martes, 5 de abril de 2022

LAS CORRECCIONES, de Graciana Peñafort - 3/4/2022

Datos incómodos que se esconden y datos convenientes que se inventan y corrigen, vía Liquid Paper.


Le pedimos al Poder Judicial de este país que investigue las irregularidades sobre la deuda contraída por el gobierno de Mauricio Macri con el FMI y el destino que se le dio a ese préstamo millonario. 

Pero resulta que de esa investigación surge, como contó Nestor Espósito, que el entonces presidente de la Corte Suprema y hoy vicepresidente autoelecto, Carlos Rosenkrantz, giró al exterior 650.000 dólares el día después que la formula del Frente de Todos se impuso en la PASO.
También giraron al exterior dólares 
  • Bernardo Saravia Frías, ex procurador del Tesoro y asesor judicial de Macri; 
  • el procurador general bonaerense Julio Conte Grand; 
  • su ahijado Esteban Conte Grand, ex asesor del ex ministro de Justicia Germán Garavano; 
  • el ex camarista federal y ministro de Justicia Ricardo Gil Lavedra; 
  • los fiscales Ricardo Sáenz y Carlos Rívolo, 
  • y el juez Pablo Gallegos Fedriani”
, asegura Espósito.

Claro que esta novedad no la leímos ni la escuchamos en buena parte de la prensa del país.
Esto es también fácil de entender.
Porque conspicuos dueños de medios y periodistas figuran también en los listados de quienes sacaron dólares.

Entre ellos 
  • Jorge Rendo de Clarín, 2.908.350 dólares, 
  • Julio César y Fernan Saguier de La Nación, 1.455.000 y 920.000 dólares respectivamente, 
  • Jorge Lanata, 870.066 dólares, 
  • Novaresio 515.920 dólares y 
  • Héctor Magnetto, 500.000 dólares a través del JP Morgan.
  • Además Eduardo Feinmann sacó 480.000 dólares, 
  • Ricardo Roa 396.000, 
  • Pablo Sirven 303.000 «para comprar un inmueble en Punta del Este» e incluso 
  • Cristina … pero Pérez. 
Si hubiese sido Cristina Fernández de Kirchner lo hubiésemos leído en tapas con letra catástrofe, ¿no..?

Cuento esto no porque sacar dólares del país sea necesariamente delito - como explica la no abogada Laura Alonso -, sino porque da la pauta de quienes obtuvieron beneficios con las políticas implementadas durante el gobierno de Macri.
Y porque, cuando una parte importante de la sociedad sufre el agobio de la deuda heredada, hay quienes no osan siquiera cuestionar esa deuda o las políticas que la generaron.

A veces me sorprendo como si ni lo supiera desde hace mucho, de que la información que recibimos esté permeada como lo está por este tipo de cuestiones.
Ni los funcionarios judiciales ni los periodistas hicieron nada ilegal, solo aprovecharon una coyuntura política.
Pero en su necesidad de aparecer impolutos no hablan de eso.
Y me preocupa especialmente de los funcionarios judiciales, he de decir.
Porque me pregunto hasta qué punto el haberse sumado a esa coyuntura les resta en imparcialidad al momento de investigar la deuda con el FMI.
Afortunadamente ni Picardi, que es el fiscal, ni Capuchetti que es la jueza, ni Zannini, que es el actual procurador y denunciante, figuran en los listados. ¿pero qué sucedería si la causa llegase a la Corte..?

Sucedería lo que viene sucediendo con las causas por el espionaje ilegal que también fue política del gobierno de Mauricio Macri y que padeció una parte importante del país.
Porque no solo espiaron a jueces y fiscales, a ex funcionarios del gobierno de Kirchner y a empresarios, sino a sindicatos, ONGs, movimientos sociales, periodistas y asambleas barriales, locales partidarios, familiares de víctimas de la tragedia del ARA San Juan y universidades.

Muchos jueces de Comodoro Py se han excusado de investigar las causas de espionaje ilegal que pesan sobre Mauricio Macri y su gobierno.
Se excusaron porque sea en migraciones, sea en seguimientos ilegales, sea mediante la UIF o la AFIP, los funcionarios judiciales también fueron espiados por el macrismo.
Incluyendo entre otros al entonces presidente de la Corte, Rosenkrantz, que por tal motivo se excusó de intervenir.

Igualmente se excusaron de intervenir los demás jueces de la Corte “por razones de decoro”, según expresaron.
Podrían haber explicitado cuáles eran los motivos de esas razones de decoro, pero todos sabemos por qué no lo hacen.
Porque sería admitir que fueron también víctimas de las presiones y maniobras ilegales que luego niegan que hayan existido respecto a las otras víctimas.

Los irresolubles problemas de ser juez y parte, ¿no..?
Juez para juzgar y parte para decidir.
Y la decisión es siempre la misma. Callar lo que sucedió.
Disimular lo que hicieron.
No llamarlo por el nombre que tiene: espionaje ilegal.
Y finalmente y de modo perverso, construir la impunidad para quienes realizaron un espionaje aberrante que sufrieron muchos argentinos, incluidos esos mismos jueces.

A fines de año pasado la Cámara Criminal y Correccional de Comodoro Py intervino en una de estas causas sobre el espionaje ilegal.
Y contra toda evidencia, resolvió quitar la imputación sobre los mandos superiores del gobierno que conducía Macri.
Uno de ellos lo hizo parcialmente, justo el mismo juez que denunció haber sufrido presiones para pedir ser trasladado de su cargo a otro, pero los otros dos, con encomiable esfuerzo, resolvieron casi al unísono que los mandos superiores nada tenían que ver con el espionaje ilegal que habían realizado sus subordinados.
Cuentapropistas, consideró a los subordinados.

El risible argumento del “cuentapropismo” duró menos que la carcajada que provoca al leerlo.
Duró hasta que apareció un video sobre una reunión que transcurrió en el Banco Provincia de Buenos Aires, donde funcionarios de la entonces gobernadora María Eugenia Vidal, el intendente de la Plata, empresarios y espías de la AFI se reunieron para planificar la persecución judicial de un sindicalista.
Y esa reunión fue grabada en audio y video.

Cuando se hizo pública la grabación, empezó la intriga acerca de quién la había filmado y bajo ordenes de quién.
La ex gobernadora Vidal señalo con una frescura atronadora que se trataba de una grabación ilegal.
El cándido espanto de Vidal duró también menos que la carcajada que daba escucharla expresándolo, porque poco tiempo después uno de los espías que participó en la reunión señalo lo que era obvio desde el principio.

Que había sido la AFI de Macri la que había ordenado, supervisado y realizado la grabación.
Fue Dalmau Pereyra, el sucesor de Stiusso, quien declaró que la grabación se había realizado por orden de Gustavo Arribas y Silvia Majdalani, entonces jefes de la AFI.

Sí, sí: parece que los señores que hacían las cosas no eran tan cuentapropistas, después de todo.
Más bien hacían las cosas por expresas instrucciones de sus jefes.

Algo similar a los que declararon Araque y Melo, dos de los espías que fueron considerados cuentapropistas por la Cámara Criminal y Correccional de Py, que exculpó precisamente a Majdalani y Arribas de responsabilidad.

Un detalle de color que no puedo omitir es que los dos jueces de Cámara que consideraron cuentapropistas a los “cuentapropistas” menos autónomos de mundo figuraban en el celular del secretario de Mauricio Macri y con el antecedente de haber sido designados a dedo por aquel.
Designación que fue considerada contraria a la constitución por la propia Corte… pero que continúa en funciones hasta que se designen sus reemplazantes.
Y dale que va.

Justo hace unos días también, el Consejo de la Magistratura, o mejor dicho los representantes del macrismo que lo integran, se negaron a votar incluso sus propias ternas para reemplazarlos.
Se ve que les resulta mas conveniente continuar con jueces designados en modo contrario a la Constitución, que arriesgarse a que decidan en las causas jueces que al menos tuvieron que concursar para ocupar el cargo al que aspiran.
El otro juez tiene un curioso antecedente.
Visitó a Mauricio Macri en la quinta de Olivos y en la Casa Rosada.
Visitas que fueron celosamente ocultas por el macrismo.
¿Ven lo que les digo acerca de los problemas irresolubles de ser juez y parte al mismo tiempo..?

Algo parecido a lo que le sucede al Poder Judicial en estos días. Porque el órgano que controla a los jueces, menos a los de la Corte Suprema, es precisamente el Consejo de la Magistratura.
Que está a un tris de dejar de funcionar porque como el actual presidente de la Corte tiene muchísimas ganas de presidir ese Consejo, resolvió, con apenas 15 años de delay, que la conformación del mismo era inconstitucional y emplazó a que se dicte una nueva ley de conformación de Consejo.

La ley está aun en gateras y el plazo de 120 días que le dio la Corte al Congreso vence el 15 de abril.
Es decir que en dos semanas la Argentina enfrenta la posibilidad de quedarse sin órgano que controle a estos jueces - parte y que designe a nuevos jueces.
Como verán, una delicia de panorama de ausencia de control posible para los jueces - parte, que claramente podrán seguir dictando sentencias - tropelías sin nadie que los controle.
Pero, seamos benévolos.
Deben ser todos cuentapropistas, ¿no..?

Y como estamos analizando el cuentapropismo que impera en estos días, no quiero olvidarme de un gran cuentapropista: ese viejo chofer llamado Centeno.
Sí, el de los cuadernos de la causa “Cuadernos”.
El chofer con vocación de literato realizó unos bellos cuadernos con notas donde relataba cómo funcionarios cobraban y empresarios pagaban ilegalmente sumas de dinero.

Un curioso detalle de los cuadernos de Centeno es que son como el ave Fénix, porque según su autor declarara, recordaba haberlos quemado en su parrilla hogareña, pero milagrosamente se desquemaron y a finales del 2019, los cuadernos que eran cenizas aparecieron en manos del fiscal Carlos Stornelli.
(A quien le dice “Atornelli”, por estar atornillado a su silla de fiscal, y “Extorsionelli”, por el modo en que buscó testigos arrepentidos.)

Los cuadernos desquemados aún no han sido sometidos a los peritajes oficiales, aunque recuerdo que Daniel Santoro contó al aire en Animales Sueltos que sí habían sido peritados.
Pero copias digitales de esos cuadernos fueron sometidos a pericias y los resultados son sorprendentes.

Armando Loson, un empresario que conoció las bondades del hospedaje en el sistema carcelario argentino a raíz de haber sido involucrado en la causa “Cuadernos”, fue quien encargó dicha pericia.
De la misma y por ahora solo conocemos lo que dice la denuncia que presentó Loson.
En la misma se consigna que se encontraron en esos escritos “1.600 alteraciones del texto original: 1.373 sobre escritos y 195 correcciones con líquido corrector, a la vez que pudieron visualizarse 55 enmiendas o testados, entre otras anomalías”.

Y antes de que me digan que son cosas de cuentapropistas obsesionados con la prolijidad , resulta que la letra de las correcciones halladas no es la de Centeno.
Lo cual nos pone ante la hipótesis de un cuentapropista escritor y un cuentapropista corrector.

Para concluir diré: 
“Muchos cuentapropistas, y ninguna flor
A sus habitantes, Señor, ¿qué les pasa..?
¿Odian el perfume, odian el color..?”

Me río porque más allá del dolor que causa este cocoliche que afectó tantas vidas y provocó tanto dolor, la carcajada siempre ha durado menos que lo que demora en aparecer una nueva prueba de la verdad atroz que vivimos durante los años de Macri.

CASO TESTIGO PARA DETECTAR LA FUGA, de Horacio Rovelli - 3/4/2022

Las verificaciones que deben practicarse entre las empresas que formaron activos en el exterior


El Proyecto de ley de los Senadores nacionales del Frente de Todos crea un fondo en dólares para la cancelación de la deuda con el FMI, que se constituye por un aporte especial de emergencia que se aplicará sobre los activos de residentes en el país que se encuentren en el extranjero y que no han sido declarados al fisco.
El proyecto persigue la evasión y la fuga de capitales y, levanta el secreto fiscal y el financiero para la Comisión Bicameral Permanente de Seguimiento y Control de Gestión de los Contratos y Pagos de la Deuda Externa del Congreso de la Nación, paso imprescindible para transparentar la relación entre la compra de divisas y las contribuciones al erario público.

Esto es, en la gestión de Cambiemos ya en diciembre de 2015 eliminaron el programa de consultas de operaciones cambiarias de la AFIP y levantaron la restricción de comprar 2.000 dólares por persona física y jurídica y por mes, para pasar a ser de 2.000.000 de dólares.
En mayo de 2016 el BCRA amplió dicho límite a 5.000.000 mensuales y en agosto de 2016 no se puso ningún límite a las operaciones en el MULC (Mercado Único y Libre de Cambio) constituido por los bancos y los compradores de divisas.

Salvo los pagos de deuda externa, los demás gastos son en pesos. El Tesoro de la Nación le vende al BCRA los dólares que obtuvo endeudándose a cambio de dinero argentino y el BCRA, a su vez, le vende a los bancos al tipo de cambio oficial los dólares que eran deuda del Estado Nacional.

Los bancos los compraron para sí o para vendérselos a sus clientes, está todo documentado, identificado el comprador, fecha, hora y monto de la operación.
Y esa es la razón por la que en un tiempo breve, el 20 de mayo de 2020, el BCRA pudo presentar el “Informe de Mercado de Cambios, Deuda y Formación de Activos Externos 2015 - 2019”, donde asevera que casi ocho millones de personas físicas y jurídicas compraron 86.200 millones de dólares en el período (que incluye los 45.000 millones de dólares del crédito del FMI), con la salvedad que los 100 primeros compradores lo hicieron por 24.769 millones de dólares

El 24 de mayo de 2020, este medio publicó bajo el título “Los 100 de Macri” quienes eran esos 100 primeros compradores.
Los datos no fueron desmentidos por el BCRA y menos por las empresas nombradas, y al haber sido publicado ya es una semi plena prueba para la Justicia y los órganos de fiscalización.

Las generales de la ley les caben a las 100 empresas presentadas en el listado de El Cohete a la Luna, pero vamos a tomar un caso flagrante y demostrativo de la evasión y de la fuga de capitales, donde no pueden demostrar en los informes contables y financieros cómo hicieron para comprar la cantidad de dólares que compraron. Este debe ser el principio rector de la investigación de la fuga de capitales con dinero no declarado al Estado.

El Presidente del Directorio del Grupo Arcor SA es Luis Pagani y son miembros su familia y el matrimonio compuesto por Víctor Daniel Martín (quién estuvo a cargo de la dirección ejecutiva de Arcor SAIC y ahora es uno de los integrantes del directorio de esa empresa y del Grupo Arcor SA) y Claudia Elena Bassano, quienes poseen el 99,68% y 99,68% de participación en el capital y en los votos respectivamente.
La actividad principal de la sociedad controlante es la realización de operaciones financieras y de inversión.
El grupo presenta su Memoria y Balance General anual ante la Comisión Nacional de Valores dado que cotiza en Bolsas de Comercio del país y, ante la AFIP, de acuerdo a las normas internacionales de información financiera (NIIF) y de las normas impositivas del país.

En esos documentos deben presentar un cuadro denominado “Estado de Flujos de Efectivo Consolidados” en el que debe constar el aumento neto de efectivo y el equivalente de efectivos que es donde se contabiliza la compra de las divisas.
Ese cuadro se combina con el de Activos y Pasivos en moneda extranjera, y de ambos resulta la información de cuántos dólares fueron adquiridos por la empresa en el ejercicio fiscal.

El Grupo Arcor SA aparece en el listado de marras comprando divisas en los años 2016-2019 por medio de dos de sus empresas controladas:
  • Arcor SAIC adquiere 255.016.559 dólares estadounidenses y,
  • Bagley Argentina SA compra 105.700.041 de la misma divisa.
La Memoria y Balance General del Grupo Arcor SA describe que colocó en ese lapso dos obligaciones negociables (deuda que puede convertirse en acciones de la sociedad deudora) por un total de 500 millones de dólares (350 millones de dólares el 6 de julio de 2016 y 150 millones de dólares más, el 19 de junio de 2017, ambas obligaciones negociables con vencimiento el 6 de julio de 2023).

Contabiliza otros tipos de obligaciones negociables y deudas en pesos con los que tiene participación en el capital accionario de La Serenísima, por eso es que pese a tener un resultado positivo en los años 2016 y 2017, el resultado neto del efectivo y equivalente de efectivo del cuadro Estado de Flujos de Efectivos Consolidados fue negativo y, en los años 2018 y 2019 que opera con un resultado económico negativo (resultado pérdida), sin embargo logra tener un excedente en efectivo.

Suponiendo exageradamente que todo ese efectivo lo hayan podido convertir en dólares al tipo de cambio oficial, suma 65,4 millones de dólares, cuando a través de dos de sus firmas controladas aparece adquiriendo en el período 360,7 millones de dólares.



Tipo de cambio promedio pesos por un dólar Fuente: Memoria y Balance General de GRUPO ARCOR SA.

Se deben realizar las debidas fiscalizaciones comenzando por las 100 primeras empresas compradoras de dólares en el período 2016 - 2019, quienes deben justificar la diferencia entre las compras de divisas realizadas y la disponibilidad de recursos que firman en sus estados contables.

A su vez, los bancos por la ley 25.246 de Encubrimiento y Lavado de Activos que data del año 2.000, deberían haber exigido a los compradores de divisas que demuestren fehacientemente el origen de los recursos.

El proyecto de los senadores nacionales del Frente de Todos, además de las 1.300 cuentas que le suministra la OCDE y del pedido de colaboración que se le hace a los Estados Unidos y al FMI para que informen sobre cuentas de residentes argentinos en el mundo, debe propiciar que, paralelamente, se investigue cómo se generaron los dólares que fueron a esas cuentas.
Para ello, el cruzamiento de la información entre las compras realizadas a los bancos (Mercado Único Libre de Cambio) y sus estados contables es esencial.

lunes, 4 de abril de 2022

ESTANCIA SANTA ELENA, de los "Secretos Insolentes", de Tomás Juárez Beltrán

El trote era sostenido.
La yegüita mora seguía la huella y al fondo del camino se veían titilar las luces de la estancia.
Don Andrés Olveira no podía disimular su cansancio.
Era un hombre de edad indefinida, curtido por el sol de los aperos pero no por el de los surcos.
Era hombre de arreos, hombre de a caballo. 
“De Areco, para servirle” respondía cuando le preguntaban su procedencia.
Pobre, entre tanto gringo, este criollo venido de la provincia de Buenos Aires, desentonaba.

Durante años había sido el encargado de manejar la hacienda y de dirigir la peonada.
Cuando el campo comenzó a transformarse y la ganadería dejó paso a la agricultura, el viejo Olveira debió cambiar de funciones y poco a poco fue haciéndose cargo del mantenimiento del casco de la estancia.
Atender el molino para que no faltara el agua y hacer funcionar la vieja usina eran sus principales ocupaciones.
En verdad, era un fiel mayordomo campero que se las ingeniaba para que todo anduviese bien mientras el abuelo ocupaba la casona principal durante los meses de verano.

Al llegar a la tranquera el viejo quiso bajarse para abrirla pero yo salté del sulky y enseguida le franqueé el paso.
Ese primer día había sido perfecto y el inesperado viaje con Olveira al boliche de Ramón me había ampliado rápidamente el limitado panorama que hasta entonces tenía de esas tierras.

Después de mi llegada comencé a husmear por los escondrijos que rodeaban la casona.
El casco de la estancia se asentaba sobre una veintena de hectáreas, mitad parque y mitad frutales.
Su estilo era afrancesado con algunos toques ingleses y una amplia galería lo rodeaba.
Separadas de la construcción principal estaban la cocina, la despensa y una sala de monturas contigua a la pieza de mucamas. Hacia el fondo del parque, bajo una tupida sombra de higueras y eucaliptos, los aposentos de Don Olveira se ubicaban en un sector donde había que pedir permiso para pasar.
Una pieza con baño afuera, el galpón de los forrajes y el gallinero constituían su territorio.

Durante los primeros días no me pude quitar de la cabeza las recomendaciones de mi padre.
Todo el año me lo había advertido: “Si no aprobás las materias en diciembre, te vas a quedar en penitencia en el campo del abuelo durante todo el verano y recién vas a volver a la ciudad cuando recités como un loro los teoremas de Pitágoras y los versos de Garcilaso”.

El abuelo Tomás era un hombre especial, uno de los más buenos y nobles que conocí en mi vida; pero buenos de verdad, de esos a los que se les nota en la mirada, de esos que están más allá del bien y del mal y se toman la vida con una resignación y un fatalismo que apabullan.
Mi padre no había tenido en cuenta su modalidad al sugerirme que debía convenir con él mis horas de estudio.
Jamás tuvo la intención de controlarme y, de hecho, nunca lo hizo. Sólo se limitó a indicarme que debía estudiar a la mañana para aprovechar la fresca ya que de ese modo podría disponer del resto del día para divertirme.
De cualquier manera y, para evitar problemas, todas las mañanas desparramaba mis libros y carpetas sobre la mesa de la galería y allí me quedaba hasta que el abuelo volvía de su recorrida por el campo y constataba mi metódica contracción al estudio.
La verdad es que algo estudiaba, pero hacerlo en esas condiciones, frente a tantas cosas que distraían, era un propósito inalcanzable.

Al día siguiente a mi llegada entré al comedor de diario para desayunar.
La mucama servía un café con leche espeso y cremoso que me pegoteaba los labios.
Mi primo Jorgito, bastante menor que yo, otro de los que cumplía penitencia en el campo, espolvoreaba azúcar sobre la espuma de leche que rebalsaba su taza y con una cucharita iba comiendo lentamente ese empalagoso néctar de fabricación casera.
Por supuesto, no tardé en imitarlo.

Una y otra vez vuelven a mi memoria estos recuerdos.
Fueron innumerables las sensaciones que despertaron en mí esa tierra colorida y su gente.
Jamás olvidaré los olores del campo: el de la tierra húmeda recién arada, el de los fardos de alfalfa apilados en las vagonetas y el del maíz acopiado a granel en los galpones.
Ni hablar de los vapores de la leche recién ordeñada y el del pan casero oreándose al sol.
Aún recuerdo cómo el viento arremolinaba todos los perfumes y los metía adentro de la casona según transcurrían las horas.

A medida que pasaban los días, mi sorpresa iba creciendo. Todo era novedad, todo tenía sabor a aventura y misterio.
Yo, que me había criado en la ciudad, en una rutina que giraba en torno al colegio y a los picados de fútbol, nunca pude entender cómo a mi padre pudo habérsele ocurrido que ese sería el lugar apropiado para que yo estudiara.

El campo había pertenecido a la familia de mi madre durante varias generaciones.
Primero fueron los cueros y la carne, después las ovejas con su lana y finalmente la agricultura lo que les permitió mantener a buen recaudo las finanzas.
Así fue como, al llegar las primeras oleadas inmigratorias, el campo se fue parcelando para ser entregado en arrendamiento a los colonos que iban arribando a la provincia. De esa forma, no tardaron en mezclarse los pocos criollos que habían quedado con los gringos que iban llegando.
Para entonces, era frecuente ver sentado en el boliche de Ramón a un Coletta con un Zapata o a un Prenna con un Andrada.
Cada colono tenía su porción de tierra y la trabajaba en familia. Los hombres se encargaban de las labores más rudas pero todos ayudaban.
Durante ese verano pude ver a mujeres y niños carpiendo surcos, apartando hacienda o sacando agua de los pozos.
Bastaba observar sus manos para advertir la dureza del trabajo que realizaban.

Las casas de los colonos eran precarias, generalmente con paredes de barro, techos de cañapaja y baño afuera. Algunas, las más modernas, ya habían comenzado a usar cubiertas de cinc.
Los pisos eran de tierra apisonada y el agua corriente no existía. Cada colono había asentado su vivienda en un sector del campo donde la arboleda natural era más frondosa y procuraba aumentarla con otras variedades implantadas.
Los corrales y galpones se construían junto a las viviendas como una forma de tener a buen resguardo el patrimonio familiar.
No tenían mucho, pero la prolijidad y la limpieza eran una norma que todos respetaban.
La mayoría de los hombres vestía ropa de trabajo: camisas de tela fuerte, bombachas y alpargatas.
Resultaba curioso ver sus ropas salpicadas con parches de otras telas que sus mujeres cosían para tapar los desgarros producidos por el duro trabajo.
Toda esa gente vivía sin confort, no había luz eléctrica y mucho menos televisión.
Sólo algunos privilegiados poseían un aparato de radio a batería y, las familias más pudientes, máquinas de coser a pedal que eran la envidia de toda la colonia.

La comida abundaba y la hora del almuerzo reunía a todos.
La alimentación, rica en proteínas y grasas, era el combustible que movilizaba a tanta mano de obra duramente ocupada.

Fue allí, en uno de esos almuerzos, donde comí por primera vez corazón asado y carne de quirco o fuentudo, como llamaban a los quirquinchos grandes.
También probé tortilla de sangre, hecha después de las carneadas, fiambres caseros y un fuerte yerbeado que muchos acostumbraban cortar con vino tinto.

Durante las primeras semanas frecuenté la casa de Doña Clara. La mujer vivía cerquita de la estancia y durante el verano cocinaba para la familia.
Su casa era misteriosa y distinta a las del resto de los colonos, principalmente por la actividad que en ella se desarrollaba.
Su marido, un gallego tozudo y emprendedor, había dedicado su vida a los frutales.
Era curioso que en medio de tantos surcos de maní, trigo y maíz, alguien hubiera pensado en otra cosa; pero era así.
Don Artaza había plantado frutales en un puñado de hectáreas que mi abuelo le había cedido y, para completar la economía familiar, criaba lechones, conejos, pollos y algunas vacas lecheras.
Esta quinta era una pequeña industria en la que se elaboraban infinidad de productos: dulces, pelones, quesillos, vinagre de frutas y escabeches constituían su mayor producción.
También un vino patero para consumo personal de Don Artaza, bebida que más de una vez le había hecho dormir unas monas interminables.
 
El gallego era un verdadero autodidacta que todo lo había aprendido en cursos por correspondencia.
No era extraño encontrarlo desollando duraznos mientras leía una de las tantas revistas técnicas que periódicamente recibía.
Más de una vez intentó explicarme su teoría del movimiento continuo que, según él, había descubierto hacía tiempo y nunca podía hacer funcionar.
Para demostrarlo había instalado un enmarañado sistema de tanques y mangueras conectadas entre sí por los que pretendía que el agua circulara en forma constante.
“Todo tiene que estar compensado a nivel, el resto lo hace la succión”, decía siempre. 
“Ahora está fallando porque el material es de mala calidad y me chupan aire los caños...”

La familia Artaza era numerosa y la constituían Doña Clara, su hija Marta y cuatro nietos; además de dos hijos del primer matrimonio del gallego y un criado a quien todos llamaban Pepino.
Había que ver a toda esa gente alrededor de una gran mesada de cemento pelando duraznos con cuchillos chiquitos y filosos.
La velocidad era asombrosa.
Don Artaza acercaba los canastos y cada uno tomaba lo suyo para realizar la tarea.
En una palangana enlozada se recogían los duraznos pelados y, después de clasificarlos por tamaño, unos iban a la olla de dulces y otros a la de pelones que luego exponían al sol sobre elásticos de camas viejas.
Con tanta melaza, las moscas zumbaban enloquecidas por toda la quinta y era imposible quitarlas del medio.

Fue en una de esas primeras visitas a la casa del gallego donde se inició mi amistad con Pepino.
Sentados a la mesa, llamó mi atención su habilidad para pelar frutas sin que se cortara la cáscara.
Huérfano de padre y madre, había sido dejado a cuidado de los Artaza por un amigo de la familia.
Poco después supe la verdad: su padre estaba preso, la madre había muerto víctima de una golpiza.

El muchacho tendría más o menos mi edad, su pelo era rubio rojizo con un flequillo hirsuto que le tapaba la frente.
Sus ojos achinados eran sólo una muestra del crisol de razas que recorría sus venas.
Silencioso y observador, era poco lo que hablaba.
Fue una de esas amistades sólidas, intuitivas y a primera vista. Todos lo llamaban Pepino, pero su nombre era José Luis.
Con él recorríamos el campo a caballo, comíamos tunas y fruta caliente a pleno sol de la siesta y siempre nos las ingeniábamos para ir juntos al boliche cuando había que hacer las compras.
Para ese entonces ya me había enseñado a andar a caballo y a boyerear las vacas.
No fue tan difícil como imaginé, en poco tiempo y con ayuda de los perros, logré apartar la hacienda y distribuirla correctamente en los corrales.
Trabajar con los animales era lo que más me gustaba, de modo que rápidamente aprendí a pialar, ensillar bastos, preparar los arneses para la vagoneta y otras destrezas camperas.

A mediados de enero, en una de las tantas teatralizaciones de estudio que a diario realizaba para el abuelo, arribaron a la estancia unos parientes de Buenos Aires.
Traían un nieto de mi edad a quien premiaban con el viaje a Córdoba por sus buenas notas en el colegio.
Se llamaba Fermín y todavía recuerdo su vestimenta: pantalones Oxford, remera “Lacoste” de última moda y unos mocasines de “Guido” que solamente se los había visto puestos al bacán de mi tío Luis.
No tardamos en hacernos amigos y a las pocas horas ya le había mostrado los escondrijos del campo.
Cuando llegamos al sector del bebedero, por entre los cañaverales que rodeaban el molino apareció Pepino montando su petiso. Estábamos sentados al borde del estanque de cemento con los pies colgando hacia adentro y él bajó de su caballo para hacer lo propio.

En un primer momento la situación fue ridícula: Fermín hablaba de automóviles importados y de una moderna boîte que se había inaugurado en Buenos Aires mientras Pepino relataba sus penurias para encontrar una ternerita “baya” que se le había escapado de los corrales del matadero.
Fermín casi no había reparado en él y no dejaba de hablar del equipo de tenis de su colegio, de los torneos en los que participaría y de la importancia de tener una buena raqueta; pronto me di cuenta que Pepino lo miraba como si fuera un marciano.
Estaba sentado tan cerca que no le era fácil observar a Fermín.
Para hacerlo, debía echar el cuerpo hacia adelante y asirse del borde cementado, evitando de esa forma caer al agua.
Hasta el día de hoy no sé si fue accidente o premeditación, lo cierto es que cuando Pepino intentó sentarse a horcajadas para cambiar su incómoda posición, inesperadamente sus alpargatas patinaron en el cemento y, saltando a un costado, empujó a Fermín hacia adentro del estanque.

Pobre.
Emergió del fondo con la cara llena de verdín y un manojo de algas colgando de su cabeza mientras Pepino y yo no parábamos de reírnos.
Felizmente el agua le daba a la cintura y no corría riesgo alguno.
La situación fue graciosa porque al darse cuenta que estaba rodeado de renacuajos quiso salir rápidamente pero no pudo.
Cada vez que intentaba hacerlo, patinaba en el barro y, chapoteando, caía otra vez al agua.
Al advertir que no saldría sin nuestra ayuda, comenzó a maldecirnos.
A pesar de las barbaridades que nos decía logramos tomarlo del cinto y comenzamos a subirlo.
Cuando estaba punto de salir, inesperadamente y sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo, Pepino le aplicó un rebencazo en la espalda y nuevamente lo empujó hacia el estanque.
Hecho esto, se deslizó por el borde cementado, trepó a su petiso y al trotecito lento, sin decir una sola palabra, se perdió en los cañaverales.

Finalmente busqué una escalera y logré sacar a Fermín del agua. Esa tarde se fue del campo con un pantalón viejo que le prestó el abuelo, el resto de la ropa a medio secar, y sus modernos mocasines rellenos con papel de diario.
Estoy seguro de que, como yo, jamás olvidaría a Pepino.

Pasaron los días y en una de las tantas cabalgatas que compartíamos con mi amigo, llegamos al boliche para hacer compras.
Don Ramón, el dueño, tenía la costumbre de regar el piso de ladrillo antes de abrir y tuvimos que esperar un buen rato para entrar.
El lugar me produjo una curiosidad especial: un mostrador de madera separaba al cliente de los estantes con mercadería y, a un costado, varias balanzas con pesas de bronce ocupaban una mesada baja.
Rodeando las mismas, sobre un entarimado de madera, las bolsas de arpillera repletas de cereales impregnaban el ambiente e iban enrollando sus bocas a medida que transcurría el expendio. Recuerdo el ruido infernal que hacía la registradora cada vez que Don Ramón apretaba sus botones enlozados haciendo girar la palanca para abrir la caja.
El boliche era una mezcla de almacén de ramos generales, despacho de bebidas, carnicería y sala de juegos.
Los parroquianos hacían su pedido y Don Ramón los iba preparando siguiendo un escrupuloso orden de llegada mientras todos compartían sus mesas jugando al truco, al tute cabrero o al dominó. En la parte de atrás del edificio existía un patio de tierra prolijamente cuidado y protegido por una frondosa arboleda.
Allí se organizaban partidos de bochas y se tiraba la taba.
En esos entreveros, más de uno retrasaba su partida hasta entrada la noche.
Era frecuente escucharlos pasar por el callejón de la estancia al trotecito largo y en silencio, intentando disimular su tardanza.

Así pasamos la tarde entretenidos con la conversación de la gente y jugando al hongo, una extraña combinación de billar y carambola, mientras los paisanos charlaban animadamente tomándose un vinito o un fernet.
La mayoría venía de Oliva, pueblo ubicado a unas cinco leguas de la colonia, siendo el boliche de Ramón la última parada antes de llegar a destino.

Cuando regresábamos, Pepino me comentó que en pocos días más me haría participar de una cacería de quirquinchos.
Don Artaza le había prometido acompañarnos pero tendríamos que esperar la luna llena.
Durante la larga cabalgata hacia la estancia, aprovechó para explicarme que existían dos maneras de atrapar los pequeños bichos: con perros o con agua, si había llovido.
Esta última forma nunca pudimos practicarla, pero me hizo saber que, inundando las cuevas, los quirquinchos salían despavoridos y así resultaba fácil atraparlos; generalmente se hacía en sectores bajos del cañadón donde se juntaba el agua después de la lluvia.
La otra, era muy distinta.
Pronto llegó el día.

Salimos a medianoche, cuando la luna llena era más intensa.
La presencia de los perros resultaba imprescindible y antes de partir se les frotaba el hocico con la hiel de un quirquincho.
Una chuza afilada, bolsas de arpillera y palas de punta eran elementos indispensables para la cacería.
Todos los que participábamos debíamos caminar en fila india a través de los surcos y en cuanto los perros ladraran, correr tras ellos. Los cuzcos acorralaban a los quircos adentro de los maizales y esperaban nuestra llegada.
Desesperados, los animalitos se arqueaban como bolitas y comenzaban a cavar con una rapidez asombrosa, protegiéndose de los colmillos con su caparazón. Había que apurarse porque en instantes quedaban enterrados.
Los perros señalaban el lugar exacto donde estaban los quirquinchos.
Rápidamente debíamos tomarlos de la cola o de una de sus patas y chuzarlos para que se quedaran quietos. No siempre aflojaban; aún heridos de muerte hinchaban el lomo contra las paredes de la cueva y había que terminar de sacarlos a pala.
La variedad más difícil de cazar eran los fuentudos y no era fácil encontrarlos.
Eran dos o tres veces más grandes que los otros y, por su abundancia en carnes, eran los más preciados.

Al día siguiente se preparaba la quirquiada.
Los quirquinchos eran abiertos por el vientre para sacarles las vísceras antes de ser condimentados, se los metía en un tarro con agua hirviendo para pelarles la panza con cuchillo como si fueran lechones; después se los ponía sobre la parrilla boca arriba y a fuego lento. De esa manera, la grasa depositada entre el caparazón y el lomo los cocinaba lentamente.
La carne era tierna, con un dejo salvaje disimulado por los condimentos.
Su gusto, parecido al del lechón pero más suave.

Para los Artaza este acontecimiento era toda una fiesta a la que yo me sumaba y también un momento muy emotivo para la familia porque el gallego sacaba la guitarra y, apoltronado en su reposera, punteaba uno de los tantos valsecitos camperos que había aprendido por correspondencia.
Todos lo escuchaban con admiración y respeto, pero mucho más divertidos eran sus relatos llenos de anécdotas e historias de la colonia, como la del enano de los sauces que saltaba sobre los sulkys cuando los colonos regresaban del pueblo o el de la luz mala que durante años rondó los campos de la viuda de Ciriaco. Terminado el almuerzo, cuando el vino patero comenzaba a adormecerlo, Doña Clara colocaba unos almohadones bajo su cabeza y silenciosamente nos retirábamos para que pudiera dormir la siesta.

Fue para fines de enero cuando me enteré que en pocas semanas se festejarían las fiestas patronales de la colonia; una comisión designada por el cura párroco era la encargada de organizarlas.
La fiesta duraba un fin de semana entero pero el sábado era el día más importante.
Durante la mañana se disputaban las carreras de sulkys arañitas, a la tarde se hacía la procesión hasta la iglesia y a la noche, el broche de oro: el baile anual de la colonia en el boliche de Don Ramón.

El revuelo que se generaba entre los vecinos era cosa de locos.
Los organizadores visitaban a los colonos en sus chacras coordinando preparativos y asignando tareas.
Algunos se encargaban de elaborar canastas con comidas para las rifas, otros de la instalación del buffet, y todos de vender entradas.
La orquesta era la misma todos los años: Eduardo Baravalle y su conjunto.
En los descansos estaría la propalación de Don Chicho, con tangos y pasodobles.
La comisión de damas se encargaría de decorar la pista de baile y de cercarla con arpillera para evitar la presencia de colados.

El sábado los faroles a querosén comenzaron a iluminar la entrada al boliche desde muy temprano y la gente no tardó en llegar.

Los alrededores de la pista de baile habían sido regados para asentar la tierra suelta.
Sobre el escenario, un adelantado de la orquesta apuraba la conexión del generador eléctrico y probaba micrófonos.
Había que ver esas familias enteras arribando en sulkys y vagonetas cubriéndose con ponchos y frazadas para protegerse del polvillo que se levantaba en los guadales.
El ambiente no tardó en perfumarse y todos apresuraban el paso para ocupar las mesas asignadas.
Las mujeres lucían sus mejores galas coloreando la noche con vestidos y collares.
Las más jóvenes estrenaban tacos altos y preferían no moverse mucho por temor a tropezar y caerse.
Más sencillamente vestían los hombres; con camisas claras y pantalones oscuros.
Era curioso verlos usar championes blancos, como acostumbraban llamar a las zapatillas.
El calzado era desbordado por los pies rudos y la mayoría lo usaba sin cordones.
Acostumbrados al uso de alpargatas no soportaban ningún tipo de atadura que los incomodara.
Lo mismo ocurría con las corbatas y pañuelos que sólo usaban algunos extraños venidos de poblados vecinos.

Hacia la medianoche se inició el baile.
Las parejas giraban alrededor de la pista y el locutor de la orquesta les marcaba el ritmo con sus palmas: “¡Bailando al centro de la pista..!”
“¡No arrastren que levantan polvo..!”, repetía una y otra vez.

Todo era alegría. La cerveza y el vino ayudaban.
Los hombres sacaban a bailar a las mujeres abrazándolas como si fueran bolsas de papas mientras ellas mantenían la distancia con los codos.
No faltaban las miradas cómplices ni las caídas de ojos.
Los romances se iban armando a medida que transcurría la noche y el cuchicheo de las mujeres se correspondía con la risotada cargosa de la muchachada.

Blancas de piel y rellenitas eran las condiciones femeninas que más gustaban a los hombres.
Nadie quería quedarse sin compañía y los bailes por compromiso se sucedían uno tras otro.
Las parejas querendonas buscaban los sectores menos iluminados de la pista y no faltaban quienes enseguida desaparecían detrás de las arpilleras.
Todo era una fiesta.
Los chicos corrían sin descanso mientras el cura párroco dormitaba en su silla después de haber deambulado por las distintas mesas de familia, comiendo y bebiendo a destajo.

Cansado de dar vueltas me acerqué a la entrada.
Las mujeres de la comisión controlaban que nadie ingresara sin pagar.

Por encima de las arpilleras, alcancé a ver a Pepino y le hice señas. Estaba parado sobre una vagoneta y desde allí observaba. Advirtiendo que algo extraño le sucedía, pedí una contraseña y salí a su encuentro. Estaba irreconocible.
Llevaba puesta una camisa celeste, alpargatas nuevas y una bombacha bataraza que le había prestado uno de los hijos de Artaza.
Ni hablar de su peinado: se había hecho un inmenso jopo impregnado en brillantina y la cabeza parecía una baliza refractaria bajo el sol de noche de la entrada.

- ¿Qué hacés, Pepino..? -, lo saludé entusiasmado.

- Acá andamos, mirando nomás... -, me contestó tristón.

Enseguida comprendí lo que ocurría.
Pepino no tenía plata y hacía rato que esperaba una distracción de las mujeres para levantar la arpillera y entrar sin pagar.
Me pareció injusto que no pudiera participar de la fiesta.
El baile era el principal acontecimiento de la colonia y el único lugar en donde se juntaba toda la gente sin distinción alguna.
Felizmente yo tenía más dinero del que necesitaba y pude pagar su entrada.

Pepino pasó la noche agradeciendo mi gesto y no tardó en convidarme unos cigarros armados que traía envueltos en un pañuelo.
Hacía pocas semanas que yo había comenzado a fumar a escondidas y enseguida nomás encendí uno y comencé tirar humo por la nariz como si lo hubiera hecho toda la vida.

Mientras se desarrollaba el baile, deambulábamos entre las mesas y no faltó quien nos convidara cerveza.
Finalmente nos instalamos a un costado de la pista junto a un grupo de muchachos conocidos de Pepino y así entramos en conversación con la mesa de los Couquet, un matrimonio de origen francés.
Nunca supe cómo habían llegado a la colonia.
En esta familia solo había mujeres y, de mayor a menor, las muchachas se habían sentado de espaldas a la pista esperando que alguien las sacara a bailar.
La madre, una gringa con gesto avinagrado, controlaba severamente a las hijas indicándoles posturas y modales mientras Don Couquet hablaba de cuadreras con los hombres de otras mesas.
Era curioso observar a los muchachos girar sigilosamente por los alrededores y, mediante un pequeño movimiento de cabeza, invitar a bailar a las muchachas.
Si a la elegida le gustaba el candidato, debía levantarse rápidamente y juntarse con él a un costado de la pista para iniciar el baile.
Si no lo hacía, el que había cabeceado continuaba caminando y, sin decir una sola palabra, disimulaba el desaire.

Uno de los muchachos de la mesa no tardó en señalarme a Leonor, la más chica de los Couquet, de aproximadamente unos catorce o quince años.
Era bonita, algo regordeta y de pechos grandes para su edad.
Llevaba un vestido negro escotado, con un cinturón blanco y finito marcándole la cintura.
Pepino ya me había informado que no se le conocían novios ni pretendientes, circunstancia que me hizo pensar que podría tener alguna posibilidad con ella.
En una de las tantas vueltas que di a su alrededor, siguiendo precisas instrucciones de Pepino, tomé coraje y mirándola de frente moví mi cabeza señalándole la pista.
Inmediatamente me sonrió y no tardó en levantarse.
Mi corazón retumbaba. Ambos rodeamos rápidamente las mesas para juntarnos a un costado de la pista de baile.

La tomé de la cintura con mi mano derecha para comenzar a bailar y dudé que no fuera al revés.
Por unos segundos temí haberme equivocado, pero enseguida me di cuenta de que todo estaba bien.
Los primeros pasos fueron como me había indicado Pepino: uno para la derecha y dos para la izquierda; de a poco me fui animando.

Ella era más baja que yo y con la música fuerte era imposible conversar, de manera tal que tuvimos que hablarnos al oído.
Yo no sé si fue la cerveza o qué, pero poco a poco fui apretando su cuerpo contra el mío para estar más juntos.
La música ayudaba y así continuamos: muchas sonrisas y poca conversación.
Después, más animado, comencé a bajar mi brazo para tomarla de la cintura y al hacerlo mis dedos rozaron su espalda descubierta.
Pude sentir como se le encrespaba la piel a medida que mi mano descendía y también su respiración entrecortada y nerviosa. Disimulando, buscamos un costado de la pista para continuar bailando lentamente, cada vez más apretados.

Su perfume era suave y a medida que bailábamos el aroma se enredaba entre nosotros potenciando su almizcle.
Sin proponérmelo, con la intención de iniciar conversación, rocé su cara con mis labios y nuevamente la muchacha volvió a agitarse.
Así continuamos hasta que, al llegar a la zona del buffet, nos escabullimos hacia la penumbra.
Fue como si nos hubiéramos estado esperando.
La tomé de la cintura para ayudarla a sentarse sobre unos tablones ubicados detrás de la cantina y no tardamos en besarnos.
En instantes los besos chiquitos se hicieron inmensos y por más que intentó resistirse, no pudo parar mis manos.
En mi desenfreno casi tiro abajo los caballetes que sostenían los tablones y de no ser por la oportuna aparición de Pepino no sé qué hubiera ocurrido.
A esa altura de las circunstancias Leonor estaba con los pechos al aire y mi excitación era evidente.

- ¡Largá que viene la vieja..! -, me gritó desesperado y alcancé a soltarla.

Por encima de las heladeras de hielo, la vi venir.
Hacía rato que la gringa nos buscaba.
Inmediatamente salimos por detrás del buffet y nos paramos a un costado de la pista como si nada hubiera pasado.
Al vernos, me miró con desconfianza y se limitó a indicarle a Leonor que debía volver a la mesa para acompañar a sus hermanas.
Menos mal que la luz no era muy intensa, de lo contrario nadie nos hubiera salvado.

Para disimular mi vergüenza me anudé un pulóver a la cintura, mientras Pepino se moría de risa.
Finalmente, entre bromas y empujones, me acompañó hacia el sector donde tocaba la orquesta.
Durante toda la noche miré de reojo a Leonor.
Sus cachetes seguían sonrojados y no quiso bailar con nadie más en toda la fiesta.

Don Andrés Olveira se había ubicado a un costado del escenario. Conversaba con todos pero no bailaba.
Llamó mi atención su forma de guardar distancia; era muy solitario y daba la impresión de ser poco afecto a las fiestas.

Entrada la madrugada, cuando el baile parecía decaer, un recitador hizo su aparición en el escenario y comenzó a desgranar una serie de poemas gauchescos que los gringos escucharon con atención y respeto.
Recuerdo uno de ellos: “El Remate”; si la memoria no me falla, de un tal Yamandú Rodríguez.
El artista relataba las vicisitudes de un viejo arriero a quien los usureros le subastaban sus pertenencias y la manera en que sus amigos las recompraban para devolvérselas.
Cuando el artista terminó el recitado con un enfervorizado: “¡Todavía da gauchos mi tierra, carajo..!”, vi lagrimear a Don Andrés.
Sin que nadie lo notara se perdió en la oscuridad, por un costado del escenario.

Volvimos del baile en el sulky de Olveira, con la yegüita mora en trote parejo y la luna llena iluminando el campo arado.
En cuanto salimos, Don Andrés se recostó sobre el respaldar del asiento y ató las riendas a la agarradera del pescante para que no se cayeran.
Fue increíble, la yegüita siguió trotando sin parar y, sin que nadie tomara las riendas, llegamos hasta el portón de la estancia.
Esa noche no pude dormir; aún olía en mis manos el perfume de Leonor y el recuerdo de lo sucedido me excitaba.

Los días transcurrieron normalmente hasta que una siesta, enterado que Don Artaza carnearía una ternera, ensillé mi petiso y galopé hacia el matadero para ver cómo lo hacían.
En el lugar había un par de cuartuchos que albergaban el saladero y la curtiembre. Frente a ellos, un algarrobo recortado en forma de horqueta era el centro de los sacrificios.
A ese lugar, a fuerza de pial y lazo, era llevado el animal para obligarlo a introducir su cabeza en el vértice del árbol seco.
Una vez allí, le maneaban las patas y lo sujetaban entre varios hasta que, con un cuchillo chiquito y filoso, le daban un puntazo certero detrás de las orejas y el animal se desplomaba.
Dependía de la maestría del matador el hacer sufrir o no al animal. Una vez descerebrado y mientras el corazón aún latía, se le hacía un corte en la garganta para que desangrara sobre una canaleta hecha a ese propósito al pie de la horqueta.
Los perros bebían la sangre tibia de la ternera recién sacrificada; en instantes se ponían rechonchos y casi no podían caminar.

La cuereada era impresionante.
Desangrado el animal, lo izaban con un aparejo hasta el extremo de la horqueta y allí lo dejaban colgado bajo una carretilla para comenzar su desvisceración.
La destreza de los peones se ponía de manifiesto en cada corte ya que el cuero debía ser sacado entero y sin tajos.
Hecho esto, lo metían en los piletones de la curtiembre donde el tiempo y la sal harían lo suyo.
Cada vez que removían los cueros apilados un vaho nauseabundo impregnaba el lugar.
Era un trabajo al que todos le escapaban pero siempre surgía algún guapo que no le hacía asco a nada y acomodaba los cueros sin titubear.

Ya carneado el animal, Don Artaza distribuyó el trozado de la res sobre unos tablones y, luego de apartar lo suyo, impartió instrucciones para que el resto fuera vendido.
Quienes habían trabajado llevaban su parte gratuitamente.
Las vísceras no se vendían ya que la costumbre permitía a los compradores solicitar parte de ellas gratuitamente.
Todavía recuerdo que, como no existían heladeras, los colonos colgaban de los árboles pequeñas celdillas de madera recubiertas con alambre tejido.
Allí dejaban orear los trozos de carne recién comprada, manteniéndola fuera del alcance de los perros.

Volví a la estancia cuando anochecía.
Después de dar de beber al petiso y soltarlo en los corrales, arrastrando el apero, caminé hacia la sala de monturas. Hamacándose sobre una de las tranqueras, Pepino me esperaba.

- Estuve con Leonor. Quiere hablar con vos, quiere verte. Dice que nos lleguemos por su casa mañana por la tarde. Parece que la gringa y el viejo no van a estar, tienen que ver al médico en el pueblo... -, sonrió pícaramente.

Llegamos a lo de Couquet cortando camino por el campo arado.
En cada chacra que entrábamos éramos recibidos cordialmente y casi siempre nos invitaban a apearnos.
No tuvimos más remedio que hacer varias escalas, tomando mate con fritos y comiendo fiambres hasta el hartazgo.

La casa de Leonor era similar a la de todos los colonos: cuadrada, blanca a la cal, con molino de viento y horno de pan.
La única diferencia con las otras era que detrás de los corrales existía una laguna llena de patos y un galponcito donde Don Couquet tenía una fragua y acopiaba forrajes.

Al llegar nos recibió Arminda, una de las hermanas de Leonor; precisamente la que había bailado con Pepino en la fiesta de la colonia.
En cuanto descendió del sulky él intentó tomarla de la cintura para darle un beso pero la muchacha lo empujó marcando las distancias.

- ¡Vas muy rápido, vos..! ¡Pará un poco..! -, le dijo enojada.

Pepino sacó de su bolsillo un pequeño estuche satinado y se lo entregó.
El inesperado gesto de mi amigo logró sorprenderla e inmediatamente cambió de actitud.

- Eran de mi mamá. Te los había prometido, ¿no..?...

La muchacha no tardó en abrazarlo.

Enseguida fuimos invitados a entrar a la casa y nos sentamos frente a una gran mesa con banquetas a su alrededor.
Al rato apareció Leonor y, después de saludar, se sentó a mi lado.
Llevaba puesto el mismo vestido que en la noche del baile y el sólo recordar lo sucedido me puso nervioso.
En la pared, el retrato oval de uno de sus abuelos era testigo mudo de nuestra osadía; mejor dicho, de la de Pepino, que a esta altura de los acontecimientos ya se estaba besando con Arminda.
Incomodado por la situación, intenté hablar de cualquier cosa; pero no fue posible: Leonor tomó mi mano y tironeándome me arrastró hacia afuera.

Riéndonos, corrimos hacia el galpón y entre los dos logramos empujar la puerta corrediza para entrar.
Los últimos rayos de sol se filtraban por las luceras del techo creando un clima de cálida penumbra.
Finalmente nos recostamos sobre una gran lona que cubrían los fardos de alfalfa y, sin decir una sola palabra, me dio un largo beso y comenzó a desvestirse.
Yo también hice lo propio.
Todavía recuerdo su figura desnuda recortada entre las sombras mientras mis labios se atrevían y buscaban.
Jamás olvidaré ese momento fresco y salvaje ni el olor de su cuerpo enamorado.
Tampoco ese tibio atardecer iluminando nuestra piel en descanso.

Quedamos abrazados y en silencio hasta que el sol se puso totalmente y casi no veíamos nada; a punto tal que demoramos bastante en vestirnos al no poder encontrar nuestra ropa diseminada entre los fardos.

Cuando salimos del galpón, Pepino ya estaba trepado al sulky y me hacía señas para que apurara.

Me despedí con un beso eterno, como si nunca más fuésemos a vernos. Y así fue.
Al día siguiente me enteré por Pepino que habían tenido que intervenir de urgencia al padre de Leonor y que desgraciadamente había fallecido en la operación.
En menos de una semana los Couquet partieron hacia el pueblo a vivir con los abuelos y lamentablemente no pude despedirme de ella. El día en que se iban, galopé con mi petiso por más de veinte minutos para ver si los alcanzaba, pero fue en vano.
Al llegar, sólo me recibieron los perros y el monótono silbido del viento recortando los perfiles del molino.
Creo que nunca podré olvidarme de Leonor; siempre llevaré adherida a mi piel su frescura, su tibieza.

Terminaba febrero, la ciudad se me venía encima; y con ella, el colegio y los exámenes.
Intenté aprovechar los últimos días en el campo para recuperar el tiempo perdido.
Sólo pude completar un par de resúmenes y terminar algunos machetes…

La mañana antes de partir, fui a despedirme de los Artaza pero Pepino no estaba.
Apresurado, regresé a la estancia y corrí hacia el bebedero para treparme al molino y desde allí observar el campo arado.
Detrás del matadero, por encima de los cañaverales, la figura de mi amigo se perdía entre los girasoles.
Haciendo bocina con mis manos, grité a todo pulmón:

- ¡Chau Pepino, me estoy yendo..! ¡Chau Pepino..! -, repetí varias veces.

Una mano al aire revoleando su talero y un galopito compadrón rodeando las vacas fue su forma de despedirse.

Han pasado los años...

Desde el ventanal de mi oficina observo la cúpula de la iglesia catedral.
La peatonal parece un hormiguero de gente sin identidad transitando senderos cuadriculados por cables y carteles.
“¡Una ayuda..! ¡Una ayuda..!”, suplica un inválido desde su silla de ruedas mientras la gente taconea las lajas sin mirarlo.

Hacia la esquina, frente a la elegante galería comercial, un grupo de curiosos observa el ulular de una ambulancia que a paso de hombre intenta sortear canteros, pérgolas y marquesinas.

Abro las ventanas e intento tomar un poco de aire fresco pero es inútil: el olor nauseabundo que supuran las alcantarillas inunda mis pulmones y sólo atino a mirar el cielo buscando unas pinceladas azules que se cuelan entre espumas de leche y girasoles.

DISPAREN SOBRE LOS TRABAJADORES, de Horacio Verbitzky - 3/4/2022


Cada vez que se avizora un fin de ciclo político, que la restricción externa agrava una crisis económica, o que se temen sus consecuencias sociales, surgen opciones impulsadas por distintos sectores sociales, pero que tienen una víctima común.

A la pugna clásica entre devaluacionistas y dolarizadores se suman las ensoñaciones con un pacto de la Moncloa, que viabilizó la transición española entre la dictadura y la democracia a la muerte de Francisco Franco.
En los tres casos las consecuencias caen sobre los trabajadores y demás sectores de ingresos fijos.

La devaluación es el reclamo constante de Paolo Rocca y su organización Techint, junto con los exportadores agropecuarios.
El gobierno ha dicho una y otra vez que no piensa en un salto devaluatorio que haría estragos en el poder adquisitivo del salario. Pero, ¿qué hará el mes que viene, cuando en la primera revisión del Acuerdo de Facilidades Extendidas, la misión del Fondo Monetario Internacional presione en el mismo sentido..?

La dolarización fue propuesta por el legislador evolucionado radical Alejandro Cacace, que el presidente de su partido, Gerardo Morales, descalificó como una payasada, y por el fascista neo Javier Milei.
Hasta el flamante mediterráneo Carlos Melconián lo desechó por falta de dólares, que es el principal problema.

La Moncloa es una fantasía que ilusiona al Presidente Alberto Fernández, a Gustavo Béliz y al presidente de la Cámara de Diputados, Sergio Massa, quienes piensan que hablando se entiende la gente.

A dos Carrillos

Los acuerdos, pactos, consensos o conciliaciones con que se pretende reencauzar la economía tienen como referencia la Moncloa, a veces en forma tácita y otras explícita. 
El ex senador Eduardo Duhalde dijo que fue a España para informarse de primera mano con Ramón Carrillo.
Se refería al ex líder comunista Santiago Carrillo y no al ministro de Salud de Perón, quien había muerto más de medio siglo antes.
El dirigente democristiano de Lomas de Zamora también creía ver un río en los parques de RPO.
Además propuso que ingresaran al gabinete de Alberto varios ministros del PRO, sugerencia que el Presidente declinó con la tolerancia y el respeto que dispensa a las personas mayores con ideas fijas.


Santiago y Ramón Carrillo.

Raúl Alfonsín lo intentó sólo con los patrones, porque la ideología antisindical del radicalismo había amputado el otro posible sostén de su acuerdismo.
La noche de 1985 en que comenzaron las audiencias del juicio a las Juntas, comió en Olivos con los empresarios más poderosos, que entonces eran conocidos con la engañosa denominación de capitanes de la industria, y allí acordaron la neutralidad patronal ante el juicio a los ex dictadores, a cambio de una modificación profunda del rumbo económico del ex ministro Bernardo Grinspun, tan bien intencionado como desconocedor de los cambios estructurales que la dictadura había producido en los años anteriores.

El Presidente convocó a una movilización en defensa de la democracia amenazada, pero arrojó un balde de hielo sobre los asistentes al declarar la economía de guerra contra el salario.
Así respaldó la gestión del equipo moderno de Juan Sourrouille, Adolfo Canitrot, Mario Brodersohn y José Machinea.
La precaria estabilidad que lograron con el plan Austral les permitió sortear con éxito la prueba de las urnas ese año, pero no se sostuvo hasta 1987, donde el electorado desdeñó el rezo laico sobre la democracia con la que Alfonsín no consiguió que se comiera, se curara y se educara.

Hasta Cristina

También lo intentó Cristina, al asumir la presidencia en 2007 y luego de la muerte de Néstor Kirchner, a fines de 2010, pero nunca contó con la buena disposición del sector patronal.
La primera vez se opuso el ex ministro de Economía Roberto Lavagna, habitual vocero del Grupo Techint, infatigable propulsor de la devaluación y la consiguiente licuación salarial.
La segunda naufragó cuando el presidente de la Sociedad Rural, Hugo Biolcatti, se levantó de la mesa y sugirió el reemplazo de la Presidenta por su Vice no positivo, Julio Cleto Cobos.
Habían logrado frenar las retenciones móviles ideadas por el ministro Martín Lousteau e iban por más.
En los dos casos, la negociación se empantanó porque las patronales reclamaban una actualización del tipo de cambio y mezquinaban la recomposición salarial.

Durante el velorio de Néstor Kirchner, el entonces presidente de la UIA, Héctor Méndez, dialogó con el camionero Hugo Moyano y le puso como condición para comprometerse, que se archivara el proyecto de ley constitucional de Héctor Recalde sobre participación obrera “en las ganancias de las empresas, con control de la producción y colaboración en la dirección”.
En su lugar, querían reducirlo a un mero premio por productividad. Moyano no lo aceptó, así como ahora tampoco se presta a ese tejemaneje su hijo Pablo, co-secretario de la CGT, que no asistió al cónclave presidencial con patrones y trabajadores y en cambio pidió una reunión con Máximo Kirchner.


Pablo Moyano pidió la reunión con Máximo Kirchner para desmarcarse de la concertación.

Maurizio Macrì lo hizo como mero simulacro, en mayo de 2016, rodeándose de un centenar de empresarios que prometieron, y no cumplieron, abstenerse de despedir trabajadores, al mismo tiempo que protestaban por el proyecto de ley que lo prohibía.

En aquel gobierno, un directivo de Techint, Miguel Ponte, ocupó la Secretaría de Empleo e inmortalizó la frase: conseguir o perder el trabajo es tan natural como “comer y descomer”.

El ministro bonaerense de Trabajo, Marcelo Villegas, quien quiso y no pudo crear lo que llamó una Gestapo antisindical, provenía de Telecom, del Grupo Clarín.

No un pacto, sino dos

La Moncloa era la residencia del Presidente del gobierno que sucedió a Franco, su joven ex ministro Adolfo Suárez.
Y en realidad no fue un Pacto sino dos: uno económico - social y otro jurídico y político.
Su principal aliado fue Felipe González, protegido de la socialdemocracia alemana, quien dejó la clandestinidad y con ella su nombre de Isidoro.


Felipe González, el Carlos Menem español, y Adolfo Suárez.

Tal bifurcación entre economía y política explica por qué sus réplicas argentas no han arraigado. Sólo puede encontrarse algún punto de contacto entre la situación internacional de entonces y la actual.
Por ejemplo, la explosiva suba del precio del petróleo, entonces por la guerra del Yom Kippur, ahora por la invasión rusa a Ucrania.
En ambos casos pasó de los 100 dólares por barril, pero aquellos 100 dólares valían varias veces más que los actuales.

Otro paralelo es la alta inflación española de aquel momento, que llegó al 30% anual, con 25% de desocupación.
Es decir, la mitad de la inflación que padece hoy la Argentina, pero más que el triple de desocupación, según los últimos datos del INDEC local.
El descenso de la desocupación al 7% es un logro importantísimo, pero no logra ocultar un fenómeno que comenzó en los últimos años del menemismo y se ha ido naturalizando: tener un trabajo no asegura estar a salvo de la pobreza, que también se redujo pero aún es del 28% de los hogares y el 37% de las personas, mientras son indigentes casi 2,5 millones de argentinos.


No hay otras concomitancias y sí muchas diferencias.
La principal es que allí concluía una terrible dictadura de 36 años, luego de una guerra civil que en tres años dejó centenares de miles de muertos y la proscripción de partidos y sindicatos de izquierda. Nada que pueda compararse con lo que aquí se llama grieta, ni siquiera con lo que fue el conflicto armado de medio siglo atrás.
Y además España estaba en un continente próspero, que recién emergía de los 30 años gloriosos de la posguerra mundial, los mejores para la clase obrera en toda la historia del capitalismo.

El patronato español era débil y con escasas relaciones internacionales, porque el franquismo había estatizado empresas grandes y medianas a troche y moche, para impedir que quebraran e incrementaran la desocupación, y sólo eran reconocidos los sindicatos oficiales, de un verticalismo asfixiante.
En cambio, la patronal argentina es poderosa, transnacionalizada y la economía está hiperconcentrada.
Las centrales sindicales se expresan con libertad, tanto los sectores que asienten a las políticas oficiales como aquellos que las objetan.

Salarios e inflación

El acuerdo social ibérico de 1977 deterioró los ingresos de los trabajadores, cuyos salarios se incrementaron el 20%, contra una inflación cinco puntos mayor.
También se legalizaron los despidos de trabajadores.
Pero la contracara fue una reforma tributaria, que comenzó a subir la presión fiscal, a partir del exiguo 22% de entonces, que casi se duplicó en las cuatro décadas transcurridas.
Aquí el gobierno postula que los salarios y las jubilaciones deben ganarle a la inflación, pero esto sólo se materializa para la privilegiada fracción de quienes tienen un empleo formal registrado, y aún así prevalecen carencias y acechanzas:
Ganarle a la inflación, implica no empeorar el cuadro heredado del cuatrienio neoliberal, pero mantiene la pérdida de 20% del poder adquisitivo consumada en aquellos años.
La aceleración inflacionaria en lo que va de 2022, relativiza las mejoras obtenidas en 2021.

Es problemático sacar conclusiones de la observación de un fotograma, mientras la película corre a cada vez más alta velocidad.

Aunque en España no escasearon los reclamos, el conjunto de la clase obrera y sus organizaciones se resignaron a esa pérdida, porque hubo una fuerte inversión social indirecta en salud y educación financiada con los nuevos impuestos y, sobre todo, porque los acuerdos políticos implicaron un cambio sustancial, con la legalización de los partidos proscriptos, lo que permitió que el socialismo llegara al gobierno y el comunismo tuviera representantes en las cortes generales; la plena libertad de prensa, de reunión y de expresión; la prohibición de la tortura, el debido derecho a defensa; la eliminación del fuero militar para los civiles, la despenalización del adulterio y la promulgación en 1978 de una Constitución moderna que garantizó esos derechos y separó a la Iglesia del Estado.
Cuatro décadas de nacional - catolicismo y represión sexual se olvidaron en el desenfreno que sucedió a la muerte del Caudillo.


La única tentativa exitosa en la Argentina fue el pacto social que planteó Perón en 1973, que no se sostuvo por razones antes políticas que económicas, debidas a la previsible muerte de aquel Presidente y el desbarajuste posterior.

Concentración vs. concertación

La idea de la concertación es el eje sobre el que giran los intentos del Presidente Alberto Fernández y sus ministros Matías Kulfas y Gustavo Béliz, cuyas relaciones son subóptimas con el ministro de Economía, el macroprudencial Martín Guzmán.
En el tercer año de gobierno, Béliz rompió por primera vez el silencio, con resultados que ratifican la sabiduría del hermetismo.
El otro, MK, anunció un plan Argentina productiva 2030 que, por medio de diez “misiones” promete crear más de dos millones de puestos de trabajo formal en el sector privado (70% en el interior, y más del 50% mujeres), sacar a nueve millones de personas de la pobreza, crear más de cien mil empresas nuevas y reducir la desigualdad a los niveles de medio siglo atrás.

No se sabe cuándo se iniciará el descenso de esa nube dichosa hacia la tierra de la inflación desbocada y los acampes.

La entrevista que Alberto concedió el domingo pasado a la Televisión Pública tuvo repercusión por una frase sobre los demonios que aumentan los precios, pronunciada en respuesta a una pregunta sobre quedar bien con Dios y el Diablo.
Para el Presidente es posible convencer a los demonios para que frenen las remarcaciones de precios.
Pero no fue lo más importante que dijo allí.
Ya desprendido de los parangones teológicos, agregó que las posiciones oligopólicas que tienen no los autorizan a aumentar los precios.

Los economistas piensan todo lo contrario: es la estructura oligopólica de la producción y la comercialización de productos esenciales lo que permite y explica los incrementos muy por encima de cualquier otro indicador de la economía.
Béliz, que conduce el Consejo Económico - Social, se dirige a los participantes con la retórica que el Episcopado católico instaló cuando lo presidía el prelado Jorge Bergoglio, acerca de la “amistad social”.
Pero la concertación tiene escasas chances de éxito con los niveles de concentración existentes.

En ese sentido, el Centro de Economía Política (CEPA) elaboró un cuadro acerca de los niveles de concentración de los principales productos de consumo popular, que explica por qué en cuestión de precios no hay voluntarismo que valga, de modo que una y otra vez se repetirá la ecuación que hizo famosa Juan Carlos Pugliese, acerca de la relación inversamente proporcional entre el corazón y el bolsillo.

La concentración se considera muy alta cuando la facturación de un producto por la empresa líder supera el 68%.
Es el caso de los caldos, repelentes, desodorantes, cremas dentales, embutidos, jugos en polvo, jabón, yogur, suavizantes, cerveza, gaseosa, fideos, postres, lavandinas y rollos de cocina.
La concentración es alta entre 44 y 68%. (Por ejemplo, en café, azúcar, aceite, arroz, salchichas, shampoo, crema de enjuague, leche, aguas, harina, protectores diarios, pañales, lavavajillas y papel higiénico).
Entre 25 y 35% es media (quesos, galletitas, fiambres, hamburguesas, pan, yerba mate, enlatados, toallas femeninas).

Este desagregado por producto no da una idea exacta del problema, ya que una misma firma tiene posición dominante en bienes muy distintos.
Por ejemplo:
Unilever participa en 12 categorías (caldos, desodorantes, enlatados, fideos, jabones, lavandinas, lavavajillas, limpiadores, mayonesa, mostaza, suavizante, shampoo y crema de enjuague);
Arcor en 9 (aceite, enlatados, galletitas, legumbres, aderezos, jugos en polvo, dulces);
Molinos en 8 (aceite, arroz, café, fideos, galletitas, harinas, pan y yerba);
Procter & Gamble en 6 (cremas dentales, jabón, lavavajillas, pañales, toallas femeninas, shampoo y crema de enjuague).


Contra lo que expresó el Presidente, los rubros en los que se verificaron las grandes remarcaciones son aquellos donde la concentración inhibe la competencia:
Leche: Mastellone vende el 67% de la leche fluida.
Derivados: Danone (50%) y Sancor (37%) venden nueve de cada diez postres lácteos.
Cerveza: AB InVeb controla el 72% del mercado, con Quilmes y otras marcas que produce bajo franquicia.
Gaseosas: Coca Cola, el 67% y Pepsico con el 35% no dejan lugar para terceros.
Aceites– Aceitera General Deheza, Molino Cañuelas y Molinos Río de la Plata, se reparten en porciones iguales el 90% del mercado.
Harinas: Cañuelas, con el 34%, Molinos Río de la Plata con el 22% y Morixe, con el 18% ocupan tres cuartos de la oferta.
Pastas secas, donde Molinos Río de La Plata concentra el 65%, seguido por Arcor y Unilever que juntas suman el 5%.
Arroz- Molinos Río de la Plata, con el 25% y y Adecco Agro, con el 20% se acercan a la mitad de las ventas.
Artículos de limpieza e higiene: Ayudín vende el 82% de las unidades de lavandina, y Unilever el 61% de las de detergentes. Unilever también vende el 80% de los desodorantes, y Colgate Palmolive, el 80% de las pastas dentales.

Modestas pretensiones

Por todo ello, las pretensiones oficiales son muy modestas.
El gobierno pretende que los precios se retrotraigan a un mes atrás, cuando ya eran altísimos, y se conforma con que la inflación anual no pase del 50%.
Eso estaría por encima del 33% que imaginó el Presupuesto y de la banda de 38 a 48% contemplado en el acuerdo con el FMI, pero por debajo del 60% por el que empiezan a presionar medios y gurúes, entre quienes hay quienes se animan a vaticinar hasta un 78%.

Todo esto sin considerar el impacto de la situación bélica en los límites de Europa.
El ojímetro presidencial estimó que la lucha entre rusos y ucranianos no explica más del 10% de la inflación argentina, y hay pocas dudas de que recién en los próximos meses se sentirá con crudeza.

Pero además de inflación, puede generar desabastecimiento energético para los meses del invierno austral.
Que la presidencia anuncia que no escaseará el gas no tranquiliza a nadie, sobre todo porque son inocultables los diálogos oficiales con las empresas para analizar esquemas de cortes programados, ya sean dispuestos por el gobierno o por los usuarios industriales, y cronogramas de suspensiones y adelanto de vacaciones.
No es un tema sólo local.
Hasta Jair Bolsonaro está planteando el pago de subsidios a la privatizada Petrobras.

Una de las autocríticas españolas por los pactos de la Moncloa fue por la falta de previsión acerca del impacto que tendría en la década de 1980 el racionamiento energético y la escalada de sus precios.

A los caños

Esta Argentina tiene una gran ventaja sobre aquella España y es la abundancia de petróleo y de gas shale, en Vaca Muerta.
Se estima que esas reservas alcanzarían para el consumo de petróleo shale de 92 años (cuarta reserva mundial) y para 202 años de gas no convencional (primera reserva mundial).
Su aprovechamiento por el país no hubiera sido posible sin la estatización de YPF en 2012, en cuanto Barack Obama le comunicó a CFK la cuantía de aquellas reservas.
Discutir si se pagó algo más o menos de lo posible es mirar el dedo que señala a las estrellas.
Esto permitiría exportar más de 30.000 millones de dólares adicionales durante el próximo medio siglo, con que se explotara apenas la mitad de los recursos de Vaca Muerta.
Con el alza de los precios internacionales gatillado por la guerra, este año es imposible reducir los subsidios, que por el contrario crecerán, y el déficit del sector energético será significativo.
No obstante, con las reservas existentes es imaginable una política de largo plazo que primero recupere el autoabastecimiento y luego convierta a la Argentina en un exportador significativo.

Pero desde 2017, cuando se saturó la capacidad del gasoducto que transporta el fluido, han pasado cinco años y dos presidencias que no han logrado construir la infraestructura necesaria para ampliarlo, de modo de trasladar ese producto desde los pozos hasta los centros de consumo o los puertos de exportación.
Recién se ha realizado la licitación para el suministro de los tubos, en la que se impone Techint con un precio inferior al de la base, y a la que no se presentaron las siderúrgicas chinas, que compitieron duramente con los italianos en Córdoba.
Procesado por corrupción en Milán, junto con su hermano Gianfelice y su cuñado Roberto Bonatti, para quienes la fiscalía pidió 4,5 años de prisión, Paolo Rocca se siente más seguro en la Argentina, cuya Justicia lo exime de cualquier responsabilidad.

Resta aún la licitación para la obra civil del gasoducto, que en un primer tramo cubrirá 500 kilómetros hasta Salliquelló, en la provincia de Buenos Aires, pero que luego debería llegar hasta Brasil.
También en ese rubro, Techint puede anotarse, con su empresa constructora, competitiva con la de los Macrì.

Cuarenta años y una fantasía

Ayer el Presidente Alberto Fernández y la Vicepresidenta CFK conmemoraron los 40 años del desembarco militar en las islas Malvinas.
Él lo hizo al mediodía en la EXMA, ella por la tarde en el Congreso, ambos junto a Sergio Massa.
Allí entregaron distinciones a dos decenas de empleados que combatieron en aquella guerra, y usó de la palabra el único diputado ex combatiente, el chaqueño Aldo Leiva.


Sergio Massa y CFK.


El soldado raso diputado nacional Aldo Leiva.

Dos días antes también se cumplieron cuatro décadas de la movilización por Pan, Paz y Trabajo y en repudio a la dictadura. Pablo Moyano, Hugo Yasky y Sergio Palazzo encabezaron las firmas de una solicitada puesta bajo la advocación de una frase de Saúl Ubaldini, entonces secretario general de la CGT: "Cuando se quiere luchar siempre hay alternativa" y con la consigna "Que la deuda no la paguen los de abajo".

Massa intentó que Presidente y Vice compartieran un acto, lo cual revela una comprensión insuficiente de lo que ocurre.
La idea subyacente es evitar una división, que conduciría a la derrota electoral en 2023.
La división ya se produjo, pero no entre dos, sino de parte de cuatro millones de personas que en 2019 votaron por el FdT y que dos años después se retrajeron, permitiendo la primacía de la alianza cambiante.
Y desde entonces ningún cambio de rumbo autoriza a imaginar un resultado distinto el año próximo.
La proximidad física entre Alberto y Cristina no obraría milagros, sin una modificación drástica de la política económica y una confrontación abierta con los grandes beneficiarios del statu quo.

Es saludable que organizaciones y líderes sindicales, como es el caso de Hugo Yasky, se rehúsen a esperar inmóviles una catástrofe anunciada y que por el contrario se propongan luchar con todas sus fuerzas para impedirla.
Pero ése no puede ser el camino que siga Cristina, sin grave riesgo de desestabilizar a un gobierno bamboleante, con consecuencias predecibles.

No obstante, Alberto se aferra a una fantasía reeleccionaria sin otro sustento que la voluntad de su núcleo íntimo, que se resiste a admitir el sacudón de los cambios en el mapa sindical y político, con el relevo en la conducción de la UOM y la victoria de La Cámpora en los únicos 11 distritos de la provincia de Buenos Aires donde no se lograron listas de unidad, la mayoría de ellos gobernados por los cambiantes.

Las encuestas que publica la trifecta mediática se ordenan según el diferencial entre opiniones positivas y negativas, cuya utilidad es relativa.
Nadie lo destacó en un título, pero Cristina sigue atrayendo hoy más del 37% de las voluntades, es decir ni una menos que en 2017, mientras Macrì cierra la lista.
La idea de que sin ella no se puede conserva todo el vigor que tenía cuando Alberto la formuló por primera vez.
Los carteles soeces en su contra, impresos y pegados por personas próximas a la UCR y el PRO, que no fueron detectadas por la policía metropolitana sino por la bonaerense, son apenas una ratificación de esa centralidad.

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