viernes, 15 de mayo de 2015

MÉTANSE LA PASIÓN EN EL CULO, de Alejandro Caravario - 15/5/15


Sí, el título es un poco fuerte.
Pero resume la furiosa perplejidad del autor de la nota por el uso de la "pasión" para dignificar la estupidez, la crueldad y la violencia. 

Hace pocos días, un programa de televisión que abunda en material de archivo mandó al aire un fragmento de entrevista a Ernesto Sábato.
El autor de El túnel hablaba sobre la pasión, que, según él, lleva en forma indefectible a la violencia.
Dijo que, como buen apasionado, al jugar al fútbol era bastante mala leche.
Y además se mostró muy comprensivo con las palizas conyugales. 
“Quién no tuvo alguna vez ganas de tirar a su mujer por la ventana”, se preguntó de modo retórico.
“Yo por eso vivo en planta baja”, agregó.


Quizá tenía en mente al filósofo francés Louis Althusser, un marxista brillante que, doblegado por la demencia, terminó acogotando a su esposa. Como fuente de legitimidad, no está mal.
Cabe pensar en los daños colaterales de un cerebro exhausto debido a la tarea intelectual de años y no en un asesino.
O, como le gustaba a Sábato, se podría imaginar la oscuridad recóndita del alma y los desbordes a los que empuja, precisamente, la pasión. Romántico tardío, descifrador vocacional de las tinieblas (allí donde mandan los ciegos), el físico y escritor agitaba aquello del sturm und drang alemán, algo así como la tormenta y el impulso, es decir el frenesí incontenible de la naturaleza humana.
Me pregunto si es el espíritu romántico, con el que Sábato se había intoxicado, es la causa de que un valor como la pasión se haya convertido en una mala coartada para dignificar la estupidez, la crueldad y la violencia.
Quien le pega a su mujer (ni hablar del que la mata) es un vulgar abusador con proyección de homicida. Una mierda, bah.
En esa errática línea de pensamiento, es lícito justificar la conducta de un violador consuetudinario, toda vez que la pasión sexual (¿qué hay más apasionado que el sexo?) rige la serie de los excesos.
Si existe un ámbito donde la palabrita perdió por completo su significado es en el fútbol.
No existe un solo gesto noble amparado por tan rimbombante sustantivo.
En cambio la provocación, el insulto y las formas más variadas de la brutalidad se explican y a veces se exaltan por sus orígenes pasionales.
La muerte es excepcional (acaban de caer dos hinchas de Central luego del clásico rosarino), pero la violencia es hábito, un permiso que otorga la cancha en virtud de la supuesta pasión que allí se despliega.
No es cuestión de barras tan sólo.
Los presentables señores que pagan su abono a platea pueden putear con la sistematicidad de un torturador al árbitro o a los rivales, pueden aplaudir y entonar cantitos racistas, pueden fajar a un despistado visitante infiltrado en una butaca.
Pueden hacer todo eso que en el trabajo o en la casa los avergonzaría porque el fútbol, queridos lectores, es pura pasión.
Y la pasión, según el estatuto del buen futbolero, jamás va acompañada por la racionalidad o la solidaridad.
La pasión es mero estrépito y sinsentido, la vereda opuesta a la inteligencia y la sensibilidad. Parece que la pasión sí se mancha en caso de tener una orientación amistosa o constructiva. Los apasionados son más bien desgraciados en busca de catarsis, necesitados de vomitar la bilis. Y yo que pensaba que apasionados eran, digamos, Lisandro de la Torre o Discépolo.
O los que abandonan la comodidad para desarrollar una vocación sin rédito.
O los que dan la vuelta al planeta detrás de un gran amor.
Y no me permitan tornarme trágico y mentar la Pasión de las pasiones: el camino a la cruz del único hijo de Dios.
El significante caprichoso (pasión suena, más que nada, a promoción de cerveza nacional) me hace acordar a lo que pasó con la palabra artista. En aras de enaltecer posiciones sociales mediocres, o de otorgarle un aura creativa a profesiones bastante sosas, empezaron a proliferar los artistas. Y nuevas artes.
Los peluqueros, los cocineros, los panelistas de televisión… Todos son artistas.
Lo cual no dice nada de la importancia ni del valor de sus respetivas faenas.
El título no da mérito, describe un radio de acción.
Algunos se dicen artistas para sentirse distintos, más inspirados, menos abrumados por los problemas mundanos, superiores.
Pero terminan diluidos en una masa indiferenciada que, por lo tanto, pierde singularidad y prestigio.
En consideración de que, por ejemplo, Mozart y Beto Casella comparten ocupación, para evitar la vaguedad he tomado el recaudo de referirme siempre a los oficios de las personas y no a sus pretensiones ni a las convenciones más recientes de la comunicación.
Del mismo modo, a la circulación machacona del término pasión en el fútbol opondría el rigor léxico.
Las cosas por su nombre.
De lo contrario, por lo menos en los medios audiovisuales, apelaría a un benéfico piiiiiii, como cuando se quiere tapar una palabra grosera.
No sé si viviremos mejor, pero seguro que menos confundidos.

jueves, 14 de mayo de 2015

LA VIOLENCIA ES PARTE DEL SHOW, de Alejandro Caravario

Un editorial de hace una década que sigue vigente

Una de las últimas detonaciones fue la agresión al árbitro asistente Horacio Herrero, que obligó a suspender el partido entre Colón y Vélez.
La indignación se concentró en la anécdota.
Si se quiere en la precisión del hincha que, luego de padecer los puños de un colega, fue retirado rumbo a la comisaría.
Porque si el encendedor pasaba a, digamos, 5 centímetros del juez de línea (habría sido un gran tiro de todos modos), el partido no se habría suspendido, y el episodio que trepó a los títulos de los diarios con la tipografía de los escándalos, se habría perdido en la trama de desmesuras que todos consentimos.
Digámoslo de una vez: todos estamos de acuerdo con la violencia.
Antes de seguir despotricando como fariseos, retrocedamos hasta ese punto.
Luego, sí, discutamos los matices.
Esto es, qué grado de violencia estamos dispuestos a tolerar y, en todo caso, a acompañar.
Que nos fastidie la interrupción de un partido no dice demasiado de nuestra voluntad pacifista.
Una posibilidad es que, en tanto el juego continúe, no lo consideremos violencia.
También podemos evitarnos el rictus reflexivo y los adjetivos de indignación mientras no haya sangre.
O mientras no participe la barra brava.
O mientras la policía no utilice su armamento.
En fin, las variantes son muchas y creo que ya rigen. Sólo que no las hacemos expresas, no somos sinceros.
¿El proyectil que noquea a un juez de línea, es más violento que la trompada que se liga un hincha?
¿Los insultos reiterados como latiguillo de tortura hacia un futbolista, son más respetables que un cantito racista?
¿Las apretadas de los plateístas a los infiltrados visitantes, tienen mayores atenuantes que las de Rafa Di Zeo?
Raúl Gámez, ex barrabrava y ex presidente de Vélez con aspiraciones de conducir la AFA, suele decir que las peleas en sus tiempos de hincha pesado, por haber sido a puño limpio y esporádicas, no tienen punto de comparación con los enfrentamientos de la actualidad.
Se trata de un esbozo de escala: la pelea, digamos, romántica, podría ser aceptable.
Una consecuencia de la adrenalina liberada en la tribuna, un desborde que formaría parte de la identidad del hincha bien nacido. Cosa de hombres...
Ningún periodista, ni siquiera el más grandilocuente, llamaría violencia a las escupidas que reciben los jugadores que se arriman a la hinchada enemiga, pero lo son. Nadie denuncia que la policía endereza a bastonazos la fila de público que espera para entrar a la cancha.
También es uso y costumbre, no violencia.
¿Qué hay de los cantos de amenaza de muerte, o del recuerdo jactancioso de batallas escritas con sangre, de los que participan por igual los muchachos del para avalanchas y los honorables señores que pagan su platea?
¿Es color dominguero?
Me temo que la violencia que no tomamos por tal ha pasado por un diluyente que solemos denominar, sin discriminaciones, “pasión”.
Un indiscutible valor que se invoca tanto para promocionar cerveza como para disfrazar la intemperancia y la crueldad.
Pues bien, es la “pasión” que nos distingue, que hace de nuestro fútbol un espectáculo vibrante y un atractivo turístico (soportar el maltrato policial es parte de ese “aguante”).
Sin estos ingredientes nos quedaríamos sin el patrimonio popular que nos enorgullece. La fiesta perdería su razón de ser.
Y se agitarían como pesadillas las imágenes de estadios europeos, desprovistos de alambrados, donde un público mustio, sin abandonar nunca su butaca, a lo sumo grita y aplaude cuando hay un gol.
Y que, en el colmo de la furia, tilda de “arbitrucho”, como en España, al juez que perjudica a su equipo.
No. Nosotros no queremos esa tibieza, esa inocencia de aldeanos.
Así que dispongámonos a afrontar los costos, o por lo menos, a llamar a las cosas por su nombre.

lunes, 11 de mayo de 2015

SIEMPRE PINCHAMOS EN HUESO, de Arturo Pérez Reverte - 11/5/15

Voces airadas o burlonas sonaron hace poco porque un equipo de científicos - gente seria, por otra parte - identificó algunos restos óseos de Cervantes en la iglesia de las Trinitarias de Madrid, donde llevaban perdidos casi cuatrocientos años.
Hubo quien defendió el asunto, como mi amigo Ignacio Camacho y algún otro, pero la mayor parte se lo tomó a chacota.
Algunas de esas voces adversas procedían de gente respetable, con criterio digno de ser tenido en cuenta - mis también amigos Javier Marías y Francisco Rico, por ejemplo -, pero otras eran simplezas de imbéciles o cantamañanas envanecidos, a quienes Cervantes y su obra siempre importaron un carajo, pero que vieron en este asunto la oportunidad de ponerse estupendos.
Para qué remover osarios, coincidían las críticas de unos y otros.
A quién importa eso, a estas alturas. Lo que hay que hacer con Cervantes es leerlo. Etcétera. 
Exactamente por las mismas fechas, en la pérfida Albión y a punto de caramelo para el cuarto centenario de la muerte de Shakespeare, que es el año que viene y coincide con la de Cervantes, la catedral de Leicester acogía, con gran aparato formal, los huesos del muy shakesperiano rey inglés Ricardo III, que un equipo de arqueólogos descubrió bajo las obras de un aparcamiento.
En fin, y para entendernos: mientras en España nos choteábamos de la búsqueda de la tumba del autor del Quijote, afirmando que era una pérdida de tiempo y una gilipollez, los ingleses utilizaban el hallazgo de los huesos de un rey al que Shakespeare dedicó una de sus grandes obras de teatro para montar un número patriótico - cultural de padre y muy señor mío, que incluyó procesión fúnebre con miles de personas presenciando el paso del féretro, escolta militar y oficio religioso católico - Ricardo III lo era - en la catedral de Leicester.
O sea, que el mismo episodio de unos huesos perdidos y hallados, sirve en Inglaterra para montar un pifostio de homenaje a Shakespeare y a su personaje con lecturas y representaciones de la obra, visitas turísticas, difusión cultural y atractivo extra para la ciudad de Leicester, mientras que en España no vale más que para que los doctos hagan chistes, los oportunistas arruguen el hocico, y la alcaldesa de Madrid, esa paladín de la cultura municipal, se haga una foto antes de que los huesos, Cervantes y las Trinitarias, identificados o no, vuelvan a verse sepultados en el olvido.
Resumiendo más, y dicho en corto: somos una cochina vergüenza.
Tenemos el cuarto centenario de la muerte de Cervantes y de la publicación de la segunda parte del Quijote a la vuelta de la esquina, coincidiendo con lo de Shakespeare; y mientras los ingleses preparan una gigantesca conmemoración nacional de orgullo cultural y potencia lingüística, para la que Ricardo III es una forma de calentar motores, aquí, en el cogollo cervantino, bandera de esa patria enorme de 500 millones de hispanohablantes que se extiende a ambas orillas del Atlántico, nos descojonamos de risa o ponemos en solfa una humilde búsqueda que ha costado menos de 120.000 euros - lo que se gasta un político en tres noches de cocaína y putas -, y cuyo resultado, no en manos de gestores analfabetos e incompetentes, sino de gente con criterio y visión de futuro, podría ser, o haber sido, la creación de un foco cultural, de un punto de peregrinaje obligatorio para turistas, de un motivo de patriotismo cultural, de un pretexto magnífico para honrar la memoria de Cervantes y para llegar con el marketing y la tienda de regalos - de algo se parte y algo siempre queda - allí donde no alcanzan los planes de estudio ni la pedagogía.
Pero claro.
Todo eso ocurriría en un país normal culturalmente hablando, como lo son Inglaterra o Francia - ¿imaginan si el Quijote lo hubieran escrito ellos? -, y no en esta triste España en la que no ya los huesos de Cervantes, sino también los de Calderón, Quevedo, Lope de Vega, Herrera, Claudio Coello, Murillo, Jorge Juan y tantos otros se perdieron para siempre.
Una España en la que, cuando en 1899 se edificó el actual Panteón de Hombres Ilustres, no se encontraron restos de ninguno para enterrar allí.
Dense una vuelta por ese lugar, que está en Madrid, cerca de Atocha, y verán que hasta en las lápidas quedamos retratados como lo que somos y nos gusta ser: Sagasta, Prim, Cánovas del Castillo...
Sólo políticos.
La cultura y la ciencia, como de costumbre, ni están ni se las espera.
Por eso merecemos que el año que viene los ingleses, con su Shakespeare, nos den bien dado por ese lugar exacto donde siempre nos dieron, nos dan y nos van a dar.

jueves, 7 de mayo de 2015

QUÉ LES QUEDA A LOS JÓVENES...???, de Mario Benedetti

¿Qué les queda por probar a los jóvenes
en este mundo de paciencia y asco?
¿sólo grafitti? ¿rock? ¿escepticismo?


También les queda no decir amén,
no dejar que les maten el amor,
recuperar el habla y la utopía,
ser jóvenes sin prisa y con memoria.

Situarse en una historia que es la suya,
no convertirse en viejos prematuros
.


¿Qué les queda por probar a los jóvenes
en este mundo de rutina y ruina?
¿cocaína? ¿cerveza? ¿barras bravas?


Les queda respirar, abrir los ojos,
descubrir las raíces del horror,
inventar paz, así sea a ponchazos,
entenderse con la naturaleza,
y con la lluvia, y los relámpagos,
y con el sentimiento.

Y con la muerte,
esa loca de atar y desatar
.

¿Qué les queda por probar a los jóvenes
en este mundo de consumo y humo?
¿vértigo? ¿asaltos? ¿discotecas?

También les queda discutir con dios
tanto si existe como si no existe,
tender manos que ayudan, abrir puertas
entre el corazón propio y el ajeno.

Sobre todo les queda hacer futuro,
a pesar de los ruines del pasado
y los sabios granujas del presente.

ROMA CANTA LAS CUARENTA, de Juan José Panno - 9/12/2002


9 DE DICIEMBRE DE 1962, PENÚLTIMA FECHA: ROMA LE ATAJA EL PENAL A DELEM.
BOCA GANA 1-0 Y SE ASEGURA EL CAMPEONATO.

Hace cuarenta años se ejecutó el penal más famoso de la historia del fútbol argentino.

Penúltima fecha, Boca y River punteros con 39 puntos.
Ganaba Boca 1-0 en la Bombonera y a minutos del final, tras penal de Simeone a Artime, Antonio Roma, adelantándose un par de pasos a su derecha, le detiene el disparo al diestro Delem.
Ha pasado el tiempo, el arquero ha cumplido setenta años y la leyenda - en sus sueños y en los de la gente - continúa.
La polémica también.

Todo pasa muy rápido.

El tipo rubio y flaco que patea fuerte, a la derecha del oso, que se adelanta un paso, dos, y se arroja y pone la mano, y la pelota le pega y sale para un costado y se va al córner, y los hinchas de Boca que estallan en un grito sordo y los jugadores de River, con el rubio a la cabeza, que se van encima del árbitro para decirle que el oso se adelantó, y el árbitro que dice “aire, aire, penal bien pateado es gol”, y los jugadores de camiseta azul y oro que abrazan al oso, y pasa todo tan rápido que pasan volando ¡cuarenta años!, desde aquel 9 de diciembre del ‘62, el día que Roma le atajó a Delem el penal más famoso de la historia del fútbol argentino.

Se tiró a los pies.

Los de River, ahora y dentro de otros cuarenta años, seguirán diciendo que basta mirar las fotos para entender que hubo mula, que Roma casi se tira a los pies de Delem; Roma explicará que dio un paso para un lado y se tiró sobre el otro costado; Delem callará harto de su estigma; los de Boca dirán que puede ser que un poquito se haya adelantado, pero se ampararán en que ese penal que cobró el arbitro no había sido foul; los de River reconocerán que sí, que puede ser que no haya sido, pero que antes hubo un penal que no cobró y los de Boca, inevitablemente soberbios, dirán que a llorar a la iglesia, citarán a Nai Foino - ”penal bien pateado es gol” -, y remitirán al otro penal que hubo en ese partido, el que pateó Paulo Valentim a los 14 minutos del primer tiempo, en el mismo arco de la Casa Amarilla, y dirán que Amadeo Carrizo se adelantó, pero para el costado equivocado.

La prehistoria

Boca y River habían llegado a ese partido, penúltima fecha, con la misma cantidad de puntos: 39.
Primera vez que se producía una definición tan apasionante.
Cualquiera de los dos que ganara tenía medio campeonato en el bolsillo, porque quedaba una sola fecha y Boca debía jugar con Estudiantes en la Bombonera, y River con Gimnasia, que había hecho un buen torneo, pero estaba fuera de carrera, en La Plata.
Si el clásico terminaba empatado, seguían iguales y marchaban hacia un partido de desempate, pero no pasó nada de eso.
En un partido parejo, Boca ganó 1 a 0 y en la fecha siguiente, mientras River goleaba 4-1 a Gimnasia, Boca superaba 4-0 a Estudiantes y daba la vuelta olímpica.

La cara del deporte

La tapa de El Gráfico del 12 de diciembre de 1962 curiosamente no fue para Roma sino para la hinchada de Boca con este título: “Un solo grito, un jugador más”.
Eso sí, la página 3 está ocupada por una foto de Roma abrazado por Rattin y un policía y este texto: “Pasó a la historia. Roma acaba de tocar el cielo. ¡Penal atajado!"
En el partido histórico, la actuación histórica.
Durante el encuentro, y antes del penal, ya había dado pruebas de que era capaz de cualquier hazaña.
Cuando se hable de este match, se dirá: “El partido del penal que atajó Roma”.
Es verdad. Tenían razón con el vaticinio.
Y más aún: Roma, hasta ese momento, era un sustantivo asociado a la histórica capital italiana; desde ese día, en la Argentina futbolera, pasó a ser otra cosa: se convirtió en el nombre del que le atajó el penal a Delem, y le dio a Boca el campeonato más celebrado de todos los tiempos.

Recuerda Roma

No hace falta aclarar a qué viene el llamado cuando uno se identifica como Fulano de la sección Deportes de Página/12.
Casi ni hacen falta preguntas.
Antonio Roma se despacha solo: 
“Últimamente se me da por soñar que llego tarde al entrenamiento, justo yo, que siempre llegaba temprano, y resulta que llego tarde y me tengo que ir cambiando preocupado, en el túnel.
Se ve que estoy ablandando, ahora que acabo de cumplir 70 años, el 13 de julio.
Con el penal soñé un par de veces, nada más. Pero lo tengo presente, con todos los detalles. De todo me acuerdo.
Cuando cobró Nai Foino, le fuimos a protestar porque Artime se había tirado, no había sido foul, pero no había nada que hacer.
Entonces me fui hacia el arco, me apoyé en el palo izquierdo, levanté una mata de pasto, hice la promesa de que me iba a ir caminando a Luján si lo atajaba, y repasé toda mi vida en un par de segundos, mientras recordaba que un compañero de equipo, el Canario Pérez, había visto a River un par de fechas atrás, y me había dicho que Delem había pateado un penal fuerte, a la derecha.
Delem pateaba con las dos piernas y con mucha potencia, así que si me quedaba quieto en el medio del arco, no había manera de llegar. Por eso, cuando se paró como derecho, yo ya había decidido para qué lado me iba a tirar.
Cuando llegó a la pelota, di un paso hacia la izquierda y después me largué, en diagonal para mi derecha. Por suerte no me dobló las manos, pero la pelota venía con tanta fuerza que se fue cerca del banderín del corner.
Lo más increíble de ese penal fue todo lo que me tocó vivir después.
Si realmente estaban en la cancha todos los que en estos cuarenta años me dijeron que fueron testigos, había un millón de tipos.
¡Es impresionante lo que puede la fantasía!
Una vez, un hombre me dijo que de la alegría había tirado un zapato a la cancha y yo se lo había devuelto, como quien lanza el disco; otro me habló de los dos penales que le atajé esa tarde a Delem... ja, dos penales.
Como si uno no fuera ya demasiado...”.

Bomberos voluntarios

Carlos Nai Foino volvió a dirigir a River en la 10ª fecha del campeonato de 1963, en un partido contra Vélez.
Y en esa vuelta tuvo que noquear a un hincha que se había metido en la cancha con intenciones de acogotarlo.
El tipo estaba caliente por un gol que esa tarde le había anulado a Artime, pero también quería cobrarse venganza por lo de Roma, cuando se le tiró a los pies a Delem.
El árbitro lo madrugó.
Aquellos fueron años de luto que dejaron a los de Núñez las decisiones de tres hombres de negro: Nai Foino, Nimo y Dellacasa padre.
En el ‘62, Delem - Roma - Nai Foino; en el ‘68, la mano de Gallo en la cancha de San Lorenzo que vio todo el mundo menos Guillermo Nimo; y en el ‘70, las tres veces que pateó Tarabini a Cejas (que en las dos primeras había atajado, aunque adelantándose según Humberto Dellacasa) el penal con el que Independiente le robó el campeonato a River.

Recortes

Aquel domingo 9 de diciembre de 1962, Boca formó con Roma; Silvero y Marzolini: Simeone, Rattin y Orlando; Pueblas, Menéndez, Valentim, Pezzi y Alberto González.
Por River jugaron Carrizo; Ditro y Echegaray; Sainz, Cap y Varacka; Sarnari, Pando, Artime, Delem y Roberto.
Delem - cuyo verdadero nombre es Lazaro Vladem Quevedo Ruiz - y Roberto eran brasileños, al igual que Orlando y Valentim.
Se vendieron 34 mil entradas, había 60 mil personas.
El comentario de Juvenal, en El Gráfico, se tituló así: “Boca decidido a ganar, resignado a no jugar y River en su ley; fútbol ofensivo esta vez sin fuerza para definir”.
Eran otros tiempos.
A otro maestro del periodismo deportivo, Osvaldo Ardizzone, le tocó hacer en su particular estilo la crónica minuto a minuto del partido.
Así contó el momento culminante:
“Va a tirar Delem. De frente a la pelota.
Perfilado como se perfilan los hombres de pierna derecha.
La lógica es el costado derecho de Roma.
Y Delem respeta la lógica.
Sin amagar. Sin ninguna ‘carta escondida’. Ingenua y francamente.
Roma va al costado lógico, adelantándose más de un metro. Infracción visible.
Y ahí llega la pelota.
Rebota en las manos de Roma y queda botando en la puerta del área.
Roma se esfuerza y la saca al córner de un manotazo”.
Pasó todo demasiado rápido.
Fue hace apenas cuarenta años.

lunes, 4 de mayo de 2015

CUÁNDO, de Jorge Fandermole

Cuando te despiertes cada día
con el cuerpo de aire y ese olor,
feliz del sueño manso de las lilas,
sin miedo al movimiento ni al dolor.

Cuando yo no tenga casi nada
de sangre en la garganta de papel,
ni un agrio pez nadando en la mirada,
ni quiera más amparo que la piel.

Van a ser los días, esos barcos
de luz que una vez pude escribir,
y la alegría que hemos olvidado
volviendo por los huesos a subir.


Yo me alimento con una quimera
en que los ojos al sol verán brillar,
los brazos de mi padre en las banderas,
y una ceniza negra, y una ceniza negra,
y una ceniza negra que se va.

Cuando me convenza que la suerte
me rige a la par que la pasión,
y no el temible arcángel de la muerte
velando sobre el campo del reloj.

Si lo consumado y lo posible
tienen siempre la cara del horror,
en esta patria de lo inaccesible,
en este tiempo olvidado de Dios.

Yo digo que mis ávidos amores
son fuertes, y viven más que yo,
son gigantes tenues como flores
que alientan este turbio corazón.

UNA HISTORIA DE ESPAÑA XLIII, de Arturo Pérez Reverte - 4/5/15

Y así andábamos, en plena guerra contra los franceses, con toda España arruinada y hecha un descalzaperros, los campos llenos de cadáveres y la sombra negra de la miseria y el hambre en todas partes, los ejércitos nacionales cada uno por su cuenta, odiándose los generales entre ellos - las faenas que se hacían unos a otros eran enormes; imaginen a los políticos de ahora con mando de tropas - y comiéndose, jefes y carne de cañón, derrota tras derrota pero sin aflojar nunca, con ese tesón entre homicida y suicida tan propio de nosotros, que lo mismo se aplica contra el enemigo que contra el vecino del quinto.
Gran Bretaña, enemiga acérrima de la Francia napoleónica, había enviado fuerzas a la Península que permitían dar a este desparrame una cierta coherencia militar, con el duque de Wellington como jefe supremo de las fuerzas aliadas.
Hubo batallas sangrientas grandes y pequeñas, la Albuera y Chiclana por ejemplo, donde los ingleses, siempre fieles a sí mismos en lo del coraje y la eficacia, se portaron de maravilla; y donde, justo es reconocerlo, las tropas españolas estuvieron espléndidas, pues cuando se veían bien mandadas y organizadas - aunque eso no fuera lo más frecuente - combatían siempre con una tenacidad y un valor ejemplares.
Los ingleses, por su parte, que eran todo lo valientes que ustedes quieran, pero tan altaneros y crueles como de costumbre, despreciaban a los españoles, iban a su rollo y más de una vez, al tomar ciudades a los franceses, como Badajoz y San Sebastián, cometieron más excesos, saqueos y violaciones que los imperiales, portándose como en terreno enemigo.
Y, bueno.
Así, poco a poco, con mucha pólvora y salivilla, sangre aparte, los franceses fueron perdiendo la guerra y retrocediendo hacia los Pirineos, y con ellos se fueron muchos de aquellos españoles, los llamados afrancesados, que por ideas honradas o por oportunismo habían sido partidarios del rey Pepe Botella y el gobierno francés.
Se largaban sobre todo porque las tropas vencedoras, por no decir los guerrilleros, los despellejaban alegremente en cuanto les ponían la zarpa encima, y de todas partes surgían en socorro del vencedor, como de costumbre, patriotas de última hora dispuestos a denunciar al vecino al que envidiaban, rapar a la guapa que no les hizo caso, encarcelar al que les caía gordo o fusilar al que les prestó dinero.
Y de esa manera, gente muy valiosa, científicos, artistas e intelectuales, emprendió el camino de un exilio que los españoles iban a transitar mucho en el futuro; una tragedia que puede resumirse con las tristes palabras de una carta que Moratín escribió a un amigo desde Burdeos: «Ayer llegó Goya, viejo, enfermo y sin hablar una palabra de francés».
De todas formas, y por fortuna, no todos los ilustrados eran pro-franceses.
Gracias a la ayuda de la escuadra británica y a la inteligencia y valor de sus defensores, Cádiz había logrado resistir los asaltos gabachos.
En ella se había refugiado el gobierno patriota, y allí, en ausencia del rey Fernando VII preso en Francia (de ese hijo de la grandísima puta hablaremos en otros capítulos), entre cañas de manzanilla y tapitas de lomo, políticos conservadores y políticos progresistas, según podemos entender eso en aquella época, se pusieron de acuerdo, cosa insólita entre españoles, para redactar una Constitución que regulase el futuro de la monarquía y la soberanía nacional.
Se hizo pública con gran solemnidad en pleno asedio francés el 19 de marzo de 1812 - por eso se la bautizó como La Pepa - y en ella participaron no sólo diputados españoles de aquí, sino también de las colonias americanas, que ya empezaban a removerse pero aún no cuestionaban en serio su españolidad.
Conviene señalar que esa Constitución - tan bonita e ideal que resultaba difícil de aplicar en la España de entonces - limitaba los poderes del rey, y que por eso los más conservadores la firmaron a regañadientes; entre otras cosas porque los liberales, o progresistas, amenazaban con echarles el pueblo encima.
Así que los carcas hicieron de tripas corazón, aunque dispuestos a que en la primera oportunidad la Pepa se fuera al carajo y los diputados progres pagaran con sangre la humillación que les habían hecho pasar.
Arrieritos somos, dijeron.
Todo se cocía despacio, en fin, para que las dos Españas se descuartizaran una a otra durante los siguientes doscientos años.
Así que en cuanto los franceses se fueron del todo, acabó la guerra y Napoleón nos hizo el regalo envenenado de devolvernos al rey más infame del que España tiene memoria, para los fieles partidarios del trono y el altar llegó la ocasión de ajustar cuentas.
La dulce hora de la venganza.
[Continuará].

lunes, 27 de abril de 2015

LOS LANZALLAMAS, de Roberto Arlt (fragmento)

El abogado se ha tomado una rodilla entre las manos y con la cabeza tan inclinada que el mentón se apoya en su pecho escucha atentamente, mirando la deformada punta de su zapato casi deslustrado.

¿Cuál es el sistema, querido doctor?

El siguiente: los bancos y empresas financieras organizan revoluciones en las cuales, prima facie, aparecen lesionados los intereses norteamericanos. Inmediatamente se produce una intervención armada bajo cuya tutela se realizan elecciones de las que salen elegidos gobiernos que llevan el visto bueno de Norteamérica; estos gobiernos contraen deudas con los Estados Unidos, hasta que el control íntegro de la pequeña república cae en manos de los bancos.
Estos bancos, revise usted la teneduría de libros de la América Central, son siempre el Citybank, la Equitable Trust, Brown Brothers Company; en el Extremo Oriente nos encontramos siempre con la firma de J.P. Morgan y Cía.
Nicaragua ha sido invadida para defender los intereses de Brown Brothers Company.
Cuando no es la Standard Oil es la Huasteca Petroleum Co.
Vea, aquí, a un paso de nosotros, tenemos a un Estado atado de pies y manos por Estados Unidos.
Me refiero a Bolivia.
Bolivia, por un empréstito efectuado en 1922 de 32 millones de dólares, se encuentra bajo el control del gobierno de los Estados Unidos por intermedio de las empresas bancarias Stiel and Nicolaus Investment Co., Spencer Trask and City y la Equitable Trust Co.
Las garantías de este empréstito son todas las entradas fiscales que tiene el gobierno, controladas por una Comisión Fiscal Permanente de tres miembros, de los cuales dos son nombrados por los bancos y un tercero por el gobierno de Bolivia.

Con los brazos cruzados sobre su blusón, el Astrólogo se ha detenido frente al abogado, y moviendo la cabelluda cabeza insiste como si el otro no lo pudiera comprender:

- ¿Se da cuenta?... por treinta y dos millones de dólares. ¿Qué significa esto? Que un Ford o un Rockefeller, en cualquier momento podrían contratar un ejército mercenario que pulverizaría un estado de los nuestros.

- Es terrible lo que usted dice.

- Más terrible es la realidad... El pueblo vive sumergido en la más absoluta ignorancia.
Se asusta de los millones de hombres destrozados por la última guerra, y a nadie se le ocurre hacer el cálculo de los millones de obreros, de mujeres y de niños que año tras año destruyen las fundiciones, los talleres, las minas, las profesiones antihigiénicas, las explotaciones de productos, las enfermedades sociales como el cáncer, la sífilis, la tuberculosis.
Si se hiciera una estadística universal de todos los hombres que mueren anualmente al servicio del capitalismo, y al capitalismo lo constituyen un millar de multimillonarios, si se hiciera una estadística, se comprobaría que sin guerra de cañones mueren en los hospitales, cárceles, y en los talleres, tantos hombres como en las trincheras, bajo las granadas y los gases.(...)
Piense usted, querido amigo, que en los tiempos de inquietud las autoridades de los gobiernos capitalistas, para justificar las iniquidades que cometen en nombre del Capital, persiguen a todos los elementos de oposición, tachándolos de comunistas y perturbadores.
De tal manera que puede establecerse como ley de sintomatología social, que en los períodos de inquietud económico - política los gobiernos desvían la atención del pueblo del examen de sus actos, inventando con auxilio de la policía y demás fuerzas armadas, complots comunistas. Los periódicos, presionados por los gobiernos de anormalidad, deben responder a tal campaña de mentiras engañando a la población de los grandes centros, y presentando los sucesos de tal manera desfigurados que el elemento ingenuo de la población se sienta agradecido al gobierno de haberlo librado de lo que las fuerzas capitalistas denominan "peligro comunista”.

40 AÑOS DESDE EL SÁHARA, de Arturo PérezReverte - 27/4/15

Hacerse mayor, o viejo, es que de todo cuanto recuerdas hayan pasado veinte años.
Miras atrás, haces un poco de memoria, y resulta que todo ocurrió en pretérito pluscuamperfecto.
Y no digamos cuando lo que han pasado son cuarenta.
Ocurre a menudo al mirar viejas fotos o escuchar antiguas canciones, o cuando se te cruza un rostro que ya se cruzó antes, y tras escrutarlo como quien interroga a la esfinge reconoces a un amigo de la mili, un amor de juventud, un compañero de colegio.
O no lo reconoces en absoluto, y a veces ni siquiera te reconoces a ti mismo.
Hace tres días me dijo una señora: «Soy la hija del comandante Labajos», y disparó una intensa cadena de recuerdos y sentimientos.
Hace muchísimos años, cuando aún era un joven reportero, me acerqué a un hotel donde se casaba esa misma señora, entonces jovencita. Su padre era el militar español al que más quise y respeté en mi vida, y él me quería tanto como yo a él; así que cuando aparecí por el hotel del convite, el comandante Labajos - quizá ya era teniente coronel, pero para mí siempre fue el comandante -, vestido de azul oscuro de gran gala, dejó a la hija y a los invitados, se vino al bar a beber conmigo, y a los tres cuartos de hora tuvo que ir su hija, enfadada, a devolverlo a la fiesta.
Estábamos hablando de sus recuerdos y de los míos. Estábamos hablando del Sáhara.
Aterricé en El Aaiún con veintitrés años - ahora hace cuarenta -, y permanecí allí nueve meses que cambiaron mi vida.
El joven reportero que sólo llevaba en la mochila un par de guerras en plan pardillo, sur del Líbano y Chipre, se forjó allí en la disciplina de la crónica diaria, la brega local, la censura, las autoridades militares. Fue una aventura fascinante.
En el Sáhara me hice de verdad periodista, y allí, testigo de la agonía de aquel pintoresco mundo africano y colonial, fui amigo de muchos de sus protagonistas, legionarios, paracaidistas, soldados de Nómadas o de la Territorial, y compartí con ellos patrullas, sobresaltos, episodios que nunca conté - aquellas incursiones clandestinas en Marruecos -, y también borracheras en el antro de Pepe el Bolígrafo, y confidencias en compañía de una botella, un cartón de cigarrillos y alguna chica guapa - Silvia, la Franchute - de las que venían de la Península para animar el cabaret Oasis.
El comandante Labajos y otros - capitán Gil Galindo, capitán Sandino, teniente Albaladejo, teniente de nómadas Rex Regúlez - me adoptaron casi como padres y hermanos.
Ahora unos están muertos y otros envejecen jubilados, recordando. Como hago yo ahora.
Fui hace un rato a mirar sus viejas fotos y ahí están todos, aún jóvenes, apuestos, curtidos por el sol y la arena, en el desierto junto a sus tropas nativas: soldados magníficos, de leyenda, que parecen sacados de las páginas de Beau Geste. Presencié su sacrificio, su valor, su calderoniana disciplina de hombres honrados, y también su amargura y su vergüenza, su desesperación, cuando sus jefes, los generales y los políticos que pasteleaban con Washington y con Rabat, ordenaron desarmar a las tropas nativas y entregar el territorio a Marruecos.
Algunos, los que se atrevieron, ayudaron a sus hombres a escapar y unirse al Polisario.
Más tarde, durante muchísimo tiempo, cuando nos tomábamos una copa en Madrid después de que yo regresara de algún reportaje en la frontera con Argelia, todos me preguntaban lo mismo: «¿Has visto al cabo Belali, o al sargento Embarek?... ¿Siguen vivos Laharitani, Sidahmed, Brahim?... ¿Se acuerdan de mí?».
Cuarenta años, ya. Cuatro décadas de esa aventura y esa vergüenza.
El Sáhara ya es marroquí sin remedio, y aquel sueño de arena no es más que una quimera de campamentos de refugiados, en la frontera perdida de ninguna parte.
Mis amigos de entonces, los que siguen vivos - Mayandía, Roberto, Olegario, Yoyo -, echan tripa y envejecen añorando lo que fueron.
Los demás se fueron, su lista aumenta a medida que envejezco, y algún día también yo me uniré a ellos: Rex Regúlez, Diego Gil Galindo, el teniente coronel López Huerta, el teniente Albaladejo, el comandante Labajos, el cabo Belali uld Maharabi...
Como en esos momentos finales de las películas de John Ford, sus rostros de entonces se superponen en mi recuerdo, con el rumor del viento soplando entre las dunas.
Cuarenta años ya, desde el Sáhara. Rediós.
Eso es toda una vida.
Me veo en el espejo, luego miro las viejas fotos, y apenas reconozco al muchacho flaco que sonríe con los brazos en los hombros de tantos amigos muertos.

miércoles, 22 de abril de 2015

JUICIO A LAS JUNTAS: Fragmento de la ACUSACIÓN del Fiscal JUlio César STRASSERA

“SEÑORES JUECES

La comunidad argentina en particular, pero también la conciencia jurídica universal me han encomendado la augusta misión de presentarme ante ustedes para reclamar justicia.
Razones técnicas y fácticas, tales como la ausencia de un tipo penal específico en nuestro derecho interno que describa acabadamente esta forma de delincuencia que hoy se enjuicia aquí, y la imposibilidad de considerar uno por uno los miles de casos individuales, me han determinado a exhibir, a lo largo de diecisiete dramáticas semanas de audiencia, tan sólo 709 casos que no agotan, por cierto, el escalofriante número de víctimas que ocasionó lo que podríamos calificar como el mayor genocidio que registra la joven historia de nuestro país.
Pero no estoy solo en esta empresa.
Me acompañan en el reclamo más de nueve mil desaparecidos que han dejado, a través de las voces de aquellos que tuvieron la suerte de volver de las sombras, su mudo pero no por ello menos elocuente testimonio acusador.
Empero, ellos serán mucho más generosos que sus verdugos, pues no exigirán tan solo el castigo de los delitos cometidos en su perjuicio. Abogarán, en cambio, para que ese ineludible acto de justicia sirva también para condenar el uso de la violencia como instrumento político, venga ella de donde viniere; para desterrar la idea de que existen "muertes buenas" y "muertes malas", según sea bueno o malo el que las cause o el que las sufra.
Si de este modo logramos sustituir aquel fanático "Viva la muerte" con que Millán Astray reivindicaba su perversa doctrina por un "Viva la vida" en rescate de los valores éticos sobre los cuales esta Nación fue fundada, habremos de darnos por satisfechos...
Pero la violencia, señores jueces, no era obra exclusiva de la izquierda revolucionaria como en vano se ha pretendido demostrar en este juicio.
Paralela y coetáneamente con aquélla, aparece en la escena nacional una organización particularmente siniestra, que nada tuvo que envidiar a la guerrilla; me refiero a las Tres A, o Alianza Anticomunista Argentina, grupo terrorista especializado en la supresión de ciertos ciudadanos que cometían el delito de pensar.
Curiosamente, desde las esferas oficiales sus integrantes no eran considerados subversivos, sino una reacción necesaria de defensa social.
Pero en este aspecto de la cuestión creo que más útil que mis argumentaciones es escuchar al almirante Guzzetti, nuestro canciller en 1976, cuando dijo al mundo entero: "Mi concepto de subversión se refiere a las organizaciones terroristas de signo izquierdista. La subversión o el terrorismo de derecha no es tal. El cuerpo social del país está contaminado por una enfermedad que corroe sus entrañas y forma anticuerpos. Esos anticuerpos no deben ser considerados de la misma forma que se considera un microbio".
Así también, impúdicamente, se pretende justificar la existencia de estas bandas en la página 8 del libro El terrorismo en la Argentina, presentado por la defensa del general Viola.
Pero la particularidad de estos anticuerpos (mejor sería llamarlos antihombres), fue la forma indiscriminada en que ejercieron su culto a la violencia. A cualquier acción violenta de la guerrilla respondían con el cobarde asesinato de algún político o de algún intelectual de izquierda, en todos los casos inerme.
Así atentaron en octubre de 1973 contra el senador Hipólito Solari Yrigoyen; en 1974 contra el rector de la Universidad de Buenos Aires, Raúl Laguzzi, matando a su hijo Pablo de cuatro meses de edad; el mismo año asesinaron a Silvio Frondizi, a los comunistas Carlos Alberto Miguel, Rodolfo Achen y Enrique Lahm, al ingeniero Carlos Llerenas Rozas y tantísimos otros más, cuya enumeración no es del caso hacer aquí.
Pero mucho más grave que la desfachatada justificación desde el gobierno, es el hecho incontrovertible que las Tres A desaparecen de la escena a partir del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976.
Porque, señores jueces, de esa fecha en adelante la más empeñosa búsqueda para detectar un hecho de esa organización resulta estéril.
¿Por qué?
La respuesta es obvia; porque se integran al Estado. Porque la complicidad tolerante cedió paso a la acción directa, pasando sus miembros a revistar en los cuadros permanentes de la represión bajo la forma de las temibles patotas.
De otra manera, los anónimos operativos de detención en horas de la madrugada practicados por pandillas disfrazadas, carecían de explicación.
Buena prueba de cuanto vengo afirmando constituyen las constancias de los expedientes números 3324 y 3937 tramitados ante el Juzgado Nº 4 de este fuero.
En estas actuaciones, se comprueba que con fecha 26 de diciembre de 1975 resultó aprehendido Abelardo Benjamín Rodríguez, guardaespaldas a sueldo, en posesión de una pistola calibre 11,25 mm. Procesado, manifestó haberse desempeñado en el Ministerio de Bienestar Social y que el arma en cuestión se la había vendido un empleado de dicha dependencia, llamado Beto Cozzani. Este, en un primer momento es oído como testigo y admite tanto su función de empleado administrativo cuanto la venta del arma que se le atribuye. Procesado a su vez, se mantiene prófugo, comprobándose que en junio de 1978 se desempeñaba como cabo 1º de la Policía de la Provincia de Buenos Aires.
Para completar el cuadro, señores jueces, basta reparar en que el mentado Cozzani fue la persona que secuestró a los hermanos Julio César y Carlos Enrique Miralles, según surge de sus respectivas declaraciones de fs. 617 y 737 de las actas de la Audiencia...
Tal, en apretada síntesis, el cuadro de violencia imperante en el país cuando tres de los hoy procesados deciden, una vez más en nombre de las Fuerzas Armadas, tomar por asalto el poder despreciando la voluntad popular.
Y, ¿cuál fue la respuesta, luego de éste, que se dio desde el Estado a la guerrilla subversiva?
Para calificarla, señores jueces, me bastan tres palabras.
FEROZ, CLANDESTINA Y COBARDE.
Porque si bien resulta inexcusable admitir la necesidad y la legitimidad de la represión de aquellas organizaciones que hacen de la violencia su herramienta de lucha política, a fin de defender los valores de la democracia, del mismo modo ha de admitirse que cuando esa represión se traduce en la adopción de los mismos métodos criminales de aquellas organizaciones, renunciando a la eticidad, nos encontramos en presencia de otro terrorismo; el del Estado, que reproduce en sí mismo los males que dice combatir.
Los guerrilleros secuestraban, torturaban y mataban.
Y, ¿qué hizo el Estado para combatirlos? Secuestrar, torturar y matar en una escala infinitamente mayor y, lo que es más grave, al margen del orden jurídico instalado por él mismo, cuyo marco pretendía mostrarnos como excedido por los sediciosos.
Y de aquí, señores jueces, se derivaron consecuencias mucho más graves para el orden jurídico.
Porque, ¿cuántas de las víctimas de la represión eran culpables de actividades ilegales? ¿Cuántas inocentes?
Jamás lo sabremos y no es culpa de las victimas.
No bastan los chismorreos de los servicios de informaciones que, de manera vergonzante se han esgrimido en este juicio en muchas oportunidades.
Al suprimirse el juicio, se produjo una verdadera subversión jurídica; se sustituyó la denuncia por la delación, el interrogatorio por la tortura, y la sentencia razonada por el gesto neroniano del pulgar hacia abajo.
No existió entonces patrón de conducta al cual la víctima podía someterse para estar a cubierto de una posible injuria.
El terrorismo de Estado la ponía en una situación de absoluta impotencia en lo concerniente a la determinación de su conducta y, por ende, en la decisión de su destino.
El carácter arbitrario e indiscriminado de la represión sitúa el centro de la suerte de la víctima fuera de ésta, pero continúa considerándola responsable de una conducta que no sólo no decide, sino que incluso no puede llegar a comprender.
De tal suerte, las juntas militares fracasaron, no sólo en la misión de establecer la inocencia de los inculpados injustamente, sino también en la de probar la culpabilidad de los responsables de actos criminales.
"No vamos a tolerar que la muerte ande suelta en la Argentina".
"Lentamente, casi como para que no nos diéramos cuenta, una máquina de horror fue desatando su iniquidad sobre los desprevenidos y los inocentes, en medio de la incredulidad de algunos, de la complicidad de otros, y el estupor de muchos".
Estas frases las dijo el almirante Emilio Eduardo Massera el 2 de noviembre de 1976 en la Escuela de Mecánica de la Armada.
Para esa fecha en los altillos de la casa de oficiales de la Escuela de Mecánica de la Armada, sobre una colchoneta estaba Cecilia Inés Cacabellos.
Tenía 16 años, la habían encapuchado y sus manos estaban esposadas y engrilladas.
La habían capturado gracias a los datos suministrados por su hermana, a quien le dieron garantías de que sólo se la iba a interrogar; creía que así le salvaba la vida.
Cecilia Inés Cacabellos permanece hoy en situación de desaparecida.
Mientras de puertas afuera se condenaba la violencia y se proclamaba la legalidad, en el interior regía otra norma más fuerte que la ley, de acuerdo a la cual decenas de Cecilias Cacabellos eran sometidas a tratos inhumanos.
La ferocidad y la mentira son las dos notas del sistema de represión que los acusados implantaron durante años en la Argentina.
Por eso, hoy se hace necesario averiguar la verdad y juzgar a todos los que hayan violado la ley; en particular a los poderosos, a los máximos responsables, esta es la única forma de restablecer la vigencia de la ley en la conciencia de la sociedad.
La mentira, la disociación entre los dichos y los hechos aparecen ya en los antecedentes de lo que aquí juzgamos. (…) Quisiera destacar ahora algunos aspectos generales del sistema implantado.
Los gobiernos surgidos de los distintos golpes de Estado siempre quebraron el régimen constitucional y en algunas ocasiones, usurpando facultades legislativas, dictaron normas que derogaban las leyes vigentes, pero que a la vez también los autolimitaban; normas que en términos generales fueron cumplidas o en su defecto fueron nuevamente modificadas.
En cambio, la acción desarrollada bajo el mando de la Junta Militar integrada por Videla, Massera, Agosti y sus continuadores, tuvo la particularidad de no cumplir ni siquiera con las inconstitucionales normas que dictó.
Entre las muchas deudas que los responsables de la instauración de este cobarde sistema de represión han contraído con la sociedad argentina, existe una que ya no podrán saldar.
Aun cuando ellos tuvieran prueba de que todas las personas secuestradas hubieran participado en actos de violencia, la falta de juicio y de sentencia condenatoria impide que la República considere a esas personas como responsables de esos hechos...
Quisiera repetirlo: la falta de condena judicial no es la omisión de una formalidad. Es una cuestión vital de respeto a la dignidad del hombre.
Su abandono llevó a lo siguiente: una persona fue secuestrada por pertenecer a las F.A.P. (Fuerzas Armadas Peronistas), y resultó que pertenecía a la F.A.P. (Federación Argentina de Psiquiatras); un profesor fue detenido por difundir las ideas del ERP y resultó que daba clase de ERSA (Estudio de la Realidad Social Argentina); una persona fue detenida porque leía "No transar"; un niño de 14 años fue detenido y asesinado con métodos atroces porque quería ingresar en la Escuela de Suboficiales de Marina, y era hijo de un integrante del Partido Comunista; los hijos, la nuera y la esposa de Ramón Miralles fueron detenidos para poder detener a Ramón Miralles; Ramón Miralles fue detenido y torturado para que explicase o inventase algún delito económico de Victorio Calabró ...
¿Alguien tiene derecho a permitir que Adriana Calvo de Laborde tenga a su hija esposada y con los ojos vendados en el asiento trasero de un auto en movimiento, y que soporte durante cinco horas el llanto de su bebé recién nacido, tirado en el suelo sin poder tocarlo?
O lo que narró Susana Caride: "En un momento determinado, por algo que alguien contestó, Julián tomó la cadena y golpeó a todos los que estábamos allí, fue algo dantesco, porque al estar engrillados, al estar con los ojos vendados, era gente que caía uno al lado del otro, con gritos, con sangre, con orín, fue algo realmente dantesco; me dejaron ahí tirada y al rato con un látigo me volvió a pegar, me tiraron agua con sal y no sé cuánto tiempo después dijo llévensela, porque si no la voy a terminar matando".
Pero no sólo los secuestrados fueron las víctimas, hubo mucho más.
Ante estos estrados desfilaron padres y familiares narrando las gestiones infructuosas que realizaban a partir del secuestro.
Por lo general, todo comenzaba en una comisaría donde, por las órdenes de los acusados, se negaban a recibir las denuncias.
Esta era sólo la primera estación de un calvario que luego se completaba con infructuosas visitas a unidades militares, a las iglesias, a embajadas o a cualquier persona que pudiera ayudar.
También concurrían periódicamente a dependencias del Ministerio del Interior donde, con cinismo se habilitó una oficina para la búsqueda de las personas desaparecidas.
Se encuentran agregadas a la causa las constancias de que hubo más de 5.500 pedidos de paradero, donde se relataba la circunstancia de detención, y en ninguno de los cuales se logró detectar una sola persona que estuviera secuestrada por personal de las Fuerzas Armadas o de Seguridad.
Los hábeas corpus y las medidas judiciales que se iniciaban eran respondidos con informes falsos de los diferentes comandos, y la policía, donde se afirmaba que la persona que se buscaba no estaba detenida ni se tenían antecedentes de ella.
Era un chocar permanente con puertas cerradas.
Este es otro resultado del modus operandi implantado.
Primero el secuestro y las tremendas consecuencias sobre la víctima que ya hemos relatado; segundo, la mentira; el gobierno rehúsa reconocer toda detención o arresto y niega la necesidad de proceder a una investigación.
Eso hace que todos los recursos legales, en vista de la protección de los individuos, resulten vanos e inútiles.
El caso de Inés Ollero es un claro ejemplo de cuanto vengo afirmando.
Fue secuestrada mientras viajaba en un colectivo, llevada a una comisaría y de allí, retirada por personal de la Armada Argentina.
A César Ollero, padre de Inés, en la comisaría le negaron todo, pero él comenzó a investigar por su cuenta y aquí contó: "Todos los días tenía una hora que para mí era sagrada, la hora en que el colectivo 187 paraba en Albarellos y Constituyentes para recibir el turno de la Grafa de las diez de la noche, es decir el colectivo en el que había subido toda la gente cuando ocurrió el hecho de mi hija, entonces yo con mi coche seguía al colectivo hasta que bajaba el primer pasajero", y así, sucesivamente, durante varias noches, este hombre fue tratando de identificar a los posibles testigos.
Además de ello, César Ollero atravesó las guardias para entrevistarse con el almirante Chamorro, arriesgó su vida concurriendo a una entrevista en la Escuela de Mecánica de la Armada a la una de la mañana; inició recursos de hábeas corpus, provocó un conflicto de poderes, pues la Armada se negaba a responder los requerimientos judiciales alegando que los operativos eran secretos, y a pesar de todas estas gestiones solo aquí llegó a saber, a través del reconocimiento de una foto por Lila Pastoriza, que, como sospechaba, su hija estuvo detenida en la Escuela de Mecánica de la Armada en el año 1977...
En las ordenanzas militares especiales al Ejército de Cuyo, que promulgó en el año 1816, dijo el general José de San Martín: "La Patria no hace al soldado para que la deshonre con sus crímenes, ni le da las armas para que cometa la bajeza de abusar de estas ventajas ofendiendo a los ciudadanos con cuyo sacrificio se sostiene; la tropa debe ser tanto más virtuosa y honesta cuando es creada para conservar el orden de los pueblos, afianzar el poder de las leyes y dar fuerza al gobierno para ejecutarlas y hacer respetar a los malvados que serían más insolentes con el mal ejemplo de los militares...".
Por ello, los aquí acusados son responsables tanto de la situación de aquellos oficiales que habían hecho cosas tan terribles que no podrán besar a sus propios hijos, como de la ebriedad de poder del coronel que se titulaba "amo de la vida y de la muerte"...
Pero hay algo peor aún: no sólo ordenaron realizar acciones indignas de las Fuerzas Armadas, sino que cuando debieron afrontar la responsabilidad por el mando, negaron sus órdenes, negaron conocimiento de lo actuado por sus subordinados; negaron conocimiento de lo secuestros, las torturas y las muertes...
Sin embargo, existían grupos organizados que cumplían un horario especial, cuya tarea era interrogar y torturar, y la realizaban en unidades militares o dependientes de las Fuerzas Armadas.
Estas actividades, que se produjeron a lo largo y a lo ancho del país, no pueden ser el fruto de la actividad de pequeños grupos aislados de oficiales.
No se puede concebir que en un ejército exista un grado de insubordinación tal, que permita que oficiales inferiores realicen, a lo largo y a lo ancho del país y durante varios años, acciones contrarias a las que ordenan sus comandantes.
Es por eso, señores jueces, que con la referencia a excesos, los comandantes quieren atribuir a sus subordinados la responsabilidad que les corresponde.
Las huecas referencias del general Videla afirmando que se hace responsable de todo pero que los hechos no sucedieron, exponen un pensamiento primario que, dando un valor mágico a las palabras, pretende con ellas que desaparezca la realidad que se quiere negar.
Pero no es Videla el único de los comandantes que pretende eludir la realidad con el carácter mágico de las palabras.
La misma calidad personal que permitió al almirante Massera pronunciar su discurso condenando la muerte, en el mismo lugar donde decenas de personas eran asesinadas por sus ordenes, lo lleva hoy a afirmar que él asume su responsabilidad sin diluirla hacia abajo pero que, a la vez, sólo tuvo noticias, y por los familiares, de tres casos de personas que habían desaparecido.
Para dimensionar el valor de la palabra en un soldado, quisiera recordar aquí el último discurso parlamentario que pronunció Carlos Pellegrini. Refiriéndose a la condición del militar, afirmó: "El está armado, tiene el privilegio de estar armado en medio de ciudadanos desarmados. A él le damos las llaves de nuestras fortalezas, de nuestros arsenales; con una señal de su espada se mueven nuestros batallones, se abren nuestras fortalezas y toda esta actividad y todo este privilegio se lo damos bajo una sola y única garantía, bajo la garantía de su honor y de su palabra".
Agregó también que por eso "la palabra de un soldado tiene algo de sagrado; faltar a ella es algo más que un perjurio". (…)
Por eso debe individualizarse y castigar a los responsables de las infamias cometidas, para que no se equipare a quienes torturaron y robaron en beneficio propio, con los honestos.
Lo exige el prestigio de las Fuerzas Armadas Argentinas y el de los oficiales que las integran.
La combinación de clandestinidad y de mentira produjo efectos que trastornaron a la sociedad argentina...
Sin embargo, aquí se ha acreditado que fueron secuestradas criaturas de meses, jóvenes de 14 años, una anciana de 77, mujeres embarazadas, obreros e industriales, campesinos y banqueros, familias enteras, vecinos de sospechosos, funcionarios del Proceso de Reorganización Nacional y funcionarios del actual gobierno, ex ministros del gobierno peronista, integrantes del Partido Comunista, y un actual candidato a diputado de la Unión del Centro Democrático. También un embajador del gobierno militar, funcionarios judiciales, oficiales de la Marina, cualquiera podía ser devorado por el sistema.
La afirmación de que sólo los que infringían la ley iban a ser sancionados encubría la realidad.
En la Argentina, todos estábamos en libertad condicional...
Enseñar a leer, dar catequesis, pedir la instauración del boleto escolar o atender un dispensario, podían ser acciones peligrosas. Todo acto de solidaridad era sospechado de subversivo. (…)

Señores Jueces: quiero renunciar expresamente a toda pretensión de originalidad para cerrar esta requisitoria.
Quiero utilizar una frase que no me pertenece, porque pertenece ya a todo el pueblo argentino.

SEÑORES JUECES: ‘NUNCA MÁS..!”

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