Esta vez no podemos dejar que se nos escape.
Ahora, cuando definitivamente explote por los aires lo que ya nos explotó por dentro, no se nos puede escapar el Toto Caputo.
Cuando desde Estados Unidos, Chile o Raccoon City lo vengan a rescatar, no se nos puede escapar.
Hay que cerrar las fronteras, hacer barricadas, pedir captura internacional, cortar la Riccheri, avisar hasta en los puestos fronterizos más olvidados del Impenetrable, llamar a un paro por tiempo indeterminado de aeronavegantes.
Tiene que ir preso de por vida.
Condena social, judicial, divina, eterna venganza.
Que no se escapen ni él, ni los miembros del gabinete, ni los que lo pusieron, ni los periodistas, ni sus hijos - si es que tiene -, ni su amigo el presidente.
Y si no logramos pararlo e igual se escapa, tenemos que hacer lo imposible para que no vuelva.
Si se va del país, hay que impedir su regreso.
Carteles con su cara en cada paso de la cordillera, paro de aeronavegantes, negar la extradición, romper relaciones, aislarnos del mundo si hace falta.
Todo con tal de que no vuelva.
Me arderé de odio cuando vea su foto tomando sol en la playa, dando charlas
No nos merecemos que vuelva, y eso que a veces nos merecemos cada cosa…
Es imposible soportar otra vez el Día de la Marmota del endeudamiento, la entrega y la destrucción.
De los últimos doce años de nuestras vidas, seis nos estuvo arruinando. Muchachos, no quiero la tercera.
Elijo no creer. Ningún cuerpo aguanta otra vuelta de él.
No puede irse, ni quedarse, ni volver.
Que disfrute la que hizo, que viaje en vuelos privados, que navegue por Cerdeña en esos yates con bandera de paraísos fiscales, pero que no vuelva.
Me arderé de odio cuando vea su foto tomando sol en la playa, dando charlas en universidades extranjeras, asesorando a alguna financiera.
Poco me importa su disfrute, con tal de que no vuelva.
Y si vuelve - y obviamente no va preso, porque ellos nunca van presos -, hagamos todo lo posible para que no camine tranquilo por las calles, incluso en esos barrios donde los chabones como él suelen caminar tranquilos.
Que cada laburante sepa dónde vive, dónde va a tomar el café, dónde juega al golf.
Que el guardia del barrio lo desprecie, que los jardineros le meen las plantas, que el piletero le cague la pileta, que la señora que lo atiende le escupa el café cada mañana.
Que a sus amigos y socios les dé vergüenza estar con él en público.
Que las hijas - si es que tiene - le digan que les da vergüenza venir a visitarlo al país para su cumpleaños.
Y si vuelve - y poco importa nuestro ejercicio de la memoria, los escraches, el cago en la pileta, que no pueda ir a tomar un cafecito con sus amigos - y un nuevo gobierno lo vuelve a poner a cargo del Ministerio de Economía y Exterminio o algo así, ya está, ya fue, ma sí…
Las montañas se abren para que entren la ruta y el río juntos al pueblo, uno de los más lindos de la Argentina, al pie de esa piedra impresionante que es el Fitz Roy. Ese pueblo es EL CHALTÉN, en la patagónica Santa Cruz. Esta página permite mirar el lugar en que subo algunas cosas de mi archivo personal. La mayor parte pertenece a otras gentes; las menos, son propias. Algunas están muy arraigadas en mi vida, con mis afectos. A una parte de ellas algunos talentosos le han puesto música. (rt)
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