Las leyes de la estupidez de Carlo Cipolla ofrecen un marco preciso que nos permite entender mejor lo que pasa en nuestro país y en el mundo, así como sus previsibles consecuencias.
(Guadalupe Lombardo)
En 1988, lejos de nuestro aquí y ahora, el historiador económico italiano Carlo Cipolla publicó su ensayo “Las Leyes Fundamentales de la Estupidez Humana”, un texto que comienza con aire irónico, casi caricaturesco, pero que con el correr de las páginas revela una férrea arquitectura conceptual que permite analizar el impacto de nuestras acciones en sociedad.Un marco que nos permite reflexionar sobre la naturaleza del contrato social y que aporta una refrescante mirada sobre los efectos secundarios de nuestras claudicaciones éticas.
Comencemos por enunciar con precisión matemática las cinco leyes de Cipolla.
La primera establece que siempre e inevitablemente subestimamos el número de estúpidos en circulación.
En sociedades complejas esta legión parece menguar por la vaporosa ilusión de racionalidad, pero lo cierto es que prolifera en silencio.
En debates sobre la educación pública, por ejemplo, caeremos en el error de pensar que son pocos los que apoyan su demolición calladamente, sin reflexionar sobre el colapso colectivo que estarían provocando.
La segunda ley enuncia que la probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica; no discrimina clase, educación o ideología.
Nadie está exento a priori de ser estúpido.
Aquí podríamos hacer un añadido que no fue considerado por Cipolla.
Acaso el estúpido no tenga manera de saber o constatar que lo es.
No existe una prueba diagnóstica inapelable que le permita tratarse a tiempo.
La mayor parte de las veces, la estupidez se padece de manera asintomática.
El núcleo del trabajo de Cipolla reside en la tercera ley.
Allí se define la estupidez, clasificando a la población en cuatro grupos bien diferenciados según el impacto que sus acciones tienen sobre ellos mismos y los demás.
Las personas lúcidas son aquellas que a través de sus acciones benefician tanto a los demás como a sí mismas.
Las egoístas son personas que actúan con malicia, causando daño a los demás para su propio beneficio.
El tercer grupo está compuesto por las personas incautas que, en su sostenido intento de beneficiar a los demás, terminan perjudicándose a sí mismas.
Y, finalmente, están las estúpidas, aquellas personas cuya acción causa daño a los demás sin obtener beneficio alguno, incluso perjudicándose a sí mismas.
La cuarta ley señala que las personas no estúpidas siempre subestiman el poder destructivo de los estúpidos, y en esa subestimación naufraga la ilusión de poder neutralizarlos.
Casi un corolario de ésta, la quinta y última ley nos dice que una persona estúpida es el tipo más peligroso que puede existir, combinando el daño del egoísta con la imprevisibilidad del incauto.
Cipolla incluso llegó a conjeturar que un estúpido en el poder es peor que diez bandidos (así es como llama a los egoístas).
No imaginó que a dos décadas de su muerte esta conjetura llegara a ser demostrada matemáticamente y, a la postre, para desgracia de todos, en el infausto devenir de la historia.
Las leyes de Cipolla y sus afirmaciones pueden ponerse a prueba usando las clásicas herramientas de teoría de juegos que los economistas suelen avalar. En dos trabajos publicados en 2020 se demostró que la presencia de actores sociales estúpidos disminuye la riqueza de toda la sociedad, dañando la viabilidad de iniciativas colectivas económicamente productivas.
Las personas estúpidas no solo se hacen daño a sí mismas sino que corroen el sistema.
Estas conclusiones se mantienen incluso si la estupidez es transitoria y afecta, en momentos distintos, a diferentes personas.
Es decir, no se trata de ser estúpido sino de comportarse estúpidamente, aunque sea de modo ocasional.
Después de todo, es difícil distinguir al estúpido de un egoísta ofuscado o un incauto resentido.
Si se caracteriza el nivel de estupidez de una sociedad con un parámetro que va desde 0 (ninguna persona es estúpida) hasta 1 (todas las personas actúan en todo momento estúpidamente), se encuentra un resultado alarmante: si bien niveles bajos de estupidez son reversibles, a partir de un valor crítico la sociedad está irremisiblemente condenada, sin vuelta atrás.
De afectar a individuos sueltos la estupidez deviene sistémica y hace metástasis en instituciones o políticas que, por diseño o inercia, generan daño colectivo sin racionalidad.
Se trata de un fenómeno emergente que resulta de la implementación de normas, automatismos o mecanismos burocráticos que generan daño colectivo sin que ni siquiera sus diseñadores obtengan beneficio neto.
El asalto brutal al sistema de universidades públicas e instituciones científicas argentinas - desfinanciamiento rampante, estrangulamiento salarial, despidos masivos y ataques frontales a la gratuidad - desnuda la estupidez en su forma más vil y destructiva.
Cipolla nos obliga a enfrentar la verdad cruda: subestimamos antes y ahora a la horda de estúpidos que impulsan esta demolición, incapaces de anticipar ni entender el abismo colectivo que desatan sobre el futuro entero del país.
Estos necios - doctores en ignorancia camuflada de ideología - encarnan mejor que nadie la tercera ley: estúpidos absolutos que laceran el bien público sin cosechar un solo beneficio, solo ruinas y autolesiones.
¿Dónde quedan las personas lúcidas que forjan prosperidad compartida? Arrasadas por egoístas codiciosos y atribulados incautos, todos embriagados de estupidez.
La cuarta ley nos señala a todos: o bien somos parte de esa caterva calamitosa o, en el mejor de los casos, somos víctimas de nuestra arrogante subestimación de su poder corrosivo; naufragamos creyendo que se podía contener esta plaga virulenta.
No supimos comprender la verdad matemática de la quinta ley de Cipolla que hoy se nos clava como un puñal: un estúpido en el poder es una catástrofe sin igual, infinitamente peor que cualquier combinación de egoístas e incautos.
Como una lava fundente que emana del corazón del poder, la estupidez sistémica arrasa con aulas y hospitales, programas sociales y comunitarios, institutos de investigación científica y entes culturales.
Políticas perversas e instituciones ahogadas que vomitan daño colectivo por inercia pura, sin lógica ni rédito, en un caos irracional que perpetúa desigualdad y atraso, un perjuicio colectivo en el que, en definitiva, todos pierden.
Si no estamos seguros de que la lucidez nos acompañe, las leyes de Cipolla recomiendan taxativamente ser egoístas o incautos, antes que estúpidos.
No es que sea edificante el egoísmo ni virtuosa la candidez.
Pero a pesar de que en ese terreno puedan medrar la corrupción y el clientelismo, la ambición y la imprudencia, también allí se refugian la conciencia de clase y la fraternidad.
El individualismo desclasado y la mezquindad insolidaria son rasgos del corazón rencoroso que casi siempre late en el indolente pecho del estúpido.
Por eso no hay que votar con el corazón sino con la cabeza.
Si hay candidaturas lúcidas, mucho mejor, pero si no las hay, es matemático: antes un egoísta o un incauto que un estúpido.
El núcleo del trabajo de Cipolla reside en la tercera ley.
Allí se define la estupidez, clasificando a la población en cuatro grupos bien diferenciados según el impacto que sus acciones tienen sobre ellos mismos y los demás.
Las personas lúcidas son aquellas que a través de sus acciones benefician tanto a los demás como a sí mismas.
Las egoístas son personas que actúan con malicia, causando daño a los demás para su propio beneficio.
El tercer grupo está compuesto por las personas incautas que, en su sostenido intento de beneficiar a los demás, terminan perjudicándose a sí mismas.
Y, finalmente, están las estúpidas, aquellas personas cuya acción causa daño a los demás sin obtener beneficio alguno, incluso perjudicándose a sí mismas.
La cuarta ley señala que las personas no estúpidas siempre subestiman el poder destructivo de los estúpidos, y en esa subestimación naufraga la ilusión de poder neutralizarlos.
Casi un corolario de ésta, la quinta y última ley nos dice que una persona estúpida es el tipo más peligroso que puede existir, combinando el daño del egoísta con la imprevisibilidad del incauto.
Cipolla incluso llegó a conjeturar que un estúpido en el poder es peor que diez bandidos (así es como llama a los egoístas).
No imaginó que a dos décadas de su muerte esta conjetura llegara a ser demostrada matemáticamente y, a la postre, para desgracia de todos, en el infausto devenir de la historia.
Las leyes de Cipolla y sus afirmaciones pueden ponerse a prueba usando las clásicas herramientas de teoría de juegos que los economistas suelen avalar. En dos trabajos publicados en 2020 se demostró que la presencia de actores sociales estúpidos disminuye la riqueza de toda la sociedad, dañando la viabilidad de iniciativas colectivas económicamente productivas.
Las personas estúpidas no solo se hacen daño a sí mismas sino que corroen el sistema.
Estas conclusiones se mantienen incluso si la estupidez es transitoria y afecta, en momentos distintos, a diferentes personas.
Es decir, no se trata de ser estúpido sino de comportarse estúpidamente, aunque sea de modo ocasional.
Después de todo, es difícil distinguir al estúpido de un egoísta ofuscado o un incauto resentido.
Si se caracteriza el nivel de estupidez de una sociedad con un parámetro que va desde 0 (ninguna persona es estúpida) hasta 1 (todas las personas actúan en todo momento estúpidamente), se encuentra un resultado alarmante: si bien niveles bajos de estupidez son reversibles, a partir de un valor crítico la sociedad está irremisiblemente condenada, sin vuelta atrás.
De afectar a individuos sueltos la estupidez deviene sistémica y hace metástasis en instituciones o políticas que, por diseño o inercia, generan daño colectivo sin racionalidad.
Se trata de un fenómeno emergente que resulta de la implementación de normas, automatismos o mecanismos burocráticos que generan daño colectivo sin que ni siquiera sus diseñadores obtengan beneficio neto.
El asalto brutal al sistema de universidades públicas e instituciones científicas argentinas - desfinanciamiento rampante, estrangulamiento salarial, despidos masivos y ataques frontales a la gratuidad - desnuda la estupidez en su forma más vil y destructiva.
Cipolla nos obliga a enfrentar la verdad cruda: subestimamos antes y ahora a la horda de estúpidos que impulsan esta demolición, incapaces de anticipar ni entender el abismo colectivo que desatan sobre el futuro entero del país.
Estos necios - doctores en ignorancia camuflada de ideología - encarnan mejor que nadie la tercera ley: estúpidos absolutos que laceran el bien público sin cosechar un solo beneficio, solo ruinas y autolesiones.
¿Dónde quedan las personas lúcidas que forjan prosperidad compartida? Arrasadas por egoístas codiciosos y atribulados incautos, todos embriagados de estupidez.
La cuarta ley nos señala a todos: o bien somos parte de esa caterva calamitosa o, en el mejor de los casos, somos víctimas de nuestra arrogante subestimación de su poder corrosivo; naufragamos creyendo que se podía contener esta plaga virulenta.
No supimos comprender la verdad matemática de la quinta ley de Cipolla que hoy se nos clava como un puñal: un estúpido en el poder es una catástrofe sin igual, infinitamente peor que cualquier combinación de egoístas e incautos.
Como una lava fundente que emana del corazón del poder, la estupidez sistémica arrasa con aulas y hospitales, programas sociales y comunitarios, institutos de investigación científica y entes culturales.
Políticas perversas e instituciones ahogadas que vomitan daño colectivo por inercia pura, sin lógica ni rédito, en un caos irracional que perpetúa desigualdad y atraso, un perjuicio colectivo en el que, en definitiva, todos pierden.
Si no estamos seguros de que la lucidez nos acompañe, las leyes de Cipolla recomiendan taxativamente ser egoístas o incautos, antes que estúpidos.
No es que sea edificante el egoísmo ni virtuosa la candidez.
Pero a pesar de que en ese terreno puedan medrar la corrupción y el clientelismo, la ambición y la imprudencia, también allí se refugian la conciencia de clase y la fraternidad.
El individualismo desclasado y la mezquindad insolidaria son rasgos del corazón rencoroso que casi siempre late en el indolente pecho del estúpido.
Por eso no hay que votar con el corazón sino con la cabeza.
Si hay candidaturas lúcidas, mucho mejor, pero si no las hay, es matemático: antes un egoísta o un incauto que un estúpido.
José Edelstein es físico teórico, IGFAE, Universidad de Santiago de Compostela (jose.edelstein@gmail.com)
Marcelo Kuperman es físico teórico, Instituto Balseiro y Conicet (mkuperman@gmail.com)
