siglas que calientan y cobijan.
De ese modo, cada vez más, abundan los palmeros con escaño o micrófono dispuestos a sostener a toda costa a líderes que, no importa el color que tengan, con diferentes talantes y estilos, se ríen y seguirán riéndose en la cara de esta desdichada democracia.

Que no está enferma de conspiraciones rojas o azules, cuartelazos ni dictadores enterrados hace medio siglo, sino de aplausos cobardes.

EL PEOR GOBIERNO DE LA HISTORIA, de Eduardo de la Serna - 19/1/2026


Desde que empezó la Dictadura cívico militar con bendición eclesiástica, sabemos que la represión a las guerrillas fue una excusa.
Ya lo decía la maravillosa Carta abierta a la Junta Militar de Rodolfo Walsh.

Para reafirmar esto, uno de los “ideólogos” (o, mejor, divulgadores; los ideólogos eran otros y no militares) de la dictadura, el general Ramón Genaro Díaz Bessone reconoció que “el motivo del derrocamiento del gobierno peronista en marzo de 1976, no fue la lucha contra la subversión.
Nada impedía eliminarla bajo un gobierno constitucional.
La justificación de la toma del poder por las Fuerzas Armadas fue clausurar un ciclo histórico.”


Es decir, el peronismo.

Ese fue el objetivo de la “revolución fusiladora”, al decir del contraalmirante Arturo Rial: “Sepan ustedes que la Revolución Libertadora se hizo para que en este país el hijo del barrendero muera barrendero”.
Eso de “m´hijo el dotor”, debía acabarse.

“¿Qué es eso de llenar el país de universidades”, dijo el innecesario Mauricio Macri, y la orgullosamente indefendible María Eugenia Vidal lo repitió: “los pobres no van a la universidad”, contradiciendo solamente a la realidad…

Señalo esto, para dejar claro que todo indica que, para la mentalidad (o lo que funge de tal) del “Gobierno Militar” (y sus antecedentes y sus continuadores), los desaparecidos, la represión, el secuestro de niños y demás atrocidades violatorias de los Derechos Humanos y propias del Terrorismo de Estado fueron “solamente, daños colaterales”.

El tema era instaurar un modelo económico.
Ya Martínez de Hoz señalaba que necesitaba muchos años (15, al menos) para que el “modelo” se asentara.

Ahora bien, estos militares (marina, ejército y fuerza aérea) demostraron ser unos verdaderos cobardes; no solamente porque eran osados para torturar, asesinar, saquear, violar y arrojar dopados desde aviones a personas indefensas, sino porque también fueron incapaces de enfrentar ingleses en la lamentable Guerra de Malvinas (era más fácil para ellos torturar soldados argentinos que matar enemigos reales).
Y, como cobardes que eran, ni siquiera teniendo algo de poder se atrevieron a hacer todo lo que sus mandantes empresarios, extranjeros o no, les ordenaban.
Implantaron un modelo.

Pero había un problema: los empresarios nacionales serán empresarios, pero de nacionales ¡nada! Y los militares argentinos, de argentinos nada!.
Vendieron el país a los poderes extranjeros.
Pero, reitero, no se atrevieron a hacer todo lo que sus mandantes mandaban.

Y acá el tema.
Obviamente, cuando el peligro acechaba, los titiriteros soltaron los hilos y las marionetas cayeron.
Y fueron juzgados y condenados mientras los manejadores movían otros hilos, ¡judiciales estos!
Militares condenados, ¡miles!
Civiles y empresarios (y eclesiásticos) ¡cero!

Pero como no se atrevieron demasiado, hizo falta un Martínez de Hoz 2.0, que se llamó Domingo Felipe Cavallo, y, como tampoco alcanzó, fueron por el 3.0 (y el 3.1).
Lo que necesitaban era alguien que no tuviera la más mínima empatía, un desquiciado que gozara del sufrimiento ajeno (los militares sólo tenían algunos de estos del otro lado de la picana, pero no se atrevieron a más).
Hacía falta un insensible, un… un Milei.

Claro que también hacía falta una sociedad casi tan sin empatía como él; una que fuera capaz de decir “no soy perro ni autista y por lo tanto uso pirotecnia” a fin de año; una que tiene clarísimo que los incendios en la Patagonia son provocados, y el gobierno se desentiende totalmente de ellos, acusando gratuitamente a los mapuches, que todos saben no tienen nada que ver.
Y luego mostrar una foto hecha con IA de Milei saludando bomberos: todos saben que es falsa, pero a nadie le importa..!
Un insensible para una sociedad insensible era lo que faltaba.
El individualismo que nació en el “algo habrán hecho”, “por algo será”, “¿yo?, ¡argentino!” muestra y ostenta sus frutos.
Helos aquí..!

Ya en otras ocasiones dije que el gobierno de Milei era el peor gobierno de nuestra historia democrática reciente… pero, pensándolo mejor, creo que es sencillamente el peor gobierno.
¡Así! ¡Simplemente!
¿Peor que la Dictadura genocida?
Lamento creer que sí (“el neoliberalismo es genocidio por goteo” decía Jorge Novak).

No hay desaparecidos (aunque alguno “se les escape”), no le importan a nadie las violaciones a los derechos humanos de los jubilados, las personas con discapacidad y tantos otros.
¡Por algo será!

Pero, el modelo económico, que fue “la madre”, está engendrando hijos.
No olvido las violaciones a los Derechos Humanos de la Dictadura Genocida, pero no olvido el negacionismo, el poder (per) judicial cómplice, y todo lo que hace la perversión oficial para mostrarse, incluso en eso, continuadora del Genocidio.
Y, en lo económico, ¡la causa!, peor… infinitamente peor.

El peor de todos, ¡no lo dudo​!

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