martes, 13 de agosto de 2019

GANÓ ALBERTO FERNÁNDEZ Y AHORA MACRI DEBE OCUPARSE DE LA TRANSICIÓN, de Marcos Novaro

Las PASO que no iban a resolver nada, finalmente lo decidieron todo y cerraron la discusión.
Le ofrecieron a la sociedad el canal que estaba buscando para expresar su malhumor con la situación económica y los errores cometidos por el gobierno de Macri, y lo usó.
Y lo hizo con tal contundencia que ya no importa octubre, ni va a haber, claro, segunda vuelta (salvo, tal vez, para la ciudad de Buenos Aires, y vaya a saber con qué resultado).

Macri quedó así, desde anoche, frente a su hora más delicada: tiene que elegir un curso de acción para terminar medianamente en orden su mandato, y más todavía, asegurar que se cumpla efectivamente su objetivo primario cuando asumió, terminarlo en término, y entregar el poder el 10 de diciembre.
Algo que no logra un presidente no peronista desde 1928.

¿Puede hacer al mismo tiempo las dos cosas, competir como candidato a la reelección, y hacer el trabajo de presidente en los meses que vienen, asegurando una mínima gobernabilidad?
Va a tener que intentarlo, pero sin duda al hacerlo tendrá que tomar decisiones difíciles, y privilegiar uno de los dos roles: es muy probable que si se ocupa solo o mayormente de competir, la gobernabilidad tienda bien pronto a evaporarse.
Para empezar, tendrá que decidir si prioriza el escenario que le convendría para ser más competitivo: polarizar y hacer como Lilita Carrió anoche, recordarle a la sociedad que el peronismo en el pasado ha cometido todo tipo de atropellos contra la república.
Si en cambio pone por delante de su trabajo de candidato, su rol de presidente, la prioridad será asegurar una transición mínimamente ordenada, y para eso el primer paso es lograr una vía de diálogo y negociación con Alberto Fernández.
Claro que, aún eligiendo esta segunda vía, puede fracasar: tal vez no logre convencerlo de que le conviene jugar a la estabilidad, y no al estallido.

Porque del lado de los vencedores también las cosas están complicadas.
Alberto logró un fuerte espaldarazo en las urnas que podrían darle más autonomía frente a su heterogéneo entorno.
E incluso frente a Cristina. Que por algo ayer lucía descolocada, también ella sorprendida y hasta más preocupada que alegre con el resultado.
Pero habrá que ver si el ahora candidato confirmado puede y quiere usar esa autonomía para negociar con Macri.
Tal vez la use para lo mismo que Menem en 1989, aumentarla aún más, librándose de todos los bloqueos y vetos que lo rodean.
Y, ¿qué mejor que un buen estallido para lograrlo?
Semanas atrás el ex jefe de gabinete de Néstor sugirió que el dólar estaba atrasado, pero sólo logró que se moviera unos centavos. 
Hoy si repitiera su intento seguro lograría dispararlo bastante más lejos.
Y tal vez ni siquiera le haga falta: el dólar va a trepar solo, y con que Fernández avise que no piensa negociar con Macri, bastaría para adelantarle a los operadores económicos que el despelote tiene todas las chances de empeorar.

Ojalá el Alberto recuerde, si lo tentara ese camino, que a Menem le tomó dos años enderezar el barco que él mismo había hecho tanto por escorar, y que en el medio varias veces estuvo a punto de naufragar y arrastrarlo consigo.
Si lo hace podría concluir que le conviene demostrar, desde ya, que va en serio cuando se presenta como un moderado y un componedor, que no va a repetir las fórmulas ya ensayadas en el pasado, que terminan pagándolas sobre todo los más débiles.

La cuestión es que, aún si Macri apostara por la gobernabilidad por encima de la competencia, y Fernández lo hiciera por la moderación y no por el estallido, todavía aquél debería poder contener en lo inmediato la fuga hacia el dólar, y éste convencer a al menos parte de sus seguidores de apoyarlo en un camino concertado.
Tal vez sea más o menos fácil que avance con los gobernadores, pero no lo va a ser tanto con los demás protagonistas de la victoria, en particular con Cristina, Kicillof y La Cámpora.
Y como los tenedores de pesos y bonos lo saben, al menos algo de corrida detrás del dólar va a haber.

La clave estará en si los protagonistas de esta transición iniciada tan de improviso, pero que ya no tiene vuelta atrás, son capaces de ponerse de acuerdo y de hacerlo rápido, para evitar que, aún cuando finalmente intenten hacer lo correcto, tampoco funcione.

MACRI CUMPLIÓ CON EL OBJETIVO, de Alfredo Zaiat - 4/8/19

La economía macrista se sumó al ranking de las peores experiencias históricas para los trabajadores. El golpe al salario real es fulminante.

En materia económica, el gobierno no tiene logros que mostrar. Pero el derrumbe del salario real era una de las misiones que se había propuesto, y lo logró.
También precarizó y fragmentó aún más el mercado laboral.
Por eso el establishment lo apoya.




El ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, había adelantado que los salarios iban a empezar a recuperar poder adquisitivo a esta altura del año. El pronóstico oficial para generar expectativas positivas acerca de la marcha de la economía macrista no se cumplió.
Una y otra vez, las promesas de Dujovne colisionan con la realidad, reiteración que levanta sospecha acerca de si se equivoca o es parte de la estrategia de la mentira planificada ordenada en la Jefatura de Gabinete.
El último informe del Indec muestra que los salarios siguieron perdiendo respecto a la evolución de los precios. En mayo, el índice de salarios total subió nominalmente 2,8 por ciento, mientras que la tasa de inflación fue de 3,1 por ciento.
El golpe a los ingresos de los trabajadores es fulminante.

En doce meses, el alza nominal de los salarios de los trabajadores formales e informales, de los sectores privado y público, fue de 38,4 por ciento, mientras que la inflación lo hizo en 57,3 por ciento. Una diferencia de 18,9 puntos porcentuales, lo que significa una caída en términos reales de 12 por ciento.
Como el salario real venía siendo castigado en los dos años anteriores, hasta ahora el retroceso en el ciclo macrista es, como mínimo, del 15 por ciento promedio.
Ante resultados tan desastrosos en materia económica en casi todos los frentes, un debate que recorre en estos casi cuatro año de gestión de la Alianza Cambiemos gira acerca de si esa fuerza política está cumpliendo con lo que vinieron a hacer o los resultados negativos son consecuencia de su pésima administración.
Con respecto al salario no hay espacio para la duda: han cumplido con éxito la misión propuesta.

No era secreto que los economistas de la ortodoxia y de la heterodoxia conservadora consideraban que la masa salarial era enorme en los años del kirchnerismo.
Lo que era cierto, puesto que en esos años hubo un crecimiento casi constante del empleo y del salario real, constituyéndose en uno de los mejores ciclos de mejoras de las condiciones para el trabajador; los otros fueron en los primeros dos gobiernos peronistas y en el período 1964-1974.

La grey de la ortodoxia apuntaba entonces que había que intervenir en el mercado laboral por dos vías: por un lado, ajustar el salario medido en dólares, al que consideraban muy alto, y por otro, disminuir los costos laborales.

Aseguraban que ambos factores afectaban la competitividad de la actividad privada, lo que no se ha probado en los hechos en estos años cuando perdió participación el salario en la estructura de costos de las empresas y hubo una reducción de costos laborales (cargas sociales, ART).
Ranking

El derrumbe de la capacidad de compra de los trabajadores en la economía macrista se suma al ranking de los cinco grandes golpes anteriores al salario real:

· 1958: la fortísima devaluación de Frondizi deprimió el salario real en 23 por ciento.
· 1976: en el primer año de la última dictadura militar, el salario real medio cayó 37,1 por ciento. Tras esa reducción, siguió un proceso de recuperación notable en el bienio 1979-1980 (13 por ciento anual en términos reales), pero aun así en 1980 el nivel salarial real era 23 por ciento inferior al pico de 1974. Con la enorme volatilidad de esta etapa, el saldo entre 1976 y 1982 fue una reducción del 41,5 por ciento.
· 1982: con el estallido de la tablita cambiaria, la crisis de la deuda de México y la Guerra de Malvinas, la caída fue de 17,1 por ciento.
· 1989: según un estudio de SEL Consultores de principios de este siglo, entre abril y septiembre, el salario real bajó 34 por ciento. Otros estudios calculan que el derrumbe en ese año fue de 59 por ciento.
· 2002: el salario real a diciembre bajó 22 por ciento.La economía macrista se ha incorporado a ese ranking de castigo a los trabajadores.

A la pérdida de poder adquisitivo le sumó la duplicación de la tasa de desempleo en apenas tres años. Este resultado revela además que el gobierno de la alianza Cambiemos ha provocado una de las grandes crisis económicas argentinas, incorporándose a ese lamentable registro.
Es notable que con esta performance pueda intervenir en una contienda electoral con competitividad, y más aún que el establishment de economistas y el mundo empresario sigan acompañando lo que ha sido una de las peores administraciones de la economía.
Pero existe una razón de peso para que esto ocurra.


Kalecki


En uno de los últimos documentos del CefidAr, centro de estudios financiado por la banca pública que el macrismo arrasó por exclusivas razones ideológicas, lo que fue una de las primeras muestras de su casi nula tolerancia al disenso académico y político, el economista Fabián Amico ofrece un recorrido interesante para analizar el comportamiento empresario.

En “Los salarios reales en el largo plazo: surgimiento de un nuevo piso estructural de las remuneraciones en Argentina” se rescata el aporte de Michal Kalecki.

Amico apunta que este economista polaco había sugerido que los empresarios podían estar dispuestos “a aceptar una rebaja de ganancias” a cambio de recuperar el control social, la disciplina laboral y la estabilidad política.

Kalecki se oponía a la idea simplista de que los empresarios sólo están interesados en la maximización de la ganancia.
Presentó la hipótesis que los empresarios podían aceptar, o incluso provocar, una recesión para reducir el nivel de empleo y recuperar el control social y la disciplina laboral.

El sendero transitado en la economía macrista confirma esa tesis.

Este comportamiento permitiría entender la fortísima resistencia de gran parte de los empresarios hacia el peronismo, no sólo en la etapa 1946-1955, sino también en el ciclo kirchnerista, debido a que consideran que el régimen “populista” es responsable del pleno empleo, de las políticas expansivas y de las “excesivas” demandas sindicales.

Amico explica que la motivación subyacente viene a ser la misma que planteara Kalecki en los años ´40: frente a “inaceptables” pujas inflacionarias por el ingreso, se instrumentan políticas macroeconómicas deflacionarias (contracción fiscal) que tienden a generar un nivel elevado y persistente de desempleo y terminan reduciendo el poder de negociación de los trabajadores, a fin de aliviar la presión sobre la distribución del ingreso y sobre la inflación.

El slogan de marketing del oficialismo “estamos haciendo lo que hay que hacer” se ajusta con precisión en el mercado laboral, como en ninguna otra área de intervención económica realizada por el macrismo.
Por eso Macri reúne el apoyo para la reelección del establishment empresario, que se ha lanzado a una militancia feroz a favor del oficialismo.
La más patética es la de los miembros del grupo de WhatsApp “Nuestras voces” que actúan como brazo ejecutor de las campañas de difusión y de presión diseñadas por el jefe de Gabinete, Marcos Peña.

Siguiendo el marco analítico de Kalecki para la realidad económica argentina, es evidente a partir de comportamientos pasados y presentes que la esencia del empresariado argentino no cambiará por las reuniones de CFK interpelando a Luis Pagani por sus quebrantos (Arcor cerrará otro año con pérdidas; sólo había contabilizado quebrantos en 2002 y 2018 en su historia de casi 70 años) o de Alberto Fernández con Marcelo Mindlin (revelada en la publicación Letra P).


Inflación


Los investigadores Juan Kornblihtt, Tamara Seiffer y Nicolás Villanova escribieron en “De la caída relativa a la caída absoluta del salario real en la Argentina (1950-2013)” que el ciclo de baja del salario real abierto en 1975, adopta diferentes características y va de la mano de transformaciones entre los asalariados.

“El principal mecanismo de baja salarial que se implementa en la Argentina es la inflación”, sentencian, para indicar que el “Rodrigazo” de 1975 – con una inflación de más de 180 por ciento – constituye el punto de partida del ciclo de caída real del salario.
Este retroceso tuvo su momento más agudo con la hiperinflación de 1989, mientras que el nivel histórico más bajo del salario real, para el conjunto de la economía, se alcanzó en 2001.

Afirman que en los últimos cuarenta años, se observa una importante transformación en las condiciones en las cuales se desarrolla el mercado laboral.
Mencionan que el hecho más destacado es la caída del poder de compra del salario, aunque se mejore la diversidad de bienes que se pueden adquirir por los cambios tecnológicos.
Apuntan que desde 1974 hasta la actualidad, la caída del salario real es cercana al 40 por ciento.
Para concluir que se ha consolidado una fuerte fragmentación entre los obreros con la expansión del empleo no registrado (sin aportes), la llamada tercerización y un incremento de la población desocupada.


Disciplinadores


El naufragio de la economía macrista ha hecho estragos en el ingreso de los trabajadores.
Los sindicatos que han empezado a reclamar la recomposición del salario lo hacen por cifras que no se acercarán a la tasa de inflación de este año, además con desembolsos en míseras cuotas.
El alza del desempleo y el derrumbe de la actividad actúan como potentes disciplinadores de las exigencias gremiales. El gobierno cumple así una de las pocas cosas que había postulado desde el inicio de la gestión.

En las primeras semanas, el entonces ministro de Economía, Alfonso Prat Gay, había planteado el dilema perverso que el trabajador iba a tener que elegir entre mantener el empleo o mejorar el salario.
Así avanzaron sobre el ingreso de los trabajadores, aunque para no pocos no hubo ni uno ni lo otro.
De esa forma condicionaron hasta neutralizar las paritarias.

La caída del poder adquisitivo y el aumento de la precariedad laboral (más desocupados, más subempleados y más empleo informal) no sólo afectan la calidad de vida de las familias de trabajadores, sino que también genera un fuerte descenso de la actividad de empresas que dependen de la evolución del consumo interno.
Esas firmas están padeciendo además el crujir de la cadena de pagos, la suba de costos fijos por los sucesivos aumentos de las tarifas (luz, gas y agua) y del combustible, y la imposibilidad de financiar el capital de trabajo con tasas de interés elevadísimas.


Herencia


Un grupo amplio de especialistas en temas laborales, convocados por la Fundación Friedrich Ebert-Stiftung, elaboraron una exhaustivo diagnóstico cuyo resultado fue el documento “Agenda urgente para una sociedad de trabajo” .

La descripción que hacen de los efectos de las políticas del gobierno de Cambiemos sobre el mercado laboral es demoledora: más desempleo, más subempleo, más trabajo precario, menores salarios, menos protección social, más concentración económica y mayor desigualdad.

Indican que a fines de 2015 comenzó un proceso de fragmentación del mercado de trabajo y debilitamiento del tejido social; incluso en 2017, cuando la economía se expandió, los empleos creados fueron, en su amplia mayoría, precarios o inestables: dos de cada tres puestos de trabajo generados durante ese año fueron asalariados no registrados o cuentapropistas.

Señalan que cuando el crecimiento se agotó y la economía entró en recesión, la desocupación creció de forma acelerada: entre los últimos trimestres de 2017 y 2018, la tasa de desempleo pasó del 7,2 al 9,1 por ciento; y ya en el primer trimestre de 2019 alcanzó los dos dígitos (10,1 por ciento).

Hacen un detallado inventario de la herencia en materia laboral que dejará el gobierno de Cambiemos, que consistirá en:

* Una estructura ocupacional precarizada, con incremento en la brecha de género y en la precariedad del empleo juvenil.

* La desocupación consolidándose nuevamente en torno a los dos dígitos, impulsada por permanentes ciclos de despidos colectivos tanto en el sector público como en el privado.

* El empleo no registrado otra vez en crecimiento.

* Los salarios reales por debajo de los niveles de 2015 y mayor desigualdad en los ingresos de las y los trabajadores.

* Un avanzado proceso de flexibilización laboral de hecho.

* Los fondos de la seguridad social y de las obras sociales afectados.

* Las pequeñas y medianas empresas fuertemente debilitadas.

* Las instituciones laborales desactivadas (como el Consejo del Salario Mínimo y la Paritaria Nacional Docente) y desjerarquizadas (como el ex Ministerio de Trabajo, entre otras).

* Las políticas activas de empleo desfinanciadas (formación profesional, inserción laboral y Repro, entre otras).

* En conjunto, 9 millones de trabajadoras y trabajadores atraviesan severos problemas de empleo (entre desempleo e informalidad) y perciben ingresos significativamente inferiores al promedio. Este grupo representa al 46 por ciento de la población económicamente activa.


En forma sintética, proponen que es necesario recuperar un horizonte de futuro que sitúe nuevamente al trabajo como un verdadero canal de integración social y de realización de expectativas, garantizando un nivel socialmente aceptable de derechos y garantías.
Para ello es imprescindible entender que la destrucción y la precarización del empleo de ningún modo son tendencias inexorables hacia el futuro ni tampoco constituyen el resultado inevitable de la incorporación de nuevas tecnologías.
Aconsejan recrear, reproducir y mejorar una institucionalidad que permita recuperar el trabajo de calidad, sin dejar a nadie afuera.

Estos no son objetivos del macrismo ni el establishment que lo apoya evalúa como convenientes, lo que exigirá una renovada alianza social, económica y política para avanzar en esa agenda, porque hace varias décadas Kalecki ilustró lo qué se puede esperar del núcleo duro de los empresarios en relación al salario de los trabajadores.

lunes, 12 de agosto de 2019

EL GOBIERNO DE MACRI, CON EL AVAL DEL FMI, ES EL ÚNICO CULPABLE DE LA DEBACLE, de Alfredo Zaiat - 12/8/19

¿Quiénes son responsables de la corrida cambiaria?


El régimen de valorizaciones financiera de estos casi cuatro años de economía macrista explotó. No lo hizo por el triunfo electoral de la oposición. Los nombres de los principales funcionarios del área económica responsables de la crisis.

Por Alfredo Zaiat

Mauricio Macril, el principal responsable político de la debacle económica.


El descontrol de la paridad cambiaria y el derrumbe de acciones y bonos tienen un único responsable.
No son los operadores financieros que se ocupan de lo que saben hacer, que es especular con el dólar y activos bursátiles.
Tampoco son culpables la mayoría de las encuestadoras que se dedicaron a hacer lo de siempre: vender expectativas positivas al oficialismo, que maneja un billetera más abultada para comprar sondeos electorales y así intentar manipular la opinión pública.
Ninguna responsabilidad puede atribuirse al caos cambiario a la fuerza política que arrasó con el macrismo.

Quien tiene que hacerse cargo de la catástrofe de otra megadevaluación es el gobierno de Cambiemos.

La desregulación total del mercado cambiario, la apertura irrestricta para el ingreso y egreso de capitales financieros, el endeudamiento desaforado y la inmensa bicicleta con las Lebac, primero, y con las Leliq, después, son los elementos de un combo devastador.
Las bases de la economía macrista son las que provocaron esta debacle.

El responsable político es la alianza macrismo - radicalismo que ha arrojado a la sociedad argentina a otra crisis de proporciones, entre las peores que se han registrado.
Pero hay economistas que han estado en puestos claves que fueron los ideólogos y ejecutores de una política que terminó en este descalabro.
Como tienen la fortuna de la impunidad que les brinda el establishment, resulta oportuno recordar quienes deberán ser recordados como culpables de este nuevo drama socioeconómico: Alfonso Prat Gay, Federico Sturzenegger, Lucas Llach, Luis Caputo, Nicolás Dujovne, Guido Sandleris, Gustavo Cañonero.

A lo largo de estos cuatro años ellos fueron los funcionarios del Palacio de Hacienda y del Banco Central que han alimentado una obscena orgía financiera. 
Hasta festejaron la emisión de un bono de deuda a 100 años.
Después, aparece una inmensa legión de economistas de la city que buscaron darle legitimidad a un plan económico que resultó un fiasco.

Como ha sucedido en crisis pasadas, en la de 1989 que derivó en hiperinflación, y en la de 2001 cuyo desenlace fue el default y megadevaluación, el Fondo Monetario Internacional ha cumplido el papel de avalar un programa financiero y cambiario pésimo para la estabilidad macroeconómica.
Con el gobierno de Macri fue más audaz que en esas dos experiencias traumáticas.
Entregó el crédito más abultado de su historia a un país cuando la economía macrista ya había naufragado, en marzo del año pasado, en el momento que Wall Street le cerró el grifo de dólares.

El FMI, o sea Estados Unidos, entregó millones de dólares a una economía que ya no tenía suficientes divisas sólo por una decisión geopolítica de sostener a un gobierno de derecha para frenar el regreso al poder de una fuerza populista.
Fracasaron en ese intento.
El resultado de las urnas de este domingo fue un golpe certero a esa ambición.

Los inmensos costos de este nuevo experimento neoliberal, hegemonizado por un régimen de valorización financiera, se han empezado a padecer desde hace varios meses.
Pero, lamentablemente, de acuerdo a otras crisis traumáticas, recién a partir de ahora se empezará a observar el peor rostro del desastre económico cuya exclusiva responsabilidad es del gobierno de Mauricio Macri.

miércoles, 7 de agosto de 2019

QUÉ HACER SI LE PATEAN LOS HUEVOS A UN JUEZ, de Arturo Pérez Reverte - 5/8/19

Me pregunta algún lector, después de los últimos casos en los que ciudadanos honorables se vieron condenados por defenderse en su propia casa, o por socorrer a quienes eran asaltados por delincuentes y en la refriega el asaltante salió maltrecho o de cuerpo presente, qué debe hacer uno en tales casos: quedarse cruzado de brazos, mirando cómo se consuma el delito, o intervenir arriesgándose a que el malo se ponga flamenco, haya leña de por medio, y en el intercambio el asaltante resulte herido o fiambre; desgraciada circunstancia que, según la legislación española, suele convertir al malo en bueno y al bueno en malo, hasta el punto de que el antes malo y ahora jurídicamente bueno, e incluso su familia si éste palma en el intercambio de opiniones, podrán vivir una buena temporada a costa de la pasta que la previsible sentencia le sacará al pringado; al que, además, premiarán con un par de años de talego por violencia desproporcionada, homicidio involuntario o como diantre se llame técnicamente el asunto.

Conste que mis conocimientos de Derecho son mínimos, así que me limitaré a opinar según la jurisprudencia de lo visto y leído en España: mi impresión personal e intransferible.

Por poner un ejemplo práctico, imagine el lector que va por la calle y al doblar una esquina observa que un delincuente está asaltando a un juez (para el ejemplo igual valdrían un registrador de la propiedad o un repartidor de pizzas, pero hoy le toca a un juez).
A lo mejor el malo lleva una navaja empalmada, aunque tampoco es imprescindible.
Supongamos que no lleva arma ninguna y se limita a patearle los huevos a su señoría.
Ahora querrá saber algún listillo cómo diablos sabremos que el agredido es un juez; y aunque como digo la cuestión es irrelevante, en este caso la respuesta es sencilla: lleva toga y puñetas de encaje.
Y el caso, como digo, es que, para robarle la cartera al señor juez, el malo le está pateando los huevos con mucho desahogo.
Zaca, zaca. Con verdaderas ganas.

Es ahora cuando se plantea el dilema.
Aparte de que la denegación de auxilio es un delito, o creo que lo era, pocas personas decentes pasarían de largo, incluso aunque a quien le pateasen los huevos fuera un político español.
Incluso, por llegar al extremo de lo comprensible, un inspector de Hacienda.
Pero hemos quedado en que es un juez.
En cualquier caso, un ciudadano honrado intervendría sin dudarlo, fuera quien fuese.

Y ahí surge la complicación técnica.
Porque supongamos que uno va y forcejea con el asaltante, y éste es un tipo fuerte, o está muy zumbado, o aunque no lleva armas pega hostias como panes.
Y usted se lía en caliente, porque las peleas no son precisamente un ejercicio de análisis intelectual.
Y el malo se cae, o usted lo tira, y se da con el bordillo de la acera en el cogote.
O a lo peor era drogata y estaba débil del corazón, y con el soponcio se queda tieso como la mojama.

Y entonces llega lo bonito, porque el juez se levanta frotándose los huevos, pone afectuoso una mano en tu hombro y dice, conmovido pero profesional: 
«Gracias, Rambo. Me has socorrido, pero siento comunicarte que según el Código Penal y el Código de Hammurabi tu violencia ha sido desproporcionada. Casi fascista, dirían algunos y algunas. Así que, con todo el dolor de mi corazón, y puesto que los jueces españoles nos limitamos a aplicar la dura lex, sed lex y no a interpretarla, voy a empapelarte hasta las trancas. De modo que ve despidiéndote durante seis o siete años de instrucción judicial de tu vida normal, de un posible par de años de libertad y de la pasta gansa que te van a sacar como indemnización, porque te voy a joder vivo».

Hay una segunda opción, naturalmente.
Que usted vaya por la calle y vea cómo al juez le dan las suyas y las del pulpo, o que al ministro del Interior de ahora, que también es juez, le están robando la cartera, o al de Justicia lo está violando una manada de atracadores aficionados a atacar por la retaguardia.
Y usted eche cuentas y decida que complicarse la vida en España, donde todo disparate tiene su asiento y a menudo ese asiento suele ser legal, trae poca cuenta.
Y decida, basado en tristes y notorias experiencias ajenas, que más vale seguir su camino como si nada hubiera visto, Evaristo.
O, como mucho, sacar el móvil y grabar la escena de lejos, por no implicarse demasiado.
Y luego, eso sí, colgarla en YouTube para denunciar enérgicamente el asunto.

Y es que nos está quedando un paisaje precioso, oigan.
A mí me queda poco, la verdad. Y que me quiten lo bailado, que fue bastante.
Pero ustedes, los jóvenes, van a tener mucho tiempo y ocasiones para disfrutarlo.
Les va a rebosar el disfrute por las orejas.

sábado, 3 de agosto de 2019

FINLANDIA, de Hernán Casciari

El 14 de noviembre de 1995 maté sin querer a la hija mayor de mi hermana, haciendo marchatrás con el auto.
Entre el impacto seco, los gritos de pánico de mi familia y el descubrimiento de que en realidad había chocado contra un tronco, ocurrieron los diez segundos más intensos de mi vida.

Diez segundos durante los que me aferré al tiempo y supe que todo futuro posible sería un infierno interminable.

Yo vivía en Buenos Aires y había viajado a Mercedes para festejar el cumpleaños número ochenta de mi abuela paterna
(por eso recuerdo la fecha exacta: porque en unos días mi abuela cumplirá noventa, porque en unos días se cumplirán diez años de esto que ahora narro y que me marcó como ninguna otra cosa, ni buena ni mala, en la vida).

Festejábamos el aniversario de mi abuela con un asado en la quinta; ya estábamos en la sobremesa familiar.

A las tres de la tarde le pido prestado el auto a Roberto para ir hasta el diario a entregar un reportaje.
Me subo al coche, vigilo por el espejo retrovisor que no haya chicos rondando y hago marchatrás para encarar la tranquera y salir a la calle.
Entonces siento el golpe, seco contra la parte de atrás del auto, y se detiene el mundo para siempre.

A cuarenta metros, en la mesa donde todos conversan, mi hermana se levanta aterrada y grita el nombre de su hija. Mi madre,
o mi abuela, alguien, también grita:
- ¡La agarró! -

Entonces me doy cuenta de que mi vida, tal y como estaba transcurriendo, había llegado al final. Mi vida ya no era.
Lo supe inmediatamente.
Supe que mi sobrina, de tres años, estaba detrás del auto; supe que, a causa de su altura, yo no habría podido verla por el espejo antes de hacer marchatrás; supe, por fin, que efectivamente acababa de matarla.

Diez segundos es lo que tardan todos en correr desde la mesa hasta el auto.
Los veo levantarse, con el gesto desencajado, veo un vaso de vino interminable cayendo al suelo.
Los veo a ellos, de frente, venir hasta mí.
Yo no hago nada; ni me bajo del coche,
ni miro a nadie: no tengo ojos que dedicarle al mundo real, porque ya ha empezado mi viaje fatal en el tiempo, mi larguísimo viaje que en la superficie duraría diez segundos pero que, dentro mío, se convertirá en una eternidad pegajosa.

En ese momento (no sé por qué es tan grande la certeza) no tengo dudas sobre lo que acabo de hacer.
No pienso en la posibilidad de que sea un tronco lo que he embestido, ni pienso que mi sobrina está durmiendo la siesta dentro de la casa.
Lo veo todo tan claro, tan real, que solamente me queda pensar por última vez en mí antes de dejarme matar.

“Ojalá el Negro me mate” - pienso -, “ojalá sea tan grande su enajenación de padre salvaje, tan grande su rabia, que me pegue hasta matarme y no me dé la opción de tener que suicidarme yo mismo, esta noche, con mis propias manos, porque soy cobarde y no podría hacerlo, porque cometería la peor de todas las bajezas: me iría a Finlandia”.
Utilizo esos diez segundos, los últimos de calma que tendré en toda mi vida, para pensar en quien ya no seré nunca más.

Tenía casi veinticinco años, estaba escribiendo una novela larguísima y placentera, vivía en una casa preciosa del barrio de Villa Urquiza, con una mesa de pinpón en la terraza y toda la vida por delante, trabajaba en una revista donde me pagaban muy bien, tenía una vida social intensa, era feliz, y entonces mato a mi ahijada de tres años y se apagan todas las luces de todas las habitaciones de todas las casas en las que podría haber sido feliz en el futuro.
Lo pienso de ese modo, desapasionadamente, porque ya no tengo ni cuerpo con el que temblar.

En esos diez segundos, en donde el tiempo real se ha roto literalmente, en donde el cerebro trabaja durante horas para instalarse en un recipiente de diez segundos, descubro con nitidez que mis únicas opciones - si mi cuñado no me hace el favor de matarme allí mismo - son las de huir
(huir de inmediato, sobornar a alguien y escapar del país) o suicidarme.
Lo que más me duele, tal como están las cosas, es que no podré volver a escribir literatura, ni a reír.

Durante mucho tiempo, durante años enteros, me siguió sorprendiendo la frialdad con que asumí la catástrofe en esos diez segundos en que había matado a mi sobrina.
No fue exactamente frialdad, sino algo peor: fue un desdoblamiento del alma, una objetividad inhumana.
Me dolía saber que ya no podría escribir, que en el suicidio o en la huida - aún no había optado con qué quedarme - no existiría esa opción: la de los placeres.

Podía irme a Finlandia, sí, a cualquier país lejano y frío, podía no llamar nunca más a mi familia ni a los amigos, podía convertirme en fiambrero en un supermercado de Hämeenlinna, pero ya no podría volver a escribir, ni amar a una mujer, ni pescar.
Me daría vergüenza la felicidad, me daría vergüenza el olvido y la distracción.
La culpa estaría allí involuntariamente, pero cuando comenzara la falsa calma o el olvido momentáneo, yo mismo regresaría a la culpa para seguir sufriendo.
La vida había terminado. Yo debía desaparecer.

Pero si desaparecía, qué. Qué importancia podía tener darles a ellos la serenidad de no ver nunca más al asesino. 

Ellos, mi familia, los que ahora corrían lentamente desde la mesa al coche para matarme o para ver el cadáver de un niño, podrían creerme exiliado, lleno de dolor y de miedo, temeroso y ruin, o agorafóbico; o podrían sospecharme loco, como esas personas que pierden el rumbo y la memoria después de los terremotos; alucinado, mendigo, enfermo; podrían hasta perdonarme pues me creerían fuera de toda felicidad, fuera de todo placer.
Matarían a quien blasfemara mi memoria diciendo que se me ha visto reír en una ciudad finlandesa, a quien dijera que se me ha visto beber en un bar de putas, o escribir un cuento, ganar dinero, seducir a una mujer, acariciar un gato,
pescar bogas o dar limosna a un marroquí en el metro.
No creerían que alguien (ya no yo en particular, sino que nadie) fuese capaz de semejante flaqueza, de tan penoso olvido, de matar y no llorar, de escapar y no seguir pensando en la tarde de verano en que una niña de tu sangre ha muerto bajo las ruedas del coche.

Diez segundos eternos hasta que alguien ve el tronco y todos olvidan la situación.

Nadie, ninguna de todas las personas que almorzaban aquella tarde de hace diez años en Mercedes, recuerda ahora esta anécdota.
Nadie ha tenido pesadillas con estas imágenes: sólo yo me he despertado transpirado durante años enteros, cuando esos diez segundos regresan por la noche sin el final feliz del tronco; para ellos no ocurrió más que la abolladura de un guardabarros al final de la primavera.

Nada malo pasó aquella tarde, ni nada malo ocurrió, antes o después, en mi vida.
Han pasado diez años desde entonces y todo ha sido un remanso en el que nunca lo irreversible se ha metido conmigo.
¿Por qué entonces, en estos días, siento que he cumplido sólo diez, y no treinta y cinco años? ¿Por qué le doy más importancia a esta fecha en que no maté a nadie, que a aquella otra fecha anterior en que salí de mi madre dando un grito eufórico de vida?
¿Por qué algunas noches me despierto y descubro que me falta el aire, y recuerdo como real el frío de una cabaña en Finlandia,
y me encuentro con las hilachas de la angustia y el exilio, y me ahoga la cobardía de no haber tenido la voluntad de suicidarme?

Es la fragilidad de la paz la que nos devuelve al escalofrío y a la incertidumbre.
Es la velocidad infernal de la desgracia, que acecha como un águila en la noche, la que sigue allí escondida para quitarnos todo y dejarnos aferrados a un volante y pensando que la única opción es morir solos en Finlandia, con los ojos secos de no llorar.

Por suerte, casi siempre es un tronco y vivimos en paz.
Pero todos sabemos, por debajo de la risa y del amor y del sexo y de las noches con amigos y de los libros y los discos, que no siempre es un tronco.

A veces es Finlandia.


«El 14 de noviembre de 1995 maté sin querer a la hija mayor de mi hermana,
haciendo marchatrás con el auto.
Entre el impacto seco, los gritos de pánico de mi familia y el descubrimiento de que en realidad había chocado contra un tronco, ocurrieron los diez segundos más intensos de mi vida. Diez segundos durante los que me aferré al tiempo y supe que todo futuro posible sería un infierno interminable.


Yo vivía en Buenos Aires y había viajado a Mercedes para festejar el cumpleaños número ochenta de mi abuela paterna
(por eso recuerdo la fecha exacta: porque en unos días mi abuela cumplirá noventa,
porque en unos días se cumplirán diez años de esto que ahora narro y que me marcó como ninguna otra cosa, ni buena ni mala, en la vida).

Festejábamos el aniversario de mi abuela con un asado en la quinta; ya estábamos en la sobremesa familiar. A las tres de la tarde le pido prestado el auto a Roberto para ir hasta el diario a entregar un reportaje. Me subo al coche, vigilo por el espejo retrovisor que no haya chicos rondando y hago marchatrás para encarar la tranquera y salir a la calle.
Entonces siento el golpe, seco contra la parte de atrás del auto, y se detiene el mundo para siempre.

A cuarenta metros, en la mesa donde todos conversan, mi hermana se levanta aterrada y grita el nombre de su hija. Mi madre,
o mi abuela, alguien, también grita:

—¡La agarró!

Entonces me doy cuenta de que mi vida, tal y como estaba transcurriendo, había llegado al final. Mi vida ya no era.
Lo supe inmediatamente. Supe que mi sobrina, de tres años, estaba detrás del auto; supe que, a causa de su altura, yo no habría podido verla por el espejo antes de hacer marchatrás; supe, por fin, que efectivamente acababa de matarla.

Diez segundos es lo que tardan todos en correr desde la mesa hasta el auto.
Los veo levantarse, con el gesto desencajado, veo un vaso de vino interminable cayendo al suelo. Los veo a ellos, de frente, venir hasta mí.
Yo no hago nada; ni me bajo del coche,
ni miro a nadie: no tengo ojos que dedicarle al mundo real, porque ya ha empezado mi viaje fatal en el tiempo, mi larguísimo viaje que en la superficie duraría diez segundos pero que, dentro mío, se convertirá en una eternidad pegajosa.

En ese momento (no sé por qué es tan grande la certeza) no tengo dudas sobre lo que acabo de hacer. No pienso en la posibilidad de que sea un tronco lo que he embestido, ni pienso que mi sobrina está durmiendo la siesta dentro de la casa. Lo veo todo tan claro, tan real,
que solamente me queda pensar por última vez en mí antes de dejarme matar.

“Ojalá el Negro me mate” —pienso—, “ojalá sea tan grande su enajenación de padre salvaje, tan grande su rabia, que me pegue hasta matarme y no me dé la opción de tener que suicidarme yo mismo, esta noche, con mis propias manos, porque soy cobarde y no podría hacerlo, porque cometería la peor de todas las bajezas: me iría a Finlandia”.
Utilizo esos diez segundos, los últimos de calma que tendré en toda mi vida, para pensar en quien ya no seré nunca más.

Tenía casi veinticinco años, estaba escribiendo una novela larguísima y placentera,
vivía en una casa preciosa del barrio de Villa Urquiza, con una mesa de pinpón en la terraza y toda la vida por delante, trabajaba en una revista donde me pagaban muy bien, tenía una vida social intensa, era feliz, y entonces mato a mi ahijada de tres años y se apagan todas las luces de todas las habitaciones de todas las casas en las que podría haber sido feliz en el futuro. Lo pienso de ese modo, desapasionadamente, porque ya no tengo ni cuerpo con el que temblar.

En esos diez segundos, en donde el tiempo real se ha roto literalmente, en donde el cerebro trabaja durante horas para instalarse en un recipiente de diez segundos,
descubro con nitidez que mis únicas opciones —si mi cuñado no me hace el favor de matarme allí mismo— son las de huir
(huir de inmediato, sobornar a alguien y escapar del país) o suicidarme. Lo que más me duele, tal como están las cosas, es que no podré volver a escribir literatura, ni a reír.

Durante mucho tiempo, durante años enteros, me siguió sorprendiendo la frialdad con que asumí la catástrofe en esos diez segundos en que había matado a mi sobrina.
No fue exactamente frialdad, sino algo peor: fue un desdoblamiento del alma,
una objetividad inhumana. Me dolía saber que ya no podría escribir, que en el suicidio o en la huida —aún no había optado con qué quedarme— no existiría esa opción: la de los placeres.

Podía irme a Finlandia, sí, a cualquier país lejano y frío, podía no llamar nunca más a mi familia ni a los amigos, podía convertirme en fiambrero en un supermercado de Hämeenlinna, pero ya no podría volver a escribir, ni amar a una mujer, ni pescar.
Me daría vergüenza la felicidad, me daría vergüenza el olvido y la distracción.
La culpa estaría allí involuntariamente,
pero cuando comenzara la falsa calma o el olvido momentáneo, yo mismo regresaría a la culpa para seguir sufriendo. La vida había terminado. Yo debía desaparecer.

Pero si desaparecía, qué. Qué importancia podía tener darles a ellos la serenidad de no ver nunca más al asesino. Ellos, mi familia, los que ahora corrían lentamente desde la mesa al coche para matarme o para ver el cadáver de un niño, podrían creerme exiliado, lleno de dolor y de miedo, temeroso y ruin,
o agorafóbico; o podrían sospecharme loco, como esas personas que pierden el rumbo y la memoria después de los terremotos; alucinado, mendigo, enfermo; podrían hasta perdonarme pues me creerían fuera de toda felicidad, fuera de todo placer. Matarían a quien blasfemara mi memoria diciendo que se me ha visto reír en una ciudad finlandesa, a quien dijera que se me ha visto beber en un bar de putas, o escribir un cuento, ganar dinero, seducir a una mujer, acariciar un gato,
pescar bogas o dar limosna a un marroquí en el metro. No creerían que alguien (ya no yo en particular, sino que nadie) fuese capaz de semejante flaqueza, de tan penoso olvido,
de matar y no llorar, de escapar y no seguir pensando en la tarde de verano en que una niña de tu sangre ha muerto bajo las ruedas del coche.

Diez segundos eternos hasta que alguien ve el tronco y todos olvidan la situación.

Nadie, ninguna de todas las personas que almorzaban aquella tarde de hace diez años en Mercedes, recuerda ahora esta anécdota. Nadie ha tenido pesadillas con estas imágenes: sólo yo me he despertado transpirado durante años enteros, cuando esos diez segundos regresan por la noche sin el final feliz del tronco; para ellos no ocurrió más que la abolladura de un guardabarros al final de la primavera.

Nada malo pasó aquella tarde, ni nada malo ocurrió, antes o después, en mi vida.
Han pasado diez años desde entonces y todo ha sido un remanso en el que nunca lo irreversible se ha metido conmigo.
¿Por qué entonces, en estos días, siento que he cumplido sólo diez, y no treinta y cinco años? ¿Por qué le doy más importancia a esta fecha en que no maté a nadie, que a aquella otra fecha anterior en que salí de mi madre dando un grito eufórico de vida?
¿Por qué algunas noches me despierto y descubro que me falta el aire, y recuerdo como real el frío de una cabaña en Finlandia,
y me encuentro con las hilachas de la angustia y el exilio, y me ahoga la cobardía de no haber tenido la voluntad de suicidarme?

Es la fragilidad de la paz la que nos devuelve al escalofrío y a la incertidumbre. Es la velocidad infernal de la desgracia, que acecha como un águila en la noche, la que sigue allí escondida para quitarnos todo y dejarnos aferrados a un volante y pensando que la única opción es morir solos en Finlandia, con los ojos secos de no llorar.

Por suerte, casi siempre es un tronco y vivimos en paz. Pero todos sabemos, por debajo de la risa y del amor y del sexo y de las noches con amigos y de los libros y los discos, que no siempre es un tronco.
A veces es Finlandia».

Hernán Casciari - Finlandia.

jueves, 1 de agosto de 2019

LA POSADA DE DICKENS, de Arturo Pérez Reverte - 29/7/19

Alguna vez he comentado en esta página lo importante que es viajar a los lugares no para conocerlos, sino para confirmarlos.
Llegar a ellos con lecturas previas que permitan amueblarlos con lo que fueron o con lo que otros imaginaron o vivieron allí.
Contextualizarlos en su literatura, su tradición y su historia.

No es lo mismo caminar con libros que sin libros en la memoria.
No es igual pasar junto al café Procope sin saber quiénes fueron Diderot o el barón Holbach, desayunar en Sanborn’s ignorando a Zapata y Pancho Villa o deambular por Palermo sin la melancólica sombra del príncipe Salina.

A cuento de eso, nada más adecuado para estos superficiales tiempos de selfi y a otra cosa, mariposa, que lo que en Clase de latín escribió Zbigniew Herbert: 
«Tal vez algún día lleguéis a Roma con el séquito de un procónsul. De modo que deberéis conocer los principales edificios de la Ciudad Eterna. No quiero que deambuléis por la capital de los césares como si fuerais unos bárbaros sin cultura».

Pienso en eso sentado en el último banco a la derecha de la galería exterior de la Posada de Dickens, la Dickens Inn del muelle de St. Katherine de Londres, mirando desde ese caserón del siglo XVIII los barcos amarrados en el puertecito de abajo.
Tengo una cerveza en la mano, el sombrero a un lado, las suelas de los zapatos cómodamente apoyadas en la barandilla, y acabo de dar un largo paseo a lo largo del Támesis, entre el puente de Waterloo y el de la Torre, que puede verse a lo lejos entre los edificios modernos y los antiguos que sobrevivieron a los bombardeos alemanes.

Hace un rato anduve junto al crucero Belfast, que combatió con el Tirpitz y participó en el hundimiento del Scharnhorst, y junto a la réplica del Golden Hind de Drake, entre los viejos almacenes portuarios hoy rehabilitados y destinados a otras cosas.
Y durante todo el camino, como ahora en la Posada de Dickens, los libros leídos en los últimos sesenta años vinieron en mi auxilio para dar sentido a lo que miraba. Borrando con la imaginación cuanto allí sobraba - que era mucho - y proyectando con nitidez perfecta lo que realmente contuvo, o contiene, este paisaje.
Joseph Conrad, sobre todo.

Paseando por los lugares donde estuvo el puerto me he detenido varias veces a contemplar la marea baja, pensando inevitablemente en la Nellie, la yola de recreo «que borneó sobre su ancla sin un flameo de las velas y dejó de moverse».
Conrad es el único escritor del que tengo una fotografía en mi biblioteca de trabajo; el que no me abandona y envejece conmigo.
El marino que me enseñó, desde muy pronto, que vivimos como soñamos, solos.
El que escribió: 
«Recuerdo mi juventud y la sensación, que nunca volverá, de que podría durar para siempre, sobrevivir al mar, a la tierra y a todos los hombres», y también:
«Toda pasión se ha perdido ahora. El mundo es mediocre, débil, sin fuerza. Y la locura y la desesperación son una fuerza. Por eso la fuerza es un crimen a los ojos de los necios, los débiles y los tontos».

Es por esto y por algunas cosas más que, sentado en la galería superior de la Posada de Dickens, en este anochecer tranquilo de los muelles de Londres, mientras se extingue la luz entre los palos de los barcos amarrados y una madre pata y sus patitos nadan en fila por el agua tranquila donde se refleja el crepúsculo, no tengo necesidad de volverme a mi derecha porque sé perfectamente que ahí, al extremo del banco, también con una cerveza en la mano, se oscurece con el resto del día la silueta inmóvil del capitán Marlow, que en ese momento murmura: 
«Cada barco se parece a los demás y el mar no cambia nunca».

Al escucharlo asiento en silencio porque estoy de acuerdo, y los dos bebemos un poco de cerveza antes de que Marlow, convertido ya casi en una sombra inmóvil, emita un leve gruñido y luego añada como para sí mismo: 
«Conoció la mágica monotonía de la existencia entre cielo y mar».

Supongo que se refiere a Jim, Lingard, Mac Whirr o cualquiera de ésos; a uno de los nuestros.
De manera que, como nada tengo que hacer hasta el cambio de marea, me acomodo con mi cerveza, dispuesto a escuchar la que sin duda será otra de esas historias a veces inconclusas que a Marlow le gusta contar.

Pero permanece callado mientras la noche se adueña de todo, incluso de él mismo, y empiezan a encenderse luces lejanas a lo largo de la orilla.
Hasta que, de pronto, la voz de mi vecino de banco surge de la oscuridad:
«Creías que era una aventura, ¿verdad?… Pero sólo era la vida», dice muy despacio.

Y pienso que nunca escuché una verdad como ésa.

EL LUGAR QUE VENDE NOSTALGIAS, de Arturo Pérez Reverte - 15/7/19

Viajar a Buenos Aires tiene para mí algo de peregrinaje: una especie de trayecto a cierta memoria imaginada que, como todo en la vida, tiene sus razones.
Mi padre, que en su juventud era delgado y elegante, peinado hacia atrás y con fino bigote al estilo de la época - se parecía muchísimo al actor David Niven -, era un excelente bailarín de tangos, pericia necesaria en aquel tiempo para comerse una buena rosca, o dos.
Y es el caso que Gardel y esta ciudad estuvieron muy presentes en la parte frívola de su vida, y siguieron estándolo años después.
Cuando yo era niño lo oía canturrear tangos al afeitarse o cuando estaba de buen humor; y si hoy conozco la letra y música de una veintena es por habérselos escuchado docenas de veces a él: Silencio, El tapado de armiño, La cumparsita, Chorra, Mano a mano, Tomo y obligo, y sobre todo una obra maestra entre todos los tangos que en el mundo han sido, Yira, yira, con esa frase perfecta, precisa y genial: 
Cuando estén secas las pilas / de todos los timbres / que vos apretás.

Paseo por Buenos Aires con esas sensaciones en la cabeza, que vienen a fundirse con otras recientes, libros escritos y recuerdos vividos; con esa doble memoria, real e imaginada, que a menudo se mezcla hasta que es difícil distinguir una y otra.
Deambulo así, evitando el barrio de La Boca - intransitable ya de turistas en chanclas y calzoncillos -, por Barracas, más duro y en absoluto visitado, miro el Riachuelo y como en El Puentecito como Mecha Inzunza y Max Costa, mi propio bailarín de tangos.
Otras veces frecuento los alrededores de la plaza Dorrego, con sus hermosos balcones de hierro forjado y piedra, porque me gusta mucho este lugar los días de mercadillo viejo, cuando sus puestos callejeros exponen la resaca de tantos años y tantas vidas, aunque estoy más a gusto los días entre semana, que viene menos gente.
Entonces puedo entrar con calma en las tiendas de anticuarios y visitar mis dos sitios predilectos: uno es el pasaje de la Defensa, con su suelo de baldosas blancas y negras, tiendecitas y oscuros rincones, en uno de los cuales - y esto lo juro por el cetro de Ottokar - vi hace años al fantasma de Borges, o tal vez era él mismo, jugando al ajedrez contra un espejo; el otro es el mercado cubierto que desde 1890 está entre las calles Estados Unidos, Carlos Calvo y Bolívar.

Visitar el mercado de San Telmo me suscita siempre un estado de ánimo cercano a la felicidad.
Los puestos de carne, verduras y comida ocupan su lugar habitual; y aunque las tiendecitas de anticuarios que los rodean son cada vez menos, quedan suficientes para mantener el carácter del lugar.
Paseo entre ellas mirando de nuevo las vitrinas polvorientas, los objetos de venta imposible que reconozco tras cuarenta años viéndolos allí, a la espera del comprador que nunca llega: viejos juguetes, gramófonos, frascos vacíos de perfume, plata antigua, figurillas de porcelana, oxidados facones gauchos, relojes parados en tiempos de Eva Perón.
Y compruebo, satisfecho, que al fondo del corredor de la izquierda sigue abierto uno de mis lugares más queridos, el de postales, sellos, fotografías añejas, estampas, libros, impresos con letras de tangos y cosas así.
Fue aquí donde una vez compré el mejor retrato que conozco de Carlos Gardel: el morocho del Abasto en blanco y negro, en foto de verdad, con corbata y sonrisa devastadora bajo el ala de un impecable Borsalino.

El caso es que me detengo, como de costumbre, a bichear un rato en la tiendecita: Dolly Dimple, Tango Bar, manoseados ejemplares de Gente y Playboy, números casi deshechos de El descamisado, fotos del viejo Buenos Aires, emigrantes bajando de un barco en Puerto Madero, el Parque Japonés, Serenata para Violeta, una primera edición de La razón de mi vida con foto de La Señora en la portada, postales cursis escritas con tinta desvaída y juramentos de amor eterno, docenas de instantáneas de novios que fueron jóvenes y guapos, centenares de retratos de familias de apariencia feliz a las que ya nadie recuerda; y, entre un cartel publicitario del analgésico Geniol y un gallardo militar que mira a la cámara soñando con gloriosas campañas, una jovencísima y linda rubia vestida de primera comunión, que sabe Dios en qué cementerio descansará ahora.

Estoy entre todo eso, como digo, tocando aquí y allá, cuando al levantar la vista encuentro la mirada del dueño de la tienda: un viejo conocido de pelo gris, que encoge los hombros como para justificarse y sonríe, melancólico. «Vendo nostalgias», me dice.
Y pienso que es una frase perfecta para este lugar y este día.

martes, 30 de julio de 2019

UNA BONITA REFLEXIÓN

Existe una tribu en África, donde la fecha de nacimiento de un niño no se toma como el día en que nació, ni como el momento en que fue concebido, sino como el día en que ese niño fue "pensado" por su madre.

Cuando una mujer decide tener un hijo, se sienta sola bajo un árbol y se concentra hasta escuchar la canción del niño que quiere nacer.

Luego de escucharla, regresa con el hombre que será el padre de su hijo y se la enseña. Entonces, cuando hacen el amor con la intención de concebirlo, en algún momento cantan su canción, como una forma de invitarlo a venir.

Cuando la madre está embarazada, enseña la canción del niño a la gente del lugar, para que cuando nazca, las ancianas y quienes estén a su lado, le canten para darle la bienvenida.

A medida que el niño va creciendo; cuando el niño se lastima o cae o cuando hace algo bueno, como forma de honrarlo, la gente de la tribu canta su canción.

Hay otra ocasión en la que la gente de la tribu le canta al niño.
Si en algún momento de su vida, esa persona comete un crimen o un acto socialmente aberrante, se lo llama al centro de la villa y la gente de la comunidad lo rodea. Entonces le cantan su canción.

La tribu reconoce que la forma de corregir un comportamiento antisocial no es el castigo, sino el amor y la recuperación de la identidad.

Cuando uno reconoce su propia canción, no desea ni necesita hacer nada que dañe a otros.

Y así continua durante toda su vida.

Cuando contraen matrimonio, se cantan las canciones juntas.
Y finalmente, cuando esta persona va a morir, todos en la villa cantan su canción, por última vez, para él.

"Puedes no haber nacido en una tribu africana que te cante tu canción en cada una de las transiciones de tu vida, pero la vida siempre te recuerda cuando estás vibrando a tu propia frecuencia, y cuando no lo estás.

Sólo sigue cantando y encontrarás tu camino a casa".


lunes, 29 de julio de 2019

QUE NO PANDA EL CÚNICO, de Horacio Verbitzky - 28/7/19

El 11 de agosto será caótico porque el gobierno trabaja para manipular los números que se difundan esa noche


A dos semanas de las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias, las encuestas, los mercados y los gurús convergen en una interpretación que ensombrece al gobierno: la posibilidad de reelección del presidente Maurizio Macrì se aleja, mientras cada día parece más probable que Alberto Fernández lo venza en la primera vuelta del 27 de octubre.

Lejos de entregarse, la alianza oficial redobla los esfuerzos y acude a todos los recursos disponibles, entre ellos la difusión de las pocas encuestas que contradicen al resto.
Pero como resaseguro ante lo más probable, también se interesa por la manipulación de los datos del escrutinio provisorio del domingo 11 de agosto, para que no repercuta negativamente en las diez semanas que mediarán desde esa prueba hasta el cotejo inicial por los puntos.
Entre la violación sistemática a la veda, con inauguración de obras dos semanas después de que comenzara la prohibición, y el toqueteo de los telegramas que se transmitirán en forma remota, hay sólo una cuestión de grado.

Las distintas encuestas miden una diferencia en las PASO que va de 4 a 13 puntos en favor de Fernández.
El objetivo oficial es achicar ese margen todo lo posible, pensando antes en los bancos y los fondos internacionales de inversión que en el electorado.
A través de los medios más amistosos, el gobierno ha instalado la idea de que una derrota por hasta 6 puntos en agosto puede achicarse en octubre y permite ilusionarse con llegar al balotaje el 24 de noviembre.
Así ocurrió en 2015: Macrì perdió por 8 puntos en las PASO, casi por 3 en octubre, y venció en la segunda vuelta de noviembre por 2,68%.

Pero estas mismas cifras miden la dificultad del emprendimiento: basta con que 1,35% de quienes entonces prefirieron la promesa de un cambio castiguen su incumplimiento (o las consecuencias de su aplicación) para que Macrì viaje a Roma en procura de una vejez tranquila y Fernández deba hacerse cargo de las consecuencias, que son devastadoras.

El balotaje es un juego de suma cero: lo que uno gana lo pierde su contrincante.

En 2019 hay otra diferencia fundamental: lo que ocurra en el mercado de cambios ahora afecta a Macrì, no a su rival.
La fuga (y los remedios para controlarla) estuvieron entre las causas de la derrota de Daniel Scioli en 2015.
Fernández no carga con ese lastre.

Hay además un factor aún más importante que la diferencia: es la proximidad del vencedor al 45%, que le permitiría ser electo en la primera vuelta, sin los riesgos de la coalición adversa en el balotaje.
Así lo señaló Rosendo Fraga, sin duda el analista argento más lúcido.


Rosendo Fraga, las perspectivas oficiales no son rosadas.


El intrincado sistema electoral vigente contempla un cambio de metodología entre las PASO y la primera vuelta.
En las PASO el porcentaje se cuenta sobre el total de los votos emitidos, pero en octubre antes de calcular el porcentaje se descartan los votos nulos y en blanco. Como los votos válidos son menos que el total de los emitidos, el mismo número de votos da un porcentaje mayor.
Un 42 o 43% en las PASO puede sobrepasar el 45% en la primera vuelta.


Al fin campeones

El gobierno ha apostado todas sus fichas a la calma cambiaria, aunque para ello deba seguir malvendiendo reservas (lo que se fuga de la economía local no es el consumo de los sectores beneficiados por la política económica, sino la inversión, que es la más baja en décadas) y emprendan lo que la fantástica jerga financiera denomina flight to quality que significa tanto vuelo como fuga hacia la calidad, es decir los Estados Unidos, Gran Bretaña y las guaridas offshore.

Durante varias semanas parecía que lo estaba consiguiendo, pero al cierre del viernes 26, la cotización del dólar había recuperado todo lo perdido en el mes, pese a los calmantes dispuestos por el Banco Central bajo la mirada complaciente del FMI y del gobierno del Presidente Donald Trump.
Las dos semanas que quedan hasta llegar al cuarto oscuro prometen emociones fuertes. Y esto a su vez depende de lo que ocurra el 11 de agosto.

Este mes comenzó a verificarse el previsto rebote económico. Contra las peores cifras de 2018, la diferencia interanual ha pasado a ser positiva.
Sin embargo, esto apenas tiene valor estadístico porque no altera la situación de quienes viven de un sueldo, una jubilación o un plan y mucho menos de quienes no tienen trabajo.
Esto es consecuencia de la inflación, que toda la sabiduría monetarista aplicada no consigue domar por debajo del 56% anual, salvo que se piense que 2,7% mensual es un porcentaje alentador.

Lo mismo ocurre con la balanza comercial, que en el primer semestre del año lleva un superávit de 5.600 millones de dólares, contra un déficit de casi 5.000 en el mismo lapso de 2018.
Esta es una buena noticia para la apuesta del gobierno, porque provee dólares genuinos, pero su efecto político es depresivo, porque no se logró mediante un gran incremento de las exportaciones (ni llega al 2% interanual, básicamente sobre combustibles, energía y productos primarios) y una fuerte caída de las importaciones (casi un 25% menos), lo que obedece a las restricciones del consumo y de la inversión.

El propio FMI señala que la Argentina, Turquía y Venezuela son los únicos países que no consiguen controlar los precios, padecen “un agravamiento de la tensión” y “están inmersos en difíciles procesos de ajuste macroeconómico”. Incluso especula con posibles nuevos episodios de salida de capitales.
También aduce que este año la Argentina padecerá una de las recesiones más profundas del mundo, sólo inferior a las de Venezuela, Irán, Zimbabwe, Nicaragua, Guinea Ecuatorial, Turquía y Sudán.
El resto de los países relevados por el Fondo registrará crecimiento.

Peor aún, para la organización de las Naciones Unidas sobre la Alimentación (FAO), Venezuela, la Argentina y Guatemala son las nuevas caras de la desnutrición y la inseguridad alimentaria en Latinoamérica.
Al comentar el informe de la FAO, el diario español El País recordó que la tasa de pobreza era del 16% de los hogares en 2011 y del 26% en 2018, con más de dos millones de argentinos subalimentados.
Las cifras son mucho peores ahora.
La Argentina es el único de los tres países mencionados que tiene ingresos altos, según la calificación del Banco Mundial, y con capacidad excedente de producción de alimentos.




La interpretación de El País es tendenciosa, en el estilo de la prensa comercial argentina.
Si bien constata que el problema es la inflación, responsabiliza al gobierno anterior: “El gobierno de Mauricio Macri no logró embridar la crisis de deuda ni la subsiguiente escalada de precios en la que metió al país su antecesora, y ahora candidata a la vicepresidencia”.
El diario madrileño desconoce que Macrì duplicó la inflación y triplicó el endeudamiento recibidos de CFK en 2015.
Las causas del hambre son distintas en Guatemala (la FAO responsabiliza a la sequía) y en Venezuela, donde prevalecen la crisis política y el éxodo de población.

Por todo esto, la Argentina no sólo ocupa el podio de los países más vulnerables del mundo sino que obtuvo el primer puesto, por delante de Turquía y Sudáfrica, según el ranking que la agencia Bloomberg confecciona sobre datos del FMI y del Banco Mundial de 2018 que se han agravado desde entonces.
Por ejemplo, estima una deuda externa del 40,5% del PIB, que en realidad es del doble; y una inflación 36% superior a la meta de 10% que fijó el Banco Central.
Pero la inflación interanual no es de 46% sino de 56%.


Más robos y hurtos

Esta catástrofe económica tiene consecuencias sociales. Según un informe de la Procuración General de la Provincia de Buenos Aires, en el territorio que gobierna el Hada Buena en 2018 se incrementaron los delitos, pese al énfasis oficial en la seguridad, el aumento de recursos y la inhumana sobrepoblación de cárceles y comisarias.

Los delitos contra la propiedad crecieron un 16,1%.
Dentro de ellos se destacan los hurtos (29,6%); los hurtos agravados por el uso de armas blancas (63,3%); los robos (17,2%); los robos agravados por el uso de armas de fuego (3,8%); las estafas (55,4%); los secuestros extorsivos (50%). 
Los cuatro primeros no pueden disociarse del estado de necesidad.




La descripción del panorama social adquiere tonos apocalípticos, lo cual es un hábito ítalo - argentino que siempre llama la atención de los observadores extranjeros.
Situaciones equivalentes no son acompañadas de tintes semejantes en Brasil, por ejemplo.

Pero aún descontada esa pasión por el melodrama, que un actor como Raul Rizzo crea que si gana Macrì habrá una guerra civil (por más que luego explicara que la frase fue del entrevistador y que él asintió en una comunicación muy ruidosa que no permitía escuchar bien) y que su colega Rodolfo Ranni asevere que “esto es como una posguerra” (él llegó de Italia en la segunda mitad de la década de 1940) son muestras de la extrema tensión con que se vive la última quincena preelectoral.


Las grandes urbes y el centro

Sin desmerecer la utilidad de las encuestas, siempre que sean bien hechas y mejor interpretadas, las elecciones ya realizadas en 15 distritos muestran una diferencia en contra de Cambiemos de más de medio millón de votos respecto de los obtenidos en 2015.
Además, el oficialismo nacional ha perdido en grandes centros urbanos que fueron su baluarte entonces.
El Gran Norte y el Sur siempre le fueron propicios al peronismo.
Esta vez también ganó la gobernación de Santa Fe y las intendencias de Santa Rosa, Córdoba y Santa Fe y estuvo muy cerca en Rosario.
La gira de Alberto Fernández por Santa Fe en compañía del gobernador electo Omar Perotti registró niveles de entusiasmo que asombraron al propio candidato.
En Córdoba, el gobernador Juan Schiaretti decidió no pronunciarse por temor a que se partiera la mayoría legislativa con que contará por primera vez.
No pudo impedir que un sector significativo de su cordobesismo se acercara al Frente de Todes, aunque confió a su esposa, Alejandra Vigo, dejar constancia de su disgusto. Dijo en un programa local de televisión que no estaba de acuerdo con la decisión del senador delasotista Carlos Caserio de trabajar para les Fernández.
“Durante los últimos gobiernos del kirchnerismo, Córdoba estuvo al margen de las decisiones. Creo que los cordobeses tienen buena memoria. Schiaretti tiene una buena relación con Macri, se conocen desde antes».

Durante su última visita, Alberto Fernández recibió el ofrecimiento de Schiaretti de fiscalización y lo declinó con la mayor amabilidad, porque tendrá un equipo propio, con participación de intendencias, gremios y militancia.
En 2015, Carlos Zannini aceptó esa propuesta y como prueba de sinceridad, el gobernador le dijo que su esposa se encargaría de fiscalizar.
Macrì es presidente gracias al 71% que obtuvo en Córdoba, y que ahora no se repetirá.


Schiaretti y Alejandra Vigo (Foto CEDOC).


“Gente incompetente”

Así las cosas, resonó como un trueno en cielo claro el pronunciamiento del economista argentino de la Universidad de Columbia Guillermo Calvo, célebre desde que predijo la crisis del Tequila de 1994.


Guillemo Calvo

En varias entrevistas con publicaciones de Chile, Calvo calificó con extrema dureza a Macrì:
«Aumentó el déficit fiscal y de ahí en adelante adoptó un sistema que se manejó técnicamente mal, por eso ocurrió la devaluación y todo lo demás. Dijeron que iban a dejar flotar y cuando las cosas se complicaron no la dejaron ir, perdiendo un montón de reservas».
«Si la Argentina no le paga al FMI, el FMI se funde. Como decía Keynes cuando uno debe poca plata al banco, uno tiene problemas, pero si uno debe mucha plata al banco, el banco tiene problemas».
«Esta situación, en mi opinión personal, tiene que ver mucho con la presión de Donald Trump, fue muy político todo esto. Han puesto al Fondo en una situación financieramente delicada, corre mucho riesgo con un gobierno argentino que resultó ser muy poco confiable».
«Hicieron una cosa escandalosa que fue decir que se va a cambiar la política monetaria. Sentaron a Federico Sturzenegger - ex presidente del BCRA - en una esquina y habló el jefe de gabinete de ministros. Fue una cosa espantosa que tuvo un impacto muy fuerte en la gente de Wall Street. ‘Estos están locos’, decían. De ahí en adelante perdieron la confianza de todos».
«El Fondo después descubrió que realmente estaba tratando con gente incompetente, políticamente incompetente»,
«El default es un riesgo muy importante. Además, se sigue acumulando deuda del Banco Central, porque ese 50% que se está pagando ahora es sobre bonos que emite el Banco Central. Entonces se endeuda cada día más y eso es difícilmente sostenible».
«Voy a ser mal pensado. Creo que los inversionistas, si asume Macri, tienen más tiempo para sacar su plata, porque Macri no ha mostrado ninguna capacidad de manejar esta situación. Más bien la ha empeorado».
«El tema central de la Argentina es la credibilidad. Entonces, nadie está haciendo planes de inversión ambiciosos. La inversión está colapsada y uno no puede echarle la culpa al gobierno, esto ya es un tema electoral. Para llegar ahí, están ‘planchando’ la tasa de cambio con una tasa de interés, que si el sistema no revienta, es altísima en términos de dólar. Es una solución también de corto plazo, lo que lleva al inversionista a pensar que, como esto no puede durar, no le puede creer al gobierno».
“Macri podría perder, porque ha emergido otro personaje que es José Luis Espert y ése le puede sacar votos por derecha. Entonces, de repente, los Fernández ganan en primera vuelta”.
Lejos de espantarse, agregó que “Cristina es lo mejor que le puede pasar al país”.
“Porque va a aplicar el ajuste con apoyo popular, culpando al gobernante previo”.
“Un gobierno con Cristina puede ser más creíble que el de Macri, que va a subir con muy pocos votos marginales y sin la capacidad de decir lo que hice estuvo mal”.
“El ajuste que él haga va a ser en principio muy malo. Macri va a necesitar a una persona de prestigio, pero no sé si esas personas van a querer ser parte de su gobierno. Está muy quemado».
«No estoy a favor de Cristina ni de su gente, pero debo reconocer una cosa: si sube Cristina, ella puede mirar para atrás y decir ‘miren el lío que nos dejó este hombre. Ahora yo tengo que hacer el ajuste que él debió haber hecho y que no hizo’. La ventaja de la izquierda en esas situaciones es que la oposición es la derecha, y ellos hacen política de derecha».

En plena campaña electoral, las opiniones de Calvo son lapidarias para el gobierno.
Clarín lo ignoró y La Nación pretendió que su referencia a Cristina era irónica, cosa que de ninguna manera se desprende del texto.
El tema es más serio: Calvo ningunea al candidato presidencial y habla sólo de Cristina, a quien ve volviendo a la Casa Rosada y no al Senado.
Pero además le marca la agenda aceptable para los mercados.
El título que encomilló La Nación fue “Cristina va a ajustar con apoyo popular, culpando a Macri”.

Hay un antecedente, a fines de la década de 1980, cuando Julio Ramos, director entonces de Ámbito Financiero, se pronunció a favor de Carlos Menem, con fundamentos similares a los de Calvo.
Dijo que sólo el patilludo riojano que prometía la revolución productiva y el salariazo podía realizar el ajuste necesario, porque cualquier otro sería desestabilizado por el sindicalismo peronista.

Ramos no se equivocó, porque conocía bien al candidato. De ahí a que la historia se repita hay un largo trecho.
Cristina no va a gobernar y Alberto no está planeando ajuste sino expansión de la economía.

Un portal argentino, LPO, presentó a Calvo como el puente con el FMI de Guillermo Nielsen, “que trabaja con Alberto Fernández y suena como su canciller, como paso previo a su desembarco en Hacienda”.

Estas hipótesis son parte de la promoción personal de Nielsen, a quien Fernández no le ofreció ninguno de esos ministerios. Sólo le pidió ayuda en la renegociación de la deuda, cosa que ya hizo hace tres lustros, cuando Alberto era el jefe de gabinete de Néstor Kirchner.


Hecha la ley

Las pocas encuestas que presentan un panorama favorable a Macrì, sólo difundidas por el gobierno, son la preparación psicológica para la noche del domingo 11 de agosto.

Lo mínimo que puede decirse es que el gobierno ha hecho todo lo imaginable para que se sospeche la preparación de un engaño.
Le basta con achicar el margen de su derrota a los límites previamente instalados por medios amistosos para que se considere descontable en octubre y reversible en noviembre. Todo en nombre de la transparencia y de la honestidad, monopolizadas por un gobierno que en algunos rubros no admite competencia.

Los portales El Destape y El Disenso han seguido las huellas que conducen a la escena del crimen electoral.
Algunos indicios:

La empresa SmartMatic Argentina que el 21 de diciembre de 2018 ganó el concurso de precios diseñado por Alejandro Tulio para el Desarrollo del Software de transmisión de Actas, no tenía entre los fines declarados en su estatuto la provisión de software, cosa que agregó en una asamblea posterior, que fue antedatada. Recién en junio informaron que desarrollo y venta de software formaba parte de su objeto social, con referencia a un acta de 2015 que hasta entonces era desconocida.
De acuerdo con el contrato, debía entregar a los partidos el software y el código fuente para que lo auditaran 30 días antes de las elecciones. Este es el tiempo mínimo para realizar esa compleja tarea.
Pero a dos semanas de los comicios no lo ha hecho y según Pérez recién estarán 48 horas antes de las PASO, porque lo van probando y modificando.
Esto solo basta para descalificar este proceso tramposo.

Ante una pregunta de Ari Lijalad, respondió que en ese momento también se entregará a la Cámara Nacional Electoral, sobre la que ostensiblemente procura arrojar la responsabilidad del escándalo en ciernes.
Las dos primeras pruebas realizadas excluyeron a los partidos políticos. La primera fue revelada en El cohete a la Luna el 30 de junio.

El escaneo y la transmisión remota de los telegramas incluye un cambio de formato de archivo. Sale del lugar de votación como .tiff pero llega como .pdf y pierde en el camino la firma digital.
El primer servidor, donde están los .tiff es donde debería ponerse el máximo esfuerzo de control.
En la conferencia con los periodistas se adujeron razones de seguridad para no suministrar la identidad de los técnicos de Smartmatic. Uno de ellos, de nacionalidad venezolana, respondió que no podía explicar cuáles eran las medidas de seguridad para evitar interferencias en ese tránsito.
Ya en las PASO de 2017 se produjo un retoque digital de los telegramas, lo que permitió el festejo anticipado de Cambiemos, pese a que luego se supo que había ganado Unidad Ciudadana.
En la última prueba, el supuesto escrutinio de La Rioja arrojó un 96% de incidencias, es decir errores.
Una especialista técnica requerida por Pérez dijo que eso había sido intencional para probar el sistema, pero no pudieron mostrar ninguna orden previa de registrar esas incidencias y, luego de una espera de varias horas, sólo entregaron dos telegramas con incidencias.

Pérez mostró ante los periodistas un desconocimiento pasmoso del sistema cuya transparencia y agilidad intentaba promover.
Su respuesta más frecuente fue: “No sé”.
Las veces en que acudió en su auxilio a técnicos del Correo y de la empresa, no fue posible clarificar lo que se les preguntaba acerca de los recaudos de seguridad.
Entre los requerimientos confidenciales del Correo a Smartmatic, figura el acceso remoto al sistema para 150 usuarios.

La transformación del .tiff para convertirlo una vez en el Correo en un .pdf fue admitida por un jóven técnico venezolano, tampoco identificado, por las aducidas razones de seguridad.

Ya hubo un precedente en 2017.
Ante las denuncias de Unidad Ciudadana sobre irregularidades en la carga de los datos de las PASO, Macrì respondió con un informe sobre el escrutinio provisorio elaborado por el Ministerio del Interior, basado a su vez en una auditoría realizada por la ONG Transparencia Electoral. El director ejecutivo de Transparencia, el radical Leandro Querido, era empleado de Rogelio Frigerio en el Ministerio del Interior, de la UBA y de la Legislatura porteña.
La ONG no poseía empleados registrados ni realizaba aportes patronales, pero poseía cuatro directores activos: uno de ellos, Adrián Veleff, era apoderado del frente UCR / Cambiemos Chaco; otro, Jesús Enrique Delgado Valery, pasó de recomendar “cómo combatir el mal aliento y blanquear tus dientes utilizando conchas de banana” a realizar análisis políticos y electorales de Venezuela y Argentina.

Transparencia no tenía sede propia. Alquilaba el uso de una mesa y una silla y una sala de conferencias en una oficina compartida por la que pagaba 3.000 pesos de entonces al mes.
Frigerio admitió que Querido era empleado del Ministerio pero negó haber pagado la auditoría.

Los disidentes replicaron que el ex director nacional electoral y luego Director de Asuntos Públicos del Correo Oficial, Alejandro Tulio, contrató a Transparencia Electoral por 200.000 pesos para auditar el escrutinio de las PASO.
Tulio ha dictado seminarios junto con Querido.
En noviembre de 2016, María Eugenia Vidal recibió una distinción en Washington por su impulso a la reforma política de la provincia de Buenos Aires para terminar con las reelecciones indefinidas.
Se la entregó Leandro Querido en representación de “Transparencia Electoral”, la ONG que no le hace honor a su nombre.

La noche del 11 de agosto será caótica y ruidosa.
El gobierno ha creado las condiciones para que el poder mediático de cada fórmula sea el que instale el presunto resultado de un escrutinio que carecerá de la imprescindible credibilidad.
El fiscal electoral Jorge Di Lello y la Cámara Nacional Electoral aseveran que no hay posibilidad de fraude, porque el sistema que el gobierno no pudo manotear, guarda como reaseguro la apertura de las urnas y el recuento de las papeletas.
Eso es cierto, pero se aplica cuando las dudas, irregularidades o denuncias son un porcentaje moderado del total.

El escenario montado desde el Correo Oficial por el monje negro electoral Alejandro Tulio, quien como el sol está, aunque no se lo vea, y por quien recibe las bofetadas el confuso y confundido Adrián Pérez, es de zafarrancho general.
Nunca antes desde 1983 la estocada a los fundamentos del sistema democrático y su fiabilidad había sido tan profunda, porque tampoco lo que estaba en juego parecía tan decisivo para el futuro de la Argentina.



Adrian Perez y Laura Alonso: tramparencia.

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