Quiero dejar todas las palomas
en el cedro de tu alma,
y todo el beso en tus pies.
Que dejes de mirarme burlón.
Sé que te estoy dando poco
y mucho te pediré.
Sé la nube sola en mi pradera.
Seré tu querido verde,
y serás sombra en mi mitad,
Y si ves que mi verde se quema,
llueve tu llorosa pena
y el verde nuevo se hará.
Y que no te vayas un febrero,
detrás de aquella bandada
azabache, hacia el pinar.
Quiero ser también dueña del cielo
y un pinar, pero es preciso
que me enseñes a volar.
Hazte sol cercano en la distancia,
hazte en el recuerdo un leño,
y quémate en mi interior.
No quiero tener más noches frías,
ni poder tan solo en sueños
despertarme junto a vos.
Las montañas se abren para que entren la ruta y el río juntos al pueblo, uno de los más lindos de la Argentina, al pie de esa piedra impresionante que es el Fitz Roy. Ese pueblo es EL CHALTÉN, en la patagónica Santa Cruz. Esta página permite mirar el lugar en que subo algunas cosas de mi archivo personal. La mayor parte pertenece a otras gentes; las menos, son propias. Algunas están muy arraigadas en mi vida, con mis afectos. A una parte de ellas algunos talentosos le han puesto música. (rt)
sábado, 13 de mayo de 2017
jueves, 11 de mayo de 2017
BAJO BELGRANO, de Carlos de la Púa
Barrio de timba fuerte y acomodo,
pasional de guitarras altiyeras,
yo he volcado el codo
de todas tus esquinas
con una potranca rea, Josefina,
que hoy se inscribe en los hándicaps de fondo.
pasional de guitarras altiyeras,
yo he volcado el codo
de todas tus esquinas
con una potranca rea, Josefina,
que hoy se inscribe en los hándicaps de fondo.
Bajo Belgrano, sos un monte crioyo
tayado entre las patas de los pingos.
Creyente y jugador, palmás el royo
en la misa burrera del Domingo.
tayado entre las patas de los pingos.
Creyente y jugador, palmás el royo
en la misa burrera del Domingo.
Y antes que porteño sos crioyo viejo
y barajás veinte palabras en inglés
-pursang, race, horse, pedigreé-,
salpicadas de aracas y canejos.
y barajás veinte palabras en inglés
-pursang, race, horse, pedigreé-,
salpicadas de aracas y canejos.
Patios de stud
curados de valsecitos viejos
y de tangos del sud
que vienen tirando la bronca desde lejos.
curados de valsecitos viejos
y de tangos del sud
que vienen tirando la bronca desde lejos.
Portones
con ramos de morochas
a punto de dulzura.Yo sé de una... ¡me cacho!,
con ramos de morochas
a punto de dulzura.Yo sé de una... ¡me cacho!,
prepotente y diquera,
que lleva la mirada de todos los machos en la cintura,
como un revuelo de moscas bosteras.
como un revuelo de moscas bosteras.
Bajo Belgrano patria del portón,
sos un barrio querendón.
Y regalás a las pibas estuleras,
que se pasan bordando los mandiles
para el crack que después resulta un cuco,
el ramito de flores oriyeras
que crece en la maceta de tus trucos.
que se pasan bordando los mandiles
para el crack que después resulta un cuco,
el ramito de flores oriyeras
que crece en la maceta de tus trucos.
viernes, 5 de mayo de 2017
ELENITA, de Raúl Tellechea - 5/5/17
La viste a Elenita…?, me dijo un día un compañero de trabajo.
A quién..?, contesté, sorprendido
A Elenita..! Elena Highton, la de la Corte Suprema..! me respondió.
Y allí la vi venir, caminando muy trabajosamente, por la calle central del club en el que yo trabajaba diariamente.
Su cuerpo deformado por una enfermedad osteoarticular, le resultaba una carga muy pesada para trasladarse de manera independiente. Se ayudaba con un bastón para afirmarse en cada paso.
La acompañaba su marido, el señor Nolasco.
Recuerdo que no me surgió un sentimiento de lástima, sino, muy por el contrario y como me pasa siempre, uno mayor de reconocimiento a una voluntad superior a ese sufrimiento.
Para seguir peleándole a la vida, muy a pesar de tener semejante complicación en el destino personal.
Me dije que tenía ante mí un buen ejemplo de una cabeza dispuesta a mejorar, a aprender, a progresar en sus saberes, en su conocimiento de la pasión por la profesión que eligió.
Y en su voluntad para enseñar a otros ese saber, ese conocimiento adquirido.
Me presenté ante ella y su marido, y me puse a su disposición para lo que necesitara, como correspondía al cargo que yo desempeñaba entonces.
Me contestaron amablemente, y se fueron a tomar sol en el parque del club.
Hace poco tiempo, casi un mes, mi mujer y su amiga Lilia, se juntaron para ir a ver a unos arqueólogos que trabajaban en un laboratorio, ubicado en la zona sur de nuestra ciudad.
Ellas dos, y Lidia, otra compañera del profesorado, fueron secuestradas por la dictadura más asesina que padecimos en nuestro país, en la caza de brujas posterior al asesinato del general Cardozo, quien era entonces jefe de la Policía Federal.
Quienes recuerdan el caso, saben que el atentado fue obra de una organización armada, a manos de una compañera de ellas tres llamada Ana María González.
Mi mujer estuvo secuestrada dos días. Las otras dos sólo uno.
Mi mujer nunca pudo ir a declarar en ninguno de los juicios que se abrieron desde la vuelta de la democracia, empezando por la CONADEP y hasta el día de hoy.
Mi mujer nunca pudo superar el miedo. Jamás.
A quién..?, contesté, sorprendido
A Elenita..! Elena Highton, la de la Corte Suprema..! me respondió.
Y allí la vi venir, caminando muy trabajosamente, por la calle central del club en el que yo trabajaba diariamente.
Su cuerpo deformado por una enfermedad osteoarticular, le resultaba una carga muy pesada para trasladarse de manera independiente. Se ayudaba con un bastón para afirmarse en cada paso.
La acompañaba su marido, el señor Nolasco.
Recuerdo que no me surgió un sentimiento de lástima, sino, muy por el contrario y como me pasa siempre, uno mayor de reconocimiento a una voluntad superior a ese sufrimiento.
Para seguir peleándole a la vida, muy a pesar de tener semejante complicación en el destino personal.
Me dije que tenía ante mí un buen ejemplo de una cabeza dispuesta a mejorar, a aprender, a progresar en sus saberes, en su conocimiento de la pasión por la profesión que eligió.
Y en su voluntad para enseñar a otros ese saber, ese conocimiento adquirido.
Me presenté ante ella y su marido, y me puse a su disposición para lo que necesitara, como correspondía al cargo que yo desempeñaba entonces.
Me contestaron amablemente, y se fueron a tomar sol en el parque del club.
Hace poco tiempo, casi un mes, mi mujer y su amiga Lilia, se juntaron para ir a ver a unos arqueólogos que trabajaban en un laboratorio, ubicado en la zona sur de nuestra ciudad.
Ellas dos, y Lidia, otra compañera del profesorado, fueron secuestradas por la dictadura más asesina que padecimos en nuestro país, en la caza de brujas posterior al asesinato del general Cardozo, quien era entonces jefe de la Policía Federal.
Quienes recuerdan el caso, saben que el atentado fue obra de una organización armada, a manos de una compañera de ellas tres llamada Ana María González.
Mi mujer estuvo secuestrada dos días. Las otras dos sólo uno.
Mi mujer nunca pudo ir a declarar en ninguno de los juicios que se abrieron desde la vuelta de la democracia, empezando por la CONADEP y hasta el día de hoy.
Mi mujer nunca pudo superar el miedo. Jamás.
Aunque hayan pasado ya 40 años nunca pudo superar el terror que aprendió en esos días de adolescencia.
Ni ella ni sus amigas. Ni sus familias, claro.
Los arqueólogos que visitaron trabajan en la reconstrucción de lo que fueran el campo de concentración conocido como Club Atlético, edificio que fuera arrasado por el paso de la autopista cuando atraviesa la avenida Paseo Colón.
Allí debajo, tapados por el terraplén, se está llevando a cabo varios trabajos, por parte de esos profesionales que recogen todo tipo de materiales, objetos, restos, indicios del funcionamiento de ese sitio oscuro y denigrante que perteneciera a la Policía Federal.
Ni ella ni sus amigas. Ni sus familias, claro.
Los arqueólogos que visitaron trabajan en la reconstrucción de lo que fueran el campo de concentración conocido como Club Atlético, edificio que fuera arrasado por el paso de la autopista cuando atraviesa la avenida Paseo Colón.
Allí debajo, tapados por el terraplén, se está llevando a cabo varios trabajos, por parte de esos profesionales que recogen todo tipo de materiales, objetos, restos, indicios del funcionamiento de ese sitio oscuro y denigrante que perteneciera a la Policía Federal.
En ese lugar en que hace unos años descubrimos que estuvieron secuestradas, mi mujer y sus amigas.
A ese lugar volvieron, hace casi un mes, mi mujer y su amiga de toda la vida, Lilia.
Les mostraron tazas, cucharitas, restos de revoques, fotos, una pelotita de ping pong y muchas otras cosas que se encontraron en las excavaciones.
También fueron al lugar exacto de esas excavaciones.
Al sitio preciso del horror.
Volvió a casa destrozada, y por varios días pude ver su padecimiento por el momento vivido en ese laboratorio.
Los arqueólogos les pidieron que fueran a declarar en el expediente abierto por la investigación de ese sitio. En medio del dolor, y del miedo permanente que convive con ellas, respondieron que más adelante posiblemente lo hicieran.
A ese lugar volvieron, hace casi un mes, mi mujer y su amiga de toda la vida, Lilia.
Les mostraron tazas, cucharitas, restos de revoques, fotos, una pelotita de ping pong y muchas otras cosas que se encontraron en las excavaciones.
También fueron al lugar exacto de esas excavaciones.
Al sitio preciso del horror.
Volvió a casa destrozada, y por varios días pude ver su padecimiento por el momento vivido en ese laboratorio.
Los arqueólogos les pidieron que fueran a declarar en el expediente abierto por la investigación de ese sitio. En medio del dolor, y del miedo permanente que convive con ellas, respondieron que más adelante posiblemente lo hicieran.
Pensaba yo que ir a declarar les iba a hacer bien, que las iba a aliviar con la carga del recuerdo, que podrían, quizás, a traer alivio a alguna familia que perdió allí algún ser querido del que no volvieron a tener noticias.
La verdad es que ellas dos no se animaron jamás a ir a hacerlo, porque las persigue ese miedo permanente, como cada día. El miedo profundo a que las cosas cambien otra vez, como pasa siempre en nuestro país.
A que un día vuelvan los asesinos de ayer y sus cómplices.
Esos cómplices que nunca reconocerán el genocidio ni los crímenes de lesa humanidad.
La verdad es que ellas dos no se animaron jamás a ir a hacerlo, porque las persigue ese miedo permanente, como cada día. El miedo profundo a que las cosas cambien otra vez, como pasa siempre en nuestro país.
A que un día vuelvan los asesinos de ayer y sus cómplices.
Esos cómplices que nunca reconocerán el genocidio ni los crímenes de lesa humanidad.
Los que se sienten tratados como presos políticos.
Los que creen que nos salvaron del comunismo.
Los que fueron ejecutores del “disciplinamiento” de la sociedad a que hacía mención el genocida Videla en su confesión a un periodista.
Los que creen que nos salvaron del comunismo.
Los que fueron ejecutores del “disciplinamiento” de la sociedad a que hacía mención el genocida Videla en su confesión a un periodista.
Ése es el miedo.
Ni mi mujer ni sus amigas, incluso algunas más a las que entonces fueron a buscar a sus casas esas mismas noches pero sus padres las habían sacado del país, por el terror en que se vivía, tuvieron actividad política ni militancia alguna. Jamás.
Siempre fueron maestras.
Algunas ejercieron otras profesiones.
Ninguna recibió su diploma de maestra. JAMÁS.
Aunque pudieron trabajar en la profesión, no tienen su diploma, como corresponde.
La constante en ellas siempre fue el miedo. Secreto, persistente.
De los dos jueces puestos en la corte por el presidente, podíamos esperarlo. Pero hoy vemos la voltereta ideológica de Elena Highton en su fallo, que permite tratar a los genocidas presos por delitos de lesa humanidad como asesinos comunes, dándoles la chance de salir en libertad en cualquier momento.
Hace 8 o 9 años fallaba lo opuesto en otra causa.
Hoy vuelvo a ver su cuerpo torturado por el avance de su enfermedad, un poco más cada día.
Cuerpo torturado…
Pienso en los cuerpos torturados de los que pasaron por el campo de concentración Club Atlético, que, está claro, no era un club como el que Elena Highton disfruta hoy para tomar solcito en el parque mientras lee el diario La Nación.
Allí esos cuerpos eran torturados de infinitas maneras antes de fusilarlos, de tirarlos al río desde aviones, de enterrarlos en fosas comunes, de atarlos vivos y volarlos con explosivos.
Muchos de esos cuerpos ni siquiera fueron encontrados, después de haber sido torturados por la enfermedad de ésta, nuestra sociedad.
Muchos familiares de esos cuerpos destrozados ni siquiera pudieron encontrarlos para llevarles una flor a su sepultura.
No tengo dudas que nuestra sociedad tiene un grave problema con la educación de sus hijos.
De lo que también estoy cada día más convencido, y esta voltereta me lo confirma descarnadamente, es que lo más grave que padecemos es eso que ya no entiendo muy bien porqué llamamos Justicia.
Lo único que me sale en estos momentos que vivimos, es decirle a Elena Highton, a Elenita, como le dicen en el club, Gracias.
Gracias por devolvernos y profundizar la sensación de miedo que siempre, siempre nos acompañará hasta el final.
Gracias por convencerme de dejar de insistirle a mi mujer, como hice a lo largo de estos 40 años, para que siga adelante con la denuncia, para que vaya a declarar. Para que pueda ayudar a otros y ayudarse a ella misma.
Gracias por permitir que cualquiera de estos días, mi mujer o cualquiera de nosotros, se pueda cruzar por la calle con el Turco Julián o alguno de sus secuaces, si aún están con vida.
Su cuerpo cada día empeorará un poco más.
En cambio la conciencia de Elenita seguramente, seguirá en paz.
Ni mi mujer ni sus amigas, incluso algunas más a las que entonces fueron a buscar a sus casas esas mismas noches pero sus padres las habían sacado del país, por el terror en que se vivía, tuvieron actividad política ni militancia alguna. Jamás.
Siempre fueron maestras.
Algunas ejercieron otras profesiones.
Ninguna recibió su diploma de maestra. JAMÁS.
Aunque pudieron trabajar en la profesión, no tienen su diploma, como corresponde.
La constante en ellas siempre fue el miedo. Secreto, persistente.
De los dos jueces puestos en la corte por el presidente, podíamos esperarlo. Pero hoy vemos la voltereta ideológica de Elena Highton en su fallo, que permite tratar a los genocidas presos por delitos de lesa humanidad como asesinos comunes, dándoles la chance de salir en libertad en cualquier momento.
Hace 8 o 9 años fallaba lo opuesto en otra causa.
Hoy vuelvo a ver su cuerpo torturado por el avance de su enfermedad, un poco más cada día.
Cuerpo torturado…
Pienso en los cuerpos torturados de los que pasaron por el campo de concentración Club Atlético, que, está claro, no era un club como el que Elena Highton disfruta hoy para tomar solcito en el parque mientras lee el diario La Nación.
Allí esos cuerpos eran torturados de infinitas maneras antes de fusilarlos, de tirarlos al río desde aviones, de enterrarlos en fosas comunes, de atarlos vivos y volarlos con explosivos.
Muchos de esos cuerpos ni siquiera fueron encontrados, después de haber sido torturados por la enfermedad de ésta, nuestra sociedad.
Muchos familiares de esos cuerpos destrozados ni siquiera pudieron encontrarlos para llevarles una flor a su sepultura.
No tengo dudas que nuestra sociedad tiene un grave problema con la educación de sus hijos.
De lo que también estoy cada día más convencido, y esta voltereta me lo confirma descarnadamente, es que lo más grave que padecemos es eso que ya no entiendo muy bien porqué llamamos Justicia.
Lo único que me sale en estos momentos que vivimos, es decirle a Elena Highton, a Elenita, como le dicen en el club, Gracias.
Gracias por devolvernos y profundizar la sensación de miedo que siempre, siempre nos acompañará hasta el final.
Gracias por convencerme de dejar de insistirle a mi mujer, como hice a lo largo de estos 40 años, para que siga adelante con la denuncia, para que vaya a declarar. Para que pueda ayudar a otros y ayudarse a ella misma.
Gracias por permitir que cualquiera de estos días, mi mujer o cualquiera de nosotros, se pueda cruzar por la calle con el Turco Julián o alguno de sus secuaces, si aún están con vida.
Su cuerpo cada día empeorará un poco más.
En cambio la conciencia de Elenita seguramente, seguirá en paz.
jueves, 4 de mayo de 2017
NO SÉ CÓMO SE HABRÁ LAMADO... - 4..5.17
No sé cómo se habrá llamado, pero tenía cara de Raúl, así, con las cejas pobladas llenas de canas plateadas y los ojos oscuros, un poco opacos, como esos muebles tristes donde las abuelas esconden la vajilla.
Raúl subió al colectivo revolviéndose los bolsillos de la campera vieja. Cuando suspiró, los vidrios cerrados se llenaron de cal y lágrimas, pero nadie se dio cuenta. Sacó la tarjeta, pagó el pasaje y fue a sentarse frente a la nena.
Tampoco sé cómo se habrá llamado la nena, pero tenía cara de Lu, así, cortito, como las antenas de las hormigas que hacen fila en la plaza para llevarse las hojas que se tiran de las ramas cuando es mayo y los chicos salen de la escuela con la bufanda atada al cuello y la escarapela abrazada al guardapolvo.
Raúl se desplomó sobre el asiento y se puso la mochila rosa en las rodillas. Yo escuché cómo las herramientas oxidadas se empujaban ahí adentro. El cling del destornillador contra la cabeza del martillo y el clang de la llave inglesa golpeando el mango del buscapolo hicieron que Lu sacara los ojos del cuaderno gordo y los pusiera sobre el albañil y esa mochila ajada suya. El bolsillo del frente enmarcaba, como una ventanita con cierre, la imagen de la princesa que bailaba el vals con un príncipe, que no era azul, pero casi, porque esa tarde hacía mucho frío.
-¡Mirá, mamá!, exclamó Lu, con la impunidad de la infancia. ¡Tiene una mochila de nena!
Raúl bajó la vista y las pupilas se le llenaron de los corazones rojos y púrpuras que flotaban sobre la escena de lona. La mamá de Lu, que tenía cara de Mercedes, así, con rodete tirante y pañuelo de seda, le ordenó que hiciera silencio, que no fuera maleducada, que el señor se iba a enojar.
-¡Pero esta mochila no es de nena!, dijo Raúl, y en el colectivo todos hicimos silencio. Creo que hasta el motor dejó de rugir y el ripio bajo las ruedas ya no crujió tanto.- ¡Esta es una mochila de nene! ¡Mirá! ¿No ves que tiene un príncipe?
-¡Pero tiene corazones!, protestó Lu.
-Sí, porque el príncipe está enamorado, ¿no ves como la mira a la princesa?
-¡Pero es rosa!
-Sí, como la camiseta de Boca, explicó Raúl, con una paciencia que le costaba demasiado después de haberse pasado el lunes revocando las paredes de una casa que jamás sería suya.
-Bueno, entonces sí, dijo Lu, y volvió a mirar el cuaderno gordo.
Mercedes y Raúl cruzaron una mirada cómplice y se sonrieron. Yo también sonreí, pero ellos no me vieron. Sonreí consciente de la sabiduría de ese hombre misterioso con cara de Raúl. Sonreí porque también hay príncipes rosa. Sonreí celebrando que aquella tarde, Lu hubiese aprendido algo que nunca se escribe en ningún cuaderno gordo.
Raúl subió al colectivo revolviéndose los bolsillos de la campera vieja. Cuando suspiró, los vidrios cerrados se llenaron de cal y lágrimas, pero nadie se dio cuenta. Sacó la tarjeta, pagó el pasaje y fue a sentarse frente a la nena.
Tampoco sé cómo se habrá llamado la nena, pero tenía cara de Lu, así, cortito, como las antenas de las hormigas que hacen fila en la plaza para llevarse las hojas que se tiran de las ramas cuando es mayo y los chicos salen de la escuela con la bufanda atada al cuello y la escarapela abrazada al guardapolvo.
Raúl se desplomó sobre el asiento y se puso la mochila rosa en las rodillas. Yo escuché cómo las herramientas oxidadas se empujaban ahí adentro. El cling del destornillador contra la cabeza del martillo y el clang de la llave inglesa golpeando el mango del buscapolo hicieron que Lu sacara los ojos del cuaderno gordo y los pusiera sobre el albañil y esa mochila ajada suya. El bolsillo del frente enmarcaba, como una ventanita con cierre, la imagen de la princesa que bailaba el vals con un príncipe, que no era azul, pero casi, porque esa tarde hacía mucho frío.
-¡Mirá, mamá!, exclamó Lu, con la impunidad de la infancia. ¡Tiene una mochila de nena!
Raúl bajó la vista y las pupilas se le llenaron de los corazones rojos y púrpuras que flotaban sobre la escena de lona. La mamá de Lu, que tenía cara de Mercedes, así, con rodete tirante y pañuelo de seda, le ordenó que hiciera silencio, que no fuera maleducada, que el señor se iba a enojar.
-¡Pero esta mochila no es de nena!, dijo Raúl, y en el colectivo todos hicimos silencio. Creo que hasta el motor dejó de rugir y el ripio bajo las ruedas ya no crujió tanto.- ¡Esta es una mochila de nene! ¡Mirá! ¿No ves que tiene un príncipe?
-¡Pero tiene corazones!, protestó Lu.
-Sí, porque el príncipe está enamorado, ¿no ves como la mira a la princesa?
-¡Pero es rosa!
-Sí, como la camiseta de Boca, explicó Raúl, con una paciencia que le costaba demasiado después de haberse pasado el lunes revocando las paredes de una casa que jamás sería suya.
-Bueno, entonces sí, dijo Lu, y volvió a mirar el cuaderno gordo.
Mercedes y Raúl cruzaron una mirada cómplice y se sonrieron. Yo también sonreí, pero ellos no me vieron. Sonreí consciente de la sabiduría de ese hombre misterioso con cara de Raúl. Sonreí porque también hay príncipes rosa. Sonreí celebrando que aquella tarde, Lu hubiese aprendido algo que nunca se escribe en ningún cuaderno gordo.
Épica Urbana
UNA HISTORIA DE ESPAÑA LXXXIV, de Arturo Pérez Reverte - 1.5.17
Nacionalcatolicismo, es la palabra.
Lo que define el ambiente.
La piedra angular de Pedro fue el otro pilar, Ejército y Falange aparte, sobre el que Franco edificó el negocio.
La Iglesia Católica había pagado un precio muy alto durante la República y la guerra civil, con iglesias incendiadas y centenares de sacerdotes y religiosos asesinados sin otro motivo que serlo; y su apoyo (excepto del de algunos curas vascos o catalanes, que fueron reprimidos, encarcelados y hasta fusilados discretamente, en algunos casos) había sido decisivo en lo que el bando nacional llamó cruzada antimarxista.
Así que era momento de compensar las cosas, confiando a la única y verdadera religión la labor de pastorear a las descarriadas ovejas.
Se abolieron el divorcio y el matrimonio civil, se penalizó duramente el aborto y se ordenó la estricta separación de sexos en las escuelas.
Sociedad, moral, costumbres, espectáculos, educación escolar, todo fue puesto bajo el ojo vigilante del clero, que en los primeros tiempos – esas fotos da vergüenza verlas – incluía a los obispos saludando al Caudillo, brazo en alto, a la puerta de las iglesias.
Hubo, justo es reconocerlo, prelados y sacerdotes que no tragaron del todo; pero la tendencia general fue de sumisión y aplauso al régimen a cambio de control escolar y social, privilegios ciudadanos, apoyo a los seminarios –el hambre y el ambiente suscitaron numerosas vocaciones–, misiones evangelizadoras, sostén económico y exenciones tributarias. Que no era grano de anís, y en la práctica un sacerdote mandaba más que un general (como dice mi compadre Juan Eslava Galán, «ser cura era la hostia»).
Además, las organizaciones católicas seglares, tipo Acción Católica, Hijos de María y cosas así, constituían un cauce conveniente para que se desarrollara, bajo el debido control eclesiástico y político, una cierta participación en asuntos públicos; o sea, una especie de válvula de escape para quienes no podían expresar sus inquietudes sociales mediante la actividad política o sindical tradicionales, abolidas desde el fin de la guerra.
El resultado de todo ese rociamiento general con agua bendita fue que la Iglesia Católica se envalentonó hasta extremos inauditos: duras pastorales contra los bailes agarrados, que eran invento del demonio, contra los trajes de baño y contra todo aquello que pudiera albergar o despertar pecaminosas intenciones.
La obsesión por la vestimenta se tornó enfermiza, la censura se volvió omnipresente, lo del cine para mayores con reparos ya fue de traca, y los textos eclesiásticos de la época, con sus recomendaciones y prohibiciones morales, conforman todavía hoy una grotesca literatura donde la estupidez, el fanatismo y la perversión de mentes enfermas de hipocresía y vileza llegó a extremos nunca vistos desde hacía siglos: «El baile atenta contra la Patria, que no puede ser grande y fuerte con una generación afeminada y corrompida», afirmaba, por ejemplo, el obispo de Ibiza; mientras el arzobispo de Sevilla remataba la faena calificando lo de agarrarse con música como «tortura de confesores y feria predilecta de Satanás».
Naturalmente, la gran culpable de todo era la mujer, engendro del demonio, y a mantenerla en el camino de la castidad y la decencia, apartándola del tumulto de la vida para convertirla en ejemplar esposa y madre, se encaminaron los esfuerzos de la Iglesia y el régimen que la amparaba.
Era necesario, según el Fuero del Trabajo, «liberar a la mujer casada del taller y de la fábrica».
Ella, la mujer, era el eje incontestable de la familia cristiana; así que, para devolverla al hogar del que nunca debía haber salido, se anularon las leyes de emancipación de la República, destruyendo todos los derechos civiles, políticos y laborales que la habían liberado de la sumisión al hombre. La independencia de la mujer, su derecho sobre el propio cuerpo, el aborto, la sexualidad en cualquiera de sus manifestaciones, se convirtieron en pecado. Y el pecado se convirtió en delito, literalmente, vía Código Penal.
Había multas y encarcelamientos por «conductas morales inadecuadas»; y a eso hay que añadir, claro, la infame naturaleza de la condición humana, siempre dispuesta a señalar con el dedo, marginar y denunciar –esos piadosos vecinos de entonces, de ahora y de siempre– a las mujeres marcadas por el oprobio y el escándalo (las que, para entendernos, no se ponían el hiyab de entonces, metafóricamente hablando).
Por no mencionar, claro, la sexualidad alternativa o diferente.
Nunca, desde hacía dos o tres siglos, se había perseguido a los homosexuales como se hizo durante aquellos tiempos oscuros del primer franquismo, y aún duró un buen rato.
Nunca la palabra maricón se había pronunciado con tanto desprecio y con tanta saña.
[Continuará]
sábado, 29 de abril de 2017
UN TIPO DURO, de Arturo Pérez Reverte - 9/4/16
Una planta de oncología de un hospital no es el lugar más divertido del mundo.
Sin embargo, el renacuajo está ahí, en su camilla, y las enfermeras y auxiliares sonríen, y a veces hasta sueltan una carcajada.
También ríen otros pacientes. No pueden evitarlo.
Leo tiene cuatro años y sobre el pijama lleva puesto un traje de espadachín, con capa, sombrero y espada de plástico. Una vez más, otro día de los pocos que hasta hoy ha vivido, el enano aguanta estoicamente las siete horas periódicas de quimio y radioterapia mientras espera -su familia y los médicos, en realidad, son quienes lo esperan- encontrar a un donante con una médula compatible.
El crío no para en la camilla.
Blande en alto la espada una y otra vez tirando ágiles estocadas al aire. Luchando contra enemigos imaginarios, o no tanto.
Batiéndose contra el cáncer.
Y a cada momento, como un mantra, una y otra vez, repite algo que -es demasiado joven para haberlo leído- alguien, un familiar, una enfermera, ha debido decirle:
«No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente».
A su lado están sus abuelos. Una pareja encantadora de médicos, que cuentan la historia de Leo.
A su lado están sus abuelos. Una pareja encantadora de médicos, que cuentan la historia de Leo.
Un bebé prematuro de veintitrés semanas que logró sobrevivir peleando por su vida como un minúsculo jabato. Abandonado por su madre, una cría de 17 años a la que le gustaba coquetear peligrosamente con el alcohol, las drogas y los chicos, embarazada sin saber de quién. Incapaz de soportar la responsabilidad de ser madre soltera, en cuanto se recuperó del parto puso pies en polvorosa.
Hasta hoy. No se ha vuelto a saber de ella.
Tampoco es que sus padres la echen de menos. Los dos coinciden en afirmar que lo mejor de sus vidas es su nieto. Ese pequeño Alatriste que blande su espada de plástico en la camilla.
Leo.
Y son ellos, Carmen y Michael, los abuelos, quienes cuentan despacio, sonriendo con frecuencia, la heroica biografía del diminuto espadachín.
Y son ellos, Carmen y Michael, los abuelos, quienes cuentan despacio, sonriendo con frecuencia, la heroica biografía del diminuto espadachín.
Leo es un niño superdotado, que va a un centro educativo especial para niños como él. Asiste allí con puntualidad, menos cuando, como ahora, el intenso tratamiento médico lo deja hecho polvo.
Y no es que carezca de fuerza de voluntad, sino al contrario. Nadie más vital, con más energía. Con más ilusión por ver, por conocer, por mirar. Por vivir.
A los cuatro años de edad lee perfectamente, pues aprendió él solo antes de cumplir los tres. Tiene un vocabulario riquísimo y su sintaxis es perfecta.
Habla el inglés con tanta naturalidad como el castellano, y entiende el francés.
Le encantan los libros, hasta el punto de que es un lector rápido, inteligente y voraz.
Y su bici. Y su monopatín. Y dibujar.
También le gusta hacer chapuzas de bricolaje con su abuelo. Y adora la música, hasta el punto de que está aprendiendo a tocar la guitarra y la batería.
Por no hablar de la naturaleza y los animales, claro.
Su sueño es tener un burrito que se llame Platero, como el del libro que leyó hace poco.
De momento tiene un perro, tres gatos y una iguana.
No siempre va todo bien en el tratamiento.
No siempre va todo bien en el tratamiento.
Leo está demacrado. Ha perdido peso, tiene vómitos y náuseas. Le han salido llagas en la boca. El impacto químico y radiológico es duro, pero también él lo es.
A cada momento, en cada detalle, en cada gesto, aflora su instinto de supervivencia.
Siempre que va al hospital pide que le pongan el traje de Alatriste, aunque a veces insiste en llevar debajo una camiseta del amor de su vida, su chica: Lisa Simpson.
«Es la niña más lista del mundo -afirma rotundo mientras le brillan los ojos-. Y la más guapa. No es como otras nenazas, que sólo saben llorar».
Y luego, volviendo a su espada, repite de nuevo:
«No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente», hasta que se queda dormido.
Clara, una chica que asiste como voluntaria, le lleva un libro del capitán Alatriste.
Clara, una chica que asiste como voluntaria, le lleva un libro del capitán Alatriste.
Y al despertar hojean unas páginas juntos.
«Genial», dice Leo, al reconocer la primera frase.
Y al cabo de un rato, con la espada en las manos, se duerme otra vez.
El duro descanso del guerrero, a la espera del siguiente combate por la vida.
Le quedan dos meses de tratamiento, y después deberá recuperarse, a la espera de un donante; de la médula anónima que lo salvará.
Ahora está tan débil que un simple resfriado podría matarlo. Es difícil predecir si vivirá o no.
Saber si dentro de unos años, lejos ya de este campo de batalla, será el hombre más honesto o el más piadoso.
Pero de lo que no cabe duda es de que es un niño valiente.
martes, 18 de abril de 2017
UNA HISTORIA DE ESPAÑA, de Arturo Pérez Reverte - 10/8/15
Pues ahí estábamos, dándonos otra vez palos entre nosotros para no faltar a la costumbre, en plena primera guerra carlista. En la que, para rizar nuestro propio rizo histórico de disparates, se daba una curiosa paradoja: el pretendiente don Carlos, que era muy de misa de ocho y pretendía imponer en España un régimen absolutista y centralista, era apoyado sobre todo por navarros, vascos y catalanes, allí donde el celo por los privilegios forales y la autonomía política y económica, diciéndolo en moderno, era más fuerte.
[Continuará]
O sea, que la mayor parte de las tropas carlistas, con tal de reventar al gobierno liberal de Madrid, luchaba apoyando a un rey que, cuando reinara, si era fiel a sí mismo, les iba a meter los fueros por el ojete.
Pero la lógica, la coherencia y otras cosas relacionadas con la palabra pensar, como vimos en los capítulos anteriores de esta bonita y edificante historia, siempre fueron inusuales aquí.
Lo importante era ajustar cuentas; que sigue siendo, con guerras civiles o sin ellas, con escopeta o con pase usted primero, nuestro deporte nacional. Y a ello se dedicaron unos y otros, carlistas y liberales, con el entusiasmo que para esas cosas, fútbol aparte, solemos desplegar los españoles.
Todo empezó como sublevación y guerrillas - había mucha práctica desde la guerra contra Napoleón-, y luego se formaron ejércitos organizando las partidas dispersas, con los generales carlistas Zumalacárregui en el norte y Cabrera en Aragón y Cataluña.
El campo solía ser de ellos; pero las ciudades, donde estaba la burguesía con pasta y la gente más abierta de mollera, permanecieron fieles a la jovencita Isabel II y al liberalismo. Al futuro, dentro de lo que cabe, o lo que parecía iba a serlo. Don Carlos, que necesitaba una ciudad para capital de lo suyo, estaba obsesionado con tomar Bilbao; pero la ciudad resistió y Zumalacárregui murió durante el asedio, convirtiéndose en héroe difunto por excelencia.
En cuanto al otro héroe, Cabrera, lo apodaban el tigre del Maestrazgo, con lo que está dicho todo: era una verdadera mala bestia.
Y cuando los gubernamentales - porque escabechando gente eran tan malas bestias unos como otros - fusilaron a su madre, él puso en el paredón a las mujeres de varios oficiales enemigos, y luego se fumó un puro. La criatura.
Ése era el tono general del asunto, vamos, el estilo de la cosa, represalia sobre represalia, tan español todo que hasta lo hace a uno sonreír de ternura patria (a quien le apetezca ver imágenes de esa guerra, que teclee en Internet y busque los cuadros de Ferrer-Dalmau, que tiene un montón de ellos sobre episodios bélicos carlistas).
No podían faltar, por otra parte, las potencias extranjeras mojando pan en la salsa y fumándose nuestro tabaco: al pretendiente don Carlos, como es lógico, lo apoyaron los países más carcas y autoritarios de Europa, que eran Rusia, Prusia y Austria; y al gobierno liberal cristino, que luego fue de Isabel II, lo respaldaron, incluso con tropas, Portugal, Inglaterra y Francia.
Como detalle folklórico bonito podemos señalar que cada vez que los carlistas trincaban vivo a un extranjero que luchaba junto a los liberales, o viceversa los del otro bando, lo ponían mirando a Triana.
Eso suscitó protestas diplomáticas, sobre todo de los ingleses, siempre tan susceptibles cuando los matan a ellos; aunque ya pueden imaginar por dónde se pasaban aquí las protestas, en un país del que Richard Ford, hablando precisamente de la guerra carlista, había escrito:
«Los españoles han sido siempre muy crueles. Marcial los llamaba salvajes. Aníbal, que no era tan benigno, ferocísimos»;
añadiendo, para dejar más nítida la cosa:
«Cada vez que parece que pudiera ocurrir algo inusual, los españoles matan a sus prisioneros. A eso lo llaman asegurar los prisioneros».
Y, bueno.
Fue en ese delicioso ambiente como transcurrieron, no una, sino tres guerras carlistas que marcarían, y no para bien, la vida política española del resto de ese siglo y parte del siguiente.
La primera acabó después de que el general liberal Espartero venciera en la batalla de Luchana, a lo que siguió el llamado abrazo de Vergara, cuando él y el carlista Maroto se besaron con lengua y pelillos a la mar, compadre, vamos a llevarnos bien y qué hay de lo mío.
La segunda, más suave, vino luego, cuando fracasó el intento de casar a Isabelita II con su primo el hijo de don Carlos.
Y la tercera, gorda otra vez, estalló más tarde, en 1872, cuando la caída de Isabel II, la revolución y tal.
Pero antes ocurrieron cosas que contaremos en el siguiente capítulo. Entre ellas, una fundamental: las guerras carlistas llevaron a los militares que las habían peleado a intervenir mucho en política.
Y como escribió Larra, que tenía buen ojo, «Dios nos libre de caer en manos de héroes».
[Continuará]
AHORA, de Ismael Serrano
Ahora que la adolescencia es un septiembre lejano,
humo de cerveza en un portal, un verano inacabado.
Algunos años en la Facultad de Ciencias,
papeles escritos, ron de Cuba, hojas de hierba.
Un tren dormido en una vía muerta,
la luz de la ventana azul que siempre estaba abierta.
Ahora que quedan tan lejos las playas de Corfú,
las estaciones de trenes de Praga, Hamburgo o Estambul.
Los viajes que trajeron a otros vistiendo nuestros cuerpos,
la luz de una cafetería, los amores conversos.
Ahora que te cansas y las piscinas cierran,
y apura el último baño la luz de las estrellas.
Ahora que regreso a los lugares
adonde quise huir y nadie me espera allí.Ahora que casi llego a fin de mes,
humo de cerveza en un portal, un verano inacabado.
Algunos años en la Facultad de Ciencias,
papeles escritos, ron de Cuba, hojas de hierba.
Un tren dormido en una vía muerta,
la luz de la ventana azul que siempre estaba abierta.
Ahora que quedan tan lejos las playas de Corfú,
las estaciones de trenes de Praga, Hamburgo o Estambul.
Los viajes que trajeron a otros vistiendo nuestros cuerpos,
la luz de una cafetería, los amores conversos.
Ahora que te cansas y las piscinas cierran,
y apura el último baño la luz de las estrellas.
Ahora que regreso a los lugares
adonde quise huir y nadie me espera allí.Ahora que casi llego a fin de mes,
que amo a una mujer. Que amo a una mujer.
Ahora que pago las facturas, que me besé en La Habana,
que sueño con Lacandona, que ya no escribo cartas.
Que cumplimos más años que promesas,
que se hunden nuestros corazones como la vieja Venecia.
Que llego tarde a los cines y al fin del planeta,
que alquilo un pequeño piso en un castillo de arena.
Ahora que duelen las resacas y cortan como una navaja.
Ahora que nadie nos saluda por los bares de Malasaña.
Que pido auxilio, besos y comida por teléfono,
que fumo flores y lloro a veces mientras duermo.
Ahora que tiemblo como un niño abandonado.
Ahora que viejos amigos nos han traicionado.
Ahora es el momento de volver a empezar,
que empiece el carnaval.
La orgía en el Palacio de Invierno,
de banderas y besos.
Se cayeron mis alas y yo no me rendí,
así que ven aquí, brindemos.
Que hoy es siempre todavía.
Que nunca me gustaron las despedidas.
Ahora que pago las facturas, que me besé en La Habana,
que sueño con Lacandona, que ya no escribo cartas.
Que cumplimos más años que promesas,
que se hunden nuestros corazones como la vieja Venecia.
Que llego tarde a los cines y al fin del planeta,
que alquilo un pequeño piso en un castillo de arena.
Ahora que duelen las resacas y cortan como una navaja.
Ahora que nadie nos saluda por los bares de Malasaña.
Que pido auxilio, besos y comida por teléfono,
que fumo flores y lloro a veces mientras duermo.
Ahora que tiemblo como un niño abandonado.
Ahora que viejos amigos nos han traicionado.
Ahora es el momento de volver a empezar,
que empiece el carnaval.
La orgía en el Palacio de Invierno,
de banderas y besos.
Se cayeron mis alas y yo no me rendí,
así que ven aquí, brindemos.
Que hoy es siempre todavía.
Que nunca me gustaron las despedidas.
LAS HIJAS DE MOHAMED, de Arturo Pérez Reverte
Mohamed es camarero en un lugar que frecuento hace años.
Es marroquí de Casablanca: moro, dice él sin complejo ninguno.
Con orgullo, incluso.
Moro de la morería, ríe cuando hablamos; como aquellos que hace siglos, comenta y sigue riendo, os tuvimos puteados a los españoles; entre otras cosas porque, después de ochocientos años aquí, también éramos españoles.
Ojo con eso.
Mohamed lo dice así y ríe todo el rato, porque es un tipo simpático. Un amigo inteligente y laborioso. Trabaja sin descanso desde la mañana hasta la tarde, pero nunca ha tenido un mal gesto ni una mala palabra. Para nadie.
Es un profesional de confianza, altamente cualificado, al que todos aprecian y respetan.
Cuando estamos tranquilos se niega a cobrarme la copa de vino, así que suelo pedírsela a uno de sus compañeros para que me dejen pagarlo. Pero Mohamed, siempre atento, le echa la bronca al colega.
Aquí manda el moro, dice. Y vuelve a reír, disfrutando la cosa.
Siempre nos saludamos con Salam Aleikum y algunas frases que aún recuerdo de su lengua.
Mohamed es de esos tipos a los que, si yo fuera millonetis, me llevaría a casa para que se ocupara de todo. Lo contrataría, pagándole un pastón.
Cuando estoy con él, a menudo pasa a este lado de la barra y charlamos un rato. Me habla mucho de su familia, de su vida en España.
Ya soy español de pleno derecho, me dijo hace tiempo. Con todo en regla. Lo contó orgulloso, feliz, dándome una palmada en la espalda, seguro de que yo me alegraba de escuchar aquello. Y así era, pues, como la mayor parte de los marroquíes que conozco, y son muchos, Mohamed es un hombre valiente, digno y tenaz.
Cruzó el Estrecho a los quince años, con menos papeles que un conejo de monte, resuelto a buscarse una vida mejor. Y trabajó muy duro para eso. Para tener un curro decente, un salario decoroso, una casa adecuada.
Para ser respetable y respetado.
En vísperas del último Ramadán, Mohamed me contó que se iba de vacaciones a Casablanca con su mujer y sus hijas, a ver a la familia. A pasar allí las fiestas.
Le tomé el pelo un rato, preguntándole si iría al estilo tradicional, con el coche cargado de equipaje cubierto con plástico azul y las crías pidiéndole parar en cada área de descanso para hacer pipí.
No, hombre, respondió. Voy en avión, como debe ser. No seas cabrón, Reverte.
Y luego me puso otro vino.
Hablamos de esos días en su tierra, del ayuno y la comida de noche, de la deliciosa y nutritiva herira, del ambiente estupendo que hay en las calles; un ambiente que conozco bien, pues lo viví muchas veces cuando era reportero dicharachero de Barrio Sésamo, y tengo muchos ramadanes felices en la memoria.
Mohamed se enternecía hablando de eso, de su ciudad, de su barrio, de su familia.
En España habéis perdido esa idea de la familia, dijo con orgullo: todos los abuelos, tíos y primos juntos, conociéndose, visitándose, ayudándose. Celebrando lo bueno y doliéndose de lo malo.
Os envidio, dije un par de veces, escuchándolo. Y él sonreía, bonachón. Como dándome el pésame.
Está bien que lleves a tus hijas, añadí, para que no pierdan el recuerdo de la familia. Dentro de veinte o treinta años, tal vez ni siquiera en Marruecos las cosas sean así.
Todo se pierde al fin, amigo mío. Todo cambia.
En ese momento me interesé por sus hijas. ¿Llevan hiyab?, quise saber. Son muy pequeñas, respondió.
Pregunté si lo llevarían cuando crecieran, y Mohamed se puso serio un instante, me miró y encogió los hombros con una mezcla de fatalismo y orgullo. No dijo nada, pero lo conozco bien y supe qué decía aquella mirada. La sonrisa que retornaba despacio a su boca.
De vosotros depende, era la respuesta. De que vosotros, europeos, hagáis necesario, o no, ese pañuelo en la cabeza de mis hijas.
De que nos protejáis con firmeza frente a los que lo exigen en nombre de Dios; pero también, por otra parte, tengáis la inteligencia precisa para que mis hijas, en este Occidente que a menudo no sabe lo que quiere, no se vean obligadas a recurrir a ese pañuelo como símbolo de dignidad, de independencia y de orgullo.
Dadles motivos para no llevarlo. Convencedlas, con inteligencia y respeto, de que su identidad debe integrarse en la de todos, sin renunciar por eso a lo que son, a lo que soy, a lo que somos. Persuadidlas de que un compañero de colegio, un vecino, un novio no musulmán, también pueden ser una familia.
Un futuro.
Eso dijeron el silencio, primero, y luego la sonrisa suave de Mohamed.
Después me puso delante otra copa de vino; y, como él no bebe alcohol, porque es buen creyente, me apoyó a modo de brindis una mano en el hombro…
Es marroquí de Casablanca: moro, dice él sin complejo ninguno.
Con orgullo, incluso.
Moro de la morería, ríe cuando hablamos; como aquellos que hace siglos, comenta y sigue riendo, os tuvimos puteados a los españoles; entre otras cosas porque, después de ochocientos años aquí, también éramos españoles.
Ojo con eso.
Mohamed lo dice así y ríe todo el rato, porque es un tipo simpático. Un amigo inteligente y laborioso. Trabaja sin descanso desde la mañana hasta la tarde, pero nunca ha tenido un mal gesto ni una mala palabra. Para nadie.
Es un profesional de confianza, altamente cualificado, al que todos aprecian y respetan.
Cuando estamos tranquilos se niega a cobrarme la copa de vino, así que suelo pedírsela a uno de sus compañeros para que me dejen pagarlo. Pero Mohamed, siempre atento, le echa la bronca al colega.
Aquí manda el moro, dice. Y vuelve a reír, disfrutando la cosa.
Siempre nos saludamos con Salam Aleikum y algunas frases que aún recuerdo de su lengua.
Mohamed es de esos tipos a los que, si yo fuera millonetis, me llevaría a casa para que se ocupara de todo. Lo contrataría, pagándole un pastón.
Cuando estoy con él, a menudo pasa a este lado de la barra y charlamos un rato. Me habla mucho de su familia, de su vida en España.
Ya soy español de pleno derecho, me dijo hace tiempo. Con todo en regla. Lo contó orgulloso, feliz, dándome una palmada en la espalda, seguro de que yo me alegraba de escuchar aquello. Y así era, pues, como la mayor parte de los marroquíes que conozco, y son muchos, Mohamed es un hombre valiente, digno y tenaz.
Cruzó el Estrecho a los quince años, con menos papeles que un conejo de monte, resuelto a buscarse una vida mejor. Y trabajó muy duro para eso. Para tener un curro decente, un salario decoroso, una casa adecuada.
Para ser respetable y respetado.
En vísperas del último Ramadán, Mohamed me contó que se iba de vacaciones a Casablanca con su mujer y sus hijas, a ver a la familia. A pasar allí las fiestas.
Le tomé el pelo un rato, preguntándole si iría al estilo tradicional, con el coche cargado de equipaje cubierto con plástico azul y las crías pidiéndole parar en cada área de descanso para hacer pipí.
No, hombre, respondió. Voy en avión, como debe ser. No seas cabrón, Reverte.
Y luego me puso otro vino.
Hablamos de esos días en su tierra, del ayuno y la comida de noche, de la deliciosa y nutritiva herira, del ambiente estupendo que hay en las calles; un ambiente que conozco bien, pues lo viví muchas veces cuando era reportero dicharachero de Barrio Sésamo, y tengo muchos ramadanes felices en la memoria.
Mohamed se enternecía hablando de eso, de su ciudad, de su barrio, de su familia.
En España habéis perdido esa idea de la familia, dijo con orgullo: todos los abuelos, tíos y primos juntos, conociéndose, visitándose, ayudándose. Celebrando lo bueno y doliéndose de lo malo.
Os envidio, dije un par de veces, escuchándolo. Y él sonreía, bonachón. Como dándome el pésame.
Está bien que lleves a tus hijas, añadí, para que no pierdan el recuerdo de la familia. Dentro de veinte o treinta años, tal vez ni siquiera en Marruecos las cosas sean así.
Todo se pierde al fin, amigo mío. Todo cambia.
En ese momento me interesé por sus hijas. ¿Llevan hiyab?, quise saber. Son muy pequeñas, respondió.
Pregunté si lo llevarían cuando crecieran, y Mohamed se puso serio un instante, me miró y encogió los hombros con una mezcla de fatalismo y orgullo. No dijo nada, pero lo conozco bien y supe qué decía aquella mirada. La sonrisa que retornaba despacio a su boca.
De vosotros depende, era la respuesta. De que vosotros, europeos, hagáis necesario, o no, ese pañuelo en la cabeza de mis hijas.
De que nos protejáis con firmeza frente a los que lo exigen en nombre de Dios; pero también, por otra parte, tengáis la inteligencia precisa para que mis hijas, en este Occidente que a menudo no sabe lo que quiere, no se vean obligadas a recurrir a ese pañuelo como símbolo de dignidad, de independencia y de orgullo.
Dadles motivos para no llevarlo. Convencedlas, con inteligencia y respeto, de que su identidad debe integrarse en la de todos, sin renunciar por eso a lo que son, a lo que soy, a lo que somos. Persuadidlas de que un compañero de colegio, un vecino, un novio no musulmán, también pueden ser una familia.
Un futuro.
Eso dijeron el silencio, primero, y luego la sonrisa suave de Mohamed.
Después me puso delante otra copa de vino; y, como él no bebe alcohol, porque es buen creyente, me apoyó a modo de brindis una mano en el hombro…
UNA HISTORIA DE ESPAÑA (XLVIII), de Arturo Pérez Reverte - 27/7/15
Las guerras carlistas fueron tres, a lo largo del siglo XIX, y dejaron a España a punto de caramelo para una especie de cuarta guerra carlista, llevada luego más al extremo y a lo bestia, que sería la de 1936 (y también para el sucio intento de una quinta, el terrorismo de ETA del siglo XX, en el que para cierta estúpida clase de vascos y vascas, clero incluido, Santi Potros, Pakito, Josu Ternera y demás chusma asesina serían generales carlistas reencarnados).
De todo eso iremos hablando cuando toque, porque de momento estamos en 1833, empezando la cosa, cuando en torno al pretendiente don Carlos se agruparon los partidarios del trono y el altar, los contrarios a la separación Iglesia-Estado, los que estaban hasta el cimbel de que los crujieran a impuestos y los que, sobre todo en el País Vasco, Navarra, Aragón y Cataluña, querían recobrar los privilegios forales suprimidos por Felipe V: el norte de España más o menos hasta Valencia, aunque las ciudades siguieron siendo liberales.
El movimiento insurreccional arraigó sobre todo en el medio rural, entre pequeños propietarios arruinados y campesinos analfabetos, fáciles de llevar al huerto con el concurso del clero local, los curas de pueblo que cada domingo subían al púlpito para poner a parir a los progres de Madrid:
«Hablad en vasco - decían, y no recuerdo ahora si el testimonio es de Baroja o de Unamuno -, que el castellano es la lengua de los liberales y del demonio».
Con lo que pueden imaginarse la peña y el panorama. La finura ideológica.
En el otro bando, cerca de la regente Cristina y de su niña Isabelita, que tantas horas de gloria privada y pública iba a darnos pronto, se situaban, en general, los políticos progresistas y liberales, los altos mandos militares, la burguesía urbana y los partidarios de la industrialización, el progreso social y la modernidad.
O sea, el comercio, los sables y el dinero.
Y también - nunca hay que poner todos los huevos en el mismo cesto - algunas altas jerarquías de la Iglesia católica situadas cerca de los núcleos de poder del Estado; que aunque de corazón estaban más con los de Dios, Patria y Rey, tampoco veían con buenos ojos a aquellos humildes párrocos broncos y sin afeitar: esos curas trabucaires que, sin el menor complejo, se echaban al monte con boina roja, animaban a fusilar liberales y se pasaban por el prepucio las mansas exhortaciones pastorales de sus obispos - lo que igual a ustedes les suena a reciente.
El caso es que la sublevación carlista, léase (simplificando la cosa, claro, esto no es más que un artículo de folio y medio) campo contra ciudad, fueros contra centralismo, tradición frente a modernidad, meapilas contra liberales y otros etcéteras, acabaría siendo un desparrame sanguinario a nuestro clásico estilo, donde las dos Españas, unidas en la vieja España de toda la vida, la de la violencia, la delación, el odio y la represalia infame, estallaron y ajustaron cuentas sin distinción de bandos en lo que a vileza e hijoputez se refiere, fusilándose incluso a madres, esposas e hijos de los militares enemigos; mientras que por arriba, como ocurre siempre, alrededor de don Carlos, de la regente y la futura Isabel II, unos y otros, generales y políticos con boina o sin ella, disfrazaban el mismo objetivo: hacerse con el poder y establecer un despotismo hipócrita que sometiera a los españoles a los mismos caciques de toda la vida. A los trincones y mangantes enquistados en nuestro tuétano desde que el cabo de la Nao era soldado raso.
Lo expresaba muy bien Galdós en uno de sus Episodios Nacionales:
«La pobre y asendereada España continuaría su desabrida historia dedicándose a cambiar de pescuezo, en los diferentes perros, los mismos dorados collares». En fin.
Como lo de los carlistas fue muy importante en nuestra historia, el desarrollo de la cosa militar, Zumalacárregui, Cabrera, Espartero y compañía, lo dejaremos para otro capítulo.
De momento recurramos a un escritor que también trató el asunto, Pío Baroja, que era vasco y cuya simpatía por los carlistas puede resumirse en dos citas:
«El carlista es un animal de cresta colorada que habita el monte y que de vez en cuando baja al llano al grito de ¡rediós!, atacando al hombre».
Y la otra:
«El carlismo se cura leyendo, y el nacionalismo, viajando».
Un tercer aserto vale para ambos bandos:
«Europa acaba en los Pirineos».
Con tales antecedentes, se comprende que en el 36 Baroja tuviera que refugiarse en Francia, huyendo de los carlistas que querían agradecerle las citas; aunque, de haber estado en zona republicana, el tiro se lo habrían pegado los otros.
Detalle también muy español: como criticaba por igual a unos y a otros, era intensamente odiado por unos y por otros.
[Continuará]
De todo eso iremos hablando cuando toque, porque de momento estamos en 1833, empezando la cosa, cuando en torno al pretendiente don Carlos se agruparon los partidarios del trono y el altar, los contrarios a la separación Iglesia-Estado, los que estaban hasta el cimbel de que los crujieran a impuestos y los que, sobre todo en el País Vasco, Navarra, Aragón y Cataluña, querían recobrar los privilegios forales suprimidos por Felipe V: el norte de España más o menos hasta Valencia, aunque las ciudades siguieron siendo liberales.
El movimiento insurreccional arraigó sobre todo en el medio rural, entre pequeños propietarios arruinados y campesinos analfabetos, fáciles de llevar al huerto con el concurso del clero local, los curas de pueblo que cada domingo subían al púlpito para poner a parir a los progres de Madrid:
«Hablad en vasco - decían, y no recuerdo ahora si el testimonio es de Baroja o de Unamuno -, que el castellano es la lengua de los liberales y del demonio».
Con lo que pueden imaginarse la peña y el panorama. La finura ideológica.
En el otro bando, cerca de la regente Cristina y de su niña Isabelita, que tantas horas de gloria privada y pública iba a darnos pronto, se situaban, en general, los políticos progresistas y liberales, los altos mandos militares, la burguesía urbana y los partidarios de la industrialización, el progreso social y la modernidad.
O sea, el comercio, los sables y el dinero.
Y también - nunca hay que poner todos los huevos en el mismo cesto - algunas altas jerarquías de la Iglesia católica situadas cerca de los núcleos de poder del Estado; que aunque de corazón estaban más con los de Dios, Patria y Rey, tampoco veían con buenos ojos a aquellos humildes párrocos broncos y sin afeitar: esos curas trabucaires que, sin el menor complejo, se echaban al monte con boina roja, animaban a fusilar liberales y se pasaban por el prepucio las mansas exhortaciones pastorales de sus obispos - lo que igual a ustedes les suena a reciente.
El caso es que la sublevación carlista, léase (simplificando la cosa, claro, esto no es más que un artículo de folio y medio) campo contra ciudad, fueros contra centralismo, tradición frente a modernidad, meapilas contra liberales y otros etcéteras, acabaría siendo un desparrame sanguinario a nuestro clásico estilo, donde las dos Españas, unidas en la vieja España de toda la vida, la de la violencia, la delación, el odio y la represalia infame, estallaron y ajustaron cuentas sin distinción de bandos en lo que a vileza e hijoputez se refiere, fusilándose incluso a madres, esposas e hijos de los militares enemigos; mientras que por arriba, como ocurre siempre, alrededor de don Carlos, de la regente y la futura Isabel II, unos y otros, generales y políticos con boina o sin ella, disfrazaban el mismo objetivo: hacerse con el poder y establecer un despotismo hipócrita que sometiera a los españoles a los mismos caciques de toda la vida. A los trincones y mangantes enquistados en nuestro tuétano desde que el cabo de la Nao era soldado raso.
Lo expresaba muy bien Galdós en uno de sus Episodios Nacionales:
«La pobre y asendereada España continuaría su desabrida historia dedicándose a cambiar de pescuezo, en los diferentes perros, los mismos dorados collares». En fin.
Como lo de los carlistas fue muy importante en nuestra historia, el desarrollo de la cosa militar, Zumalacárregui, Cabrera, Espartero y compañía, lo dejaremos para otro capítulo.
De momento recurramos a un escritor que también trató el asunto, Pío Baroja, que era vasco y cuya simpatía por los carlistas puede resumirse en dos citas:
«El carlista es un animal de cresta colorada que habita el monte y que de vez en cuando baja al llano al grito de ¡rediós!, atacando al hombre».
Y la otra:
«El carlismo se cura leyendo, y el nacionalismo, viajando».
Un tercer aserto vale para ambos bandos:
«Europa acaba en los Pirineos».
Con tales antecedentes, se comprende que en el 36 Baroja tuviera que refugiarse en Francia, huyendo de los carlistas que querían agradecerle las citas; aunque, de haber estado en zona republicana, el tiro se lo habrían pegado los otros.
Detalle también muy español: como criticaba por igual a unos y a otros, era intensamente odiado por unos y por otros.
[Continuará]
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