lunes, 12 de febrero de 2018

LOS HÉROES ESTÁN AQUÍ, de Arturo Pérez Reverte - 1/1/18

Octavio y yo somos amigos hace más de veinte años.
Es, sin embargo, mucho más joven que yo.
También es melancólico e inteligente; lo que no le impide, por fortuna, conservar cierta noble ingenuidad.
Vivió la emigración reciente a la que están condenados tantos jóvenes españoles, aunque hace poco tuvo la suerte de volver.
Como buena parte de su generación, tiempo atrás, al comienzo de nuestra amistad, hablaba de sus padres con ese distanciamiento, tan común en esa etapa, propio de los pocos años.
Algo natural en quien todavía no había hecho guardia en las duras trincheras de la vida.
Con los años y la experiencia, ese despego se transformó en comprensión y afecto.
Pero hasta ahora, nunca lo había oído hablar de sus padres con admiración. Con tan sereno y lúcido orgullo.

Ocurrió el otro día, Reverte, me cuenta.

Y antes de proseguir se queda un rato mirando la cerveza que tiene delante con ese gesto de quien, como buen gallego, posee un sentido más bien trágico de la vida: el de quien sabe, al fin, que ésta es un camino demasiado largo hacia un lugar demasiado oscuro, bajo un cielo demasiado gris, donde se pasa siempre demasiado frío.

Mis padres, continúa al fin mi amigo, son, ya sabes.
Son eso, padres.
Mayores, trabajadores, honrados, de su tiempo. Octogenarios, fíjate. Él y ella.
Siempre los quise más por lo que eran que por lo que hacían o les veía hacer. O así era antes.
Y de pronto, un día, zas. Los miras y ves a otros.
A unos que también estaban ahí, aunque tú no los vieras. Y te lo juro, viejo camarada.
Te emocionas como un chiquillo.

Fui el otro día a comer a su casa,
sigue contando Octavio. Lo hago de vez en cuando, añade.
Y me lo dijeron casi a regañadientes, tras uno de esos largos silencios en los que suelen habitar cuando se trata de sí mismos.
La vecina de arriba aporreando la puerta.
Fuego, hay fuego, le gritó a mi madre, señalando la puerta de al lado.
Mi madre llamó a mi padre y salieron todos al rellano.
El olor del humo se mezclaba con los gritos que sonaban en el interior de la casa. La vecina estaba dentro y pedía ayuda. Tiene cáncer en fase avanzada y estaba en la cama, sin poder valerse.
Todo el edificio lo sabe. Lo sabía.

Mis padres siempre han tenido llave de esa casa; es frecuente entre vecinos de toda la vida.
Así que figúrate la escena: mis padres mandan a la vecina a llamar a Emergencias, mi padre se hace con uno de los extintores de la escalera y se mete en el pasillo lleno de humo sin ver nada, seguido por mi madre.
Ocho o diez metros de pasillo negro, asfixiante, y al fondo la voz de la vecina que sigue pidiendo auxilio.
Imagínatelos, allí, a los dos abuelos.
Mi padre llega hasta la cocina, donde combate el fuego, y mi madre se mete en la habitación de la vecina, carga con ella hasta la ventana y la abre para que pueda respirar aire fresco.
Al fin llegan los bomberos.
Fin del episodio. Final del drama.

¿Te das cuenta, Reverte?…
Yo los escuchaba contar aquello –a mi madre, que era la que hablaba– sin dar crédito.
 Mis padres tienen ochenta años, te repito.
¿Qué habría pasado si se hubieran desmayado, si se hubieran dado un golpe al no ver entre el humo negro y tóxico?…
Y sin embargo, mi madre me lo refería sin darle importancia, mientras seguía cocinando.
Mi padre permanecía sentado junto a la mesa de la cocina, leyendo el periódico, a lo suyo, porque ya conocía de sobra la historia.
Habían pasado cuatro o cinco días y el olor a quemado y humo en el edificio era todavía insoportable.
Imaginé a los dos allí dentro y me puse a temblar, te lo juro.
Asombrado de que siguieran en su casa, cocinando y leyendo el periódico.
Tan tranquilos. Vivos y tan tranquilos.

En ese momento, Reverte, le pregunté a mi madre cómo se decidieron a entrar.
Si no hubiera sido más prudente esperar a los bomberos, o a la ambulancia, antes de meterse en aquel humo negro a jugarse la vida, entrando de cabeza en la boca del lobo.
Y entonces, sin soltar el cuchillo con el que seguía cortando patatas, haciendo un ademán circular que abarcaba con naturalidad la escena vivida, el pasillo oculto por el humo y a ellos dos en el umbral, cada uno con sus ochenta años de vida, y tras mirar brevemente a mi padre, que seguía leyendo el periódico como si no le interesara demasiado la conversación, mi madre, fíjate, respondió a mi pregunta resumiéndolo todo en ocho sencillas palabras:

«Pero hijo, ¿y cómo no íbamos a entrar?»

MARÍA, LA SIRVIENTA, de Juan Gelman

Se llamaba María todo el tiempo de sus 17 años,
era capaz de tener alma y sonreír con pajaritos,
pero lo importante fue que en la valija le encontraron
un niño muerto de tres días, envuelto en diarios de la casa.

Qué manera era esa de pecar, de pecar,
decían las señoras acostumbradas a la discreción,
y en señal de horror levantaban las cejas,
con un breve vuelo no desprovisto de encanto.

Los señores meditaron rápidamente sobre los peligros
de la prostitución, o de la falta de prostitución,
rememoraban sus hazañas con chiruzas diversas
y decían severos: desde luego querida.

En la comisaría fueron decentes con ella,
sólo la manosearon de sargento para arriba. 
pero María se ocupaba de soñar.
Los pajaritos se le despintaron bajo la lluvia de lágrimas.

Había mucha gente desagradada con María,
por su manera de empaquetar los resultados del amor,
y opinaban que la cárcel le devolvería la decencia
o por lo menos francamente la haría menos bruta.

Aquella noche las señoras y señores
se perfumaban con ardor.
Por el niño que decía la verdad.
Por el niño que era puro.
Por el que era tierno. 
Por el bueno, en fin.
Por todos los niños muertos
que cargaban en las valijas del alma,
y empezaron a heder súbitamente,
mientras la gran ciudad cerraba sus ventanas.

ALGO DE LUNFARDO

En este hermoso país que es mi tierra, la Argentina,
la mujer es una mina y el fueye es un bandoneón,
el vigilante, un botón, la policía, la cana,
el que roba es el que afana, el chorro un vulgar ladrón,
al zonzo llaman chabón y al vivo le baten rana.

La guita o el vento es el dinero que circula,
el cuento es meter la mula, y al vesre por al revés.
Si pelechaste, tenés, y en la rama si estás seco.
Si andás bien, andás derecho; tirao, el que nada tiene,
chapar es, si te conviene, agarrar lo que está hecho.

El cotorro es el lugar donde se hace el amor.
El pashá es un gran señor que sus mangos acumula.
La vecina es la fulana, el tordo es algún doctor,
el estaño un mostrador donde un curda se emborracha,
y si es que hacés pata ancha te la das de sobrador.

El que trabaja, labura; quien no hace nada es un fiaca,
la pinta es la que destaca los rasgos de tu apostura.
Mala racha es mishiadura, que hace la vida fulera.
La cama es una catrera y apoliyar es dormirse,
rajar o piantarse es irse, y esto lo manya cualquiera.

Y que te van a contar, ya está todo relojeado,
aquello visto, es junado, lo sabe toda la tierra.
Si hasta la Real Academia, que de parla sabe mucho,
le va a pedir a Pichuco y a Grela, con su guitarra,
que a esta milonga lunfarda me la musiquen de grupo.

viernes, 9 de febrero de 2018

TELEFONEAR AL MAFIOSO, de Arturo Pérez Reverte - 18/12/17

De toda la vida hubo actores de cine y teatro, incluso escritores, que acabaron poseídos por los personajes que interpretaban o escribían. Creyéndose ellos.
A la cabeza del ser humano se le aflojan los muelles de vez en cuando, y hay ficciones propias o ajenas tan intensas que pueden acabar poseyéndonos.
A veces esa posesión es suave, sin consecuencias serias o visibles, y otras reviste carácter más serio, más grave –a todos nos ha dado por utilizar ahora el torpe anglicismo severo en lugar de grave–, con el resultado de trastornos de personalidad casi patológicos, o sin casi.
Un buen ejemplo es la película de Ronald Colman, Doble vida, en la que éste interpreta a un actor que, encarnando a su vez a Otelo, acaba queriendo asesinar, por celos, a la actriz que hace de Desdémona.

Fuera de la ficción, o a caballo entre ésta y la vida real, hay casos notables muy conocidos.
Johnny Weissmuller, el atlético actor que junto a Maureen O’Sullivan interpretó a Tarzán en doce películas, acabó majareta perdido, en la ancianidad, lanzando su famoso grito de la selva.
Y Bela Lugosi, el mejor Drácula de todos los tiempos, terminó convencido de ser su propio personaje, hasta el punto de que pasó los últimos años en un psiquiátrico donde, dicen, exigía dormir en un ataúd.
También cuentan que lo enterraron con su capa de vampiro, y que su amigo Peter Lorre, a modo de homenaje, propuso dejarle una estaca clavada en el corazón.

Sin llegar a esos extremos, y en plan actual, he conocido a actores que llegaron a asumir hasta más allá de lo normal sus papeles protagonizados para el cine o la televisión.
La mexicana Kate del Castillo, por ejemplo, llegó a relacionarse con narcos reales, como el Chapo Guzmán, al no despegarse del todo del personaje de Teresita Mendoza, la Reina del Sur, y ahora está entusiasmada porque va a protagonizar una segunda parte de la serie televisiva en español.
Y Viggo Mortensen, aquel formidable Alatriste, dormía durante el rodaje con la espada junto a la cama, y tardó mucho tiempo y varias películas en desprenderse del personaje que encarnó con todo su talento y toda su alma.

También eso se da en el público, lector de libros o espectador de películas. 
Algunos se identifican con lo que ven o leen hasta extremos notables, o atribuyen al autor de una novela o al actor de una película virtudes, defectos y actitudes de los personajes de éstas.
El galán español Alfredo Mayo contaba que las mujeres se le acercaban creyendo hacerlo a sus personajes, y eso mismo ocurría con los hombres que temblaban ante Louise Brooks, Greta Garbo o Brigitte Bardot.
Del lado opuesto, odios y aversiones, el mismo Peter Lorre del que antes hablé llegó a sufrirlos en carne propia tras interpretar a un asesino de niños en El vampiro de Dusseldorf (la película M, de Fritz Lang), pues a veces era insultado y acosado por la calle.
No pocos malvados del cine y la televisión corrieron la misma suerte.
Hasta el actor Conrad Veidt fue llamado nazi varias veces después de interpretar al comandante Strasser en Casablanca.
Lo que es curiosa paradoja en alguien como él, perseguido por la Gestapo y exiliado de la Alemania hitleriana.

Podría creerse que las cosas han cambiado, pero no es así. O no lo parece.
La credulidad del público deriva hacia otras cosas, otros formatos, pero sigue estando ahí.
Hace un par de semanas, en una serie televisiva llamada Rosy Abate, un mafioso de ficción italiano mostraba un número de teléfono propio.
Por simple azar, el número coincidía con uno real, el de un matrimonio de Domodossola. Y en ese teléfono se recibieron varias llamadas increpando al mafioso de la tele, incluida una en la que alguien –anónimo, claro– gritaba:
«No me das miedo. Voy a tu casa y te mato».

Por supuesto, algunas de esas llamadas podían ser simple guasa; pero los propietarios del teléfono aseguran que otras iban en serio. Y estoy convencido de eso.
No creo que se trate sólo de una cuestión de cultura, ni siquiera de inteligencia –aunque también–, sino de ciertos mecanismos muy propios de la humana naturaleza.
Las redes sociales, el anonimato y sus disparatadas derivaciones dan testimonio diario: torpeza, ruindad, infamia, complejos, frustraciones, rencores, desahogos…

Pese al tiempo en que vivimos, a tantas cosas por fortuna dejadas atrás, a nuestra indudable mayor lucidez y educación, con frecuencia ciertos impulsos oscuros siguen imponiéndose a la razón.
También eso somos nosotros, simplemente.
Estúpidos y peligrosos.

El lado irracional del ser humano, en todo lo suyo.

VADE RETRO, SATANÁS, de Arturo Pérez Reverte - 11/12/17

Soy visitante habitual de las librerías San Pablo, tanto la que está en la plaza de Jacinto Benavente de Madrid, como la de la calle Sierpes de Sevilla.
Están especializadas en libros sobre religión, y suelo curiosear en busca de obras de patrología e historia de la Iglesia mientras miro de reojo a la clientela, que a menudo es interesante.
Como ni curas ni monjas suelen ir ya de uniforme, me gusta observar su aspecto e indumento, la forma de comportarse ante tal o cual libro, mientras intento establecer lo que son y lo que les interesa.
En una ocasión, incluso, tuve la satisfacción de que tres monjas jóvenes me reconocieran y se confesaran lectoras de La piel del tambor, sobre la que una de ellas comentó algo divertido: 
«Desde que leímos esa novela, siempre clasificamos a los sacerdotes en padres Quart y padres Ferro».

Mi autor moderno favorito, en ese territorio, es Hans Küng. Soy viejo lector del teólogo suizo, disidente y perseguido por el ala más negra y reaccionaria del Vaticano, encarnada sobre todo en el difunto Juan Pablo II y su sucesor, todavía vivo aunque jubilado, el siniestro Ratzinger, en su juventud compañero de Küng y luego jefe de la Inquisición, o Congregación para la Defensa de la Fe, o como diablos se llame ahora.
Me gustan la lucidez, la talla intelectual y el coraje de Küng, y considero sus tres volúmenes de memorias un documento clave para comprender lo que ha ocurrido en la Iglesia Católica desde principios del siglo XX.

Quizá por eso, dos de sus libros se cuentan entre los que más veces he regalado a gente a la que aprecio: su magnífico y breve La iglesia católica, y su más breve todavía La mujer en el cristianismo, del que basta una cita («El sometimiento de la esposa al marido no forma parte de la esencia del matrimonio cristiano») para comprender por qué el Vaticano azuzó a sus perros negros durante tanto tiempo tras el rastro del irreductible Küng.

El caso es que estoy en la San Pablo sevillana, feliz porque acabo de cazar una edición del Nuevo Testamento en griego, latín y castellano –la de Bover y O’Callaghan– que creía agotada, cuando detecto presencia clerical próxima.
Y al levantar la mirada veo a dos sacerdotes jóvenes vestidos como Dios manda: camisa negra y cuello romano. 
Tienen aspecto aseado y simpático. El más alto es español. El otro, moreno y guapo, hispanoamericano.
Miran novedades y conversan hasta que, al encontrar mi mirada, el español sonríe, sorprendido.
«Nunca habría imaginado encontrarlo a usted aquí», dice.
Le respondo que es fácil encontrarme, pues soy cliente asiduo.
El sacerdote explica a su compañero quién soy, y los tres conversamos sobre libros y autores eclesiásticos.
Al fin me preguntan si hay algún libro que pueda recomendarles; y yo, sin dudar, les muestro el demoledor Siete papas, de Hans Küng.

«Aunque supongo –añado– que ya lo conocen».

Para mi estupefacción, casi dan un paso atrás.
Amagan un retroceso físico, instintivo, cuando les muestro el libro, y su ademán tiene algo de prevención medieval ante lo horrendo o diabólico. 
Sólo es un instante, claro. Son jóvenes educados y sin duda cultos. Rápidamente, la expresión de alarma se desvanece bajo una doble sonrisa.

«Eso es droga dura», apunta el español. Lo miro con sorpresa.

«¿No han leído nada de Küng?», pregunto.

«Nada en absoluto», confirman ambos.

«Pero ustedes son jóvenes y tienen formación –insisto–. ¿No sienten curiosidad por saber qué hace a un brillante teólogo ingrato a la Iglesia oficial?».

El español encoge los hombros:
«No está bien visto. Preferimos tenerlo lejos».

Muevo la cabeza.
«Hay puertas que es mejor no abrir...», comento.
No responden a eso.

Nos despedimos y siguen mirando libros mientras los observo pensativo, aún asombrado: dos sacerdotes jóvenes que ante el nombre de un disidente muestran una prevención escandalizada, casi atávica, y afirman sin complejos no haberlo leído.
Vade retro, Satanás. Todavía hoy, en la segunda década del siglo XXI.
Y es que la sombra siniestra sigue ahí, desde el seminario. Librando aún su antigua guerra contra el tiempo, las luces y la razón.

Al fin me marcho y paso cerca de los curas, que no lo advierten. 
Me alejo ya cuando oigo decir al español: 

«Vamos a llevarnos el de los papas que dice Reverte». 

Así que salgo a la calle Sierpes y a la luz sevillana riendo entre dientes, malévolo.
Es divertido, pienso, abrir pequeñas rendijas, humildes grietas en los viejos muros de sombra.

Así que chúpate ésa, Ratzinger.

ETCHECOLATZ Y HESS: Una lección moral, de Atilio Borón.

El 2017 termina en la Argentina con otra pésima noticia que se suma a otras conocidas en las últimas semanas: el Tribunal Oral Federal Nº 6 de la ciudad de Buenos Aires le concedió el genocida y torturador probado y confeso Miguel Osvaldo Etchecolatz, ex Director de Investigaciones de la Policía Bonaerense, el beneficio de la prisión domiciliaria a causa de su "delicado cuadro de salud".
El personaje de marras desempeñó aquel cargo entre marzo de 1976 y fines de 1977 y fue la mano derecha de otro asesino de triste memoria, el ex general Ramón Camps.

En 1986 Etchecolatz (que actualmente tiene 88 años) fue sentenciado a 23 años de cárcel al ser hallado culpable de 91 casos de tortura.
Después de la anulación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final en 2003 fue condenado por delitos de lesa humanidad en un juicio que se sustanció en el 2006 y donde fue el único acusado.
En esa oportunidad se lo condenó a prisión perpetua por seis homicidios.

Fue en el juzgado de La Plata donde se ventilaba el caso que un testigo presencial de sus crímenes, al albañil Jorge Julio López, lo identificó como uno de los torturadores.
En su declaración narró entre otras la siguiente escena:

“La chica estaba casi a mi lado, en un camastro. Le habían tirado un baldazo con agua y Etchecolatz le pasaba picana...y ella le gritó: "Por favor no me mates, llevame presa de por vida pero dejame criar a mi beba"...y él le sonrió...y delante mío le pegó un balazo ahí mismo.
Si la encuentran alguna vez, verán que la cabeza tiene dos agujeros, porque la bala entró por la nuca y le salió por el costado
”.

Conocida la sentencia, los fotógrafos advirtieron que el genocida había escrito el nombre de López en un pequeño papel, y también una orden: “secuestrar”.

El mensaje fue a parar a manos cómplices y obedientes. Tres horas después, López desaparecía para siempre.
Etchecolatz, con un rosario colgando de su cuello y el "papelito" con las instrucciones,
Teniendo a la vista estos antecedentes, ¿debería concedérsele a Etchecolatz el beneficio de la prisión domiciliaria?

Desde el punto de vista ético, filosófico, la respuesta es terminante: no, de ninguna manera.Ni la edad ni una enfermedad deben atenuar la ejemplaridad de la pena que le fue impuesta por la comisión de delitos atroces y aberrantes.
Pero, además, hay un antecedente internacional que merece ser tenido en cuenta: es el caso del ex jerarca nazi Rudolf Hess.
Este había caído prisionero de los ingleses en una extraña misión que lo había llevado al Reino Unido, supuestamente con el objeto de pactar una tregua con Londres para que los ejércitos hitlerianos librasen una batalla en un solo frente, el oriental, y aplastar a la Unión Soviética que, sin duda, era una vieja aspiración de las potencias capitalistas.
Al producirse el derrumbe del Tercer Reich Hess como tantos otros fue juzgado por el Tribunal de Nuremberg y condenado a cadena perpetua el 1º de octubre de 1946.
Junto con otras prominentes figuras del régimen nazi fue enviado a la cárcel de Spandau, un enorme complejo carcelario construido por Bismarck en Berlin.

El presidio fue diseñado para albergar a 500 prisioneros pero luego de los juicios de Nuremberg trasladaron a todos los presos y la cárcel se destinó exclusivamente a la reclusión de los condenados, custodiados por más de cien guardiacárceles y personal militar de Estados Unidos, Francia, Reino Unido y la Unión Soviética.
Sólo 7 antiguos jerarcas nazis ocuparon sus celdas y en 1966, con la excarcelación de Albert Speer al cumplirse los veinte años de su condena, el único que permaneció en ese inmenso presidio, en confinamiento solitario y custodiado por un inmenso aparato fue Hess.

Desde los años ochenta, algunos sectores neonazis europeos comenzaron a promover abiertamente una campaña para lograr la excarcelación de Hess, aduciendo su avanzada edad (más de 80 años) y sus problemas de salud.
Pero tal como lo revelara el periódico británico The Guardian en su edición del 20 de Julio de este año, nada menos que desde 1957 Londres venía sigilosamente solicitando la excarcelación de Hess a las autoridades soviéticas.
La reciente desclasificación de los Archivos Nacionales que se hizo efectiva al cumplirse 30 años de la muerte del lugarteniente de Hitler permitió conocer algunos interesantes entretelones anteriormente vedados a la opinión pública, entre ellos la hipocresía de la lucha de las “democracias capitalistas” contra el fascismo.

En once ocasiones -¡once, no una!- el Reino Unido demandó de manera unilateral a la URSS la liberación de Hess, y en otras catorce lo hizo de común acuerdo con Washington y París.
La última petición británica la firmó Margaret Thatcher el 4 de Octubre de 1982 según consta en los archivos (ver https://www.theguardian.com/…/uk-pressed-for-rudolf-hess-re…)

Sin embargo, la absoluta intransigencia de la Unión Soviética frustró esos planes.
Esta actitud fue acompañada, si bien discretamente, por el gobierno de Israel.

El argumento de Moscú se apoyaba en dos consideraciones:

1) la liberación de Hess sería una afrenta a los veinte millones de soviéticos que murieron a causa de la invasión nazi a la URSS;
2) que una tal decisión alentaría la resurgencia del nazismo y el racismo en Europa.


Fracasadas estas tentativas de liberación por “causas humanitarias” Hess murió en prisión en 1987, a los 93 años, en misteriosas circunstancias.
La versión oficial es que se ahorcó, pero en Londres hay quienes aseguran que fue asesinado para que se lleve a la tumba el secreto de la misión que lo llevara al Reino Unido a inicios de los años cuarenta.

De lo anterior se desprende una lección para la Argentina: un gesto supuestamente “humanitario” como el que benefició a un personaje como Etchecolatz -aún más sórdido y criminal que Hess que nunca perpetró por mano propia las atrocidades cometidas por aquel- no sólo es inmoral sino que fomentará el crecimiento de grupos racistas y neofascistas de diverso pelaje y alimentará la ilusión de que sus crímenes, como ocurrió en el pasado, podrían quedar impunes.

Y en la Argentina de hoy si hay algo que no necesitamos es precisamente eso.

jueves, 8 de febrero de 2018

LOS CHICOS DE AQUÉL VERANO, de Arturo Pérez Reverte - 14/8/17

Atardece mientras estoy fondeado cerca de tierra, al pie de un acantilado de mediana altura.
El lugar es tranquilo, pues la playa está lejos y en las proximidades sólo hay una antigua torre vigía medio en ruinas, como la de El pintor de batallas, y una urbanización a lo lejos, medio oculta por las rocas.
El mar está muy quieto y estoy sentado a popa, leyendo por enésima vez Juventud, de Joseph Conrad.
En la pared rocosa que tengo a menos de un cable hay tallada una escalera que lleva a un pequeño mirador, y de vez en cuando oigo los chapuzones de una docena de muchachos que se arrojan al agua desde allí, suben y vuelven a arrojarse de nuevo.

A veces dejo de leer, levanto la vista y los observo.
Son una pandilla, chicos y chicas entre los doce y los quince años, de ésas que suelen formarse en verano.
Sin duda son de la urbanización cercana.
Cuando se cansan del agua se sientan en el repecho, con las piernas colgado, a mirar el mar.
A ratos, el incipiente terral trae el eco de sus voces y sus risas.

Cierro un momento el libro y los observo con más atención. La pareja, chico y chica sentados un poco aparte, que charla en voz baja.
El que parece líder del grupo.
El tímido algo marginado.
El que les arranca carcajadas.
El audaz que se lanza al agua desde más arriba que los otros.
Las tres jovencitas hablando en voz baja de sus cosas…
Los reconozco tan fácilmente como si yo mismo fuera uno de ellos.
Cualquiera de ustedes los reconocería, supongo.
No hay nada de extraño en eso, pues también fuimos ellos alguna vez: veranos que parecían interminables, atardeceres cárdenos, rumor suave del agua en la orilla, sabor de sal, juegos, chapuzones, reuniones al atardecer en lugares como éste, primeros ensayos de libertad, de amistad, de amor.
El roce de una mano, las miradas reveladoras de sentimientos, el primer atisbo de la zona no bronceada en una piel morena, el calor de un cuerpo cercano, o el primer beso.
El despertar al mundo, al sexo, a la vida, gracias al mar cercano y cómplice.

Sigo mirando a los chicos del acantilado. 
Los conozco bien, como digo.
Cada año desde hace muchos, cuando aferro las velas y echo el ancla en este lugar, ellos siguen ahí sin envejecer nunca, en el mirador tallado en la roca.
Siempre distintos y siempre idénticos.
Se van relevando a sí mismos y siempre tienen entre doce y quince años, y la pareja se sienta un poco aparte, y el líder de la pandilla sugiere tal o cual cosa, y el tímido mira de lejos a la muchacha que le gusta, y el gracioso los hace reír a todos, y el audaz se lanza al agua desde más arriba, y las tres jovencitas siguen sentadas un poquito aparte, mirando a hurtadillas a los chicos mientras hablan de sus cosas.
Y aunque todos ellos, los que fueron y los que fuimos, ya se encuentran lejos de allí, o quizá son padres y abuelos que ahora están en esa urbanización cercana, sentados viendo la tele, o la vida los llevó a lugares distintos, o los borró de ella hace muchos años, esa pandilla de chicos tostados por el sol y con sal en la piel, con las piernas colgando del repecho del mirador, obra el milagro de mantener intacto el bucle de la memoria y de la vida que se renueva a sí misma. 

Y ustedes, y yo, y cuantos nos precedieron junto al mar impasible, seguimos sentados ahí arriba, despertando cada verano al mundo, al amor, al sexo y a la vida mientras alguien nos observa desde lejos, quizá desde un velero solitario anclado en la bahía, con un libro en las manos.
Y ese alguien sonríe, porque comprende; y de ese modo, con la sonrisa aún en la boca, vuelve al viejo Conrad y lee:

«Lo más maravilloso de todo es el mar, o eso creo.
El mismo mar.
¿O es sólo la juventud? ¿Quién sabe?
Todos habéis logrado algo en la vida; dinero, amor, cuanto se consigue en tierra.
Pero decidme: ¿No fue el mejor de los tiempos cuando éramos jóvenes y no teníamos nada, en el mar que no daba más que duros golpes y a veces una oportunidad para ponernos a prueba, sólo eso?
¿No es lo que echáis de menos?"
Y todos asentimos: el financiero, el contable, al abogado, asentimos sobre la mesa pulida que, como una lámina de agua parda e inmóvil reflejaba nuestras caras con surcos y arrugas, marcadas por la fatiga del trabajo, las decepciones, los éxitos, el amor; nuestros ojos fatigados que buscaban todavía, buscaban siempre, buscaban ansiosos ese algo de vida que mientras se espera ya se ha ido, que ha pasado sin ser visto, en un suspiro, en un instante, junto con la juventud, con la fuerza, con el ensueño de las ilusiones».

UNA HISTORIA DE ESPAÑA XCI, de Arturo Pérez Reverte - 21/8/17

Fue, paradójicamente, un golpe de estado, o el intento de darlo, lo que acabó por consolidar y hacer adulta la recién recobrada democracia española.
El 23 de febrero de 1981, el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero, respaldado por el capitán general de Valencia, general Milans del Bosch, y una trama de militares y civiles nostálgicos del franquismo, asaltó el parlamento y mantuvo secuestrados a los diputados durante una tensa jornada, reviviendo la vieja y siniestra tradición española de pronunciamiento, cuartelazo y tentetieso, tan cara a los espadones decimonónicos (nunca la lectura de El ruedo ibérico de Valle-Inclán y los Episodios Nacionales de Galdós fue tan recomendable como en los tiempos que corren, para entender aquello y entendernos hoy).

Entraron Tejero y sus guardias en las Cortes, gritó aquel animal «¡Todos al suelo!», y toda España contuvo el aliento, viéndose otra vez en las zozobras de siempre.

Con todos los diputados en el suelo, en efecto, acojonados y agazapados como conejos – no siempre Iberia parió leones – excepto el dirigente comunista Santiago Carrillo (lo iban a fusilar seguro, y se fumó un pitillo sin molestarse en agachar la cabeza), el presidente Adolfo Suárez y el teniente general Gutiérrez Mellado, que le echaron unos huevos enormes enfrentándose a los golpistas (Tejero cometió la vileza de querer zancadillear al viejo general, sin conseguirlo), todo estuvo en el alero hasta que el rey Juan Carlos, sus asesores y los altos mandos del Ejército detuvieron el golpe, manteniendo la disciplina militar.

Pero no fueron ellos solos, porque millones de españoles se movilizaron en toda España, y los periódicos, primero El País, luego Diario 16 y al fin el resto, hicieron ediciones especiales llamando a la gente a defender la democracia.
Ahí fue donde la peña estuvo magnífica (o estuvimos, porque los de mi quinta ya estábamos), a la altura de la España que deseaba tener. Y se curró su libertad.
Eso quedó claro cuando, dimitido Suárez – sus compadres políticos no le perdonaron el éxito, ni que fuera chulo, ni que fuera guapo, y algunos ni siquiera le perdonaban la democracia – y gobernando Leopoldo Calvo-Sotelo, en España se instaló la plena normalidad democrática, aprobándose los estatutos de autonomía y entrando nuestras fuerzas armadas en la OTAN, decisión que tuvo una doble ventaja: nos alineaba con las democracias occidentales y obligaba a los militares españoles a modernizarse, conocer mundo y olvidar la caspa golpista y cuartelera.

En cuanto a las comunidades, la Constitución de 1978, consensuada por todas – subrayo el todas – las fuerzas políticas y redactada por notables personalidades de todos los registros, había definido la España del futuro con nacionalidades y regiones autónomas, a punto de caramelo para 17 autonomías de las más avanzadas de Europa, en lo que uno de nuestros más ilustres historiadores vivos – quizá el que más –, Juan Pablo Fusi, define como «un estado social y democrático de derecho, una democracia plena y avanzada».
Antes de salir de escena, y a fin de desactivar una vieja fuente de conflicto que siempre amenazó la estabilidad de España, Adolfo Suárez había logrado unos acuerdos especiales para Cataluña restableciendo la Generalidad, abolida tras la Guerra Civil, haciendo regresar triunfal del exilio a su presidente, Josep Tarradellas. 
Pero en el País Vasco las cosas no fueron tan fáciles, debido por una parte a la violencia descerebrada y criminal de ETA, y por otra al extremismo sabiniano de un individuo en mi opinión nefasto llamado Xabier Arzalluz, que llevó al PNV a posiciones de turbio oportunismo político (recordemos su cínico «unos mueven el árbol y otros recogemos las nueces» mientras ETA mataba a derecha e izquierda).
Aun así, pese a que el terrorismo vasco iba a ser una llaga constante en el costado de la joven democracia española, ésta resistió con valor y entereza sus infames zarpazos.

Y en las elecciones de octubre de 1982 se logró lo que desde 1939 parecía imposible: el partido socialista ganó las elecciones, y lo hizo con 10 millones de votos – Alianza Popular tuvo 5,4 –. El PSOE, con Felipe González y Alfonso Guerra a la cabeza, gobernó España.
Y durante su largo mandato, pese a todos los errores y problemas, que los hubo, con la traumática reconversión industrial, terrorismo y crisis diversas, los españoles encontramos, de nuevo, nuestra dignidad y nuestro papel en el mundo.

En 1985 entrábamos en la Comunidad Europea, y el progreso y la modernidad llegaron para quedarse.
Alfonso Guerra lo había clavado: «A España no la va a reconocer ni la madre que la parió».
[Continuará]



UNA HISTORIA DE ESPAÑA XC, de Arturo Pérez Reverte - 7/8/17

Y así llegamos, señoras y caballeros, a la mayor hazaña ciudadana y patriótica llevada a cabo por los españoles en su larga, violenta y triste historia.
Un acontecimiento que –alguna vez tenía que ser– suscitó la admiración de las democracias y nos puso en un lugar de dignidad y prestigio internacional nunca visto antes (dignidad y prestigio que hoy llevamos un par de décadas demoliendo con imbécil irresponsabilidad).
La cosa milagrosa, que se llamó Transición, fue un auténtico encaje de bolillos, y por primera vez en la historia de Europa se hizo el cambio pacífico de una dictadura a una democracia.

De las leyes franquistas a las leyes del pueblo, sin violencia. «De la ley a la ley», en afortunada expresión de Torcuato Fernández Miranda, uno de los principales consejeros del rey Juan Carlos que timonearon el asunto.
Por primera y –lamentablemente– última vez, la memoria histórica se utilizó no para enfrentar, sino para unir sin olvidar. Precisamente esa ausencia de olvido, la útil certeza de que todos habían tenido Paracuellos o Badajoz en el currículum, aunque la ilegalidad de los vencedores hubiese matado más y durante mucho más tiempo que la legalidad de los vencidos, impuso la urgencia de no volver a repetir errores, arrogancias y vilezas.
Y así, España, sus políticos y sus ciudadanos se embarcaron en un ejercicio de ingeniería democrática.
De ruptura mediante reforma.

Eso fue posible, naturalmente, por el sentido de Estado de las diferentes fuerzas, que supieron crear un espacio común de debate y negociación que a todos beneficiaba.
Adolfo Suárez, un joven, brillante y ambicioso elemento –era de Ávila– que había vestido camisa azul y provenía del Movimiento, fue el encargado de organizar aquello.
Y lo hizo de maravilla, repartiendo tabaco, palmadas en la espalda y mirando a los ojos al personal (fue un grande entre los grandes, a medio camino entre nobleza de espíritu y trilero de Lavapiés, y además, guapo).

Respaldado por el rey, auxiliado por la oposición –socialistas, comunistas y otros partidos–, apoyado por la confianza e ilusión de una opinión pública consciente de lo delicado del momento, Suárez lo consiguió con cintura e inteligencia, sometiendo al Búnker, que aún mostraba peligrosamente los dientes, y encajando también, además de la asesina reticencia de la ultraderecha, los zarpazos del imbécil y criminal terrorismo vasco; que parecía, incluso, más interesado en destrozar el proceso que los propios franquistas.

Fue legalizado así el Partido Socialista, y al poco tiempo también el Partido Comunista, ya en pleno e irreversible proceso hacia la libertad.
Un proceso complejo, aquél, cuyas etapas se fueron sucediendo: Ley de Reforma Política, aprobada por las Cortes en 1976 y respaldada por referéndum nacional, y primeras elecciones democráticas en 1977 –¡España votaba de nuevo!–, que filtraron la sopa de letras de los nuevos y viejos partidos y establecieron las fuerzas principales: Unión de Centro Democrático, o sea, derecha de la que luego saldría Alianza Popular (165 escaños, a 11 de la mayoría absoluta), PSOE (118 escaños) y Partido Comunista (20 escaños).
El resto se agrupó en formaciones más pequeñas o partidos nacionalistas.
Todo esto, naturalmente, hacía rechinar los dientes a la derecha extrema y a los generales franquistas, que no vacilaban en llamar a Juan Carlos rey perjuro y a Suárez traidor fusilable.
Y ahí de nuevo, los cojones –las cosas por su nombre– y el talento negociador de Adolfo Suárez, respaldado por la buena voluntad de los líderes socialista y comunista, Felipe González y Santiago Carrillo, mantuvieron a raya a los militares, los cuarteles bajo un control razonable y los tanques en sus garajes, o en donde se guarden los tanques, superando los siniestros obstáculos que el terrorismo de extrema derecha (matanza de Atocha y otras barbaries), el de extrema izquierda (Grapo) y la cerril brutalidad nacionalista (ETA) planteaban a cada paso.

Y de ese modo, con la libertad cogida con alfileres pero con voluntad de consolidarla, abordamos los españoles el siguiente paso: dotarnos de una Constitución que regulase nuestros derechos y deberes, que reconociese la realidad de España y que estableciera un marco de convivencia que evitase repetir errores y tragedias del pasado.
Y a esa tarea, redactar la que sería la Carta Magna de 1978, se dedicaron los hombres –las mujeres iban apareciendo ya, pero aún las dejaban al extremo de la foto– mejores y más brillantes de todas las fuerzas políticas de entonces.

Con sus intereses y ambiciones, claro; pero también con una generosidad y un sentido común nunca vistos en nuestra Historia.

[Continuará].

IRAN POR TODO Y POR TODOS, de Eduardo Aliverti

Es literal: están saliendo de caza.
No hay otra figura mejor para graficar lo que sucede, por más que ya se haya transformado en obvia.
De ahí para abajo empiezan a acabarse los adjetivos.
Una decisión política, la del memo de entendimiento con Irán, avalada por el Congreso de la Nación.
Desestimada en sede judicial dos veces.
Y en primera instancia por el magistrado al que también salieron a cazar y que hoy, justamente hoy, debe presentarse ante el Consejo de la Magistratura bajo acusación de haber desestimado el mamarrachesco dictamen de Nisman sobre el que ancla ahora una persecución en masa.

Como todo esto puede ser novedad sólo para los inadvertidos, lo cual no significa dejar de escandalizarse, cabe por empezar una pregunta siendo que desde esta madrugada se cruzaron (casi, tratándose un Gobierno como este) todos los límites.

¿Cuál será la reacción de eso que se llama la “clase política”? Gobernadores, senadores, diputados, todos ellos de la oposición “sensata”, “anti K”, y que esta semana fueron título por las roscas de armado de bloques y negociación con el macrismo, ¿qué tendrán para decir?
¿Se tomarán el fin de semana largo, agotados por tanta transa?
¿O habrá varios que conserven todavía alguna capacidad de reacción, que para el caso es lo mismo que decir de dignidad?
¿El senador Pichetto, la flamante estrella del firmamento macrista, se anima a escuchar su intervención a favor del memo con Irán?

Porque, como incluso ya advirtieron algunos voceros del propio oficialismo inquietos por el sostén jurídico de la escalada, el Gobierno y su decisivo brazo tribunalicio están quemando todos los libros del derecho.
Todos.

Nadie con sensatez puede desentenderse de que esto es puramente venganza. Jamás se vivió una cosa así desde el recupero democrático.
Tiene ingredientes como el circo mediático, o la desviación de agenda en un momento que no parecía favorable a Casa Rosada entre los aumentos de tarifas, el manejo de la tragedia del submarino, las advertencias extendidas sobre el hachazo a los fondos de los jubilados.

Pero el nodo es la venganza.


También, claro, hay la pregunta de la reacción social. 
La que haya será sectorial, pero al menos debe haber eso porque si la ecuación fuera que de todos modos seguirán avanzando no hay más nada que decir.

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