jueves, 24 de septiembre de 2026

Próspera tendrá su calibana Por Rocco Carbone


En 1969 Gillo Pontecorvo – director de La batalla de Argel – estrenó Queimada, con Marlon Brando en el papel de William Walker, un “inglés” agente británico enviado a la isla caribeña, ficticia, que da título al largometraje con el propósito de insurreccionarla contra el dominio portugués.
La película explora temas de alta sensibilidad política: el colonialismo, la esclavitud, la revolución, el imperialismo y la manipulación popular.
Esencialmente, muestra cómo una potencia imperial (Gran Bretaña) puede impulsar una insurrección para sustituir un sistema de dominación por otro más conveniente a sus intereses económicos.

Walker usa a la clase propietaria de la isla y a la clase trabajadora, que está integrada por grandes contingentes negros, para desplazar a Portugal e implantar el dominio británico.
Baja una bandera imperial - capitalista y emplaza otra.
Es, en este sentido, homólogo de Milei con Malvinas: imagina bajar la bandera de Gran Bretaña para emplazar en su lugar la de Estados Unidos.

En el corazón de la película hay una escena dramática y más que considerable. Transcurre en una suerte de prostíbulo y está protagonizada por Walker y una representación de la clase propietaria de la isla, integrada por hombres, todos hombres.
Fuman, toman licores, es una escena licenciosa, en la que se sugiere que esos hombres o ya se acostaron con las trabajadoras del prostíbulo o que pueden hacerlo en cualquier momento.
En ese ámbito, Walker interpela a los capitalistas disolutos y borrachos y les dice más o menos: ¿ustedes qué prefieren, una esposa o una de estas muchachas?
Pero luego se corrige: ¿qué les resulta más conveniente?
Y aclara que está hablando en términos económicos.
Les pregunta: “¿Cuál es el costo del producto? ¿Cuál es el rendimiento del producto?”.
Y explica que el “producto” es el amor.
Y dice que se refiere al “amor puramente físico”, porque “los sentimientos no juegan ningún papel en la economía”.

Aquí tenemos un primer hallazgo: los sentimientos no forman parte de la economía de la clase de la gran propiedad, que es la economía libidinal del capital.
Por eso el experimento teratológico que gobierna la Argentina puede hacer lo que hace; lo que nos hace a la clase trabajadora.
La economía capitalista que se empalma con el poder fascista no contempla ni la felicidad, ni el amor, ni la esperanza, ni la pasión, ni la diversión, ni la bronca, ni el miedo, ni la tristeza, ni el estrés, ni la frustración, ni la vergüenza, porque el economista fascista servidor del capitalismo ve datos, ve el porcentaje de la inflación, ve números como el acre de Aracre. (Otro que veía sólo números era Eichmann).
Si los sentimientos no forman parte de la economía, lo que importa es calcular el costo y el rendimiento de cada relación.

Volvamos a la escena de Queimada.
Luego de la pregunta sobre qué es más o menos conveniente, Walker desarrolla una comparación.
Y a los capitalistas ambiciosos les dice: una esposa debe ser mantenida, le tienen que dar vivienda, comida, vestidos, atención médica, etc.
Además, hay que mantenerla durante toda la vida, incluso cuando envejece y deja de ser “productiva”.
Y, si el marido muere después de la esposa, incluso debe pagar su funeral.
El fascista, que es capitalista, piensa siempre en clave totalmente patriarcal.
Y luego Walker agrega: la prostituta, en cambio, no requiere esos costos, que son permanentes.
No hay que alojarla, alimentarla, vestirla ni enterrarla.
Se la usa cuando se la necesita y se paga únicamente por el servicio, por hora.

Finalmente, Brando pregunta: ¿qué es más conveniente: un esclavo o un trabajador asalariado?
Ese es el cálculo que hace el capitalismo.
Y es también el cálculo que hace la ley capitalista en su fase fascista, esta ley, su Ley, la ley de Milei con la clase trabajadora nacional.
En el razonamiento de Walker, la esposa se equivale con la condición del trabajador asalariado y la prostituta con la condición del esclavo.
El capitalista de la película debería pagarle regularmente al trabajador asalariado y mantener con él una relación económica (relativamente...)
La prostituta, en cambio, ¿qué representa para Walker?
Una relación esclava. Se le paga el servicio y nada más.
Entonces, Walker invita a los capitalistas a pensar en la clave de costos, rendimiento y conveniencia.
La pregunta esencial que sobrevuela es esta: ¿qué forma de dominación es más conveniente para el capitalista en este momento del siglo XXI?
Los Walker 2.0, o sea, los tecnofascistas nos quieren convencer de que el capitalismo productivo, con Estado de bienestar, es una forma de dominación ineficiente. Económicamente ineficiente.
Y que lo eficiente es el capitalismo de plataformas con un Estado fascistizado, que sirve a una nueva clase social: las aristocracias tecnofinancieras.

En este contexto, el trabajador de plataforma es jurídicamente libre, libre para vender su fuerza de trabajo, libre para venderla siempre más, porque al ser pagado solo por su servicio (por el viaje en un Uber, Rappi, Didi, etc.), tiene que trabajar mucho más, auto exponerse a la explotación mucho más, puesto que debe ocuparse también de su salud, si quiere conservarla, también de sus vacaciones, si quiere tenerlas, también de su previsión social, si es que en algún momento de su vida quiere dejar de trabajar, y también de su bienestar si es que le hace sentido esta palabra.
El trabajador asalariado de ayer, del capitalismo productivo con un Estado de bienestar, en el capitalismo de plataforma, con un Estado fascistizado, ha devenido esclavo.
La libertad de Milei, que implica a un trabajador que es pagado por su servicio, es rentable sólo para la clase de la gran propiedad.
La libertad de ellos es la libertad de esclavizar/nos.
Implica una forma más eficiente de explotación.


Ante esta política es preferible afirmar dos libertades correlativas e inversas: la libertad de desobedecer y la libertad de crear o transformar las relaciones sociales.
Que quiere decir organizar un Estado emancipado.

Para eso está la revolución.

Murió Frances Saunders, la investigadora que destapó la red de intelectuales al servicio de la CIA



Frances Stonor Saunders murió el pasado 31 de agosto, a los 60 años, víctima de un tumor cerebral.
Con ella desaparece una de esas investigadoras que logran algo infrecuente: escribir un libro después del cual resulta imposible contemplar de la misma manera toda una época histórica o el perfil de algunos de sus personajes .
“Who Paid the Piper? The CIA and the Cultural Cold War”, publicado en 1999 y conocido en su versión castellana con el título de “La CIA y la guerra fría cultural”, no fue simplemente una simple investigación sobre operaciones de espionaje.

Fue la reconstrucción minuciosa, elaborada y sin concesiones de uno de los mayores dispositivos conocidos de intervención política sobre la cultura y la intelectualidad occidental.
Saunders había llegado a aquella historia casi accidentalmente. Nacida el 14 de abril de 1966 en Windsor, Berkshire, era hija de Julia Stonor y de Donald Saunders, nacido Donald Slomnicki cerca de Bucarest y llegado a Gran Bretaña como refugiado después de la Segunda Guerra Mundial. Sus padres se separaron cuando ella tenía ocho años.
Estudió Literatura Inglesa en St Anne's College, Oxford, y se graduó en 1987. Tras pasar por Roma y por el ambiente cultural británico de finales de los ochenta, comenzó a trabajar como documentalista para televisión.

Sería precisamente la televisión la que la conduciría hacia el asunto que marcaría su vida intelectual.
En 1995 realizó para Channel 4 la serie documental Hidden Hands: A Different History of Modernism.
Mientras investigaba las relaciones entre el expresionismo abstracto estadounidense, sus instituciones culturales y los organismos de inteligencia norteamericanos, Saunders encontró los primeros hilos de una trama mucho mayor.

Una CIA que no necesitaba llevar pistola

Lo que Saunders descubrió era extraordinario porque mostraba otra cara del poder imperial estadounidense.
No se trataba ahora de golpes de Estado, operaciones paramilitares, intervenciones militares o espionaje convencional.
Era una lucha por determinar qué libros se leían, qué revistas adquirían prestigio, qué escritores viajaban por el mundo, qué exposiciones llegaban a las grandes capitales europeas y qué concepciones políticas podían presentarse como expresión espontánea de la intelectualidad occidental.
El eje de aquella enorme operación fue el Congress for Cultural Freedom, el Congreso por la Libertad de la Cultura, creado en 1950 y financiado clandestinamente por la CIA.

La propia historia oficial de la agencia acabaría definiéndolo como una de sus operaciones encubiertas más audaces y eficaces de la Guerra Fría.
Desde París, y bajo la dirección administrativa de Michael Josselson, que era agente de la CIA, aquella organización estuvo articulando durante años una red internacional de intelectuales, revistas, congresos, conciertos, traducciones, exposiciones y organizaciones culturales.
En su momento de mayor expansión llegó a tener presencia en decenas de países y sostuvo más de veinte publicaciones de prestigio.
Saunders siguió el dinero.

Revisó documentos desclasificados, archivos privados y correspondencia y entrevistó durante años a protagonistas de aquel mundo.
El resultado demostraba que detrás de una parte nada desdeñable de la aparente espontaneidad de la vida cultural occidental existía una verdadera política de Estado.
Su libro obtuvo el premio Gladstone de la Royal Historical Society, fue traducido a numerosos idiomas - el periódico The Guardian cifra actualmente en 17 las traducciones - y convirtió a una autora que apenas superaba los treinta años en una referencia internacional.
Revistas como Encounter en Gran Bretaña, Preuves en Francia o Der Monat en Alemania formaron parte de aquel universo.
La CIA organizó o financió congresos, sufragó viajes, promovió publicaciones y utilizó fundaciones y organizaciones intermediarias para ocultar el origen del dinero.
También impulsó internacionalmente determinadas manifestaciones de la vanguardia estadounidense: el expresionismo abstracto podía presentarse ante Europa como demostración de que Estados Unidos era el territorio de la libertad creadora frente al realismo socialista soviético.
Jackson Pollock se convirtió así, sin necesidad de recibir instrucciones de un agente de inteligencia, en una pieza de aquella representación cultural de la superioridad estadounidense.

Los grandes nombres de la intelectualidad occidental

Y aquí residía probablemente la parte más explosiva de la investigación de Saunders: los nombres.
Por aquellas páginas desfilaban algunos de los escritores, filósofos, historiadores, críticos y artistas más importantes del siglo XX.
Arthur Koestler, Sidney Hook, James Burnham, Melvin Lasky, Irving Kristol, Stephen Spender, Ignazio Silone, Nicolas Nabokov, Isaiah Berlin, Hannah Arendt, Robert Lowell, Leonard Bernstein, Bertrand Russell, Mary McCarthy, Arthur Schlesinger Jr. y Jackson Pollock aparecen, con relaciones de naturaleza y grado muy diferentes, dentro del enorme entramado cultural que investigó Saunders.
La presentación estadounidense de The Cultural Cold War menciona expresamente a Arendt, Berlin, Bernstein, Lowell, Orwell y Pollock como figuras convertidas en instrumentos idóneos de aquella guerra cultural.
Pero precisamente por respeto al rigor de Saunders conviene hacer una distinción decisiva: no todos aquellos intelectuales fueron agentes directos de la CIA ni todos conocían la procedencia del dinero.
Ese matiz vuelve todavía más inquietante la historia.

Michael Josselson sí era un hombre de la CIA y dirigió el aparato del Congreso durante años. Otros intelectuales participaron intensamente en organismos, congresos o revistas sostenidos clandestinamente por la agencia, aunque su grado de conocimiento sobre el origen de los fondos continúa siendo objeto de controversia historiográfica.
La propia CIA reconoce, por ejemplo, que Arthur Koestler actuó inicialmente sin saber que estaba contribuyendo a una operación patrocinada por la agencia, y que Sidney Hook participó en actividades anteriores cuyo respaldo secreto desconocía.
Encounter, negaron haber sabido que detrás del Congreso se encontraba la CIA. La controversia sobre qué sabía cada cual y desde cuándo acompañaría para siempre a aquella generación.
Por eso, reducir el hallazgo de Saunders a una relación de escritores “comprados” por la CIA empobrecería extraordinariamente su investigación.
Su descubrimiento era bastante más profundo.
El poder no necesitaba necesariamente decirle a un novelista qué debía escribir.
Podía seleccionar qué novelista recibía traducciones, revistas, viajes, congresos, premios, difusión internacional y acceso a determinados circuitos de prestigio.
Podía crear el escenario. 
Y dejar que los intelectuales actuaran dentro de él.

Esa es posiblemente la revelación más perdurable de “La CIA y la guerra fría cultural”.
Incluso George Orwell, cuyo nombre aparece en la investigación y en las presentaciones posteriores de la obra, exige esa precisión.
No fue exactamente un “agente de la CIA”.
Sus conocidas relaciones se produjeron fundamentalmente con el aparato policial británico de propaganda anticomunista.
Saunders lo integró en una reconstrucción mucho más amplia de aquella red atlántica de instituciones, intelectuales y servicios occidentales.
Lo mismo ocurre con numerosos artistas e intelectuales cuya obra fue promovida o instrumentalizada sin que necesariamente conociesen quién estaba detrás de determinados mecanismos de financiación.
El propio subtítulo conceptual del libro podría resumirse así: instrumentos del servicio secreto estadounidense, lo supieran o no.

Justo ahí radicaba también la enorme trascendencia política del trabajo. Saunders no descubría simplemente que Washington “hacía propaganda” - como también la hacía la Unión Soviética -, sino que demostraba la contradicción existente entre el discurso de una cultura occidental supuestamente independiente del Estado y el funcionamiento real de una formidable política clandestina destinada a orientar aquella cultura.
Incluso la CIA, décadas después, reconocería sin ambages que el Congreso había sido una operación encubierta propia y que su propósito consistía en disputar la influencia comunista entre artistas e intelectuales.
Mucho más que un solo libro
El extraordinario impacto de aquella investigación corrió algunas veces el riesgo de ocultar el resto de la obra de Saunders.

En 2004 publicó Hawkwood: Diabolical Englishman, sobre el mercenario inglés del siglo XIV John Hawkwood.
Seis años después apareció The Woman Who Shot Mussolini, la biografía de Violet Gibson, la aristócrata angloirlandesa que en 1926 disparó contra Benito Mussolini y estuvo a punto de matarlo.
Saunders tenía una extraordinaria capacidad para encontrar detrás de personajes aparentemente secundarios, una puerta de entrada hacia las grandes estructuras históricas.
Trabajó asimismo como responsable de cultura del semanario británico New Statesman, produjo numerosos documentales radiofónicos para la BBC y presentó “Meeting of Minds”, dedicado a encuentros decisivos entre figuras de la historia intelectual.
En 2018 fue elegida miembro de la Royal Society of Literature.

Pero su último gran libro sería muy diferente a todos los que le precedieron.
En “The Suitcase: Six Attempts to Cross a Border”, publicado en 2021, la investigadora que había pasado décadas abriendo los archivos secretos de instituciones poderosas abrió finalmente el archivo de su propia familia.
Una vieja maleta que había pertenecido a su padre contenía cartas, fotografías y documentos que la condujeron hacia la historia del joven Donald Slomnicki, refugiado de Europa oriental que terminaría reconstruyendo su vida en Gran Bretaña.
El libro se convirtió en una meditación sobre el exilio, las fronteras, la memoria y el progresivo hundimiento de su padre en el Alzheimer.

The Suitcase obtuvo en 2022 el PEN Ackerley Prize, dedicado a las memorias y autobiografías literarias.
Era casi el reverso perfecto de “Who Paid the Piper?”: después de investigar cómo los Estados fabrican memoria y relato, Saunders se preguntaba cómo una familia reconstruye los suyos cuando quedan apenas una maleta, unas fotografías y algunos documentos dispersos.
Frances Stonor Saunders supo antes de morir que “Who Paid the Piper?” sería reeditado nuevamente.
Difícil imaginar un destino más apropiado para un libro escrito hace casi tres décadas y cuya pregunta central permanece completamente viva: ¿quién paga aquello que una sociedad termina considerando cultura independiente, pensamiento libre y opinión espontánea?
La respuesta que Saunders encontró para los años de la Guerra Fría resultó incómoda porque obligaba a mirar más allá de los discursos.
Allí donde parecía existir solamente una revista prestigiosa podía haber una Fundación.
Detrás de aquella Fundación podía encontrarse otra institución.
Y detrás de esta, finalmente, podía estar una Agencia de inteligencia.
Su mérito consistió, justamente, en seguir esos entrelazados hilos hasta el final.

Por eso, su prematura muerte, conocida con cierto retraso, ha tenido para mí un significado especialmente doloroso.
La lectura de su libro “La CIA y la guerra fría cultural” me permitió comprender en toda su dimensión el papel desempeñado por una parte significativa de la intelectualidad europea en las grandes batallas políticas e ideológicas de la Guerra Fría.
Aquellos mismos años sesenta habían coincidido, además, con el final de mi adolescencia, una etapa marcada por una insaciable necesidad de leer y de conocer, vivida en un país donde acceder a determinados libros podía convertirse todavía en una aventura incierta y, en no pocas ocasiones, también frustrante.
Frances Stonor Saunders nos deja, - me deja - , una enseñanza elemental a la hora de tratar de comprender la naturaleza del poder: nunca basta con saber quién habla.

Hay que averiguar también quién construyó el escenario desde el que lo hace, quién fue el que le abrió las puertas, quién se encargó de “distribuirle” el prestigio y, sobre todo, quién fue el que se encargó de pagarle al flautista.

Manuel Medina

jueves, 17 de septiembre de 2026

PISA Y LA NOTA ELEMENTAL DE LAS PARTÍCULAS, de Juan Di Paolo Morcos - 15/9/2026

En Las partículas elementales, Michel Houellebecq cuenta la vida de personajes que siguen andando cuando varios de los enlaces que daban forma a una existencia empiezan a aflojarse.
La familia promete menos, las prohibiciones pesan distinto, las jerarquías morales dejan de parecer evidentes y la libertad individual avanza sobre territorios antes organizados por otras reglas.
El resultado no es un vacío. Cambian las fuerzas que distribuyen las posiciones.

Donde una pertenencia pierde espesor puede crecer la comparación; donde una identidad deja de venir dada aparece la necesidad de producirla; donde retrocede una prohibición puede instalarse una competencia.
Las partículas quedan más sueltas y, justamente por eso, importa todavía más aquello que las atrae, las separa o las deja expuestas.
Ese movimiento me interesa bastante más que la nostalgia de Houellebecq por el mundo anterior.
¿Qué sucede cuando los principios que ordenaban de antemano una situación pierden fuerza y, aun así, el gobierno de esa situación continúa?
¿Qué clase de poder necesita fijar menos para poder intervenir más?
¿Qué pasa con quienes aprendieron a reconocerse en posiciones que antes parecían durar?

La escuela ofrece un lugar privilegiado para mirar ese desplazamiento porque durante mucho tiempo fue una máquina extraordinaria para fabricar enlaces.
El profesor no necesitaba ser elegido profesor por el curso cada mañana. 
El conocimiento no entraba a competir desde cero con cualquier afirmación.
El título no debía volver a probar todos los días que seguía siendo un título.
El horario definía la tardanza antes de que alguien llegara tarde y la prueba fijaba las condiciones de aprobación antes de conocer las respuestas.
La regla llegaba, en cierto modo, antes que el conflicto.

Eso no hacía de la escuela un espacio sin disputa.
Al contrario: podía tramitarla porque profesor, alumno, examen, promoción, sanción y egreso ya ocupaban lugares reconocibles.
Se discutía dentro de una trama que venía armada.
El estudiante podía cuestionar al docente y seguir sabiendo quién era el docente; podía odiar Matemática y rendirla; podía preguntarse para qué servía lo que estudiaba y, al mismo tiempo, imaginar que terminar la escuela modificaba su posición.
La institución no borraba el conflicto: le daba una forma y una duración.


La escuela necesita, además, algo bastante extraño.
Necesita que treinta personas acepten compartir un mismo lugar y un mismo horario para ocuparse de algo cuyo beneficio probablemente no sea inmediato.
Necesita que lo aprendido ayer conserve valor hoy y que lo que se hace hoy tenga alguna relación con lo que vendrá mañana.
Necesita continuidad, secuencia, repetición, acumulación.
Necesita, en definitiva, que esperar tenga algún sentido.


Ese sentido no dependía sólo de un buen docente ni de un reglamento severo. Aula, timbre, lista, programa, calendario, examen, registro, título, firma: antes de que empezara la conversación muchas cosas ya estaban resueltas.
El espacio distribuía posiciones; el horario recortaba el tiempo; el programa seleccionaba saberes; el título autorizaba una voz.
La escuela gobernaba también de esa manera, haciendo que ciertas decisiones dejaran de verse como decisiones y funcionaran como el suelo desde el cual podía empezar la discusión.

También producía efectos de verdad.
Una nota habilitaba un pasaje. Un examen cerraba una etapa.
Un título convertía una trayectoria en una posición social.
Cuando la institución decía “aprobó”, “egresó”, “es profesor”, hacía algo más que describir: fabricaba un antes y un después.
Esa capacidad de cierre fue una de las eficacias políticas más fuertes de la razón escolar.

Los ritos escolares condensaban esa potencia.
Pasar de año, rendir, recibir un diploma no eran adornos de la vida institucional. Marcaban que algo había ocurrido y que podía ser reconocido por otros. Después de la prueba, de la firma o del título, una posición nueva quedaba disponible.
La razón escolar no se limitaba a separar verdadero y falso; también podía decidir cuándo una secuencia había terminado.
Y esa posibilidad de terminar algo organizaba deseo.
Saber podía valer la pena. Aprobar podía valer la pena.
Recibirse, ejercer una profesión, “ser alguien” justificaban años de esfuerzo y de espera.
La promesa jamás fue universal y estuvo atravesada por desigualdades enormes, pero conservaba fuerza porque dibujaba un recorrido.

El mito más profundo no decía que todos iban a triunfar; decía que una secuencia podía conducir a alguna parte, que el tiempo dejaba sedimento y que después de ciertas pruebas una posición podía durar.

Lo que podía cerrar

Nada de eso desapareció de golpe.
Los títulos siguen existiendo, los profesores conservan cargos, los programas ordenan contenidos y las escuelas continúan tomando exámenes.
Lo que cambia es la convivencia con otra racionalidad, menos dependiente de producir el mismo tipo de cierre para poder ordenar.
Fernando Peirone llama sociedad poslogos a un escenario en el que la cultura escrita y el logocentrismo dejan de monopolizar la producción social del sentido.
La razón permanece, aunque ya no puede organizar por sí sola toda la experiencia.
Secuencia, causalidad, explicación, jerarquía, autoridad: durante siglos esas operaciones compusieron una forma de mundo ligada al contrato social, al enciclopedismo, a la democracia liberal y al positivismo científico.
La escuela fue una de sus infraestructuras más persistentes.
Enseñó a leer y escribir, pero hizo algo más decisivo: volvió pensable un mundo que podía demostrarse, clasificarse y cerrarse.
Verdadero o falso. Correcto o incorrecto. Aprobado o desaprobado. Alumno o profesor. Antes o después.
Esas parejas tenían efectos concretos.
Una forma de verdad producía autoridad; esa autoridad ordenaba tiempos, cuerpos y expectativas.
La pregunta aparece cuando esa narrativa pierde parte de su capacidad para jerarquizar todas las voces y todos los pasajes.
¿Qué pasa cuando la verdad sigue existiendo, pero ya no alcanza para clausurar una situación?
¿Qué ocurre con la autoridad cuando su fundamento tiene que hacerse visible dentro de la escena que pretende ordenar?

Sandra Ziegler sostiene que la autoridad ya no puede funcionar como un a priori de la experiencia escolar y debe construirse en la propuesta, en el vínculo, en lo que ocurre.
La lectura habitual celebra el desplazamiento de la vieja verticalidad.
A mí me interesa otra arista: si la autoridad deja de venir incorporada a la posición, cambia también el tipo de poder que se pone en juego.
El profesor conserva el cargo y el título, pero la eficacia de esa posición tiene que producirse frente al curso.
La discusión se vuelve más compleja que una oposición entre verticalidad y horizontalidad.
Una tecnología del orden partía de posiciones relativamente fijadas y desde allí organizaba la interacción.
Otra puede seguir la interacción, medirla, corregirla y producir orden en su propio movimiento.
Red, equipo, proyecto, monitoreo, evaluación, ajuste: vocabulario de una gramática distinta.
El orden ya no necesita presentarse completamente terminado para intervenir.
Si la autoridad deja de venir incorporada a la posición, cambia también el tipo
El choque entre dos tecnologías del orden empieza a hacerse visible.
Una fue construida para producir verdades, pasajes y posiciones relativamente durables.
La otra trabaja con comparación, evaluación y reválida, y mantiene abiertas las posiciones que administra.
Una podía decir “sos”.
La otra se mueve con una fórmula distinta: “por ahora, estás acá”.
La diferencia parece pequeña hasta que se la lleva a sus consecuencias.
“Sos profesor” produce una identidad institucional.
“Estás por debajo del promedio” produce una posición relativa.
La primera descansa en una adquisición; la segunda necesita comparación. Una pretende durar; la otra conserva sentido mientras pueda volver a medirse. El cierre deja lugar a una información que prepara la próxima intervención.

La palabra que mejor muestra el desplazamiento quizá sea actualización.
El título vale, aunque tiene que actualizarse.
La experiencia cuenta y puede quedar obsoleta.
La formación termina y vuelve a empezar.
Se aprende, se recertifica, se ocupa una posición y se demuestra otra vez que todavía se la merece.
Lo adquirido no desaparece: queda bajo condición.
La figura del sujeto acelerado empieza a quedarnos corta.
La velocidad explica una parte; la duración abre un problema más profundo. Cada vez más posiciones parecen sostenerse bajo condición.
El sujeto provisional es aquel para quien haber llegado no resuelve la pregunta por su lugar.
¿Cuánto dura un saber? ¿Cuánto dura una autoridad?
¿Cuánto dura un título? ¿Cuánto tiempo puede una posición descansar en lo que ya acreditó antes de tener que probarse otra vez?

En Las partículas elementales ese problema aparece de una manera íntima y bastante cruel.
Las viejas identidades siguen funcionando como expectativas cuando las instituciones que las sostenían ya no tienen la misma consistencia.
Bruno necesita confirmar una y otra vez su valor en la mirada y el deseo de los otros; Michel busca refugio en una identidad científica que reduzca al mínimo esa demanda de reconocimiento.
Ninguno queda simplemente liberado.
Los dos cargan con posiciones heredadas que todavía dicen cómo debería ser una vida, mientras el mundo ya no garantiza los enlaces capaces de sostenerlas.
Algo parecido ocurre con las identidades institucionales.
El profesor sigue siendo profesor, pero el título ya no produce por sí solo toda la autoridad de la posición.
El profesional conserva su acreditación y debe renovarla.
La escuela sigue siendo escuela y, sin embargo, vuelve periódicamente a demostrar que enseña.
La identidad permanece; lo que se vuelve revocable son sus efectos.
El sujeto provisional no carece de identidad: tiene que mantenerla vigente.

Por ahora

PISA adquiere otra densidad dentro de este problema.
Convierte países, jurisdicciones, puntajes, brechas y tendencias en posiciones comparables.
Argentina, Chile, CABA o Mendoza dejan de aparecer solamente como lugares y pasan a existir dentro de una serie de relaciones.
El sentido surge de las distancias, de los movimientos y de la posibilidad de volver a medir esas posiciones.
Los resultados argentinos de 2025 son malos: apenas el 24% de los estudiantes alcanzó al menos el nivel básico en Matemática; en Lectura lo hizo el 40% y en Ciencias el 41%.
Esos números importan.
También importa la forma de verdad que construyen.
PISA establece dónde está cada sistema, a qué distancia de otros y qué ocurre con esa distancia cuando llega una nueva medición.
La verdad que produce es comparativa, periódica y revisable.

Las diferencias entre países obligan, además, a no convertir “la época” en una explicación cómoda.
Argentina, Uruguay, Chile o Brasil atraviesan transformaciones parcialmente comunes y producen resultados distintos.
PISA vuelve comparables esas configuraciones, transforma las diferencias en una superficie desde la cual observar, clasificar, intervenir y volver a observar. 
La comparación no cancela la singularidad; la vuelve gobernable.

Cada ciclo produce una posición verdadera y, al mismo tiempo, provisoria.
La escuela moderna había hecho de la prueba un rito de pasaje: se rendía para pasar y el examen prometía un después.
La racionalidad contemporánea multiplica pruebas que funcionan cada vez más como controles de vigencia.
Haber pasado no evita nuevas comprobaciones.
La evaluación vuelve, la acreditación vuelve, la actualización vuelve.
La prueba deja de ser sólo una puerta y empieza a convertirse en una condición de permanencia.

La autoridad entra en la misma lógica.
El profesor conserva su posición y necesita reconocimiento.
El saber mantiene su valor y tiene que demostrar pertinencia.

La institución continúa siendo institución y debe exhibir resultados.
Donde la norma no alcanza aparece el protocolo; donde la posición no garantiza aparece la reválida; donde el título no basta aparece la actualización; donde una escuela no puede dar por supuesta su eficacia aparece el indicador.
Puede que llamemos desorden a algo que ya está siendo ordenado de otra manera.
La escuela encuentra dificultades para estabilizar y, al mismo tiempo, el mundo que la rodea aprende a gobernar con menos necesidad de fijar.
Seguir movimientos, comparar posiciones, revisar resultados, ajustar intervenciones: la estabilidad deja de funcionar como condición previa del gobierno.
Las viejas identidades siguen funcionando como expectativas cuando las instituciones que las sostenían ya no tienen la misma consistencia.
De ahí nace una parte importante del desconcierto contemporáneo.
Seguimos esperando que un título produzca profesión, que un cargo produzca autoridad, que una trayectoria produzca reconocimiento, que estudiar produzca futuro.
Las palabras permanecen; también los rituales, los edificios y los certificados.
Lo que se vuelve incierto es cuánto dura aquello que nombran.

La oposición entre identidades fuertes e identidades débiles dice poco. Seguimos ocupando posiciones heredadas de un mundo que confiaba mucho más en su capacidad para fijarlas, mientras las hacemos funcionar dentro de otro que exige ratificación permanente.
El profesor sigue siendo profesor y tiene que producir reconocimiento.
El profesional conserva el título y debe actualizarse.
La escuela continúa siendo escuela y vuelve a demostrar que enseña.
Haber llegado ya no resuelve la pregunta por el lugar que se ocupa.

PISA pertenece a ese mundo que vuelve a preguntar. Mide, ubica, compara y deja abierta la próxima medición.
Un país no queda definido para siempre por su puntaje; ocupa una posición hasta que otra medición vuelva a moverla.
La verdad no desaparece: cambia su forma temporal.
Deja de fijar completamente una posición y empieza a seguirla, compararla y revisar su vigencia.

Houellebecq deja a sus personajes en un mundo donde varios de los viejos enlaces perdieron fuerza, mientras las expectativas que esos enlaces habían producido siguen trabajando sobre ellos.
Bruno y Michel responden de maneras opuestas y ninguno consigue salir del desajuste.
El título de la novela se vuelve así más inquietante: una partícula nunca es sólo una partícula.
Importan las fuerzas que la atraen, la separan, la mantienen unida a otras o la dejan expuesta.

La escuela obliga a mirar algo parecido.
Profesor, alumno, título, examen, autoridad, conocimiento, indicador: aislados explican poco.
Lo decisivo son los enlaces que conseguían convertirlos en un orden y la duración que esos enlaces podían garantizar.
Hoy conservan buena parte de sus nombres mientras pierden capacidad para asegurar, por sí solos, la posición que producen.

Eso es, quizás, lo no tan elemental de las partículas de PISA.
Miramos los números buscando qué está mal en la escuela y terminamos frente a preguntas más ásperas.
¿Qué ocurre cuando las posiciones conservan el nombre y pierden duración?
¿Qué autoridad puede descansar en un cargo que vuelve a legitimarse? ¿Qué deseo sostiene una trayectoria cuando llegar no asegura permanecer?
¿Qué hace una escuela construida para certificar pasajes en un mundo que convierte cada llegada en otra instancia de evaluación?


Houellebecq imaginó partículas liberadas de algunos de sus antiguos enlaces. PISA las mide, las compara y vuelve a ordenarlas.
Entre una escena y la otra queda abierto un problema menos pedagógico que político.
¿Cuánto de nuestra identidad depende todavía de instituciones capaces de decir “sos” y cuánto de un orden que apenas puede decir “por ahora, estás acá”?
¿Qué sujeto produce una sociedad que necesita saber cada vez menos quiénes somos para seguir gobernando dónde estamos?
¿Qué puede prometer una escuela cuando incluso haber llegado deja de cerrar algo?
¿Y qué pasa con el deseo cuando la única certeza es que habrá que volver a demostrar?



NO PUEDE IRSE, NI QUEDARSE, NI VOLVER, de Diego Valeriano - 16/9/2026

Esta vez no podemos dejar que se nos escape.
Ahora, cuando definitivamente explote por los aires lo que ya nos explotó por dentro, no se nos puede escapar el Toto Caputo.
Cuando desde Estados Unidos, Chile o Raccoon City lo vengan a rescatar, no se nos puede escapar.
Hay que cerrar las fronteras, hacer barricadas, pedir captura internacional, cortar la Riccheri, avisar hasta en los puestos fronterizos más olvidados del Impenetrable, llamar a un paro por tiempo indeterminado de aeronavegantes.
Tiene que ir preso de por vida.
Condena social, judicial, divina, eterna venganza.
Que no se escapen ni él, ni los miembros del gabinete, ni los que lo pusieron, ni los periodistas, ni sus hijos - si es que tiene -, ni su amigo el presidente.

Y si no logramos pararlo e igual se escapa, tenemos que hacer lo imposible para que no vuelva.
Si se va del país, hay que impedir su regreso.
Carteles con su cara en cada paso de la cordillera, paro de aeronavegantes, negar la extradición, romper relaciones, aislarnos del mundo si hace falta.
Todo con tal de que no vuelva.
Me arderé de odio cuando vea su foto tomando sol en la playa, dando charlas

No nos merecemos que vuelva, y eso que a veces nos merecemos cada cosa…
Es imposible soportar otra vez el Día de la Marmota del endeudamiento, la entrega y la destrucción.

De los últimos doce años de nuestras vidas, seis nos estuvo arruinando. Muchachos, no quiero la tercera.
Elijo no creer. Ningún cuerpo aguanta otra vuelta de él.
No puede irse, ni quedarse, ni volver.
Que disfrute la que hizo, que viaje en vuelos privados, que navegue por Cerdeña en esos yates con bandera de paraísos fiscales, pero que no vuelva.
Me arderé de odio cuando vea su foto tomando sol en la playa, dando charlas en universidades extranjeras, asesorando a alguna financiera.
Poco me importa su disfrute, con tal de que no vuelva.

Y si vuelve - y obviamente no va preso, porque ellos nunca van presos -, hagamos todo lo posible para que no camine tranquilo por las calles, incluso en esos barrios donde los chabones como él suelen caminar tranquilos.

Que cada laburante sepa dónde vive, dónde va a tomar el café, dónde juega al golf.
Que el guardia del barrio lo desprecie, que los jardineros le meen las plantas, que el piletero le cague la pileta, que la señora que lo atiende le escupa el café cada mañana.
Que a sus amigos y socios les dé vergüenza estar con él en público.
Que las hijas - si es que tiene - le digan que les da vergüenza venir a visitarlo al país para su cumpleaños.

Y si vuelve - y poco importa nuestro ejercicio de la memoria, los escraches, el cago en la pileta, que no pueda ir a tomar un cafecito con sus amigos - y un nuevo gobierno lo vuelve a poner a cargo del Ministerio de Economía y Exterminio o algo así, ya está, ya fue, ma sí…

lunes, 14 de septiembre de 2026

PAIS GENEROSO, de Santiago Varela - //

Bajo al palier de mi casa, y me topo con doña 4ºB que estaba comentando con el encargado lo caras que están las expensas, en gran parte por lo que él gana, y le proponía bajarle el sueldo a cambio de darle unas horas libres para que salga con Uber y con esos mangos cubrir la diferencia.
De esa forma – decía – dejaría de ser un mantenido por los vecinos y tendría un ingreso digno.

Los dejo a estos dos, salgo a la vereda y me encuentro con mi amigo el inventor Pepe Fogonazo que venía con cara de masticar aluminio con limón.

–¿Qué te pasa hermano, por qué esa carota? ¿Qué estás inventando ahora?

–En estos días estoy con un achicador de autos que sirve para cuando no tienen dónde estacionar.
Llegás, te bajás, con un spray lo rociás, el auto se achica al tamaño de una bicicleta, lo atás a un árbol y listo.

–¡Es una genialidad Pepe! Te vas a llenar de guita.
Aquí la gente que consigue un lugar para dejar el coche, después no lo mueve por seis meses.


–Pero tengo un problema, voy a tener que dejar el proyecto.

–¿Qué problema podés tener si la idea es una genialidad?

–Lo que pasa es que la fórmula lleva un líquido de limpieza que yo compro en el chino de la otra cuadra, porque es más barato.

–¿Y…?

–Y… que ayer vino un infante de marina yanqui, armado, a dejarme una carta firmada por Lamelas que dice que al comprarle al chino yo estoy colaborando con el enemigo y que eso afecta a la seguridad de los Estados Unidos.
Que si no cambio de proveedor me pueden llevar a su país y juzgarme por traición a la patria.
También me dice que cualquier cosa que quiera hacer, antes lo consulte con él, porque aquí él es el que enchufa y desenchufa.

Iba a decirle que no le dé bola porque somos un país independiente, pero mejor decidí esperar un tiempo para verificarlo un poco.
Le dije que hay cosas peores, le di un abrazo y seguí en lo mío.

Camino un poco y me encuentro con un jovencito libertario que estaba tratando de reclutar gente para tirarle gas pimienta a los jubilados.
Escuchame –le digo–, ¿no te parece que es una cretinada pegarles a los viejos?

–No, la culpa es de ellos. No laburan y todos los meses la embolsan.
Por eso no nos queda guita para aumentar los sueldos de la gente de bien.
Ellos dicen que es un derecho, pero para nosotros, es un gasto.


–Aunque fuera así, digamos que no es un gasto muy grande.

Comparado con la jubilación que debe haber cobrado Adorni para justificar su explosión inmobiliaria, lo de los viejos es joda.

Como la cara que puso me asustó, me las tomé pensando en que, si bien no me gusta que gobiernen este país a fuerza de decretos, mucho menos me gustaría si lo hicieran a fuerza de bandos.

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