viernes, 9 de febrero de 2018

TELEFONEAR AL MAFIOSO, de Arturo Pérez Reverte - 18/12/17

De toda la vida hubo actores de cine y teatro, incluso escritores, que acabaron poseídos por los personajes que interpretaban o escribían. Creyéndose ellos.
A la cabeza del ser humano se le aflojan los muelles de vez en cuando, y hay ficciones propias o ajenas tan intensas que pueden acabar poseyéndonos.
A veces esa posesión es suave, sin consecuencias serias o visibles, y otras reviste carácter más serio, más grave –a todos nos ha dado por utilizar ahora el torpe anglicismo severo en lugar de grave–, con el resultado de trastornos de personalidad casi patológicos, o sin casi.
Un buen ejemplo es la película de Ronald Colman, Doble vida, en la que éste interpreta a un actor que, encarnando a su vez a Otelo, acaba queriendo asesinar, por celos, a la actriz que hace de Desdémona.

Fuera de la ficción, o a caballo entre ésta y la vida real, hay casos notables muy conocidos.
Johnny Weissmuller, el atlético actor que junto a Maureen O’Sullivan interpretó a Tarzán en doce películas, acabó majareta perdido, en la ancianidad, lanzando su famoso grito de la selva.
Y Bela Lugosi, el mejor Drácula de todos los tiempos, terminó convencido de ser su propio personaje, hasta el punto de que pasó los últimos años en un psiquiátrico donde, dicen, exigía dormir en un ataúd.
También cuentan que lo enterraron con su capa de vampiro, y que su amigo Peter Lorre, a modo de homenaje, propuso dejarle una estaca clavada en el corazón.

Sin llegar a esos extremos, y en plan actual, he conocido a actores que llegaron a asumir hasta más allá de lo normal sus papeles protagonizados para el cine o la televisión.
La mexicana Kate del Castillo, por ejemplo, llegó a relacionarse con narcos reales, como el Chapo Guzmán, al no despegarse del todo del personaje de Teresita Mendoza, la Reina del Sur, y ahora está entusiasmada porque va a protagonizar una segunda parte de la serie televisiva en español.
Y Viggo Mortensen, aquel formidable Alatriste, dormía durante el rodaje con la espada junto a la cama, y tardó mucho tiempo y varias películas en desprenderse del personaje que encarnó con todo su talento y toda su alma.

También eso se da en el público, lector de libros o espectador de películas. 
Algunos se identifican con lo que ven o leen hasta extremos notables, o atribuyen al autor de una novela o al actor de una película virtudes, defectos y actitudes de los personajes de éstas.
El galán español Alfredo Mayo contaba que las mujeres se le acercaban creyendo hacerlo a sus personajes, y eso mismo ocurría con los hombres que temblaban ante Louise Brooks, Greta Garbo o Brigitte Bardot.
Del lado opuesto, odios y aversiones, el mismo Peter Lorre del que antes hablé llegó a sufrirlos en carne propia tras interpretar a un asesino de niños en El vampiro de Dusseldorf (la película M, de Fritz Lang), pues a veces era insultado y acosado por la calle.
No pocos malvados del cine y la televisión corrieron la misma suerte.
Hasta el actor Conrad Veidt fue llamado nazi varias veces después de interpretar al comandante Strasser en Casablanca.
Lo que es curiosa paradoja en alguien como él, perseguido por la Gestapo y exiliado de la Alemania hitleriana.

Podría creerse que las cosas han cambiado, pero no es así. O no lo parece.
La credulidad del público deriva hacia otras cosas, otros formatos, pero sigue estando ahí.
Hace un par de semanas, en una serie televisiva llamada Rosy Abate, un mafioso de ficción italiano mostraba un número de teléfono propio.
Por simple azar, el número coincidía con uno real, el de un matrimonio de Domodossola. Y en ese teléfono se recibieron varias llamadas increpando al mafioso de la tele, incluida una en la que alguien –anónimo, claro– gritaba:
«No me das miedo. Voy a tu casa y te mato».

Por supuesto, algunas de esas llamadas podían ser simple guasa; pero los propietarios del teléfono aseguran que otras iban en serio. Y estoy convencido de eso.
No creo que se trate sólo de una cuestión de cultura, ni siquiera de inteligencia –aunque también–, sino de ciertos mecanismos muy propios de la humana naturaleza.
Las redes sociales, el anonimato y sus disparatadas derivaciones dan testimonio diario: torpeza, ruindad, infamia, complejos, frustraciones, rencores, desahogos…

Pese al tiempo en que vivimos, a tantas cosas por fortuna dejadas atrás, a nuestra indudable mayor lucidez y educación, con frecuencia ciertos impulsos oscuros siguen imponiéndose a la razón.
También eso somos nosotros, simplemente.
Estúpidos y peligrosos.

El lado irracional del ser humano, en todo lo suyo.

VADE RETRO, SATANÁS, de Arturo Pérez Reverte - 11/12/17

Soy visitante habitual de las librerías San Pablo, tanto la que está en la plaza de Jacinto Benavente de Madrid, como la de la calle Sierpes de Sevilla.
Están especializadas en libros sobre religión, y suelo curiosear en busca de obras de patrología e historia de la Iglesia mientras miro de reojo a la clientela, que a menudo es interesante.
Como ni curas ni monjas suelen ir ya de uniforme, me gusta observar su aspecto e indumento, la forma de comportarse ante tal o cual libro, mientras intento establecer lo que son y lo que les interesa.
En una ocasión, incluso, tuve la satisfacción de que tres monjas jóvenes me reconocieran y se confesaran lectoras de La piel del tambor, sobre la que una de ellas comentó algo divertido: 
«Desde que leímos esa novela, siempre clasificamos a los sacerdotes en padres Quart y padres Ferro».

Mi autor moderno favorito, en ese territorio, es Hans Küng. Soy viejo lector del teólogo suizo, disidente y perseguido por el ala más negra y reaccionaria del Vaticano, encarnada sobre todo en el difunto Juan Pablo II y su sucesor, todavía vivo aunque jubilado, el siniestro Ratzinger, en su juventud compañero de Küng y luego jefe de la Inquisición, o Congregación para la Defensa de la Fe, o como diablos se llame ahora.
Me gustan la lucidez, la talla intelectual y el coraje de Küng, y considero sus tres volúmenes de memorias un documento clave para comprender lo que ha ocurrido en la Iglesia Católica desde principios del siglo XX.

Quizá por eso, dos de sus libros se cuentan entre los que más veces he regalado a gente a la que aprecio: su magnífico y breve La iglesia católica, y su más breve todavía La mujer en el cristianismo, del que basta una cita («El sometimiento de la esposa al marido no forma parte de la esencia del matrimonio cristiano») para comprender por qué el Vaticano azuzó a sus perros negros durante tanto tiempo tras el rastro del irreductible Küng.

El caso es que estoy en la San Pablo sevillana, feliz porque acabo de cazar una edición del Nuevo Testamento en griego, latín y castellano –la de Bover y O’Callaghan– que creía agotada, cuando detecto presencia clerical próxima.
Y al levantar la mirada veo a dos sacerdotes jóvenes vestidos como Dios manda: camisa negra y cuello romano. 
Tienen aspecto aseado y simpático. El más alto es español. El otro, moreno y guapo, hispanoamericano.
Miran novedades y conversan hasta que, al encontrar mi mirada, el español sonríe, sorprendido.
«Nunca habría imaginado encontrarlo a usted aquí», dice.
Le respondo que es fácil encontrarme, pues soy cliente asiduo.
El sacerdote explica a su compañero quién soy, y los tres conversamos sobre libros y autores eclesiásticos.
Al fin me preguntan si hay algún libro que pueda recomendarles; y yo, sin dudar, les muestro el demoledor Siete papas, de Hans Küng.

«Aunque supongo –añado– que ya lo conocen».

Para mi estupefacción, casi dan un paso atrás.
Amagan un retroceso físico, instintivo, cuando les muestro el libro, y su ademán tiene algo de prevención medieval ante lo horrendo o diabólico. 
Sólo es un instante, claro. Son jóvenes educados y sin duda cultos. Rápidamente, la expresión de alarma se desvanece bajo una doble sonrisa.

«Eso es droga dura», apunta el español. Lo miro con sorpresa.

«¿No han leído nada de Küng?», pregunto.

«Nada en absoluto», confirman ambos.

«Pero ustedes son jóvenes y tienen formación –insisto–. ¿No sienten curiosidad por saber qué hace a un brillante teólogo ingrato a la Iglesia oficial?».

El español encoge los hombros:
«No está bien visto. Preferimos tenerlo lejos».

Muevo la cabeza.
«Hay puertas que es mejor no abrir...», comento.
No responden a eso.

Nos despedimos y siguen mirando libros mientras los observo pensativo, aún asombrado: dos sacerdotes jóvenes que ante el nombre de un disidente muestran una prevención escandalizada, casi atávica, y afirman sin complejos no haberlo leído.
Vade retro, Satanás. Todavía hoy, en la segunda década del siglo XXI.
Y es que la sombra siniestra sigue ahí, desde el seminario. Librando aún su antigua guerra contra el tiempo, las luces y la razón.

Al fin me marcho y paso cerca de los curas, que no lo advierten. 
Me alejo ya cuando oigo decir al español: 

«Vamos a llevarnos el de los papas que dice Reverte». 

Así que salgo a la calle Sierpes y a la luz sevillana riendo entre dientes, malévolo.
Es divertido, pienso, abrir pequeñas rendijas, humildes grietas en los viejos muros de sombra.

Así que chúpate ésa, Ratzinger.

ETCHECOLATZ Y HESS: Una lección moral, de Atilio Borón.

El 2017 termina en la Argentina con otra pésima noticia que se suma a otras conocidas en las últimas semanas: el Tribunal Oral Federal Nº 6 de la ciudad de Buenos Aires le concedió el genocida y torturador probado y confeso Miguel Osvaldo Etchecolatz, ex Director de Investigaciones de la Policía Bonaerense, el beneficio de la prisión domiciliaria a causa de su "delicado cuadro de salud".
El personaje de marras desempeñó aquel cargo entre marzo de 1976 y fines de 1977 y fue la mano derecha de otro asesino de triste memoria, el ex general Ramón Camps.

En 1986 Etchecolatz (que actualmente tiene 88 años) fue sentenciado a 23 años de cárcel al ser hallado culpable de 91 casos de tortura.
Después de la anulación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final en 2003 fue condenado por delitos de lesa humanidad en un juicio que se sustanció en el 2006 y donde fue el único acusado.
En esa oportunidad se lo condenó a prisión perpetua por seis homicidios.

Fue en el juzgado de La Plata donde se ventilaba el caso que un testigo presencial de sus crímenes, al albañil Jorge Julio López, lo identificó como uno de los torturadores.
En su declaración narró entre otras la siguiente escena:

“La chica estaba casi a mi lado, en un camastro. Le habían tirado un baldazo con agua y Etchecolatz le pasaba picana...y ella le gritó: "Por favor no me mates, llevame presa de por vida pero dejame criar a mi beba"...y él le sonrió...y delante mío le pegó un balazo ahí mismo.
Si la encuentran alguna vez, verán que la cabeza tiene dos agujeros, porque la bala entró por la nuca y le salió por el costado
”.

Conocida la sentencia, los fotógrafos advirtieron que el genocida había escrito el nombre de López en un pequeño papel, y también una orden: “secuestrar”.

El mensaje fue a parar a manos cómplices y obedientes. Tres horas después, López desaparecía para siempre.
Etchecolatz, con un rosario colgando de su cuello y el "papelito" con las instrucciones,
Teniendo a la vista estos antecedentes, ¿debería concedérsele a Etchecolatz el beneficio de la prisión domiciliaria?

Desde el punto de vista ético, filosófico, la respuesta es terminante: no, de ninguna manera.Ni la edad ni una enfermedad deben atenuar la ejemplaridad de la pena que le fue impuesta por la comisión de delitos atroces y aberrantes.
Pero, además, hay un antecedente internacional que merece ser tenido en cuenta: es el caso del ex jerarca nazi Rudolf Hess.
Este había caído prisionero de los ingleses en una extraña misión que lo había llevado al Reino Unido, supuestamente con el objeto de pactar una tregua con Londres para que los ejércitos hitlerianos librasen una batalla en un solo frente, el oriental, y aplastar a la Unión Soviética que, sin duda, era una vieja aspiración de las potencias capitalistas.
Al producirse el derrumbe del Tercer Reich Hess como tantos otros fue juzgado por el Tribunal de Nuremberg y condenado a cadena perpetua el 1º de octubre de 1946.
Junto con otras prominentes figuras del régimen nazi fue enviado a la cárcel de Spandau, un enorme complejo carcelario construido por Bismarck en Berlin.

El presidio fue diseñado para albergar a 500 prisioneros pero luego de los juicios de Nuremberg trasladaron a todos los presos y la cárcel se destinó exclusivamente a la reclusión de los condenados, custodiados por más de cien guardiacárceles y personal militar de Estados Unidos, Francia, Reino Unido y la Unión Soviética.
Sólo 7 antiguos jerarcas nazis ocuparon sus celdas y en 1966, con la excarcelación de Albert Speer al cumplirse los veinte años de su condena, el único que permaneció en ese inmenso presidio, en confinamiento solitario y custodiado por un inmenso aparato fue Hess.

Desde los años ochenta, algunos sectores neonazis europeos comenzaron a promover abiertamente una campaña para lograr la excarcelación de Hess, aduciendo su avanzada edad (más de 80 años) y sus problemas de salud.
Pero tal como lo revelara el periódico británico The Guardian en su edición del 20 de Julio de este año, nada menos que desde 1957 Londres venía sigilosamente solicitando la excarcelación de Hess a las autoridades soviéticas.
La reciente desclasificación de los Archivos Nacionales que se hizo efectiva al cumplirse 30 años de la muerte del lugarteniente de Hitler permitió conocer algunos interesantes entretelones anteriormente vedados a la opinión pública, entre ellos la hipocresía de la lucha de las “democracias capitalistas” contra el fascismo.

En once ocasiones -¡once, no una!- el Reino Unido demandó de manera unilateral a la URSS la liberación de Hess, y en otras catorce lo hizo de común acuerdo con Washington y París.
La última petición británica la firmó Margaret Thatcher el 4 de Octubre de 1982 según consta en los archivos (ver https://www.theguardian.com/…/uk-pressed-for-rudolf-hess-re…)

Sin embargo, la absoluta intransigencia de la Unión Soviética frustró esos planes.
Esta actitud fue acompañada, si bien discretamente, por el gobierno de Israel.

El argumento de Moscú se apoyaba en dos consideraciones:

1) la liberación de Hess sería una afrenta a los veinte millones de soviéticos que murieron a causa de la invasión nazi a la URSS;
2) que una tal decisión alentaría la resurgencia del nazismo y el racismo en Europa.


Fracasadas estas tentativas de liberación por “causas humanitarias” Hess murió en prisión en 1987, a los 93 años, en misteriosas circunstancias.
La versión oficial es que se ahorcó, pero en Londres hay quienes aseguran que fue asesinado para que se lleve a la tumba el secreto de la misión que lo llevara al Reino Unido a inicios de los años cuarenta.

De lo anterior se desprende una lección para la Argentina: un gesto supuestamente “humanitario” como el que benefició a un personaje como Etchecolatz -aún más sórdido y criminal que Hess que nunca perpetró por mano propia las atrocidades cometidas por aquel- no sólo es inmoral sino que fomentará el crecimiento de grupos racistas y neofascistas de diverso pelaje y alimentará la ilusión de que sus crímenes, como ocurrió en el pasado, podrían quedar impunes.

Y en la Argentina de hoy si hay algo que no necesitamos es precisamente eso.

jueves, 8 de febrero de 2018

LOS CHICOS DE AQUÉL VERANO, de Arturo Pérez Reverte - 14/8/17

Atardece mientras estoy fondeado cerca de tierra, al pie de un acantilado de mediana altura.
El lugar es tranquilo, pues la playa está lejos y en las proximidades sólo hay una antigua torre vigía medio en ruinas, como la de El pintor de batallas, y una urbanización a lo lejos, medio oculta por las rocas.
El mar está muy quieto y estoy sentado a popa, leyendo por enésima vez Juventud, de Joseph Conrad.
En la pared rocosa que tengo a menos de un cable hay tallada una escalera que lleva a un pequeño mirador, y de vez en cuando oigo los chapuzones de una docena de muchachos que se arrojan al agua desde allí, suben y vuelven a arrojarse de nuevo.

A veces dejo de leer, levanto la vista y los observo.
Son una pandilla, chicos y chicas entre los doce y los quince años, de ésas que suelen formarse en verano.
Sin duda son de la urbanización cercana.
Cuando se cansan del agua se sientan en el repecho, con las piernas colgado, a mirar el mar.
A ratos, el incipiente terral trae el eco de sus voces y sus risas.

Cierro un momento el libro y los observo con más atención. La pareja, chico y chica sentados un poco aparte, que charla en voz baja.
El que parece líder del grupo.
El tímido algo marginado.
El que les arranca carcajadas.
El audaz que se lanza al agua desde más arriba que los otros.
Las tres jovencitas hablando en voz baja de sus cosas…
Los reconozco tan fácilmente como si yo mismo fuera uno de ellos.
Cualquiera de ustedes los reconocería, supongo.
No hay nada de extraño en eso, pues también fuimos ellos alguna vez: veranos que parecían interminables, atardeceres cárdenos, rumor suave del agua en la orilla, sabor de sal, juegos, chapuzones, reuniones al atardecer en lugares como éste, primeros ensayos de libertad, de amistad, de amor.
El roce de una mano, las miradas reveladoras de sentimientos, el primer atisbo de la zona no bronceada en una piel morena, el calor de un cuerpo cercano, o el primer beso.
El despertar al mundo, al sexo, a la vida, gracias al mar cercano y cómplice.

Sigo mirando a los chicos del acantilado. 
Los conozco bien, como digo.
Cada año desde hace muchos, cuando aferro las velas y echo el ancla en este lugar, ellos siguen ahí sin envejecer nunca, en el mirador tallado en la roca.
Siempre distintos y siempre idénticos.
Se van relevando a sí mismos y siempre tienen entre doce y quince años, y la pareja se sienta un poco aparte, y el líder de la pandilla sugiere tal o cual cosa, y el tímido mira de lejos a la muchacha que le gusta, y el gracioso los hace reír a todos, y el audaz se lanza al agua desde más arriba, y las tres jovencitas siguen sentadas un poquito aparte, mirando a hurtadillas a los chicos mientras hablan de sus cosas.
Y aunque todos ellos, los que fueron y los que fuimos, ya se encuentran lejos de allí, o quizá son padres y abuelos que ahora están en esa urbanización cercana, sentados viendo la tele, o la vida los llevó a lugares distintos, o los borró de ella hace muchos años, esa pandilla de chicos tostados por el sol y con sal en la piel, con las piernas colgando del repecho del mirador, obra el milagro de mantener intacto el bucle de la memoria y de la vida que se renueva a sí misma. 

Y ustedes, y yo, y cuantos nos precedieron junto al mar impasible, seguimos sentados ahí arriba, despertando cada verano al mundo, al amor, al sexo y a la vida mientras alguien nos observa desde lejos, quizá desde un velero solitario anclado en la bahía, con un libro en las manos.
Y ese alguien sonríe, porque comprende; y de ese modo, con la sonrisa aún en la boca, vuelve al viejo Conrad y lee:

«Lo más maravilloso de todo es el mar, o eso creo.
El mismo mar.
¿O es sólo la juventud? ¿Quién sabe?
Todos habéis logrado algo en la vida; dinero, amor, cuanto se consigue en tierra.
Pero decidme: ¿No fue el mejor de los tiempos cuando éramos jóvenes y no teníamos nada, en el mar que no daba más que duros golpes y a veces una oportunidad para ponernos a prueba, sólo eso?
¿No es lo que echáis de menos?"
Y todos asentimos: el financiero, el contable, al abogado, asentimos sobre la mesa pulida que, como una lámina de agua parda e inmóvil reflejaba nuestras caras con surcos y arrugas, marcadas por la fatiga del trabajo, las decepciones, los éxitos, el amor; nuestros ojos fatigados que buscaban todavía, buscaban siempre, buscaban ansiosos ese algo de vida que mientras se espera ya se ha ido, que ha pasado sin ser visto, en un suspiro, en un instante, junto con la juventud, con la fuerza, con el ensueño de las ilusiones».

UNA HISTORIA DE ESPAÑA XCI, de Arturo Pérez Reverte - 21/8/17

Fue, paradójicamente, un golpe de estado, o el intento de darlo, lo que acabó por consolidar y hacer adulta la recién recobrada democracia española.
El 23 de febrero de 1981, el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero, respaldado por el capitán general de Valencia, general Milans del Bosch, y una trama de militares y civiles nostálgicos del franquismo, asaltó el parlamento y mantuvo secuestrados a los diputados durante una tensa jornada, reviviendo la vieja y siniestra tradición española de pronunciamiento, cuartelazo y tentetieso, tan cara a los espadones decimonónicos (nunca la lectura de El ruedo ibérico de Valle-Inclán y los Episodios Nacionales de Galdós fue tan recomendable como en los tiempos que corren, para entender aquello y entendernos hoy).

Entraron Tejero y sus guardias en las Cortes, gritó aquel animal «¡Todos al suelo!», y toda España contuvo el aliento, viéndose otra vez en las zozobras de siempre.

Con todos los diputados en el suelo, en efecto, acojonados y agazapados como conejos – no siempre Iberia parió leones – excepto el dirigente comunista Santiago Carrillo (lo iban a fusilar seguro, y se fumó un pitillo sin molestarse en agachar la cabeza), el presidente Adolfo Suárez y el teniente general Gutiérrez Mellado, que le echaron unos huevos enormes enfrentándose a los golpistas (Tejero cometió la vileza de querer zancadillear al viejo general, sin conseguirlo), todo estuvo en el alero hasta que el rey Juan Carlos, sus asesores y los altos mandos del Ejército detuvieron el golpe, manteniendo la disciplina militar.

Pero no fueron ellos solos, porque millones de españoles se movilizaron en toda España, y los periódicos, primero El País, luego Diario 16 y al fin el resto, hicieron ediciones especiales llamando a la gente a defender la democracia.
Ahí fue donde la peña estuvo magnífica (o estuvimos, porque los de mi quinta ya estábamos), a la altura de la España que deseaba tener. Y se curró su libertad.
Eso quedó claro cuando, dimitido Suárez – sus compadres políticos no le perdonaron el éxito, ni que fuera chulo, ni que fuera guapo, y algunos ni siquiera le perdonaban la democracia – y gobernando Leopoldo Calvo-Sotelo, en España se instaló la plena normalidad democrática, aprobándose los estatutos de autonomía y entrando nuestras fuerzas armadas en la OTAN, decisión que tuvo una doble ventaja: nos alineaba con las democracias occidentales y obligaba a los militares españoles a modernizarse, conocer mundo y olvidar la caspa golpista y cuartelera.

En cuanto a las comunidades, la Constitución de 1978, consensuada por todas – subrayo el todas – las fuerzas políticas y redactada por notables personalidades de todos los registros, había definido la España del futuro con nacionalidades y regiones autónomas, a punto de caramelo para 17 autonomías de las más avanzadas de Europa, en lo que uno de nuestros más ilustres historiadores vivos – quizá el que más –, Juan Pablo Fusi, define como «un estado social y democrático de derecho, una democracia plena y avanzada».
Antes de salir de escena, y a fin de desactivar una vieja fuente de conflicto que siempre amenazó la estabilidad de España, Adolfo Suárez había logrado unos acuerdos especiales para Cataluña restableciendo la Generalidad, abolida tras la Guerra Civil, haciendo regresar triunfal del exilio a su presidente, Josep Tarradellas. 
Pero en el País Vasco las cosas no fueron tan fáciles, debido por una parte a la violencia descerebrada y criminal de ETA, y por otra al extremismo sabiniano de un individuo en mi opinión nefasto llamado Xabier Arzalluz, que llevó al PNV a posiciones de turbio oportunismo político (recordemos su cínico «unos mueven el árbol y otros recogemos las nueces» mientras ETA mataba a derecha e izquierda).
Aun así, pese a que el terrorismo vasco iba a ser una llaga constante en el costado de la joven democracia española, ésta resistió con valor y entereza sus infames zarpazos.

Y en las elecciones de octubre de 1982 se logró lo que desde 1939 parecía imposible: el partido socialista ganó las elecciones, y lo hizo con 10 millones de votos – Alianza Popular tuvo 5,4 –. El PSOE, con Felipe González y Alfonso Guerra a la cabeza, gobernó España.
Y durante su largo mandato, pese a todos los errores y problemas, que los hubo, con la traumática reconversión industrial, terrorismo y crisis diversas, los españoles encontramos, de nuevo, nuestra dignidad y nuestro papel en el mundo.

En 1985 entrábamos en la Comunidad Europea, y el progreso y la modernidad llegaron para quedarse.
Alfonso Guerra lo había clavado: «A España no la va a reconocer ni la madre que la parió».
[Continuará]



UNA HISTORIA DE ESPAÑA XC, de Arturo Pérez Reverte - 7/8/17

Y así llegamos, señoras y caballeros, a la mayor hazaña ciudadana y patriótica llevada a cabo por los españoles en su larga, violenta y triste historia.
Un acontecimiento que –alguna vez tenía que ser– suscitó la admiración de las democracias y nos puso en un lugar de dignidad y prestigio internacional nunca visto antes (dignidad y prestigio que hoy llevamos un par de décadas demoliendo con imbécil irresponsabilidad).
La cosa milagrosa, que se llamó Transición, fue un auténtico encaje de bolillos, y por primera vez en la historia de Europa se hizo el cambio pacífico de una dictadura a una democracia.

De las leyes franquistas a las leyes del pueblo, sin violencia. «De la ley a la ley», en afortunada expresión de Torcuato Fernández Miranda, uno de los principales consejeros del rey Juan Carlos que timonearon el asunto.
Por primera y –lamentablemente– última vez, la memoria histórica se utilizó no para enfrentar, sino para unir sin olvidar. Precisamente esa ausencia de olvido, la útil certeza de que todos habían tenido Paracuellos o Badajoz en el currículum, aunque la ilegalidad de los vencedores hubiese matado más y durante mucho más tiempo que la legalidad de los vencidos, impuso la urgencia de no volver a repetir errores, arrogancias y vilezas.
Y así, España, sus políticos y sus ciudadanos se embarcaron en un ejercicio de ingeniería democrática.
De ruptura mediante reforma.

Eso fue posible, naturalmente, por el sentido de Estado de las diferentes fuerzas, que supieron crear un espacio común de debate y negociación que a todos beneficiaba.
Adolfo Suárez, un joven, brillante y ambicioso elemento –era de Ávila– que había vestido camisa azul y provenía del Movimiento, fue el encargado de organizar aquello.
Y lo hizo de maravilla, repartiendo tabaco, palmadas en la espalda y mirando a los ojos al personal (fue un grande entre los grandes, a medio camino entre nobleza de espíritu y trilero de Lavapiés, y además, guapo).

Respaldado por el rey, auxiliado por la oposición –socialistas, comunistas y otros partidos–, apoyado por la confianza e ilusión de una opinión pública consciente de lo delicado del momento, Suárez lo consiguió con cintura e inteligencia, sometiendo al Búnker, que aún mostraba peligrosamente los dientes, y encajando también, además de la asesina reticencia de la ultraderecha, los zarpazos del imbécil y criminal terrorismo vasco; que parecía, incluso, más interesado en destrozar el proceso que los propios franquistas.

Fue legalizado así el Partido Socialista, y al poco tiempo también el Partido Comunista, ya en pleno e irreversible proceso hacia la libertad.
Un proceso complejo, aquél, cuyas etapas se fueron sucediendo: Ley de Reforma Política, aprobada por las Cortes en 1976 y respaldada por referéndum nacional, y primeras elecciones democráticas en 1977 –¡España votaba de nuevo!–, que filtraron la sopa de letras de los nuevos y viejos partidos y establecieron las fuerzas principales: Unión de Centro Democrático, o sea, derecha de la que luego saldría Alianza Popular (165 escaños, a 11 de la mayoría absoluta), PSOE (118 escaños) y Partido Comunista (20 escaños).
El resto se agrupó en formaciones más pequeñas o partidos nacionalistas.
Todo esto, naturalmente, hacía rechinar los dientes a la derecha extrema y a los generales franquistas, que no vacilaban en llamar a Juan Carlos rey perjuro y a Suárez traidor fusilable.
Y ahí de nuevo, los cojones –las cosas por su nombre– y el talento negociador de Adolfo Suárez, respaldado por la buena voluntad de los líderes socialista y comunista, Felipe González y Santiago Carrillo, mantuvieron a raya a los militares, los cuarteles bajo un control razonable y los tanques en sus garajes, o en donde se guarden los tanques, superando los siniestros obstáculos que el terrorismo de extrema derecha (matanza de Atocha y otras barbaries), el de extrema izquierda (Grapo) y la cerril brutalidad nacionalista (ETA) planteaban a cada paso.

Y de ese modo, con la libertad cogida con alfileres pero con voluntad de consolidarla, abordamos los españoles el siguiente paso: dotarnos de una Constitución que regulase nuestros derechos y deberes, que reconociese la realidad de España y que estableciera un marco de convivencia que evitase repetir errores y tragedias del pasado.
Y a esa tarea, redactar la que sería la Carta Magna de 1978, se dedicaron los hombres –las mujeres iban apareciendo ya, pero aún las dejaban al extremo de la foto– mejores y más brillantes de todas las fuerzas políticas de entonces.

Con sus intereses y ambiciones, claro; pero también con una generosidad y un sentido común nunca vistos en nuestra Historia.

[Continuará].

IRAN POR TODO Y POR TODOS, de Eduardo Aliverti

Es literal: están saliendo de caza.
No hay otra figura mejor para graficar lo que sucede, por más que ya se haya transformado en obvia.
De ahí para abajo empiezan a acabarse los adjetivos.
Una decisión política, la del memo de entendimiento con Irán, avalada por el Congreso de la Nación.
Desestimada en sede judicial dos veces.
Y en primera instancia por el magistrado al que también salieron a cazar y que hoy, justamente hoy, debe presentarse ante el Consejo de la Magistratura bajo acusación de haber desestimado el mamarrachesco dictamen de Nisman sobre el que ancla ahora una persecución en masa.

Como todo esto puede ser novedad sólo para los inadvertidos, lo cual no significa dejar de escandalizarse, cabe por empezar una pregunta siendo que desde esta madrugada se cruzaron (casi, tratándose un Gobierno como este) todos los límites.

¿Cuál será la reacción de eso que se llama la “clase política”? Gobernadores, senadores, diputados, todos ellos de la oposición “sensata”, “anti K”, y que esta semana fueron título por las roscas de armado de bloques y negociación con el macrismo, ¿qué tendrán para decir?
¿Se tomarán el fin de semana largo, agotados por tanta transa?
¿O habrá varios que conserven todavía alguna capacidad de reacción, que para el caso es lo mismo que decir de dignidad?
¿El senador Pichetto, la flamante estrella del firmamento macrista, se anima a escuchar su intervención a favor del memo con Irán?

Porque, como incluso ya advirtieron algunos voceros del propio oficialismo inquietos por el sostén jurídico de la escalada, el Gobierno y su decisivo brazo tribunalicio están quemando todos los libros del derecho.
Todos.

Nadie con sensatez puede desentenderse de que esto es puramente venganza. Jamás se vivió una cosa así desde el recupero democrático.
Tiene ingredientes como el circo mediático, o la desviación de agenda en un momento que no parecía favorable a Casa Rosada entre los aumentos de tarifas, el manejo de la tragedia del submarino, las advertencias extendidas sobre el hachazo a los fondos de los jubilados.

Pero el nodo es la venganza.


También, claro, hay la pregunta de la reacción social. 
La que haya será sectorial, pero al menos debe haber eso porque si la ecuación fuera que de todos modos seguirán avanzando no hay más nada que decir.

viernes, 8 de diciembre de 2017

LA EUROPA QUE ESTAMOS MATANDO, de Arturo Pérez Reverte - 4/12/17

Es posible que me equivoque; pero creo que a la Europa cultural, a esa antigua, formidable e interesante señora que en sus 3.000 años de memoria incluye desde Homero, Platón, Sócrates, Virgilio y aquellos fulanos –y fulanas– de entonces hasta los de hace pocos días, pasando por Shakespeare, Leonardo, Cervantes, Velázquez, Montaigne, Voltaire, Van Gogh y el resto de la peña, no la matarán el terrorismo islámico, la inmigración o la multiculturalidad; ni siquiera la pandilla de políticos semianalfabetos que legisla y trinca en Bruselas con el objetivo, que se diría deliberado, de igualarlo todo en la mediocridad y aplastar la inteligencia allí donde todavía puede brillar.
En mi opinión, lo que destruye la Europa que en otro tiempo fue faro intelectual y referencia moral del mundo es el turismo de masas: la invasión descontrolada, imparable, de multitudes – entre las que nos contamos ustedes y yo – que circulan arrasándolo todo a su paso.
Transformándolo, allí donde se posan como plaga de langosta, en un escenario diferente al que fue, reconvertido ahora a su, o nuestra, imagen y semejanza.

Nada puede sobrevivir, porque es imposible, a diez o veinte mil turistas arrojados de golpe por cruceros y viajes baratos – suena mejor low cost –, en un solo fin de semana sobre ciudades como Roma, Florencia, París, Madrid o Barcelona. Y no se trata únicamente del efecto de masas que las hace intransitables, complica el acceso a museos y puntos de interés, degrada el entorno, ensucia y satura.
Se trata también, y sobre todo, de cómo los lugares van perdiendo poco a poco, y a veces con extraordinaria rapidez, los rasgos que los hacían singulares, adaptándose, qué remedio, a la nueva situación.

Tiendas de toda la vida, restaurantes, librerías, comercios, establecimientos que durante décadas o siglos dieron carácter local, desaparecen o se adaptan a los nuevos visitantes. 
Ofreciendo, naturalmente, lo que ese nuevo cliente exige, o exigimos: tiendas de souvenirs, bares y cafeterías impersonales, comida rápida y sobre todo ropa, mucha ropa.
De Algeciras a Estambul, de Palermo a Oslo, de cada dos comercios que cierran y reabren, uno lo hace como tienda de ropa. O de teléfonos móviles, también, a fin de que todos podamos ir dándole con el dedo a la pantallita; e incluso enterarnos, gracias a ella, de lo que tenemos alrededor sin necesitar la tontería viejuna de mirarlo.
Paseando por lugares cuya historia ignoramos, fotografiándonos ante monumentos y cuadros que nos importan un carajo, pero que se indican como parada obligatoria. Trofeo del safari.

Pienso en eso en Lisboa, sentado en la terraza de la pastelería Suiça, mientras compruebo en qué hemos convertido, también, esta hermosa ciudad hasta hace poco elegante y tranquila.
Los operadores turísticos se lanzan ahora sobre Portugal, y todo está lleno de gente en calzoncillos que bloquea las calles caminando tras guías políglotas que levantan en alto banderitas y paraguas de colores.
Eso trae dinero, claro.
A ver quién se resiste a eso, así que toda Lisboa está en fase de adaptarse a los nuevos tiempos y las nuevas gentes. No hay un taxi libre, ni una mesa en un café.
Los abueletes que necesitan subir al Barrio Alto ya no pueden utilizar el elevador de Santa Justa, porque colas enormes de turistas aguardan turno para subir en él y hacerse una foto.
Frente a La Brasileira, docenas de guiris que ni saben quién fue Pessoa ni les importará jamás se retratan junto a la estatua del escritor que, de verse tan sobado, se ciscaría en su puñetera madre.
Y el barrio de Alfama, donde antes te atracaban de noche como Dios manda, y podías pasear a oscuras sólo si te arriesgabas a ello, ahora rebosa de locales de fado, con ingleses y alemanes preguntando dónde pueden comer la típica paella portuguesa.
Esto es hoy Lisboa.

En la vieja Suiça, donde intento leer tranquilo, un grupo de anglosajones especialmente escandaloso y bestial bebe alcohol, grita, canta y maltrata al veterano camarero de chaquetilla blanca. Harto de esos animales, entristecido por la suerte de la ciudad antigua y señorial, me levanto y ocupo una mesa que ha quedado libre en el extremo opuesto de la terraza.
Al poco se acerca el camarero, trayendo mi bebida. Entonces miro hacia aquellos escandalosos hijos de puta y le digo al camarero: «He tenido que venir a una mesa que esté lejos».
Y el camarero, con ademán triste y elegante de viejo lisboeta, se encoge de hombros, sonríe melancólico y responde: «Ya no hay mesas lo bastante lejos».

REGRESO A TÁNGER, de Arturo Pérez Reverte - 12/11/17

He vuelto a Tánger tras las huellas de Eva, la agente soviética, y de Lorenzo Falcó, el desalmado y elegante espía franquista. Estuve allí unos días, recordando, y al hacerlo regresé a 1937.
Bajé desde la habitación 108 del hotel Continental por la calle Dar Baroud para comer en el pequeño restaurante Rif, y paseé luego entre los puestos del mercado, me senté en el Zoco Chico ante los cafés Central y Fuentes, donde hace ochenta años se enfrentaban españoles nacionales y republicanos, y anduve de noche, despacio y alerta, por las calles estrechas de la ciudad vieja, escuchando el eco de mis pasos en los recodos, subiendo hacia la casa de Moira Nikolaos en busca de una copa de absenta y un cigarrillo de haschís, y tal vez de una entrevista clandestina con el capitán de un mercante cargado con oro de la República.

Atento, en cada recodo o rincón, a esquivar una cuchillada en el vientre, o un balazo. El mundo, me susurraba Falcó al oído a cada momento, es un lugar peligroso. Así que ándate con ojo, compañero.
Y yo lo oía reír quedo y cruel, a mi lado, en la oscuridad.
Es curioso esto de leer y escribir cosas.
Desde hace treinta años, desde que cuento historias, me resulta imposible regresar a una ciudad donde transcurra una novela sin proyectarla a mi alrededor. 
Es cierto que eso ya me ocurría antes, como lector.
Nadie que lea libros, o al menos nadie entre la clase de lector que algunos somos, puede ver París, Roma u Oviedo, por citar tres lugares al azar, como los ve quien nunca anduvo de conversación con Hemingway, Stendhal o Clarín.
Los libros que llevas encima amueblan el mundo y obran el milagro de difuminar el presente e inyectar las páginas leídas en cada escenario.
Ése es, creo, el resultado más feliz de la lectura: permite advertir cosas que quienes no leen no pueden ver.

Hace posible una realidad paralela que llega a superponerse a la auténtica, o a combinarse con ella, logrando que a veces puedas recordar más a la luz de lo leído que de lo vivido.
Conseguir que París era una fiesta, Paseos por Roma o La Regenta alcancen más realidad en tu imaginación y tu memoria que una fotografía o una simple mirada.
Lo que, en el mundo que nos espera o que estamos teniendo ya, no deja de ser un extraordinario privilegio.
Pero si eso ocurre con los libros leídos, calculen con los escritos.
Cada novelista tiene su método, e imagino que no habrá dos iguales. El mío es vivir durante el tiempo en que tardo en escribir cada historia, que va de uno a dos años, sumergido en el mundo que narro. Y lo hago rodeado de objetos relacionados con ello, fundamentalmente lecturas.
De cada diez libros que leo, seis o siete suelen estar relacionados con la novela en curso; incluso los que en apariencia nada tienen que ver, pero que ayudan a crear un estado de ánimo favorable a la escritura.
Libros que estimulan, dan ganas de trabajar y disparan mecanismos interesantes.
A eso hay que añadir innumerables planos, revistas, fotografías, películas, viajes a los lugares y largos paseos con cuadernos de notas y la mirada atenta de cazador voraz.

Y así es posible la grata sensación de caminar por las ciudades de mis novelas borrando a los turistas, y los automóviles, y todo cuanto esté de más, o no sea útil para lo que se desarrolla en mi cabeza.
Ver el mundo no como es en realidad, sino como en mis novelas yo quiero, o pretendo, o necesito, que sea.
Por eso me es imposible regresar a ciertos lugares sin verlos a través de las novelas que escribí.
Ya no puedo caminar por Tánger, como digo, sin la compañía de Eva y Falcó; ni sentarme en un café de París sin ver en la mesa contigua a Lucas Corso e Irene Adler; ni pasear por Culiacán sin toparme con Teresa Mendoza cambiando dólares en la calle Juárez; ni entrar en el Negresco de Niza sin cruzarme con el bailarín y estafador Max Costa; ni ver una torre costera mediterránea sin imaginar dentro a un pintor de batallas; ni caminar por Cádiz sin esperar de un momento a otro el estallido de una bomba francesa, en cuyo lugar de impacto el comisario Tizón hallará el cadáver de una mujer asesinada.
Todo ese mundo me escolta, palpita alrededor, se sienta a mi mesa, conversa conmigo, puebla los lugares que revisito.
Me acompañará siempre mientras tenga memoria y tenga vida.
Y no imaginan ustedes la asombrosa felicidad que produce escuchar en el café Procope la risa amarga del abate Bringas, oír en la calle Bordadores el tintineo de los floretes de don Jaime Astarloa o arrodillarte a besar la carne cálida y húmeda de Olvido Ferrara mientras afuera, en Venecia, cae despacio la nieve sobre las góndolas negras.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

EL FARMACÉUTICO GALLEGO, de Arturo Pérez Reverte - 6/11/17

Hay tópicos nacionales de todas clases: los portugueses melancólicos, los italianos caóticos, los alemanes de piñón fijo, los ingleses arrogantes, borrachos y egoístas. 
Y lo que quieran ustedes añadir al asunto. 
Muchos de esos lugares comunes son falsos, y otros —establezcan cuál o cuáles— corresponden a la exacta realidad. 
En España, como en todas partes, esos tópicos los tenemos en abundancia: los andaluces indolentes y graciosos, los aragoneses nobles y testarudos, los catalanes laboriosos pero lentos en sacar la cartera, y cosas así. 
Y uno de los más reconocidos es el de los gallegos. 
Me refiero a su proverbial hermetismo, magistralmente expresado en esa imagen del ciudadano al que te encuentras en la escalera y no sabes si está subiendo o bajando. 
O si está parado.

El otro día tuve ocasión de comprobar en carne propia que a veces los tópicos se ajustan a la más absoluta realidad. 
Al menos, en lo que a los gallegos se refiere. 
Me encontraba en Santiago de Compostela, alojado en el hotel donde lo hago cada vez que viajo allí, situado en un buen lugar de la plaza del Obradoiro, junto a la catedral. 
Se acercaba la hora de comer, así que cogí un paraguas y salí a dar una vuelta por una calle cercana donde abundan los restaurantes. 
Como animal de costumbres que soy, me encaminé directamente al que frecuento cuando estoy en esa ciudad, pero lo encontré cerrado. 
Me quedé indeciso, pues no conocía ninguno de los otros locales de esa calle, que son una docena. 
Y como en aquel momento me dolía la cabeza y necesitaba un Actrón —esos dolores de cabeza que le he prestado a mi amigo Lorenzo Falcó, y que en los años 30 él soluciona con aspirinas—, entré en una farmacia, aprovechando para pedirle al farmacéutico que me recomendase un lugar próximo. 
Un buen restaurante.

El farmacéutico, un tipo de mediana edad, con un acento tan gallego que parecía imitado y no real - estilo Manuel Jabois o Luis, el limpiabotas del Palace -, se me quedó mirando, inexpresivo.

— Buenos, lo que se dice buenos, hay muchos — dijo.

—Lo supongo —respondí—. Pero habrá alguno que pueda usted recomendarme.

Se rascó la cabeza.

— Hay varios, ¿eh? — comentó.

—Ya supongo.

— Unos mejores y otros no tanto, pero los hay buenos.

— Con que me diga uno es suficiente.

Volvió a rascarse la cabeza.

— El problema es que si le recomiendo uno, igual soy injusto con otros.

— Puede. Pero tengo hambre, ¿sabe?… Con uno dicho así, al azar, me las arreglo.

El farmacéutico encogió los hombros, fruncido el ceño.

— ¿Prefiere carne, pescado o marisco? — inquirió.

— Me da igual —repuse esperanzado—. Lo que me apetece es comer bien.

— Es que algunos son mejores en carne, y otros en pescado y marisco.
Respiré hondo. Seis veces. O quizá fueron siete.

— A estas alturas me da igual carne que pescado. Se lo juro.

Volvió a rascarse la cabeza.

— No es lo mismo —objetó—. Porque cada uno tiene su especialidad.

Me metí el nudillo de un dedo índice entre los dientes y mordí fuerte.

— Por Dios… Dígame uno, carne o pescado. El que sea.

Se quedó pensando otro largo momento.

— Pues la verdad —concluyó— es que no me atrevo a decirle uno en concreto.

Decidí cortar por lo sano.

— ¿A cuál suele ir usted?

— A veces voy a uno y a veces voy a otro.
— ¿A veces?

— Depende. Unas sí y otras no. Pero casi siempre como en casa.

Me agarré al mostrador, tambaleante. La farmacia me daba vueltas.

— ¿Y cuál fue el último restaurante al que fue?

— Pues fui a uno, pero no sabría decirle ahora cuál.
Estaba a punto de echarme a llorar. Saqué la cartera.

— ¿Qué le debo del Actrón?

— Ocho euros con cincuenta y cinco céntimos.
Salí a la calle haciendo eses, mareado, y me metí en el primer restaurante que vi abierto. 
Y las cosas como son, oigan. Comí de puta madre.

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