lunes, 25 de septiembre de 2017

CRÓNICA DE UN SEMEJANTE, de Hamlet Lima Quintana

"Yo soy un tipo como vos,
trabajo,
me alimento,
sudo un poco,
me dibujo pensamientos en los ojos,
me gusta la mujer,
cuento los hijos,
trabajo un poco más,
ando sin plata".

No sé por qué, desde que desperté esta mañana, estoy pensando eso:

"Yo soy un tipo como vos,
trabajo,
me alimento,
sudo un poco", parece el principio de un poema.
¿Pero cómo sigo?, ¿Qué digo?, ¿Qué tengo que decir?

La hora, se me hace tarde. Todo es un enorme reloj.

Yo le dije a Luisa que vivir en Morón y trabajar en el centro es un infierno, que tendríamos que mudarnos más cerca del trabajo.
Pero se lo dije hace mucho tiempo y se lo repito todos los días.
Y ella me escucha siempre como si fuera la primera vez.Pero, ¿Cómo hará Luisa para inventar tanta ternura todos los días? 
Cuando vuelva le traeré dos rosas.

Sí, ya se querida: que coma bien al mediodía, que no me haga mala sangre, que me estarás esperando todo el día.
Chau, Luisa.

"Yo soy un tipo como vos,
trabajo,
me alimento,
sudo un poco..."...

Este andén está quedando un poco chico
¿Cómo entro ahora al tren si hay gente hasta en la puerta? Un empujón y ya está. Como todos los días.
Vamos todos apretados, todos callados, todos enlatados, todos para adentro.
Pero claro. Tienen razón, sería ridículo entrar y decirle: “Buenos días”, a cada pasajero.
¿Ridículo?, pero hermoso.
En el campo lo hacen.
Quisiera abrir el diario, pero lo tengo debajo del brazo y no lo puedo mover.
Según el reloj del tipo que está tomado de la agarradera, con un poco de suerte voy a llegar a tiempo.
Yo le dije a Luisa que Pepe necesita pantalones y zapatos nuevos. Ya es grande el chico, es un muchachito.
Ella quería comprárselos, pero este mes no se puede. Porque si compramos pantalones y zapatos nuevos, ¿cómo vamos a pagar la luz y el gas?
Pero, ¿cómo hará Luisa para inventar tanta ternura todos los días?
Cuando vuelva, le llevaré dos rosas. Es un buen pensamiento.

- Perdón señor.
- No es nada.
Claro, el tipo tenía que bajar, el piso lleno de pies, alguno tenía que quedar debajo. Esta vez fue el mío.

"El piso lleno de pies,
los espacios llenos de cuerpos,
el aire lleno de caras", así tiene que seguir:
"Yo soy un tipo como vos...
Caigo después en la vereda,
me pisan la cabeza,
no hago caso"...

Yo le dije a Luisa que Perico necesita un sobretodo. Hace frío. El chico tiene frío.
Ella también quería comprárselo, pero este mes tampoco se pudo.
Pero, ¿cómo hará Luisa para inventar tanta ternura todos los días?
Cuando vuelva le llevaré dos rosas. Es un buen pensamiento. Claro que es un buen pensamiento.

Ahora estoy en el Once. A esta hora la cola del 101 es larga, pero con un poco de suerte voy a llegar a tiempo a la oficina.
La oficina, la oficina.
- Pero no, Gordo, ¿De dónde voy a sacar guita para prestarte? Pedir, pedir, siempre pedir.
¿Pedir? A Juan Martín hay que enseñarle a pedir para que Luisa no tenga que lavar tantos pañales.
Pero ¿cómo hará para inventar tanta ternura todos los días?
Cuando vuelva le llevaré dos rosas. Es un buen pensamiento. Aunque a veces me parece que está más cansada que yo.

...que coma bien, que me alimente, que no me haga mala sangre.
Ahora estoy almorzando. Un sándwich.
Son las 4 de la tarde y si no me apuro voy a llegar tarde al otro trabajo.
La oficina, la oficina, la oficina.
Pero no che, ¿Otra colecta? ¿Todas las semanas pedir, pedir, siempre pedir?
Pero, ¿cómo hará para inventar tanta ternura todos los días?
Cuando vuelva, le llevaré dos rosas. Es un buen pensamiento. Aunque a veces me parece que está mucho más cansada que yo.

Ahora es de noche. Estoy otra vez en el Once.
Sé que no voy a conseguir asiento, pero cansado, apretado, humillado, y muchas otras cosas más también terminadas en ado, por lo menos me queda el consuelo del regreso.

"Quiero querer,
me duele el corazón cuando lo pienso", seguime hablando así…
"Yo soy un tipo como vos". 
"Quiero querer
me duele el corazón cuando lo pienso.
La ternura me vuelve mas pavote".

Ya pasamos Ramos Mejía.
Ahora puedo abrir el diario. Pero el de la mañana.
Me han robado vida. ¿Y quién me la devuelve?
A vos te lo pregunto: ¿quién me la devuelve?

"Me venden un buzón,
por ahí anda la cosa", seguime hablando así,
"Yo soy un tipo como vos"
"Me venden un buzón,
yo me doy cuenta.
Y espero no sé qué,
no lo comprendo"

Llegamos a Morón. Por fin en casa.
Hola Luisa. Hoy pensé traerte dos rosas, ¿sabes? Pero, ¿cómo haces para inventar tanta ternura todos los días?
Hoy pensé en traerte dos rosas.
Perdoname, sólo te traigo tu cansancio y el mío. 
Son las dos rosas. Y ahora lo comprendo.

Así termina ese poema que empecé esta mañana:
"Yo soy un tipo como vos,
lo que se dice: un semejante."

DEMASIADO LEJOS DE TROYA, de Arturo Pérez Reverte . 25/9/17

Ayer anduve un rato tras la VI epístola de Horacio – nihil admirari – en la parte de mi biblioteca ocupada por los clásicos griegos y latinos, comparando varias traducciones.
Al terminar, el azar me llevó a tomar de su estante un viejo y querido volumen que poseo desde hace medio siglo: Figuras y situaciones de la Eneida.
Tengo devoción por ese libro, y su excelencia es una de las razones.
La otra es que con él empecé a traducir a Virgilio a los dieciséis años; y en sus páginas, marcados a bolígrafo los hexámetros para diferenciar dáctilos y espondeos, figura mi propia traducción de cada verso:
«Canto a las proezas y al hombre que de las costas de Troya / vino el primero a Italia y a la costa de Lavinia fugitivo del hado…».
Me senté a hojearlo, mientras recordaba, y luego lo devolví a su lugar con una sonrisa melancólica. Pensaba en don Antonio Gil, el profesor sabio y paciente que me guió por esos versos; y en Gloria, la profesora de Griego de bellas grebas que se casó – como era de esperar – con el profesor de gimnasia; y en José Luis Vallejo, el hermano marista con quien, en 2º de bachillerato, traduje mis primeras palabras de latín clásico:
«Gallia est omnis divisa in partes tres».
Y pensaba en mi amigo el profesor Arístides Mínguez, que en el colegio donde ahora se gana la vida suma veintiséis años peleando junto a las negras naves, cubierto del polvo de los héroes, intentando enseñar Cultura Clásica a chicos de quince años; y este curso no ha podido hacerlo porque, de un millar de alumnos inscritos en su instituto, sólo una docena había elegido esa asignatura, que carece de la utilidad inmediata de, por ejemplo, la informática o la lengua autonómica de turno.
Y eso significa que una promoción entera de estudiantes, en ese colegio y en otros centenares de toda España, acabará la enseñanza secundaria sin tener ni remota idea de quiénes fueron Homero o Virgilio, sin saber lo que nuestro mundo debe a Solón, Clístenes o Pericles, sin recordar a Sócrates o buscar el camino a casa con Jenofonte, sin comprender las importantes consecuencias de la guerra por Hispania que enfrentó a Escipión y Aníbal.
O sin poder, jamás, disfrutar de la belleza, la felicidad, de una frase tan perfecta y absoluta como «Nox atra cava circumvolat umbra».
El desinterés, cuando no la ignorancia criminal de los responsables de la educación en España en los últimos veinte o treinta años, no ha hecho sino ahondar el daño.
En una sociedad resuelta a suicidarse culturalmente, como la nuestra, a los chicos brillantes se les aconseja estudiar sólo bachilleratos científicos o de ciencias sociales; a los torpes, humanidades; y a los zopencos, ciclos formativos.
Tal es el triste mapa de nuestro futuro.
Y en ese afán disparatado de borrar de las aulas todo lo inútil, las malnacidas leyes y reformas educativas del Pesoe y del Pepé han conseguido que los alumnos que con 16 años pueden optar por Humanidades – mi generación estudiaba latín básico y obligatorio con 11 o 12 –, se encuentren ahí por primera vez con el latín, aunque descafeinado y de una simpleza aterradora. Pero esa opción, además, compite con otras socialmente mejor vistas: la científico - tecnológica y la profesional, de modo que sus posibilidades son mínimas.
Por no hablar del griego, claro.
En algunas comunidades – que ésa es otra, cada cual a su aire –, en 1º de bachillerato puede elegirse, es cierto, entre Griego y Literatura Universal.
Pero los chicos no son tontos, y saben que el griego es difícil y endurecerá la selectividad.
Así que adiós para siempre a Homero y compañía.
Decenas de profesores al paro, u obligados a impartir materias afines de las que no tienen ni zorra idea.
Y lo que es peor: generaciones de jóvenes ciudadanos a los que se arrebata el derecho a una educación integral; echados al mundo sin saber, y sin importarles un carajo, quiénes fueron Arquímedes, Séneca o Catilina, ni lo que de verdad y en origen significan palabras como agonía, democracia o isonomía.
No olvido que la primera vez que vi arder una ciudad, Nicosia en 1974, con veintidós años, llevaba en la memoria – y en la mochila, aunque eso fue casual – el canto II de la Eneida.
Y en los griegos armados que se despedían de sus familias reconocí sin dificultad a Héctor, el del tremolante casco.
Y es que de eso se trata, a fin de cuentas.
Sin el latín, sin el griego, sin aquellos profesores que me guiaron por ellos, nunca habría podido comprender Troya y cuanto hoy significa y esclarece.
Me habría perdido entre los dardos aqueos, en la negra y cóncava noche, sin encontrar nunca el camino de Ítaca o de las costas de Italia.
Sin la forma de mirar el mundo con la que hoy vivo, envejezco y escribo.

LIBROS A BORDO, de Arturo Pérez Reverte - 13/10/14

Hace exactamente veinte años que navego con una biblioteca a bordo. 
Porque una biblioteca personal, como saben ustedes, no es un lugar donde se colocan libros, sino un territorio en el que uno vive rodeado de inmediatez y de posibilidades. 
Hay libros que están ahí, sin leerse todavía, aguardando pacientes su momento, y otros que ya leíste y a cuyas páginas conocidas retornas en busca de memoria, de utilidad, incluso de consuelo. 
A medida que envejeces, el número de esa segunda clase de libros, los viejos amigos y conocidos, aumenta respecto a los que aguardan turno; aunque siempre existe la melancólica certeza de que, por mucho que vivas, nunca acabarás de leerlos todos; que la vida tiene límites, que siempre habrá libros de los que te acompañan que apenas abrirás nunca, y que un día, tanto ellos como los ya leídos caerán en manos de otros lectores: amueblarán otras vidas. Parece algo triste, pero en realidad no lo es. Porque tales son las reglas. 
En cierto modo, más que una vida de lecturas, una biblioteca es un proyecto de vida que nunca llegará a culminarse del todo.
Eso es lo triste, y lo fascinante.
Un velero no siempre deja tiempo para la lectura. 

A menudo estás atento a la maniobra, al estado de la mar, a la recha en el horizonte, al tráfico de los malditos mercantes que te vienen encima. 
Pero siempre hay ratos de calma: días tranquilos con marejadilla y quince nudos de viento, con todo el trapo arriba, o fondeos apacibles en lugares sin algas, donde cuarenta metros de cadena permiten dormir algo más tranquilo. 
Ahí es donde los libros se vuelven compañía perfecta, al sol o a la sombra en verano, abajo en la camareta en invierno, a veces de noche, a la luz de una lámpara, mientras arriba, en la bañera, alguien te releva cuatro horas en la guardia y oyes el vago rumor del canal 16 en la radio.
Durante mucho tiempo, a bordo sólo llevé libros sobre el mar. Es una vieja costumbre. 

Quizá porque he leído demasiados de ellos, hace un par de años empecé a admitir polizones terrícolas en la biblioteca marinera, donde antes estaban proscritos. 
Aun así, éstos siguen siendo pocos, y por lo general se relacionan con la novela que estoy escribiendo en cada momento. Lo seguro es que vuelvo una y otra vez a los de siempre, los marinos, releyéndolos a menudo. 
Hace poco dediqué una temporada a calzarme por enésima vez todas las novelas de Joseph Conrad que tienen el mar y a los marinos por protagonistas, empezando por la Línea de sombra y acabando por el ejemplar de El espejo de mar traducido por Javier Marías que siempre llevo a bordo. 
En realidad, la biblioteca del barco se reparte en tres zonas. Bajo la mesa de la camareta llevo los derroteros y los libros de señales, faros y mareas, y en las estanterías sobre la entrada al motor van los libros técnicos e históricos, incluidos los dos derroteros de Tofiño -es asombroso cómo aún son útiles para un velero, dos siglos y medio después- y también, lleno de subrayados y notas, el sobado e imprescindible Navegación con mal tiempo, de Adlard Coles. 
Con ellos, entre otros, el Diccionario marítimo de O'Scanlan, dos obras de Fernández de Navarrete en las que me sumerjo gozoso de vez en cuando (Historia de la Náutica y los cinco magníficos volúmenes de Viajes y descubrimientos de los españoles) y varios clásicos lomos amarillos de Editorial Juventud, entre ellos mis dos favoritos, que también lo fueron de mi padre: Corsarios alemanes en la Primera Guerra Mundial y Corsarios alemanes en la Segunda Guerra Mundial.
Los libros que más se renuevan a bordo son los de la tercera zona, correspondiente a novelas y otros libros de ficción que ocupan estantes y armarios en la camareta.

Por ahí han pasado, y regresan de vez en cuando, los 20 volúmenes de la serie Capitán de mar y guerra, de Patrick O'Brian, así como los de Alexander Kent y C. S. Forester -los de la serie Ramage de Dudley Pope, sólo disfrutables por anglosajones cretinos aficionados al tópico, los arrojé hace años por la borda-. 
También, por supuesto, con amarre fijo en un estante, Moby Dick, de Melville, y la trilogía de Nordhoff y Hall sobre la Bounty. A eso hay que añadir la soberbia novela El cazador de barcos, de Justin Scott, La Cacería, del gran Alejandro Paternain, El enigma de las arenas, de R. E. Childers -una de las más hermosas novelas sobre mar y espionaje que leí nunca-, y la obra maestra sobre la batalla del Atlántico: Mar Cruel, de Nicholas Monsarrat. 
Cuya magnífica película, aunque sólo puede encontrarse en inglés, regalo a mis amigos cada vez que me la tropiezo.
Libros y mar, en resumen. 

Memoria, aventura, navegación. 
Y la tierra, bien lejos. 
Les aseguro que no puedo imaginar combinación más feliz.
Situación más perfecta.

EL CUELLO DE ÁNFORA, de Arturo Pérez Reverte - 18/9/17

Fue uno de aquellos veranos lejanos de atardeceres tranquilos, cielos cárdenos y playas mediterráneas todavía despobladas – hablo de hace casi cincuenta años – que olían a salitre y resina de pinos, con la arena aún caliente y el agua, casi inmóvil, lamiendo con suavidad en la orilla conchas vacías y pequeñas madejas de algas.
Yo aún no había cumplido dieciocho años y estaba a punto de echarme al hombro una mochila llena de libros para viajar a la isla de los piratas, sin saber que iba a pasar en ella más tiempo del que suponía. Miraba la playa, el mar y la vida con los ojos ávidos del joven que desde hace poco tiempo camina solo.
Y con esos ojos la miraba a ella.
Era norteamericana.
De Santa Bárbara, California.
Su padre trabajaba cerca del mío, y ella había venido a pasar con él unas vacaciones.
Hablaba español con resonancias mexicanas.
Conservo de ella una bonita fotografía en blanco y negro. Está en bikini, echada atrás la cabeza, bebiendo vino de un porrón del que le cae el vino por la barbilla, el pecho y la cintura.
Era rubia y muy guapa, con algunas pecas.
Su nombre sólo es asunto mío y de los amigos de entonces que la recuerdan.
Tenía una risa sonora, contagiosa. Sana.
Una risa de muchacho.
Fue una historia de verano, corta y perfecta.
Miradas jóvenes, pieles jóvenes.
Carne joven. Un mundo delicioso por descubrir.
Y parte de ese mundo lo descubrimos juntos.
Yo hacía mis primeras incursiones serias – no éramos tan precoces, entonces – por ciertos fascinantes territorios, y ella también. O al menos se comportó con la suficiente osadía por su parte.
Aquellas playas entre acantilados, aquellos bosques de pinos donde cantaban enloquecidas las cigarras, contribuyeron adecuadamente al asunto.
Fueron sólo unos días, pero de su intensidad es buena prueba la nitidez con que los recuerdo.
Alguna vez la llevé a navegar con Paco el Piloto.
Se quedaba a bordo del barco del viejo patrón mientras mi hermano, mi amigo Roge y yo nos poníamos el equipo de buceo y nos sumergíamos en busca de ánforas romanas.
Eran otros tiempos, como digo.
Tiempos donde el mar aún era coto de los audaces que lo tenían por suyo.
Tiempos de aventura y libertad.
Al regreso de una de esas inmersiones le regalé a ella un cuello muy bonito de ánfora.
Como buena gringa anglosajona, no podía creer que aquello tuviera veinte siglos de antigüedad.
Se la llevó a California sin problemas – ya digo que eran otros tiempos – y meses después me envió una foto del cuello de ánfora puesto en una vitrina, en el salón de su casa.
Después, la vida nos borró a uno del otro.
Hace un año estuve en San Francisco, California, presentado una novela.
Isabel Allende tuvo la cortesía de acompañarme aquella tarde, y también estaba allí Daniel Sherr, mi intérprete y amigo neoyorkino del que ya he escrito aquí alguna vez.
Mi inglés de viejo reportero es demasiado elemental para floripondios, así que cuando debo hablar allí en público lo tengo siempre a mano.
En el curso de la charla salió a relucir la historia del cuello de ánfora.
«Se lo regalé – dije – a una joven californiana, bellísima, que estaba de vacaciones en Cartagena, España, en el verano del 69».
Entonces, entre el público, una señora levantó la mano. «Yo estaba en Cartagena ese verano», dijo.
Soy un tipo templado, o eso creo. Pero se me paró el corazón. Literalmente.
Me quedé muy quieto mirándola durante un largo silencio mientras la gente nos observaba, sonriente y divertida. Algunos aplaudieron.
La señora era rubia, muy bien vestida, y era evidente que había sido muy guapa, porque lo era todavía.
Debí de estar callado como diez segundos, estudiándola con extrema fijeza.
«Es imposible –dije–. Esas casualidades sólo existen en las novelas».
Rió el público, y aplaudieron otra vez.
Ella sonreía, sin responder, disfrutando del efecto. «¿Vive usted en Santa Bárbara?», pregunté asombrado.
Aún guardó silencio un momento.
«Nunca estuve en Santa Bárbara, pero sí en Cartagena, como he dicho. Mi padre estaba en la Armada norteamericana y vivimos un tiempo allí», repuso.
«Entonces – concluí inseguro, observándola aún desconcertado – usted no puede ser ella».
Y era menos una afirmación que una pregunta.
Volvió a quedarse callada unos instantes.
Su sonrisa era enigmática y deliciosa.
«No, no soy ella – respondió al fin –.
Y lo lamento, porque ésta habría sido una bonita historia»

lunes, 11 de septiembre de 2017

ESPAÑA ES CULPABLE, de Arturo Pérez Reverte - 11/9/17

No sé qué ocurrirá en Cataluña en octubre.
Estaré de viaje, con la dosis de vergüenza añadida de quien está en el extranjero y comprueba que lo miran a uno con lástima, como súbdito de un país de fantoches, surrealista hasta el disparate.
Por eso, el mal rato que ese día voy a pasar quiero agradecérselo a tres grupos de compatriotas, catalanes y no catalanes: los oportunistas, los cobardes y los sinvergüenzas.
Hay un cuarto grupo que incluye desde ingenuos manipulables a analfabetos de buena voluntad, pero voy a dejarlos fuera porque esta página tiene capacidad de aforo limitada.
Así que me centraré en los otros.
Los que harán posible que a mi edad, y con la mili que llevo, un editor norteamericano, un amigo escritor francés, un periodista cultural alemán, me acompañen en el sentimiento.
Cuando miro atrás sobre cómo hemos llegado a esto, a que una democracia de cuarenta años en uno de los países con más larga historia en Europa se vea en la que nos vemos, me llevan los diablos con la podredumbre moral de una clase política capaz de prevaricar de todo, de demolerlo todo con tal de mantenerse en el poder aunque sea con respiración asistida.
De esa panda de charlatanes, fanáticos, catetos y a veces ladrones – con corbata o sin ella –, dueña de una España estupefacta, clientelar o cómplice.
De una feria de pícaros y cortabolsas que las nuevas formaciones políticas no regeneran, sino alientan.
El disparate catalán tiene como autor principal a esa clase dirigente catalana de toda la vida, alta burguesía cuya arrogante ansia de lucro e impunidad abrieron, de tanto forzarla, la caja de los truenos.
Pero no están solos.

Por la tapa se coló el interés de los empresarios calladitos y cómplices, así como esa demagogia estólida, facilona, oportunista, encarnada por los Rufiancitos de turno, aliada para la ocasión con el fanatismo más analfabeto, intransigente, agresivo e incontrolable.
Y en esa pinza siniestra, en ese ambiente de chantaje social facilitado por la dejación que el Estado español ha hecho de sus obligaciones – cualquier acto de legítima autoridad democrática se considera ya un acto fascista –, crece y se educa desde hace años la sociedad joven de Cataluña, con efectos dramáticos en la actualidad y devastadores, irreversibles, a corto y medio plazo.
En esa fábrica de desprecio, cuando no de odio visceral, a todo cuanto se relaciona con la palabra España.
Pero ojo.
Si esas responsabilidades corresponden a la sociedad catalana, el resto de España es tan culpable como ella.

Lo fueron quienes, aun conscientes de dónde estaban los más peligrosos cánceres históricos españoles, trocearon en diecisiete porciones competencias fundamentales como educación y fuerzas de seguridad.
Lo es esa izquierda que permitió que la bandera y la palabra España pareciesen propiedad exclusiva de la derecha, y lo es la derecha que no vaciló en arropar con tales símbolos sus turbios negocios.
Lo son los presidentes desde González a Rajoy, sin excepción, que durante tres décadas permitieron que el nacionalismo despreciara, primero, e insultara, luego, los símbolos del Estado, convirtiendo en apestados a quienes con toda legitimidad los defendían por creer en ellos.
Son culpables los ministros de Educación y los políticos que permitieron la contumaz falsedad en los libros de texto que forman generaciones para el futuro.
Es responsable la Real Academia Española, que para no meterse en problemas negó siempre su amparo a los profesores, empresarios y padres de familia que acudían a ella denunciando chantajes lingüísticos.
Es responsable un país que permite a una horda miserable silbar su himno nacional y a su rey.
Son responsables los periodistas y tertulianos que ahora despiertan indignados tras guardar prudente cautela durante décadas, mientras a sus compañeros que pronosticaban lo que iba a ocurrir – no era preciso ser futurólogo – los llamaban exagerados y alarmistas.
Porque no les quepa duda: culpables somos ustedes y yo, que ahora exigimos sentido común a una sociedad civil catalana a la que dejamos indefensa en manos de manipuladores, sinvergüenzas y delincuentes.
Una sociedad que, en buena parte, no ha tenido otra que agachar la cabeza y permitir que sus hijos se mimeticen con el paisaje para sobrevivir.
Unos españoles desvalidos a quienes ahora exigimos, desde lejos, la heroicidad de que se mantengan firmes, cuando hemos permitido que los aplasten y silencien.
Por eso, pase lo que pase en octubre, el daño es irreparable y el mal es colectivo, pues todos somos culpables.
Por estúpidos.
Por indiferentes y por cobardes.

sábado, 2 de septiembre de 2017

QUIERO APRENDER DE MEMORIA, de Leonardo Favio

Quiero aprender de memoria
con mi boca tu cuerpo,
muchacha de abril.
Y recorrer tus entrañas
en busca del hijo
que no ha de venir.

Quiero partir con mi canto
tu cuerpo de niña
y hundirme a vivir
Nada me importa la gente,
que opina y se mete,
no me han de entender.

Cómo explicar que te quiero,
que me sonrío y muero
al verte pasar.
Cómo explicar que te amo,
si no fuiste mía ni lo serás jamás.

Cómo explicar que me duele
hasta el aire que juega
en tu pelo y tu andar.
Piba, si escuchas mi canto
sabrás que es el llanto
que lloro por vos.


Poco me importa la gente
que opina y se mete
no comprenderán.

Ay, si pudiera en tu pecho
tener el sosiego
y encontrara paz.
Y acariciando tu pelo
encontrar el sueño
que no puedo hallar.


Ay, si tu boca me diera
callada, la forma del amor, 
de amar.
Encontraría un motivo
de seguir viviendo,
de poder luchar.

Quiero aprender de memoria
con mi boca tu cuerpo,
muchacha de abril.
Y recorrer tus entrañas
en busca del hijo
que no ha de venir.

lunes, 28 de agosto de 2017

UNA HISTORIA DE ESPAÑA XC, de Arturo Pérez Reverte - 28/8/17

Desde hace cuatro años, alternando con otros asuntos, he venido contando en esta página una visión de la historia de España.
En ningún momento, como fue fácil deducir de tonos y contenidos, pretendí suplantar a los historiadores.
Un par de ellos, gente de poca cintura y a menudo con planteamientos sectarios de rojos y azules, de blancos y negros, de buenos y malos, bobos más o menos ilustrados en busca de etiquetas, que confunden ecuanimidad con equidistancia, se han ofendido como si les hubiera mentado a la madre; pero su irritación me es indiferente.
En cuanto a los lectores, si durante este tiempo logré despertar la curiosidad de alguno y dirigirla hacia libros de Historia específicos y serios donde informarse de verdad, me doy por más que satisfecho.
No era mi objetivo principal, aunque me alegro. En mi caso se trataba, únicamente, de divertirme, releer y disfrutar.
De un pretexto para mirar atrás desde los tiempos remotos hasta el presente, reflexionar un poco sobre ello y contarlo por escrito de una manera personal, amena y poco ortodoxa con la que, como digo, he pasado muy buenos ratos oyendo graznar a los patos.
En estos noventa y dos artículos paseé por nuestra historia, la de los españoles, la mía, una mirada propia, subjetiva, hecha de lecturas, de experiencia, de sentido común dentro de lo posible.
Al fin de cuentas, sesenta y cinco años de libros, de viajes, de vida, no transcurren en balde, y hasta el más torpe puede extraer de todo ello conclusiones oportunas.
Esa mirada, la misma con que escribo novelas y artículos, no la elegí yo, sino que es resultado de todas esas cosas: la visión, ácida más a menudo que dulce, de quien, como dice un personaje de una de mis novelas, sabe que ser lúcido en España aparejó siempre mucha amargura, mucha soledad y mucha desesperanza.
Nadie que conozca bien nuestro pasado puede hacerse ilusiones; o al menos, eso creo. Los españoles estamos infectados de una enfermedad histórica, mortal, cuyo origen quizá haya aflorado a lo largo de todos estos artículos.
Siglos de guerra, violencia y opresión bajo reyes incapaces, ministros corruptos y obispos fanáticos, la guerra civil contra el moro, la Inquisición y su infame sistema de delación y sospecha, la insolidaridad, la envidia como indiscutible pecado nacional, la atroz falta de cultura que nos ha puesto siempre – y nos sigue poniendo – en manos de predicadores y charlatanes de todo signo, nos hicieron como somos: entre otras cosas, uno de los pocos países del llamado Occidente que se avergüenzan de su gloria y se complacen en su miseria, que insultan sus gestas históricas, que maltratan y olvidan a sus grandes hombres y mujeres, que borran la memoria de lo digno y sólo conservan, como arma arrojadiza contra el vecino, la memoria del agravio y ese cainismo suicida que salta a la cara como un escupitajo al pasar cada página de nuestro pasado (muchos ignoran que los españoles ya nos odiábamos antes de Franco).
Estremece tanta falta de respeto a nosotros mismos.
Frente a eso, los libros, la educación escolar, la cultura como acicate noble de la memoria, serían el único antídoto. 

La única esperanza.
Pero temo que esa batalla esté perdida desde hace tiempo.

La semana pasada detuve mi repaso histórico en la victoria socialista de 1982, en la España ilusionada de entonces, entre otras cosas porque desde esa fecha hasta hoy los lectores tienen ya una memoria viva y directa.
Pero también, debo confesarlo, porque me daba pereza repetir el viejo ciclo: contar por enésima vez cómo de nuevo, tras conseguir empresas dignas y abrir puertas al futuro, los españoles volvemos a demoler lo conseguido, tristemente fieles a nosotros mismos, con nuestro habitual entusiasmo suicida, con la osadía de nuestra ignorancia, con nuestra irresponsable y arrogante frivolidad, con nuestra cómoda indiferencia, en el mejor de los casos.
Y sobre todo, con esa estúpida, contumaz, analfabeta, criminal vileza, tan española, que no quiere al adversario vencido ni convencido, sino exterminado.
Borrado de la memoria.
Lean los libros que cuentan o explican nuestro pasado: no hay nadie que se suicide históricamente con tan estremecedora naturalidad como un español con un arma en la mano o una opinión en la lengua.
Creo – y seguramente me equivoco, pero es lo que de verdad creo – que España como nación, como país, como conjunto histórico, como queramos llamarlo, ha perdido el control de la educación escolar y la cultura.
Y creo que esa pérdida es irreparable, pues sin ellas somos incapaces de asentar un futuro.
De enseñar a nuestros hijos, con honradez y sin complejos, lo que fuimos, lo que somos y lo que podríamos ser si nos lo propusiéramos.

martes, 1 de agosto de 2017

CLASE MEDIA, de Mario Benedetti

Clase media, medio rica, 
medio culta, entre 
lo que cree ser y lo que es,
media una distancia 
medio grande.

Desde el medio mira 
medio mal a los negritos,
a los ricos, a los sabios,
a los locos, a los pobres.

Si escucha a un Hitler, 
medio le gusta,
y si habla un Che, 
medio también.

A veces, sólo a veces,
se da cuenta (medio tarde),
que la usaron de peón
en un ajedrez que no comprende.

lunes, 31 de julio de 2017

NO APRENDEMOS MÁS, de Reinaldo Sietecase - 31/7/17

Más temprano que tarde habrá una nueva crisis de la deuda.
Es triste escribir esta frase.
En dos, cinco o diez años habrá una nueva crisis socioeconómica. Sólo es cuestión de tiempo.
Y ya conocemos las dramáticas consecuencias que esta situación ocasionará a los sectores populares.
Pasó y volverá a pasar.
La dirigencia política argentina funciona como un adicto que se recupera y vuelve a recaer con un entusiasmo cada vez mayor.
Los que firman estos acuerdos aberrantes lo saben.
Los opositores también pero casi todos callan.

Según datos oficiales, el año pasado la deuda externa aumentó en 35 mil millones de dólares.
Entre enero y mayo de este año, la emisión de deuda fue de 40 mil millones de dólares.
Cuarenta mil millones en cinco meses.
Estos datos los consigna el Ministerio de Economía no el Partido Obrero.
Hace algo más de un mes, el gobierno firmó un bono de deuda a un plazo de cien años con una tasa mucho más alta que el promedio del mercado (casi ocho por ciento).
La sola enunciación parece un chiste de mal gusto.
Se tomó deuda por 2750 millones de dólares pagaderos a razón de 200 millones de dólares por año durante un siglo (se estima que en 14 años se pagará el capital y los otros 86 años serán para pagar los intereses).
Todavía hay algo más grave que el plazo delirante del empréstito. Semejante endeudamiento no tiene como objetivo renovar infraestructura, ni hacer grandes obras sanitarias, ni carreteras ni escuelas.
La plata será utilizada para solventar el déficit y pagar intereses de la deuda.
Para Ismael Bermúdez, el periodista económico de Clarín, la única explicación a esta operación es “la necesidad de los acreedores” de colocar su exceso de fondos.
Una decisión que compromete a 25 gobiernos y a varias generaciones de argentinos no pasó por el control del Congreso de la Nación y sólo tomó estado público cuando se concretó. Es decir cuando el gobierno ya la había realizado.
Algunos medios y periodistas presentaron el bono a cien años como si se tratase de una buena noticia: “Un signo de confianza en el país”.
Apenas hubo algunas voces críticas.

El silencio de la CGT y otras organizaciones intermedias fue atronador.

En pocos días el tema pasó al olvido.
La deuda no se ve pero siempre está. Y crece.
En la actualidad el 43 por ciento del déficit fiscal está compuesto por intereses de la deuda.
“Lo que el gobierno se ahorró en el pago de subsidios por el aumento de las tarifas se perdió en el pago de intereses de la deuda”, señaló Bermúdez.

La conclusión es simple: el esfuerzo de los usuarios que pagaron los aumentos en los servicios públicos terminó en el segmento financiero que sigue haciendo grandes negocios saltando de las letras al dólar y viceversa.

La mayoría de las fuerzas políticas son corresponsables del endeudamiento.
Avalaron sin chistar el presupuesto que contemplaba esta posibilidad sin que se tenga la necesidad de consultar a los legisladores y ahora callan.
Varias generaciones deberán hacer frente a esta hipoteca que no para de crecer en una lógica perversa: más se paga, más se debe.
Esta cuestión no está en la agenda electoral.
Esta cuestión no se discute en los medios.
No es tema.
Se entiende el silencio de los cómplices.
No se entiende el silencio de los inocentes.

LINCHAMIENTOS EN LA LITERATURA ARGENTINA, de José Pablo Feinmann

Como la literatura, en sus orí­genes, la escriben los cultos, las ví­ctimas son ellos.
Ningún culto, en el siglo XIX, escribirá el sacrificio de un pobre, de un bárbaro, ya que los cultos no son de linchar.
Los cultos vienen a traer al paí­s lo contrario de esa práctica deleznable.
Los cultos tienen su espacio en la ciudad y la ciudad es el esprit de finesse, el lugar de los buenos modales, de la vida civilizada.
El unitario de El Matadero se da de boca con su tragedia porque, precisamente, ha equivocado su camino.
Tení­a que ir a la ciudad, ese lugar al que él pertenece, en que es respetado, en que nada puede pasarle, y equivoca sus pasos.
La historia de Echeverrí­a es la historia de un extraví­o, pero no de los habituales sentidos con que esta palabra se usa. Se sabe que un extraviado puede ser un loco.
Para no abundar en ejemplos, digamos: un hombre que ha perdido el camino de la razón. Así­ le sucede al unitario.
Si bien, en una primera lectura, su extraví­o es territorial: equivoca su camino y termina en los parajes del matadero y no en los de la ciudad; en ese mismo extraví­o sale de la razón y entra en la barbarie.
Echeverrí­a narra con mucho detalle el padecimiento del joven, la humillación a la que es sometido, su orgullo que nunca cede, la alegrí­a de la chusma, la sangre que se derrama en ese matadero que no sólo es de bestias sino de seres humanos también, con algún propósito.
Queda claro, luego de leer el cuento, que la barbarie rosina es ajena a la conciencia moral civilizada.
Una de las preguntas que deja pendiente este cuento (que es muy bueno y cumple con todos sus objetivos sin escapar de la literatura) es qué se hará con esta gente el día que triunfen los que son lo Otro de ellos.
Porque, en el planteo echeverriano, no hay alternativas, ni conciliación posibles.
Ese antagonismo feroz no es dialéctico.
Como no es dialéctica la contradicción civilización - barbarie, no hay una superación.
No existe el aufheben (superar-conservando) hegeliano que permitirí­a llegar a una síntesis superior conciliadora, que contuviera a los dos elementos antagónicos superándolos.
Todo está pensado en términos de guerra. ¿Cómo contener, encauzar todo este odio?
El bárbaro es el Otro absoluto del unitario.
El unitario es el Otro absoluto del bárbaro.
Así­ seguimos aún.
Los que toman – un – café – en - Tolón son el Otro absoluto del que delinque o del sospechoso de hacerlo, y siempre del que tiene cara de chorro.
Hoy se mata por la cara.
Se odia la cara morocha del llamado negro de mierda.
Este personaje, que encarna la negritud, es el Otro de los ciudadanos de Tolón.
La semilla que plantó Echeverrí­a sigue viva.
No lo vamos a culpar, a enviar al infierno de los culpables de nuestra historia, nada de eso.
Él tení­a sus motivos.
Seguramente el episodio que narró es cierto. Pudo ocurrir en muchos ámbitos de la Confederación de Don Juan Manuel.
No perdamos tiempo: matar, mataron todos.
Tampoco vamos a entrar en estadí­sticas.
Aunque nadie ignora quién ganó la guerra civil y (también se sabe) una guerra la gana el que más gente le mata al enemigo.
Y el que menos consideraciones humanitarias tiene con él.
De aquí­ que los revisionistas que siempre han exaltado la honorabilidad de Angel Vicente Peñaloza cuando, en el Tratado de las Banderitas, devuelve sus prisioneros con vida y pide los suyos a los porteños, quienes no los tienen porque los pasaron por las armas, deberían comprender por qué los porteños ganaron la guerra.
Porque no tení­an consideraciones de humanidad.
El honorable Chacho era un hombre bueno.
Pero los hombres buenos no sirven en general, y casi siempre, para la guerra.
Cuando Chacho les dice a los hombres de Mitre, 
¿No éramos nosotros los bárbaros?
¿No eran ustedes los civilizados?
¿Dónde están, entonces, nuestros prisioneros? ¿Es posible imaginar que los han matado?
Sí­, los mataron a todos.

Porque los hombres de Mitre representan un capitalismo neocolonial que hará un paí­s terriblemente injusto y subalterno.
Pero Angel Vicente Peñaloza representa un orden aún campesino, aún agrario y precapitalista.
El filósofo agrario Martin Heidegger elegirí­a a Peñaloza, en caso de poder acercársele, olerlo. Dirí­a que es el enemigo de esa modernidad que olvidó al ser y se entregó a la conquista de lo ente.
Dirí­a que el Chacho es la tierra, que no busca arrasarla, tecnificarla.
Que no es hijo de la técnica, sino que, naturalmente, sólo por su condición de campesino, está más abierto al ser.
Karl Marx dirí­a que todas esas son pavadas reaccionarias.
Que el progreso es el avance del capitalismo.
Y ese progreso, con todas sus atrocidades, lo representa, en la Argentina, Mitre y Buenos Aires; así­ como en México, Estados Unidos, potencia capitalista, representa el progreso ante los hombres de Santa Ana, pues EE.UU. penetrará en esas tierras con todo su vigor histórico, acabará con el feudalismo, y surgirá de esa dialéctica espléndida el proletariado y su revolución liberacionista, la sociedad sin clases.
Los textos que siguen salen siempre de plumas cultas.
La refalosa, de Hilario Ascasubi, poeta unitario, feroz enemigo de Rosas, es desagradable y exagerado.
La exageración de estos textos es temible porque implica una advertencia: esto que Uds. hoy nos hacen a nosotros mañana se lo haremos a Uds. tres veces peor, lo menos.
Importa señalar que, si bien hay, sin duda, un valor de verdad en lo narrado, el odio lo ha exasperado hasta el lí­mite.
El odio de las clases dirigentes argentinas suele ser inexplicable para muchos.
Aún para ellas mismas.
Por ejemplo, Adolfo Bioy Casares, comentando La fiesta del Monstruo, del que algo renegaba, decí­a: el cuento está lleno de odio.
Estábamos llenos de odio bajo el peronismo.
Tiene su explicación.
Lo que no se tolera es que se le discuta algo que considera propio por historia y linaje.
La clase media se suma a esto y quiere sentirse tan dueña del paí­s como los dueños de la tierra.
Habrá que entender que, aquí­ y en cualquier parte, para un burgués tener los odios de la oligarquí­a es sacar patente de distinción, de clase.
Yo odio lo que ellos odian, yo pertenezco a lo que ellos pertenecen.
Somos iguales.
Para los dí­as de hoy el siguiente ejemplo es perfecto.
El burgués mediocre, de vida gris, de pronto descubre al inmigrante.
Lo insulta y dice a todos:
NOS VIENEN A ROBAR LA ARGENTINA.
De ser nada, súbitamente ÉL es Argentina.
Cualquier argentino que dice que un peruano le viene a robar el paí­s se siente, de golpe, dueño de la Argentina.La gente necesita odiar.
La oligarquí­a por naturaleza desprecia y por hábito (ante cualquiera que la contradiga con cierto grado de seriedad) odia.
Bioy lo dice con abierta sinceridad: él y Borges estaban llenos de odio durante el peronismo. 
También en los señorones de la oligarquí­a está el asco que les produce que les solivianten a las masas.
Sin embargo, aguantaron una década de grasada menemista sin chistar.
Porque la juntaban con pala.
El bolsillo manda.
Con los escritores de la burguesí­a que toman desde su originaria libertad partido por el proletariado, empiezan a aparecer algunos textos en que los castigados son los poseedores.
No sabrí­a decir si Casa tomada de Cortázar es uno de ellos.
El autor no habí­a tomado partido por casi nada cuando lo escribía.
Más claro, o demasiado claro, resulta Cabecita negra de Rozenmacher, que cita Casa tomada como antecedente de su texto, como si el mismo viniera a resignificar al de Cortázar.
Aquí­ el agredido es un señor de clase media en ascenso, y los que castigan, un policí­a y una prostituta, si es que eso son.
Se trata de un texto de 1961, se convirtió en un best seller y fue acremente reseñado por la revista Sur, que lo consideró peronista.
Peronista o no, Rozenmacher nunca lo fue, aunque murió, desdichadamente, muy joven y muy absurdamente, el cuento toma partido por los morochos (o los cabecitas negras) y trata con desdén al protagonista, al que no deja de llamar señor Lanari, como hacen los malos polemistas con sus rivales.
Importa su texto final porque refleja el odio de ese señor de clase media que ha sido injuriado por dos negros de mierda, según el eterno vocabulario clasemediero.
La chusma, dijo para tranquilizarse, hay que aplastarlos, aplastarlos (...) La fuerza pública (...) tenemos toda la fuerza pública y el ejército.
Sintió que odiaba...
Y Rozenmacher, según los tiempos, termina con unas lí­neas amenazantes para los poseedores y esperanzadas para los negros: “y de pronto, el señor Lanari supo que desde entonces, jamás estarí­a seguro de nada”.
Más exactamente: las clases bajas y todos los que unieron su praxis polí­tica e ideológica a ese destino, lejos de estar tranquilos, sufrieron las salvajes persecuciones de las fuerzas que el señor Lanari invocaba para vivir tranquilo.
El texto que con mayor impiedad exhibe el padecimiento del proletario ante los niños de la oligarquí­a es El niño proletario, de Osvaldo Lamborghini.
Es posible, a causa de esa impiedad, que sea el más actual de todos.
Lamborghini es un escritor difí­cil de leer.
Puedo compartir las afirmaciones que Germán Garcí­a ha hecho sobre el autor: burgués asustado, etc.
Pero, como él, no me quedo tranquilo.
Siempre siento que he sido injusto. Que Lamborghini es más que un escritor que quiere horrorizar a sus lectores de clase media, ya que no hay otros.
De todos modos, El niño proletario, si bien narra el padecimiento extremo de ese personaje, es precisamente, casi imposible de leer. Sobre todo por los propios proletarios.
Hice la prueba, lo juro. Y siempre terminaron puteándome.
Y que les leyera otra cosa, qué joder.
Ignoro si El Matadero provocó en su tiempo lo que texto de Lamborghini provoca hoy.
Llevamos cuarenta años de su aparición y aún es ilegible para los lectores masivos.
Para los que, de todos modos, no lo escribía Lamborghini.
¿Es un gran cuento?
Creo que no. Es valioso, sin duda. Pero es una explosión de los conflictos internos del autor.
Que los haya unido a los del proletariado es un hallazgo excepcional.
Paco Jamandreu, en el film Eva Perón, le dice a ella, que se muere de cáncer en pocos dí­as: 
Señora, en este paí­s de machos, ser pobre, ser puto y ser Eva Perón es la misma cosa…
Eva Perón, film dirigido por Juan Carlos Desanzo protagonizado por Esther Goris y con guión mío).
El texto que he citado encabeza los panfletos o textos de la agrupación Putos Peronistas, que, dicen, se llaman así­, porque gay es de garcas.

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