lunes, 6 de abril de 2020

LOS MISERABLES, de Horacio Verbitzky - 5/4/20



La pandemia y las respuestas oficiales adelantaron la confrontación de los grupos económicos que encabeza la transnacional ítalo - luxemburguesa Techint con el gobierno nacional. También avivaron contradicciones políticas, dentro del oficialismo y primordialmente en la oposición.

La tremenda recesión mundial, sobre cuya profundidad y extensión sólo caben conjeturas, pone en cuestión la salida exportadora planteada por los devaluacionistas de siempre, tanto aquellos con intereses agropecuarios cuanto petroleros, que es el caso de Techint.

Desde que el primer Agostino Rocca llegó a la Argentina con capitales fugitivos de Italia y Alemania, Techint creció sobre la base del subsidio estatal.
La idea de un estado activo en defensa de los más débiles le resulta intolerable.
Al mismo tiempo, la recesión que en la Argentina pasaría en 2020 del -1,4% previsto antes del coronavirus al -6,7% que ahora calcula la Unidad de Inteligencia de The Economist, y la consiguiente desocupación que volverá a los dos dígitos, desplazan en la atención del gobierno a la deuda externa, que incluso para los acreedores ha perdido prioridad, dado el riesgo de defaults masivos de países y corporaciones.


Día por día


Lo que sigue es una cronología que ayuda a ordenar las ideas acerca de lo que está sucediendo:

Miércoles 25 de marzo – En la antesala presidencial, el obispo católico Gustavo Carrara se cruzó con el ex senador Eduardo Duhalde. La presencia en Olivos del jerarca se divulgó el mismo miércoles 25 de marzo.
La del político que inició su carrera en la democracia cristiana recién el domingo 29.
Carrara encabezó una delegación de sacerdotes de su confesión que trabajan en barrios populares.
Alberto Fernández había pedido verlos luego de recibir algunos informes sobre la situación en esos sectores.

Viernes 27 de marzo – El columnista de negocios del Grupo Clarín, Marcelo Bonelli, escribió en su panorama empresarial y repitió en sus spots de radio y cable, que “el establishment sostiene que es necesario un paquete global y concreto para evitar un shock económico extremadamente negativo.
En reuniones secretas, los hombres de negocios son muy críticos con la lentitud de enfrentar la crisis económica. Creen que hay falta de claridad y que las autoridades económicas van atrás de los problemas reales: dicen que son la contratara del comité sanitario y que eso se refleja en la ausencia de un plan de acción global”.

El reaparecido ex Presidente Maurizio Macrì le pide en un tuit al Presidente Alberto Fernández “que reconsidere su decisión de impedir el regreso de los argentinos fuera del país”.

Sábado 28 de marzo – El Presidente supo por un cable de la agencia NA, reproducido en varios medios, que el holding ítalo - luxemburgués Techint había decidido prescindir de 1.450 trabajadores de la construcción que realizaban obras civiles para terceros en las provincias de Buenos Aires, Tucumán y Neuquén.
Ante el hecho consumado, le pidió al ministro de Trabajo Claudio Moroni, que se comunicara con el ingeniero Daniel Novegil.

- Quédense tranquilos, que no hemos enviado ningún telegrama - respondió el CEO de Ternium, de la que depende la empresa constructora del grupo.

- ¿Y lo que salió publicado? - inquirió Moroni.

- Sabemos que mañana Alberto va a analizar si prorroga la cuarentena y por cuánto tiempo, y nos gustaría hablar antes de que decida.

Esta es la frase que enfureció al Presidente y que motivó su durísima respuesta.

Domingo 29 de marzo – Sin nombrar a Paolo Rocca ni a Techint, Fernández publicó un tuit mañanero en el que llamó miserables a quienes en la crisis despiden a sus trabajadores.

Lo hizo con una referencia al papa Bergoglio.


La presidente del PRO, Patricia Bullrich, le respondió que todas las empresas, aún las más grandes, realizaban esfuerzos extraordinarios para pagar los sueldos y que no necesitaban retos sino ayuda.

Por la noche, Fernández anunció que la cuarentena se prolongaría hasta la terminación de Semana Santa.

Explicó que era un momento de excepción, en el que “no tenemos que caer en el falso dilema de la salud o la economía. Una economía que cae siempre se levanta, pero una vida que termina no la levantamos más. No estamos descuidando la economía, estamos haciendo muchas cosas por la economía, no solamente garantizando dinero en los sectores más empobrecidos, que lo necesitan, sino ayudando a la pequeña y mediana empresa”.
Por eso, agregó, “no me resulta grato ver que alguien despida a un empleado. Voy a ser muy duro con el que rompe el acuerdo de precios, o el que especula tratando de subir los precios en un momento de extrema necesidad, voy a ser duro con ellos y con los que despiden gente. La pandemia nos tiene que enseñar la regla de la solidaridad, aquí nadie se salva solo”.
De nuevo sin nombrar a Techint ni a Rocca, concluyó: “Para muchos empresarios se trata de ganar menos, no de perder. Bueno, muchachos, les tocó la hora de ganar menos y así lo voy a hacer respetar”.

Las células dormidas del PRO en la web instalaron el hashtag #AlbertoElMiserableSosVos.
Ese mismo día, en el portal de Daniel Hadad, Duhalde dio su versión de la visita a Olivos. 

Dijo que:

  • duró media hora;
  • el Presidente lo llamó para conocer su experiencia sobre la salida de la crisis de 2002;
  • acordaron la realización de un plan para “después de la crisis”, que facilite un salto productivo con fuerte respaldo del Estado, que garantice que “la política se pondrá del lado de los que produzcan”;
  • ese diseño se acompañaría con un nuevo esquema político;
  • “tenemos que ir a una gran coalición política a la chilena para gobernar la Argentina, una nueva representatividad que incluso pueda plasmarse electoralmente”;
  • “hay que construir ampliando la base política que lo llevó al gobierno”;
  • puso como ejemplo de su acuerdo de entonces con Raúl Alfonsín, la llegada al gabinete de Roberto Lavagna.


Los puntos de contacto entre esta versión y la realidad son tangenciales.

Duhalde se presentó sin aviso previo en Olivos y Fernández lo recibió sólo cinco minutos, una vez que comprobó que no lo llevaba ninguna urgencia.
El mandatario escuchó con respeto cuando su visitante le propuso incorporar al gobierno a ministros de otros partidos y al despedirse le dijo que si lo interrogaban los periodistas dijera que él lo había llamado, para justificar por qué violaba la cuarentena.
Duhalde replicó que ya había cumplido 14 días de cuarentena luego de su regreso de España, donde se embelesa con cualquier relato sobre el Pacto de la Moncloa. Fernández le explicó que la actual cuarentena no rige sólo para los viajeros.

- Pero yo fui presidente - arguyó el ex Senador.
- Pero ya no es - repuso Fernández.

Electo senador por la provincia de Buenos Aires en las elecciones de octubre de 2001, Duhalde se hizo cargo del Poder Ejecutivo por decisión de la Asamblea Legislativa y produjo la mayor devaluación de la historia argentina. Además de Lavagna, histórico efector de Techint, designó como ministros a Jorge Reinaldo Vanidossi (hoy en el PRO), al radical Horacio Jaunarena y al peronista de negocios Miguel Ángel Toma.

En 2002, Jaunarena junto con el jefe del Ejército, Ricardo Brinzoni y el ex ministro menemista Roberto Dromi, y con la bendición del cardenal Bergoglio, propuso amalgamar al Ejército y a las diversas policías en un superministerio de Defensa y Seguridad.
Esa pirámide verdeazul contemplaría la intervención castrense en el conflicto social, el control de la criminalidad callejera, la documentación personal, las aduanas y las migraciones. Duhalde tenía ya la legislación correspondiente a la firma, cuando su Ministro de Justicia, Juan José Álvarez, le anunció que en tal caso renunciaría, debido a lo cual retrocedió.
El mandato provisorio que el Congreso le confirió a Duhalde llegó a su abrupto fin cuando el dispositivo montado para impedir una movilización piquetera concluyó con el asesinato por parte de la policía bonaerense de los jóvenes Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, en la estación ferroviaria de Avellaneda que hoy lleva el nombre de ambos.

A las 21.30 un cacerolazo apoyó el reclamo a los políticos desde los balcones de los barrios más acomodados de la Ciudad Autónoma.

Lunes 30 de marzo - Representante del Estado en el directorio de Techint, Miguel Angel Toma desmintió al Presidente al que representa y justificó los despidos de Techint, con el especioso argumento de que es un mecanismo contemplado en el convenio de la UOCRA.

En el Congreso los diputados del PRO propusieron que los políticos redujeran sus sueldos, consigna con la que se activaron cuentas del PRO en las redes antisociales.

Del mismo modo circuló una Acordada de la Corte Suprema de Justicia, firmada por Carlos Fernando Rosenkrantz, Horacio Rosatti y Elena Highton de Nolasco, quienes en una reunión extraordinaria resolvieron reducir en 20% los salarios de los funcionarios judiciales “en concordancia y conforme los lineamientos del Poder Ejecutivo”.

La señal de cable Crónica TV y la radio Mitre la difundieron sin chequear su autenticidad.
Era falsa pero muy bien hecha, en el papel y con el tipo de letra que utiliza la Corte, guardando el estilo usual y con las firmas verdaderas de los jueces y sus sellos.
El texto también resolvía suspender en sus funciones (y en el cobro de sus salarios) a todos los empleados interinos, con lo cual además de presionar al Poder Ejecutivo, apuntaba a suscitar reacciones dentro del funcionariado judicial.
Esta sofisticada falsificación conspira contra cualquier exégesis ingenua de toda la operación, que revela un alto profesionalismo y nula espontaneidad.


   

Martes 31 de marzo - El diputado radical cordobés Mario Negri envió una carta al Presidente en nombre del interbloque de Cambiemos, sugiriendo la constitución de un fondo para ayudar al sector productivo, con el 30% de los haberes de los cargos jerárquicos de todo el sector público.

Siempre rápido para el minuto a minuto, el presidente de la Cámara de Diputados, Sergio Massa, hizo trascender que la quita que él propone es del 40%, más la suspensión de asesores y la venta de autos.

Desistió luego de una llamada del presidente, quien le pidió que le transmitiera a Mario Negri que por las buenas, todo bien, pero que si querían hacerse los malos él iba a publicar la lista de ñoquis de cada diputado de la oposición, que figuran pero entregan el dinero al legislador que lo nombró.

Fernández invitó a desayunar en Olivos al alcalde porteño Horacio Rodríguez Larreta para coordinar restricciones a la circulación mientras dure la cuarentena.

Miércoles 1° de abril - Mirgor, la empresa creada por Macrì y que sigue a cargo de su hermano Nicky Caputo, amenazó con despedir a sus 740 trabajadores si no le levantan la cuarentena.

El Poder Ejecutivo prohibió por un decreto de necesidad y urgencia “los despidos sin justa causa y por las causales de falta o disminución de trabajo y fuerza mayor por el plazo de 60 días”.

Elisa Carrió y el grupo de diputadxs que le responden se borró del WhatsApp legislativo de Cambiemos, expresó “respaldo y respeto” a Rodríguez Larreta, reclamó “acompañar de manera solidaria y colectiva sin personalismos” y consideró inmoral “pretender sacar ventajas personales a costa de uno de los distritos que nos toca gobernar”.





Los realineamientos cambiemitas.

Pese a ello, desde la cuenta EquipoBanquemos.com, que se presenta como un grupo de activistas de Juntos por el Cambio, y con el hashtag #5ACacerolazo, se propone insistir con el ruidazo antipolítico hoy a las 18.

Viernes 3 de abril - Las primeras encuestas indican que más del 70% de la población apoya la prohibición de despidos durante la emergencia. Y esta opinión varía con la clase social.







Hugo Yasky propuso en nombre de la CTA la creación de un fondo de emergencia, que podría reunir 1.050 millones de dólares, si las cincuenta personas más ricas de la Argentina, según el listado de la revista Forbes, aportaran por única vez el 1,5 % de sus fortunas personales valuadas en conjunto en 70.040 millones de dólares.

Ese monto es equivalente al que haría falta para adquirir 90.000 respiradores o 50.000 equipos para test de coronavirus o poco más de 1.000.000 de internaciones en terapia intensiva.
La CTA expone que, para fortalecer las posibilidades de la acción estatal, además de desarrollar instrumentos de política pública, se requiere dotar al Estado de mayores recursos económicos, que deben obtenerse de quienes tienen mayor capacidad contributiva.
Los mayores esfuerzos deben pedirse a quienes, en el peor de los casos, sólo perderán por la recesión una parte de las riquezas que nunca han dejado de acumular.
“Pero es precisamente ese poderoso núcleo del empresariado que se ha enriquecido con la concentración económica y la especulación financiera, cuyas ganancias dolarizadas están en las guaridas fiscales, el que hoy pretende imponer por encima de cualquier lógica solidaria la ley del más fuerte”.

Como ejemplo paradigmático menciona el despido de 1.450 trabajadores dispuesto por Techint, la empresa de Paolo Rocca, “el hombre más rico de la Argentina, cuyas ganancias anuales superan los 400 millones de dólares”. 
Su “brutal decisión” no solo responde al “despiadado cálculo económico, sino que está dirigida a convertirse en la punta de lanza de una ofensiva de los grupos dominantes que, con acciones como esta, pretenden dejar claro que no están dispuestos a aceptar medidas que le devuelven al sector público capacidad de incidir sobre las ciegas leyes del mercado”.

La rápida reacción del Presidente Alberto Fernández y la firma del decreto que prohibió despedir y suspender durante sesenta días, “generó la reacción de algunos empresarios y del núcleo más retrógrado de la alianza Cambiemos, que reavivando el discurso de la antipolítica, histórico caballito de batalla de la derecha, replicó convocando al cacerolazo para que los políticos se bajen los sueldos”.

Esta extorsión “pretende presionar al poder democrático y a la opinión pública, para poner por encima de cualquier otra consideración su rentabilidad empresaria y, a la vez, favorecer al sector más duro de la oposición. En una situación como la actual, cuando la protección de la vida es el valor que convoca al esfuerzo comunitario, la avaricia y la mezquindad que revela este accionar resultan especialmente obscenas”.

Pero en los lugares con alta concentración de hipocresía, la presión surte efecto.

El viernes 3, en una acordada auténtica, la Corte Suprema anunció que sus cinco miembros dispondrían “voluntariamente un aporte del 25%” de sus remuneraciones de marzo para la cooperadora del Hospital Muñiz “para la adquisición de los bienes o insumos necesarios para enfrentar la emergencia sanitaria”.

Sábado 4 de abril - El Presidente Alberto Fernández rechazó por demagógica la propuesta de Juntos por el Cambio de reducción salarial para los funcionarios. 

“Mis ministros y funcionarios no son ñoquis ni reciben sobres por izquierda. No tienen fortunas, no tienen cuentas en el exterior, no tienen bienes, no tienen empresas: realmente viven de su sueldo. Los llamo a cualquier hora y atienden. Sé que los funcionarios no están robando la plata. No tienen los argentinos un Presidente que trabaja una semana y se toma dos de vacaciones».

Lunes 6 de abril - El diputado nacional Sergio Massa insistirá con llegar más lejos y antes que nadie, en la línea del recorte del gasto político señalada por la prensa comercial.

Su colega Máximo Kirchner presentará al bloque que preside tres propuestas:
  • Un impuesto extraordinario a quienes ingresaron al blanqueo de 2017 (como la familia de Paolo Rocca, los gerentes de Techint; el hermano, la suegra y las cuñadas de Macrì).
  • Un tope a las ganancias de los supermercados, como porcentaje sobre su facturación, que oscilaría entre 2,5% y 4%, según el modelo de Francia y Gran Bretaña.
  • Un impuesto sobre el patrimonio de los legisladores que tengan bienes declarados por más de 20 millones de pesos.
Como decía Mastroianni en La mujer del cura: “El concepto está claro”.




La Reina Loca

Uno de los principales jefes militares argentinos recibió una llamada telefónica de un par brasileño. Se conocen desde que coincidieron en una misión internacional y desarrollaron una cordial relación.

El jefe brasileño le informó al argentino que las Fuerzas Armadas habían decidido soslayar al Presidente Jair Bolsonaro en la toma de decisiones, sin apartarlo del cargo, pero reduciéndolo a una figura decorativa.
No fue una comunicación oficial, sino un diálogo entre dos amigos, pero su contenido coincide con cosas que ya se sabían y con las nuevas revelaciones de un sector de la prensa brasileña.
El conflicto con el Ministro de Salud se desarrolló en público, lo mismo que el acuerdo entre 25 de los 27 gobernadores para coordinar las acciones entre ellos ignorando al Presidente, que por su parte convocó a una manifestación en demanda de la clausura del Congreso.

Según la revista digital Defesanet, que expresa el punto de vista militar, el lunes 30 el jefe de la Casa Civil, general Walter Braga Neto, asumió como Jefe de Estado Mayor del Planalto, en un acuerdo entre altos mandos militares, ministros civiles y el propio Presidente, que fue comunicado a las cabezas de los otros poderes del Estado.

“Mientras la grave situación de crisis continúe, el general será el presidente operacional de Brasil. Braga Neto asume para distender y organizar”.
Carlos Bolsonaro, uno de los hijos del Presidente, había posteado que valía más la pena hablar con un humilde inteligente soldado que con un general que no toca ningún pito. Pero poco después la frase desapareció de la cuenta presidencial.
Los hijos del Presidente son su talón de Aquiles.
Si se resiste a la nueva situación, podrían activarse causas contra uno de ellos por corrupción y contra otro por la organización de milicias clandestinas, del tipo de las que en la Argentina se conocieron como Triple A.
¿O alguien pensó que el reiterado saludo presidencial simulando disparar un arma era una broma?




La Reina Loca y el Presidente Operacional.

El portal Jornal GGN, dirigido por el periodista Luis Nassif, escribió que el viernes pasado, cuando Bolsonaro amenazó con sabotear la cuarentena, el juez del Tribunal Federal Supremo Gilmar Mendes informó a “asesores de la presidencia” que la medida no pasaría el filtro judicial.

De hecho, la jueza carioca Laura Bastos Carvalho prohibió al gobierno la difusión de piezas publicitarias instando al regreso al trabajo.

El sábado, a pedido de esos asesores, Gilmar Mendes repitió su relato ante Bolsonaro y los generales Luiz Eduardo Ramos, Ministro jefe de la Secretaría de Gobierno, y Walter Braga Neto, de la Casa Civil de la presidencia.
Braga Neto fue designado en ese cargo por Bolsonaro en febrero. Hasta entonces había sido jefe de Estado Mayor del Ejército.
Citando ejemplos históricos, el juez sugirió que se creara un “Estado Mayor de la Presidencia”, con participación del presidente del Tribunal Supremo, José Antonio Dias Toffoli y de los presidentes de las Cámaras de Diputados, Rodrigo Maia, y del Senado, Davi Alcolumbre.
Maia nació en Chile en 1970 y reside en Brasil desde sus tres años, cuando el golpe militar.



Jueces Días Tofoli y Gilmar Mendes.

Desde que finalizó la dictadura, las Fuerzas Armadas intervinieron dos veces en forma directa en cuestiones políticas en contra de presidentxs electxs.

La primera, cuando el presidente Fernando Collor de Melo cerró el Servicio Nacional de Informaciones e interrumpió el programa nuclear.
La segunda, cuando Dilma Rousseff instituyó una Comisión de la Verdad.
No es el caso de Bolsonaro, quien se retiró del Ejército como capitán y comparte con los militares la glorificación del golpe de 1964. Es mirado con recelo por el generalato, pero tiene mejor inserción entre los rangos inferiores, los suboficiales, las policías militares de distintos estados y un sector agresivo de la ultraderecha.
“Si fuese desmontado del poder, habría agitación en las calles, cosa que no ocurrió ni con Collor ni con Dilma. La neutralización de Bolsonaro es prioritaria, pero será mantenido en el cargo, por cálculo político”, dice la crónica.

Además, si Bolsonaro cayera, los militares temen que en las próximas elecciones volverían el PT y la izquierda.
“Se montó entonces una estrategia delicada. Bolsonaro sería colocado en el papel de reina loca de Inglaterra, de modo que sus apariciones no contaminasen la figura de la Presidencia”.
Cualquiera diría que continuará.
Ni la continuidad de Bolsonaro, ni su desplazamiento por los militares son noticias para celebrar.


A diferencia de la Argentina, en Brasil hubo poca memoria, menos verdad y ninguna justicia por los crímenes de la dictadura. Y eso se siente.
Por eso las Fuerzas Armadas brasileñas tienen tamaña injerencia política.
Aquí, en cambio, como resultado de un proceso ejemplar, las Fuerzas Armadas no reivindican la dictadura y están por completo subordinadas al poder político.
En esta emergencia se encargan de la logística para la preparación y distribución de alimentos en los conurbanos. Sin armas.

El gobierno nacional está especialmente preocupado por la situación en Brasil, que es el principal socio comercial de la Argentina. La errática conducta de Bolsonaro podría acrecentar el número de víctimas de la enfermedad hasta cifras que paralizaran la economía, con el inevitable reflejo aquí.


La fiebre naranja

La militarización del conflicto económico con China es una constante de la política estadounidense que cada gobernante maneja a su manera, y Donald Trump no firmó ahora sino en diciembre de 2017 la Estrategia de Seguridad de su país, que reemplaza al terrorismo y el narcotráfico como principal enemigo.
Su lugar es ocupado por China y Rusia, que “buscan expandir sus vínculos militares y la venta de armas en la región”.
Pero además China busca atraer a la región a su órbita mediante “inversiones y créditos estatales”.
En otra escala, las maldiciones se dirigen a Cuba, Venezuela e Irán.
Seguridad Económica es Seguridad Nacional, dice el documento.
Para lograrla señala cinco objetivos:
  • Rejuvenecer la Economía Doméstica (es decir el mercado interno);
  • Promover Relaciones Económicas Libres, Justas y Recíprocas;
  • Ser Líder en Investigación, Tecnología, Invención e Innovación;
  • Promover y Proteger nuestra Base de Seguridad Nacional en Innovación (contra la penetración de competidores como China)
  • Afirmar el Predominio Energético.
No se debe olvidar que ese mismo documento se propone Combatir la Corrupción en el extranjero, y su enunciado dice: “Mediante el empleo de nuestras herramientas económicas y diplomáticas, los Estados Unidos continuarán apuntándoles a los funcionarios extranjeros corruptos y trabajando con los países para que mejoren su capacidad de enfrentar la corrupción, de modo que las empresas de los Estados Unidos puedan competir en forma limpia en un entorno de negocios transparente”.
Poco después el ex juez Edward Prado llegó como embajador para llevarlo a la práctica.

Si se consulta esa hoja de ruta, que no fue secreta sino pública, es más fácil entender la actualidad. La semana pasada publicamos la presentación del jefe del comando sur ante el Congreso, donde dijo que Estados Unidos incrementaría su presencia militar en América Latina.
Explicó que esto incluiría “una mayor presencia de barcos, aviones y fuerzas de seguridad para tranquilizar a nuestros socios y contrarrestar una serie de amenazas que incluyen al narcoterrorismo”.
Y no dio más detalles, porque como él mismo explicó al asumir, "los militares nunca decimos lo que estamos haciendo".

Ahora lo están haciendo: un operativo de bloqueo sobre las costas de Venezuela.
Y amenazas de ataques a Irán, cuyo gobierno había ofrecido un canje de prisioneros por ayuda humanitaria contra la pandemia.

viernes, 3 de abril de 2020

CAMBIOS EN TU HIJO ADOLESCENTE, de Roberto Fontanarrosa

Tu hijo adolescente está cambiando. Y está cambiando a ojos vista.
Lo miras cuando duerme y te asombras de que los pies le asomen una cuarta por el extremo más lejano de la cama.
Los brazos se le enredan, como si no encontraran sitio, y la cabeza pende por la otra punta de su lecho como la de un pollo muerto.
¡Y es la misma cama que parecía enorme para él no hace tantos años, cuando con tu esposa decidieron cambiarlo de la cunita con barrotes porque saltaba afuera de ella como si fuese un mono!
Tu hijo ya no tiene el rostro redondeado y rubicundo de cuando era un niño, sino que la cara ha adquirido rasgos angulosos y su color se torna, día a día, más verdoso.
Incluso sus movimientos no tienen ahora la armonía de cuando pequeño, cuando todo, absolutamente todo lo que hacía era gracioso.
Arrojaba un plato de sopa al piso y era encantador. Aplastaba con su pequeño piecito las mejores flores del jardín de tu casa y arrancaba risas.
Retorcía con saña la piel sedosa del paciente perro y movía a elogios.

Ahora está algo torpe, desmañado y le cuesta habituarse a sus nuevas medidas antropométricas, las que ha adquirido durante el desarrollo.
Se golpea frecuentemente contra las puertas del aparador, empuja sin querer con los codos los vasos de la mesa y se da la frente con estruendo contra el dintel de la puerta del fondo.

“¿Qué está ocurriendo con mi hijo?”, te preguntas.
¿Qué fenómeno mutante le sucede, que se levanta una mañana y ha crecido cinco centímetros, sale de dos días con fiebre y se ha estirado ocho?

Porque, incluso, seamos sinceros: huele mal. El sabandija huele a rayos.
¿Adónde quedó ese aroma a talco boratado, a jabón Lanoleche y a perfume suave que lo envolvía como una nube celestial cuando era muy niño y daba placer estrujarlo? Ahora emana un tufillo confuso a almizcle y a aguas servidas, a goma agria y a perro mojado.
Cuando tú entras en su habitación respiras el aire denso del encierro, un pesado vaho a zoológico, a establo, a pesebre, a leonera, a mingitorio de baño público.
Además, el sabandija se niega a bañarse.
No te lo dice directamente, no te enfrenta mirándote a los ojos cuando se resiste a entrar a la bañera, no.
Pero elude el momento, se olvida, finge no tener tiempo, aduce que el estudio le quita oportunidades de asearse.

Tu esposa le ha comprado cientos de nuevas camisetas, algunas de ellas con estampados jubilosos, alegres, juveniles.
Tu hijo, sin embargo, se empecina en usar siempre la misma camiseta negra, arrugada, con el estampado en blanco de un cocodrilo del Ganges, con la que ha dormido las últimas nueve noches.
Ahora mismo, mientras lo miras durmiendo despatarrado sobre la cama que ya le queda chica, adviertes que sus piernas, esas mismas piernas que, cuando bebé, eran cortas extremidades rollizas, infladas, rosáceas y regordetas son, de pronto, largas piernas huesudas que, en sectores, muestran una granulosidad plena de canutos similar a la de la piel de los pollos congelados.
Y en otras zonas unos enormes, largos y negros pelos simiescos que confieren a tu hijo una apariencia silvestre.
Su piel, por otra parte, en estos momentos, ya no es más la tersa y suave que tanto te gustaba tocar cuando no tenía más de 9 años.
Tu hijo está viviendo una explosión hormonal, sus glándulas sebáceas se han declarado en estado de alerta máxima, y revientan, especialmente sobre la superficie de su rostro, centenares de nuevos granos amarillentos, cerúleos y purulentos.
¿Qué hay, incluso, sobre sus labios amoratados?
Detectas una sombra. Pero no es, precisamente, la sombra de su sonrisa, como bien lo poetizaba la canción aquélla.
Es un bozo, una pelusa de bigote, una suerte de suciedad grisácea que brinda a su labio superior un ribete desprolijo, como si no se hubiese limpiado la base de la nariz luego de comer cenizas.

Pero mucho te equivocarías si tan sólo te detuvieras en eso, en la observación de los cambios físicos, notorios y evidentes.
Si sólo te quedaras en precisar que su cabello opaco se enreda en grumos intrincados, sus rodillas tienen la dimensión de dos tazas de café y su aliento huele a comadreja.
Ocurre algo más, algo más profundo y complicado aparte del replanteo de diseño y decoración personal de tu hijo.
Ocurre algo más y es esto: tu hijo está cambiando como persona, como ser humano.

Como las serpientes, está mudando de piel y de personalidad.
Hay veces –muchas, debes confesarlo– en que le hablas y no te oye. Parece escucharte, pero no registra en lo más mínimo lo que le has dicho.
O masculla, simplemente: “Sí, sí, está bien. Está bien”, como se les dice a los locos, sólo para conformarlos.

O, cuando le reprochas algo, responde con frases de un cinismo notable tales como “Mala suerte” o “Qué pena”, como aseverando que tus desvelos por corregirlo serán vanos, morirán, infructuosos, aplastados por los ya escritos designios del destino.
O sólo contesta con un desafiante e insolente “¿Y…?” cuando su madre le recuerda que no ha ido este mes a visitar a sus tíos.

Y hay otro llamado de atención, te recuerdo, muy claro y estremecedor, convengamos: en ocasiones te mira como para matarte.
Aquellos ojos de ardilla que se abrían encantadores cuando tú le mostrabas el libro con la historia de los dos ositos, ahora se clavan en los tuyos y tú adviertes, lisa y llanamente, que tras sus pupilas titila un brillo asesino, el mismo que alumbrara la locura homicida de Charles Manson.

Tú te has atrevido a entrar en su habitación luego de golpear un par de veces, desde luego.
Le has recordado que debe ir a limpiar el baño que quedó hecho un lodazal luego de que él, por fin, accediera a darse la ducha semanal, y has interrumpido su videojuego en la computadora.
Te dijo, rumiante, que ya iría a secar el baño, pero tú, imprudente, has insistido.
Es entonces cuando él te mira tal como lo describíamos.
Te mira y te dice, con una voz donde relampaguea una inflexión filosa y acerada, separando notoriamente cada sílaba: “Te-dije-que-ya-iba-a-ir”.
Y serpentea por sus palabras una apenas velada amenaza de homicidio.

¡Es él, tu hijo, el mismo niño que para las Navidades cantaba junto a ti villancicos con voz dulce y graciosa!
Algo se está solidificando dentro del magma espiritual de tu muchacho.
Algo, dentro de esa corriente de agua pura y cristalina que era tu pequeño, se está congelando, está creando sus propios ángulos y sus propias aristas.
Has palpado algo duro allí dentro, por cierto.

¿Dónde ha quedado aquella personita minúscula, genuinamente inocente, que se creía la historia del ratoncito que deposita dinero a cambio de un diente caído?
Tú mismo empezaste a cambiarla cuando le enseñaste a negociar, te informo.
Les has vendido espejitos a los indios, mi amigo.
Les has mostrado el poder del canje, les has cambiado pieles de zorro por aguardiente.
Ahora saben que tú debes darles algo cuando les pidas alguna cosa.

Tu propia esposa inició a tu hijo en eso cuando le prometía dejarlo ver el programa de televisión con los Muppets si él era tan bueno de comer la primera cucharada de la repugnante papilla.
Tú mismo lo acostumbraste a la extorsión cuando negociaste no llevarlo sobre tus hombros en el paseo por el shopping vecino a cambio de comprarle un chupetín con forma de rinoceronte.
Ahora le pides gentilmente que apague la luz de su pieza cuando no la usa y te exige diez dólares, le ruegas que no deje tiradas sus ropas por el suelo y pretende un compact de los Screaming Headless Torsos, le indicas que no apoye los codos sobre la mesa y ruge que necesita una moto japonesa.

No te sorprendas, mi amigo.
La explicación es muy simple: él está cada vez más parecido a ti mismo, es ya un delincuente como todos nosotros, es uno más de la banda, lo estamos integrando jubilosamente en el clan.
Y hay otro detalle: ya no puedes pegarle.
Ese coscorrón sonoro sobre el remolino de pelo que tiene en la cabeza, ese manotazo plano sobre sus asentaderas cuando hacía algo malo, ese zamarreo espasmódico tomándolo de un hombro cuando berreaba como un demonio, ya no es atinado.
Ahora, te diría que lo pienses muy bien antes de hacerlo. Ayer mismo le levantaste una mano y te miró fijamente, como calculando la resistencia de tus huesos, la oposición que presentaría la piel de tu cuello a la punta doble y metálica de una tijera.

Lo miras ahora, mientras duerme, cuando parece recuperar algo de ese toque angelical que poseía en el colegio primario, y ves que su espalda tiene casi el mismo ancho que su almohada, y que los músculos jóvenes de los brazos son protuberancias tensas, como si tuviese sogas que le corrieran bajo la piel.
Lo comprobaste, además, no hace mucho, cuando le asestaste un festivo empujón sobre una tetilla, a modo de chanza, y tu mano chocó contra una superficie que tenía la granítica dureza del cemento, una dureza que en tu propio cuerpo de padre sólo podría encontrarse en la hebilla de tu cinturón.
Podría matarte con una sola de sus manos, en suma.

Perdiste tu oportunidad de pegarle cuando estabas a tiempo. Ahora ya es tarde.
Pero no te inquietes, tu hijo está en una etapa de cambios.
Su personalidad se retuerce como una culebra caída en el fuego.
Varía día tras día, se transforma, muta.
Hoy verás a tu hijo silencioso y reconcentrado, como preocupado por un futuro que se le antoja amenazante.
Mañana lo verás conversador y tumultuoso, atacado por un hambre feroz que lo llevará a comer cuatro filetes de cerdo acompañados con huevos fritos.

Ayer lo habías contemplado esquivo y distante, abocado a leer poemas de Verlaine y de Rimbaud.
Su alma es una suerte de masilla blanduzca, que se modifica y amolda a las presiones que recibe.
Aparece un día diciendo que quiere ser jugador de basquet, y no se saca durante 24 horas esa ridícula gorra de los Dodgers.
Al día siguiente opina que su destino está en la Bolsa de Valores y se empecina en lucir un saco oscuro con corbata al tono sobre los pantalones vaqueros.
Mañana por la mañana sostendrá que desea sacar la visa para irse a vivir a Rusia y criar allí conejos de angora.
Por la tarde confesará que está enamorado y habrá de casarse al poco tiempo.

Su perfil, su forma de ser, fluye, se eleva y se distorsiona como esas voluptuosas volutas aceitosas que giran dentro de los cilindros iluminados que suelen ponerse como adorno en las casas de decoración, llenos de un líquido ámbar y moroso.
Pero pronto, mucho antes de lo que tú te imaginas, aparecerá el modelo terminado.
La naturaleza habrá completado su diseño.

Se habrá confirmado la curva de su mandíbula, encontrará su diámetro la extensión de la cintura y las excrecencias de la piel se harán más y más infrecuentes en las inmediaciones de la nariz y la boca.
Hasta la voz ya no le patinará tanto en algunos tonos, adquiriendo un matiz más parejo y previsible.

Pero lo más importante: podrá advertirse una estructura firme, un andamiaje que sostenga a una personalidad definitiva y consolidada.

Y entonces, mi querido amigo, padre y custodio de un adolescente, cuanto tu hijo haya adquirido ya una personalidad concreta, sólida, palpable, buena o mala pero propia, definida, conocerá a una mujer.

Conocerá a una mujer y esa mujer intentará cambiarlo.

MAMÁ, de Jorge Fernández Díaz

A mi mamá le gustaba mucho el trago.
No puedo decir que tomaba una barbaridad, pero, a veces, cuando a la noche se acercaba a darme un beso, yo podía percibir su aliento pesado por el alcohol.
Ella siempre me besaba antes de irse a dormir.
Yo era chico, estoy hablando de cuando tenía 8 o 9 años.
Ella se quedaba viendo televisión hasta tarde y, antes de ir a acostarse, venía y me daba un beso.
Nunca dejaba de hacerlo.

En la mayoría de los casos yo fingía dormir.
O, si estaba dormido, habitualmente ella me despertaba sin querer porque se tropezaba contra los muebles en la semi penumbra.
Tampoco podría precisar cuándo fue que ella empezó a beber con mayor asiduidad.
Cuando nuestro padre vivía con nosotros, mamá casi no tomaba.

En el almuerzo solía llenar su vaso con soda y luego coloreba la soda con un chorrito mínimo de vino. Cuidadosamente, como si fuera un químico elaborando una fórmula altamente explosiva.
Pero lo cierto es que, esas noches, en ocasiones, yo podía adivinar cuándo se asomaba a la puerta de mi cuarto por el aliento.
Me llegaba una vaharada espesa a vino común.
Así y todo, me gustaba mucho que viniera a darme un beso.
Además, musitaba algo, como una plegaria o una bendición, que yo no llega a escuchar, pero agradecía.

Bebía a escondidas o, al menos, no lo hacía abiertamente frente a mí. 
Seguía tomando el vaso de soda coloreada al mediodía y también a la noche, pero nada más que eso.
No sé si tomaría frente a Alcira, la señora que venía una vez a a la semana a planchar, o en compañía de Zulema, la vecina del segundo piso, pero al menos frente a mí conservaba cierto recato.

Poco tiempo después, cuando yo regresaba de la secundaria, había ocasiones en que la encontraba tirada en el gallinero. 
Tenía un gallinero que compartíamos con Zulema, en uno de los ángulos de la terraza.
Varias veces la encontré a mamá tirada entre las gallinas, que la picoteaban.
No era lindo de ver. Las gallinas le ensuciaban encima, o ella se ensuciaba con la caca de las gallinas y, además, se le llenaba el vestido de plumas.

Yo no sabía bien qué hacer en esas ocasiones.
Al principio me volvía al departamento y me hacía la leche yo solo, para no ponerla en el difícil trance de explicarme su situación.
Pero una vez, enojado, la zamarreé hasta despertarla.
Me dijo que se había dormido sin querer, mientras buscaba huevos para la noche; que el sol estaba muy lindo allí en la terraza. Pero olía espantoso y no sé dónde metía las botellas.

Compraba, recuerdo, licor de huevo al chocolate.
Las borracheras con licor de huevo al chocolate son terribles, devastadoras. Había días en que amanecía verde, descompuesta, con un dolor de cabeza infernal.
Me decía que había tomado una copita de licor de huevo y le había caído mal.
Que el hígado le latía.
Siempre recuerdo esa expresión suya, “que el hígado le latía”. Era muy ocurrente para hablar, muy divertida.

Pero yo veía, en el cajón de basura, cómo se acumulaban las botellas: se escondía para beber.
A veces mirábamos televisión - a ella le gustaba muchísimo el programa de Pipo Mancera - y de pronto se iba al baño.
Sabía que el baño era un lugar eminentemente privado y que yo no me iba a atrever a espiarla allí, como sí lo había hecho una vez cuando ella se metió debajo de la mesa del living con la excusa de buscar un carretel de hilo que se le había caído.
Alcé el mantel y la sorprendí con una petaca.

Me empecé a preocupar realmente cuando se tomó una botella de alcohol Abeja, un alcohol para desinfectar lastimaduras.
Mamá era increíblemente dulce conmigo. Un día yo me corté un dedo recortando figuritas con la tijera.
Desde chico me gustó recortar figuritas de la revista de modas. De los figurines, como decía ella.
Me salía bastante sangre. La yema del dedo siempre sangra mucho. Ella vino corriendo con gasa y la botella de alcohol.
Me puso alcohol en el dedo y después, directamente del pico del frasco, se tomó un trago.
“¡Mamá!”, la alerté.
Mi padre nos retaba cuando nosotros bebíamos directamente del pico, aun siendo gaseosas.
“Es que me ponés nerviosa”, me dijo.

Pero después se tomó todo lo que quedaba en el frasco.
Sin embargo, no dio señales de que le hubiese caído mal ni mucho menos.
Tenía bastante conducta alcohólica con el Abeja.
No así con el perfume.
Un día la acompañé a una perfumería, después de ir al cine. A ella le gustaba mucho el cine, en especial las películas de piratas. Vio tres veces Todos los hermanos eran valientes.
Conozco mucha gente que ha visto tres veces una misma película. Pero ella la vio en un mismo día.
Me dijo que quería comprarse un perfume. A la vendedora le pidió alguno que fuera frutado.

Yo no creo que mamá tuviese un gusto refinado para los vinos. Se había hecho, lógicamente, dentro de los parámetros de la clase media. Y mi padre no pasaba de los vinos Chamaquito, Copiapó o Fuerte del Rey.
Yo la veía aparecer a mamá oliendo a perfume y nunca sabía si se lo había puesto o se lo había tomado.
O las dos cosas.
Era difícil, sin embargo, verla dando pena o tambaleante.

Se dormía con facilidad, eso sí, como en el caso con las gallinas, o se le ponía un poquito pesada la lengua, pero nada más.
Podría afirmar, por ejemplo, que nunca me hizo pasar un papelón en alguna fiesta familiar.
Yo detectaba un cierto cuidado, una cierta atención especial hacia ella de parte de mis tías o de abuela Alicia, como decir: “Sacale la copa a Dora” o “Decile a Dora que pare”, pero nada más.
Algún codazo intencionado, a veces, cuando mamá preguntaba por el clericó.
Eso sí, se reía con mucha facilidad cuando tomaba, lo que no dejaba de ser, por otra parte, un costado simpático de su personalidad.

Admito que hubo una especie de nervio y hasta una suerte de incomodidad en mi tío Adalberto, durante un almuerzo improvisado en casa de Chuco y Popola, cuando mamá no pudo parar de reírse en toda la sobremesa, aunque acabábamos de llegar del entierro de tía Clorinda.
Pero era una mujer encantadora.
En verdad encantadora. Siempre alegre, siempre dispuesta, pese a todos los problemas que vivimos y al asunto de papá, antes de que se fuera de casa.

A la que no le gustaba nada el asunto era a Elenita, mi hermana.
Obvié contar que tengo una hermana mayor que se llama Elena.
Ella se ponía fatal cuando pasaban esas cosas, no soportaba que mamá bebiera como no lo soportaba a papá, tampoco, por otras razones.
En el caso de papá, creo que tenía algo de razón. 
Con mamá, en cambio, era excesivamente dura.
Un psicólogo me dijo que mi hermana reclamaba lo que a ella le correspondía.

No sé si coincido demasiado con eso.
Por suerte, nunca Elenita encontró a mamá tirada entre las gallinas en el gallinero.
Lo que pasa es que mi hermana nunca subía a la terraza, porque decía que le tenía terror a las alturas y porque aún conserva una extraña alergia a los animales con plumas.
Veía un pollo y se brotaba.
Si comía algo que incluyera gallina, se hinchaba como un globo.
Aunque no supiera que el plato contenía gallina, lo mismo se hinchaba, con lo que quiero decir que no era algo meramente psicológico.

Un día, tía Chuco, pobre, desconociendo el problema de Elena, le regaló una gallinita de chocolate para Pascuas, y a mi hermana la salvaron con un Decadrón. 
Se le había hinchado tanto la cara que parecía una japonesa.
Los ojos eran dos tajos. Ella, justamente, que siempre ha presumido de tener ojos muy lindos.

Pero mamá le caía muy bien a todo el mundo.
En realidad, el problema de mamá no era el alcohol.
Era el cigarrillo.
Fumar sí, lo hacía públicamente.
En eso diría que fue una adelantada del feminismo. Una activista.

Ella me contaba que fumaba desde los 11 años, a instancias de su padre, que tenía un puesto alto en el ferrocarril Mitre.
El padre la convidó con un cigarro de hoja, muy fuerte, justamente para que le desagradara y nunca más probara el tabaco, pero ella se envició.
Había momentos en que eso sí me molestaba, porque fumaba mientras comía.

Dejaba el cigarrillo - fumaba Marvel cortos, negros, sin filtro -, cortaba un pedazo de milanesa, por ejemplo; lo masticaba, lo tragaba y le pegaba otra pitada al cigarrillo.
Tenía el dedo índice y el anular de la mano derecha amarillos por la nicotina, casi verdes.
Había veces en que mi padre le reprochaba que fumara durante la comida, agitando la mano exageradamente frente a su cara, como apartando el humo.
“Es mi único vicio”, decía mamá.

Y en esos momentos era verdad, pues creo que ella empezó a beber vodka y ginebra después de que se marchó mi padre, sin que nadie supiera muy bien por qué.
Y no pienso que mamá se lanzara a la bebida para olvidar el abandono de mi padre.
Creo que, simplemente, se sintió liberada y ya pudo hacerlo sin mayores complejos ni presiones, salvo la actitud recriminatoria de Elena.

Elena a veces se levantaba antes de la mesa, molesta por el humo. Se hacía la que tosía, incluso, para que no la retaran reclamándole que comiera el postre.
Elena fue siempre muy dramática, muy histriónica.
En casa éramos de una clase media típica. Pero de aquellos tiempos, cuando la clase media vivía bien, cómoda, tranquila. Al mediodía comíamos tres platos, por ejemplo.
Una sopa de entrada, el plato fuerte y el postre, que casi siempre era fruta o queso y dulce.
Elena tosía, se levantaba y se iba. Siempre fue un poco teatral mi hermana.
Para empezar a fumar, mamá aprovechaba cuando la sopa estaba bien caliente y echaba humo. Suponía que el humo de sus cigarrillos se mezclaba con el de la sopa y así se disimulaba.
Sin embargo, no era abusiva. No era una persona a la que le importara muy poco lo que pasaba a su alrededor, con sus semejantes. La prueba es que se ofrecía, en ocasiones, a ir a leerles a los enfermos.
El problema es que les leía sólo lo que le gustaba a ella y tuvo una agarrada muy fuerte con un estibador que había perdido una pierna al caérsele encima una grúa portuaria, y a quien mamá insistía en leerle Mujercitas, de Luisa M. Alcott.
Digamos - para que quede claro - cuando papá y Elena insistieron con sus quejas por el hecho de que mamá fumaba en la mesa, dejó de hacerlo.
Así de simple. Dejó de hacerlo.

Fue cuando empezó a mascar tabaco, una costumbre que yo creía desaparecida con los últimos arrieros.
Cuando compraba la fruta, mamá se traía para ella unas hojas de tabaco, las plegaba, se las metía en la boca y comenzaba a masticarlas.
Es cierto, no producía humo, pero llegaba un momento en que se le escapaba un hilo de saliva marrón verdoso por la comisura de los labios, que me desagradaba mucho.
Debo reconocer que siempre he sido un tipo bastante sensible. Y de chico, más.

Con el tiempo, mamá volvió a fumar. Le molestaba tener que ir a escupir al baño cada tanto, mientras masticaba tabaco, ya que, cuidadosa, no quería hacerlo frente a nosotros.
Apunto que era muy obsesiva con el cuidado de la casa. Enormemente prolija, muy aficionada a los mantelitos calados, a las cortinas con encajes, a los macramés, a las puntillas.
Bordaba muy bien.
A mí me gustaba mirarla por las noches acostado en su cama, escuchando en la radio el Radioteatro Palmolive del Aire, mientras ella bordaba pañuelitos, masticando tabaco.
Era muy hábil para las manualidades.
Después empezó a armar sus propios cigarrillos. Al terminar el almuerzo se recostaba en una reposera, en el patio, y empezaba a armar los cigarrillos.
Tenía su propio papel, su propio tabaco.
Era lindo mirarla mientras humedecía con saliva el borde del papel, apretaba el cilindrito como si fuera un canelón minúsculo, lo encendía, entrecerraba los ojos en tanto el humo subía.

Empezó a hacer eso, es claro, cuando tuvo más tiempo, cuando ya papá se había ido y tampoco le aceptaban tanto que fuera a leerles a los enfermos.
Toda una sala del Clemente Alvarez había hecho una huelga de hambre contra su presencia. 
Llegaron a organizar una marcha de protesta contra mamá, un tanto injustamente, porque ella tenía la mejor de las voluntades.
En esa marcha un anciano, a poco de intentar caminar, sufrió la dolorosa revelación de descubrir que le habían amputado una pierna, lo que provocó más animosidad contra mi madre.

Pero a ella no le importaba demasiado.
Le bastaba tenernos a mí y a mi hermana, pese a que Elena también se iría poco tiempo después, cuando mamá le tomó - le bebió, digamos - un perfume carísimo que le había regalado su primer novio, el imbécil de Gogo Santiesteban.
Por cierto, cuando se le dio por fumar toscanitos Génova, el aliento que tenía por las noches, cuando se acercaba a darme el beso de despedida, era insoportable.
Es duro decirlo, pero es así.
Era como si hubiesen destapado una cisterna cenagosa, con agua estancada, con aguas servidas, una mezcla de solución biliosa con aroma a animal muerto.
Era feo.

Con el tiempo le daban accesos de tos muy fuertes. Ella decía que era culpa de la pelusa de las bolitas de los paraísos, esos árboles que, en verdad, le han arruinado los pulmones a más de un rosarino.
Y luego, años después, le echaba la culpa a ese polvillo que llegaba desde el puerto, cuando los barcos cargaban cereal, no sé cómo le llaman.
Tomaba miel, entonces, para suavizarse la garganta.
Comía pastillas de oruzus. O iba a buscar huevos a la terraza para mezclarlos con coñac y quitarse la carraspera, y allí es cuando yo solía encontrarla tirada en el gallinero.

Tenía linda voz mamá, muy cristalina, y solía cantar una canción que hablaba de la hija de un viejito guardafaros, que era la princesita de aquella soledad.
O esa otra que decía “en qué se mete, la chica del diecisiete”.
Pero se negaba a culpar al tabaco por su tos, cuando parecía que iba a escupir los dos pulmones a cada momento. 
Se le salían los ojos de las órbitas y lagrimeaba.
Nunca la vi lagrimear por otra cosa a ella.

Era muy alegre y ponía al mal tiempo buena cara.
De inmediato mezclaba coñac con leche bien caliente, y decía que eso le calmaría la picazón de garganta, producida por las bolitas de paraíso.
Yo sabía perfectamente que ése era un remedio para bajar la fiebre, pero ella se tomaba tres o cuatro vasos y luego me decía que se sentía mejor.
Cantaba para demostrármelo.
Pero son cosas que, tarde o temprano, afectan a una persona.

Tiempo después, de grande, a mamá se le habían caído dos uñas de los dedos de la mano derecha por la nicotina y al respirar se le escuchaba un crujido, como el que hace un sillón de mimbre al recibir el peso de una persona.
Se agitaba con facilidad y casi no podía subir los veinte escalones hasta le terraza.
Sin embargo, sin embargo, yo creo que el problema de mamá no era el tabaco. Era el juego.

Ella sostenía que nunca jugaban por plata, con sus amigas, tía Eve, Zulema y las hermanitas Mendoza.
Se encontraban una vez a la semana en casa de Zulema, casi siempre, y jugaban a la canasta uruguaya. se pasaban, a veces, seis o siete horas jugando.
“Es mi único vicio”, decía mamá, y tal vez fuera cierto.
Ella decía que el vino y el tabaco constituían, apenas, rasgos de personalidad.

Lo cierto es que muchas veces desaparecían cosas de casa. Adornos, jarrones, espejos o ropa de ella misma, y yo estoy seguro de que eso sucedía porque eran cosas que perdía en el juego con sus amigas.
Reconocí, un día, un prendedor con forma de lagarto, muy lindo, verdecito, que le había regalado mi padre para el Día del Empleado Bancario, en la pechera de Marilú, una de las hermanas Mendoza.
Yo no me animé a decir nada, pero mi hermana sí le preguntó, y Marilú dijo que se lo habían regalado, que eran muy comunes.
Que si uno en Casa Tía, por ejemplo, compraba cosas por más de un determinado valor, le regalaban uno de esos prendedores de lagarto.
Era difícil de creer.

Como cuando Zulema apareció con una estola, una boa símil zorro que a mí me impresionaba de chico porque tenía la cabeza disecada del animal sacando un poco la lengua que, sin lugar a dudas, era la misma boa que había sido de mamá.
Mamá me dijo que se la había regalado a Zulema para su cumpleaños, pero yo no le creí.
Lo mismo pasó con la bicicleta de Elena y creo que ésa fue otra de las cosas que mi hermana no pudo digerir y la llevó a irse de la casa.
Aunque, en rigor de verdad, mi hermana ya hacía mucho que había dejado de andar en bicicleta cuando sucedió aquel asunto, pero lo mismo se enojó.

Para mamá fue un golpe fuerte cuando le prohibieron la entrada al otro hospital, el Vilela.
Ya en el Clemente Alvarez le impedían leerles a los enfermos, a partir de aquel problema con el portuario, y más que nada cuando decidió leerle La peste, de Camus, a un grupo que estaba en terapia intensiva.
Entonces optó por ir al Vilela y jugar a los naipes con los internados, para entretenerlos.
Supe que eso iba por mal camino cuando volvió a casa con un papagayo enlozado, casi nuevo. Me negó que se lo hubiera ganado a un tuberculoso en una partida de monte criollo.
Insistía en que se lo había regalado un viejito nefrítico que estaba enamorado de ella.

Admito que, de última, se había vuelto bastante mentirosa. “Imaginativa”, decía ella, riéndose de mis reproches.
Porque siempre me negó que ella jugara con los enfermos por dinero.
Pero solía ganarles cosas valiosas a los pobres viejos. Bastones, piyamas, radios portátiles, cosas que significaban mucho para ellos.

“Me sorprende de vos -le dije un día-. Siempre fuiste una persona muy buena y amable con la gente.”
Se puso seria.
“Son viejos enfermos, terminales algunos, indefensos”, le insistí.
Fue la primera vez, podría jurarlo, que percibí una arista dura en sus palabras.
“Las deudas de juego se pagan”, me dijo, y encendió un Avanti.

Cuando perdimos el departamento y debimos mudarnos a uno mucho más chico, fue demasiado para mí.
Ella decía que mi padre y Elena ya no estaban con nosotros, y que era al divino botón mantener un departamento tan grande como el de la calle Catamarca.
Que a ella le costaba mucho cuidarlo, limpiarlo y arreglarlo.
Pero yo sabía que eran todas mentiras.
Que había perdido el departamento en una partida de pase inglés jugando en el subsuelo del Club Náutico Avellaneda.

Me fui a vivir, entonces, con Mario, un amigo.
Me costó sangre, porque he querido muchísimo a mi madre. Aún la quiero.
La última vez que la vi la noté mal.
No nos vemos muy a menudo. Está muy encorvada, los ojos salidos de las órbitas y su piel luce un color grisáceo arratonado.
Sigue, de todos modos, siendo una persona encantadora, de risa fácil y trato jovial.
La vi tan desmejorada que me tomé el atrevimiento de llamar al doctor Pruneda para preguntarle por su salud.

El doctor Pruneda me tranquilizó. Me dijo que mamá está muy bien. Demasiado bien para sus vicios.
Pero me dijo que el problema de ella no es el alcohol ni el tabaco ni el juego.
Y me dio el nombre de una enfermedad.
Ninfomanía, me dijo.
Y reconozco que no quise averiguar nada más.
Incluso ni siquiera le pregunté a Carlos, que está estudiando medicina y hubiera podido explicarme.
Pero él se pone como loco cuando le toco el tema de mi familia.

No sé, por lo tanto, qué significa esa palabra que me dijo el médico ni quiero saberlo.
Temo enterarme de que a mi madre le queda poco tiempo de vida.
Y prefiero guardar en mi memoria, en el recuerdo, esa imagen que siempre he tenido de ella.

Esplendorosa, vital, encantadora, cariñosa y alegre.

miércoles, 1 de abril de 2020

CUÁNTOS TIENEN QUE MORIR..?, de Graciana Peñafort - 29/3/20

La Constitución responsabiliza al juez que mortifica a un detenido, pero la Corte...


30717816 - hand in jail

Es extraño.
En cuarentena me mantienen viva las cosas que aprendí de chica. 
Leer, cosa que le debo a mi nona Ruth, tejer, cosa que aprendí de mi abuela Irma y mi tía Patricia. 
Cocinar, homenaje cotidiano a las largas charlas sentada en el piso de la cocina de casa hablando con mi papá que contaba historias familiares o de libros y películas. 
Jugar con los perros, cosa que me enseño la infinita ternura de mi mamá, que protestaba y nos retaba, pero siempre nos daba el dinero para llevar al veterinario a los perritos y gatitos que encontrábamos con mis hermanos en la calle, vacunarlos y regalarlos sanos.

Extraño a mi familia. Cosa rara, porque aun adorándolos, francamente no diría que nuestra coexistencia por más de 3 o 4 días sea fácil.
Yo no he dejado de ser el Grinch malhumorado y gruñón que odia el ruido y esta lleno de manías. Y ellos no han dejado nunca de ser ruidosos y desordenados. Y con los años nada de eso ha cambiado, sino más bien para acentuarse.
Pero los estoy extrañando y mucho. Son ruidosos y desordenados, pero son mis ruidosos y desordenados.
Y son tan míos que duele extrañarlos tanto.

Extraño a mi mamá pidiendo que vaya a apagarle la luz que tiene a un metro, a mi papá burlándose de cosas que me indigna que se burle, a mi hermano Carlos contándole cosas que no logro entender, a Gabriel y a Emilce pidiéndome que no fume cuando está Isabella y extraño a Isabella metiéndose en las charlas como su voz de cotorrita. 
Extraño a la Guío despertándose re tarde.
Extraño hasta las cosas que me fastidian de ellos.

Rezo para que ninguno se enferme. Y también rezo para que si alguno se enferma no sea grave, apenitas un resfrío.

Me cuesta poner en palabras el terror que tengo de no ver de nuevo a alguno de los míos, que mi casa materna siempre ruidosa se vuelva de pronto silenciosa. O de morirme yo a miles de kilómetros del ruido y el desorden con los que crecí.
Rezo para que eso no suceda. Ni a nosotros ni a nadie.
Pero salvo rezar y mantenerme aislada y atormentarlos por teléfono para que se cuiden - y retarlos, porque no puedo evitarlo y supongo que es mi forma compleja de decir que los quiero -, salvo eso, no puedo hacer mucho más.
Y eso me angustia y me hace sentir impotente.

A la impotencia del miedo, se me suma por otro lado la impotencia que me da ejercer la abogacía en estas épocas en las que todos tenemos miedo.Cuando se murió Héctor Timerman hice un enorme esfuerzo para no enojarme ni perder la poca razonabilidad que puedo ostentar.
Supongo que estaba tan triste que no tenía fuerzas para enojarme. Y además Héctor me había dejado una misión.

Durante su último año de vida repitió que tenía que dar la pelea para que el horror que le pasaba a él no le pasara a nadie mas, nunca más. Y yo se lo prometí y saber que tenía que honrar esa promesa me dio un objetivo.
Una razón para no enojarme con todos para siempre y seguir peleando. Con la plena conciencia de que esas peleas no se ganan en soledad.
Porque estoy convencida de que las peleas por más y mejor justicia, por un Poder Judicial más justo y más humano, son necesariamente peleas colectivas.
De una sociedad que se harta del horror, de la injusticia, del odio.
Y también de la muerte.

Pero veo azorada que aún en estas épocas en las que todos tenemos miedo, ni siquiera así el odio cede. Ni la injusticia. Ni la arbitrariedad.
Pero por sobre todas las cosas, no cede ni un ápice la abominable indiferencia de un Poder Judicial, tan ciego, tan sordo, tan necio que me cuesta no acompañar este párrafo con un largo listado de improperios, destinado a ver si por una vez en la vida algo los toca, en las lejanas torres de cristal desde las que miran impasibles - e irresponsables - el mundo que se estremece bajo una pandemia que parece sacada de una novela de ciencia ficción.

Una de mis primeras notas en este Cohete a la Luna fue sobre uno de los casos más citados del derecho, “Marbury vs. Madison”, que básicamente es el antecedente que usamos todos cuando vamos a hablar de control de constitucionalidad. Y cuya aplicación práctica se resume en la frase: “Las leyes son lo que los jueces dicen que son”.
Es decir, los únicos señores que pueden interpretar una ley y determinar si se ajusta o no a la Constitución son esos señores que llamamos jueces.

Siempre me gustó el caso Marbury. Y lo he citado tantas veces a lo largo de mi vida que ya lo siento como un viejo amigo.
En épocas de pandemia nuevamente aparece con toda claridad la utilidad de estudiar a Don Marbury discutiendo a través de los siglos con Don Madison.

Veámoslo y empecemos por ver qué dice la Constitución sobre un tema que cobra una especial relevancia en estos días: la situación de las personas privadas de su libertad.
Entonces y como corresponde me voy a un artículo en particular de la Constitución.
El artículo 18, que en lo que resulta de utilidad para esta esta nota establece: “Ningún habitante de la Nación puede ser penado sin juicio previo fundado en ley anterior al hecho del proceso. (…) Quedan abolidos para siempre la pena de muerte por causas políticas, toda especie de tormento y los azotes. Las cárceles de la Nación serán sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas, y toda medida que a pretexto de precaución conduzca a mortificarlos más allá de lo que aquella exija, hará responsable al juez que la autorice”.

Sobre la primer parte - lo de “ningún habitante de la Nación Argentina puede ser penado sin juicio previo” -, la doctrina y la Corte ya han establecido que “cuando en su artículo 18 la Constitución Nacional dispone categóricamente que ningún habitante de la Nación puede ser penado sin juicio previo, establece el principio de que toda persona debe ser considerada y tratada como inocente de los delitos que se le reprochan, hasta que en un juicio respetuoso del debido proceso se demuestre lo contrario mediante una sentencia firme (Fallos: 321:3630)”

¿Y qué es entonces una sentencia firme?
Ese concepto tan necesario para establecer si alguien es culpable o no de un delito.

La respuesta es de una sencillez demoledora: una sentencia firme es una sentencia que ya no se puede modificar, sea porque ya no quedan recursos contra ella, sea porque la ley no lo prevé o porque el plazo establecido ha pasado y ninguna de las partes lo ha presentado.
Y en términos prácticos, una sentencia que no ha sido revisada por la Corte Suprema, sea porque nadie se presentó ante la Corte a pedir su revisión y ya esta vencido el plazo para hacerlo, o sea porque alguien dentro del plazo le pidió a la Corte Suprema que revisara la sentencia y la Corte lo hizo y dijo que la sentencia estaba bien o que no había motivos para revisarla.

Antes de eso, Juan sin sentencia firme es inocente.
Lo explica con claridad el gran Julio Maier, en un libro que leemos todos cuando estudiamos abogacía cuando dice que la Constitución impide que se trate como si fuera culpable a la persona a quien se le atribuye un hecho punible, cualquiera que sea el grado de verosimilitud de la imputación, hasta tanto el Estado, por intermedio de los órganos judiciales establecidos para exteriorizar su voluntad en esta materia, no pronuncie la sentencia penal firme que declare su culpabilidad y la someta a una pena (Derecho Procesal Penal del Dr. Julio Maier, Tomo I- fundamentos-, ed.:Editores del Puerto s.r.l., pag.: 490).

Pero pese a la claridad de lo que acabo de explicar, la Argentina esta llena de personas presas sin sentencia firme. Es decir, tratadas como culpables, sin serlo ante la ley.
He dedicado una buena cantidad de artículos a tratar de explicar las razones - casi siempre irrazonables - de esta conducta del Poder Judicial, de mandar gente en cana cuando ante sus propias definiciones, esa gente aún es inocente. Y seguramente lo seguiré haciendo, pero no es este el punto al que quiero llegar.

Ya vimos que la Constitución no le da el “me gusta” a Juan preso sin sentencia firme. Miremos ahora donde está - mal - preso, Juan sin sentencia firme.
Según la Constitución, Juan sin sentencia firme esta preso en “cárceles de la Nación” que deben “sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas”.

Pero pasa que el Estado a través de uno de sus poderes, el Poder Judicial, primero se pasa por zonas pudendas la presunción de inocencia y manda preso a Juan sin sentencia firme y luego vuelve a hacer sus necesidades fisiológicas sobre el mandato de cárceles sanas y limpias.
Las dimensiones de esto convierten a la administración de justicia en un gran baño público, maloliente, sucio y lleno de moscas que se regodean con esta situación desde editoriales varias.
Me hace acordar a un viejo ejemplo acerca de lo que es una falacia ad populum, es decir una argumentación que - falsamente - supone que algo está bien porque muchas personas afirman que está bien.
El ejemplo decía: “Coma caca, un millón de moscas no pueden equivocarse”.

No hay un solo organismo en este país que se anime a afirmar que las cárceles argentinas son sanas y limpias. Porque no lo son.
De hecho, estamos desde hace un año calendario en emergencia penitenciaria. La declaró German Garavano el 25 de marzo de 2019 por Resolución 184.
Imagínense la situación de Juan preso sin sentencia firme en una de estas cárceles.

¿Se lo imaginaron?
Bien ahora imagínense la situación de Juan preso sin sentencia firme en cárceles que son cualquier cosa menos sanas y limpias en medio de la pandemia que padecemos estos días.

Si vos o yo, que vivimos en nuestras casas, tenemos miedo y estamos en riesgo solo por compartir el supermercado del barrio con nuestros vecinos, imagínate alguien que debe atravesar la emergencia sanitaria en un lugar que no es ni sano ni limpio, sino que está en emergencia.
¿Estarías tranquilo si alguien que querés tiene que estar alojado en un lugar donde la cantidad de respiradores por habitante es CERO?

¿Qué sentirías vos si te obligan a atravesar la cuarentena en un lugar así?
¿Y si obligan a alguien que querés a pasar a por esa experiencia horripilante?
¿Y si la obligación te la imponen porque sí?
No tenés que contestar, porque todos sabemos la respuesta. Todos menos el Poder Judicial.

Dentro de las múltiples cosas que hago en mi vida, somos abogados, junto con Ale Rúa, de un Juan preso sin sentencia firme. Nuestro Juan preso sin sentencia firme se llama Amado Boudou.
Condujo el ANSES y por su idea hoy tu mamá, ama de casa que no tenía aportes, cobra su jubilación.
Y vos y yo vamos a cobrar también la jubilación del Estado y no de un seguro privado de jubilación que puede quebrar y dejarte en la pampa y la vía.
También fue Ministro de Economía. Y fue Vicepresidente de la Nación.

Amado esta preso sin sentencia firme.
Cuando estalló la crisis del coronavirus, fuimos a la Corte Suprema a reclamar que lo dejaran en libertad. Porque la propia Corte ha dicho que, sin sentencia firme, las personas NO pueden ser tratadas como culpables.
Y estar preso es ser tratado como culpable.

Y estar preso en un lugar que está en emergencia y con riesgo cierto de contagiarte de una enfermedad que nadie quiere tener, no parece una medida para la seguridad de nadie, sino más bien una decisión orientada a castigar a alguien mucho más allá de lo que permite la ley - y la decencia y la humanidad -.
Pero el caso en el que somos abogados con Ale es el de Amado Boudou.

Fuimos a la Corte Suprema, porque ahí están los recursos que cuestionan tanto su prisión como su condena.
En donde se ve materializado que la sentencia que están haciéndole cumplir a Amado NO está firme.
La Corte, en lugar de resolver nuestro pedido, que era bien simple y concreto, se lo mandó al Tribunal Oral N° 4.

Entonces volvimos a la Corte para decirle “con noticia de que nuestra última petición ante esa instancia ha sido derivada al tribunal de juicio en el que siguen tratando a nuestro asistido como culpable obligándolo a cumplir en prisión una condena que aún no está firme, reiteramos que esta defensa reclama ‘la habilitación de días y horas para tramitar y hacer lugar a la queja’ que debe resolver pronto esa Corte, por los argumentos que ya fueran dados a lo largo de esta incidencia y en orden a ‘que cuando en su artículo 18 la Constitución Nacional dispone categóricamente que ningún habitante de la Nación puede ser penado sin juicio previo, establece el principio de que toda persona debe ser considerada y tratada como inocente de los delitos que se le reprochan, hasta que en un juicio respetuoso del debido proceso se demuestre lo contrario mediante una sentencia firme'» (Fallos: 321:3630)” (CSJ 367/2018/C51; res. de 26/12/19).

«Porque los jueces del tribunal y de Casación insisten en tratarlo como culpable y han comenzado a ejecutar indebidamente una condena que no está firme. Y es esa Corte la que ya debe poner remedio a esa situación, resolviendo en este trámite como se reclama y haciendo cesar la prisión arbitraria, para que nuestro asistido cumpla el aislamiento social, preventivo y obligatorio en su domicilio y fuera de la cárcel en donde le están haciendo cumplir una improcedente condena anticipada”.


Verán ustedes que el escrito lo entiende hasta un niñito de 5 años.
Y voy a decir esto furiosa: el actual presidente de la Corte Suprema, Carlos Rosenkrantz, no tiene 5 años porque según su CV nació un 28 de octubre de 1958.
Así que debo suponer que teniendo casi 62 años, lo que no sabe es leer.

A nuestro pedido, y como juez encargado de la feria, esto fue lo que nos contestó.


¿En serio, Carlos, no es un tema de feria la libertad de alguien?
Porque según la acordada que citás - Acordada 6/20 -, en su punto 3° se dice que los magistrados deben resolver los temas que NO “admitan demora o medidas que de no practicarse pudieren causar un perjuicio irreparable”.

El apartado 4 de la Acordada 6/20 dice clarito: “4º) A los efectos de lo previsto en el punto anterior se deberá tener especialmente en consideración, entre otras, las siguientes materias: a) penal: cuestiones vinculadas con la privación de la libertad de las personas».
Básicamente te estamos pidiendo la libertad, así que no veo cómo podés decir que NO es tema de feria.

No te estábamos pidiendo ni un favor, ni una graciosa concesión de tu bondad.
Si te hubieses fijado un poquito, habrías visto que sólo presentamos el pedido en los incidentes de excarcelación. Porque reclamamos que, aplicando la doctrina que vos mismo firmaste, esa que recuerda que “toda persona debe ser considerada y tratada como inocente de los delitos que se le reprochan, hasta que en un juicio respetuoso del debido proceso se demuestre lo contrario mediante una sentencia firme”, dispusieses la libertad de Amado Boudou, previa certificación de los recursos que están en la Corte y que dan cuenta de que la sentencia que está cumpliendo Amado NO está firme.
Y por lo tanto no debe ser tratado como culpable.

Después, si querés y quieren tus amiguitos, discutimos si la sentencia está bien o mal.
Pero no puedo creer que sabiendo que aún esta pendiente esa discusión, no liberes a alguien que, según lo que vos firmaste, es inocente y debe ser tratado como tal.
Más aun teniendo en cuenta la emergencia de esta pandemia.

La concha de todo, Carlos Rosenkrantz, te lo pregunto con honestidad enfurecida: ¿cuántos más necesitas que mueran para hacer lo que por ley tenés la obligación de hacer?? ¿10? ¿20? ¿100? ¿1000?

¿Porque sabes qué, Carlos?
Vos ya fuiste parte de la muerte de alguien a quien yo defendía. Se llamaba Héctor Timerman. Y era mi amigo, Carlos. Y yo fui a pedirles a ustedes, la Corte Suprema, que revisaran su situación y no lo hicieron. Se tomaron todo el tiempo del mundo y para cuando se dignaron a contestarme… ¡Héctor ya llevaba casi un año muerto!
La sentencia que firmaste y he repetido tanto habla de la “injusticia con dos personas que se encuentran privadas de su libertad sin sentencia firme”.
Quiero que sepas algo, Carlos: vamos a reponerte el pedido, para que habilites la feria y resuelvan.
Y si pese a lo que firmaste el 26 de diciembre de 2019, seguís siendo injusto con Amado Boudou, solo voy a recordarte que la parte final del artículo 18 dice clarito que “toda medida que a pretexto de precaución conduzca a mortificarlos más allá de lo que aquella exija, hará responsable al juez que la autorice”.

No sé en qué Dios creés o si te importa la Patria realmente, pero esta abogada, a la que alguna vez hace años calificaste como miembro de una secta troska, no está dispuesta a que se le muera nadie más por culpa de lo que ustedes deben hacer y no hacen.
Porque entre otras cosas, se lo prometí a Héctor Timerman.

Y voy a honrar mi promesa, esa que le hice a mi amigo tan querido, que se moría sin Justicia, por culpa también de ustedes.
Nadie más, nunca más.

EL COLIBRÍ, autor anónimo.

Creció una flor a orillas de una fuente,
más pura que la flor de la ilusión
y el huracán tronchóla de repente,
cayendo al agua la preciosa flor.


Un colibrí que en su enramaje estaba
corrió a salvarla, solícito y veloz,
y cada vez que con el pico la tocaba,
sumergíase en el agua con la flor.

El colibrí la persiguió constante
sin dejar de buscarla en su aflicción,
y cayendo desmayado en la corriente
corrió la misma suerte que la flor.

Así hay en este mundo seres
que la vida cuesta un tesoro.
Yo soy el colibrí si tú me quieres,
mi pasión es el torrente y tú la flor.

FORMULARIO DE CONTACTO

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *

BUSCAR EN ESTE BLOG

SEGUIDORES

Próspera tendrá su calibana Por Rocco Carbone

En 1969 Gillo Pontecorvo – director de La batalla de Argel – estrenó Queimada , con Marlon Brando en el papel de William Walker, un “ingl...