jueves, 4 de mayo de 2017

NO SÉ CÓMO SE HABRÁ LAMADO... - 4..5.17

No sé cómo se habrá llamado, pero tenía cara de Raúl, así, con las cejas pobladas llenas de canas plateadas y los ojos oscuros, un poco opacos, como esos muebles tristes donde las abuelas esconden la vajilla.
Raúl subió al colectivo revolviéndose los bolsillos de la campera vieja. Cuando suspiró, los vidrios cerrados se llenaron de cal y lágrimas, pero nadie se dio cuenta. Sacó la tarjeta, pagó el pasaje y fue a sentarse frente a la nena.
Tampoco sé cómo se habrá llamado la nena, pero tenía cara de Lu, así, cortito, como las antenas de las hormigas que hacen fila en la plaza para llevarse las hojas que se tiran de las ramas cuando es mayo y los chicos salen de la escuela con la bufanda atada al cuello y la escarapela abrazada al guardapolvo.
Raúl se desplomó sobre el asiento y se puso la mochila rosa en las rodillas. Yo escuché cómo las herramientas oxidadas se empujaban ahí adentro. El cling del destornillador contra la cabeza del martillo y el clang de la llave inglesa golpeando el mango del buscapolo hicieron que Lu sacara los ojos del cuaderno gordo y los pusiera sobre el albañil y esa mochila ajada suya. El bolsillo del frente enmarcaba, como una ventanita con cierre, la imagen de la princesa que bailaba el vals con un príncipe, que no era azul, pero casi, porque esa tarde hacía mucho frío.
-¡Mirá, mamá!, exclamó Lu, con la impunidad de la infancia. ¡Tiene una mochila de nena!
Raúl bajó la vista y las pupilas se le llenaron de los corazones rojos y púrpuras que flotaban sobre la escena de lona. La mamá de Lu, que tenía cara de Mercedes, así, con rodete tirante y pañuelo de seda, le ordenó que hiciera silencio, que no fuera maleducada, que el señor se iba a enojar.
-¡Pero esta mochila no es de nena!, dijo Raúl, y en el colectivo todos hicimos silencio. Creo que hasta el motor dejó de rugir y el ripio bajo las ruedas ya no crujió tanto.- ¡Esta es una mochila de nene! ¡Mirá! ¿No ves que tiene un príncipe?
-¡Pero tiene corazones!, protestó Lu.
-Sí, porque el príncipe está enamorado, ¿no ves como la mira a la princesa?
-¡Pero es rosa!
-Sí, como la camiseta de Boca, explicó Raúl, con una paciencia que le costaba demasiado después de haberse pasado el lunes revocando las paredes de una casa que jamás sería suya.
-Bueno, entonces sí, dijo Lu, y volvió a mirar el cuaderno gordo.
Mercedes y Raúl cruzaron una mirada cómplice y se sonrieron. Yo también sonreí, pero ellos no me vieron. Sonreí consciente de la sabiduría de ese hombre misterioso con cara de Raúl. Sonreí porque también hay príncipes rosa. Sonreí celebrando que aquella tarde, Lu hubiese aprendido algo que nunca se escribe en ningún cuaderno gordo.
Épica Urbana

UNA HISTORIA DE ESPAÑA LXXXIV, de Arturo Pérez Reverte - 1.5.17

Nacionalcatolicismo, es la palabra.
Lo que define el ambiente.
La piedra angular de Pedro fue el otro pilar, Ejército y Falange aparte, sobre el que Franco edificó el negocio.
La Iglesia Católica había pagado un precio muy alto durante la República y la guerra civil, con iglesias incendiadas y centenares de sacerdotes y religiosos asesinados sin otro motivo que serlo; y su apoyo (excepto del de algunos curas vascos o catalanes, que fueron reprimidos, encarcelados y hasta fusilados discretamente, en algunos casos) había sido decisivo en lo que el bando nacional llamó cruzada antimarxista.
Así que era momento de compensar las cosas, confiando a la única y verdadera religión la labor de pastorear a las descarriadas ovejas.
Se abolieron el divorcio y el matrimonio civil, se penalizó duramente el aborto y se ordenó la estricta separación de sexos en las escuelas.
Sociedad, moral, costumbres, espectáculos, educación escolar, todo fue puesto bajo el ojo vigilante del clero, que en los primeros tiempos – esas fotos da vergüenza verlas – incluía a los obispos saludando al Caudillo, brazo en alto, a la puerta de las iglesias.
Hubo, justo es reconocerlo, prelados y sacerdotes que no tragaron del todo; pero la tendencia general fue de sumisión y aplauso al régimen a cambio de control escolar y social, privilegios ciudadanos, apoyo a los seminarios –el hambre y el ambiente suscitaron numerosas vocaciones–, misiones evangelizadoras, sostén económico y exenciones tributarias. Que no era grano de anís, y en la práctica un sacerdote mandaba más que un general (como dice mi compadre Juan Eslava Galán, «ser cura era la hostia»).
Además, las organizaciones católicas seglares, tipo Acción Católica, Hijos de María y cosas así, constituían un cauce conveniente para que se desarrollara, bajo el debido control eclesiástico y político, una cierta participación en asuntos públicos; o sea, una especie de válvula de escape para quienes no podían expresar sus inquietudes sociales mediante la actividad política o sindical tradicionales, abolidas desde el fin de la guerra.
El resultado de todo ese rociamiento general con agua bendita fue que la Iglesia Católica se envalentonó hasta extremos inauditos: duras pastorales contra los bailes agarrados, que eran invento del demonio, contra los trajes de baño y contra todo aquello que pudiera albergar o despertar pecaminosas intenciones.
La obsesión por la vestimenta se tornó enfermiza, la censura se volvió omnipresente, lo del cine para mayores con reparos ya fue de traca, y los textos eclesiásticos de la época, con sus recomendaciones y prohibiciones morales, conforman todavía hoy una grotesca literatura donde la estupidez, el fanatismo y la perversión de mentes enfermas de hipocresía y vileza llegó a extremos nunca vistos desde hacía siglos: «El baile atenta contra la Patria, que no puede ser grande y fuerte con una generación afeminada y corrompida», afirmaba, por ejemplo, el obispo de Ibiza; mientras el arzobispo de Sevilla remataba la faena calificando lo de agarrarse con música como «tortura de confesores y feria predilecta de Satanás».
Naturalmente, la gran culpable de todo era la mujer, engendro del demonio, y a mantenerla en el camino de la castidad y la decencia, apartándola del tumulto de la vida para convertirla en ejemplar esposa y madre, se encaminaron los esfuerzos de la Iglesia y el régimen que la amparaba.
Era necesario, según el Fuero del Trabajo, «liberar a la mujer casada del taller y de la fábrica».
Ella, la mujer, era el eje incontestable de la familia cristiana; así que, para devolverla al hogar del que nunca debía haber salido, se anularon las leyes de emancipación de la República, destruyendo todos los derechos civiles, políticos y laborales que la habían liberado de la sumisión al hombre. La independencia de la mujer, su derecho sobre el propio cuerpo, el aborto, la sexualidad en cualquiera de sus manifestaciones, se convirtieron en pecado. Y el pecado se convirtió en delito, literalmente, vía Código Penal.
Había multas y encarcelamientos por «conductas morales inadecuadas»; y a eso hay que añadir, claro, la infame naturaleza de la condición humana, siempre dispuesta a señalar con el dedo, marginar y denunciar –esos piadosos vecinos de entonces, de ahora y de siempre– a las mujeres marcadas por el oprobio y el escándalo (las que, para entendernos, no se ponían el hiyab de entonces, metafóricamente hablando).
Por no mencionar, claro, la sexualidad alternativa o diferente.
Nunca, desde hacía dos o tres siglos, se había perseguido a los homosexuales como se hizo durante aquellos tiempos oscuros del primer franquismo, y aún duró un buen rato.
Nunca la palabra maricón se había pronunciado con tanto desprecio y con tanta saña.

[Continuará]

sábado, 29 de abril de 2017

UN TIPO DURO, de Arturo Pérez Reverte - 9/4/16

Una planta de oncología de un hospital no es el lugar más divertido del mundo.
Sin embargo, el renacuajo está ahí, en su camilla, y las enfermeras y auxiliares sonríen, y a veces hasta sueltan una carcajada.
También ríen otros pacientes. No pueden evitarlo.
Leo tiene cuatro años y sobre el pijama lleva puesto un traje de espadachín, con capa, sombrero y espada de plástico. Una vez más, otro día de los pocos que hasta hoy ha vivido, el enano aguanta estoicamente las siete horas periódicas de quimio y radioterapia mientras espera -su familia y los médicos, en realidad, son quienes lo esperan- encontrar a un donante con una médula compatible.
El crío no para en la camilla.
Blande en alto la espada una y otra vez tirando ágiles estocadas al aire. Luchando contra enemigos imaginarios, o no tanto.
Batiéndose contra el cáncer.
Y a cada momento, como un mantra, una y otra vez, repite algo que -es demasiado joven para haberlo leído- alguien, un familiar, una enfermera, ha debido decirle: 
«No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente».
A su lado están sus abuelos. 
Una pareja encantadora de médicos, que cuentan la historia de Leo.
Un bebé prematuro de veintitrés semanas que logró sobrevivir peleando por su vida como un minúsculo jabato. Abandonado por su madre, una cría de 17 años a la que le gustaba coquetear peligrosamente con el alcohol, las drogas y los chicos, embarazada sin saber de quién. Incapaz de soportar la responsabilidad de ser madre soltera, en cuanto se recuperó del parto puso pies en polvorosa.
Hasta hoy. No se ha vuelto a saber de ella.
Tampoco es que sus padres la echen de menos. Los dos coinciden en afirmar que lo mejor de sus vidas es su nieto. Ese pequeño Alatriste que blande su espada de plástico en la camilla.
Leo.
Y son ellos, Carmen y Michael, los abuelos, quienes cuentan despacio, sonriendo con frecuencia, la heroica biografía del diminuto espadachín.
Leo es un niño superdotado, que va a un centro educativo especial para niños como él. Asiste allí con puntualidad, menos cuando, como ahora, el intenso tratamiento médico lo deja hecho polvo.
Y no es que carezca de fuerza de voluntad, sino al contrario. Nadie más vital, con más energía. Con más ilusión por ver, por conocer, por mirar. Por vivir.
A los cuatro años de edad lee perfectamente, pues aprendió él solo antes de cumplir los tres. Tiene un vocabulario riquísimo y su sintaxis es perfecta.
Habla el inglés con tanta naturalidad como el castellano, y entiende el francés.
Le encantan los libros, hasta el punto de que es un lector rápido, inteligente y voraz.
Y su bici. Y su monopatín. Y dibujar.
También le gusta hacer chapuzas de bricolaje con su abuelo. Y adora la música, hasta el punto de que está aprendiendo a tocar la guitarra y la batería.
Por no hablar de la naturaleza y los animales, claro.
Su sueño es tener un burrito que se llame Platero, como el del libro que leyó hace poco.
De momento tiene un perro, tres gatos y una iguana.
No siempre va todo bien en el tratamiento.
Leo está demacrado. Ha perdido peso, tiene vómitos y náuseas. Le han salido llagas en la boca. El impacto químico y radiológico es duro, pero también él lo es.
A cada momento, en cada detalle, en cada gesto, aflora su instinto de supervivencia.
Siempre que va al hospital pide que le pongan el traje de Alatriste, aunque a veces insiste en llevar debajo una camiseta del amor de su vida, su chica: Lisa Simpson.
«Es la niña más lista del mundo -afirma rotundo mientras le brillan los ojos-. Y la más guapa. No es como otras nenazas, que sólo saben llorar».
Y luego, volviendo a su espada, repite de nuevo:
«No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente», hasta que se queda dormido.
Clara, una chica que asiste como voluntaria, le lleva un libro del capitán Alatriste.
Y al despertar hojean unas páginas juntos.
«Genial», dice Leo, al reconocer la primera frase.
Y al cabo de un rato, con la espada en las manos, se duerme otra vez.
El duro descanso del guerrero, a la espera del siguiente combate por la vida.
Le quedan dos meses de tratamiento, y después deberá recuperarse, a la espera de un donante; de la médula anónima que lo salvará.
Ahora está tan débil que un simple resfriado podría matarlo. Es difícil predecir si vivirá o no.
Saber si dentro de unos años, lejos ya de este campo de batalla, será el hombre más honesto o el más piadoso.
Pero de lo que no cabe duda es de que es un niño valiente.

martes, 18 de abril de 2017

UNA HISTORIA DE ESPAÑA, de Arturo Pérez Reverte - 10/8/15

Pues ahí estábamos, dándonos otra vez palos entre nosotros para no faltar a la costumbre, en plena primera guerra carlista. En la que, para rizar nuestro propio rizo histórico de disparates, se daba una curiosa paradoja: el pretendiente don Carlos, que era muy de misa de ocho y pretendía imponer en España un régimen absolutista y centralista, era apoyado sobre todo por navarros, vascos y catalanes, allí donde el celo por los privilegios forales y la autonomía política y económica, diciéndolo en moderno, era más fuerte.
O sea, que la mayor parte de las tropas carlistas, con tal de reventar al gobierno liberal de Madrid, luchaba apoyando a un rey que, cuando reinara, si era fiel a sí mismo, les iba a meter los fueros por el ojete.
Pero la lógica, la coherencia y otras cosas relacionadas con la palabra pensar, como vimos en los capítulos anteriores de esta bonita y edificante historia, siempre fueron inusuales aquí.
Lo importante era ajustar cuentas; que sigue siendo, con guerras civiles o sin ellas, con escopeta o con pase usted primero, nuestro deporte nacional. Y a ello se dedicaron unos y otros, carlistas y liberales, con el entusiasmo que para esas cosas, fútbol aparte, solemos desplegar los españoles.
Todo empezó como sublevación y guerrillas - había mucha práctica desde la guerra contra Napoleón-, y luego se formaron ejércitos organizando las partidas dispersas, con los generales carlistas Zumalacárregui en el norte y Cabrera en Aragón y Cataluña.
El campo solía ser de ellos; pero las ciudades, donde estaba la burguesía con pasta y la gente más abierta de mollera, permanecieron fieles a la jovencita Isabel II y al liberalismo. Al futuro, dentro de lo que cabe, o lo que parecía iba a serlo. Don Carlos, que necesitaba una ciudad para capital de lo suyo, estaba obsesionado con tomar Bilbao; pero la ciudad resistió y Zumalacárregui murió durante el asedio, convirtiéndose en héroe difunto por excelencia.
En cuanto al otro héroe, Cabrera, lo apodaban el tigre del Maestrazgo, con lo que está dicho todo: era una verdadera mala bestia.
Y cuando los gubernamentales - porque escabechando gente eran tan malas bestias unos como otros - fusilaron a su madre, él puso en el paredón a las mujeres de varios oficiales enemigos, y luego se fumó un puro. La criatura.
Ése era el tono general del asunto, vamos, el estilo de la cosa, represalia sobre represalia, tan español todo que hasta lo hace a uno sonreír de ternura patria (a quien le apetezca ver imágenes de esa guerra, que teclee en Internet y busque los cuadros de Ferrer-Dalmau, que tiene un montón de ellos sobre episodios bélicos carlistas).
No podían faltar, por otra parte, las potencias extranjeras mojando pan en la salsa y fumándose nuestro tabaco: al pretendiente don Carlos, como es lógico, lo apoyaron los países más carcas y autoritarios de Europa, que eran Rusia, Prusia y Austria; y al gobierno liberal cristino, que luego fue de Isabel II, lo respaldaron, incluso con tropas, Portugal, Inglaterra y Francia.
Como detalle folklórico bonito podemos señalar que cada vez que los carlistas trincaban vivo a un extranjero que luchaba junto a los liberales, o viceversa los del otro bando, lo ponían mirando a Triana.
Eso suscitó protestas diplomáticas, sobre todo de los ingleses, siempre tan susceptibles cuando los matan a ellos; aunque ya pueden imaginar por dónde se pasaban aquí las protestas, en un país del que Richard Ford, hablando precisamente de la guerra carlista, había escrito:
«Los españoles han sido siempre muy crueles. Marcial los llamaba salvajes. Aníbal, que no era tan benigno, ferocísimos»; 
añadiendo, para dejar más nítida la cosa:
«Cada vez que parece que pudiera ocurrir algo inusual, los españoles matan a sus prisioneros. A eso lo llaman asegurar los prisioneros».
Y, bueno.
Fue en ese delicioso ambiente como transcurrieron, no una, sino tres guerras carlistas que marcarían, y no para bien, la vida política española del resto de ese siglo y parte del siguiente.
La primera acabó después de que el general liberal Espartero venciera en la batalla de Luchana, a lo que siguió el llamado abrazo de Vergara, cuando él y el carlista Maroto se besaron con lengua y pelillos a la mar, compadre, vamos a llevarnos bien y qué hay de lo mío.
La segunda, más suave, vino luego, cuando fracasó el intento de casar a Isabelita II con su primo el hijo de don Carlos.
Y la tercera, gorda otra vez, estalló más tarde, en 1872, cuando la caída de Isabel II, la revolución y tal.
Pero antes ocurrieron cosas que contaremos en el siguiente capítulo. Entre ellas, una fundamental: las guerras carlistas llevaron a los militares que las habían peleado a intervenir mucho en política.
Y como escribió Larra, que tenía buen ojo, «Dios nos libre de caer en manos de héroes». 

[Continuará]


AHORA, de Ismael Serrano

Ahora que la adolescencia es un septiembre lejano,
humo de cerveza en un portal, un verano inacabado.
Algunos años en la Facultad de Ciencias,
papeles escritos, ron de Cuba, hojas de hierba.
Un tren dormido en una vía muerta,
la luz de la ventana azul que siempre estaba abierta.

Ahora que quedan tan lejos las playas de Corfú,
las estaciones de trenes de Praga, Hamburgo o Estambul.
Los viajes que trajeron a otros vistiendo nuestros cuerpos,
la luz de una cafetería, los amores conversos.
Ahora que te cansas y las piscinas cierran,
y apura el último baño la luz de las estrellas.

Ahora que regreso a los lugares
adonde quise huir y nadie me espera allí.
Ahora que casi llego a fin de mes,

que amo a una mujer. Que amo a una mujer.

Ahora que pago las facturas, que me besé en La Habana,
que sueño con Lacandona, que ya no escribo cartas.
Que cumplimos más años que promesas,
que se hunden nuestros corazones como la vieja Venecia.
Que llego tarde a los cines y al fin del planeta,
que alquilo un pequeño piso en un castillo de arena.

Ahora que duelen las resacas y cortan como una navaja.
Ahora que nadie nos saluda por los bares de Malasaña.
Que pido auxilio, besos y comida por teléfono,
que fumo flores y lloro a veces mientras duermo.
Ahora que tiemblo como un niño abandonado.
Ahora que viejos amigos nos han traicionado.

Ahora es el momento de volver a empezar,
que empiece el carnaval.
La orgía en el Palacio de Invierno,
de banderas y besos.
Se cayeron mis alas y yo no me rendí,
así que ven aquí, brindemos.

Que hoy es siempre todavía.
Que nunca me gustaron las despedidas.

LAS HIJAS DE MOHAMED, de Arturo Pérez Reverte

Mohamed es camarero en un lugar que frecuento hace años.
Es marroquí de Casablanca: moro, dice él sin complejo ninguno.
Con orgullo, incluso.
Moro de la morería, ríe cuando hablamos; como aquellos que hace siglos, comenta y sigue riendo, os tuvimos puteados a los españoles; entre otras cosas porque, después de ochocientos años aquí, también éramos españoles.
Ojo con eso.
Mohamed lo dice así y ríe todo el rato, porque es un tipo simpático. Un amigo inteligente y laborioso. Trabaja sin descanso desde la mañana hasta la tarde, pero nunca ha tenido un mal gesto ni una mala palabra. Para nadie.
Es un profesional de confianza, altamente cualificado, al que todos aprecian y respetan.
Cuando estamos tranquilos se niega a cobrarme la copa de vino, así que suelo pedírsela a uno de sus compañeros para que me dejen pagarlo. Pero Mohamed, siempre atento, le echa la bronca al colega.
Aquí manda el moro, dice. Y vuelve a reír, disfrutando la cosa.
Siempre nos saludamos con Salam Aleikum y algunas frases que aún recuerdo de su lengua.
Mohamed es de esos tipos a los que, si yo fuera millonetis, me llevaría a casa para que se ocupara de todo. Lo contrataría, pagándole un pastón.
Cuando estoy con él, a menudo pasa a este lado de la barra y charlamos un rato. Me habla mucho de su familia, de su vida en España.
Ya soy español de pleno derecho, me dijo hace tiempo. Con todo en regla. Lo contó orgulloso, feliz, dándome una palmada en la espalda, seguro de que yo me alegraba de escuchar aquello. Y así era, pues, como la mayor parte de los marroquíes que conozco, y son muchos, Mohamed es un hombre valiente, digno y tenaz.
Cruzó el Estrecho a los quince años, con menos papeles que un conejo de monte, resuelto a buscarse una vida mejor. Y trabajó muy duro para eso. Para tener un curro decente, un salario decoroso, una casa adecuada.
Para ser respetable y respetado.
En vísperas del último Ramadán, Mohamed me contó que se iba de vacaciones a Casablanca con su mujer y sus hijas, a ver a la familia. A pasar allí las fiestas.
Le tomé el pelo un rato, preguntándole si iría al estilo tradicional, con el coche cargado de equipaje cubierto con plástico azul y las crías pidiéndole parar en cada área de descanso para hacer pipí.
No, hombre, respondió. Voy en avión, como debe ser. No seas cabrón, Reverte.
Y luego me puso otro vino.
Hablamos de esos días en su tierra, del ayuno y la comida de noche, de la deliciosa y nutritiva herira, del ambiente estupendo que hay en las calles; un ambiente que conozco bien, pues lo viví muchas veces cuando era reportero dicharachero de Barrio Sésamo, y tengo muchos ramadanes felices en la memoria.
Mohamed se enternecía hablando de eso, de su ciudad, de su barrio, de su familia.
En España habéis perdido esa idea de la familia, dijo con orgullo: todos los abuelos, tíos y primos juntos, conociéndose, visitándose, ayudándose. Celebrando lo bueno y doliéndose de lo malo.
Os envidio, dije un par de veces, escuchándolo. Y él sonreía, bonachón. Como dándome el pésame.
Está bien que lleves a tus hijas, añadí, para que no pierdan el recuerdo de la familia. Dentro de veinte o treinta años, tal vez ni siquiera en Marruecos las cosas sean así.
Todo se pierde al fin, amigo mío. Todo cambia.
En ese momento me interesé por sus hijas. ¿Llevan hiyab?, quise saber. Son muy pequeñas, respondió.
Pregunté si lo llevarían cuando crecieran, y Mohamed se puso serio un instante, me miró y encogió los hombros con una mezcla de fatalismo y orgullo. No dijo nada, pero lo conozco bien y supe qué decía aquella mirada. La sonrisa que retornaba despacio a su boca.
De vosotros depende, era la respuesta. De que vosotros, europeos, hagáis necesario, o no, ese pañuelo en la cabeza de mis hijas.
De que nos protejáis con firmeza frente a los que lo exigen en nombre de Dios; pero también, por otra parte, tengáis la inteligencia precisa para que mis hijas, en este Occidente que a menudo no sabe lo que quiere, no se vean obligadas a recurrir a ese pañuelo como símbolo de dignidad, de independencia y de orgullo.
Dadles motivos para no llevarlo. Convencedlas, con inteligencia y respeto, de que su identidad debe integrarse en la de todos, sin renunciar por eso a lo que son, a lo que soy, a lo que somos. Persuadidlas de que un compañero de colegio, un vecino, un novio no musulmán, también pueden ser una familia.
Un futuro.
Eso dijeron el silencio, primero, y luego la sonrisa suave de Mohamed.
Después me puso delante otra copa de vino; y, como él no bebe alcohol, porque es buen creyente, me apoyó a modo de brindis una mano en el hombro…

UNA HISTORIA DE ESPAÑA (XLVIII), de Arturo Pérez Reverte - 27/7/15

Las guerras carlistas fueron tres, a lo largo del siglo XIX, y dejaron a España a punto de caramelo para una especie de cuarta guerra carlista, llevada luego más al extremo y a lo bestia, que sería la de 1936 (y también para el sucio intento de una quinta, el terrorismo de ETA del siglo XX, en el que para cierta estúpida clase de vascos y vascas, clero incluido, Santi Potros, Pakito, Josu Ternera y demás chusma asesina serían generales carlistas reencarnados).
De todo eso iremos hablando cuando toque, porque de momento estamos en 1833, empezando la cosa, cuando en torno al pretendiente don Carlos se agruparon los partidarios del trono y el altar, los contrarios a la separación Iglesia-Estado, los que estaban hasta el cimbel de que los crujieran a impuestos y los que, sobre todo en el País Vasco, Navarra, Aragón y Cataluña, querían recobrar los privilegios forales suprimidos por Felipe V: el norte de España más o menos hasta Valencia, aunque las ciudades siguieron siendo liberales.
El movimiento insurreccional arraigó sobre todo en el medio rural, entre pequeños propietarios arruinados y campesinos analfabetos, fáciles de llevar al huerto con el concurso del clero local, los curas de pueblo que cada domingo subían al púlpito para poner a parir a los progres de Madrid:
«Hablad en vasco - decían, y no recuerdo ahora si el testimonio es de Baroja o de Unamuno -, que el castellano es la lengua de los liberales y del demonio».
Con lo que pueden imaginarse la peña y el panorama. La finura ideológica.
En el otro bando, cerca de la regente Cristina y de su niña Isabelita, que tantas horas de gloria privada y pública iba a darnos pronto, se situaban, en general, los políticos progresistas y liberales, los altos mandos militares, la burguesía urbana y los partidarios de la industrialización, el progreso social y la modernidad.
O sea, el comercio, los sables y el dinero.
Y también - nunca hay que poner todos los huevos en el mismo cesto - algunas altas jerarquías de la Iglesia católica situadas cerca de los núcleos de poder del Estado; que aunque de corazón estaban más con los de Dios, Patria y Rey, tampoco veían con buenos ojos a aquellos humildes párrocos broncos y sin afeitar: esos curas trabucaires que, sin el menor complejo, se echaban al monte con boina roja, animaban a fusilar liberales y se pasaban por el prepucio las mansas exhortaciones pastorales de sus obispos - lo que igual a ustedes les suena a reciente.
El caso es que la sublevación carlista, léase (simplificando la cosa, claro, esto no es más que un artículo de folio y medio) campo contra ciudad, fueros contra centralismo, tradición frente a modernidad, meapilas contra liberales y otros etcéteras, acabaría siendo un desparrame sanguinario a nuestro clásico estilo, donde las dos Españas, unidas en la vieja España de toda la vida, la de la violencia, la delación, el odio y la represalia infame, estallaron y ajustaron cuentas sin distinción de bandos en lo que a vileza e hijoputez se refiere, fusilándose incluso a madres, esposas e hijos de los militares enemigos; mientras que por arriba, como ocurre siempre, alrededor de don Carlos, de la regente y la futura Isabel II, unos y otros, generales y políticos con boina o sin ella, disfrazaban el mismo objetivo: hacerse con el poder y establecer un despotismo hipócrita que sometiera a los españoles a los mismos caciques de toda la vida. A los trincones y mangantes enquistados en nuestro tuétano desde que el cabo de la Nao era soldado raso.
Lo expresaba muy bien Galdós en uno de sus Episodios Nacionales:

«La pobre y asendereada España continuaría su desabrida historia dedicándose a cambiar de pescuezo, en los diferentes perros, los mismos dorados collares». En fin.
Como lo de los carlistas fue muy importante en nuestra historia, el desarrollo de la cosa militar, Zumalacárregui, Cabrera, Espartero y compañía, lo dejaremos para otro capítulo.
De momento recurramos a un escritor que también trató el asunto, Pío Baroja, que era vasco y cuya simpatía por los carlistas puede resumirse en dos citas:

«El carlista es un animal de cresta colorada que habita el monte y que de vez en cuando baja al llano al grito de ¡rediós!, atacando al hombre».
Y la otra: 
«El carlismo se cura leyendo, y el nacionalismo, viajando».
Un tercer aserto vale para ambos bandos: 

«Europa acaba en los Pirineos».
Con tales antecedentes, se comprende que en el 36 Baroja tuviera que refugiarse en Francia, huyendo de los carlistas que querían agradecerle las citas; aunque, de haber estado en zona republicana, el tiro se lo habrían pegado los otros.
Detalle también muy español: como criticaba por igual a unos y a otros, era intensamente odiado por unos y por otros.


[Continuará]


viernes, 24 de julio de 2015

VIÑETAS Y REVOLUCIÓN, de Héctor Oesterheld

Lee el guionista. Sentado en el último asiento del vagón, lee.
Afuera, contra las ventanillas, la lluvia.
Se escucha el agua pegando en la chapa del vagón, el agua entrando por las rendijas y mojando el pasillo, el tren que avanza rumbo al ojo de la tormenta.
Mientras, el guionista lee.
Como si nada de todo aquello que cruje a su alrededor importara.
El guionista saca un lápiz, y subraya algunas líneas del libro. Ha encontrado algo que despierta su atención. Detiene su marcha sobre las páginas y subraya. Encierra con un círculo la fecha, 3 de junio.
Subraya una cita: “A las 13 ocupamos posiciones, Ricardo y yo con un grupo cada uno en el centro, Pombo en un extremo y Miguel, con toda la vanguardia en el punto ideal”.
Anota con el lápiz, en el margen: emboscada.
Y subraya, otra vez: “A las 14.30 pasó un camión con chanchos que dejamos pasar, a las 16.20 una camioneta con botellas vacías - el guionista apunta, a un costado de la página: paciencia - y a las 17 un camión del ejército, el mismo de ayer, con dos soldaditos envueltos en frazada en la cama del vehículo. No tuve coraje para tirarles y no me funcionó el cerebro lo suficientemente rápido como para detenerlo, lo dejamos pasar…” . 
Se detiene el guionista, retrocede en la lectura, busca el apunte del día anterior, del 2 de junio. Busca la escena mencionada: el camión del ejército que pasa delante de la mira de los guerrilleros, y los soldaditos atrás.
Allí había subrayado ya una frase: “Un bocado fácil, pero era día de holgorio y puerco”. 
Mira la lluvia por la ventanilla. Su imaginación se va de viaje.
Ve, por la ventanilla, al Che tumbado en la selva boliviana. Sabe que la paciencia es el oxígeno de la emboscada. De nada sirve la ansiedad. Hay que esperar.
El músculo tenso sobre el fusil, la respiración mansa y regular, el ojo que apunta y el ojo que duerme, el dedo que juega sobre el gatillo. El resto es selva, sombras de la tarde que se cruzan por delante de la mira, pájaros sobre los árboles, el hambre compañero, el sueño que ataca.
Esperar.
Esperar cualquier leve movimiento en el follaje, el mínimo sonido que rompa la rutina de la selva que respira, y la tensión endurece los músculos.
La emboscada es aprender a esperar, lo sabe el guerrillero.
El guionista vuelve del viaje, y busca un espacio en blanco en los márgenes del diario boliviano de Guevara. Anota como puede, como lo permite el traqueteo del tren, el tronar de la lluvia sobre la chapa, el frío en las manos.
Aferra con fuerza el lápiz para anotar: “Debo tirarte soldadito… El precio de tanta miseria… Debo tirarte soldadito”.
Para contar la historia, su historia del Che, encara un relato fragmentado, casi telegráfico. Como fotografías de una vida, de un momento.
Un relato que se sostiene en un lirismo extraño a comparación del trabajo previo de Oesterheld, que viene a confirmar que esta historieta no es otra de esas que acepta por necesidad.
Aquí no hay oficio, hay otra cosa.
Atisbos de una pasión adormecida, una fiebre que de a poco lo enciende, un profundo sentido de identificación con el personaje, una mirada aguda que despierta y observa ese continente que los dos, autor y personaje, recorren juntos.
El joven Guevara en su moto, el viejo Oesterheld a bordo de su imaginación.
Los dos miran América Latina con jóvenes ojos, y asisten a su fábula de olvidados y excluidos: “Hay más, mucho más para ver: los ranchos de la soledad, del hambre, del piojo y la vinchuca, mal de Chagas y todo el repertorio maldito. En todas partes los mismos chicos, los mismos ojos cavados en tanto ensueño inútil, brazos palitos, vientres redondos del raquitismo… Ernesto médico como pocos, aunque siempre va tan lejos, las enfermedades que en verdad quisiera curar no se llaman tifus, malaria, lepra. Se llaman hambre, explotación, injusticia”.
América quema para Guevara y para Oesterheld. “Basta de hablar, hay que defender la esperanza”, anota Héctor, piensa Ernesto, y los dos se lanzan a la aventura en una América que quema.
“Lo está pensando desde hace tiempo. ¿De qué vale aquí la medicina? Habría que ir a la raíz misma de la enfermedad y la degeneración, a la causa del piojo y el brazo palito”.
Y se comparten la indignación, la rabia, la ternura, las dudas y la emoción.
Hablan solos. Discuten, no se ponen de acuerdo, se comprenden. Y toman decisiones, buscan respuestas, persiguen un sueño, saben que ya es tiempo de otra América, y dicen, varias veces dicen, revolución.
Guevara grita revolución. Oesterheld anota, en un margen de la página, revolución. Y subraya.
Pero no hay un registro idealizado del personaje. No se limita el guionista al relato épico del condottieri que persigue la acción y que se juega el pellejo sediento de peligro en los pliegues de la selva boliviana. No.
El guión de Oesterheld se ocupa de sus decisiones políticas, sus indagaciones económicas, sus atribuladas reflexiones filosóficas de cara a un mundo injusto, de frente al dilema de construir el socialismo en un pequeño país del Caribe.
El guionista busca la raíz. “El Che va comprendiendo. Equivocaron quienes redujeron todo a lo económico. La verdadera revolución sólo dentro del hombre, fuera el hombre lobo, el devorador del prójimo, es tiempo del hombre nuevo, el que trabaja y se juega por el incentivo moral. Sí, la revolución empieza dentro de cada uno”, piensa Guevara, anota Oesterheld.
Inquieto personaje, el Che va más rápido que el propio argumentista, se le escurre de las manos, se queja, se hace preguntas, Fidel, Sierra Maestra, se hace ejemplo, estudia, exige, busca, rompe, critica. Se hace mito.
“¿Lo entenderán alguna vez? El revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor… Todos los días hay que luchar porque ese amor a la humanidad se transforme en hechos concretos, en actos que sirvan de ejemplo, de movilización… El revolucionario se consume en esa actividad ininterrumpida que no tiene más fin que la muerte, a menos que la construcción se logre en escala mundial”.
La crónica en Bolivia.
El Che, cuando acompaña a otro guerrillero en la guardia nocturna: “Quedarse a mirar la noche con él. Tanta estrella. El agua infantil y eterna rezando piedras en el arroyo”.
El afecto por cada hermano en la columna, el Che que los protege del frío con una manta: “Cada compañero un mundo, una infancia, una protesta, y ya una muerte sola en un barranco cualquiera. No, no han perdido. Nunca es perdida una muerte por algo. Como no es perdida aquella muerte en la cruz de los esclavos, hace dos mil años”, la mirada piadosa hacia el instrumento del enemigo: “Los soldaditos, inocentes del fusil que empuñan. Habría que balear a otros, no a ellos”.
La certeza del fin inminente, el viaje del autor al personaje, ida y vuelta, como si fueran uno: “Cierra el diario, apaga la linterna. Podría seguir escribiendo tanto más, la muerte vecina, estamos cercados, pero no, no puedo escribir dudas ni desalientos, si lo lee un compañero, cruel e inútil mostrar el fin cierto”.
La herida, la derrota, la cacería, la resistencia. La decisión de entregarse, la aguda interpretación de una decisión límite: “Desarmado. Nada que hacer ya. Pero no. Sacrificios en vano, no”.
La noche, la escuelita en La Higuera, el Che solo, piensa: “La vida que se repasa. Hubo errores y tanto sin terminar, seguirán el piojo y el dividendo, pero la esperanza algo más cerca. Valió la pena. Sí, valió la pena…”.
Héctor escribe, América quema, el rostro del Che clavado en su imaginación, la belleza de una imagen, el borde de un presagio: “La sangre del Che es ya gota en el río de la tanta sangre derramada contra el hambre y la cadena de su nombre, amor y acción. Pone de pie a las juventudes del mundo, las echa a andar”.
El guionista queda solo. Afuera llueve. El guión se termina, el personaje se desvanece debajo de su lápiz.
El guionista repasa sus líneas, escucha una voz. Alguien lo llama del otro lado de la página. Viaja rumbo a su imaginación, otra vez. Ve con sus ojos las tinieblas de la selva. Escucha las ráfagas de metralla. Se oculta detrás de un árbol. Algo quema por dentro. Apunta con su fusil. Respira y espera.
Espera.

miércoles, 22 de julio de 2015

LOS FORMALES Y EL FRÍO, de Mario Benedetti (música de Joan Manuel Serrat)

Quién iba a prever que el amor, ese informal,
se dedicara a ellos tan formales.

Mientras almorzaban por primera vez,
ella muy lenta y él no tanto, 
y hablaban con sospechosa objetividad
de grandes temas en dos volúmenes.

Su sonrisa, la de ella,
era como un augurio o una fábula.
Su mirada, la de él, tomaba nota
de cómo eran sus ojos, los de ella.
Pero sus palabras, las de él,
no se enteraban de esa dulce encuesta.

Como siempre o como casi siempre,
la política condujo a la cultura,
así que por la noche concurrieron al teatro,
sin tocarse una uña o un ojal, 
ni siquiera una hebilla o una manga.

Y como a la salida hacía bastante frío 
y ella no tenía medias,
sólo sandalias, por las que asomaban
unos dedos muy blancos e indefensos,
fue preciso meterse en un boliche.

Y ya que el mozo demoraba tanto,
ellos optaron por la confidencia.
Extra seca y sin hielo por favor.
Cuando llegaron a su casa, la de ella,
ya el frío estaba en sus labios, los de él.

De modo que ella, fábula y augurio,
le dio refugio y café instantáneos.
Una hora apenas de biografía y nostalgias,
hasta que al fin sobrevino un silencio.
Como se sabe, en estos casos es bravo
decir algo que realmente no sobre.

Él probó: sólo falta que me quede a dormir...
Y ella probó: por qué no te quedas..?
Y él: no me lo digas dos veces...
Y ella: bueno por qué no te quedas..?
De manera que él se quedó en principio 
a besar sin usura sus pies fríos, los de ella.

Después ella besó sus labios, los de él,
que a esa altura ya no estaban tan fríos.
Y sucesivamente, así.
Mientras los grandes temas
dormían el sueño que ellos no durmieron.

ALEMANIA TERMINA CON GRECIA, de José Pablo Feinmann - 22/7/15

A Jorge Aleman

Durante el reciente Foro del Pensamiento Latinoamericano realizado no hace mucho en San Miguel de Tucumán, muchos de los disertantes unieron la situación de Suramérica con el trágico destino que amenaza una vez más a los griegos, nada menos que a ellos, que pasan por ser - para la tradición europea y para muchos de sus más eminentes filósofos - la cuna de la civilización occidental.

Así, en uno de esos momentos de flojedad, descanso o reposo que se producen en estos eventos (y que son a menudo lo más fructífero) me encuentro tomando un café con Jorge Aleman, a quien quiero y admiro.
Me dice: “Lo de Grecia es increíble. La propia Europa se empecina en destruir a los griegos, a los de hoy que heredan a los de ayer, en quienes Occidente encuentra su origen, el surgimiento de la tragedia, Homero, la filosofía. ¡Si Heidegger resucitara y viera esto! Pobre, se muere otra vez. Lo que hace Alemania es demencial”.

(Me pareció una mirada original, brillante. Me puse a pensar a partir de ahí. Aclaración: es la primera y última vez que te cito, querido Jorge. De aquí en más procedo a apropiarme de esta idea, tal como tu admirado Lacan se adueñó de tantas de los más grandes filósofos que lo precedieron, sobre todo Heidegger, y nunca los citó)
Todos conocemos la cuestión griega. Sin embargo, no todos llegan a tematizar con rigor el tema complejo de las razones del poderío alemán en la etapa actual del occidente capitalista.
La historia tiene innumerables tramas y está en perpetua redefinición.
Si alguien creyó que Alemania fue destruida en la segunda guerra llamada mundial tendrá hoy que revisar esa certeza.
Algo verdadero aún late en esa poderosa frase de Heidegger que ubica a Alemania en el centro del acontecer histórico de Occidente, “en el dominio originario de las potencias del ser. Justamente, si la gran decisión de Europa no debe caer sobre el destino de la aniquilación, sólo podrá centrarse en el despliegue de nuevas fuerzas histórico - espirituales, nacidas en su centro” (Introducción a la metafísica, capítulo I: La pregunta fundamental de la metafísica)
Heidegger dicta este curso ante un auditorio de jóvenes nacional - socialistas. 
En 1953, en plena Alemania del “milagro alemán”, habrá de publicarlo sin ningún cambio. Aquí, un joven Jurgen Habermas señalará que las palabras del Herr Rektor de Friburgo empujaban a los estudiantes a aceptar mansamente eso que luego les exigirían como oficiales. Se trata de un importante texto de Habermas sobre el deseo de Alemania de olvidar: “No es la principal tarea de los que se dedican al oficio del pensamiento la de arrojar luz sobre los crímenes que se cometieron en el pasado y mantener despierta la conciencia de ellos? En lugar de eso, la gran masa de la población, con los responsables de entonces y de ahora a la cabeza, sólo quiere oír hablar de rehabilitación” (Jurgen Habermas, Perfiles filosófico - políticos, Taurus, p. 64)
Por decirlo claro: nunca hubo un milagro alemán.
El milagro alemán era una absoluta necesariedad para el occidente capitalista.
Ese milagro (que sirvió, entre otras cosas, para demostrar que el atraso permanente de los países periféricos o subalternos se debía a su debilidad espiritual, o que impulsó el argumento racista de la pereza latina ante el dinamismo creativo de los germanos) fue obra del imperio que surge más integrado, poderoso después de la guerra, Estados Unidos.
El Plan Marshall se crea para Alemania.
Ahí, en el centro de Europa, está esa nación que debe ser cuidada, protegida por Occidente.
De esta forma, luego de la caída del Muro, luego de la reunificación, Alemania consolida cada vez más su poder económico, su hegemonía sobre Europa.
Hoy, la führer Merkel supera el poderío del führer Hitler. Pero la führer Merkel es más astuta que el desbocado führer de 1933.
No tiene nada contra los judíos. Al contrario, son sus aliados. No tiene nada contra los norteamericanos.
Sería largo trazar la historia de la rehabilitación del orgullo alemán.
Hoy los “malvados” de los films ya no son los nazis, son los fundamentalistas del Islam y los inmigrantes indeseados. Los deudores también, claro.
Aún no se han hecho films sobre deudores malvados, aún no hemos visto a los gloriosos marines entrar en las casas de los deudores, con sus cascos luminosos, sus metralletas imponentes y sus fusiles Barrett M82 fabricados por la Barrett Firearmas Company.
Aun no. Pero acaso no falte mucho.
Por ahora, como Merkel en Grecia, entran, no como guerreros sino como mercaderes, siguiendo el viejo consejo que George Canning diera sobre Suramérica.
Y aquí radica la gran diferencia entre la astuta Merkel y el desbocado Hitler. La Canciller del Cuarto Reich, la Canciller de Acero, entra y conquista por medio del dinero, no de las SS, ni de los oficiales que salían de las clases de Heidegger, ni de la aviación de Goering, ni de ese pueblo (“los verdugos voluntarios”) que entregaba su vida o tomaba la de sus enemigos por la gloria de su führer y los mil años del Tercer Reich.
Las finanzas, en el capitalismo, hacen las mejores guerras.
Pero ¿Grecia?
¿Cómo Alemania, en el centro de Occidente, no salva a Grecia, su remoto pero siempre presente origen?
Grecia es la casa, el gran hogar, el punto de honor espiritual que siempre se ha exhibido con orgullo.
Somos Occidentales porque nuestra patria es la de Parménides, la de Heráclito, la de Sócrates, la de Platón, la de Homero, la de los grandes poetas trágicos.
Entre 1830 y hasta cerca de su muerte, Hegel, en tanto Rector de la Universidad de Berlín, en tanto filósofo del estado prusiano, dicta sus olímpicas Lecciones sobre la filosofía de la historia universal.
En Grecia, respetuoso, se detiene y traza el linaje opulento de la Europa que él representa: “Entre los griegos nos sentimos como en nuestra propia patria, pues estamos en el terreno del espíritu (...) Grecia es la madre de la filosofía (...) El espíritu europeo ha tenido en Grecia su juventud: de aquí el interés del hombre culto por todo lo helénico” (Segunda parte: el mundo griego).
Los banqueros también se ocupan de Grecia, pero no parecieran ser hombres cultos pues desean destruirla, expulsarla del euro que da unidad al presente europeo. 
Ninguno parece comprender que Europa salva a Grecia o mata su juventud, su origen.
Una Europa sin Grecia es una Europa bastarda, sin linaje, errabunda.
¿No es la errancia una de las modalidades de la existencia impropia o inauténtica en Heidegger?
¿No es la errancia algo propio de los judíos?
Pero la jefa Merkel sabe que ahora los judíos tienen un poderoso Estado que les impide esa triste errancia mendicante a través de los pueblos.
También los palestinos, como la jefa Merkel, saben que ahora los judíos tienen ese poderoso Estado, pero lo saben de otro modo, lo saben desde el dolor.
¿Es entonces hoy el Estado de Israel, antes que Grecia, el que representa el espíritu europeo?
Sí, ya que el espíritu europeo se ha trastocado en el espíritu del capitalismo y el espíritu de este sistema de utilización del dinero en tanto arma de conquista no hay que buscarlo en Homero ni en Parménides ni en Platón.
Lo expresó Gideon Gekko en el film Wall Street de Oliver Stone: Greed is good (la codicia es buena).
¿Olvidó la jefa Merkel el discurso que dio Heidegger cuando asumió (respaldado por las SA de Rohm) el rectorado de Friburgo?
En esa dramática encrucijada, el Maestro de Alemania dijo: “El inicio es aún. No está tras de nosotros como algo ha largo tiempo acontecido. El inicio, en tanto es lo más grande (...) está ya allí como el lejano mandato de que recobremos de nuevo su grandeza”.
El inicio está en el futuro, pasó sobre nosotros y nos reclama, nos exige que seamos tan grandes hoy como lo fueron ellos en el pasado. Las conquistas de nuestras tropas no sólo deben ser materiales, territoriales, sino sobre todo espirituales. (Esto lo dice en Introducción a la metafísica.)
Las tropas hitlerianas, según el Heidegger del rectorado, debían asaltar Europa para llevar con ellas, para entregarles a los olvidadizos de la grandeza del inicio, la magnificencia del espíritu helénico.
Y concluye así: “Pero el esplendor y la grandeza de esta puesta en marcha (Aufbruch) sólo lo comprenderemos plenamente cuando hagamos la grande y profunda reflexión con la que la vieja sabiduría griega supo decir : ‘Todo lo grande está en medio de la tempestad” (Platón, República, 497, d, 9).
Heidegger utiliza a Platón para despertar el espíritu guerrero de su auditorio.
Además, en honor de ese auditorio constituido por jóvenes que ya vestían el uniforme pardo de las SA, el Maestro introduce la palabra Sturm, que traiciona el lenguaje de Platón pero expresa el de las milicias que admirativamente lo escuchaban: las Sturm Abteilung (tropas de asalto).
El genial y hábil filólogo sabía que en alemán Sturm era tanto tormenta como asalto. Así, tal como escribirá el profesor Dieter Muller a su hijo en una carta mortal: “Heidegger - ante nuestros espíritus estremecidos - acababa de crear el eje Atenas-Berlín” (JPF, La sombra de Heidegger, Planeta, Biblioteca Feinmann, Buenos Aires, 2015, p. 63).
Hoy ese eje, el del gran inicio que es aún, ya que es la grandeza que la nación hitleriana debe conquistar, está destrozado. El inicio ya no es. Berlín no sólo reniega de Atenas, la humilla.
Los griegos, entonces, los griegos de hoy, deben recordar que uno de ellos, de nombre Zorba, cuando vio sus ilusiones y las de su amigo de aventuras destrozadas, cuando vio estallar y hacerse pedazos ese acueducto que habían tallado en el corazón de la montaña, se largó a reír, enseñó a su amigo a bailar la hermosa música de Mikis Theodorakis, abrió largamente sus brazos, echó una mirada omniabarcante a la catástrofe, a la derrota, y exclamó: “¡Qué hermoso desastre!”
Y volvió a empezar.

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