jueves, 5 de octubre de 2023

LAS REUNIONES SECRETAS DE VICTORIA VILLARRUEL CON 10 GENOCIDAS CONDENADOS POR DESAPARICIONES, VIOLACIONES Y ROBO DE BEBÉS, de Ari Lijalad y Franco Mizrahi - 29/9/2023

La candidata a vicepresidenta de Milei se reunió con estos represores en la cárcel de Marcos Paz en 2016.
Es mucho después de publicar su libro, la justificación que dio para reunirse con Videla.
Quiénes son los genocidas que completan el círculo de contactos de Villarruel que, como también reveló El Destape, incluye a los abogados de las mayores corporaciones del país que traen los negocios detrás de la reivindicación dictatorial.


Si Javier Milei es elegido presidente, Victoria Villarruel presidirá el Senado.
Cuando el presidente viaje será presidenta en ejercicio.
El candidato ya dijo que su vice estará a cargo de las áreas de Defensa y Seguridad.
Si Milei es destituido o sufre una enfermedad que le impida gobernar, se convertirá en presidenta.

Buena parte del destino de 47 millones de argentinos quedará en manos de una persona que se reunió al menos con 10 genocidas en la cárcel de Marcos Paz entre 2014 y 2016.
Uno estuvo involucrado en más de 250 secuestros, otro en 25 casos de torturas además de fusilamientos y desapariciones, uno fue agente de inteligencia que integró la patota de la ESMA y fue condenado además por delitos sexuales, otro fue condenado a prisión perpetua por robo de bebés, uno reprimió a poblaciones rurales, otro fue condenado por 84 casos de desapariciones.

Autopercibida representante de víctimas, su relación es mucho más estrecha con los victimarios.
La candidata a vicepresidenta de La Libertad Avanza es poco consultada sobre estos vínculos y nada consultada sobre el dispositivo de abogados del establishmen con los que comparte el Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas (CELTYV) revelados por El Destape.
De sus relaciones con genocidas habla poco; de los negocios que vienen detrás de esas relaciones nada.

En una entrevista con La Nación le preguntaron sobre sus visitas a genocidas.
La nota consignó que "Villarruel dijo que es cierto que visitó a Jorge Rafael Videla cuando estaba detenido, así como también a otros militares, pero aseguró que lo hizo porque estaba trabajando en su primer libro sobre la década del 70 que se tituló 'Los llaman… jóvenes idealistas' y que – según dijo - buscó 'documentar con todas las voces'”.

Los datos que ahora revela El Destape, sin embargo, la desmienten.
Ese libro fue publicado en 2009 y las visitas a los genocidas fueron en 2014 y 2016.
Tal vez se equivocó y hablaba de su otro libro, "Los otros muertos", en coautoría con Carlos Manfroni.
Pero las fechas tampoco dan: lo editó en 2014 y las visitas a genocidas que publica este medio son en su mayoría en 2016.

El Destape pudo reconstruir que el 17 de febrero de 2016 Villarruel fue al penal de Marcos Paz a ver a 10 represores.

Sus prontuarios son los siguientes:

1) Alberto González Menotti, agente de inteligencia, integrante del Grupo de Tareas de la ESMA, condenado a perpetua
Condenado a: 
  • 20 años de prisión por violaciones en la ESMA: 3 víctimas
  • Prisión perpetua por secuestros y torturas en juicio ESMA III: 789 víctimas
  • Prisión perpetua en juicio ESMA II: 86 víctimas

Agente de inteligencia, integró el grupo de tareas 3.3.2 de la ESMA.
Fue condenado en 2011 a cadena perpetua junto a Alfredo Astiz y Jorge “Tigre” Acosta por los crímenes cometidos en la ESMA.
Entre sus víctimas se encuentra Azucena Villaflor, una de las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo.
En agosto de 2021, González volvió a ser condenado en otro juicio por crímenes en el centro clandestino de la Armada.
Se lo sentenció a 20 años de prisión por delitos sexuales cometidos contra secuestradas, incluidos abusos sexuales y psicológicos, manoseos y violaciones.
En el mismo proceso que estuvo a cargo del TOCF 5 al Tigre Acosta se lo condenó a 24 años de prisión.
Tal como informó Télam en aquel momento, las penas fueron unificadas a prisión perpetua por la sumatoria de condenas anteriores.

La periodista Luciana Bertoia escribió sobre la relación de la familia Villarruel con González Menotti: "El matrimonio Pando - Mercado suele recordarle a Villarruel otro vínculo con otro ilustre integrante de la patota de la ESMA: Alberto Eduardo González, conocido en el campo de concentración de la Marina como el 'Gato' o 'González Menotti'.
González – condenado a prisión perpetua – es historiador de la Marina, como el abuelo materno de Villarruel, y escribió cuatro libros, según declaró en una indagatoria.
Pando dice que los libros que publicó Villarruel fueron escritos, en realidad, por González.
Este diario consultó con el defensor de González, Guillermo Fanego, quien reconoció el vínculo con Villarruel, aunque desestimó la coautoría".


2) Gerardo Jorge Arráez, área de inteligencia de Policía Federal, 25 años de condena
  • Condenado a 25 años de prisión en 2017 en el juicio ABO III: 352 víctimas

El ex inspector de la Dirección de Inteligencia de la Superintendencia de Seguridad Federal de la PFA Gerardo Arráez estuvo en los centros clandestinos de detención y tortura en el circuito Atlético - Banco - Olimpo (ABO).
Fue condenado en 2017 a 25 años de prisión por más de 250 secuestros y torturas durante el terrorismo de Estado.
Entre los hechos que se le adjudicaron figura el caso del secuestro del empresario de medios Jorge Fontevecchia.
Según publicó Infojus en 2014, Arráez ejerció como abogado hasta 2012, cuando le dictaron pedido de captura, y en la tortura solía fotografiar a las detenidas.


3) Coronel retirado Héctor Girbone, oficial de inteligencia del Ejército, condenado a 8 años por apropiación de bebés.
  • Condenado a 8 años de prisión por la apropiación de Pablo Gaona Miranda

En 2014 Héctor Salvador Girbone fue condenado a la pena de 8 años de prisión por la apropiación de Pablo Gaona Miranda, nieto restituido en 2012.
Girbone oficial de inteligencia de la Escuela de Caballería del Ejército durante la dictadura empresario - militar.
El 23 de septiembre de 2016, la Cámara de Casación confirmó su condena y lo mismo hizo la Corte Suprema en 2019.
Fue juzgado junto a su primo Salvador Norberto Girbone y Haydeé Raquel Alí Ahmed, pareja de este último, por los delitos de retención y ocultamiento de un menor de 10 años y falsedad ideológica.
Pablo fue robado cuando tenía un mes de vida. Su padre era Ricardo Gaona y su madre María Rosa Miranda. Ambos permanecen desaparecidos.
Al bebé robado lo inscribieron en 1978 como Leandro Daniel Girbone.
Tal como relató Alejandra Dandan en Página/12, el genocida Girbone estuvo en el Ejército durante la dictadura y siguió en esa fuerza hasta 2012, cuando quedó detenido por la apropiación de Pablo.
En la denuncia se lo había señalado como el “entregador”.


4)Teniente coronel Juan Amelong, condenado a perpetua por robo de bebés, secuestros y torturas.
  • Condenado a:Prisión perpetua en Jucio Quinta de Funes- Guerrieri IV: 29 víctimas
  • Prisión perpetua en juicio Guerrieri III: 47 víctimas
  • 10 años de prisión en juicio Guerrieri II: 26 víctimas
  • 13 años de prisión en juicio Hospital militar de Paraná: 2 víctimas

El teniente coronel retirado Juan Amelong fue varias veces condenado por crímenes de lesa humanidad.
Tiene 4 cadenas perpetuas por homicidios, secuestros, torturas y robos de bebés. Fue miembro del Destacamento de Inteligencia 121 del II Cuerpo de Ejército durante la última dictadura cívico militar.
Desde allí se organizó la represión ilegal en un circuito de cinco CCD que funcionaron en el Gran Rosario.
Segundo jefe de Operaciones Especiales de Inteligencia, su compromiso con el terrorismo de Estado fue tal que hasta proveyó una propiedad familiar (“La Intermedia”) para convertirla en centro clandestino de tortura y detención. Amelong, que también es abogado, tiene condena firme en los casos conocidos como “Guerrieri I y II” y Hospital Militar de Paraná y en agosto pasado sumó una nueva cadena perpetua en “Guerrieri IV”.


5) Pedro Alberto Rodríguez, civil, condenado a 8 años y seis meses.
  • Condenado a 8 años y 6 meses por el secuestro y tortura de Manuel Oscar Casado, dirigente sindical.
  • En 2013, el Tribunal Oral en lo Criminal de Rosario condenó a 8 años y seis meses de prisión al abogado Pedro Rodríguez y a los militares Rubén Osvaldo Cervera y Horacio Hugo Maderna por crímenes de lesa humanidad durante el terrorismo de Estado.
  • Se lo condenó por el secuestro y torturas al secretario general del Sindicato de Trabajadores Municipales de la localidad de San Lorenzo, Manuel Ricardo Casado. Tal como informó José Maggi en Página/12, la Cámara Federal de Apelaciones de Rosario también confirmó el procesamiento de Rodríguez - ex concejal - por el secuestro de Reynaldo Luis Vivas, quien era intendente de San Lorenzo y fue depuesto por la dictadura.
“En 1973 Pedro Alberto ‘Pili’ Rodríguez se convirtió en el asesor letrado del Sindicato Unido Petrolero del Estado (Supe) y en diciembre de ese año ingresó a la municipalidad de San Lorenzo como asesor legal del intendente Reinaldo Vivas.
Con poder creciente en el sindicato y en la municipalidad, Rodríguez se acercó e investigó a los militantes sociales de la región, especialmente a los ligados al sindicalismo combativo”, escribió Maggi.
“El golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 destituyó y encarceló al intendente sanlorencino; junto con él se retiró la mayoría del gabinete, menos Rodríguez, que fue ratificado y ascendido por decreto de la dictadura, a director de asuntos jurídicos del municipio y se le otorgó la categoría más alta como empleado municipal sin mediar antigüedad.
Un día después del golpe, Pedro Rodríguez señaló desde un auto a Manuel Casado, el delegado del sindicato de empleados municipales de San Lorenzo, quien fue secuestrado y torturado en el Batallón de Arsenales 121 de Fray Luis Beltrán.
El caso de privación ilegítima de la libertad, torturas y tormentos fue el primero que llegó a juicio entre todas las atrocidades cometidas en el Cordón Industrial durante la los años de represión”, agregó Maggi.


6) Teniente coronel José Tadeo Bettolli, condenado a perpetua por crímenes de lesa humanidad en Chaco
Condenado a:
  • Prisión perpetua en juicio Ligas Agrarias, Chaco: 4 víctimas
  • 25 años de prisión en juicio Caballero, Chaco: 26 víctimas
  • 12 años de prisión en juicio Caballero II, Chaco: 10 víctimas
  • 7 años y 6 meses de prisión en juicio Caballero III, Chaco: 33 víctimas

En junio de 2019 el exteniente coronel del Ejército José Tadeo Bettoli fue condenado a prisión perpetua por crímenes de lesa humanidad en el juicio conocido como “Ligas Agrarias”.
Se trata de delitos cometidos durante la última dictadura empresario - militar en Chaco contra pobladores rurales y militantes campesinos.
El tribunal le impuso la pena de prisión perpetua por el homicidio agravado del dirigente campesino Raúl Eduardo Gómez Estigarribia.
Según publicó el portal fiscales.gob.ar “el 12 de febrero de 1977 Gómez Estigarribia fue acribillado en la localidad de Corzuela por un grupo de fuerzas conjuntas comandado por Bettolli e integrado por cuatro efectivos de la Dirección de Investigaciones de la Policía del Chaco fuertemente armados, según reconstruyó la acusación”.
En diciembre de 2010, Bettolli fue condenado a 25 años de prisión por delitos de lesa humanidad en la causa “Caballero I”, que fue el primer juicio oral que se realizó en Chaco por delitos de lesa humanidad cometidos durante el terrorismo de Estado.
En 2018 Bettolli también fue condenado a 12 años de prisión en la causa “Caballero II”, que abordó los crímenes cometidos en el CDD que funcionó en la ex Brigada de Investigaciones de la Policía de Chaco.


7) Luis Alberto Patetta, oficial de inteligencia, condenado a perpetua por crímenes de lesa humanidad en Chaco.
Condenado a:
  • Prisión perpetua en juicio Masacre Margarita Belén, Chaco: 15 víctimas
  • 25 años de prisión en juicio Caballero I, Chaco: 26 víctimas
  • 12 años de prisión en juicio Conscriptos, Chaco: 5 víctimas
  • 11 años y 6 meses de prisión en juicio Caballero III, Chaco: 33 víctimas
  • 19 años de prisión en juicio Caballero II, Chaco: 10 víctimas

Luis Patetta fue condenado en tres ocasiones por crímenes de lesa humanidad durante la última dictadura y terminó beneficiado con prisión domiciliaria en 2019.
Fue uno de los protagonistas del terrorismo de Estado en Chaco.
Al igual que Bettolli fue condenado en 2010 a 25 años por torturas en la causa Caballero I y en 2018 a 19 años en “Caballero II” por desapariciones, secuestros y torturas.
También fue condenado a perpetua por los fusilamientos de la Masacre de Margarita Belén.

8) Héctor Di Pasquale, condenado por delitos de lesa humanidad en la Brigada de San Justo

Condenado a:
  • Prisión perpetua en juicio La Cacha: 147 víctimas
  • Prisión perpetua en juicio Escuelita VII, Neuquén: 20 víctimas
  • 25 años de prisión en juicio Brigada de Investigaciones San Justo: 81 víctimas
  • 17 años de prisión en juicio Escuelita III, Neuquén: 55 víctimas
  • 10 años de prisión en juicio Escuelita IV, Neuquén: 28 víctimas
  • 6 años de prisión en juicio Escuelita VI, Neuquén: 10 víctimas
  • 5 años y 4 meses de prisión en juicio Escuelita V, Neuquén: 2 víctimas

Tal como publicó la Secretaría de DD.HH., en diciembre de 2020 el Tribunal Oral Federal N° 1 de La Plata condenó a 16 represores por delitos de lesa humanidad cometidos durante el terrorismo de Estado contra 84 víctimas en el CDD que funcionó en la Brigada de Investigaciones de San Justo, en el Gran Buenos Aires. 
En ese juicio, Di Pasquale fue condenado a perpetua.
Compartió el proceso con el ex comisario general Miguel Etchecolatz y el ex ministro de Gobierno de la provincia de Buenos Aires de la dictadura, Jaime Smart.
La Brigada de San Justo pertenecía al denominado circuito represivo Camps.
Di Pasquale está detenido desde 2010 y sostiene la misma línea negacionista que Villarruel.
Publicó un libro en el que afirma que los desaparecidos no son 30.000.
El 8 de septiembre de este año, el diario La Nación publicó una nota sobre él: “Un militar detenido publicó un libro que dice que los desaparecidos fueron 6505”.
Di Pasquale es autor del libro negacionista “Crónica de una guerra negada” que hasta se presentó en la Feria del Libro.


9) Rogelio Masson Iglesias, agente penitenciario, condenado a 14 años de prisión
  • Condenado a 14 años de prisión en 2015 en el juicio Marengo, Jujuy: 90 víctimas

Rogelio Masson Iglesias era agente del Servicio Penitenciario Federal (SPF) y fue condenado a 14 años de prisión en 2015 por crímenes de lesa humanidad y luego beneficiado por la Cámara Federal de Casación Penal.
Post dictadura, Masson había sido juez de Mercedes, provincia de Buenos Aires. La condena en su contra fue por la privación ilegítima de la libertad y tormentos sobre 90 personas por su rol en el "Operativo Aire 718".
Se trata de un violento traslado aéreo de detenidos desde Jujuy a Buenos Aires, que se ejecutó el 7 de octubre de 1976.
Como agente del SPF Masson fue parte de ese vuelo que se hizo con un avión Hércules y donde los detenidos fueron vendados, maniatados y sometidos a tormentos.
El operativo estuvo a cargo del teniente coronel (RE) del Ejército Horacio Marengo.


10) José Roberto Abba estuvo detenido, acusado de crímenes de lesa humanidad, pero terminó absuelto por “el principio de duda”.
En la actualidad está acusado en el juicio "Jefatura III".

José Roberto Abba fue militar y abogado general del Estado (fiscal de Estado) del gobierno de facto del general Antonio Domingo Bussi en Tucumán durante la última dictadura empresario - militar.
Estuvo preso por crímenes de lesa humanidad, por la desaparición del periodista francés Maurice Jeger y su compañera Olga Cristina González.
Terminó absuelto en 2017 por el principio de duda en uno de los juicios que se hicieron por el Operativo Independencia.
El padre de Victoria Villarruel, el teniente coronel Eduardo Villarruel, recibió un diploma de honor en mayo de 1976 por su desempeño en esa operación en Tucumán en la que “ha participado activamente en la lucha contra la subversión”.
En la actualidad, Abba es uno de los 30 imputados que tiene el juicio Jefatura III, donde según publica el portal fiscales se aborda "la tercera parte del universo procesal de la megacausa 'Jefatura de Policía de Tucumán', en la que se investigan crímenes de lesa humanidad que tuvieron como epicentro los centros clandestinos de detención que funcionaron en la sede de la jefatura policial tucumana y en las instalaciones del Ingenio Nueva Baviera, que había cerrado sus puertas a la producción azucarera en 1966."

Ese 17 de febrero de 2016 Villarruel no fue la única que se reunió con estos genocidas.
También estuvo Santiago Sinópoli, un militar y abogado con una buena cantidad de publicaciones donde busca fundamentar la intervención de las Fuerzas Armadas en seguridad interior y, al igual que Villarruel, alegar que hubo violaciones a los derechos humanos de ambos bandos y que lo necesario es una amnistía general.

Uno de sus libros se llama "Lesa Humanidad: Técnica de una Injusticia", publicado en 2021 en coautoría con Guillermo Palombo, donde se dedican a criticar los fallos de la Corte Suprema vinculados a los delitos de lesa humanidad (Caso Arancibia Clavel), la nulidad de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final (Caso Simón), la negación de "cosa juzgada" (Caso Mazzeo) y lo que denominan la "desaparición forzada" del principio de ley penal más benigna (Caso Batalla).

Otro, "La batalla por el relato. Ensayo historiográfico sobre la guerra revolucionaria en Argentina: 1959-1989", también en coautoría con Palombo y Alberto Jorge Crinigan, un Coronel del Ejército, Oficial de Inteligencia y ex Jefe del Destacamento de Inteligencia de Córdoba, que estuvo detenido por por crímenes de lesa humanidad.

En 2011, Página/12 consignó que Sinopoli fue uno de los 26 militares que conformaron tribunales de guerra especiales que hacían farsas de juicios a presos políticos durante la dictadura.

Otras dos visitas a represores
  • Dos semanas después de esta visita generalizada a represores, el 2 de marzo de 2016, Villarruel volvió al Complejo Penitenciario Federal 2 y visitó a tres genocidas con los que ya se había reunido: Amelong, Bettolli y Girbone.
  • Previamente, según pudo reconstruir El Destape, el 21 de mayo de 2014 Villarruel había ido al CFP 2 para ver al represor de la ESMA Alberto González, a quien volvió a visitar el 17 de febrero de 2016.
Esta decena de visitas se suman a las ya conocidas y difundidas como las que Villarruel hizo al dictador Videla, revelada por el militar Pedro Rafael Mercado, esposo de la negacionista Cecilia Pando, o al represor Norberto Cozzani, mano derecha de Miguel Etchecolatz, difundida por la abogada Guadalupe Godoy, querellante en la causa sobre la desaparición de Jorge Julio López.

Etchecolatz tenía anotada a Villarruel en uno de sus cuadernos como contacto de cara al juicio que iba a afrontar por el caso López, como también reveló Godoy.

Una persona que frecuentaba a militares que secuestraron, torturaron, violaron y robaron niños puede convertirse en vicepresidenta en una semanas.
Algunos de ellos lo hicieron en cientos de oportunidades.
¿Cuál es la catadura moral de alguien que toma mate con asesinos en serie? ¿Qué garantías tendrán los argentinos bajo su mando?

Es imprescindible que quienes vayan a votar el 22 de octubre sepan quién es Victoria Villarruel.

EL LIBRO QUE VICTORIA VILLARRUEL OCULTA: LO FIRMÓ CON UN REPRESOR DEL BATALLÓN 601, Luciana Bertoia - 5/10/2023

Las conexiones de la candidata a vice de Javier Milei con los detenidos de lesa humanidad

La diputada de La Libertad Avanza arremete contra Abuelas de Plaza de Mayo en una publicación compilada por Alberto Crinigan, que está siendo enjuiciado por crímenes de lesa humanidad en La Plata.


Victoria Villarruel, candidata a vice de Javier Milei.

Victoria Villarruel suele evitar referirse a un libro que publicó en coautoría con un detenido por crímenes de lesa humanidad.

La obra se llama "La nación dividida: Argentina después de la violencia de los ‘70 "
El compilador es Alberto Jorge Crinigan, un ex oficial de inteligencia del Batallón 601 que actualmente está siendo enjuiciado en La Plata por secuestros y desapariciones en el Regimiento 7.

En 2019, cuando no existía ni La Libertad Avanza (LLA) ni la posibilidad de ser candidata a vicepresidenta, Villarruel publicó un artículo en un libro que compilaban Crinigan con Guillermo Palombo y Santiago Sinopoli.
Palombo y Sinopoli son también autores de otra publicación que dice que los procesos de lesa humanidad son juicios - venganza.

Crinigan es un cuadro de la inteligencia del Ejército. Fue S2 (oficial de inteligencia) del Regimiento 7 de La Plata.

En 1978, hizo el curso de Inteligencia de Ejército.
Después de eso, lo mandaron a Mar del Plata y se incorporó al Batallón 601.
El juez Claudio Bonadio inicialmente lo detuvo por su posible intervención en los secuestros y desapariciones de los militantes montoneros que participaron de la Contraofensiva.
Cuando declaró ante el juez Ariel Lijo, evitó mostrarse como un hombre de acción y dijo que, en realidad, él se dedicaba al análisis de la inteligencia.

En el libro que comparte con Villarruel, Crinigan define lo sucedido en la Argentina como una “guerra revolucionaria” y afirma que las víctimas no fueron jóvenes idealistas.
“Es una guerra oculta y sus consecuencias, las que nos impiden ser una gran nación”, afirma en su artículo el militar retirado, que actualmente está en prisión domiciliaria y siendo enjuiciado por el Tribunal Oral Federal (TOF) 1 de La Plata.
La "guerra" de Villarruel contra Carlotto y Bonafini

Tanto Villarruel como Javier Milei hablan de una “guerra” y niegan que haya existido el terrorismo de Estado.
La actual candidata a vice de LLA, en el escrito que figura en el libro, incurre en sus habituales letanías:
  • Que Raúl Alfonsín debió haber conformado una comisión para investigar al “terrorismo” cuando creó la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep);
  • Que hay víctimas de primera y de segunda;
  • Que no deberían haber convenios entre Abuelas de Plaza de Mayo y Paka Paka para difundir contenidos sobre el derecho a la identidad o que Hebe de Bonafini no debió haber tenido un programa en la TV Pública.
  • Que las organizaciones de derechos humanos fueron creadas para “continuar la guerra por otra vía”.
Villarruel no hace demasiados esfuerzos por esconder su encono con las referentes del movimiento de derechos humanos como Estela de Carlotto o Hebe de Bonafini – ya fallecida –, a quienes ha definido como “madres de terroristas” o personajes siniestros.

En el libro, arremete contra Abuelas de Plaza de Mayo. 
“Para casi toda la clase política y los medios masivos de comunicación el rol de la Sra. Carlotto y su asociación merecen un premio que es un galardón para aquellos que han hecho una contribución a la paz en sus naciones y en el mundo.
Pero esa no ha sido la valía de esta entidad, sino que ha sido uno de los arietes más fuertes que ha tenido el sector de las organizaciones armadas para distraer de los crímenes aberrantes que cometieron en nombre de la revolución”, escribió la abogada.
No le merecen la misma calificación de crímenes aberrantes ni las torturas, ni los vuelos de la muerte ni el robo de niños y niñas.

Otro de los autores del libro es el jurista Alfredo Vítolo, que fue asesor de la Secretaría de Derechos Humanos de Claudio Avruj.
En 2016, fue casualmente Avruj quien le concedió una entrevista a Villarruel en su oficina en el Espacio Memoria y Derechos Humanos (ex ESMA) que le sirvió de plafón para pasar a la política grande y hacer sus incursiones en el programa Intratables.
Vítolo fue el candidato del gobierno de Mauricio Macri ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), pero debió bajar su postulación.
No pocos vieron detrás su mano la reunión que lograron organizaciones pro-militares con los comisionados en 2018.

En el debate vicepresidencial, Villarruel justificó con sus libros (Los llaman jóvenes idealistas y Los otros muertos) sus visitas a genocidas como el dictador Jorge Rafael Videla, que fueron reveladas por otros integrantes de la "familia militar", como el mayor retirado Pedro Rafael Mercado, marido de Cecilia Pando.

Sin embargo, no suele mencionar su participación en la obra que compiló Crinigan, que para la época de la publicación ya había sido procesado por el juez federal Ernesto Kreplak.

miércoles, 4 de octubre de 2023

CONFERENCIA EN EL EDIFICIO LIBERTADOR, de josé Pablo Feinmann

Primero me llamó Jorge Bernetti. Me dijo que “la Ministra” (que es Nilda Garré) tenía interés en que conociera al general Hugo Bruera y arreglara con él la posibilidad de dar una conferencia en el Edificio Libertador.
Le dije la novedad a un par de amigos y me preguntaron si les estaba tomando el pelo. Dije que no.
Que era así: que existía un general que quería hablar conmigo y hasta me propondría dar una conferencia en ese edificio imponente, lleno de mármoles y severas figuras de militares de la patria.
Después llamó el general Hugo Bruera. Llamó él, no llamó una secretaria.
Hecho asombroso en el mundo del poder.
Dos días después bajo de un taxi frente al Edificio Libertador. Que – por decirlo con la mayor cortesía – no es un lugar que me traiga buenos recuerdos.
No me trae ninguno: jamás entré ahí.
Pero a lo largo de mi vida escuché frases temibles como: “Hay inquietudes en el Edificio Libertador”. “Los altos mandos de las Fuerzas Armadas se reunieron en el Edificio Libertador y manifestaron su profundo descontento con la política del gobierno”.
Al poco tiempo, marchitas militares en la radio y toda la gente corriendo al almacén a comprar fideos.
Hasta 1976: ahí, los fideos habrían de enfriarse en la mesa, solitarios y finales.

Apenas bajo del taxi veo que me está esperando un coronel con una amplia sonrisa y una chica – que trabaja en prensa – muy joven, bonita, amable y hasta alegre, feliz. De muy buen humor.
Subimos la gran escalinata, entramos y estoy ahora en un hall imponente. Son los grandes espacios del poder. Uno tiene que sentirse pequeño en ellos.
Conmigo lo consiguen. Toda esa imponencia me puede. 
“¿Qué hago aquí? Nunca pensé entrar aquí. Y ahora estoy tan optimista que hasta creo que también voy a salir.”
Tomamos un ascensor.
La alegre señorita hace unos chistes que yo contesto.
El coronel tiene una cara de buena persona que lo hace arrepentir a uno de sus prejuicios. “Civilacho prejuicioso”, me digo. 
"¿De dónde sacaste que los militares no pueden ser buenos?”
Sé que alguien responderá: de 200 años de historia argentina.

Yo, mientras estoy en ese ascensor, no me respondo eso. Estoy abierto.
Si uno acepta ir a un lugar al que lo han invitado tiene al menos que estar dispuesto a encontrar algo distinto a lo que antes había, porque antes no lo invitaban. Por suerte.
Porque no sólo no lo invitaban, lo pasaban a buscar de modo – por decirlo así – brusco e inesperado.

Entramos en el despacho del general Bruera. Alguien trae un café.
El general tiene una sonrisa amplia, agradable, unos bigotazos amarronados, y al rato advierto que ha leído muchos de mis libros y siguen mis esfuerzos de los domingos por comprender algo del peronismo.
En la reunión está Jorge Luis Bernetti, que se ocupa de la prensa de la institución y de las publicaciones.
Con Jorge nos conocemos desde hará unos 35 años. Los dos sabemos que jamás pensamos cruzarnos donde ahora estamos, pero también creemos que si se puede hacer algo en un terreno en que uno nunca lo ha hecho, hay que hacerlo.

La Ministra no está.
El general Bruera me dice que dialoga mucho con ella y que ella le enseñó muchas cosas, que es una gran persona.
Me dice también: “Vea, profesor, si mañana un ejército de otra nación nos invade ahí estará el Ejército argentino para defender la nación. Pero nunca más saldremos a resolver asuntos internos”.

Le pregunto si leyó mi nota sobre Lanusse. Me dice que fue ella la que lo decidió a convocarme. “Además, profesor, usted es un referente en nuestra cultura y queremos oír lo que tenga para decirnos.”
Lo miro de reojo a Bernetti que se encoge de hombros como si dijera: “Y será así nomás, viejo. Bancátela”.
Seguimos hablando.
Le digo que, en efecto, fueron utilizados por fracciones internas y que eso deslució el papel del Ejército.
Que el Ejército no está para actuar como policía interna sino para la tarea de la Defensa Nacional. Concuerda conmigo.
Al rato me dice que le gusta cantar. Le digo que a mí también.
Que hace diez años – cuando volví a dar clases – tomé lecciones de manejo de la voz y canto. Que todavía practico.
El coronel le dice al general por qué no me hace escuchar alguno de sus temas. 
“El general ha grabado un CD.” 
Ahora estamos escuchando el CD del general. Canta unos tangos hermosos con una voz finita y muy bien colocada.
Tiene cercanías – o sugiere tenerlas – con Agustín Magaldi. Se lo digo.
“No es para tanto, profesor”, dice, casi sonrojado.
Me acompaña hasta la misma puerta del auto que habrá de llevarme a mi casa. Que me va a confirmar el día y la hora de la conferencia, dice.
Nos despedimos.

Una semana después, junto con el general, el coronel y Jorge Luis Bernetti, me encamino hacia el salón en que habré de dar mi conferencia.
El salón se llama “Julio Argentino Roca”.
Pienso: “Con Bayer, aquí se pudría todo”.
Entramos.
El salón está lleno de uniformes. Son todos oficiales de alta graduación. De 40 años para arriba.
El general Bruera me presenta. Pero se ve que no es lo que mejor sabe hacer.
De modo que corta de golpe y resuelve diciendo: “En fin, ustedes lo conocen”.
Le he contado esto a un par de amigos y, en este punto, dicen: “Sí, y todavía no sabemos cómo se nos escapó”.
Gente mal pensada, llena de prejuicios, poco abierta al futuro.
O, acaso, sensiblemente abierta al pasado.

Los oficiales serán alrededor de cincuenta. Me aplauden. Y me ubico en una mesa grande, muy grande. Con un micrófono de esos que solían poner incómoda a Cristina Fernández: de dos patitas curvas y dos bolitas en la punta de cada una de ellas.
El sillón en que me siento es impresionante. (Después me dirán que es el sillón del jefe del Ejército, que en él se sentaron Lanusse y Videla...)
Hablo exactamente una hora y cuarenta y cinco minutos.
Mi abordaje es sencillo, pero (creo) apropiado.
Digo que este país – a partir de su gran libro fundacional – fue concebido desde el antagonismo irresoluble de la civilización y la barbarie.
Que, sin embargo, ese antagonismo estaba superado en el mismo libro que lo planteó. “Porque el Facundo sarmientino es, entre muchas otras cosas, una historia de amor. El amor, el encantamiento de Sarmiento por el protagonista de su obra, Juan Facundo Quiroga.”
Nadie escribió sobre Quiroga como él.
Tanto lo inspiró que produjo una obra inmortal que, a su vez, inmortalizó a su protagonista.

Para Sarmiento, hombre de la civilización, de las luces de la razón occidental, de la elite ilustrada, Facundo era el Otro, lo absolutamente Otro.
Era la barbarie, lo inintegrable.
Sin embargo, es sobre él que escribe.
No sobre Paz. Ni sobre Rivadavia. Ni sobre Lavalle. Ni sobre Moreno.
Escribe sobre el bárbaro caudillo del bosque de pelo.
Sabe que es la “figura más americana de la revolución”.
De Santos Pérez, el “gaucho malo”, que habrá de matarlo en Barranca Yaco dice que podría haber sido como él, pero, con sus vicios, “sólo llegó a ser su asesino”.
Sarmiento advierte – en los mejores momentos de su libro – que Quiroga es una parte de él, que él necesita esa parte, que esa parte lo completa.
Sin ella es un argentino a medias.

Luego les hablo del Poema conjetural de Borges y les cuento cómo Narciso de Laprida, que proclamó la independencia de “estas crueles provincias”, siente en su garganta el “íntimo cuchillo” del gaucho de la montonera del fraile Félix Aldao que lo ultima.
Que al sentir ese cuchillo, íntimo, siente que se une a su destino sudamericano. Que él, un hombre de cánones, de dogmas y latines, no estaba completo.
Que ahora, cuando la barbarie se le une, cuando se le une en su muerte, la cifra de su vida encuentra su perfección que acaso soñó Dios desde el comienzo.
Ese adjetivo, íntimo, remarcó, es quizá el más perfecto y el más imprescindible de los tantos que escribió Borges, muchas veces innecesariamente.
Que estos dos grandes escritores, pertenecientes a la elite, descubrieron que el país era una totalidad.
Era la civilización y era la barbarie.

Hoy está lejos de ser esa totalidad.
El único sistema que ha quedado en pie del catastrófico siglo XX ha sido el capitalista.
Yo no adhiero al capitalismo porque es un sistema cuyo axioma esencial es la desigualdad.
Pero han fracasado los socialismos que intentaron ser su superación.
Ahora tenemos al capitalismo. Pero, pese a tener en su esencia consagrada la desigualdad, no por eso es el sistema de la exclusión y del hambre.
Que nunca hubo tantos seres humanos hambreados en la historia de la humanidad.
Debemos luchar contra la exclusión.
Porque la desigualdad se transformó en la expulsión de la dignidad de la sociedad civil de millones de seres que antes tenían trabajo.
Porque antes había un capitalismo de la producción y (desde el noventa, con el triunfo del neoliberalismo) hay un capitalismo que hace sus grandes negocios con el dinero.
La clase obrera ha desaparecido. Porque no hay fábricas. Porque no hay producción.
Al desaparecer la clase obrera, aquel que antes era un digno trabajador se ha visto arrastrado a la delincuencia.
Me animo a llegar a fondo y les digo: “Señores, la delincuencia es, en la Argentina y en casi toda América, el nuevo y triste rostro de la antigua clase obrera”.
No podemos permitir un país así.
Sarmiento soñó con un país para todos. Hasta a Quiroga lo inmortalizó de tanto quererlo, de tanto admirarlo, de tanto necesitar su grandeza histórica para hacer su gran libro.
“Por último, me voy a permitir pedirles que nunca más ensucien sus armas poniéndolas al servicio de los intereses de los poderosos.
Lanusse le dijo a Videla: ‘¿Cómo vamos a educar a nuestros oficiales si ven a sus compañeros y hasta a sus superiores salir todas las noches con capuchas, como delincuentes?’ 
Videla no lo escuchó, lo puso bajo arresto.
Pero Lanusse defendía la pureza de un Ejército que amaba y al que no quería ver enlodado en las bajas tareas de la clandestinidad.
También quiero agradecerles que el año pasado, en el conflicto entre el Gobierno y el llamado ‘campo’, no hayan cedido a las presiones que habrán soportado.
Sólo un tanque en la calle les faltaba a los golpistas. Lo tenían todo.
Los medios exaltados. La clase media furiosa. Lo oligarquía rural en un inédito estado de beligerancia.
No tenían, seguramente, el apoyo de Estados Unidos.
Y tampoco tuvieron el de ustedes. Gracias en nombre de la democracia argentina.
Que no sea posible un país igualitario no significa que las desigualdades condenen a tantos argentinos a la desesperación.
Un país para todos, en el que todos trabajen dignamente, coman, se vistan, aprendan.
Un país en el que los niños estudien y no se desmayen por hambre en las aulas.
Nadie sabe si es posible. Pero debemos saber que es necesario.”

Aplaudieron impecablemente. Pero, durante toda la conferencia, permanecieron impertérritos, hasta diría: inconmovibles.
Se me acercó el general Bruera y me dio un abrazo.
A Bernetti se lo veía muy feliz. Me dieron una pequeña medalla.
Y luego Bruera me dijo: “Profesor, ahora tenemos que salir. Porque hasta que usted no salga ellos no se van a mover de sus asientos”.

Salí y aproveché para saludarlos con gentiles movimientos de cabeza que respondieron.
Llegué a mi casa y puse a un costado de mi escritorio la medalla que me dieron.
Jamás pensé tener algo así.
Bernetti me llamó al día siguiente y me dijo que todo había salido formidable.
Es posible.
A mí me habría gustado ver algún gesto en esos rostros.
Sólo dos, en el costado izquierdo, asintieron un par de veces. El resto, nada.
Y ésa fue mi conferencia en el Edificio Libertador de las Fuerzas Armadas argentinas.

Ojalá haya servido para algo. Creería que sí.
Que acaso aún falte tiempo para que los militares puedan escuchar a un civil y aceptar que ese civil quiere tanto a la patria como ellos y está también dispuesto a defenderla.
Desde otras posiciones, por supuesto.

LOS RESISTENTES, de José Pablo Feinmann

Ahora son viejitos. O están viejitos. Porque serlo, no lo son.
Aunque vacilen al hablar o el Parkinson asome aquí y allá.
Esta gente no envejece.
Protagonizó una de las luchas más puras de nuestra historia. La hicieron al margen de la conducción de Perón.
La hicieron desde el corazón de las masas.
No mataron a nadie. “Nosotros no matamos a nadie.”

Llevaron adelante una huelga ejemplar respaldada por todo un barrio populoso y proletario: Mataderos.
Hicieron, así, la Comuna de Mataderos, pero hablada en el idioma del Buenos Aires obrero, de los perseguidos por la “Libertadora”, de los que estaban dispuestos a no ceder, a no humillarse, a seguir peleando.

Si Alejandro Fernández Mouján mostró en su film anterior, Pulqui, cómo era “la patria de la felicidad”, en éste nos muestra la patria de la persecución y de la resistencia a esa persecución.
Los que toman la palabra son los veteranos luchadores.
Uno de ellos dice que la lucha que protagonizaron (La Resistencia) “está oculta. No la quiere levantar nadie”.
Por supuesto: nadie tiene ni tuvo mucho interés en levantarla.

Si bien la Jotapé la reconoció siempre como antecedente, era sólo eso: un comienzo, un balbuceo.
Incluso en esa estrofa que le añade a la Marcha Peronista está expresada la imposibilidad de entender el germen, el núcleo esencial de la Resistencia:
Ayer fue la Resistencia
Hoy Montoneros y FAR
Y mañana el pueblo entero
en la lucha popular.

Error, grave error.
¿Cómo tantos podían vocear una consigna tan mal construida?
¿Nadie se daba cuenta?
La consigna debió ser: Y por siempre el pueblo entero/ en la lucha popular.

¿Cómo el pueblo va a estar recién mañana en una lucha que se define popular?
¿Cómo va a ser popular una lucha que no tiene pueblo?
Ahí está el iluminismo de la vanguardia foquista. Ellos son el pueblo.
El pueblo, todavía, no está en la lucha que se hace en su nombre porque le falta, porque no está preparado o no está organizado.
Falso: si no está el pueblo, la lucha no es popular.
Podrá ser foquista, vanguardista, el germen de un Vietnam, lo que se quiera.
Pero no popular.
(Vietnam fue popular porque la lucha la hizo un ejército con una gran conducción y el apoyo de todo un pueblo. No fue por azar que ganaran.)

Hubo, en las guerrillas latinoamericanas, un error fatal: creer que se podía luchar en nombre del pueblo pero sin el pueblo.
Los resistentes de la Resistencia Peronista eran el pueblo.
Por eso la continuidad que marca la versión montonera de la marchita es errónea:

Ayer fue la Resistencia
Hoy Montoneros y FAR.

No es así.
Montoneros y FAR no son la continuidad de la Resistencia.
La Resistencia estaba formada por obreros.
Las formaciones especiales (que Perón bautizo bien: especiales, para una etapa especial de la lucha) no nucleaban obreros, sino jóvenes de la mediana burguesía, educados, con lecturas, con instrucción militar en Cuba y con la lucha armada como metodología principal de la praxis.
La Resistencia es anterior a la Revolución Cubana.
Nace – como bien dicen los militantes que filma Fernández Mouján – el 16 de junio de 1955.
Es decir, retornado a la queja que estamos analizando (¿por qué nadie recuerda, nadie levanta a la Resistencia Peronista?) tenemos una primera respuesta: la Tendencia Revolucionaria del ’70 la levanta mal.
Desde el foquismo, no desde las masas.

¿Quién más pudo haberla levantado? ¿Perón?
No: la Resistencia fue la más importante acción de lucha del pueblo peronista, pero se dio al margen de la conducción de Perón.
Los viejitos de Fernández Mouján son peronistas, pero no esperan ni carta de Perón, ni comunicación telegráfica o telefónica ni el famoso casete del grabador Geloso de la época.
No esperan nada. No pueden esperar. Se han largado a pelear por su cuenta.
Incluso la dura condena que Perón arroja sobre el levantamiento de Valle tiene ese raro tufillo: se hizo sin la orden correspondiente, sin el visto bueno del Padre Eterno. Por eso fracasó. Fue prematura.

Claro: él no la había ordenado, ¿cómo no habría de ser prematura?
Los resistentes no pueden ser levantados por el líder porque el líder no los condujo.
La Resistencia tendría que haber sido levantada por el Movimiento Obrero, pero, una vez derrotada, los jerarcas de la conducción sindical se olvidan de la lucha y adhieren al diálogo, a la conciliación, al pacto, a la negociación infinita.
Se acabó la lucha. Y no hay nadie más.
Los comunistas – aunque participaron – nunca se llevaron bien con los obreros peronistas.
Los radicales, ni hablar. Partido de clase media, siempre pacta con el régimen antes de hablar con los obreros.

Por eso es tan valioso este film. Hay que verlo. (Se da en el Malba. Hay que verlo pronto para que no baje. Si no, los resistentes van a sufrir otra tristeza: haber tenido poco tiempo para que la gente los conozca, para contar su apasionante historia.)
Hay que escucharlos y hay que mirarles las caras curtidas por los años y por las luchas que protagonizaron.
Son Eladio “Tate” Martínez, Enrique “Chiche” Pecorino, Jorge Vázquez, Juan Carlos “El Negro” Cena, Rafael Cullen y Reynaldo Mena.
Ellos miran a la cámara y hablan.
Y dicen muchas cosas memorables:
“¿Qué nos dio el peronismo? El coraje de discutirle a un patrón.
¿Vos sabés lo que es discutirle a un patrón? ¿Lo que era eso en 1946, 1947? Era increíble. Y nosotros lo hacíamos.
Con el peronismo habíamos aprendido que teníamos el derecho de hacerlo. Que el patrón no era el mandamás al que había que tenerle miedo.
No, era un tipo como cualquier otro.
Y nosotros le discutíamos.

Si le pedíamos aumento de sueldo, nos decía: ‘Andá a pedírselo a Perón’.
Si queríamos vacaciones, lo mismo: Perón, que te las dé él.
Era una venganza. Los habíamos ofendido.
Porque el obrero – con el peronismo – empezó a tener dignidad.
¡Empezó a ir a Mar del Plata!
De pronto, los patrones que paseaban cómodos y tranquilos por la Rambla nos vieron aparecer a los negros ¡haciendo lo mismo!
No lo podían creer.
Iban a los cines del centro. Al Gran Rex. O al Opera. Y de pronto se les sentaba un negro al lado.
Ahí les nació el odio.

Si llevábamos una carretilla y la teníamos que dejar 10 metros más allá pero sonaba el timbre del mediodía, ¡a la mierda!, dejábamos la carretilla donde estaba.
Exactamente en el punto al que había arribado no bien llegó el timbre. Algunos decían: ‘¡Negro hijo de puta! Llevá la carretilla ésa adonde tiene que estar’.
‘Llevala vos. Yo trabajo hasta que suena el timbre. Ahí, el tiempo es mío’.
Nos odiaban. Por eso se vengaron tan fieramente.
El decreto 4161. Si decías Perón o Evita, si cantabas la Marcha ibas en cana. ¡Y cómo picaneaban, hermano!”

“Yo – dice otro – salía con el escudito peronista en la solapa, pero lo daba vuelta para que no se viera.
A veces, un cana me bloqueba el paso. ‘¿Qué llevás ahí?’
‘¿Dónde?’
‘¿Cómo dónde? En la solapa, atorrante. Dalo vuelta, vamos.
’ Yo lo daba vuelta y el cana veía el escudito. Me decía: ‘Boludo, te puedo meter en cana un mes o más por eso?
Yo le sonreía.
Me le acercaba un cachito y le decía: ‘Dale, si vos también sos peronista’.
El cana se sonreía, pero como conteniéndose.
Por fin, decía: ‘Andate. Pero cuidate más. No te regalés. No todos son como yo’.”

Las reuniones se hacían en las cocinas. Ahí se juntaban los morochos de la Resistencia. 
Le decían la militancia de las cocinas.
A uno no le gustaba que le dijeran Negro.
“¿Cómo Negro, carajo?” – decía –. “Yo soy un morocho sudamericano.”
Iban a bailar. A los clubes de barrio. A las milongas.
Las mujeres contra una pared. Los hombres, contra otra.
A las mujeres les decían “Teneme el chico”.
Porque no tenían dónde dejar a los pibes y eran madres solteras.
Entonces, si algún morocho sudamericano las cabeceaba para bailar, ellas le decían a la amiga que tenían al lado: “Teneme el chico”.

Eran todos laburantes. Todos tenían que ver con algún gremio.
El PC buscaba unírseles. Pero sus militantes no querían cantar la Marchita.
Ahí se armaba. Había canas jóvenes que colaboraban.
Toda la primera resistencia – hasta 1960 – fue cerradamente peronista.
No hubo izquierda.
Pero no porque fuera rechazada. Sino por otro motivo: no se presentó.

La izquierda era culta y discutía en revistas – que los resistentes no podían conoce – si el peronismo había sido un fenómeno nacional burgués, bonapartista o, sin más, fascista.
Por qué no había hecho la reforma agraria, por qué no había expropiado a los Bemberg, por qué sólo fue un fenómeno distributivo y no revolucionario.
Entre tanto, los obreros ponían caños. Hacían sabotajes.
Eran sacados de sus casas. O los milicos entraban en las villas.

No hubo ni habrá nada como la Resistencia Peronista.
La hizo el coraje y la lucidez de los auténticos obreros.
No la condujo Perón. Ni pensaron en la lucha armada, en matar a alguien.
Se reunieron en las cocinas y la huelga del frigorífico Lisandro de la Torre fue ejemplar.
La tuvieron que liquidar cruelmente con tanques Sherman y 2000 soldados.
Bajo el Conintes de Frondizi.
Pero nada podrá detener la lucha de los desposeídos, de los condenados.
No significa que van a ganar. Eso nadie puede decirlo. Y ya se dijo demasiado.
No. Significa que van a seguir peleando.

Porque un día – en plena lucha de la Resistencia – apareció una pintada en un pequeño lugar que llevaba por nombre Villa Manuelita.
Y expresa el empecinamiento de los hombres por pelear hasta el fin por eso que los hace – precisamente – hombres, su libertad.
La pintada decía: 
"Los yankis, los rusos y las potencias reconocen a la Libertadora.
Villa Manuelita no."

QUÉ SIGNIFICA HOY EL ETERNAUTA, de José Pablo Feinmann

La derecha ignorante y torpe que pretende gobernar en la Argentina ha cometido otro de sus grandes desatinos.
Más grave que el del policía Palacios con el que pretendía cuidar nuestra seguridad.
Más grave que la designación del desdichado y resentido Abel Posse, lleno de odio hacia los jóvenes.
No, este error ofende profundamente a nuestra cultura y a la concepción de la defensa de la vida en la Argentina.

Aclaremos: ¿por qué El Eternauta es el símbolo de los nuevos jóvenes y también de los veteranos como el que escribe esta nota?

Oesterheld nace en 1919.
Fue el maestro de nuestra generación. De la generación que creció durante los años cincuenta.
Hizo las mejores historietas (o literatura dibujada, como exactamente definió ese arte Oscar Masotta) de esos años.
Primero en la revista Misterix, luego en Hora Cero y Frontera.
Sé que esto no significa nada para el político joven, tan joven que lo desconoce todo, que gobierna la “culta” ciudad de Buenos Aires, que lo ha preferido dos veces contra un verdadero, auténtico intelectual como lo es Daniel Filmus.
Pero eso ya está.

Ahora tenemos al pibe, al hijo de un sólido hombre de negocios que ha acumulado una fortuna tan enorme que puede imponerlo todo o casi todo (aunque, según creo, no se siente muy orgulloso de su vástago, de su eterno recién venido al mundo, que ni hablar sabe, ya que tienen que soplarle al oído lo que debe decir).
Detengámonos en este aspecto (no lateral) de la personalidad del joven Macri: a él le soplan al oído porque ignora el ABC del arte de la política.
Simplemente estaba más cómodo en las farras de los noventa que en la densidad histórica de la América latina del siglo XXI.

Como a él le tienen que “soplar”, supone que a los jóvenes de La Cámpora o del Movimiento Evita y otras agrupaciones también “les soplan”.
Les soplan los perversos que quieren hacer de ellos otra cosa de lo que deberían ser.
Y ellos (al ser ya eso que no “deberían ser”, al haber sido sometidos por el Mal) les “soplan” a los otros niños lo que a ellos les soplaron, tratan de convertirlos en lo que ellos son, tratan de infiltrarse en sus mentes.
La palabra infiltración es la palabra fundante de la derecha, sobre todo en el campo de la educación.
Cuando mataron (en 1976) a los curas palotinos de la iglesia de San Patricio, los carniceros escribieron en las paredes: “Esto les pasa por envenenar las mentes de nuestros jóvenes”.
Uno se pregunta: ¿no harían lo mismo si pudieran?
Posiblemente: la derecha es tan cruel como cada coyuntura se lo permite.
Ya habrá algún organismo que tiene bien anotados en un fichero infame los nombres de los que tratan (hoy) de robarles lo que “esencialmente” les pertenece: la Patria, que es “la casa”.
Y si algo quieren es eso: que no les tomen la casa.

Veamos: tratemos de que el pibe entienda.
Oesterheld (salvando las terribles barreras ideológicas) fue, para mi generación, nuestro Walt Disney.
Sólo que no era macartista, ni la jugaba para el lado del imperio.
Pero fue alguien que deslumbró, que iluminó nuestra imaginación, que la disparó hacia lo infinito.
Hoy, todavía, yo podría dibujarle al pibe un Sargento Kirk en menos de cuatro minutos.
Me inscribí en una Escuela de Dibujo, a los seis o siete años, para poder hacerlo.
También podría dibujarle un Pato Donald, porque también lo amé de niño, y a Mickey (menos) y al Super Ratón: muchísimo.
(Le puedo dibujar un Súper Ratón en tres minutos. Cuando quiera se lo hago. Así se entretiene con héroes que le seguirán gustando, ya que puede entender sus adorables andanzas, no las de Juan Salvo. No se preocupe: a mí también me gustan, ya que nunca dejaré de ser un niño.)

Pero (además de serlo) crecí, sufrí, me hice hombre y nunca olvido, sobre todo, a Juan Salvo y sus compañeros.
Primero me enamoré del Sargento Kirk, un desertor del Séptimo de Caballería que tomaba una decisión que marcaría su vida: elegía estar con los indios y no con su ejército.
Elegía estar del lado de los indios.
Vea, eso nos enseñó Oesterheld: a estar del lado de los indios, de los que siempre pierden, de los desplazados, de los masacrados, de las víctimas.
Max Horkheimer decía: “Sólo una historia merece ser escrita: una que siempre mire desde el lado de las víctimas”.
(Otro día le explico quién fue Max Horkheimer. ¡No le voy a hablar de la Escuela de Frankfurt cuando está en juego la vida del Eternauta!)

Hacia fines de los cincuenta (vea, fue el 4 de septiembre de 1957), en Hora Cero, aparece El Eternauta.
La historieta era más que novedosa.
Ante todo, sucedía en nuestro país, en Buenos Aires.
Por esos años estábamos también subyugados por las revistas mexicanas.
Que copiaban a las de EE.UU. y traían a los personajes de los dibujos animados.
Pero esto era distinto, otra cosa.
Era una historieta “para grandes”.
Oesterheld ya nos sentía crecidos. Y nos largaba El Eternauta para que entendiéramos las asperezas de la vida.
Juan Salvo (el argumento se sabe) juega al truco con sus amigos en la buhardilla de su casa. Empieza a nevar. Esa nevada mata.
En 1982, en Super Humor, escribí una nota que se llamaba “La nieve de la muerte cae para todos”.
Ya identificaba a la nevada asesina con la dictadura de Videla.

En 1981, en Medios y Comunicación, Juan Sasturain había publicado su memorable Carta al Sargento Kirk.
Cuando le habla de Oesterheld, el viejo, le dice que le fue mal.
Que siguió siempre eligiendo a los indios.
Pero “perdió amigos, el buen nombre en las editoriales, cuatro hijas. No es mucho en un país lleno de sangre; es demasiado para un hombre solo”.

A partir de 1975 (le aclaro, pibe, para que vea qué difícil es todo), no estuve de acuerdo con los indios a los que se unió Oesterheld. Me fui con otros.
Pero el Gran Cacique se había muerto y la confusión era muy grande.
Entre otros motivos, porque el Gran Cacique también se había equivocado, y mucho.
Decían que estaba enfermo. Pero su enfermedad tenía una sintomatología que siempre lo llevaba a cagarnos a nosotros, los indios jóvenes que lo habían traído al país.
No sé si hay síntomas de izquierda o de derecha, pero le aseguro que los del viejo eran de derecha. Y que nos jodió fiero.
Sin embargo, Oesterheld siguió con otros pequeños caciques de una pequeña tribu a la que ya no seguían las grandes mayorías de las grandes tribus que el Gran Caudillo, al menos, había sabido convocar.
En fin, ésta es una cuestión interna. A usted le interesa otra.
Que no les arruinen la mente a sus pibes, ahí, en las escuelas.

Le cuento un poco más.
Sasturain termina su Carta a Kirk de un modo positivo y (¡ya lo creo!) corajudo para los años que corrían: lo invita a volver a luchar.
“Supongamos (...) que hay algo urgente por hacer y con sentido: salvar a la muchacha, defender a los indios o cualquier otra causa abierta. En eso estamos.”

La nieve que empieza a caer en marzo de 1976 cae para todos y a todos mata.
No pregunta, asesina. No hay justicia.
Ni para los indios que eligieron pequeños caciques que se fueron a pelear desde la distancia, una gran, gran distancia protectora.
Ni para los indios que murieron en insensatas contraofensivas que los soldados de la caballería enemiga, racista y criminal exterminó de la peor manera.
Ni para los indios que no teníamos caciques, pero tampoco paz.
Porque estábamos en el país de la muerte.
Ese país era el de nueva nevada.
Todos los que la nieve mataba eran inocentes.
Porque la nieve asesina no preguntaba, no tenía ni respetaba leyes; culpables eran todos.
Mataba sin juicio previo. Sin fiscales ni defensores.

Y los indios que caían no regresaban jamás. Sus familias pedían por ellos y nada. No había un cuerpo sobre el que llorar.
Una tumba donde ofrecerle reposo y llorarlo y hasta rezarle o hablarle, locamente hablarle.
Así se fue Oesterheld. Se lo llevaron, lo desaparecieron.
Y a sus cuatro hijas: Beatriz (19 años), Diana (24), Estela (25) y Marina (18).
En cautiverio, se dice (y seguramente es cierto: aunque, ¿puede usted concebir un sadismo tan exasperado, pibe, cree que algo de esto yace en cualquier mensaje que provenga de El Eternauta o del Nestornauta que tan obsedido lo tiene?), le mostraron, con macabra prolijidad, las fotos de los cadáveres de sus cuatro hijas.
¿Cuánto tiene que sufrir un hombre?
¿Cómo la bestialidad humana, el asqueante sadismo, el placer por el dolor del otro, pueden llegar a atrocidades tan inconcebibles?
Acláreme ese punto, por favor.

Nuestra generación amó a Héctor Oesterheld y se crió leyendo sus excepcionales historias, su literatura dibujada.
Ahora, mañana mismo, voy a seguir dando un curso que trata sobre la literatura en tanto compromiso político.
Los grandes autores que he elegido son: Borges, Walsh y Oesterheld.
Creo que es la primera vez que Héctor Germán está ubicado donde merece: entre los más grandes escritores de nuestro país.
El Eternauta es, para nosotros, el símbolo del héroe que lucha junto con sus amigos contra la Muerte.
Luego conocimos esa Muerte. La padecimos.
Perdimos amigos. Familiares, muchos se fueron. O fuera del país o arrojados vivos al Río de la Plata, cuyas aguas, desde entonces, son símbolo de la muerte.
Los hijos de nuestra generación encontraron – por fin – un político que les pareció primero confiable, luego querido y después se les murió.
Ese político – en un 25 de mayo de 2005 – dio un discurso y la televisión lo tomó en primer plano y detrás de él estaba... ¡la madre del Eternauta!
¿Puede creerlo, pibe?
Estaba Elsa Sánchez de Oesterheld, que lloró a su marido (al que culpó durante mucho tiempo y al que luego entendió y hoy ha vuelto a amarlo), que lloró a sus cuatro hijas, a un yerno y a un nieto.
Estaba porque ese político sabía quién era.

Nadie, ningún periodista, al día siguiente, sacó una nota sobre el hecho.
No reconocieron a Elsa.
Yo sí, y seguramente otros también.
Pero – para alegría de Elsa, que tanto necesita alegría y vida y afecto, en fin: que la amen – publiqué al día siguiente, en este diario por supuesto, una contratapa que se llamaba: Elsa en el palco del 25.

Vea, pibe, si de ahí, al menos inconscientemente hubiera surgido un empujón, aunque pequeño, que llevara – con justicia – a identificar a ese político (usted sabe: a Néstor Kirchner, que también se les murió a los jóvenes que tanto lo lloraron) con El Eternauta estaría tan orgulloso que el corazón me golpearía el pecho como un caballo desbocado.
(¿Sabe la fuerza, la potencia de un caballo desbocado? Pregúnteles a sus amigos de la Sociedad Rural, que tanto bendijo el golpe que nos llevó a Oesterheld.)

En fin, para resumir y que usted (y quienes lo rodean o, absurdamente, creen que usted puede gobernar si no le soplan) entiendan algo: El Eternauta fue el símbolo de mi generación, de esa “generación diezmada” que Kirchner mencionó en su primer discurso, y los jóvenes de hoy lo saben y han decidido que también sea el de ellos; el símbolo, ¿no?

El símbolo de la lucha por un país más justo, más libre, más democrático, que respete de una vez para siempre a todos los indios, a todos los morochos y a toda la buena gente.
Ese es el mensaje.
Eso significa el tan temido (por usted y sus consejeros: porque usted, y disculpe, sin consejeros: nada) Nestornauta.

Nada mejor que ese mensaje de vida y de respeto por el otro.
Y de amor por la política como medio de transformar un mundo a todas luces injusto, el mundo que usted representa, y de transformarlo sin violencia (porque la lección se aprendió: con la violencia se pierde porque es el arma más poderosa de los soldados y tienen muchas y tienen una crueldad y un desdén por la vida que nadie de los de este lado podrá tener jamás) y con respeto por los otros y por la igualdad, por la justicia, por el mundo de los héroes anónimos pero unidos, por los héroes como El Eternauta.

Ojalá estas líneas sirvan para que usted comprenda a los jóvenes de hoy, que no son los que están de su lado.
Aunque, tal vez, hasta ellos entiendan y se vengan para aquí, para el lado de los indios, de los hijos de las víctimas.
De Oesterheld.

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