martes, 13 de mayo de 2014

LA DOCTORA DE LOS OJOS FATIGADOS, de Arturo Pérez Reverte - 28/4/14

Hoy se cumple una semana de tu llegada al hospital, y - tienes suerte de poder hacerlo - me lo cuentas.
Con especial interés en que lo cuente, a mi vez.
Así que aquí me tienes, cumpliendo.
Porque lo que más me ha llamado la atención de tus palabras, es lo de que este hospital sí es un templo en el que vale la pena creer, al que sirve de mucho acercarse para recibir, para comulgar con otros.
Un sitio singular, dices, donde se distribuye interés, eficacia, profesionalidad.
Donde, a pesar de cuantas deficiencias técnicas o humanas puedan darse - ¿dónde no las hay, te preguntas? -, la fe en viejas palabras que en la calle pocos usan, pues no nos acordamos de Santa Bárbara sino cuando truena, se reaviva hasta hacerlas posibles de nuevo.
Sigues vivo, nada menos. Y gracias a otros.
Qué mayor prueba de lo que dices.
De lo que digo.
Te ingresaron hace siete días justos.
Una larga semana en la que has sido objeto de análisis de todo tipo, exámenes médicos y atenciones clínicas y personales.
Algunas las puedes identificar, sabes en qué consisten. Otras, no.
A pesar del tiempo que llevas recluido aquí, todavía no logras reconstruir en tu cabeza, en tu percepción, todo lo ocurrido desde que te trajeron a Urgencias en aquella ambulancia que corría sin que tú comprendieras a dónde, arrastrando el aullido de una sirena que llegaba lejana, amortiguada, hasta tu confuso pensamiento.
En realidad, la mayor parte de la primera noche y el primer día lo pasaste en estado comatoso.
Sólo más tarde, mediante el relato de los médicos y enfermeros que te atienden, has podido recomponer la peripecia completa.
La aventura, tú, que nunca buscaste otras emociones que las del cine y la tele.
Quién lo hubiera supuesto, ¿verdad, amigo mío?
Quién diablos lo iba a imaginar.
Lo que te asombra, y así me lo dices, no es que en esta estrofa de la copla, que pudiste no cantar nunca, aún sigas vivo y cuerdo - o como se llame tu estado habitual - pese a haber sufrido una tensión superior a 200, un edema cerebral y haber echado hasta los higadillos, aunque a quienes te atendieron cuando estabas medio en el otro barrio no fueras capaz de decirles más que te dolía mucho la cabeza.
Lo que de verdad te estremece, y te admira, y te deja patedefuá, es la naturalidad con que toda la cadena que te mantuvo sujeto a la vida, médicos, enfermeros, auxiliares, celadores, te ha ido contando, a trocitos y sin darle importancia, cómo sucedió todo y cómo fueron procediendo. Cómo te aplicaron, unos y otros, los protocolos establecidos, y también las iniciativas específicas, las variantes que tu estado crítico reclamaba.
Y todo eso, sin arrogarse méritos; sin reprimendas paternalistas ni pedirte aplausos.
Sin primeros planos, cámaras lentas ni musiquitas de fondo. Te hicieron pensar, me cuentas, en soldados que emplearan el tiempo justo para darte su informe antes de partir, profesionales y eficaces, rumbo a su siguiente misión.
Por eso dices, al recordarlo para mí, que si hay que tener fe en alguien, hay que tenerla en esa gente abnegada, valiente y dispuesta a todo.
Amante de su oficio. Apegada a su digna vocación.
Esta mañana, una médico de ojos fatigados aportó los últimos detalles a tu reconstrucción del primer día en el hospital. «Menos mal que te cogimos a tiempo», dijo mientras se daba la vuelta y se alejaba, sin esperar tu sonrisa o tu agradecimiento.
Y así, con la misma naturalidad con que cualquiera se felicitaría por haberse acordado de apagar la luz antes de salir de casa, resumía el hecho de haberte salvado la vida: Menos mal.
Que te cogimos. A tiempo.
Pero tú, acostado en tu cama y mirando la puerta por la que se fue, sabes que eso no es exacto.
Que está incompleto, y que puedes mejorarlo diciendo: no, menos mal que sois los mejores.
Menos mal que aún existe una Sanidad en España donde no te piden el número de la cuenta corriente antes de meterte en Urgencias.
Menos mal que en mitad de tanto cinismo, hipocresía y poca vergüenza, esos políticos oportunistas y corruptos no han logrado todavía unir la Sanidad a su larga lista de expolios en beneficio de compadres, ex ministros, banqueros y ejecutivos de empresas multimillonarias.
Y menos mal que en esta semana he aprendido algo: el día en que esa infame pandilla decida llevárselo todo de golpe, y vaya a por la Sanidad Pública sin escrúpulos y sin disimulo, habrá llegado el momento de saldar mi deuda.
De situarme al lado de los hospitales o de los bancos, de los hombres buenos o de los canallas, de los héroes con ojos de fatiga o de los miserables sicarios.
Y entonces se sabrá la verdad de lo que soy.
La verdad de lo que somos.

Y SIN EMBARGO, letra y música de Joaquín Sabina

De sobra sabes que eres la primera,
que no miento si juro que daría
por ti la vida entera,

por ti la vida entera.
Y sin embargo un rato
cada día, ya ves,
te engañaría con cualquiera,
te cambiaría por cualquiera.

Mitad arrepentido y encantado
de haberme conocido,
lo confieso, tú que tanto has besado,
tú que me has enseñado,
Sabes mejor que yo
que hasta los huesos,
sólo calan los besos que no has dado,
los labios del pecado.

Porque una casa sin ti es una emboscada,
el pasillo de un tren de madrugada,
un laberinto sin luz, ni vino tinto,
un velo de alquitrán en la mirada.

Y me envenenan los besos que voy dando
y sin embargo cuando duermo sin ti,
contigo sueño.
Y con todas si duermes a mi lado,
y si te vas, me voy por los tejados,
como un gato sin dueño.
Perdido en el pañuelo de amargura,
que empaña sin mancharla, tu hermosura.

No debería contarlo, y sin embargo,
cuando pido la llave de un hotel,
y a medianoche encargo
un buen champán francés.
Y cena con velitas para dos,
siempre es con otra, amor,
nunca contigo.
Bien sabes lo que digo.

Porque una casa sin ti es una oficina,
un teléfono ardiendo en la cabina,
una palmera en el museo de cera,
un éxodo de oscuras golondrinas.

Y me envenenan los besos que voy dando, 
y sin embargo cuando duermo sin ti,
contigo sueño,
y con todas si duermes a mi lado.
Y si te vas, me voy por los tejados
como un gato sin dueño,
perdido en el pañuelo de amargura,
que empaña sin mancharla, tu hermosura.

Y cuando vuelves hay fiesta en la cocina,
y baile sin orquesta, y ramos de rosas,
con espinas.
Pero dos no es igual que uno más uno.
Y el lunes, al café del desayuno,
vuelve la guerra fría,
y al cielo de tu boca el purgatorio,
y al dormitorio el pan de cada día.

UNA HISTORIA DE ESPAÑA XXIII, de Arturo Pérez Reverte - 21/4/14

Llegados a este punto de la cosa, con Carlos V como monarca y emperador más poderoso de su tiempo, calculen ustedes las dimensiones del marrón: el mundo dominado por España, cuyo manejo recaía en la habilidad del gobernante, en el oro y la plata que empezaban a llegar de América, y en la impresionante máquina militar puesta en pie por ocho siglos de experiencia bélica contra el moro, las guerras contra piratas berberiscos y turcos y las guerras de Italia.
Todo eso, más la chulería natural de los españoles que se pavoneaban pisando callos sin pedir perdón, suscitaba mal rollo incluso entre los aliados y parientes del emperador; con el resultado de que los enemigos de España se multiplicaban como tertulianos de radio y televisión.
Vino entonces a éstos - a los enemigos, no a los tertulianos -, como caído del cielo, un monje alemán llamado Lutero que había leído mucho a Erasmo de Rotterdam - el intelectual más influyente del siglo XVI - y que empezó a dar por saco publicando 95 tesis que ponían a parir las golferías y venalidades de la Iglesia católica presidida por el papa de Roma.
La cosa prendió, el tal Lutero no se echó atrás aunque se jugaba el pescuezo, se montó el pifostio que hoy conocemos como Reforma protestante, y un montón de príncipes y gobernantes alemanes, a los que les iban bien ahí arriba los negocios y el comercio, vieron en el asunto luterano una manera estupenda de sacudirse la obediencia a Roma, y sobre todo al emperador Carlos, que a su juicio mandaba demasiado.
De paso, además, al crear iglesias nacionales se forraban incautándose de los bienes de la iglesia católica, que no eran granito de anís.
Entonces formaron lo que se llamó Liga de Esmalcalda, que lió una pajarraca bélico - revolucionaria de aquí te espero; que al principio ganó Carlos cuando la batalla de Mühlberg, pero luego se le fue complicando, de manera que en otra batalla, la de Insbruck - que ahora es una estación de esquí cojonuda -, tuvo que salir por pies cuando lo traicionó su hasta entonces compadre Mauricio de Sajonia.
Y claro.
Al fin, cuarenta agotadores años de guerras contra el protestante y el turco, de sobresaltos y traiciones, de mantener en equilibrio una docena de platillos chinos diferentes, minaron la voluntad del emperador - era demasiado peso, como dijo Porthos en la gruta de Locmaría -.
Así que, cediendo el trono de Alemania a su hermano Fernando, y España, Nápoles, los Países Bajos y las posesiones americanas a su hijo Felipe, el fulano más valeroso e interesante que ocupó un trono español se retiraba a bailar los pajaritos a su Benidorm particular, el monasterio extremeño de Yuste, donde murió un par de años después, en 1558.
La pega es que nos dejaba metidos en un empeño cuyas consecuencias, a la larga, resultarían gravísimas para España; hasta el punto de que todavía hoy, en el siglo XXI, pagamos las consecuencias.
Primero, porque nos distrajo de los asuntos nacionales cuando los reinos hispánicos no habían logrado aún el encaje perfecto del Estado moderno que se veía venir.
Por otra parte, las obligaciones imperiales nos metieron en jardines europeos que poco nos importaban, y por ellos quemamos las riquezas americanas, nos endeudamos con los banqueros de toda Europa y malgastamos las fuerzas en batallas lejanas que se llevaron mucha juventud, mucho tesón y mucho talento que habría ido bien aplicar a otras cosas, y que al cabo nos desangraron como a gorrinos.
Pero lo más grave fue que la reacción contra el protestantismo, la Contrarreforma impulsada a partir de entonces por el concilio de Trento, aplastó al movimiento erasmista español: a los mejores intelectuales - como los hermanos Valdés, o Luis Vives -, en buena parte eclesiásticos que podríamos llamar progresistas, que fueron abrumados por el sector menos humanista y más reaccionario de la Iglesia triunfante, con la Inquisición como herramienta.
Con el resultado de que en Trento los españoles metimos la pata hasta el corvejón.
O, mejor dicho, nos equivocamos de Dios: en vez de uno progresista, con visión de futuro, que bendijese la prosperidad, la cultura, el trabajo y el comercio - cosa que hicieron los países del norte, y ahí los tienen hoy -, los españoles optamos por otro Dios con olor a sacristía, fanático, oscuro y reaccionario, al que, en ciertos aspectos, sufrimos todavía.
El que, imponiendo sumisión desde púlpitos y confesionarios, nos hundió en el atraso, la barbarie y la pereza.
El que para los cuatro siglos siguientes concedió pretextos y agua bendita a quienes, a menudo bajo palio, machacaron la inteligencia, cebaron los patíbulos, llenaron de tumbas las cunetas y cementerios, e hicieron imposible la libertad.

UNA HISTORIA DE ESPAÑA XXII, de Arturo Pérez Reverte - 7/4/14

Pues ahí estábamos, con el mundo por montera, o más bien siendo montera del mundo: la España de Carlos V, con dos cojones, un pie en América, otro en el Pacífico, lo de en medio en Europa y allá a su frente Estambul, o sea, el imperio turco, con el que andábamos a bofetadas en el Mediterráneo un día sí y otro también, porque con sus piratas y sus corsarios del norte de África y su expansión por los Balcanes era la única potencia de categoría que nos miraba de cerca, y no compares.
Los demás estaban achantados, incluido el papa de Roma, al que le íbamos recortando los poderes temporales en Italia, una cosa mala, y nos tenía unas ganas tremendas, pero no le quedaba otra que tragar bilis y esperar tiempos mejores.
Por aquella época, con eso de la expansión española, el imperio que crecía en América y las nuevas tierras descubiertas por la expedición de Magallanes y Elcano al dar la vuelta al mundo, los españoles teníamos la posibilidad, en vez de malgastar nuestra mala leche congénita en destriparnos entre vecinos, de volcarla por ahí afuera, conquistando cosas, dando por saco y yendo como nos gusta, de nuevos ricos y sobrados por encima de nuestras posibilidades:
Yo no sé de dónde saca / p'a tanto como destaca, que luego dijo la zarzuela, o la copla, o lo que fuera.
Y claro, la peña nos odiaba como es de imaginar; porque guapos no sé, pero oro y plata de las Indias, chulería y ejércitos imbatidos y temibles - aquellos tercios viejos - teníamos para dar a todos las suyas y las del pulpo; y quien tenía algo que perder buscaba congraciarse con esos animales morenos, bajitos, crueles y arrogantes que tenían al orbe agarrado por la entrepierna, haciendo realidad lo que luego resumió algún poeta de cuyo nombre no me acuerdo: Y simples soldados rasos / en portentosa campaña / llevaron el sol de España / desde el oriente al ocaso.
Porque háganse idea: sólo en Europa, teníamos la península ibérica (Portugal estaba a punto de nieve, porque Carlos V, encima, se casó con una princesa de allí que se rompía de lo guapa que era), Cerdeña, Nápoles y Sicilia, por abajo; y por arriba, ojo al dato, el Milanesado, el Francocondado - que era un trozo de la actual Francia -, media Suiza, las actuales Bélgica, Holanda, Alemania y Austria, Polonia casi hasta Cracovia, los Balcanes hasta Croacia y un cacho de Checoslovaquia y Hungría.
Así que calculen con qué ojos nos miraba la peña, y qué ganas tenían todos de que nos agacháramos a coger el jabón en la ducha.
El que peor nos miraba, turcos aparte - hasta con ellos pactó para hacernos la cama, el muy cabrón -, era el rey de Francia, un chulito guaperas de quiero y no puedo llamado Francisco I, cursi que te mueres, con mucho quesquesevú y mucho quesquesesá.
Y François, que así se llamaba el pavo en gabacho, le tenía a nuestro emperata Carlos una envidia horrorosa, comprensible por otra parte, y estuvo dando la brasa con territorios por aquí e Italia por allá, hasta que el ejército español - es un decir, porque allí había de todo - le dio una estiba horrorosa en la batalla de Pavía, con el detalle de que el rey franchute cayó en manos de una compañía de arcabuceros vascos a los que tuvo que rendirse, imaginen el diálogo, errenditú barrabillak (o te rindes o te corto los huevos, en traducción libre: de Hernani era el energúmeno que le puso la espada en el pescuezo), y el monarca parpadeando desconcertado, preguntándose a quién carajo se estaba rindiendo y si se habría equivocado de guerra.
Al fin se rindió, qué remedio, y acabó prisionero en Madrid, en la torre de los Lujanes, justo al lado de la casa donde hoy vive Javier Marías.
Pero bonito, lo que se dice bonito, y que también pasó en Italia, fue lo del papa: éste se llamaba Clemente VII, y podríamos resumirlo psicológicamente diciendo que era un hijo de puta con balcones a la plaza de San Pedro, traidor y tacaño, dado a compadrear con Francia y a mojar en toda conspiración contra España.
Pero le salió el chino mal capado, porque en 1527, por razones que ustedes pueden encontrar detalladas en los libros de Historia - véase Saco de Roma -, el ejército imperial (seis mil españoles que imagínenselos, diez mil alemanes puestos de cerveza hasta las trancas y marcando el paso de la oca, dos mil flamencos y otros tantos italianos hablando con su mamma por teléfono) tomó por asalto las murallas de Roma, hizo 40.000 muertos sin despeinarse y saqueó la ciudad durante meses.
Y no colgaron al papa de una farola porque el vicario de Cristo, remangándose la sotana, corrió a refugiarse en el castillo de Sant'Angelo.
Lo que, la verdad, no deja de tener su puntito.

MOROS DE LA MORERÍA, de Arturo Pérez Reverte - 31/3/14

Pues va a ser que no. Por mi parte, al menos.
En los últimos tiempos, un abogado de origen marroquí residente en España, en perfecto ejercicio de su derecho a solicitar, se ha dirigido a la Real Academia con la petición formal de que la palabra moro se defina en el Diccionario como racista, discriminatoria y xenófoba.
La cuestión no es menor en absoluto, entre otras cosas porque una definición de esa clase incluida en el DRAE, instrumento que los tribunales hispanohablantes - 500 millones de personas a su alcance en España y América - utilizan como base para consultar el verdadero sentido de las palabras en cuanto asunto juzgan, supondría que, en el futuro, cualquier uso de la palabra moro podría verse incluido, por la cara, en dos o tres artículos del Código Penal.
Hasta el momento, ateniéndose los jueces a lo que el Diccionario dice - Natural del África septentrional frontera a España. / Que profesa la fe islámica. / Que habitó en España desde el siglo VIII hasta el XV - ninguno de los procedimientos judiciales contra el uso de esta palabra ha prosperado; salvo, lógicamente, cuando ésta iba incluida en contextos realmente injuriosos.
La intención expresa del abogado de origen marroquí - moro, según el DRAE - es que el solo uso de la palabra, aunque sea a secas - lo que yo acabo de hacer, por ejemplo - ya pueda constituir delito.
«Por eso es innegable revisarla y definirla con contenido racista y xenófobo -dice en su petición- pues su permanencia con la definición actual provoca conflictos y atenta contra la paz social».
Por supuesto, no ha faltado el coro habitual de oportunistas y bobos que, desde la elemental simpleza de esos lugares comunes que tanto placen a ciertos políticos y tertulianos, se han puesto a jalear la idea.
Crecido por el apoyo de semejante peña, el abogado solicitante habla incluso de llevar el asunto a los embajadores de países del Magreb, pidiéndoles apoyo diplomático.
Mientras tanto, la Real Academia, como no podía ser de otro modo, ha respondido que verdes las han segado.
Dicho de otra manera: el Diccionario no se puede construir a la medida de las personas, sino del uso real de una lengua, que es asunto muy complejo que se decanta a lo largo de los siglos, de las sociedades y de la Historia.
Las lenguas se hacen por quienes las usan, son herramientas poderosas que sirven para definir y comunicarse, y no hay abogado en el mundo, ni juez, ni gobierno, ni academia, que puedan cambiar eso.
Me parece de perlas que quien usa moro en un contexto insultante - no la palabra, que no lo es, sino las que la acompañen y envilezcan - sea castigado por ello; pero el uso malintencionado de una palabra nunca debe perjudicar a quienes la utilizan en su sentido recto y la necesitan para expresarse con eficacia.
En español, cuando uno dice moro o mora, todos saben perfectamente de qué habla: la palabra es tan definitoria como eslavo, asiático o hispanoamericano.
Pretender que sea delito en España, con nuestra dilatada historia moruna a cuestas, es como prohibir que un rifeño llame a un español arume, o ponerle una denuncia a un nacionalista catalán o vasco porque - y eso ocurre con lamentable frecuencia - éste llame español a alguien con mala intención.
O decir negro a quien es de raza negra, del mismo modo que a mí se pasaron media vida en África llamándome blanco: unas veces como insulto y otras como simple definición.
Así que recomiendo al abogado en cuestión y a los aficionados a la demagogia barata que lean un poco; lo justo para saber que cuando alguien dice moro en lengua castellana todo el mundo comprende a qué se refiere: exactamente a la definición del Diccionario, pues para eso están las palabras; para saber de qué se habla cuando se habla.
Lo de moro lo usamos en nuestra lengua escrita desde hace nueve siglos y medio; y en la hablada, ni te cuento. Pero es que antes ya estaba en el latín que aquí hablaban los romanos; y después, en nuestra lengua romance: Mauro invenire potueritis, escribía el abad Albelda nada menos que en el año 928. Y de ahí hasta hoy, pasando por los pactos firmados por Alfonso el Batallador cumillos bonos (que, ojo, significa buenos) moros de Tudela, y por el Poema del Cid -los moros yazen muertos, de bivos pocos veo / los moros e las moras vender non los podremos - y por los Claros varones de Castilla o las crónicas de Fernando del Pulgar sobre la guerra de Granada, y por el desembarco en Orán, el Barranco del Lobo, Annual, Monte Arruit, Alhucemas, don Ramón Menéndez Pidal, la guerra civil española, Ceuta, Melilla, Ifni, el Sáhara, las pateras y la pepitilla de doña Fátima.
Así que, con Real Academia o sin ella - me alegra decir que, de momento, con ella -, seguiré escribiendo moro hasta que se me desgasten las teclas.

UNA HISTORIA DE ESPAÑA XXI, de Arturo Pérez Reverte - 24/3/14

Fue durante el siglo XVI, con Carlos I de España y V de Alemania, cuando se afirmó la lengua castellana, por ahí afuera llamada española, como lengua chachi del imperio.
Y eso ocurrió de una forma que podríamos llamar natural, porque el concepto de lengua - nación, con sus ventajas y puñetas colaterales incluidas, no surgiría hasta siglos más tarde.
Ya Antonio de Nebrija, al publicar su Gramática en 1492, había intuido la cosa recordando lo que ocurrió con el latín cuando el Imperio Romano; y así fue: tanto en España como el resto de la Europa que pintaba algo, las más potentes lenguas vernáculas se fueron introduciendo inevitablemente en la literatura, la religión, la administración y la justicia, llevándoselas al huerto no mediante una imposición forzosa - como insisten en afirmar ciertos manipuladores y/o cantamañanas -, sino como consecuencia natural del asunto.
Por razones que sólo un idiota no entendería, una lengua de uso general, hablada en todos los territorios de cada país o imperio, facilitaba mucho la vida a los gobernantes y a los gobernados.
Esa lengua pudo ser cualquiera de las varias que se hablaban en España, aparte el latín culto - catalán con sus variantes valenciana y balear, galaico - portugués, vascuence y árabe morisco -, pero acabó mojándoles la oreja a todas el castellano: nombre por otra parte injusto, pues margina el mayor derecho que a bautizar esa lengua tenían los muy antiguos reinos de León y Aragón.
Sin embargo, este fenómeno, atención al dato, no fue sólo español. Ocurrió en todas partes.
En el imperio central europeo, el alemán se calzó al checo. Otra lengua importante, como el neerlandés - culturalmente tan valiosa como el prestigioso y extendido catalán -, acabaría limitada a las futuras provincias independientes que formaron Holanda. Y en Francia e Inglaterra, el inglés y el francés arrinconaron el galés, el irlandés, el bretón, el vasco y el occitano.
Todas esas lenguas, como las otras españolas, mantuvieron su uso doméstico, familiar y rural en sus respectivas zonas, mientras que la lengua de uso general, castellana en nuestro caso, se convertía en la de los negocios, el comercio, la administración, la cultura; la que quienes deseaban prosperar, hacer fortuna, instruirse, viajar e intercambiar utilidades, adoptaron poco a poco como propia. Y conviene señalar aquí, para aviso de mareantes y tontos del ciruelo, que esa elección fue por completo voluntaria, en un proceso de absoluta naturalidad histórica; por simples razones de mercado (como dice el historiador andaluz Antonio Miguel Bernal, y como dejó claro en 1572 el catalán Lluis Pons cuando, al publicar en castellano un libro dedicado a su ciudad natal, Tarragona, afirmó hacerlo por ser esta parla la más usada en todos los reinos).
Y no está de más recordar que ni siquiera en el siglo XVII, con los intentos de unidad del ministro Olivares, hubo imposición del castellano, ni en Cataluña ni en ninguna otra parte.
Curiosamente, fue la Iglesia católica la única institución que aquí, atenta a su negocio, en materia religiosa mantuvo siempre una actitud de intransigencia frente a las lenguas vernáculas - sin distinguir entre castellano, vasco, gallego o catalán -, ordenando quemar cualquier traducción de la Biblia porque le estropeaba el rentable papel de único intermediario, en plan sacerdote egipcio, entre los textos sagrados y el pueblo; que cuanto más analfabeto y acrítico, mejor.
Y aquí seguimos.
En realidad, la única prohibición de hablar una lengua vernácula española afectó a los moriscos; mientras que, ya en 1531, Inglaterra había prohibido el gaélico en la justicia y otros actos oficiales, y un decreto de 1539 hizo oficial el francés en Francia, marginando lo otro. En España, sin embargo, nada hubo de eso: el latín siguió siendo lengua culta y científica, mientras impresores, funcionarios, diplomáticos, escritores y cuantos querían buscarse la vida en los vastos territorios del imperio optaron por la útil lengua castellana.
La Gramática de Nebrija, dando solidez y sistema a una de las lenguas hispanas - quizá el catalán sería hoy la principal, de haber tenido un Antoni Nebrijet que le madrugara al otro -, consiguió lo que en Alemania haría la Biblia traducida por Lutero al alemán, o en Italia el toscano usado por Dante en La Divina Comedia como base del italiano de ahora.
Y la hegemonía militar y política que a esas alturas había alcanzado España no hizo sino reforzar el prestigio del castellano: Europa se llenó de libros impresos en español, los ejércitos usaron palabras nuestras como base de su lengua franca, y el salto de toda esa potencia cultural a los territorios recién conquistados en América convirtió al castellano, por simple justicia histórica, en lengua universal. Y las que no, pues oigan.
Mala suerte.
Pues no.

CÓMO SE EVITA LA MASTURBACIÓN..?, de Artuo Pérez Reverte . 17/3/14

No tiene desperdicio, así que lo recomiendo.
Denle al buscador de Internet, y luego no vayan diciendo que soy un descreído materialista, ajeno a las cosas del espíritu. O del alma.
Como ven, hago publicidad gratis, por la patilla, del asunto que nos ocupa. Todo sea por la salvación propia y ajena.
Y por la higiene; que una cosa lleva a la otra, o viceversa.
El asunto se llama Educar hoy: sexualidad, vida y salud, y está trajinado por un equipo de profesionales adscrito a una prestigiosa universidad cuya localización geográfica dejo a ustedes el cuidado de adivinar.
Y lo bonito del asunto no es que los contenidos de ese lugar internetero manifiesten opiniones libres en un país libre, sino que, además, tales opiniones se ofrecen públicamente como servicio serio a centros escolares, guías didácticas y material educativo de profesores.
Para enderezar, en fin, tiernos retoños antes de que los vicie el peso del pecado.
Por eso hoy los cito, difundo y aplaudo.
No siempre va a ser mi inmediato vecino de página quien se ocupe de asuntos del espíritu.
La masturbación, asegura ese equipo de educadores profesionales, conlleva alivio físico, para qué nos vamos a engañar; pero nunca una satisfacción afectiva plena.
No es verdadero aprendizaje del amor.
Al contrario: es un abandono egocéntrico propio de inmaduros adolescentes; y aquellos que afirman que les apetece, relaja o divierte, y que no ven nada malo en ello, están equivocados:
«Para estas personas es aconsejable la consulta con un profesional de confianza que les pueda ayudar a superar esa falta de control».
Por ejemplo, un médico, un psicólogo, o, atención, «un asesor espiritual, a condición de que entienda el problema».
Pero bueno. Imaginen que ustedes, jóvenes o adultos, sienten unos deseos irreprimibles de abandonarse egocéntricamente, y que en ese momento no tienen cerca un confesor experto en masturbaciones.
Tranquilos.
Existen argumentos para combatir la cosa en solitario.
Por ejemplo, éste:
«Ayuda a fortalecer la decisión de no masturbarse el recordar que es necesario protegerse de la erotización del entorno actual».
¿Y cómo hacerlo? ¿Cómo fortalecer a los jóvenes, tan vulnerables a la masturbación y otras perversiones?, se preguntarán ustedes con ansia.
Pues muy fácil.
Instalando el ordenador en lugares visibles de casa como la sala de estar, haciendo uso moderado de las redes sociales y, sobre todo, de la tele:
«Ciertas series pueden erotizar a los adolescentes aunque no tengan contenido sexual explícito».
Otra manera de evitar la masturbación es ocupar el tiempo libre de modo constructivo; por ejemplo, buscando junto con sanas amistades «la respuesta a los problemas bioéticos que se plantean hoy en día, como el aborto, la clonación, la eutanasia o la responsabilidad que tenemos ante el hambre en el mundo»: sistemas infalibles, todos, para que a uno se le vayan las ganas.
Pero esas respuestas, ojo, no deben buscarse en promiscuos centros comerciales: «Los que pasan tardes enteras en centros comerciales acaban buscando pareja para pasar el rato. Los rollos de una tarde no te preparan para el amor; más bien te predisponen para la masturbación».
Como también predisponen «el tabaco, el alcohol y otras drogas, como la marihuana».
Porque el mayor beneficio «es abstenerse de cualquier actividad sexual hasta la edad adulta: la situación ideal es haber alcanzado un compromiso estable y duradero en el matrimonio».
Hay más consejos útiles, decisivos, pero se me acaba la página.
Son interesantes y educativas, también, las opiniones sobre homosexualidad y la forma de curar a los enfermos que la practican, habida cuenta de que «el estilo de vida homosexual, especialmente en varones homosexuales, conlleva riesgos graves para la salud».
Ni es moco de pavo la consideración sobre invitar o no - por supuesto, no - a casa a un hijo o miembro de la familia si viene «con la novia con quien convive, es divorciado con nueva pareja o pareja homosexual».
En tales casos, el consejo es reunirse con ellos «a cenar, tomar un café, en otro sitio que no sea nuestro hogar».
Les recomiendo la página: bello manual para habitar el templo sagrado de nuestro cuerpo.
Como dije antes, la sigo mucho; y gracias a ella tengo una serenidad espiritual que te rilas, tía Camila.
He dejado de visitar centros comerciales, no cato la marihuana ni me junto con divorciados, y estos días ando 
- asignatura pendiente - atento a que los educadores de la prestigiosa universidad me detallen los daños bioéticos resultantes de masturbar a otros.
O a otras.

UNA HISTORIA DE ESPAÑA XX, de Arturo Pérez Reverte - 10/3/14

Y ahora, ante el episodio más espectacular de nuestra historia, imaginen los motivos.
Usted, por ejemplo, es un labriego extremeño, vasco, castellano. De donde sea.
Pongamos que se llama Pepe, y que riega con sudor una tierra dura e ingrata de la que saca para malvivir; y eso, además, se lo soplan los Montoros de la época, los nobles convertidos en sanguijuelas y la Iglesia con sus latifundios, diezmos y primicias.
Y usted, como sus padres y abuelos, y también como sus hijos y nietos, sabe que no saldrá de eso en la puñetera vida, y que su destino eterno en esta España miserable será agachar la cabeza ante el recaudador, lamer las botas del noble o besar la mano del cura, que encima le dice a su señora, en el confesionario, cómo se te ocurre hacerle eso a tu marido, que te vas a condenar por pecadora.
Y nuestro pobre hombre está en ello, cavilando si no será mejor reunir la mala leche propia de su maltratada raza, juntarla con el carácter sobrio, duro y violento que le dejaron ocho siglos de acuchillarse con moros, saquear el palacio del noble, quemar la iglesia con el cura dentro y colgar al recaudador de impuestos de una encina, y luego que salga el sol por Antequera.
Y en eso está, afilando la hoz para segar algo más que trigo, dispuesto a llevárselo todo por delante, cuando llega su primo Manolo y dice: chaval, han descubierto un sitio que se llama las Indias, o América, o como te salga de los huevos porque está sin llamarlo todavía, y dicen que está lleno de oro, plata, tierras nuevas e indias que tragan.
Sólo hay que ir allí, y jugársela: o revientas o vuelves millonetis.
Y lo de reventar ya lo tienes seguro aquí, así que tú mismo. Vente a Alemania, Pepe.
De manera que nuestro hombre dice: pues bueno, pues vale.
De perdidos, a las Indias.
Y allí desembarcan unos cuantos centenares de Manolos, Pacos, Pepes, Ignacios, Jorges, Santiagos y Vicentes dispuestos a eso: a hacerse ricos a sangre y fuego o a dejarse el pellejo en ello, haciendo lo que le canta el gentil mancebo a don Quijote:
A la guerra me lleva / mi necesidad. / Si hubiera dineros / no iría, en verdad.
Y esos magníficos animales, duros y crueles como la tierra que los parió, incapaces de tener con el mundo la piedad que éste no tuvo con ellos, desembarcan en playas desconocidas, caminan por selvas hostiles comidos de fiebre, vadean ríos llenos de caimanes, marchan bajo aguaceros, sequías y calores terribles con sus armas y corazas, con sus medallas de santos y escapularios al cuello, sus supersticiones, sus brutalidades, miedos y odios. Y así, pelean con indios, matan, violan, saquean, esclavizan, persiguen la quimera del oro de sus sueños, descubren ciudades, destruyen civilizaciones y pagan el precio que estaban dispuestos a pagar: mueren en pantanos y selvas, son devorados por tribus caníbales o sacrificados en altares de ídolos extraños, pelean solos o en grupo gritando su miedo, su desesperación y su coraje; y en los ratos libres, por no perder la costumbre, se matan unos a otros, navarros contra aragoneses, valencianos contra castellanos, andaluces contra gallegos, maricón el último, llevando a donde van las mismas viejas rencillas, los odios, la violencia, la marca de Caín que todo español lleva en su memoria genética.
Y así, Hernán Cortés y su gente conquistan México, y Pizarro el Perú, y Núñez de Balboa llega al Pacífico, y otros muchos se pierden en la selva y en el olvido.
Y unos pocos vuelven ricos a su pueblo, viejos y llenos de cicatrices; pero la mayor parte se queda allí, en el fondo de los ríos, en templos manchados de sangre, en tumbas olvidadas y cubiertas de maleza.
Y los que no palman a manos de sus mismos compañeros, acaban ejecutados por sublevarse contra el virrey, por ir a su aire, por arrogancia, por ambición; o, tras conquistar imperios, terminan mendigando a la puerta de las iglesias, mientras a las tierras que descubrieron con su sangre y peligros llega ahora desde España una nube parásita de funcionarios reales, de recaudadores, de curas, de explotadores de minas y tierras, de buitres dispuestos a hacerse cargo del asunto.
Pero aun así, sin pretenderlo, preñando a las indias y casándose con ellas - en lugar de exterminarlas, como en el norte harían los anglosajones -, bautizando a sus hijos y haciéndolos suyos, emparentando con guerreros valientes y fieles que, como los tlaxcaltecas, no los abandonaron en las noches tristes de matanza y derrota, toda esa panda de admirables hijos de puta crea un mundo nuevo por el que se extiende una lengua poderosa y magnífica llamada castellana, allí española, que hoy hablan 500 millones de personas y de la que el mejicano Carlos Fuentes dijo:
«Se llevaron el oro, pero nos trajeron el oro».

UNAMUNEANDO, de Arturo Pérez Reverte - 3/3/14

Es que aquí no pasa el tiempo, oigan.
O lo parece.
Hace ya 120 años, en 1894, Miguel de Unamuno publicó un ensayo titulado Sobre el marasmo actual de España. Leerlo tiene su puntito aterrador, porque algunos de sus párrafos parecen haber sido escritos para la España de hoy. O más bien, nota trágica del asunto, para la España de siempre: la que no muere, y una y otra vez nos mata.
Por eso me permito esta vez un elocuente experimento de corta y pega, utilizando para componer este artículo una sucesión de frases cortas, todas literales, extraídas del ensayo unamuniano sin añadir ni una palabra de mi propiedad.
Decidan ustedes si el buen don Miguel estaba equivocado, si hablaba sólo de su triste tiempo, o si se limitó a describir, con buen pulso y mejor ojo, nuestro eterno día de la marmota:
"Atraviesa la sociedad española honda crisis. Nos gobiernan, ya la voluntariedad del arranque, ya el abandono fatalista. Perpetúase el férreo peso de la ley social de bien parecer, y de las mentiras a que se doblegan, por mucho que se encabriten, los individuos que sin aquélla sienten falta de tierra en la que sentar el pie.
A la sombra de individualismo egoísta y excluyente acompaña la falta de personalidad.
En esta sociedad compuesta de camarillas que se aborrecen sin conocerse, es desconsolador el atomismo salvaje de que no se sabe salir si no es para organizarse con comités, comisiones, subcomisiones y otras zarandajas.
Extiéndese y se dilata por toda nuestra sociedad una enorme monotonía que se resuelve en atonía, uniformidad mate, ingente ramplonería.
Todo por empeñarse en disociar lo asociado y formular lo informulable.
Es cada día mayor la ignorancia.
Sobre esta miseria espiritual se extiende el pólipo político. En una politiquilla al menudeo suplanta la ingeniosidad al saber sólido.
La pequeñez de la política extiende su virus por todas las demás expansiones del alma nacional.
Los viejos partidos, amojamados en su ordenancismo de corteza, se arrastran desecados.
Sudan los más populares por organizar almas hueras de ideas, hacer formas donde no hay substancia, cohesionar átomos incoherentes.
Y nos recetan dieta.
En España, el pueblo es masa electoral y contribuible.
Todo aquí es cerrado y estrecho, de lo que nos ofrece típico ejemplo la prensa periódica.
Es ésta una balsa de agua encharcada, vive de sí misma.
En cada redacción se tiene presente, no al público, sino a las demás redacciones.
Los periodistas escriben unos para otros, no conocen al público ni creen en él.
Estúdiese la prensa con sus flaquezas todas, y se verá fiel trasunto de nuestra sociedad.
Fue cumpliéndose la europeización de España, pero trabajosamente.
Tuvimos nuestras contiendas civiles, llegó luego el esfuerzo del 68 y el 74, y pasado él hemos caído rendidos, en pleno colapso.
En tanto, reaparece la Inquisición, nunca domada, a despecho de la libertad oficial.
Es un espectáculo deprimente el estado mental y moral de nuestra sociedad.
Es una pobre conciencia colectiva homogénea y rasa.
Pesa sobre nosotros una atmósfera de bochorno; debajo de una costra de gravedad formal se extiende una ramplonería comprimida, una enorme trivialidad y vulgachería.
No hay corrientes vivas internas en nuestra vida intelectual y moral; esto es un pantano de agua estancada, no corriente de manantial.
Alguna que otra pedrada agita su superficie, y a lo sumo revuelve el légamo del fondo y enturbia con fango.
Bajo una atmósfera soporífera se extiende un páramo espiritual de una aridez que espanta.
Y no es nuestro mal tanto la pobreza cuanto el empeño de aparentar lo que no hay.
¡Y mucho cuidado con decir la verdad!
Al que la declare sin ambages ni rodeos, acúsanle de pesimismo. Quieren mantener la ridícula comedia de un pueblo que finge engañarse respecto a su estado.
He aquí la palabra terrible: no hay juventud.
Habrá jóvenes, pero juventud falta.
Y es que la tienen comprimida.
¿Es que se sabe distinguir el brote nuevo?
Se ha ejercido con implacable saña la tarea de despachurrar a los retoños tiernos, sin discernir el tierno tallo de la broza, y no se han tocado los tumores y excrecencias de las viejas encinas ungidas e intangibles.
¡Cuántos jóvenes muertos en flor en esta sociedad que sólo ve lo hecho, ciega para lo que se está haciendo!
¡Muertos todos los que no se han alistado en alguna de las masonerías, la blanca, la negra, la gris, la roja, la azul!...
Los jóvenes tardan en dejar el arrimo de las faldas maternas, en separarse de la placenta familiar.
Para escapar a la eliminación ponen en juego sus facultades camaleónicas hasta tomar el color del fondo ambiente.
Las fuerzas más frescas y juveniles se agotan en establecerse, en la lucha por el destino.
Se ahoga a la juventud sin comprenderla.

SOBRE AVENTURA Y RESPONSABILIDAD, de Arturo Pérez Reverte - 24/4/14

Hace unos días, un joven español que da la vuelta al mundo en bicicleta fue atacado en Pakistán, junto a la frontera afgana.
Intento de secuestro.
Él salvó el pellejo, pero siete guardias que lo escoltaban murieron en el ataque y nueve fueron heridos.
La cosa ocurrió en la región de Baluchistán, calificada por el ministerio de Exteriores español como muy peligrosa, pues por allí campan narcotraficantes, yihadistas y talibanes, y las acciones de terrorismo son frecuentes.
Seiscientas personas murieron con violencia durante el año pasado; y un día antes del ataque contra el español, una treintena de peregrinos chiíes había muerto al estallar una bomba en un autobús donde iban mujeres y niños.
Aun así, desafiando el peligro con mucha entereza, nuestro compatriota quiso recorrer la zona, y las autoridades pakistaníes le proporcionaron escolta para hacerlo.
Esa escolta hizo su trabajo de forma eficaz: combatió con dureza y llevó al joven a una zona segura, donde fue atendido por las autoridades diplomáticas españolas.
Fin del episodio.
Hasta ahí todo parece en regla: viajero ilusionado y valiente, autoridades locales abnegadas, diplomacia española al quite.
El ciclista español es un ingeniero químico, supongo que en paro, embarcado en una aventura cuyo rastro puede seguirse en el diario de viaje y el blog que, etapa tras etapa, mantiene en las redes sociales.
Sin embargo -y discúlpeme el valiente joven por ser aguafiestas-, hay otra posible lectura del asunto.
El incidente ocurrió en una zona de extremo riesgo, de la que él estaba advertido, y por la que decidió transitar.
Esa actitud suena a mala costumbre muy extendida entre turistas y viajeros occidentales: creer que, en zonas críticas, las autoridades locales tienen obligación de protegerlos a toda costa, y que cuando hay problemas, el ministerio de Exteriores correspondiente debe intervenir para rescatarlos y devolverlos a casa.
Todo eso, claro, en zonas donde ni los mismos naturales de allí, militares incluidos, se encuentran a salvo.
Hay demasiado aventurero así, me parece.
Gente convencida de que la vida real es como en las películas donde suelen salvarse los buenos.
O, como parecen opinar demasiados buenistas, incautos y bobos, que todos los seres humanos comparten el buen rollito respecto a lo sagrado de la vida humana y tal; cuando, en realidad, en la mayor parte del planeta la vida humana no vale una puñetera mierda.
Que se lo digan a Pippa Vaca, aquella artista italiana que hacía autoestop vestida de novia para probar la bondad universal; y que, naturalmente - el mundo se rige por horrores e infamias naturales -, fue violada y estrangulada en Turquía, no por ser mujer sino por ser gilipollas.
Como ella, que no pudo contarlo, hay demasiados turistas o tontiaventureros que sí pueden contarlo, y se quejan de que en la selva hay fieras, en el mar tiburones, en las playas paradisíacas tsunamis - por eso llevan siglos siendo paradisíacas, idiotas - y en las guerras balas que zumban y matan.
Mucho turista, resumiendo, que sale indignado en el telediario porque quiso hacer turismo de riesgo en una prisión y le partieron el ojete al agacharse a coger el jabón en las duchas.
Algunos amigos míos y yo mismo, en otro tiempo - permítanme el apunte personal -, llevamos escolta en territorios comanches. A veces sí, a veces no.
Y en varias ocasiones murió gente por protegernos, en el Líbano, en El Salvador, en Los Balcanes y sitios por el estilo.
Pregúntenle a Márquez, a Gerva, a Alfonso Rojo, a Fernando Múgica, a Ramón Lobo...
A Miguel Gil, en Sierra Leona, o a Julio Fuentes, en Afganistán, los mataron cuando iban sin escolta, y quizás tampoco habría servido de nada.
Pero se trataba de reporteros profesionales haciendo un trabajo duro. Que te escoltaran, que te mataran o no, era parte del oficio.
Y aun así.
Pocas veces iban diplomáticos al rescate, y nadie se enfadaba por ello.
Nadie fue a sacarnos de Vukovar, por ejemplo, donde hubo que arreglárselas solos. Ni de Eritrea, cuando a uno que conozco le dieron un Kalashnikov y le dijeron: la frontera de Sudán está a ciento cincuenta kilómetros, así que búscate la vida.
Ninguno protestaba, ni su familia se quejaba a Exteriores.
Era un trabajo peligroso. Eran las reglas.
Por eso me pregunto hasta qué punto, en el mundo idiota en que vivimos, una aventura personal tiene derecho a pedir protección. Cómo se justifican los gastos, las inquietudes, las desgracias que puede ocasionar una peripecia privada.
Cruzar Baluchistán en bicicleta es una hazaña que terminó bien para el joven español.
Final feliz, por tanto. Enhorabuena.
Pero quisiera saber qué piensan de eso las familias de los siete policías paquistaníes muertos por unas miserables rupias.

FORMULARIO DE CONTACTO

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *

BUSCAR EN ESTE BLOG

SEGUIDORES

Próspera tendrá su calibana Por Rocco Carbone

En 1969 Gillo Pontecorvo – director de La batalla de Argel – estrenó Queimada , con Marlon Brando en el papel de William Walker, un “ingl...