martes, 25 de noviembre de 2014

"PUTO EL QUE LEE ÉSTO", de Roberto Fontanarrosa

“Puto el que lee esto.”
Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato.

Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta.
Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora.
Lo leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta.
Eso es literatura.
Eso es desafiar al lector y comprometerlo.
Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiese tenido a mí como lector consecuente.
Eso es un escritor.
Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa.
El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo.
“Puto el que lee esto”, y a otra cosa.
Si te gusta, bien y si no también, a otra cosa, mariposa.
Hacete cargo y si no, jodete.
Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo.
“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento...”
Mierda. Mierda pura.
Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior, y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Mac Donald.
Ojalá se me hubiese ocurrido a mí un comienzo semejante.
Ese es el golpe que necesita un lector para quedar inmovilizado.
Un buen patadón en los huevos que le quite el aliento y lo paralice. Ahí tenés, escapate ahora, dejá el libro y abandoname si podés.
No me muevo bajo la influencia de consejos de maricones como Joyce, o el inútil de Tolstoi.
Yo sigo la línea marcada por un grande, Carlos Monzón, el fantástico campeón de los medio medianos.
Pumba y a la lona.
Paf... el piñazo en medio de la jeta y hombre al suelo.
Carlitos lo decía claramente, con esa forma tan clara que tenía para hablar.
“Para mí el rival es un tipo que le quiere sacar el pan de la boca a mis hijos.”
Y a un hijo de puta que pretenda eso hay que matarlo, estoy de acuerdo.
El lector no es mi amigo.
El lector es alguien que les debe comprar el pan a mis hijos leyendo mis libros.
Así de simple. Todo lo demás es cartón pintado.
Entonces no se puede admitir que alguien comience a leer un libro escrito por uno y lo abandone.
O que lo hojee en una librería, lea el comienzo, lo cierre y se vaya como el más perfecto de los cobardes.
Allí tiene que quedar atrapado, preso, pegoteado.
“Puto el que lee esto.”
Que sienta un golpe en el pecho y se dé por aludido, si tiene dignidad y algo de virilidad en los cojones.
“Es un golpe bajo”, dirá algún crítico amanerado, de esos que gustan de Graham Greene o Kundera, de los que se masturban con Marguerite Yourcenar, de los que leen Paris Review y están suscriptos en Le Monde Diplomatique.
¡Sí, señor - les contesto -, es un golpe bajo!
Y voy a pegarles uno, cien mil golpes bajos, para que me presten atención de una vez por todas.
Hay millones de libros en los estantes, es increíble la cantidad alucinante de pelotudos que escriben, hoy por hoy, en el mundo, y que se suman a los que ya han escrito y escribirán.
Y los que han muerto, los cementerios están repletos de literatos. No se contentan con haber saturado sus épocas con sus cuentos, ensayos y novelas, no.
Todos aspiraron a la posteridad, todos querían la gloria inmortal, todos nos dejaron los millones de libros repulsivos, polvorientos, descuajeringados, rotosos, encuadernados en telas apolilladas, con punteras de cuero, que aún joden y joden en los estantes de las librerías.
Nadie decidió, modesto, incinerarse con sus escritos.
Decir: “Me voy con rumbo a la quinta del Ñato, y me llevo conmigo todo lo que escribía, no los molesto más con mi producción”, no.
Ahí están los libros de Molière, de Cervantes, de Mallea, de Corín Tellado, jodiendo, rompiendo las pelotas todavía en las mesas de saldos.
Sabios eran los faraones que se enterraban con todo lo que tenían: sus perros, sus esposas, sus caballos, sus joyas, sus armas, sus pergaminos llenos de dibujos pelotudos, todo.
Igual ejemplo deberían seguir los escritores cuando emprenden el camino hacia las dos dimensiones, a mirar los rabanitos desde abajo, otra buena frase por cierto.
“Me voy, me muero, cagué la fruta - podría ser el postrer anhelo -. Que entierren conmigo mis escritos, mis apuntes, mis poemas, que total yo no estaré allí cuando alguien los recite en voz alta al final de una cena en los boliches.”
Que los quemen, qué tanto.
Es lo que voy a hacer yo, téngalo por seguro, señor lector.
Millones de libros, entonces, de escritores importantes y sesudos, de mediocres, tontos y banales, de señoras al pedo que decidían escribir sus consejos para cocinar, para hacer punto cruz, para enseñar cómo forrar una lata de bizcochos.
Pelotudos mayores que dedicaron toda su vida, toda, al estudio exhaustivo de la vida de los caracoles, de los mamboretás, de los canguros, de los caballos enanos.
Pensadores que creyeron que no podían abandonar este mundo sin dejar a las generaciones futuras su mensaje de luz y de esclarecimiento.
Mecánicos dentales que supusieron urgente plasmar en un libro el porqué de la vital adhesividad de la pasta para las encías, señoras evolucionadas que pensaron que los niños no podrían llegar a desarrollarse sin leer cómo el gnomo Prilimplín vive en una estrella que cuelga de un sicomoro, historiadores que entienden imprescindible comunicar al mundo que el duque de La Rochefoucauld se hacía lavativas estomacales con agua alcanforada tres veces por día para aflojar el vientre, biólogos que se adentran tenazmente en la insondable vida del gusano de seda peruano, que cuando te descuidás te la agarra con la mano.
Allí, a ese mar de palabras, adjetivos, verbos y ditirambos, señores, hay que lanzar el nuevo libro, el nuevo relato, la nueva novela que hemos escrito desde los redaños mismos de nuestros riñones.
Allí, a ese interminable mar de volúmenes flacos y gordos, altos y bajos, duros y blandos, hay que arrojar el propio, esperando que sobreviva.
Un naufragio de millones y millones de víctimas, manoteando desesperadamente en el oleaje, tratando de atraer la atención del lector desaprensivo, bobo, tarado, que gira en torno a una mesa de saldos o novedades con paso tardío, distraído, pasando apenas la yema de sus dedos innobles sobre la cubierta de los libros, cautivado aquí y allá por una tapa más luminosa, un título más acertado, una faja más prometedora.
Finge. El lector finge.
Finge erudición y, quizás, interés.
Está atento, si es hombre, a la minita que en la mesa vecina hojea frívolamente el último best - seller, a la señora todavía pulposa que parece abismarse en una novedad de autoayuda.
Si es mujer, a la faja con el comentario elogioso del gurú de turno. Si es niño, a la musiquita maricona que despide el libro apenas lo abre con sus deditos de enano.
Y el libro está solo, feroz y despiadadamente solo entre los tres millones de libros que compiten con él para venderse.
Sabe, con la sabiduría que le da la palabra escrita, que su tiempo es muy corto.
Una semana, tal vez. Dos, con suerte.
Después, si su reclamo no fue atractivo, si su oferta no resultó seductora, saldrá de la mesa exclusiva de las novedades VIP diríamos, para aterrizar en algún exhibidor alternativo, luego en algún estante olvidado, después en una mesa de saldos y por último, en el húmedo y oscuro depósito de la librería, nicho final para el intento fracasado.
Ya vienen otros - le advierten -, vendete bien que ya vienen otros a reemplazarte, a sacarte del lugar, a empujarte hacia el filo de la mesa para que te caigas y te hagas mierda contra el piso alfombrado.
No desaparecerá tu libro, sin embargo, no, tenelo por seguro.
Sea como fuere, es un símbolo de la cultura, un icono de la erudición, vale por mil alpargatas, tiene mayor peso específico que una empanada, una corbata o una licuadora.
Irá, eso sí, con otros millones, al depósito oscuro y maloliente de la librería.
No te extrañe incluso que vuelva un día, como el hijo pródigo, a la misma editorial donde lo hicieron.
Y que quede allí, al igual que esos residuos radioactivos que deben pasar una eternidad bajo tierra, encerrados en cilindros de baquelita, teflón y plastilina para que no contaminen el ambiente, hasta que puedan convertirse en abono para las macetas de las casas solariegas.
De última, reaparecerá de nuevo, Lázaro impreso, en la mano de algún boliviano indocumentado, junto a otros dos libros y una birome, como oferta por única vez y en carácter de exclusividad, a bordo de un ómnibus de línea o un tren suburbano, todo por el irrisorio precio de un peso.
Entonces, caballeros, no esperen de mí una lucha limpia.
No la esperen.
Les voy a pegar abajo, mis amigos, debajo del cinturón, justo a los huevos, les voy a meter los dedos en los ojos, y les voy a rozar con mi cabeza la herida abierta de la ceja.
“Puto el que lee esto.”
John Irving es una mentira, pero al menos no juega a ser repugnante como Bukowski, ni atildadamente pederasta como James Baldwin.
Y dice algo interesante uno de sus personajes por ahí, creo que en El mundo según Garp:
“Por una sola cosa un lector continúa leyendo. Porque quiere saber cómo termina la historia”.
Buena, John, me gusta eso.
Te están contando algo, querido lector, de eso se trata.
Tu amigo Chiquito te está contando, por ejemplo en el club, cómo al imbécil de Ernesto le rompieron el culo a patadas cuando se puso pesado con la mujer de Rodríguez.
Vos te tenés que ir, porque tenés que trabajar, porque dejaste la comida en el horno, o el auto mal estacionado, o porque tu propia mujer te va a armar un quilombo de órdago si de nuevo llegás tarde como la vez pasada.
Pero te quedás, carajo.
Te quedás porque si hay algo que tiene de bueno el sorete de Chiquito es que cuenta bien, cuenta como los dioses y ahora te está explicando cómo el boludo de Ernesto le rozaba las tetas a la mujer de Rodríguez cada vez que se inclinaba a servirle vino y él pensaba que Rodríguez no lo veía.
No te podés ir a tu casa antes de que Chiquito termine con su relato, entendelo.
Mirás el reloj como buen dominado que sos, le pedís a Chiquito que la haga corta, calculás que ya te habrá llevado el auto la grúa, que ya se te habrá carbonizado la comida en el horno, pero te quedás ahí porque querés eso que el maricón de John Irving decía con tanta gracia: querés saber cómo termina la historia, querido, eso querés.
Entonces yo, que soy un literato, que he leído a más de un clásico, que he publicado más de tres libros, que escribo desde el fondo mismo de las pelotas, que me desgarro en cada narración, que estudio concienzudamente cómo se describe y cómo se lee, que me he quemado las pestañas releyendo a Ezra Pound, que puedo puntuar de memoria y con los ojos cerrados y en la oscuridad más pura un texto de setenta y ocho mil caracteres, que puedo dictaminar sin vacilación alguna cuándo me enfrento con un sujeto o con un predicado, yo, señores, premio Cinta de Plata 1989 al relato costumbrista, pese a todo, debo compartir cartel francés con cualquier boludo.
Mi libro tendrá, como cualquier hijo de vecino, que zambullirse en las mesas de novedades junto a otros millones y millones de pares, junto al tratado ilustrado de cómo cultivar la calabaza, y al horóscopo coreano de Sabrina Pérez, junto a las cien advertencias gastronómicas indispensables de Titina della Poronga, y las memorias del actor iletrado que no puede hacer la O ni con el culo de un vaso, pero que se las contó a un periodista que le hace las veces de ghost writer.
Y no estaré allí yo para ayudarlo, para decirle al lector pelotudo que recorre con su vista las cubiertas con un gesto de desdén obtuso en su carita:
“Éste es el libro. Éste es el libro que debe comprar usted para que cambie su vida, caballero, para que se le abra el intelecto como una sandía, para que se ilustre, para que mejore su aliento de origen bucal, estimule su apetito sexual, y se encame esta misma noche con esa potra soñada que nunca le ha dado bola”.
Y allí estará la frase, la que vale, la que pega.
El derechazo letal del Negro Monzón en el entrecejo mismo del tano petulante, el trompadón insigne que sacude la cabeza hacia atrás y hacia adelante como perrito de taxi, y un montón de gotitas de sudor, de agua y desinfectante que se desprenden del bocho de ese gringo que se cae como si lo hubiese reventado un rayo.
“Puto el que lee esto.”
Aunque después el relato sea un cuentito de burros maricones como el de Platero y yo, con el Angelus que impregna todo de un color malva plañidero.
Aunque la novela después sea la historia de un seminarista que vuelve del convento.
Aunque el volumen sea después un recetario de cocina que incluya alimentos macrobióticos.
No esperen, de mí, ética alguna.
Sólo puedo prometerles, como el gran estadista, sangre, sudor y lágrimas en mis escritos.
El apetito por más y la ansiedad por saber qué es lo que va a pasar. Porque digo que es puto el que lee esto y lo sostengo.
Y paso a contarles por qué lo afirmo, por qué tengo autoridad para decirlo, y por qué conozco tanto sobre su intimidad, amigo lector, mucho más de lo que usted nunca hubiese temido imaginar.
Sí, a usted le digo.
Al que sostiene este libro ahora y aquí, el que está temiendo, en suma, aparecer en el renglón siguiente con nombre y apellido. Nombre y apellido.
Con todas las letras y hasta con el apodo.
A usted le digo.

sábado, 22 de noviembre de 2014

REZO POR VOS, de Charly García

La indómita luz
se hizo carne en mí,
y lo dejé todo
por esta soledad.
Y leo revistas
en la tempestad.
Hice el sacrificio,
abracé la cruz, al amanecer.

Rezo, rezo, rezo, rezo.
Morí sin morir
y me abracé al dolor
y lo dejé todo
por esta soledad.
Ya se hizo de noche
y ahora estoy aquí.
Mi cuerpo se cae,
sólo veo la cruz, al amanecer.

Rezo, rezo, rezo, rezo por vos.
Y curé mis heridas,
y me encendí de amor,
y quemé las cortinas,
y me encendí de amor,
de amor sagrado.

Y entonces rezo, rezo por vos.

viernes, 21 de noviembre de 2014

ES MUY DIFÍCIL GANAR DE VISITANTE, de Roberto Fontanarrosa

La que yo digo era en blanco y negro, se llamaba “Match en el infierno “ y la dieron hace mil años.
Era una época en que íbamos siempre al cine, especialmente con Fernando y, muchas veces, veíamos tres películas seguidas, entrando al cine a la siesta y saliendo cuando ya era de noche.
Nadie podía imaginar ir al cine a ver una sola película, como ahora, o ir a ver la película principal y no la de complemento.
Era como tirar la guita, como estafarse a si mismo.
Por esa razón vimos tres veces, con Fernando, “El rubí sangriento”, una película de pistoleros, en Centroamérica, con ventiladores de techo y un malo que masticaba cacahuetes, andaba en silla de ruedas y terminaba haciéndose pelota al venirse en banda por un precipicio.
La única virtud, quizás, de “El rubí sangriento”, era que siempre, no sé por qué misteriosa lealtad, iba de complemento de las de Jerry Lewis y nosotros éramos fanáticos de Jerry Lewis.
Lo cierto es que, apenas nos enteramos de que “Match en el Infierno” era de fútbol, nos fuimos con Fernando de cabeza al Monumental.
Creo, incluso, que fuimos mucho más temprano, creyendo que había preliminar de reserva.
Y era polaca, o checa (tendría que preguntarle a Daniel). Una película seria de esas con poca música, como “Kanal”, y que terminaba para la mierda, como deben terminar las películas serias.
Nada que ver con la fantochada de “Escape a la victoria “, que dieron hace poco, como segunda versión en Technicolor y Cinemascope, de aquella digna “Match en el Infierno”.
Por supuesto, por respeto a la memoria de la primera, no fui a ver esta otra, máxime cuando me enteré que atajaba Sylvester Stallone.
Me pareció bien que, en un film donde laburaban Ardiles y el negro Pelé, entre otros, lo mandaran al arco al troncazo de Rambo. Pero, así y todo, juré no volver al cine mientras atajara ese tipo.
De cualquier manera, después, me enteré del resultado de la película por la radio y por los diarios: por supuesto, todo había sucedido como yo lo temía.
En lugar del final amargo y lógico de la versión antigua, acá los prisioneros del campo de concentración no solo ganaban el partido contra los guardianes nazis, sino que, en medio de la euforia entendible de su sufrida parcialidad, aprovechaban el festejo y se piraban del cautiverio aumentando la decepción del Tercer Reich.
No podía esperarse otra cosa de Stallone.
Si no había considerado un producto comercialmente vendedor la derrota norteamericana en Vietnam, al punto de trocarla en victoria en su delirante colección de Rambos, ¿cómo podía esperarse que aceptara el áspero epílogo de “Match en el infierno”?
Sylvester es uno de los que no se aguantan esas cosas, como no se aguantó el final de “Primera sangre”, el atrapante librito de David Morrel, de donde sacó a John Rambo.
En “Primera Sangre” el ex combatiente de Vietnam termina recagado a balazos, como muy lógico corolario para cualquier tipo que le pegue a la policía, mate a varios de ellos y, por si todo esto fuera poco, destruya un pueblo de punta a punta.
Sylvester consideró que no era constructivo deprimir así a sus compatriotas y, en su película, si bien Rambo termina llorando como un mariquita, queda lo suficientemente vivo como para enfrentar los futuros riesgos de varias superproducciones más.
No dudo que, si el día de mañana Stallone decide poner de nuevo en la pantalla “ El extranjero “ de Camus, no terminaría muriendo en una pestilente cárcel árabe como le pasó a Marcello Mastroianni.
Sylvester encabezaría un motín para escaparse con el resto de aquellos desdichados, y se casaría por fin con la hija del jeque tras poner entre rejas a Yasser Arafat, el comandante Carlos y un centenar de fedayines de “Septiembre Negro”.
Pero a lo que voy es a esto, retornando al tema de la remota “ Match en el infierno “.
Esa película me dejó una frase reveladora, un mensaje para la posteridad.
Presten atención.
Porque muchas veces uno va a ver infinidad de películas que se promocionan y anuncian como verdaderos reservorios de mensajes fundamentales: “ Una película que cambiará su vida” dicen los anuncios, “ Una revelación que lo acercará a la verdad como una luz cegadora”, promete. Y pese a que uno es reacio a ilusionarse pensando que, por la exigua cantidad de dinero que insume una entrada de cine, alguien pueda revelarle el recóndito secreto de la existencia, esos clarines publicitarios suelen atraerlo.
Por supuesto, luego, dichos mensajes no son para uno, sino para la dama o el caballero que está sentado al lado y en la mayoría de los casos, la película no se entiende un carajo.
A veces sí, un destello extraño parte de la pantalla como si un rayo perdido del haz de luz escapado del proyector rebotara en ella, y se nos clavara entre los dos ojos como una astilla de plata.
Me pasó una vez a mí, en una película que agarré empezada, de complemento, y me dejó completamente pelotudo.
La película se llamaba “Cleo de 5 a 7“, y aún hoy no he podido explicarme el porqué de tamaño impacto.
Tampoco han podido explicármelo los psicológos, quizás porque de 5 a 7 sea una sesión demasiado prolongada para ellos.
Pero retornemos a “Match en el infierno”, que es a lo que quiero referirme, y a esa frase que conjuga el mensaje pleno de sabiduría y realismo.
Voy a refrescar un tanto la línea argumental de aquella película para explicar al lector inadvertido, más o menos, por donde va la cosa.
La acción transcurría en un campo de concentración alemán, en la Segunda Guerra.
Para celebrar ya no recuerdo qué, una celebración que convocaba a varios líderes nazis, los capos del campo deciden hacer un partido de fútbol entre los guardianes y los presos.
Los presos aceptan, a pesar de que no se los veía con el mejor ánimo ni con un excelente estado físico.
Pero tenían una carta en la manga: entre ellos había un húngaro que era un jugador profesional, que la rompía, la hacía trapo.
Supongo que había allí una resonancia ligada a la realidad, no sé si Puskas, o Kocsis, o Boszik, alguno de aquellos integrantes de esa formidable línea delantera húngara, había sido prisionero de los germanos en la vida real.
Este tipo, el húngaro que la hacía de goma, se llamaba, o le decían ”Jo” (¿sería ese el nombre?, ¿por qué me viene a la memoria, si no? Juraría que era así).
Se llamaba Jo. Muy bien.
Los prisioneros, una multinacional de harapientos, comenzaban, entonces un duro período de entrenamiento bajo el permiso alemán, para enfrentar a la fuerte escuadra de la cruz gamada.
Jo estaba muy animado ante la posibilidad de volver a ponerse los cortos, pero, ¿qué ocurre?
¡La verdadera intención del grupo de prisioneros era escaparse!
Huir del campo de concentración aprovechando las relativas libertades que les daban sus captores.
Cuando le comunican eso a Jo, éste se chiva realmente.
¡El quería jugar el partido! ¡A él que no le vinieran con el asunto de pirarse cuando ya se veía de nuevo pisando el verde césped, y había atesorado en sus oídos el embriagador repique del balón sobre la grama!
¡El partido estaba hecho y nadie de ley, nadie que sea verdaderamente futbolero, sea choro o vigilante, deja de lado un desafío para escapar de un campo de concentración, por más fulera que sea la comida!
Los otros muchachos, los contra, habían conseguido camisetas para todos, tenían la pelota, habían alquilado la cancha, habían hablado con el referí, hasta le habían puesto redes a los arcos..!
Y ellos se iban a pirar antes del partido como unos maulas??!!!
¿Quién iba a querer después hacerle un partido a los prisioneros?
Por supuesto, cuando se lo dijeron, Jo se puso para la mierda.
Y fue ahí, ahí mismo, cuando pronunció esa frase que para mí se inscribe entre los grande speeches del cine mundial, comparable al discurso de Marlon Brando ante el cadáver de Julio César, o a los argumentos de Spencer Tracy en “Heredarás el Viento”.
Jo agarró la pelota, la tiro para arriba, la durmió en el empeine cuando caía y dijo:
“ El fútbol es Sagrado..!!!
Aunque sea difícil de creer, pese a la magnificencia del pensamiento, el resto del plantel no le dio bola, no se impresionó ante su retórica, no advirtió que estaba ante una sentencia que cortaba en un tajo la historia del más popular de los deportes.
Le contestaron que ganando o perdiendo eran boleta, que había que huir.
Jo, de mala gana, lo acepta.
Intentan escapar, entonces, y los atrapan.
Ante esta falta de espíritu competitivo, los alemanes, respetuosos del programa ya impreso, atentos a un público que saboreaba de antemano el encontronazo deportivo, pero sin olvidar los requisitos disciplinarios exigidos por la FIFA, emiten un fallo: la lista de buena fe del equipo de prisioneros, completa, será fusilada luego del encuentro, sea cual fuere el resultado.
Para hacerla corta: juegan y, en el primer tiempo, los germanos les pasan por arriba.
En base a sus virtudes históricamente reconocidas, empuje, velocidad y pases largos, el team de los teutones, donde militaban un par de rubios que sabían, se va a los vestuarios con una nítida y justa ventaja, hay que reconocerlo.
Colaboró con ese resultado, por cierto, el prácticamente nulo aporte de Jo para su equipo.
El húngaro no había podido superar, era notorio, el duro impacto emocional que significa, para cualquier volante creativo, saber que será fusilado luego de las duchas. Debemos recordar, también, que los magyares son algo latinos y, por ende, más propensos a sufrir anímicamente las presiones del entorno.
Pero algo ocurre al comienzo del segundo período, que transforma a Jo.
No lo recuerdo bien.
Tal vez lo que varía su conducta es que se veía venir una goleada memorable, y un toque de novela ante el “olé” enfervorizado de la parcialidad germana.
Yo creo que eso fue lo que tocó la fibra del jugador internacional.
Ese relajo, ese “tomala vos y dásela a Hans”, desató el tigre dormido que habita en el orgullo de todo jugador que se precie.
“La puta madre que lo reparió..!” - habrá pensado Jo por más caído que estuviese -.
¿Cómo me van a venir a dar un toque a mí estos troncos?” Porque convengamos, el equipo alemán era bueno, pero bueno para jugar entre los giles.
Jugando con algún rejuntado de oficina la podían pisar más o menos, pero no eran ni Beckenbauer ni Gerd Muller ni Bonhof ni ninguno de esos.
Y el otro, Jo, había sido internacional de los magyares, mi querido, que con Ferenc Puskas darían la izquierda más esclarecida del comunismo, y en el 53 le harían la fiesta a los ingleses por 6 a 3 en el mismísimo estadio de Wembley.
La cuestión es que Jo se enojó, cazó la globa, la puso bajo la suela, y andá a cantarle a Gardel..!!
En treinta minutos dio vuelta el partido, hizo tres pepas y hasta le puso la pelota del gol del triunfo al narigoncito judío que jugaba de once y que tuvo la mala idea de ir a gritárselo a la tribuna alemana, adonde estaba la barra brava de los nazis.
Los alemanes se enojaron y no esperaron hasta la pitada final. Ahí no más los cagaron a tiros a todos, certificando que es muy difícil ganar de visitantes.
Abandonamos el cine, aquella tarde inolvidable, convencidos de que, si bien finales violentos como aquel le hacían mucho mal al fútbol, habíamos acuñado una frase rectora para la vida.
Desde aquella revelación hasta nuestros días, nunca me he sentido solo en el inquietante sendero de la existencia.
Cuando algún irresponsable, algún advenedizo o inimputable me invita a una tertulia literaria un sábado por la tarde, o insiste en convidarme a cenar una noche en que se televisa un partido de fútbol en directo, las sabias palabras del talentoso mediovolante húngaro vuelven a mis labios para abofetear al atrevido.
Y éste ya no reitera su afrentosa oferta.
Sabe que no hay razones, ni argumentos, ni sobornos, que tuerzan el soberano designio de lo sagrado.

Publicado en El fútbol es sagrado
Ediciones de la flor.
Octubre 1996.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

SUPERCLÁSICO, de Ezequiel Fernández Moores - 18/11/14

En 1937, Camilo Cichero celebra en su casa de Olavarría 458 su asunción como presidente de Boca. A dos cuadras, en Olavarría 621, vive José Degrossi, entonces presidente de River.
A metros, en Olavarría al 400, Cichero y Degrossi fundan el Club Social de la Boca.
Susana, hija de Degrossi, se casa en 1949 con Claudio Vacca, galán del barrio y arquero bicampeón con Boca (1943-44).
En los años 60 y 70, en los días previos a un clásico, ex jugadores de uno y otro club cruzan bromas en el café La Alegría.
Están, entre otros, Enrique Gaizarain, de River, y Rodolfo Orlandini, de Boca (ambos subcampeones olímpicos con Argentina en los Juegos de Amsterdam 1928). Y los ex boquenses Victorio Cantatore, Oscar Nova y Alberto Etcheverry. También está Eugenio Caccopardo, ex de Boca y River.
Más los socios fundadores Bernardo Messina (River) y Santiago Sanna (Boca). Y dirigentes como Pablo Abattángelo (Boca) y Plinio Garibaldi (River).
Se juntaban antes en la pizzería de los Priano. O en el salón Giuseppe Verdi.
Todos se ríen con Picoreti, Américo Smiraglia, un fana de River que se disfraza de Millonario en los festejos. Su hermano Josemito, en cambio, es fana de Boca.
River y Boca, se sabe, nacen casi juntos, a comienzos del 1900, en el barrio de La Boca del Riachuelo.
Tan juntos que el 30 de abril de 1905, el día en que River debuta en el fútbol organizado, el arquero del equipo, Pedro Moltedo es anunciado por el diario La Mañana jugando también como centroforward para Boca en un amistoso barrial.
No hay registros posteriores de ese amistoso. Pero la cancha de Dársena Sur, donde River pierde ese día 3-2 ante Facultad de Medicina, está bien cerca de la de Independencia Sud, donde Boca, recién creado, le gana 2-1 a Presidente Roca.
Días antes, Moltedo - cuenta el historiador boquense Guillermo Schoua - había sido capitán en el histórico primer amistoso de Boca (4-0 a Mariano Moreno).
Moltedo había jugado antes en los clubes que sirvieron de base a Boca y a River: fue fundador y capitán de Independencia Sud (Boca) y también arquero de La Rosales (River). Atajó luego en el primer partido de River del que se tiene registro documentado (1-0 ante General Mitre, en 1904). Y siguió en River en 1905 y 1906.
Pero aparece también en juegos de Boca, incluido el debut de 1908 en Segunda de la Asociación Argentina, victoria 3-1 contra Belgrano Athletic.
Eran otros tiempos, claro.
Entre 1916 y 1922 (cuando Boca vuelve de su fugaz estadía en Wilde y River de Sarandí y Ferro), las canchas están a unas tres cuadras. River, en la manzana de Pinzón, Caboto, Aristóbulo del Valle y Pedro de Mendoza.
Y Boca en Caboto y Pérez Galdós.
Dos decretos del general e ingeniero Agustín Justo, elegido presidente argentino en 1932 en medio de denuncias de fraude y radicalismo proscripto y socio honorario de ambos clubes, ayudan a Boca y a River a completar la construcción de sus estadios definitivos.
Boca en la Bombonera que había impulsado en 1936 el presidente Camilo Cichero, un médico de origen humilde que queda con su casa hipotecada hasta 1943.
A cambio, Justo impone en Boca a su yerno, Eduardo Sánchez Terrero, buen presidente del club y luego de una AFA en la que los cinco grandes tienen voto calificado.
El dinero facilitado por Justo ayuda también a River tras la partida definitiva del barrio.
River se va primero a Recoleta, pero mantiene muchos años una sede en La Boca, para los viejos socios. Y luego levanta el Monumental de Núnez, hoy Antonio Vespucio Liberti, apellido boquense.
Antonio es el sobrino de Tomás Liberti, un masón y genovés fabricante de soda y naranjín, célebre en el barrio porque en 1884 lidera la creación de los Bomberos Voluntarios de la Boca.
La Boca es un centro de gran desarrollo económico entre 1860 y 1900.
Un censo municipal de 1886 - citado por Dora Barrancos en el libro Identidad de los italianos en Argentina - dice que en la Boca están el 90 por ciento de las 69 casas de cambio que hay en la ciudad de Buenos Aires.
También hay 10 fábricas de cigarrillos, 4 de pastas, 2 de galletas, 31 de zapatos, 2 laboratorios de relojería, 5 farmacias, 33 peluquerías, 19 panaderías, 2 librerías, un teatro, 12 escuelas públicas, 6 privadas, 1 diario, los primeros clubes de remo, tranvías, estación ferroviaria que la une al puerto de Ensenada.
Casi 25.000 habitantes (60 por ciento de clase laburante) en 220 cuadras.
Italianos de Liguria en su gran mayoría, pero también españoles, franceses, suizos, ingleses y de países limítrofes.
El metro cuadrado cotiza a 5,58 pesos, más que en Pilar, Flores y Belgrano, sólo superado por Balvanera.
Libros de Hebe Clementi y Antonio Bucich recuerdan esa bonanza.
En 1887, dicen algunas crónicas, obreros genoveses en huelga imaginan La República Independiente de La Boca, un separatismo con bandera y leyes propias. Anarquistas, masones, libres pensadores, utopistas y socialistas retrasan el ingreso de la Iglesia Católica.
"Con la gente en general no hay problemas - escribe el padre salesiano Francesco Bodrato a Don Bosco en 1877 -, pero sí con marineros y algunos comerciantes. Y los de entre 16 y 30 años están endiablados."
En 1893 logran hacer por fin la procesión de Corpus Christi.
Las logias responden llevando hasta el atrio de San Juan Evangelista un muñeco rojo con cuernos y horquilla.
Es La Boca del Diablo celebrando su fiesta de Satanás.
En 1904, casi simultáneamente con el nacimiento de River y Boca, el barrio elige al primer diputado socialista de América latina.
Y en 1907 La Boca es uno de los focos de la célebre Huelga de los Inquilinos que resisten la suba de los alquileres y también la Huelga de las Escobas, que realizan las mujeres "para barrer las injusticias".
Un año antes, José Figueroa Alcorta es el primer presidente argentino que asiste a una cancha de fútbol, el histórico triunfo de Alumni 1-0 ante Sudáfrica.
"Lo que la política construye - cree sin embargo Alfredo Palacios, el diputado socialista de 25 años que gana votos en la Boca destrozando los medidores que pretenden cobrar el uso de agua en los conventillos - el fútbol lo divide".
Los socialistas pierden luego ante la Iglesia Católica y los radicales.
Eduardo Madero gana a su vez la puja a Luis Huergo y los intereses económicos de los más poderosos construyen cerca de Plaza de Mayo el puerto que, supuestamente, debía ser en La Boca.
Crecen los problemas sociales.
Un censo de 1925 dice que 26.000 personas viven hacinadas en 605 habitaciones de 508 conventillos.
En siete cuadras hay 66 tabernas. Cabarets con nombres italianos, rusos, eslavos. La Boca es foco de epidemias. Casa Amarilla es zona de desastre. Ocupaciones. Contaminación. Inundaciones.
"Y a todos los de Boca - cantan años después los de River y otras hinchadas - la mierda los tapó."
"Antiguos rivales", los llama ya el diario El Nacional el 24 de agosto de 1913, pese a que ese día juegan su primer enfrentamiento oficial. River gana 2-1 en la vieja cancha de Racing.
Hay trompadas entre jugadores por una carga al arquero de Boca y "excesivo juego brusco", se lamenta La Prensa.
Es un aviso.
La nueva cancha de Racing, desbordada por unas 90.000 personas, alberga también la única final directa de la historia, 1-0 para Boca, el 22 de diciembre de 1976.
Corrió mucha agua bajo el puente y River vuelve mañana a La Boca.
Al barrio cuyos viejos tiempos me recordaron en estos días vecinos como Omar Tesoriere, sobrino del recordado arquero - ídolo Américo Tesoriere.
Al barrio, también, en el que hoy crece otra vez la mortalidad infantil.
Y que prevé una marcha de protesta el 4 de diciembre por Caminito y Vuelta de Rocha, hoy centro de turismo globalizado, por el asesinato reciente de un pibe.
Vecinos que hablan de abandono. De calles con drogas, pero sin una canchita libre para patear al menos una pelota.
Sí, en cambio, podría levantarse una nueva Bombonera de dineros qataríes en el sector de Casa Amarilla, a 150 metros de su actual sitio, según debatió ayer en medio de protestas la Legislatura porteña, un proyecto de rezonificación que mezcla intereses del club con el gobierno municipal.
Hoy, las crónicas de los nuevos Superclásicos relegan orígenes, recrean mitos fundacionales, marquetinizan "gallinas" y "bosteros" y hablan de barras, trapos y patrias rivales.
No vieron el último gran programa Mentira la verdad, de Canal Encuentro.
"La única patria posible - dice allí el filósofo Darío Sztajnszrajber - es el encuentro permanente con el otro".

MENSAJE A LOS CRISTIANOS, del Padre Camilo Torres Restrepo

Las convulsiones producidas por los acontecimientos políticos, religiosos y sociales de los últimos tiempos posiblemente han llevado a los cristianos de Colombia a mucha confusión.
Es necesario que en este momento decisivo para nuestra historia los cristianos estemos firmes alrededor de las bases esenciales de nuestra religión. Lo principal en el catolicismo es el amor al prójimo.

"El que ama a su prójimo cumple con la ley"
(San Pablo, Rom. XIII. 8)

Este amor para que sea verdadero tiene que buscar la eficacia.
Si la beneficencia, la limosna, las pocas escuelas gratuitas, los pocos planes de vivienda, lo que se ha llamado "la caridad", no alcanza a dar de comer a la mayoría de los desnudos, ni a enseñar a la mayoría de los que no saben, tenemos que buscar medios eficaces para el bienestar de las mayorías.
Esos medios no los van a buscar las minorías privilegiadas que tienen el poder, porque generalmente esos medios eficaces obligan a las minorías a sacrificar sus privilegios.
Por ejemplo para lograr que haya más trabajo en Colombia, sería mejor que no sacaran los capitales en forma de dólares, y que más bien se invirtieran en el país, en fuentes de trabajo; pero como el peso colombiano se desvaloriza todos los días, los que tienen dinero y tienen el poder nunca van a prohibir la exportación del dinero, porque exportándolo se libran de la devaluación.

Es necesario, entonces, quitarles el poder a las minorías privilegiadas para dárselo a las mayorías pobres.
Esto, si se hace rápidamente es lo esencial de una revolución: la revolución puede ser pacífica si las minorías no hacen resistencia violenta.
La Revolución, por lo tanto, es la forma de lograr un gobierno que dé de comer al hambriento, que vista al desnudo, que enseñe al que no sabe, que cumpla con las obras de caridad, de amor al prójimo no solamente en forma ocasional y transitoria, no solamente para unos pocos, sino para la mayoría de nuestros prójimos.

Por eso la Revolución no solamente es permitida sino obligatoria para los cristianos que vean en ella la única manera eficaz y amplia de realizar el amor para todos.

Es cierto que "no hay autoridad sino de parte de Dios"
(San Pablo, Rom. XIII, 1).

Pero Santo Tomás dice que la atribución concreta de la autoridad la hace el pueblo.
Cuando hay una autoridad en contra del pueblo, esa autoridad no es legítima y se llama tiranía.
Los cristianos podemos y debemos luchar contra la tiranía.
El gobierno actual es tiránico porque no lo respalda sino el 20% de los electores y porque sus decisiones salen de las minorías privilegiadas.

Los efectos temporales de la Iglesia no nos deben escandalizar: la Iglesia es humana.
Lo importante es creer que también es divina, y que si nosotros los cristianos cumplimos con nuestra obligación de amar al prójimo, estamos fortaleciendo a la Iglesia.
Yo he dejado los deberes y privilegios del clero, pero no he dejado de ser sacerdote.
Creo que me he entregado a la Revolución por amor al prójimo.
He dejado de decir misa para realizar ese amor al prójimo en el terreno temporal, económico y social.
Cuando mi prójimo no tenga nada contra mí, cuando haya realizado la Revolución, volveré a ofrecer la misa si Dios me lo permite.

Creo que así sigo el mandato de Cristo: "Si traes tu ofrenda al altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda".
(San Mateo. y 23-24)
Después de la Revolución, los cristianos tendremos la conciencia de que establecimos un sistema que está orientado sobre el amor al prójimo.

La lucha es larga.
Comencemos ya..!

Padre  Camilo Torres Restrepo (1929 - 1966)

Periódico Frente Unido N° 1, Agosto 26 de 1965


EL ÚLTIMO ROMANO, de Arturo Pérez Reverte - 17/11/14

Cada mañana, desde hace diez o doce años, poco antes de las nueve, un hombre solitario se detiene ante la barandilla al pie del obelisco egipcio, frente al palacio de Montecitorio, en Roma, a cincuenta pasos de la entrada principal del edificio que alberga el Parlamento italiano.
Es un individuo de pelo gris que ya escasea un poco, al que he visto envejecer, pues con frecuencia paso por ahí a esa hora cuando me encuentro en esta ciudad, camino del bar donde desayuno en la plaza del Panteón.
Da lo mismo que sea invierno o verano, que haga sol o que llueva: apenas hay día en que no aparezca.
Siempre va razonablemente vestido, con aspecto de empleado, o de funcionario. Más bien informal. Y lleva siempre una pequeña mochila, o una cartera colgada del hombro.
En eso ha ido cambiando, porque ahora lo veo más con la cartera.
El procedimiento es rutinario, idéntico cada día.
Se detiene ante la barandilla, frente a la fachada del palacio - supongo que camino del trabajo -, saca un papel doblado que despliega con parsimonia, y con una voz sonora y educada utiliza el papel como guión o referencia de citas para el discurso que viene a continuación, diez o doce minutos de oratoria impecable, bien hilada.
Un breve discurso diario, allí solo, bajo el obelisco, ante la fachada muda del Parlamento.
A veces me detengo a cierta distancia, por no molestarlo, y escucho atento.
El discurso no suele ser gran cosa, y a menudo repite conceptos.
No insulta, no es agresivo.
Por lo general se trata de una especie de reprensión moral en la que menciona artículos de la Constitución o critica, casi siempre de modo general, situaciones concretas de la política italiana.
Cosas del tipo «Todo gobernante debe asegurar el derecho al trabajo de los ciudadanos», o «La corrupción política no es sino el reflejo de la corrupción moral de una sociedad enferma y a menudo cómplice».
De vez en cuando desliza asuntos personales, injusticias de las que es o ha sido objeto, aunque sin alejarse nunca del interés común, del enfoque amplio.
Siempre es educado, coherente y sensato.
No parece el suyo discurso de un loco, ni expresión patológica desaforada de una obsesión.
Parece sólo un ciudadano que lleva diez o doce años dolido por lo que ocurre ante sus ojos, y que cada mañana acude ante el lugar que considera eje principal de esos males, a denunciarlo en voz alta, con palabras mesuradas y sensatas.
Lo que cada día convierte la escena en conmovedora es que ese hombre está solo.
El lugar, frente a Montecitorio, es escenario habitual de protestas ciudadanas, y a menudo hay carteles reivindicativos; o algo más tarde, a la hora de entrada de los diputados, se reúnen cámaras de televisión y ruidosos grupos de manifestantes que abuchean o vocean consignas.
Sin embargo, a la hora en que nuestro hombre se presenta no hay nadie.
Sólo un par de carabinieri que pasean aburridos por la plaza desierta y algún turista que se asoma, curioso, por la ventana de un hotel próximo.
Y es allí, en aquella soledad, ante la puerta vacía del Parlamento, donde se alza esa voz serena y desafiante, pronunciando palabras que suenan clásicas y hermosas: reprensiones morales, llamados a la conciencia, sentencias que todo ciudadano honrado, todo político decente, deberían tener por su evangelio.
Y después, cada vez, acabado el discurso, nuestro hombre dobla despacio el papel, lo guarda en la cartera y se va dignamente, en silencio.
Mesurado como un ciudadano de la antigua Roma.
Cada vez, viéndolo marcharse con tan admirable continente, no puedo evitar pensar en los otros: sus ilustres antecesores.
Pensar en los Gracos, en Cicerón pronunciando ante el Senado su inmortal «Quousque tandem abutere, Catilina, patienta nostra».
En Bruto, Casio y los que ensangrentaron la túnica de César.
En los hombres flacos de sueño inquieto de los que hablaba Shakespeare, cuyos ojos abiertos los hacen incómodos para los tiranos y los canallas.
En los hombres justos de aquella Roma republicana, embellecida por la Historia, pero cuyos ejemplos formales tanto influyeron en el mundo, en los derechos y libertades de los hombres que supieron regirse a sí mismos.
En la conciencia moral, superior hasta en las actitudes - y quizá superior, precisamente, a causa de ellas -, que tanto sigue necesitando esta Europa miserable y analfabeta, este compadreo de golfos oportunistas que nos desgobierna y del que también somos responsables, pues de entre nosotros mismos, de nuestra desidia e incultura, han nacido.
En el consuelo casi analgésico de escuchar cada mañana, todavía, la voz serena de un último romano.

UNA HISTORIA DE ESPAÑA XXXV, de Arturo Pérez Reverte - 10/11/14

Con Felipe V, el primer Borbón, tampoco es que nos tocara una joya.
Acabó medio majareta, abdicó en su hijo Luis I, que nos salió golfo y putero pero por suerte murió pronto, a los 18 años, y Felipe V volvió a reinar de modo más bien nominal, pues la que se hizo cargo del cotarro fue su esposa, la reina Isabel de Farnesio, que gobernó a su aire, apoyada en dos favoritos que fueron, sucesivamente, el cardenal Alberoni y el barón de Riperdá.
Todo podía haberse ido otra vez con mucha facilidad al carajo, pero esta vez hubo suerte porque los tiempos habían cambiado.
Europa se movía despacio hacia la razón y el futuro, y la puerta que la nueva dinastía había abierto con Francia dejó entrar cosas interesantes.
Como decía mi libro de texto de segundo de Bachillerato (1950, nihil obstat del censor, canónigo don Vicente Tena), «el extranjerismo y las malsanas doctrinas se infiltraron en nuestra patria».
Lo cierto es que no se infiltraron todo lo que debían, que ojalá hubiera sido más; pero algo hubo, y no fue poco.
La resistencia de los sectores más cerriles de la Iglesia y la aristocracia española no podía poner diques eternos al curso de la Historia.
Había nuevas ideas galopando por Europa, así como hombres ilustrados, perspicaces e inteligentes, más interesados en estudiar los Principia Matematica de Newton que en discutir si el Purgatorio era sólido, líquido o gaseoso: gente que pretendía utilizar las ciencias y el progreso para modernizar, al fin, este oscuro patio de Monipodio situado al sur de los Pirineos.
Poco a poco, eso fue creando el ambiente adecuado para un cierto progreso, que a medida que avanzó el siglo se hizo patente.
Durante los dos reinados de Felipe V, vinculado a Francia por los pactos de familia, España se vio envuelta en varios conflictos europeos de los que no sacó, como era de esperar, sino los pies fríos y la cabeza caliente; pero en el interior las cosas acabaron mejorando mucho, o empezaron a hacerlo, en aquella primera mitad del siglo XVIII donde por primera vez en España se separaron religión y justicia, y se diferenció entre pecado y delito.
O al menos, se intentó.
Fue llegando así al poder una interesante sucesión de funcionarios, ministros y hasta militares ilustrados, que leían libros, que estudiaban ciencias, que escuchaban más a los hombres sabios y a los filósofos que a los confesores, y se preocupaban más por la salvación del hombre en este mundo que en el otro.
Y aquel país reducido a seis millones de habitantes, con una quinta parte de mendigos y otra de frailes, monjas, hidalgos, rentistas y holgazanes, la hacienda en bancarrota y el prestigio internacional por los suelos, empezó despacio a levantar la cabeza.
La cosa se afianzó más a partir de 1746 con el nuevo rey, Fernando VI, hijo de Felipe, que dijo nones a las guerras y siguió con la costumbre de nombrar ministros competentes, gente capaz, ilustrada, con ganas de trabajar y visión de futuro, que pese a las contradicciones y vaivenes del poder y la política, hizo de nuestro siglo XVIII, posiblemente, el más esperanzador de la dolorosa historia de España.
En aquella primera media centuria se favorecieron las ciencias y las artes, se creó una marina moderna y competente, y bajo protección real y estatal - tome nota, mísero señor Rajoy - se fundaron las academias de la Lengua, de la Historia, de Medicina y la Biblioteca Nacional.
Por ahí nos fueron llegando funcionarios eficaces y ministros brillantes como Patiño o el marqués de la Ensenada.
Este último, por cierto, resultó un fuera de serie: fulano culto, competente, activo, prototipo del ministro ilustrado, que mantuvo contacto con los más destacados científicos y filósofos europeos, fomentó la agricultura nacional, abrió canales de riego, perfeccionó los transportes y comunicaciones, restauró la Real Armada y protegió cuanto tenía que ver con las artes y las ciencias: uno de esos grandes hombres, resumiendo, con los que España y los españoles tenemos una deuda inmensa y del que, por supuesto, para no faltar a la costumbre, ningún escolar español conoce hoy el nombre.
Pero todos esos avances y modernidades, por supuesto, no se llevaron a cabo sin resistencia.
Dos elementos, uno interior y otro exterior, se opusieron encarnizadamente a que la España del progreso y el futuro levantara la cabeza.
Uno, exterior, fue Inglaterra: el peor y más vil enemigo que tuvimos durante todo el siglo XVIII. El otro, interior y no menos activo en vileza y maneras, fue el sector más extremo y reaccionario de la Iglesia católica, que veía la Ilustración como feudo de Satanás.
Pero eso lo contaremos en el próximo capítulo.
[Continuará].

LA PIZZERA DE NÁPOLES, de Arturo Pérez Reverte - 3/11/14

He leído estos días "Ieri, oggi e domani", la autobiografía de Sophia Loren: un libro bien escrito - ignoro quién habrá sido el negro, o anónimo autor material del asunto - que pasa revista a la vida y las películas de esta bellísima octogenaria napolitana que, durante medio siglo, encarnó en las pantallas el prototipo de la mujer italiana, con ese matiz espléndido que la generación de mi abuelo, y la de mi padre en su juventud, aún definían como una mujer de bandera.
Y debo decir que la lectura de ese libro sereno y agradable me ha proporcionado momentos de intenso placer.
De sonrisa cómplice y agradecida.
Tengo una antigua y entrañable deuda con Sophia Loren - la Venus latina, en buena definición de mi amigo Ignacio Camacho -, y a menudo esa deuda sale a relucir en casa Lucio, cuando Javier Marías y yo, durante alguna cena, mientras él despacha con parsimonia su habitual filete empanado, pasamos revista a las mujeres que marcaron nuestra infancia y nuestros primeros recuerdos cinematográficos.
Y por encima de casi todas - Kim Novak, Grace Kelly, Lauren Bacall, Maureen OHara, Silvana Mangano, principalmente Ava Gardner - figura siempre Sophia Scicolone, de nombre artístico Lazzaro, primero, y Loren, al fin.
Supongo que eso no resulta fácil de comprender para cinéfilos de reciente generación, más a tono con señoras plastificadas y pasteurizadas tipo Angelina Jolie o Nicole Kidman; pero quien de niño o jovencito haya visto a Sophia Loren salir del mar con la blusa mojada en La sirena y el delfín, o bajar de un autobús por la ventanilla en Matrimonio a la italiana, sabrá perfectamente a qué me refiero.
El matiz de pisar fuerte y de poderío.
La muy abrumadora diferencia.
Me ha gustado mucho que, en su autobiografía, Sophia Loren haya dedicado un largo párrafo a la película que, de la mano de Vittorio de Sica, supuso su lanzamiento como estrella del cine italiano.
Se trata de El Oro de Nápoles, que siempre consideré una obra maestra, donde protagoniza el episodio de la bellísima donna Sofia la Pizzaiola -«Venite, venite a fa´marenna! Donna Sofia ha preparato e briosce!»-, que hace creer a su marido que ha perdido en la masa de la pizza el anillo que realmente olvidó en casa del amante.
No es de extrañar que aquella interpretación espléndida, llena de humor, erotismo y picardía, cautivara a los espectadores y los dejase atornillados a aquella mujer durante medio centenar de películas más.
Descubrí a la Pizzaiola mucho más tarde, junto con Peccato che sia una canaglia, que aquí se tradujo como La ladrona, su padre y el taxista - esa extraordinaria secuencia de Vittorio de Sica haciéndose amo de la comisaría y pidiendo café para todos-; y el niño y el jovencito boquiabiertos ante la pescadora griega de esponjas de La sirena y el delfín, la amante sin esperanza de La llave, o la guerrillera española de Orgullo y Pasión, comprendieron, de ese modo, que aquella hembra espléndida de 1,74 m. de estatura sin tacones, que desbordaba la pantalla con sus ojos almendrados y su contundente anatomía, era también una actriz formidable, con un sentido del humor y unas cualidades interpretativas fuera de serie; que le fueron reconocidas, en la cima de su carrera, por el Oscar con que la Academia de Cine norteamericana premió su soberbia interpretación en La Ciociara, que en España, como ustedes saben, se tituló Dos mujeres.
Por todo eso, leyendo con sumo placer el libro de que les hablo, he recordado, y también me he recordado a través de sus páginas y las películas que en ellas se mencionan, incluida Pane, amore e...: aquel film delicioso donde el brigada de carabineros Antonio Carotenutto - otra vez un formidable Vittorio de Sica - baila el mambo con donna Sofia la Pescadera en una de las escenas más graciosas e inolvidables del cine de humor italiano.
Y, puestos a recordar, he rememorado también mi mejor recuerdo personal relacionado con Sophia Loren: cuando en cierta ocasión, al ir a subir a mi habitación del hotel Vesuvio de Nápoles, ella apareció en el ascensor, vestida de rojo, bellísima a sus entonces setenta y cinco años, dejándome estupefacto y paralizado como un imbécil, obstaculizándole el paso, hasta que me sonrió, y entonces reaccioné al fin apartándome a un lado con una excusa; y entonces ella pasó por mi lado, muy cerca, para alejarse por el vestíbulo del hotel, espléndida, gloriosa, eterna como en sus películas.
Y por un instante sentí deseos de aullar a la luna como un coyote.
Como hacía Marcelo Mastroianni mientras Mara, la chica de la piazza Navona, se quitaba las medias en Ayer, hoy y mañana.

sábado, 1 de noviembre de 2014

ZONA DE PROMESAS, de Gustavo Cerati

Mamá sabe bien, perdí una batalla.
Quiero regresar sólo a besarla.
No está mal ser mi dueño otra vez,
ni temer que el río sangre, y calme,
al contarle mis plegarias.

Tarda en llegar, y al final,
al final hay recompensa.

Mamá sabe bien, pequeña Princesa,
cuando regresé todo quemaba.
No está mal sumergirme otra vez,
ni temer que el río sangre, y calme,
Sé bucear en silencio…


Tarda en llegar, y al final,
al final hay recompensa.
En la zona de promesas..!

lunes, 27 de octubre de 2014

BAILE AGARRADO E IRA DE DIOS, de Arturo Pérez Reverte - 27/10/14

Me ha discutido algún que otro lector la veracidad de algo que afirmé aquí hace unas semanas, cuando comparaba a nuestros curas fanáticos de antaño, o de no hace tanto, con los imanes fanáticos de hoy.
En concreto, mencionaba yo el todavía reciente deseo - hace sólo setenta años - de algunos obispos españoles de meter en la cárcel a quienes bailasen agarrados, porque eso era fuente de pecado y semilla de todo mal.
Y en este punto debo admitir algo: cuando lo escribí me goteaba el colmillo, clup, clup, clup, porque conozco a mis clásicos y sabía que más de uno iba a entrar a por uvas.
Así que, si les parece bien, hoy vamos con ello.
Tomemos, para el caso, un libro que tienen ustedes a su disposición en mi biblioteca: ¿Grave inmoralidad del baile agarrado?, se titula.
Tiene 166 páginas y fue impreso en Bilbao en 1949, décimo Año Triunfal.
Hace, por tanto, 65 tacos de almanaque.
Con el nihil obstat de Fernando Lipuzcoa, censor, y el imprimatur de Pablo Gúrpide, vicario general de Pamplona.
Y que lleva, a modo de epígrafe, una bonita cita del papa Pío Nono - «La ligereza de las señoras y señoritas ha traspasado los límites del pudor en lo que atañe a vestidos y bailes» - y otra del también papa Pío XII - «Trabajad contra la inmoralidad que agosta a la juventud» -.
En cuanto al texto, un simple vistazo al índice resulta ya de lo más prometedor: Escándalo público del baile agarrado, Víctimas culpables, Insensibilidad femenina, Restauremos la conciencia del pueblo y algunos etcéteras más.
Texto, por cierto, que abunda en conclusiones contundentes como ésta: «Baile agarrado, parejeo solitario, la corrupción en la aldea es más intensa que en la ciudad», o como ésta: «La mujer, hasta ayer cáliz del hogar, padece un relajamiento alarmante de criterio y de modales».
Para concluir con estas dos perlas «Así saborean los pueblos corrompidos la lujuria provocando la ira de Dios» y «Los pueblos corrompidos son incapaces de comprender otro lenguaje que el del látigo».
Pero no crean que el autor del libro - padre Jeremías de las Sagradas Espinas, firma el tío, con dos cojones - se queda en lo superficial.
Al contrario, nuestro autor baja la arena del argumento científico y afirma «Con frecuencia existen conmociones venéreas sin llegar a la plena saciedad de la naturaleza», estima que «los jóvenes pierden el pudor en los tocamientos mutuos prolongados del baile agarrado, en los brazos, espalda, pecho y cintura», considera que «los pechos en la mujer son las partes del cuerpo en las que recibe máximas conmociones carnales» o describe, lúcido, a «esas parejas de hombres y mujeres cosidas de pecho y vientre, con la conciencia hecha jirones, embriagándose de lujuria», para rematar: «El baile agarrado debe ser totalmente eliminado de las costumbres del pueblo. Es precisa, a toda costa y cuanto antes, una reacción violenta y eficaz».
Todo eso, ojo, diez años después del término de esa otra reacción violenta y eficaz que el padre Jeremías de las Sagradas Espinas, supongo, también llamó Cruzada de Liberación.
Dirán ustedes que para qué remover viejos textos que ya no nos afectan.
La respuesta es simple: no son tan viejos, y nos afectan.
En primer lugar, para dejar claro que el Islam radical y su hipócrita consideración de la moralidad pública no nos caen tan lejos como creemos; y que un sacerdote con poder, un intermediario arrogante de cualquier Dios verdadero o no, imaginado o por imaginar, siempre será un peligro, use tonsura, turbante o micrófono de telediario.
Por otra parte, lo admito, en todo esto hay también un asunto personal: cierta cuenta pendiente.
Una cosa es la religión que, en privado y para su conciencia, practique cada cual.
¿Quién puede criticar eso?
Pero hablamos de otra cosa: de imposición.
Fulanos como el padre Jeremías de las Sagradas Espinas controlaron durante siglos a España desde púlpitos y confesonarios, como los imanes controlan ahora lo suyo desde las mezquitas.
El padre Jeremías, el censor, el vicario y el resto de la tropa dirigieron, o intentaron hacerlo, la vida de mi familia, de mi madre, de mi abuela, de mis antepasados, la mía propia, inmiscuyéndose en nuestra intimidad y libertad, cerrando puertas a la razón, a la cultura, a la verdadera educación.
Ellos, y el agua bendita con que santificaron a quienes cebaban cárceles y paredones, nos tuvieron durante siglos en una mazmorra negra de la que todavía hoy pretenden, algunos, conservar la llave.
Por eso es bueno recordar que, hace sólo 65 años, un hijo de puta con balcones a la calle exigía acabar con el baile agarrado «donde los jóvenes, unidos pecho con pecho, arden en la hoguera de la lujuria».
Y tener presente que, si lo tolerásemos, seguiría exigiéndolo.
No les quepa duda.

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