jueves, 8 de febrero de 2018

UNA HISTORIA DE ESPAÑA XC, de Arturo Pérez Reverte - 7/8/17

Y así llegamos, señoras y caballeros, a la mayor hazaña ciudadana y patriótica llevada a cabo por los españoles en su larga, violenta y triste historia.
Un acontecimiento que –alguna vez tenía que ser– suscitó la admiración de las democracias y nos puso en un lugar de dignidad y prestigio internacional nunca visto antes (dignidad y prestigio que hoy llevamos un par de décadas demoliendo con imbécil irresponsabilidad).
La cosa milagrosa, que se llamó Transición, fue un auténtico encaje de bolillos, y por primera vez en la historia de Europa se hizo el cambio pacífico de una dictadura a una democracia.

De las leyes franquistas a las leyes del pueblo, sin violencia. «De la ley a la ley», en afortunada expresión de Torcuato Fernández Miranda, uno de los principales consejeros del rey Juan Carlos que timonearon el asunto.
Por primera y –lamentablemente– última vez, la memoria histórica se utilizó no para enfrentar, sino para unir sin olvidar. Precisamente esa ausencia de olvido, la útil certeza de que todos habían tenido Paracuellos o Badajoz en el currículum, aunque la ilegalidad de los vencedores hubiese matado más y durante mucho más tiempo que la legalidad de los vencidos, impuso la urgencia de no volver a repetir errores, arrogancias y vilezas.
Y así, España, sus políticos y sus ciudadanos se embarcaron en un ejercicio de ingeniería democrática.
De ruptura mediante reforma.

Eso fue posible, naturalmente, por el sentido de Estado de las diferentes fuerzas, que supieron crear un espacio común de debate y negociación que a todos beneficiaba.
Adolfo Suárez, un joven, brillante y ambicioso elemento –era de Ávila– que había vestido camisa azul y provenía del Movimiento, fue el encargado de organizar aquello.
Y lo hizo de maravilla, repartiendo tabaco, palmadas en la espalda y mirando a los ojos al personal (fue un grande entre los grandes, a medio camino entre nobleza de espíritu y trilero de Lavapiés, y además, guapo).

Respaldado por el rey, auxiliado por la oposición –socialistas, comunistas y otros partidos–, apoyado por la confianza e ilusión de una opinión pública consciente de lo delicado del momento, Suárez lo consiguió con cintura e inteligencia, sometiendo al Búnker, que aún mostraba peligrosamente los dientes, y encajando también, además de la asesina reticencia de la ultraderecha, los zarpazos del imbécil y criminal terrorismo vasco; que parecía, incluso, más interesado en destrozar el proceso que los propios franquistas.

Fue legalizado así el Partido Socialista, y al poco tiempo también el Partido Comunista, ya en pleno e irreversible proceso hacia la libertad.
Un proceso complejo, aquél, cuyas etapas se fueron sucediendo: Ley de Reforma Política, aprobada por las Cortes en 1976 y respaldada por referéndum nacional, y primeras elecciones democráticas en 1977 –¡España votaba de nuevo!–, que filtraron la sopa de letras de los nuevos y viejos partidos y establecieron las fuerzas principales: Unión de Centro Democrático, o sea, derecha de la que luego saldría Alianza Popular (165 escaños, a 11 de la mayoría absoluta), PSOE (118 escaños) y Partido Comunista (20 escaños).
El resto se agrupó en formaciones más pequeñas o partidos nacionalistas.
Todo esto, naturalmente, hacía rechinar los dientes a la derecha extrema y a los generales franquistas, que no vacilaban en llamar a Juan Carlos rey perjuro y a Suárez traidor fusilable.
Y ahí de nuevo, los cojones –las cosas por su nombre– y el talento negociador de Adolfo Suárez, respaldado por la buena voluntad de los líderes socialista y comunista, Felipe González y Santiago Carrillo, mantuvieron a raya a los militares, los cuarteles bajo un control razonable y los tanques en sus garajes, o en donde se guarden los tanques, superando los siniestros obstáculos que el terrorismo de extrema derecha (matanza de Atocha y otras barbaries), el de extrema izquierda (Grapo) y la cerril brutalidad nacionalista (ETA) planteaban a cada paso.

Y de ese modo, con la libertad cogida con alfileres pero con voluntad de consolidarla, abordamos los españoles el siguiente paso: dotarnos de una Constitución que regulase nuestros derechos y deberes, que reconociese la realidad de España y que estableciera un marco de convivencia que evitase repetir errores y tragedias del pasado.
Y a esa tarea, redactar la que sería la Carta Magna de 1978, se dedicaron los hombres –las mujeres iban apareciendo ya, pero aún las dejaban al extremo de la foto– mejores y más brillantes de todas las fuerzas políticas de entonces.

Con sus intereses y ambiciones, claro; pero también con una generosidad y un sentido común nunca vistos en nuestra Historia.

[Continuará].

IRAN POR TODO Y POR TODOS, de Eduardo Aliverti

Es literal: están saliendo de caza.
No hay otra figura mejor para graficar lo que sucede, por más que ya se haya transformado en obvia.
De ahí para abajo empiezan a acabarse los adjetivos.
Una decisión política, la del memo de entendimiento con Irán, avalada por el Congreso de la Nación.
Desestimada en sede judicial dos veces.
Y en primera instancia por el magistrado al que también salieron a cazar y que hoy, justamente hoy, debe presentarse ante el Consejo de la Magistratura bajo acusación de haber desestimado el mamarrachesco dictamen de Nisman sobre el que ancla ahora una persecución en masa.

Como todo esto puede ser novedad sólo para los inadvertidos, lo cual no significa dejar de escandalizarse, cabe por empezar una pregunta siendo que desde esta madrugada se cruzaron (casi, tratándose un Gobierno como este) todos los límites.

¿Cuál será la reacción de eso que se llama la “clase política”? Gobernadores, senadores, diputados, todos ellos de la oposición “sensata”, “anti K”, y que esta semana fueron título por las roscas de armado de bloques y negociación con el macrismo, ¿qué tendrán para decir?
¿Se tomarán el fin de semana largo, agotados por tanta transa?
¿O habrá varios que conserven todavía alguna capacidad de reacción, que para el caso es lo mismo que decir de dignidad?
¿El senador Pichetto, la flamante estrella del firmamento macrista, se anima a escuchar su intervención a favor del memo con Irán?

Porque, como incluso ya advirtieron algunos voceros del propio oficialismo inquietos por el sostén jurídico de la escalada, el Gobierno y su decisivo brazo tribunalicio están quemando todos los libros del derecho.
Todos.

Nadie con sensatez puede desentenderse de que esto es puramente venganza. Jamás se vivió una cosa así desde el recupero democrático.
Tiene ingredientes como el circo mediático, o la desviación de agenda en un momento que no parecía favorable a Casa Rosada entre los aumentos de tarifas, el manejo de la tragedia del submarino, las advertencias extendidas sobre el hachazo a los fondos de los jubilados.

Pero el nodo es la venganza.


También, claro, hay la pregunta de la reacción social. 
La que haya será sectorial, pero al menos debe haber eso porque si la ecuación fuera que de todos modos seguirán avanzando no hay más nada que decir.

viernes, 8 de diciembre de 2017

LA EUROPA QUE ESTAMOS MATANDO, de Arturo Pérez Reverte - 4/12/17

Es posible que me equivoque; pero creo que a la Europa cultural, a esa antigua, formidable e interesante señora que en sus 3.000 años de memoria incluye desde Homero, Platón, Sócrates, Virgilio y aquellos fulanos –y fulanas– de entonces hasta los de hace pocos días, pasando por Shakespeare, Leonardo, Cervantes, Velázquez, Montaigne, Voltaire, Van Gogh y el resto de la peña, no la matarán el terrorismo islámico, la inmigración o la multiculturalidad; ni siquiera la pandilla de políticos semianalfabetos que legisla y trinca en Bruselas con el objetivo, que se diría deliberado, de igualarlo todo en la mediocridad y aplastar la inteligencia allí donde todavía puede brillar.
En mi opinión, lo que destruye la Europa que en otro tiempo fue faro intelectual y referencia moral del mundo es el turismo de masas: la invasión descontrolada, imparable, de multitudes – entre las que nos contamos ustedes y yo – que circulan arrasándolo todo a su paso.
Transformándolo, allí donde se posan como plaga de langosta, en un escenario diferente al que fue, reconvertido ahora a su, o nuestra, imagen y semejanza.

Nada puede sobrevivir, porque es imposible, a diez o veinte mil turistas arrojados de golpe por cruceros y viajes baratos – suena mejor low cost –, en un solo fin de semana sobre ciudades como Roma, Florencia, París, Madrid o Barcelona. Y no se trata únicamente del efecto de masas que las hace intransitables, complica el acceso a museos y puntos de interés, degrada el entorno, ensucia y satura.
Se trata también, y sobre todo, de cómo los lugares van perdiendo poco a poco, y a veces con extraordinaria rapidez, los rasgos que los hacían singulares, adaptándose, qué remedio, a la nueva situación.

Tiendas de toda la vida, restaurantes, librerías, comercios, establecimientos que durante décadas o siglos dieron carácter local, desaparecen o se adaptan a los nuevos visitantes. 
Ofreciendo, naturalmente, lo que ese nuevo cliente exige, o exigimos: tiendas de souvenirs, bares y cafeterías impersonales, comida rápida y sobre todo ropa, mucha ropa.
De Algeciras a Estambul, de Palermo a Oslo, de cada dos comercios que cierran y reabren, uno lo hace como tienda de ropa. O de teléfonos móviles, también, a fin de que todos podamos ir dándole con el dedo a la pantallita; e incluso enterarnos, gracias a ella, de lo que tenemos alrededor sin necesitar la tontería viejuna de mirarlo.
Paseando por lugares cuya historia ignoramos, fotografiándonos ante monumentos y cuadros que nos importan un carajo, pero que se indican como parada obligatoria. Trofeo del safari.

Pienso en eso en Lisboa, sentado en la terraza de la pastelería Suiça, mientras compruebo en qué hemos convertido, también, esta hermosa ciudad hasta hace poco elegante y tranquila.
Los operadores turísticos se lanzan ahora sobre Portugal, y todo está lleno de gente en calzoncillos que bloquea las calles caminando tras guías políglotas que levantan en alto banderitas y paraguas de colores.
Eso trae dinero, claro.
A ver quién se resiste a eso, así que toda Lisboa está en fase de adaptarse a los nuevos tiempos y las nuevas gentes. No hay un taxi libre, ni una mesa en un café.
Los abueletes que necesitan subir al Barrio Alto ya no pueden utilizar el elevador de Santa Justa, porque colas enormes de turistas aguardan turno para subir en él y hacerse una foto.
Frente a La Brasileira, docenas de guiris que ni saben quién fue Pessoa ni les importará jamás se retratan junto a la estatua del escritor que, de verse tan sobado, se ciscaría en su puñetera madre.
Y el barrio de Alfama, donde antes te atracaban de noche como Dios manda, y podías pasear a oscuras sólo si te arriesgabas a ello, ahora rebosa de locales de fado, con ingleses y alemanes preguntando dónde pueden comer la típica paella portuguesa.
Esto es hoy Lisboa.

En la vieja Suiça, donde intento leer tranquilo, un grupo de anglosajones especialmente escandaloso y bestial bebe alcohol, grita, canta y maltrata al veterano camarero de chaquetilla blanca. Harto de esos animales, entristecido por la suerte de la ciudad antigua y señorial, me levanto y ocupo una mesa que ha quedado libre en el extremo opuesto de la terraza.
Al poco se acerca el camarero, trayendo mi bebida. Entonces miro hacia aquellos escandalosos hijos de puta y le digo al camarero: «He tenido que venir a una mesa que esté lejos».
Y el camarero, con ademán triste y elegante de viejo lisboeta, se encoge de hombros, sonríe melancólico y responde: «Ya no hay mesas lo bastante lejos».

REGRESO A TÁNGER, de Arturo Pérez Reverte - 12/11/17

He vuelto a Tánger tras las huellas de Eva, la agente soviética, y de Lorenzo Falcó, el desalmado y elegante espía franquista. Estuve allí unos días, recordando, y al hacerlo regresé a 1937.
Bajé desde la habitación 108 del hotel Continental por la calle Dar Baroud para comer en el pequeño restaurante Rif, y paseé luego entre los puestos del mercado, me senté en el Zoco Chico ante los cafés Central y Fuentes, donde hace ochenta años se enfrentaban españoles nacionales y republicanos, y anduve de noche, despacio y alerta, por las calles estrechas de la ciudad vieja, escuchando el eco de mis pasos en los recodos, subiendo hacia la casa de Moira Nikolaos en busca de una copa de absenta y un cigarrillo de haschís, y tal vez de una entrevista clandestina con el capitán de un mercante cargado con oro de la República.

Atento, en cada recodo o rincón, a esquivar una cuchillada en el vientre, o un balazo. El mundo, me susurraba Falcó al oído a cada momento, es un lugar peligroso. Así que ándate con ojo, compañero.
Y yo lo oía reír quedo y cruel, a mi lado, en la oscuridad.
Es curioso esto de leer y escribir cosas.
Desde hace treinta años, desde que cuento historias, me resulta imposible regresar a una ciudad donde transcurra una novela sin proyectarla a mi alrededor. 
Es cierto que eso ya me ocurría antes, como lector.
Nadie que lea libros, o al menos nadie entre la clase de lector que algunos somos, puede ver París, Roma u Oviedo, por citar tres lugares al azar, como los ve quien nunca anduvo de conversación con Hemingway, Stendhal o Clarín.
Los libros que llevas encima amueblan el mundo y obran el milagro de difuminar el presente e inyectar las páginas leídas en cada escenario.
Ése es, creo, el resultado más feliz de la lectura: permite advertir cosas que quienes no leen no pueden ver.

Hace posible una realidad paralela que llega a superponerse a la auténtica, o a combinarse con ella, logrando que a veces puedas recordar más a la luz de lo leído que de lo vivido.
Conseguir que París era una fiesta, Paseos por Roma o La Regenta alcancen más realidad en tu imaginación y tu memoria que una fotografía o una simple mirada.
Lo que, en el mundo que nos espera o que estamos teniendo ya, no deja de ser un extraordinario privilegio.
Pero si eso ocurre con los libros leídos, calculen con los escritos.
Cada novelista tiene su método, e imagino que no habrá dos iguales. El mío es vivir durante el tiempo en que tardo en escribir cada historia, que va de uno a dos años, sumergido en el mundo que narro. Y lo hago rodeado de objetos relacionados con ello, fundamentalmente lecturas.
De cada diez libros que leo, seis o siete suelen estar relacionados con la novela en curso; incluso los que en apariencia nada tienen que ver, pero que ayudan a crear un estado de ánimo favorable a la escritura.
Libros que estimulan, dan ganas de trabajar y disparan mecanismos interesantes.
A eso hay que añadir innumerables planos, revistas, fotografías, películas, viajes a los lugares y largos paseos con cuadernos de notas y la mirada atenta de cazador voraz.

Y así es posible la grata sensación de caminar por las ciudades de mis novelas borrando a los turistas, y los automóviles, y todo cuanto esté de más, o no sea útil para lo que se desarrolla en mi cabeza.
Ver el mundo no como es en realidad, sino como en mis novelas yo quiero, o pretendo, o necesito, que sea.
Por eso me es imposible regresar a ciertos lugares sin verlos a través de las novelas que escribí.
Ya no puedo caminar por Tánger, como digo, sin la compañía de Eva y Falcó; ni sentarme en un café de París sin ver en la mesa contigua a Lucas Corso e Irene Adler; ni pasear por Culiacán sin toparme con Teresa Mendoza cambiando dólares en la calle Juárez; ni entrar en el Negresco de Niza sin cruzarme con el bailarín y estafador Max Costa; ni ver una torre costera mediterránea sin imaginar dentro a un pintor de batallas; ni caminar por Cádiz sin esperar de un momento a otro el estallido de una bomba francesa, en cuyo lugar de impacto el comisario Tizón hallará el cadáver de una mujer asesinada.
Todo ese mundo me escolta, palpita alrededor, se sienta a mi mesa, conversa conmigo, puebla los lugares que revisito.
Me acompañará siempre mientras tenga memoria y tenga vida.
Y no imaginan ustedes la asombrosa felicidad que produce escuchar en el café Procope la risa amarga del abate Bringas, oír en la calle Bordadores el tintineo de los floretes de don Jaime Astarloa o arrodillarte a besar la carne cálida y húmeda de Olvido Ferrara mientras afuera, en Venecia, cae despacio la nieve sobre las góndolas negras.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

EL FARMACÉUTICO GALLEGO, de Arturo Pérez Reverte - 6/11/17

Hay tópicos nacionales de todas clases: los portugueses melancólicos, los italianos caóticos, los alemanes de piñón fijo, los ingleses arrogantes, borrachos y egoístas. 
Y lo que quieran ustedes añadir al asunto. 
Muchos de esos lugares comunes son falsos, y otros —establezcan cuál o cuáles— corresponden a la exacta realidad. 
En España, como en todas partes, esos tópicos los tenemos en abundancia: los andaluces indolentes y graciosos, los aragoneses nobles y testarudos, los catalanes laboriosos pero lentos en sacar la cartera, y cosas así. 
Y uno de los más reconocidos es el de los gallegos. 
Me refiero a su proverbial hermetismo, magistralmente expresado en esa imagen del ciudadano al que te encuentras en la escalera y no sabes si está subiendo o bajando. 
O si está parado.

El otro día tuve ocasión de comprobar en carne propia que a veces los tópicos se ajustan a la más absoluta realidad. 
Al menos, en lo que a los gallegos se refiere. 
Me encontraba en Santiago de Compostela, alojado en el hotel donde lo hago cada vez que viajo allí, situado en un buen lugar de la plaza del Obradoiro, junto a la catedral. 
Se acercaba la hora de comer, así que cogí un paraguas y salí a dar una vuelta por una calle cercana donde abundan los restaurantes. 
Como animal de costumbres que soy, me encaminé directamente al que frecuento cuando estoy en esa ciudad, pero lo encontré cerrado. 
Me quedé indeciso, pues no conocía ninguno de los otros locales de esa calle, que son una docena. 
Y como en aquel momento me dolía la cabeza y necesitaba un Actrón —esos dolores de cabeza que le he prestado a mi amigo Lorenzo Falcó, y que en los años 30 él soluciona con aspirinas—, entré en una farmacia, aprovechando para pedirle al farmacéutico que me recomendase un lugar próximo. 
Un buen restaurante.

El farmacéutico, un tipo de mediana edad, con un acento tan gallego que parecía imitado y no real - estilo Manuel Jabois o Luis, el limpiabotas del Palace -, se me quedó mirando, inexpresivo.

— Buenos, lo que se dice buenos, hay muchos — dijo.

—Lo supongo —respondí—. Pero habrá alguno que pueda usted recomendarme.

Se rascó la cabeza.

— Hay varios, ¿eh? — comentó.

—Ya supongo.

— Unos mejores y otros no tanto, pero los hay buenos.

— Con que me diga uno es suficiente.

Volvió a rascarse la cabeza.

— El problema es que si le recomiendo uno, igual soy injusto con otros.

— Puede. Pero tengo hambre, ¿sabe?… Con uno dicho así, al azar, me las arreglo.

El farmacéutico encogió los hombros, fruncido el ceño.

— ¿Prefiere carne, pescado o marisco? — inquirió.

— Me da igual —repuse esperanzado—. Lo que me apetece es comer bien.

— Es que algunos son mejores en carne, y otros en pescado y marisco.
Respiré hondo. Seis veces. O quizá fueron siete.

— A estas alturas me da igual carne que pescado. Se lo juro.

Volvió a rascarse la cabeza.

— No es lo mismo —objetó—. Porque cada uno tiene su especialidad.

Me metí el nudillo de un dedo índice entre los dientes y mordí fuerte.

— Por Dios… Dígame uno, carne o pescado. El que sea.

Se quedó pensando otro largo momento.

— Pues la verdad —concluyó— es que no me atrevo a decirle uno en concreto.

Decidí cortar por lo sano.

— ¿A cuál suele ir usted?

— A veces voy a uno y a veces voy a otro.
— ¿A veces?

— Depende. Unas sí y otras no. Pero casi siempre como en casa.

Me agarré al mostrador, tambaleante. La farmacia me daba vueltas.

— ¿Y cuál fue el último restaurante al que fue?

— Pues fui a uno, pero no sabría decirle ahora cuál.
Estaba a punto de echarme a llorar. Saqué la cartera.

— ¿Qué le debo del Actrón?

— Ocho euros con cincuenta y cinco céntimos.
Salí a la calle haciendo eses, mareado, y me metí en el primer restaurante que vi abierto. 
Y las cosas como son, oigan. Comí de puta madre.

jueves, 16 de noviembre de 2017

EL CASO RUFIÁN, de Arturo Pérez Reverte - 20/3/17

Durante uno de los últimos debates de investidura brilló con luz propia una nueva estrella parlamentaria: el diputado Gabriel Rufián, de Esquerra Republicana de Cataluña. 
Nieto de un albañil de Granada y de un taxista de Jaén, el joven independentista, nacido en Santa Coloma de Gramanet, milita en un catalanismo radical del que se nutrió toda su intervención en la tribuna: un discurso a medio camino entre la retórica de Paulo Coelho y el humor de Tip y Coll; con el detalle terrible de que allí, en el Parlamento, el joven diputado catalán estaba hablando en serio. 
O lo pretendía. 
Para definir el estilo y al individuo, nada más exacto que el comentario publicado en La Vanguardia por el periodista Sergi Pàmies: «Una cursilería low cost con toques de confucianismo de bazar que, si el espectador supera los primeros momentos de vergüenza ajena, puede degenerar en ternura».
«Soy lo que ustedes llaman charnego», empezó diciendo Rufián, y siguió por ahí.
Sentado ante el televisor, asistí fascinado a su intervención.
A menudo el joven diputado aludía a cosas de contenido social con las que estoy completamente de acuerdo.
Pero lo embarullaba su discurso sesgado, zafio, pobre de sintaxis, hasta el punto de que llegué a preguntarme si se había preparado antes de subir a la tribuna con algún reconfortante volátil o espirituoso.
Pero al poco comprobé que nada de eso. Negativo.
Aquél era el estilo propio, el tono auténtico.
El individuo.

Me quedé de pasta de boniato.
Y acto seguido, lo dije en Twitter: 
«La España que sentó en el parlamento a Gabriel Rufián merece irse al carajo».
No me refería a la España catalana votante de ERC, sino a la España en general, en la que me incluyo.
«La España de Aznar, de Zapatero, de Rajoy», precisé.
Pero como de costumbre, la habitual falta de comprensión lectora hispana motivó una racha de comentarios irritados 

«Pérez-Reverte manda al carajo a Cataluña» y cosas por el estilo-, entre ellos uno del propio Rufián: 
«No se preocupe, que ya nos vamos».

Zanjé por mi parte el asunto con un último comentario: 
«A usted no le llaman charnego en España, sino en Cataluña. Y ése es el problema, creo. Su necesidad de que no se lo llamen».

Y sí. Lo sigo creyendo y lo creo cada vez más.
En la biografía de Gabriel Rufián, semejante a la de otros jóvenes independentistas, hay una línea clave: cuando él mismo afirma que descubrió la lengua y la cultura catalanas «cuando mis padres me matricularon en un instituto de Badalona».
Es decir, cuando se vio inmerso en un sistema educativo que, desde hace mucho, tiene por objeto cercenar cualquier vínculo, cualquier memoria, cualquier relación afectiva o cultural con el resto de España.
Un sistema perverso, posible gracias al disparatado desconcierto que la educación pública es en España, con diecisiete maneras de ser educado y/o adoctrinado, según donde uno caiga.
Donde las autoridades locales se pasan por la bisectriz leyes y razones, y donde su egoísmo cateto, provinciano e insolidario, aplasta cualquier posibilidad de empresa común, de memoria colectiva y de espíritu solidario.

Y no sólo eso.
Porque en el caso Rufián, y de tantos como él, se da otra circunstancia aún peor: el abandono de la gente, de los ciudadanos decentes, en manos de la gentuza política local. A cambio de gobernar de cuatro en cuatro años, los sucesivos gobiernos de la democracia han ido dando vitaminas a los canallas y dejando indefensos a los ciudadanos.
Y ese desamparo, ese incumplimiento de las leyes, esa cobardía del Estado ante la ambición, primero, y la chulería, después, de los oportunistas periféricos, dejó al ciudadano atado de pies y manos, acosado por el entorno radical, imposibilitado de defenderse, pues ni siquiera las sentencias judiciales sirven para una puñetera mierda.
Así que la reacción natural es lógica: mimetizarse con el paisaje, evitar que a sus hijos los señalen con el dedo.
Tú más catalán, más vasco, más gallego, más valenciano, más andaluz que nadie, hijo mío.
No te compliques la vida y hazte de ellos.

Así, gracias al pasteleo de Aznar, la estupidez de Zapatero, la arrogancia de Rajoy, generaciones de Rufiancitos han ido creciendo, primero en el miedo al entorno y luego como parte de él.
Y van a más, acicateados por la injusticia, la corrupción y la infamia que ven alrededor.

No les quepa duda: en un par de generaciones, o antes, esos jóvenes votarán independencia con más entusiasmo, incluso, que los catalanes o vascos de vieja pata negra.
A estas alturas del disparate nacional no queda sino negociar y salvar los muebles, como mucho.
Porque yo también me iría, si fuera ellos.
Por eso digo que la imbécil y cobarde España que hizo posibles a jóvenes como Gabriel Rufián, merece de sobra irse al carajo.
Y ahí nos vamos, todos, oigan. Al carajo.

martes, 14 de noviembre de 2017

POR FIN, de Pablo Alborán

Que intenso es esto del amor.
Que garra tiene el corazón.
Si jamás pensé que sucediera.
Así bendita toda conexión
entre tu alma y mi voz.

Si jamas creí
que me iba a suceder a mi.Por fin lo puedo sentir,
te conozco y te reconozco.

Que por fin se lo que es vivir
con un suspiro en el pecho
con cosquillas por dentro
y por fin se porque estoy así..
Tú me has hecho mejor,
mejor de lo que era,
y entregaría mi voz
a cambio de una vida entera.

Tú me has hecho entender
que aquí nada es eterno.
Pero tu piel y mi piel
pueden detener el tiempo.

No he parado de pensar
hasta donde soy capaz de llegar.
Sé que mi vida está
en tus manos y en tu boca.

Me he convertido en
lo que nunca imaginé.
Has dividido en dos
mi alma y mi sed.

Porque una parte va contigo,
aunque a veces no lo sepas ver.
Por fin lo puedo sentir.
Te conozco y te reconozco.

Que por fin sé lo que es vivir
con un suspiro en el pecho
y con cosquillas por dentro.
Por fin sé porque estoy así.

Tú me has hecho mejor,
mejor de lo que era
y entregaría mi voz
a cambio de una vida entera.

Tú me has hecho entender
que aquí nada es eterno. 
Pero tu piel y mi piel
pueden detener el tiempo.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

EL HERIDO, de Miguel Hernández

Para el muro de un hospital de sangre.

I

Por los campos luchados se extienden los heridos.
Y de aquella extensión de cuerpos luchadores
salta un trigal de chorros calientes, extendidos
en roncos surtidores.

La sangre llueve siempre boca arriba, hacia el cielo.
Y las heridas suenan, igual que caracolas,
cuando hay en las heridas celeridad de vuelo,
esencia de las olas.

La sangre huele a mar, sabe a mar y a bodega.
La bodega del mar, del vino bravo, estalla
allí donde el herido palpitante se anega,
y florece, y se halla.

Herido estoy, miradme: necesito más vidas.
La que contengo es poca para el gran cometido
de sangre que quisiera perder por las heridas.
Decid quién no fue herido.

Mi vida es una herida de juventud dichosa.
¡Ay de quien no esté herido, de quien jamás se siente
herido por la vida, ni en la vida reposa
herido alegremente!

Si hasta a los hospitales se va con alegría,
se convierten en huertos de heridas entreabiertas,
de adelfos florecidos ante la cirugía.
de ensangrentadas puertas.

II

Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.

Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.

Para la libertad me desprendo a balazos
de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.

Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.

NANAS DE LA CEBOLLA, de MIguel Hernández

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.,
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba,
con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto,
que en el alma al oírte,
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas,
soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca,
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes:
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego,
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.

martes, 7 de noviembre de 2017

EL POTERAS Y SU ENEMIGO, de Arturo Pérez Reverte - 30/10/17

Repasando, casi por azar, unos viejos volúmenes de novelas policíacas -Peter Cheyney, Harmon Coxe, Eric Ambler-, acabo de encontrar uno de Ellery Queen que me transporta más de medio siglo atrás en el tiempo, al lector que yo era a los doce o trece años.
Por suerte para mí, las bibliotecas de mis abuelos estaban especializadas en asuntos diferentes: la de mi abuelo paterno era más de clásicos y gran literatura del XIX, mientras que mi abuela materna y mi tía Pura, su hermana, eran lectoras apasionadas de bestsellers contemporáneos -Vicky Baum, Colette, Somerset Maugham- y novela policíaca, de la que tenían un armario lleno hasta arriba; en el que, cuando iba a visitarlas, yo buceaba con entusiasmo de cazador precoz, pues podía llevarme lo que me apeteciera.
Allí descubrí a Hammett y Chandler, entre otros.
Y uno de aquellos hallazgos tempranos, las novelas de Ellery Queen, tuvo serios efectos colaterales.

Yo tenía doce años y estaba en tercero de bachillerato en los Maristas de Cartagena, donde pasé mi infancia de estudiante hasta que me expulsaron dos años después.
Era un pésimo alumno, pues sólo me interesaban la literatura, el latín y la historia.
Todo lo demás eran suspensos. E indisciplina.
Cada profesor, religiosos en su mayor parte, tenía para nosotros su apodo: el Cuellotoro, el Dumbo, el Tomate, el Pulga (uno de los más logrados era el del profesor de matemáticas, un seglar elegante y fumador de rubio emboquillado llamado don Francisco Márquez, cuyo magnífico sobrenombre era Paco Farolas).
Y el de mi clase, ese curso, era el hermano Emilio, alias el Poteras.

El Poteras y yo nos odiábamos sin disimulo.
Era de esos profesores con la mano larga, muy dados a pegar a los alumnos - en aquel tiempo eso era normalísimo -, pero solía ejercer esa potestad con excesiva saña.
Yo no era un alumno fácil, por otra parte.
Si tocaba hacer un ejercicio de redacción, me las arreglaba para que estuviera muy bien escrito, pero al mismo tiempo fuese esencialmente insultante para él - recuerdo bien un tema libre: La pesca del calamar con potera -.
Y las represalias, por supuesto, estaban a la altura.
Castigos y leña al mono.
Los padres no intervenían en esas cosas, pues la disciplina a la brava formaba parte del sistema.
Aquello, los chicos teníamos que comérnoslo solos.
Doblabas la bisagra, o mantenías el desafío en plan guerrillero y afrontabas las consecuencias. 
Algunos - Miguel Cebrián, Manolico el Nabo, Julio Mínguez- las encarábamos con la cabeza bien alta. 
ramos pequeños cimarrones en pantalón corto. Indomables cabroncetes, cada uno a su estilo. 
Peligrosos como la madre que nos parió.

Una novela de Ellery Queen inspiró una de mis campañas contra el Poteras. 
Apropiándome de la idea - un asesino que envía mensajes previos en verso a sus víctimas -, durante un mes le estuve mandando a mi acérrimo enemigo breves mensajes anónimos con versos míos (recuerdo uno de ellos: En este tu penúltimo día / tu matador te envía / este mensaje grato / que te hará bicarbonato).
Por supuesto, yo era un delincuente imberbe, un criminal ingenuo; y los mensajes estaban escritos en papel cuadriculado de cuaderno escolar, a bolígrafo y con mi letra. Al Poteras le bastaron cinco minutos para identificarme, y me sometió a un duro interrogatorio.
Lo negué todo, con un par de infantiles cojoncillos, y no pudo sacarme nada.
Al día siguiente le mandé un nuevo mensaje, y a los pocos días, otro.
El siguiente interrogatorio tuvo lugar en el aula desierta, a la hora del recreo, y no creo haber recibido tantas bofetadas en mi vida.
No abrí la boca más que para negarlo todo.
Además, procuraba sonreír entre hostia y hostia, como los héroes de las películas.
Me dejó ir, por imposible, y al día siguiente le mandé otro mensaje.

El nuevo interrogatorio tuvo lugar en el colegio unos días más tarde, pero en el despacho del director: éste, el Poteras, mi padre, y yo en posición de firmes ante ellos.
El Poteras, descompuesto, acumulaba mensajes sobre la mesa, comparaba la letra con la de mis ejercicios escolares, me acusaba de delincuente infantil.
Yo seguía negándolo todo.
Ésa no es mi letra, sostenía impasible.
Por fin, harto de aquello, muy serio, mi padre dijo: «Cuando vean a mi hijo dejando personalmente uno de esos papeles, avísenme». Luego me sacó de allí.
Caminamos en silencio por la calle, uno junto al otro, mientras él me miraba de reojo.
Al fin dijo: «Ya lo has matado, ya vale».
Y me dio un buen pescozón.
Entonces no me di cuenta, pero ahora comprendo que sonreía.

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