miércoles, 22 de julio de 2015

EL SUR TAMBIÉN EXISTE, de Mario Benedetti (música de Joan Manuel Serrat)

Con su ritual de acero,
sus grandes chimeneas,
sus sabios clandestinos,
su canto de sirenas.
Sus cielos de neón,
sus ventas navideñas,
su culto de dios padre
y de las charreteras.
Con sus llaves del reino
el Norte es el que ordena.

Pero aquí abajo, abajo,
el hambre disponible
recurre al fruto amargo
de lo que otros deciden.
Mientras el tiempo pasa,
y pasan los desfiles,
y se hacen otras cosas
que el norte no prohibe.
Con su esperanza dura
el Sur también existe.

Con sus predicadores,
sus gases que envenenan,
su escuela de Chicago,
sus dueños de la tierra.
Con sus trapos de lujo
y su pobre osamenta,
sus defensas gastadas,
sus gastos de defensa.
Con sus gesta invasora
el Norte es el que ordena.

Pero aquí abajo, abajo,
cada uno en su escondite,
hay hombres y mujeres
que saben a qué asirse.
Aprovechando el sol
y también los eclipses,
apartando lo inútil
y usando lo que sirve.
Con su fe veterana
el Sur también existe.

Con su corno francés
y su academia sueca,
su salsa americana
y sus llaves inglesas.
Con todos su misiles,
y sus enciclopedias.
Su guerra de galaxias,
y su saña opulenta.
Con todos sus laureles
el Norte es el que ordena.

Pero aquí abajo, abajo,
cerca de las raíces,
es donde la memoria
ningún recuerdo omite.
Y hay quienes se desmueren,
y hay quienes se desviven,
y así entre todos logran
lo que era un imposible.
Que todo el mundo sepa
que el Sur también existe..!!

QUÉ LES QUEDA A LOS JÓVENES..?, de Mario Benedetti

¿Qué les queda por probar a los jóvenes
en este mundo de paciencia y asco?
¿sólo grafitti? ¿rock? ¿escepticismo?
También les queda no decir amén,
no dejar que les maten el amor,
recuperar el habla y la utopía,
ser jóvenes sin prisa y con memoria,
situarse en una historia que es la suya,
no convertirse en viejos prematuros

¿Qué les queda por probar a los jóvenes
en este mundo de rutina y ruina?
¿cocaína? ¿cerveza? ¿barras bravas?
Les queda respirar, abrir los ojos,
descubrir las raíces del horror,
inventar paz así sea a ponchazos,
entenderse con la naturaleza,
y con la lluvia y los relámpagos,
y con el sentimiento, y con la muerte,
esa loca de atar y desatar.


¿Qué les queda por probar a los jóvenes
en este mundo de consumo y humo?
¿vértigo? ¿asaltos? ¿discotecas?
También les queda discutir con dios,
tanto si existe como si no existe,
tender manos que ayudan, abrir puertas,
entre el corazón propio y el ajeno.
Sobre todo les queda hacer futuro,
a pesar de los ruines de pasado,
y los sabios granujas del presente
.

A LOS HOMBRES FUTUROS, de Bertold Brecht

Vosotros, que surgiréis del marasmo
en el que nosotros nos hemos hundido, cuando habléis de vuestras debilidades, pensad también en los tiempos sombríos de los que os habéis escapado.

Cambiábamos de país como de zapatos a través de las guerras de clases,
y nos desesperábamos donde sólo había injusticia
y nadie se alzaba contra ella.

Y sin embargo, sabíamos que también
el odio contra la bajeza desfigura la cara.
También la ira contra la injusticia
pone ronca la voz.

Desgraciadamente, nosotros,
que queríamos preparar
el camino para la amabilidad,
no pudimos ser amables.

Pero vosotros,
cuando lleguen los tiempos
en que el hombre sea amigo del hombre, pensad en nosotros con indulgencia.

GENERAL, de Bertold Brecht

General, tu tanque es más fuerte que un coche.
Arrasa un bosque y aplasta a cien hombres.
Pero tiene un defecto:necesita un conductor.

General, tu bombardero es poderoso.
Vuela más rápido que la tormenta y carga más que un elefante.
Pero tiene un defecto:necesita un piloto.
General, el hombre es muy útil.
Puede volar y puede matar.
Pero tiene un defecto:puede pensar.

PRIMERO SE LLEVARON...., de Bertold Brecht

Primero se llevaron a los judíos,
pero como yo no era judío, no me importó.
Después se llevaron a los comunistas,
pero como yo no era comunista, tampoco me importó.
Luego se llevaron a los obreros,
pero como yo no era obrero, tampoco me importó.
Más tarde se llevaron a los intelectuales,
pero como yo no era intelectual, tampoco me importó.
Después siguieron con los curas,
pero como yo no era cura, tampoco me importó.
Ahora vienen por mí, pero es demasiado tarde.

lunes, 20 de julio de 2015

REHENES DE ESA GENTUZA, de Arturo Pérez Reverte - 20/7/15

Acabo de recibir el enésimo aviso policial, vía Internet, de virus maliciosos, espionaje y otras cabronadas. Y de nuevo me veo obligado a perder hora y media de mi cada vez más corta vida en revisar mensajes, marcar correo basura y dejar el antivirus funcionando un rato largo, justo en el poco tiempo que algunos días dedico a darle un vistazo al correo electrónico.
En ésas estoy cuando me quedo pensando y concluyo: hay que ver.
Yo, que me asomo a Internet con la puntita nada más, que no hago operaciones ni envío mensajes importantes por este medio, y estoy aquí perdiendo el tiempo como un idiota; así que imagino el trastorno que supondrá para quienes pasan el día, por necesidad o por afición, pendientes del artilugio este. Los que se juegan aquí el curro, la pasta o la confidencialidad. El trastorno que tendrán y lo mal que lo pasarán de vez en cuando.
De tanto pensarlo, acabo deprimiéndome yo también.
Está claro que todo esto va a más, y que por mucho que te resistas acabas en la trampa.
En mi caso, el correo electrónico lo miro sólo una vez por semana, viajo sin Internet y tengo un teléfono móvil que sólo sirve para hablar.
En cuanto a la dirección electrónica, no la doy casi nunca, aunque ahora todo el mundo la pide con impertinente naturalidad.
Lo que pasa es que, pese a todas las precauciones, cada vez me veo más forzado a dar esa información. No por gusto, claro, sino porque me obligan.
Cuando me relaciono con alguien por motivos de trabajo o como cliente, no hay problema: si exigen datos confidenciales mediante correos electrónicos, busco otro interlocutor.
El problema es cuando actúa la Administración.
Cuando agencias, ayuntamientos o ministerios exigen que envíes y expongas vía Internet tus datos confidenciales, profesionales, bancarios o fiscales. Cuando te obligan a desnudarte en público sin la menor garantía de protección. Lavándose las manos tras esa impunidad administrativa que tanta vileza facilita, si alguien utiliza todo eso y te arruina la vida.
No hay forma de escapar. Da igual que se trate de gente mayor o sin conocimientos de informática, indefensa ante este disparate.
O fulanos que, como yo, se resisten hasta que al fin los acorralan y obligan, con el pretexto de leyes y disposiciones que nunca sabes qué hijo de la gran puta aprobó, ni cuándo.
Y así, forzándote a pasear tu intimidad por Internet, te ponen una pistola en la nuca; pero cuando alguien aprieta el gatillo, nadie es responsable.
Hasta las notificaciones oficiales más delicadas o importantes llegan ya por correo electrónico, con su exigencia de respuesta, y sólo falta a esa gentuza - aunque igual lo hizo ya - sacar una ley que establezca:«Todos y todas los españoles y españolas tendrán obligatoriamente un correo electrónico para relacionarse con la Administración»; del mismo modo que, en otro orden de cosas, nadie viajará en avión dentro de poco sin llevar la tarjeta de embarque en el Internet del móvil, como si éstos no se perdieran, o no se acabara la batería, o no te saliera de la punta del ciruelo tener uno.
Pero eso sí: cuando el pirata informático saquea tu cuenta, usa tus datos o suplanta la firma electrónica, o llega el virus y manda todos tus documentos al carajo, nadie es responsable de nada.
Y te crujen vivo por no recibir esto, no enviar aquello o no conservar en el ordenador tal o cual documento.
Esto, señoras y señores, es una puñetera mierda electrónica. Déjenme al menos el desahogo de decirlo. Una infame falta de respeto al ciudadano.
Y va a más. Con el consuelo, eso sí, de que la culpa es nuestra, aunque esta vez no de todos. Mía, desde luego, no es. Y disculpen la chulería.
La culpa es de quienes llevan mucho tiempo aceptando sumisos, incluso entusiasmados, cada vuelta de tuerca de ese sistema suicida porque resulta más cómodo; olvidando, o ignorando, que lo más cómodo - acuérdense del Titanic - suele ser también lo más vulnerable.
Y claro. La pasividad de las víctimas, el silencio de los borregos, envalentona a esa gentuza sin rostro, vomitadora de disposiciones intolerables que maltratan derechos y libertades, y animan, además, a los sinvergüenzas a aprovecharse de ellas y de nosotros, mientras, como de costumbre, la cuenta la pagamos los inocentes.
Los que no queremos tragar esas maneras. Quienes intentamos vivir a nuestro aire, sin estar pendientes de un ordenador o un aparato de bolsillo que nos hagan cada vez más esclavos con el pretexto de hacernos más libres.
Y que, además, nos desnuda en público para que los golfos nos revienten y para que el Estado, fiel a sus puercas tradiciones, siga dándonos por saco, impunemente y con el mínimo esfuerzo.

viernes, 17 de julio de 2015

CANCIÓN DE LAS SIMPLES COSAS, de Armando Tejada Gómez y César Isella

Uno se despide insensiblemente de pequeñas cosas,
lo mismo que un árbol que en tiempo de otoño se queda sin hojas.
Al fin la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas,
esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón.


Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida,
y entonces comprende como están de ausentes las cosas queridas.
Por eso muchacha no partas ahora soñando el regreso,
que el amor es simple, y a las cosas simples las devora el tiempo.


Demórate aquí, en la luz mayor de este mediodía,
donde encontrarás con el pan al sol la mesa tendida.
Por eso muchacha no partas ahora soñando el regreso,
que el amor es simple, y a las cosas simples las devora el tiempo.

lunes, 13 de julio de 2015

UNA HISTORIA DE ESPAÑA XL, de Arturo Pérez Reverte - 12/7/15

Para vergüenza de los españoles de su tiempo y del de ahora - porque no sólo se hereda el dinero, sino también la ignominia -, Fernando VII murió en la cama, tan campante.
Por delante nos dejaba dos tercios de siglo XIX que iban a ser de indiscutible progreso industrial, económico y político (tendencia natural en todos los países más o menos avanzados de la Europa de entonces), pero desastrosos en los hechos y en la estabilidad de España, con guerras internas y desastre colonial como postre.
Un siglo, aquél, cuyas consecuencias se prolongarían hasta muy avanzado el XX, y del que la guerra civil del 36 y la dictadura franquista fueron lamentables consecuencias.
Todo empezó con el gobierno de la viuda de Fernando, María Cristina; que, siendo la heredera Isabelita menor de edad - tenía tres años la criatura -, se hizo cargo del asunto.
Con eso empezó la bronca, porque el hermano del rey difunto, don Carlos (que sale de jovencito en el retrato de familia de Goya), reclamaba el trono para él.
Esa tensión dinástica acabó aglutinando en torno a la reina regente y al pretendiente despechado las ambiciones de unos y las esperanzas de buen gobierno o de cambio político y social de otros.
La cosa terminó siendo, como todo en España, asunto habitual de bandos y odios africanos, de nosotros y ellos, de conmigo o contra mí.
Se formaron así los bandos carlista y cristino, luego isabelino. Dicho a lo clásico, conservadores y liberales; aunque esas palabras, pronunciadas a la española, estuvieran llenas de matices.
El bando liberal, sostenido por la burguesía moderna y por quienes sabían que en la apertura se jugaban el futuro, estaba lejos de verse unido: eso habría sido romper añejas y entrañables tradiciones hispanas.
Había progres de andar por casa, de objetivos suaves, más bien de boquilla, próximos al trono de María Cristina y su niña, que acabaron llamándose moderados; y también los había más serios, incluso revolucionarios tranquilos o radicales, dispuestos a dejar a España que en pocos años no la conociera ni la madre que la parió. Éstos últimos eran llamados progresistas.
En el bando opuesto, como es natural, militaba la carcundia con solera: la España de trono y altar de toda la vida.
Ahí, en torno a los carlistas, cuyo lema Dios, Patria, Rey - con Dios, ojo al dato, siempre por delante - acabaría resumiéndolo todo, se alinearon los elementos más reaccionarios. Por supuesto, a este bando carca se apuntaron la Iglesia (o buena parte de ella, para la que todo liberalismo y constitucionalismo seguía oliendo a azufre) y quienes, sobre todo en Navarra, País Vasco, Cataluña y Aragón, igual les suena a ustedes la cosa, pretendían mantener a toda costa sus fueros, privilegios locales de origen medieval, y llevaban dos siglos oponiéndose como gatos panza arriba a toda modernización unitaria del Estado, pese a que eso era lo que entonces se estilaba en Europa.
Esto acabó alumbrando las guerras carlistas - de las que hablaremos otro día - y una sucesión de golpes de mano, algaradas y revoluciones que tuvieron a España en ascuas durante la minoría de edad de la futura Isabel II, y luego durante su reinado, que también fue pare echarle de comer aparte.
Una de las razones de este desorden fue que su madre, María Cristina, enfrentada a la amenaza carlista, tuvo que apoyarse en los políticos liberales. Y lo hizo al principio en los más moderados, con lo que los radicales, que mojaban poco, montaron el cirio pascual.
Hubo regateos políticos y gravísimos disturbios sociales con quema de iglesias y degüello de sacerdotes, y se acabó pariendo en 1837 una nueva Constitución que, respecto a la Pepa del año 12, venía sin cafeína y no satisfizo a nadie.
De todas formas, uno de los puntazos que se marcó el bando progresista fue la Desamortización de Mendizábal: un jefe de gobierno que, echándole pelotas, hizo que el Estado se incautara de las propiedades eclesiásticas que no generaban riqueza para nadie - la Iglesia poseía una tercera parte de las tierras de España -, las sacara a subasta pública, y la burguesía trabajadora y emprendedora, que decimos ahora, pudiera adquirirlas para ponerlas en valor y crear riqueza pública.
Al menos, en teoría.
Esto, claro, sentó a los obispos como una patada bajo la sotana y reforzó la fobia antiliberal de los más reaccionarios.
Ése, más o menos, era el paisaje mientras los españoles nos metíamos de nuevo, con el habitual entusiasmo, en otra infame, larga y múltiple guerra civil de la que, tacita a tacita, fueron emergiendo las figuras que habrían de tener mayor peso político en España en el siglo y medio siguiente: los espadones.
O sea, el ejército y sus generales. 

[Continuará]

lunes, 6 de julio de 2015

INTELECTUALES: NI ESTÁN NI SE LES ESPERA, de Arturo Pérez Reverte - 5/7/15

Está siendo, en España, un año de intenso debate político.
O más bien de intenso bombardeo mediático dedicado a la política.
La palabra debate, como algunos la entienden, o la entendemos, es otra cosa: un intercambio de ideas y programas distintos, opuestos a veces, en un escenario común de inteligencia y respeto; en un territorio donde el testigo, el público que cuando llegue la hora de las urnas tomará decisiones de las que dependen su bienestar, su trabajo y su futuro, obtiene material suficiente, argumentos serios que mejoren su percepción del mundo como ciudadano y lo hagan, como votante eventual, más responsable y más crítico.
Más culto, políticamente hablando. Más sabio.
Sin embargo, esa clase de debate, ese confrontar ideas y programas de una manera útil, esa opinión cualificada, estimulante, generadora de resultados positivos, no suele darse en nuestro país. No, al menos, en los medios de mayor impacto popular, que son la radio y la televisión.
A algunos amigos míos extranjeros los sorprende mucho que, salvo pocas excepciones, en clara oposición al enorme número de tertulias radiofónicas y televisadas que aquí nos abruman, el nivel intelectual de nuestros debates, su argumentación práctica, sus conclusiones, sean siempre de un nivel extremadamente mediocre, limitado a un monótono tira y afloja entre periodistas y políticos, casi todos ellos, unos y otros, encuadrados ya desde el comienzo según sus medios e ideología.
De lo que suelen resultar debates casi siempre reiterativos, maniqueos y previsibles.
En todas partes cuecen habas, claro. Pero otros países de nuestro entorno abren también puertas a otras cosas.
En Francia, en Gran Bretaña, en Alemania, incluso en Italia, con su no siempre justa fama de frivolidad mediática, es frecuente encontrar en radio y televisión a personajes de talla intelectual, catedráticos, científicos, historiadores, expertos en asuntos sociales y políticos, opinando en profundidad, interviniendo en debates o completando informaciones que, gracias a ellos, alcanzan notable altura.
En España, en cambio, esa importante tarea social recae siempre sobre los mismos: políticos previsibles hasta el hartazgo - y por lo general de una incultura, un discurso plano y unas maneras desoladoras -, que manejan casi como único argumento lo malos y perversos que son sus adversarios, y periodistas que salvo nobilísimas y escasas excepciones, suelen encuadrarse en dos grupos: los sectarios que confunden periodismo con militancia, sea cual sea ésa, y los todo terreno capaces de opinar de todo y de todos, que igual se acuestan siendo expertos en economía griega que se levantan listos para ejercer, sin complejos, de críticos de arte moderno, especialistas en misiles o analistas del Kremlin.
En cuanto a los intelectuales, por llamarlos de algún modo, a los verdaderos expertos que han dedicado su vida a las materias que se debaten, política incluida, rara vez les vemos el pelo. Mientras en Italia para hablar de democracia dudosa se recurre, por ejemplo, a Luciano Canfora, o en Francia para hablar del bicentenario de Waterloo se pregunta a Alessandro Barbero o a Dominique de Villepin, aquí los especialistas, dicho sea entre comillas, sólo sirven para un fugaz corte de quince segundos en el telediario, donde nada dicen porque, entre otras cosas, poco se les pregunta o lo que dicen importa, en realidad, un carajo.
Se meten allí para justificar, para vestir la cosa, igual que muchos de esos absurdos directos que nada aportan ni para nada valen.
Aquí las voces lúcidas se silencian o se desprecian, relegadas por un grosero rifirrafe de consignas políticas, descalificaciones e insultos. Las figuras respetables del intelectual de derechas o de izquierdas, ambas necesarias, sus argumentaciones de peso, su conocimiento sereno de la materia que tratan, son ahogadas por el fragor mediático que pone etiquetas a todo, que exige simplificar hasta lo absurdo asuntos complejos que requieren mucha discusión y cordura.
Aquí todo se reduce a fachas y progres.
Aunque tampoco, es cierto, el público receptor anima a ello.
Descorazona asomarse a las redes sociales y comprobar hasta qué punto la incultura, la limitación de ideas, la falta de comprensión lectora - que es uno de los grandes males de nuestro tiempo -, la fácil distinción entre ellos y nosotros, tan tristemente nuestra, ahoga las voces sensatas y necesarias.
Y uno acaba preguntándose, desesperanzado, si en realidad periodistas y políticos no se limitan a encarnar, ante las cámaras y los micrófonos, los papeles que una España inculta, estúpida, elemental y nunca dispuesta a aprender de sí misma, exige de ellos.

domingo, 5 de julio de 2015

PINK FLOYD, REVISITADO, de Juan Pablo Feinmann - 5/7/15

¿Por qué re - visitar Pink Floyd?
Esa banda de muchachos ingleses injertó la filosofía en el rock de un modo imperecedero.
No vamos a hacer su historia, que es conocida.
Nos vamos a detener reflexivamente sobre algunas de sus canciones, en lo posible aquellas que forman el corpus del film The Wall, el punto más alto al que llegaron y acaso el más alto al que también llegó el rock como música, poesía y arte de la rebelión.
Esas canciones, desde otra década, desde otro siglo, nos siguen interpelando, nos siguen llamando a las dos actitudes existenciales definitivas ante la realidad (ese muro infranqueable): la mansa aceptación o la rebeldía.
¿Qué quieres ser, mi amigo? ¿Un sujeto autónomo, un ser libre o apenas otro ladrillo en la pared?
Te educaron para que fueras lo otro de la libertad. Para que fueras parte de la pared. Un ladrillo, apenas uno más.
Para eso te gritaron, te pegaron, te humillaron.
En algún momento te rebelaste y tu rebelión se expresó con fuerza, a viva voz, poéticamente:


“No necesitamos la no educación
No necesitamos el control mental
¡Hey, profesores, dejen a los niños en paz!”
.
(All in all you are just another brick in the wall.)
“Al fin de cuentas, sólo eres otro ladrillo (brick) en la pared.”
El que castiga, el profesor sadista, el que cree que el saber con la sangre entra, es otro ladrillo en la pared, integrado a ella, imponiendo sus valores.
A esa educación, Adorno la llamó Pedagogía del Dolor, en un texto en que se interrogaba sobre qué cosas harían posible una repetición de Auschwitz.

“El ideal pedagógico del rigor (...) La idea de que la virilidad consiste en el más alto grado de aguante, fue durante mucho tiempo la imagen encubridora de un masoquismo que - como lo ha demostrado la psicología - tan fácilmente roza con el sadismo.”
(Adorno, Consignas, Amorrortu, Buenos Aires, pág. 88.)
Este tema estuvo de moda entre nosotros a raíz de las declaraciones de un cómico devenido político. Este hombre había dicho que dos buenos golpes de vara habían hecho de él un abanderado del colegio. (Fue desmentido por sus maestros.)

¿Qué es The Wall? ¿A qué llaman los Floyd La pared o El muro?
Entre nosotros y todo lo bueno de este mundo hay una pared.
Es la pared de los poderosos, de los que mandan, de los que nos educan, de los que nos forman para que sólo seamos un ladrillo más en esa pared, que formemos parte de ella, enmudecidos, cósicos, inertes, que jamás la atravesemos, que no conozcamos el otro lado aunque nos sea posible intuirlo y hasta desearlo, no, nada, siempre de este lado, o peor aún, parte de la pared, dentro de ella, parte de ella, un ladrillo más, sólo eso.
De aquí otra canción poderosa de los Floyd que llama a la rebelión: “Hey, You!”.

“¡Eh, vos. ¿Qué hacés ahí afuera, en medio del frío, solo, haciéndote viejo?”
(Getting lonely, getting old.)
La letra en inglés entrega un significado que va más allá de la traducción castellana. Getting lonely también puede entenderse como atrapándote la soledad, haciéndola tuya, alcanzándola, algo que transfiere la responsabilidad del hecho al que le ocurre.
No le viene de afuera. Ni la soledad. Ni la vejez. Se las gana. Se las atrapa. Se las consigue.

“Hey, vos, ¿podés sentirme?”
No “sientas” sólo mi voz. Sentí mi calor, mi presencia, mi cercanía.
Así, sólo así, vas a “atrapar” mis palabras.
Y ahora viene el reclamo. La exigencia rockera de la rebeldía:
“No les ayudes a enterrar la luz
No te des por vencido sin luchar”.
“Hey you!” ¿Me tocarías? ¿Me darías tu mano?
La rebeldía, cuando es verdadera, se hace con todo.
No todo lo puede el espíritu aunque nos llenemos la boca con esa frase, que es hermosa pero incompleta: “El espíritu de la rebelión”.
La rebelión no es sólo espíritu, es cuerpo también, carnalidad compartida, ardiente, siempre en riesgo. Por eso ellos saben que siempre podrán vencernos por medio del dolor. Por eso nos pegan. Someten nuestro cuerpo porque nuestra mente la conquistan llenándola de gusanos. Cada gusano, una idea menos. Cada gusano, una idea de ellos. Hasta que todos los gusanos expresen el completo sistema de ideas con que ahogarán nuestra libertad.

“Hey, you!” No te sientes desnudo junto al teléfono, no esperes durante largos inviernos, no esperes sometido al frío o al fuego, ahí, con la cabeza contra la pared, un llamado que no existirá, o si existe será de ellos, otro más, otro llamado para meter gusanos en tu cerebro.
Escuchame a mí. Sentime a mí. Ayudame a levantar la piedra.
Todas los días la levanto y la llevo a la cima de la pared, pero nunca llego, la pared es demasiado alta, la piedra cae, yo caigo, y otra vez lo mismo, y lo mismo, levantar la piedra y caer.

“Hey you!” ¿Los gusanos ya comieron tu cerebro? ¿Ya están ahí, en él, ya es tu cerebro su comida? ¡Basta de hacer lo que te han dicho que hagas!
(Always doing what you’re told.)
Abrí tu corazón. Ayudame. No me digas que ya no hay esperanzas. Juntos estamos de pie; divididos, nos caemos. Juntos podremos erguirnos; separados, nos derrotan.
La pared son las prisiones de Foucault: los manicomios para los locos, las prisiones para los delincuentes, una sociedad sólo es racional cuando sabe apartar de sí todo lo que niega la razón.
Los gusanos son el poder comunicacional.
Se comen tu cerebro, entran en él, no te das cuenta pero te lo devoran por dentro. Pronto pensarás lo que quieren que pienses.
Uno llega, como dice el Heidegger de Ser y Tiempo, a un mundo ya interpretado. Vive en ese mundo, crece ahí. Vive y crece en estado de interpretado. No habla, le hablan. Cuando habla salen de su boca las palabras que los otros han puesto en ella. Cree que conoce un idioma, el idioma lo conoce y lo somete a él. Habla su lengua materna, o su lengua paterna. Es hablado por su padre, por su madre, después por la educación, después por el sentido común, un sentido que es el del poder, el que el poder ha impuesto como visión del mundo.

Todo eso es la pared.
Hay que trepar por ella y salir, escapar. Escapar hacia uno mismo, hacia los otros que trepan, hacia la libertad. Inventar las nuevas palabras. Las interpretaciones. Hay que interpretar el mundo de otro modo, nuevo, luminoso. Pero la pared es demasiado alta. Volvemos a caer. Volvemos a subir. O nos entregamos –en medio de nuestra gozosa esclavitud– a los gusanos.

“¡Eh, vos! No me digas que no hay ninguna esperanza.”
(Hey you, don’t tell me there’s no hope at all.)
Los Floyd no vienen a decir eso.
A nadie van a decirle: no hay ninguna esperanza.
Lejos del rock punk, practican un rock conceptual de compleja lectura.
Sin embargo, están claramente lejos de ciertas cosas. De la violencia, de la desesperación, de los paraísos artificiales de las drogas duras (una tragedia que los tocó en carne propia) o de la bobería pasatista.
Sobre todo de esto, sin duda.
Hay que poder hacer un rock conceptual y ellos lo hicieron.
Diría, si se me permite, que practican un existencialismo áspero, a menudo doloroso, siempre romántico, asumiendo los contrastes vertiginosos de esa estética, un humanismo realista, que incorpora la inhumanidad a la humanitas universal, acotándola, señalando que lo Otro del hombre es también el hombre, que el sujeto humano es tanto el que busca la libertad como el que la niega, el que construye la pared como el que busca trepar por ella y huir.

Una notable canción de 1975, “Querría que estuvieras aquí” (“Wish You Were Here”), reúne estos elementos.
Alguien dice que desea que otro - al que ama - estuviese con él. Pero ese otro tiene muchos cenagosos escollos que vencer. Los escollos son, como siempre, los del muro, los de la pared. Hay que aprender a distinguir lo que es propio de la pared, lo que a ella irrefutablemente pertenece, de las otras cosas, las de la belleza, las de la libertad.

“¿Crees que puedes distinguir
el Cielo del Infierno,
el cielo azul del dolor,
un campo verde de los rieles de acero
,una sonrisa de un velo?”

¿O tal vez no?
Tal vez ellos consiguieron que cambiaras tus héroes por fantasmas, que cambiaras un papel (aunque fuese secundario) en una guerra por el principal en una jaula.
Sí, desearía, cuánto desearía que estuvieses conmigo. Somos dos almas perdidas nadando en una pecera. Año tras año, hemos caminado por una tierra vieja.
¿Y, al fin, qué hemos encontrado? Sólo los mismos antiguos miedos.
Ojalá estuvieses aquí.
Aquí, la derrota se ha consumado.
La vida fue nadar en una pecera, de donde un pez nunca sale ni sabe dónde está porque está dentro de la pecera, y sólo si alguna vez hubiese estado fuera (aun a riesgo de morir) sabría que hay algo más que su prisión, que existen los ríos anchos y turbulentos, los océanos infinitos.
Si no se salta la pared, los años van a pasar sin huella, siempre se caminará sobre una tierra vieja, con los mismos viejos miedos.
La frase final debiera leerse así: Querría que estuvieses aquí para que huyamos juntos.
Porque de eso se trata.
Amar es saltar la pared con otro o con muchos, hacia el otro lado, lejos de los gusanos, de la tierra seca, de los eternos miedos, de la esclavitud gozosa, hacia lo nuevo, lo incierto, lo libre.

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