lunes, 11 de febrero de 2019

POEMA QUE MANUEL J. CASTILLA ESCRIBIÓ TRAS EL ASESINATO DE ALBERTO BURNICHON, EDITOR


Vengan, arrímense, vean lo que han hecho.
Antes que se lo lleven mírenlo de perfil en este charco.
Ya le va ahogando el agua poco a poco el cabello
y la alta frente noble.
Los pastos pequeños afloran entre el agua sangrienta
y le tocan el rostro levemente.
Su corazón sin nadie está aguachento con una bala adentro.
¿Miraron ya?
¿Era de mañana, de tarde, de noche que ustedes lo mataron?
¿Se acuerdan cuándo era?

(Los alquilones sólo miran la hora del dinero.)

No, no se vayan, oigan esto.
El hombre que ustedes han matado amaba la poesía.
Cuando ustedes aún no habían nacido,
los pies de ese señor iban por todos los pueblos de Argentina
dejando en cada uno la voz de los poetas.
Esos versos llevaban
sus ganas de justicia y de mostrar belleza.
Ustedes han cobrado dinero por matarlo
y él jamás cobró nada porque ustedes aprendieran a leer.

Fíjense:
hacía libros de poemas que regalaba a los obreros.
Tenía como ustedes, hijos, mujer y un techo
que también le han derrumbado
y libros de aprender a ser gente.
Todo eso han destruido, 
¿se dan cuenta?
¿Y ahora?

Ustedes, pobres matadores,
perdonados por él, ya reposados,
piensan conmigo: 
¿Qué haremos con el muerto?

Yo lo recobro ahora, húmedo en yuyarales.
Mi mano le despeina como a un nido dormido.
Miro su portafolios abierto
en donde caben todas las sorpresas del mundo,
fotos de sus amigos pintores y escultores,
saliendo entre las pruebas de algún libro de versos.
Lo miro apareciendo en cualquier parte
en cuanto lo han nombrado.
Se iba quedando siempre que se iba.
Por eso estaba con nosotros, ausente.

Nos quería en silencio.

A Wernicke, a Galán, a Lino Spilimbergo y a Alonso.
Luis Víctor Outes, Bustos,
le arrodillaban el corazón
cuando Rolando Valladares triste,
andaba en las vidalas.
Se echaba en la amistad
como un vino en las copas
y había que beberlo
hasta la última luz del alba y la alegría.
Va cielo arriba, en Córdoba, solito.
Nosotros, aquí en Salta, lo pensamos.

Y ahora, matadores alquilados:
¿qué hacemos con el muerto?

Salta, 16 de abril de 1976

PASTOR DE NUBES, de Manuel J. Castilla y Fernando Portal


Ese que canta es Barboza,
pastorcito tastileño.
Apenas se lo divisa,
cuando llovizna en el cerro.

Cada cardón de la falda
se le parece por dentro.
Un poco por las espinas,
pero más por el silencio.

La florcita amarilla
de tu sombrero,
pastora, dámela en Pascua,
que es tiempo de andar queriendo.

Mirando pasar las nubes,
encima 'el cerro me quedo,
y de golpe me parece
que soy yo el que se está yendo.

Pastores como Barboza,
puede ser que estén habiendo.
Pero ninguno como él,
que de amor ande muriendo.

LA POMEÑA, de Manuel J. Castilla y Gustavo Cuchi Leguizamón

Eulogia Tapia, en La Poma,
al aire da su ternura.
Si pasa sobre la arena,
y va pisando la luna.

El trigo que va cortando
madura por su cintura.
Mirando flores de alfalfa
sus ojos negros se azulan.

El sauce de tu casa
está llorando.
Porqué te roban Eulogia,
carnavaleando.

La cara se le enharina,
la sombra se le enarena.
Cantando y desencantando,
se le entreverán las penas.

Viene en un caballo blanco,
la caja en sus manos tiembla.
Y cuando se hunde en la noche
es una dalia morena.

BALDERRAMA, de manuel J. Castilla y Gustavo Cuchi Leguizamón

A orillitas del canal,
cuando llega la mañana,
sale cantando la noche
desde lo de Balderrama

Adentro puro temblor,
el bombo con la baguala.
Y se alborota quemando
dele chispear la guitarra

Lucero, solito,
brote del alba.
Dónde iremos a parar
si se apaga Balderrama.

Si uno se pone a cantar,
un cochero lo acompaña,
y en cada vaso de vino
tiembla el lucero del alba.

Zamba del amanecer,
arrullo de Balderrama,
canta por la medianoche,
llora por la madrugada.

GENTE EN LOS SUEÑOS, de Manuel J. Castilla

Los sueños tienen gente.
Y uno, dormido,
es como una casa
que de golpe se llena de personas.

Hay veces que ellas y uno, todos,
caminamos y hablamos
y nos oímos apenas
como si conversáramos desde lejos.

Uno habla con los amigos muertos.
Y cuando se recuerda,
se hunde en un espejo, de espaldas,
las manos llenas de ademanes vacíos.

Y un día brillante queda lejos y solo.

lunes, 21 de enero de 2019

SEPA PORQUÉ USTED ES MACHISTA, de María Elena Walsh - Año 1980

En 1980, hace ya 39 años, y en plena dictadura militar, María Elena Walsh, (se cumplieron nueve años de su muerte, el 10/1/2011) escribía este artículo en la Revista Humor Registrado


SEPA PORQUÉ USTED ES MACHISTA


1. Porque le falta el principal de los sentidos: el del humor.

2. Porque se siente Dios, aunque no sea Ministro.

3. Porque cree todo lo que le dicen los medios (o miedos) de difusión de la Argentina actual, y ya tiene el cerebro más lavado que mate cebado por un polaco.

4. Porque su mamá es una santa, por lo tanto las demás mujeres son unas brujas.

5. Porque su mamá es una bruja, por lo tanto las demás mujeres también.

6. Porque no tiene mamá y no consigue quien lo mime.

7. Porque en realidad le gustan más los hombres, aunque no ejerza.

8. Porque quiere hacer mérito ante los centros de poder, exclusivamente masculinos: empresariado, Fuerzas Armadas, animadores de TV, deporte, sindicatos, clero, pompas fúnebres, etcétera.

9. Porque todo ese asunto de la gestación y el parto le da miedo y asquete, como la educación sexual al Ministro de Educación.

10. Porque usted tiene los mismos atributos de Woody Allen pero no le dan el mismo resultado.

11. Porque no soporta la idea de un rechazo sexual hacia usted o hacia otro, y cree que la bella siempre debe estar a disposición de la bestia.

12. Porque usted no vive en el presente (y para eso lo ayudan mucho) sino en la prehistoria mental, y se da manija con tangos del 40.

13. Porque usted es burro y en lugar de corregirlo con tiempo y esfuerzo lo disimula con agresividad.

14. Porque usted es culto pero culturiza fuera de la maceta, y leyó a Julián Marías y no a Simone de Beauvoir.

15. Porque en el fondo es antisemita, antinegro, antiobrero, antijoven, pero como eso ya no corre se desquita con la misoginia, que aquí y ahora viene con premio (pero no se descuide: por poco tiempo más).

16. Porque usted ama el orden por sobre todo, y cada cosa en su lugar las mujeres en la cocina (o en cueros en tapas de revistas), y Pinochet, Castro y García Meza en el poder.

17. Porque cree que la inepcia es cuestión de sexo, que es como creer en la cigüeña o en elecciones inminentes.

18. Porque teme que las mujeres hagamos rancho aparte, y no piensa que son los hombres quienes lo inventaron y perpetúan. (Ver punto 8.)

19. Porque supone que la mujer quiere imitar al varón, y no sabe que antes muerta que imitar a semejante fabricante de desastres, desde la guerra atómica hasta el IVA.

20. Porque le gusta que al mundo lo manejen los colectiveros.

21. Porque tiene mucha paciencia para dejarse pisar la cabeza por cualquier matón y muy poca para comprender errores de mujeres, que al fin y al cabo son, históricamente, debutantes en la mayoría de las profesiones.

22. Porque teme que las mujeres "pierdan la femineidad", cosa imposible de perder, salvo que usted llame así a cosméticos y pilchas.

23. Porque usted teme que le roben algo y no sabe bien qué, a pesar de que a diario lo saqueen y basureen, y no precisamente las mujeres.

24. Porque es sincero, y vale más machista recuperable que "feminista" patrocinante como un papito que a las pretensiones femeninas dice que sí PERO...

Ahora ya sabe. Con estos 24 puntos usted ahorra años y fortunas en psicoanálisis. Usted puede ser hombre o mujer, el machismo tampoco es cuestión de genes: poca gente más machista que algunas mujeres, sólo que ellas lo son por instinto de conservación, por despiste, por imitar a los hombres, por comodidad o porque así las dejan hablar por TV.
Usted también lo es por todas estas razones pero además porque se cree superiorcito: hace unos 10.000 años que le pasan el aviso y claro, usted sigue comprando un producto inexistente.
Ahora puede seguir siendo machista, pero con apoyo logístico. No se trata tampoco de ejercer la represión desde estas páginas.
Es posible que la perseverancia le acarree aplausos y sensación de deber cumplido, amén de las palmadas de la patota. Pero ojo que no hay premio mayor que saberse persona inteligente y civilizada.
Si no opta por eso, estará contribuyendo a la contaminación mental, que es la que nos mata. Y no la humedad.
Estará inflando la maquinaria del prejuicio y la prepotencia y al fin se va a quedar solo como un ciempiés, de luto, convertido en Drácula de utilería y en hazmerreír de las criaturas primaverales.

(*) Aparecido originalmente en la revista Humor, 1980

sábado, 15 de diciembre de 2018

ME ENCANTA VOLAR, de Clarice Lispector

Ya escondí un amor por miedo de perderlo.
Ya perdí un amor por esconderlo.
Ya me aseguré en las manos de alguien por miedo.
Ya he sentido tanto miedo, hasta el punto de no sentir mis manos.
Ya expulsé a personas que amaba de mi vida, ya me arrepentí por eso.
Ya pasé noches llorando hasta quedarme dormida.
Ya me fui a dormir tan feliz, hasta el punto de no poder cerrar los ojos.
Ya creí en amores perfectos, ya descubrí que ellos no existen.
Ya amé a personas que me decepcionaron, ya decepcioné a personas que me amaron.
Ya pasé horas frente al espejo tratando de descubrir quién soy.
Ya tuve tanta certeza de mí, hasta el punto de querer desaparecer.
Ya mentí y me arrepentí después.
Ya dije la verdad y también me arrepentí.
Ya fingí no dar importancia a las personas que amaba, para más tarde llorar en silencio en un rincón.
Ya sonreí llorando lágrimas de tristeza, ya lloré de tanto reír.
Ya creí en personas que no valían la pena, ya dejé de creer en las que realmente valían.
Ya tuve ataques de risa cuando no debía.
Ya rompí platos, vasos y jarrones, de rabia.
Ya extrañé mucho a alguien, pero nunca se lo dije.
Ya grité cuando debía callar, ya callé cuando debía gritar. 
Muchas veces dejé de decir lo que pienso para agradar a unos, otras veces hablé lo que no pensaba para molestar a otros.
Ya fingí ser lo que no soy para agradar a unos, ya fingí ser lo que no soy para desagradar a otros.
Ya conté chistes y más chistes sin gracia, sólo para ver a un amigo feliz.
Ya inventé historias con finales felices para dar esperanza a quien la necesitaba.
Ya soñé de más, hasta el punto de confundir la realidad.
Ya tuve miedo de lo oscuro, hoy en lo oscuro me encuentro, me agacho, me quedo ahí.
Ya me caí muchas veces pensando que no me levantaría, ya me levanté muchas veces pensando que no me caería más.
Ya llamé a quien no quería sólo para no llamar a quien realmente quería.
Ya corrí detrás de un carro, por llevarse lejos a quien amaba.
Ya he llamado a mi madre en el medio de la noche, huyendo de una pesadilla. Pero ella no apareció y fue una pesadilla peor todavía.
Ya llamé a personas cercanas de "amigos" y descubrí que no lo eran... a algunas personas nunca necesité llamarlas de ninguna manera y siempre fueron y serán especiales para mí...

No me den fórmulas ciertas, porque no espero acertar siempre.
No me muestren lo que esperan de mí porque voy a seguir mi corazón!
No me hagan ser lo que no soy, no me inviten a ser igual, porque sinceramente soy diferente!
No sé amar por la mitad, no sé vivir de mentira, no sé volar con los pies en la tierra.
Soy siempre yo misma, pero con seguridad no seré la misma para siempre!
Me gustan los venenos más lentos, las bebidas más amargas, las drogas más potentes, las ideas más insanas, los pensamientos más complejos, los sentimientos más fuertes.
Tengo un apetito voraz y los delirios más locos.
Pueden hasta empujarme de un acantilado que yo voy a decir:
" ¿Qué más da? . ¡Amo volar! "

lunes, 3 de diciembre de 2018

PICASSEANDO GUERNICAS, de Arturo Pérez Reverte - 12/12/18

No hace mucho hablé aquí de los articulistas parásitos que, a falta de ideas o vida propia, llenan páginas criticando lo que dicen o escriben otros, o lo que las redes sociales dicen que han dicho, y lo hacen sin molestarse en conocer el argumento original.
Como para confirmarlo, eso ocurrió de nuevo hace unos días cuando, interrogado por un periodista sobre mi última novela, expresé la documentada sospecha de que Picasso no pintó el Guernica por patriotismo, sino por dinero.
Era evidente que ninguno de los indignados guardianes del espíritu picassiano había leído el libro, donde el pintor aparece en un par de capítulos, tratado con suave humor y todo el respeto que como inmenso artista merece. Pero daba igual.
Según esos bobos, al hablar del dinero cobrado yo ofendía al artista. Y claro. Por lógica inferencia, y ahí está el punto, también ofendía de rebote a toda la izquierda; y con ella, a la parte más noble y admirable de la humanidad en general. Etcétera.

Así que, con permiso de ustedes y goteante el colmillo, voy a poner algunos pavos a la sombra.
Empezando por que, aparte lo que ya había leído y escrito antes sobre el arte y la guerra - a mi novela El pintor de batallas me remito -, para la historia parisina del espía franquista Lorenzo Falcó, Sabotaje, tercer volumen de la serie, refresqué y estudié despacio todo lo publicado sobre Picasso y el Guernica.
Así que cuando empecé a teclear la novela, donde los personajes opinan con la libertad de lo que son, conocía bien las conclusiones de los expertos sobre la génesis del cuadro: desde los clásicos de Van Hensbergen, Penrose y La Puente a las memorias de Man Ray, James Lord o la madre de dos hijos del artista, Françoise Gilot. Libros escritos por historiadores y testigos, no por cantamañanas sectarios de izquierdas que creen que Picasso es de su propiedad, ni por cantamañanas sectarios de derechas que sostienen que el Guernica es un fraude y una basura.

Entre los historiadores y testigos serios hay quien opina que Picasso pintó el Guernica por patriotismo y quien dice que lo pintó por dinero. Cada cual es muy dueño, y de ellos obtuve mi opinión, que es tan respetable y documentada como las suyas, pues en todas se fundamenta.
Y mi conclusión - que no figura en la novela, pero tengo tanto derecho a expresarla como cualquiera - es que Picasso no pintó el cuadro sólo por patriotismo y fervor republicano, sino que también lo hizo por dinero: 200.000 francos eran nueve veces lo que él cobraba entonces por una obra de las caras. Era un dineral entonces y lo sigue siendo hoy.
Para afirmar el supuesto altruismo del artista se menciona a menudo la famosa carta de Max Aub, que en mi opinión - coincidente con la de no pocos historiadores - es una carta pactada para justificar políticamente el cobro. Que por otra parte resulta legítimo, porque es natural que un artista cobre por su trabajo. Yo mismo cobro a mis editores, pues vivo de eso. Por mucho que ame la literatura, soy un novelista profesional; como, salvando las inmensas distancias, Picasso era un pintor profesional.

Y por cierto: puestos a decir verdades a quienes consideran a Picasso artista comprometido en cuerpo y alma con la República, es indiscutible que siempre sostuvo esa causa. Pero conviene recordar que lo hizo desde lejos. Concretamente desde su estudio de París, sin pisar nunca suelo español - absolutamente nunca - en tres años de guerra, pese a haber sido nombrado director honorario del museo del Prado.
Tan a gusto estaba en París, por cierto, que se quedó allí durante la posterior ocupación nazi, sin ser molestado por los alemanes; que por esa época molestaban a no poca gente. Y recibió en su estudio a varios de ellos, incluido Ernst Jünger, que no era precisamente un simpatizante de la extinta República española.

También hay a quien, con desconocimiento no ya de mi novela, sino de la vida de Picasso, incomoda que se diga que le gustaban las mujeres ajenas y que era tacaño, egoísta y aficionado al dinero. Está claro que quien se irrita por eso no ha leído sobre él, ni conoce el testimonio de las mujeres, hijos y amigos que lo calificaron de machista, cruel, rijoso, pesetero, egocéntrico y tirano doméstico.
Porque - y esto es lo que ciertos simples no comprenden - se puede ser pintor genial y mala persona, se puede ser de izquierdas y no ser ejemplo de moralidad o patriotismo. Se puede ser republicano y cobrar.
Se puede, en fin, ser muchas cosas al mismo tiempo, incluso contradictorias u opuestas entre sí, como por otra parte lo es cada ser humano.
Y es que, a pesar de lo que creen algunos imbéciles, la vida real no es un paisaje de blancos y negros, rojos o azules, sino una fascinante gama de grises.
Precisamente como el Guernica.

MUERTOS POR LA MUERTE Dos sentencias que dejan muertes trágicas sin resolución real, de Graciana Peñafort

Puede que metodológicamente sea desacertado, pero decidí empezar esta nota con una salvedad. Porque la creo imprescindible. Es simple: creo y sostengo sin excepciones ni rincones grises ni medias tintas ni duda alguna que la presunción de inocencia es una garantía innegociable del Estado de Derecho. Y que defenderla y afirmarla es una obligación legal y ética. Por eso mismo, lo que voy decir de aquí en adelante solo tiene por objeto analizar las formas en que el Poder Judicial construye sus sentencias.
Necesitaba hacer la salvedad porque voy a cuestionar el razonamiento de dos sentencias que declaran la inocencia de personas.
El 8 de octubre de 2016, en un centro de atención médica comunitaria, llego muerta Lucía Pérez, de apenas 16 años. Recuerdo la mañana en que leí la noticia. Y el horror. Los detalles de su muerte. Mi empatía con la familia de Lucía, que además de la certeza irremediable y dolorosa de su muerte debía afrontar el espanto de imaginar cómo había sucedido. Las terroríficas circunstancias que describía la nota me conmovieron y me espantaron. Por Lucía, por su familia, por sus amigos, por mis amigas y por mí misma.

Como señaló magistralmente Ileana Arduino, lo que le pasó a Lucia podría haberle pasado a cualquiera de mis amigas. Podría haberme pasado a mí misma. Crecí en una sociedad conservadora, al menos en su epidermis. Las chicas de “familias bien” no teníamos sexo en la adolescencia. Pero… ¿No teníamos sexo? La respuesta es bien distinta porque sí, teníamos sexo. A escondidas de nuestros padres. Mintiendo destinos y horas de llegada. Las que teníamos un poco de suerte, contábamos con algún recurso para consultar a una ginecóloga a escondidas por anticoncepción. A las que tenían más suerte la madre las llevaba a la consulta y hasta les compraba anticonceptivos. Y puertas adentro, en ese colectivo de chicas de clase media y media alta unidas por lazos de afecto y complicidad que perdura a pesar de los más de 20 años transcurridos, socializábamos nuestros recientes conocimientos. E intentábamos mantenernos a salvo entre nosotras. En esos días nuestro mayor fantasma era quedarnos embarazadas. Apenas éramos consientes de las Enfermedades de Transmisión Sexual y, al menos en mi caso, asumo que sin mucha noción de sus riesgos. Jamás se me cruzó por la cabeza que podía morir.

Lucía Pérez sí murió. Por hacer las mismas cosas que hacíamos con mis amigas 20 años antes. Los peritajes parecen haber desdibujado las hipótesis más horribles. Lucía no fue empalada. Lucía no murió de dolor. Lucía tal vez no fue violada, sino que habría prestado su consentimiento para tener sexo. Porque Lucía, como muchas de nosotras, tenía sexo.
No pretendo detenerme en las hipótesis de autopsias y detalles escabrosos. Sí quiero analizar y debatir con ustedes las condiciones del consentimiento que, sostiene la sentencia, dio Lucía a las relaciones sexuales que tuvo antes de morir.
Y es en referencia al consentimiento de Lucía donde la sentencia se vuelve irracional y prejuiciosa.
Es extraña la ley argentina. Con 16 años una mujer puede contraer matrimonio con la autorización de sus representantes legales o con dispensa judicial. Es decir que el matrimonio, como institucionalización de las relaciones sexuales entre personas, a los 16 años requiere de un adulto que lo autorice. Algo similar ocurre respecto a los actos de disposición sobre bienes que no fuesen resultantes del fruto de su trabajo. Siempre me resultó llamativo el cuidado que las leyes civiles y comerciales le brindan a los bienes de las personas. Pero más allá de eso, que merecería otra discusión, la ley argentina establece que el menor de 18 años no podría brindar válida y legalmente su consentimiento sin supervisión de un adulto para casarse o para vender la casa que heredó de su abuelita. Ahora bien, para el Código Penal un chica/o de 16 es completamente libre para dar su consentimiento al acto sexual, salvo que medien determinadas circunstancias que la ley considera que vician dicho consentimiento.

La pregunta entonces es si Lucía dio libremente su consentimiento. ¿Puede una piba de 16 años dar libremente su consentimiento a una relación sexual con quien le provee de drogas? La sentencia afirma que sí, basándose en un análisis de las conductas respecto al sexo que tenía Lucía. Y basándose además en que “también fue acreditado que solo mantenía relaciones sexuales con quién ella quería”.

Y en tercer lugar porque Lucía tenía 16 años y Farías 23, por lo que sería muy forzado hablar de una situación de desigualdad o superioridad. Sobre todo teniendo en cuenta la personalidad de Lucía, que no se mostraba como una chica de su edad y que además había declarado mantener relaciones con hombres de hasta 29 años.

No encuentro ningún elemento objetivo, aparte de las conjeturas de la parte acusadora, que me permita sostener que Lucía no fue a encontrarse con Farías de forma voluntaria y con la intención de tener algún tipo de intimidad.
Vuelvo a mi pasado y pienso si yo di libremente mi consentimiento para tener relaciones sexuales en mi adolescencia. Supongo que la mayoría de las veces sí, pero otras no. Eso no significa que me atasen. Significa que para la adolescente muerta de miedo, que cargaba con la inseguridad del sobrepeso, a veces simplemente no me encontraba en la posición subjetiva de decir que no. El deseo del otro, de alguna forma calmaba la herida siempre abierta, siempre sangrante de mi autoestima adolescente. Miro en retrospectiva y un poco me espanto de los adultos que vieron eso y lo utilizaron con prescindencia de mi deseo. Y por supuesto que jamás hubiese asumido eso en la adolescencia. Entre otras cosas porque no era consciente del mecanismo. Me llevó mucho tiempo de terapia darme cuenta y poder ponerlo en palabras. Tanto tiempo como me llevó saber que podía elegir cuando decir que sí desde mi propio deseo. Pero si alguna amiga me preguntaba en esos días, habría dicho como dijo Lucia que el mundo estaba “lleno de violadores y pitos duros, pero no le paso cabida a nadie”. Aunque no era necesariamente cierto. Y no creo que nadie me hubiese descripto como una adolescente tímida o miedosa, sino más bien lo contrario. Pero tenía 16 años, como Lucía, y no siempre era soberana de mí misma.

Detectar la violencia y rechazarla es algo que a los 16 años yo podía hacer. Lucía también. Ahí, en esas circunstancias, el no surge en defensa propia. Y no siempre surge de inmediato. El violento muchas veces conduce a la situación de violencia como resultado del fracaso de la seducción torpe que intenta primero. El problema es cuando decís que no. No antes. Podés haber salido con el señor, haber tomado una coca, incluso haberlo besado. Y de pronto hay algo que te hace ruido. Una mano que te incomoda, una expresión que te choca. Algo que anula tu deseo. Ahí es donde sobreviene la reacción del violento. No antes. Recuerdo haber estado en situaciones así y haber salido corriendo, porque la violencia explicita es fácil de detectar. Pero no hay que desconocer las otras formas de violencia y de manipulación a las que están sometidas las pibas cuando interactúan con personas más grandes y con más experiencia. Esas formas de manipulación de las y los jóvenes que la ley intenta evitar al requerir ciertas exigencias para ciertos actos. Si Lucía hubiese querido casarse con el hombre de 23 años hubiese requerido autorización. Si Lucía hubiese querido venderle la casa heredada de su abuelita al hombre con el que mantuvo relaciones sexuales hubiese requerido autorización.

La sentencia mira tanto la conducta de Lucia que casi no indaga en la conducta del señor con el que mantuvo relaciones sexuales. Un señor que por cierto tenía algún nivel de experiencia en manipulación y seducción de adolescentes a quienes les vendía drogas. Y Lucia consumía drogas. Y el señor con quien mantuvo relaciones sexuales antes de morir vendía drogas. No era un compañero de colegio ni un par. Era un señor que vendía drogas. Y a quien Lucía contactó para adquirir drogas.

Hago mías las palabras de Ileana Arduino y Leticia Lorenzo: “Cuando la decisión se salda centralmente a fuerza de prejuicios, cuando los jueces se atajan con expresiones del tipo ‘sin ánimo de juzgar la vida privada de la víctima’ para acto seguido afirmar que le gustaba coger - sí, además la sentencia confunde sencillez con vulgaridad - con personas de 26, 27, 28 y hasta 30 años, y por lo tanto dar por sentado que consintió una relación con una persona de 23 años (la versión sexista de la máxima ‘quien puede lo más, puede lo menos’), hacen a la decisión en sí misma violenta; se deja de hablar de los hechos para hablar de la víctima”.

“Una sentencia de jueces técnicos basada en prejuicios, sea de condena o absolución, es arbitraria. Una exigencia elemental para la justicia en manos de jueces abogados es que deben dar razones legítimas y los prejuicios sexistas no lo son. Nos hablan de la opinión de los jueces sobre Lucía, pero no del hecho”.

Con esto no quiero afirmar ninguna culpabilidad.
Solo quiero señalar que la sentencia carece por completo de una perspectiva de género que reconstruya la real posición de una chica de 16 años que murió luego de tener relaciones sexuales. Porque las chicas de 16 años no mueren por tener relaciones sexuales. No en forma habitual. Y que los jueces no indaguen por qué, cómo y en qué condiciones Lucía Pérez murió, teniendo en cuenta que era una chica de 16 años haciendo algo normal para una chica de 16 años, resulta inaceptable. Para las chicas de 16 años que vendrán en el futuro y para las chicas de 16 años que tuvimos más suerte que Lucía y seguimos vivas, pedimos un Poder Judicial sin prejuicios machistas ni moralinas encubiertas en lenguaje técnico, que haga justicia.

No terminábamos de leer la sentencia de Lucía Pérez y como un mazazo recibimos la sentencia que pretende dar por concluida la investigación sobre la desaparición de Santiago Maldonado. Sostiene que “la desesperación, la adrenalina y la excitación naturalmente provocadas por la huida; la profundidad del pozo, el espeso ramaje y raíces cruzadas en el fondo; el agua fría, helada, humedeció su ropa y su calzado hasta llegar a su cuerpo. Esa sumatoria de incidencias contribuyó a que se hundiera y a que le fuera imposible flotar, a que ni siquiera pudiera emerger para tomar alguna bocanada de oxígeno. Por la confluencia de esas simples y naturales realidades, inevitables en ese preciso y fatídico instante de soledad, sus funciones vitales esenciales se paralizaron”.

A Santiago lo mató la muerte, seria la conclusión tautológica de una sentencia sin poesía y sin justicia.
Santiago Maldonado huía de las balas, señor juez.
Balas que compró el Estado, señor juez.
Balas que disparó el Estado, señor juez.
Y no sabemos qué más sucedió después de las balas porque curiosamente - y digo curiosamente con un sarcasmo amargo y difícil de digerir - porque dejaron de filmar lo que paso después de las balas. Aunque la orden judicial de su predecesor era firmar el operativo en tu totalidad.
Después de las balas murió Santiago Maldonado, señor juez.

Le pregunto con honestidad, Su Señoría, y no para que me conteste a mí sino para que se conteste a usted mismo: ¿no le hace ni un poquito de ruido que durante tantos días el Estado Nacional y sus medios afines hayan montado un fenomenal y vergonzoso operativo de encubrimiento sobre la muerte de Santiago? ¿Sabe usted que el gobierno y los medios sostuvieron que Santiago había cruzado a Chile, que había pasado a la clandestinidad, que una pareja lo había llevado más al sur y que un camionero lo había llevado al norte? ¿Que se había cortado el pelo en San Luis? ¿Que había un pueblo en Entre Ríos donde todos se le parecían, como si se hubiese replicado como un grupo de épsilon imaginado por Huxley?
¿No lo asaltó la duda en la almohada sugiriéndole procurar las pruebas que pidió Sergio, el hermano de Santiago? ¿No se pregunta qué fue esa llamada atendida por un teléfono que pertenecía a Santiago, luego de su desaparición? Cuando se queda solo, señor juez, ¿la certeza de la muerte reemplaza cualquier duda que pudiese tener?
Realmente, S. S.: ¿usted no se hace preguntas?
Porque nosotros, doctor, los que exigimos justicia por Santiago Maldonado, sí las formulamos. Miles de preguntas. A las que su sentencia no responde. Y apenas puedo imaginar las preguntas estranguladas de dolor de la mamá de Santiago, de sus hermanos, de quienes lo conocieron y quisieron.
Su sentencia tampoco las responde.

Si usted recibió un peritaje y veinticuatro horas después cerró el caso, intuyo que no lo consideraba necesario porque la suerte de esa investigación ya estaba sellada. Y a veces creo que la suerte de esa investigación estaba sellada desde el momento que se dispararon las balas y se apagó la cámara. Y que usted no supo, no pudo, no quiso investigar las preguntas incómodas. Esas que el poder le hizo saber que no podían ni debían ser contestadas. Esas preguntas que su sentencia pretendió cubrir con la verdad de Perogrullo de la muerte. Esas preguntas que motivaron su llamada a la mamá de Santiago y ese intento de explicar lo inexplicable. ¿Fue remordimiento acaso, doctor?

¿Usted cree en Dios? Yo sí, aun cuando tengo mis diferencias con el mismísimo. La muerte absurda y fuera de tiempo de Santiago es una de esas diferencias. Simplemente no puedo entender cómo Dios permite que pasen esas cosas. Pero tengo claro que el Dios también terrible en el que creo no acostumbra a dar explicaciones. Pero que al final de los tiempos, ante ese Dios terrible me va a tocar dar explicaciones sobre todo lo que hice y sobre todo lo que dejé de hacer. Cuando me llegue el momento sé que asumiré ante ese Dios que no fui ni todo lo buena que debería haber sido ni todo la mala que podría haber sido. Pero mi mejor defensa - deformación profesional de abogada -, será explicarle que jamás toleré la injusticia, que me rebelé contra ella cada vez que tuve oportunidad. Y cuando no la tuve también, como pude, como me salió. Y que sobre todas las cosas, jamás permanecí indiferente.
El día que le toque dar explicaciones, ¿sabrá qué decirle a ese, mi Dios terrible? Cuando lo enfrente a las caras de los padres de Santiago y del propio Santiago, ¿tendrá una respuesta para darles? Espero que sí, doctor, se lo digo con sinceridad. Y con dolor.
Porque en este mundo, en este universo de preguntas como cuchillas, aquí, ahora, solo hay dolor. Y necesito que sepa que a Santiago, a sus padres, a sus hermanos, a todos quienes lo quisieron en vida y a quienes lo quisimos cuando ya no estaba, su sentencia no les trae la reparación de la Justicia. Ni nos acerca a la Verdad. Esa que no filmaron después de las balas.

Necesito decirle, doctor, aunque tal vez ya lo sepa, que su sentencia no da respuesta alguna.
Lo único que aporta es más dolor.

miércoles, 28 de noviembre de 2018

TENÍAMOS UN JUGUETE, de Hernán Casciari

Teníamos un juguete; era el más divertido del mundo. 
No lo habíamos inventado nosotros pero jugábamos mejor que sus inventores. Aceptamos algunas palabras de su idioma original: ful, corner, orsai, pero enseguida lo llenamos de palabras nuestras: sombrero, rabona, pared. Empezamos a jugar en la vereda, en los patios, en invierno y verano, hasta que un día algunos de nosotros, los que jugaban mejor, dejaron sus empleos y se dedicaron por completo. ¡Y qué bien jugaban!

Era tan grande la belleza de sus movimientos que muchos dejamos de jugar y nos pusimos a mirarlos. Armamos clubes sociales, construimos tribunas de madera y de cemento, solamente para ver de cerca a los mejores de cada barrio. Después organizamos torneos semanales, discutimos reglas y elegimos colores para las camisetas. Éramos hombres, pero actuábamos como chicos la mañana del seis de enero.

Y claro, los que habíamos nacido en un barrio queríamos que el domingo ganaran los nuestros, y que los vecinos perdieran. Entonces le incorporamos una variante al juego: mientras durase el partido, los que mirábamos teníamos que cantar a coro y a los gritos. Y así lo hicimos.

¡Qué bien nos salía cantar! Pronto averiguamos que no solo éramos buenos con el juguete, sino también mirando el juego. No habíamos resultado espectadores tristes, como en otros continentes. Nosotros nos involucrábamos, tirábamos kilos de papel picado para recibir a los nuestros y componíamos canciones de aliento. «Sí sí señores / yo soy de Racing. / Sí sí señores / de corazón». Nos divertíamos durante la semana inventando estrofas, y hasta empezamos a componer otras, más picarescas, para fastidiar al vecino. «River tenía un carrito / Boca se lo sacó / River salió llorando / Boca salió campeón». Qué risa nos daba molestar a los vecinos.

Imagínense. Si el juguete ya era divertido en silencio, con el contrapunto de las tribunas el pasatiempo se convirtió en un espectáculo asombroso. Tanto, que venía gente de todo el mundo a conocer nuestra fiesta popular, llena de papel picado y de cantitos. Empezamos a decirle «hinchar» a la acción de fastidiar al rival con canciones picarescas. Y nos bautizamos a nosotros mismos «hinchas», y al grupo enfervorizado de la tribuna le pusimos de nombre «hinchada». Habíamos aprendido a vestir al juguete con accesorios.

Un día se hicieron tan numerosas las hinchadas, y tan efusivas, que tuvimos que poner barras de fierro en las tribunas, a la altura de la cadera, para no caernos en avalancha por culpa de la emoción. Más tarde esa barra de metal sirvió para que el hincha con mejor garganta, subido a ella, dirigiera el coro improvisado. Bautizamos a este hincha con el nombre de «barrabrava», porque sus malabares eran de vértigo.

Nuestros mejores jugadores, que ya empezaban a jugar en otros países, al debutar en el extranjero sentían un vacío: la emoción de las tribunas no era igual. Todos sentados, nadie cantando. Muchos elegían volver al club de su origen, incluso perdiendo fortunas, con tal de escuchar otra vez el rumor de las hinchadas dirigidas por los barras. Fue entonces cuando nos empezó a interesar más el accesorio que el juguete.

En esa época empezamos a exagerar la emoción que sentíamos. Los hinchas, que hasta entonces caricaturizábamos pequeñas guerras ficticias, olvidamos que actuábamos en chiste. Empezamos a llamarle «pasión» a nuestra simpatía por un club.

Y los cantos se volvieron literales. «Corrieron para acá / corrieron para allá / a todos esos putos los vamos a matar». A muchas empresas esto les pareció muy rentable y reforzaron la idea de «pasión». La pasión del encuentro. Todos unidos por una pasión. El juguete se había vuelto tan importante como la vida. Era, incluso, un resumen de la vida.

Entonces, una tarde, dejamos de alentar a los jugadores y empezamos a ser hinchas de nuestra propia pasión. «Pasan los años / pasan los jugadores / la hinchada está presente / no para de alentar».

Mientras en el pasto ocurría el juego, las tribunas se felicitaban a ellas mismas, y creímos sensato fundar periódicos, emisoras de radio y canales de televisión que informaran durante las veinticuatro horas sobre el juego, aunque el juego solo ocurriera una vez por semana. No nos pareció excesivo. Porque de martes a sábados queríamos saber sobre las hinchadas, sobre los barrabravas y sobre las pasiones.

Los periódicos le daban la misma importancia, en la portada, a un conflicto entre hinchas que a la guerra de Medio Oriente. Y los barrabravas empezaron a tener nombre y apellido en la prensa. Les sacaban fotografías, se hablaba de ellos en las tertulias. Cuanto mayor era su salvajismo, más grande su fama y su titular.

Los relatores del juego, que al inicio solo decían los nombres de los jugadores por la radio, también empezaron a fingir emoción exagerada en el relato. Durante los partidos gritaban los goles durante cincuenta segundos en el micrófono, como poseídos, como si no hubiera nada más importante en el universo, y después le pedían calma a las tribunas.

Nadie sabe cuándo fue, exactamente, que todo se fue al carajo. Nadie recuerda cuándo murió el primero de los nuestros, ni a manos de quién. Nadie sabe cómo algunos se hicieron dueños del juguete. Pero un día las tribunas se convirtieron en campos de batalla. Y la prensa no hablaba de la muerte de seres humanos, sino de la muerte de «hinchas de». Para alimentar la pasión.

Los jugadores que triunfaban en el extranjero ya no quisieron volver, y los dueños del juguete se llenaron los bolsillos sin mejorarle el mecanismo. Hoy, cuando vamos a ver jugar a los nuestros, ya no hay sombreros, ni rabonas, ni paredes. El pasto está alto y descuidado. Y pusieron una manga de plástico para que los jugadores puedan entrar a la cancha sin morir.

Teníamos un juguete. Era el más divertido del mundo. Todavía no sabemos si fue un accidente, pero rompimos el juguete en mil pedazos. Lo hicimos mierda.

Y lo más triste es que no sabemos jugar a otra cosa...

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