miércoles, 18 de diciembre de 2013

CANCIONES DE TALENTOSOS

* Fito Páez, a los 17 años, hace esta canción en homenaje a un amigo que muere muy joven.

Muchas veces me pregunto: 

qué estamos haciendo acá?
Dejo de pensar y veo que, al final,
siempre estarás, siempre estarás en mi.

He llegado a no escucharte
tocar fondo,
tanta inmensidad, perdidos de verdad aquí;
y es que siempre estarás, siempre estarás en mi.

Una voz, como un sentimiento, una canción;
algo más que me ayude a despertar,
a seguir, a no bajar la guardia, siempre a seguir,
no esperés, no te enseñaré a vivir.

Movimiento, las cosas
tienen movimiento;
la oportunidad de estar en libertad,
es que siempre estarás, siempre estarás en mi;

Como un soplo, como una lluvia,
como un rayo de luna,
oxigenarás mi vida hasta estallar...
y es que siempre estarás, siempre estarás en mi.


* Luis Alberto Spinetta a los 17 años, también cantó a un amigo fallecido de este modo.

Para saber como es la soledad,
tendrás que ver que a tu lado no está.
Que nunca a ti, te dejaba pensar
en dónde estaba el bien,
en dónde la maldad.

La soledad es un amigo que no está,
es su palabra que no ha de llegar igual.
Ves que sus sueños son luces en torno a ti.
Tu te das cuenta que él ya nunca ha de morir,
nunca ha de morir.
Al observar como muere la flor,
tu verás que también muere la paz.
Es que esa paz revivirá en su voz,
la flor te la dará para cantarla igual.


* Ricardo Mollo y Diego Arnedo, le cantan a un amigo del barrio quien también murió después de estar mucho tiempo afectado por la locura.

Va Pepe Lui por la estación Eduardo Vi
va Pepe Lui con bocho de radio grabador
la suspensión que el pelo pide al caminar
resortes de un andar clavado en los setenta.

Dos de cristal en la bolsa
más rápido que un rayo
un mundo en miniaturas, revistas de rock,
pero de rock nacional.
Rey del ping-pong
pero más rey es del pom-pom
el sapo ahí en su latita de Nesquik
un artesano hasta en su modo de mirar.
Aquel mueble de su vieja,
cajones de los misterios,
melodías de Pescado siempre sonarán.
en lo del flaco Pepe Lui.



*El mismo Fito Páez, viviendo en casa de García, piensa que así como están las cosas, Charly se va a morir. Y le escribe:

Si estás entre volver y no volver,
si ya metiste demasiado en tu nariz,
si estás como cegado de poder,
tirate un cable a tierra.
Y si tu corazón ya no va más,
si ya no existe conexión con los demás,
si estás igual que un barco en alta mar,
tirate un cable a tierra.
Y yo estoy acercándome hasta vos
bajo la luna, bajo la luna,
las cosas son así, tengo el teléfono del freak
que está deseoso de volarte la cabeza.
En un par de minutos sale el sol,
si ya no hay nada que anestesie tu dolor,
si no llegás, si no alcanzás a verme,
tirate un cable a tierra.

No creas que perdió sentido todo,
no dificultes la llegada del amor,
no hables de más, escucha el corazón
ese es el cable a tierra.

lunes, 16 de diciembre de 2013

UNA HISTORIA DE ESPAÑA XV, de Arturo Pérez Reverte - 15/12/13

A los incautos que creen que los últimos siglos de la reconquista fueron de esfuerzo común frente al musulmán hay que decirles que verdes las han segado.
Se hubiera acabado antes, de unificar objetivos; pero no fue así.
Con los reinos cristianos más o menos consolidados y rentables a esas alturas, y la mayor parte de los moros de España convertidos al tocino o confinados en morerías (en juderías, los hebreos), la cosa consistió ya más bien en una carrera de obstáculos de reyes, nobles y obispos para ver quién se quedaba con más parte del pastel.
Que iba siendo sabroso.
Como consecuencia, las palabras guerra y civil, puestas juntas en los libros de Historia, te saltan a la cara en cada página.
Todo cristo tuvo la suya: Castilla, Aragón, Navarra.
Pagaron los de siempre: la carne de lanza y horca, los siervos desgraciados utilizados por unos y otros para las batallas o para pagar impuestos, mientras individuos de la puerca catadura moral, por ejemplo, del condestable Álvaro de Luna, conspiraban, manipulaban a reyes y príncipes y se hacían más ricos que el tío Gilito.
El tal condestable, que era el retrato vivo del perfecto hijo de puta español con mando en plaza, acabó degollado en el cadalso - a veces uno casi lamenta que se hayan perdido ciertas higiénicas costumbres de antaño -; pero sólo era uno más, entre tantos (y ahí siguen).
De cualquier modo, puestos a hablar de esos malos de película que aquella época dio a punta de pala, el primer nombre que viene a la memoria es el de Pedro I, conocido por Pedro el Cruel: uno de los más infames - y de ésos hemos tenido unos cuantos - reyes y gobernantes que en España parió madre.
Este fulano metió a Castilla en una guerra civil en la que no faltaron ni brigadas internacionales, pues intervinieron tropas inglesas a su favor, nada menos que bajo el mando del legendario Príncipe Negro, mientras que soldados franchutes de la Francia, mandados por el no menos notorio Beltrán Duguesclin, apoyaban a su hermanastro y adversario Enrique de Trastámara.
La cosa acabó cuando Enrique le tendió un cuatro (como dicen en México) a Pedro en Montiel, lo cosió personalmente a puñaladas, chas, chas, chas, y a otra cosa, mariposa.
Unos años después, y en lo que se refiere a Portugal - del que hablamos poco, pero estaba ahí -, el hijo de ese mismo Enrique II, Juan I de Castilla, casado con una princesa portuguesa heredera del trono, estuvo a punto de dar el campanazo ibérico y unir ambos reinos; pero los portugueses, que iban a su propio rollo, y eran muy dueños de ir, eligieron a otro.
Entonces, Juan I, que tenía muy mal perder, los atacó en plan gallito con un ejército invasor; aunque le salió el tiro por la culata, pues los abuelos de Pessoa y Saramago le dieron las suyas y las del pulpo en la batalla de Aljubarrota.
Por esas fechas, al otro lado de la península, el reino de Aragón se convertía en un negocio cada vez más próspero y en una potencia llena de futuro: a Aragón, Cataluña, Valencia y Mallorca se fueron uniendo el Rosellón, Sicilia y Nápoles, con una expansión militar y comercial que abarcaba prácticamente todo el Mediterráneo occidental: los peces con las famosas barras de Aragón en la cola. Pero el virus de la guerra civil también pegaba fuerte allí, y durante diez largos años aragoneses y catalanes se estuvieron acuchillando por lo de siempre: nobles y alta burguesía - dicho de otro modo, la aristocracia política eterna -, diciéndose yo quiero de rey a éste, que me hace ganar más pasta, y tú quieres a ése.
Mientras tanto, el reino de Navarra (que incluía lo que hoy llamamos País Vasco) también disfrutaba de su propia guerra civil con el asunto del príncipe de Viana y su hermana doña Blanca, que al fin palmaron envenenados, con detalles entrañables que dejan chiquita la serie Juego de tronos.
Navarra anduvo entre Pinto y Valdemoro, o sea, entre España y Francia, dinastía por aquí y dinastía por allá, hasta que en 1512 Fernando de Aragón la incorporó por las bravas, militarmente, a la corona española.
A diferencia de los portugueses en Aljubarrota, los navarros perdieron la guerra y su independencia, aunque al menos salvaron los fueros - todos los estados europeos y del mundo se formaron con aplicación del mismo artículo catorce: si ganas eres independiente; si pierdes, toca joderse -.

Eso ocurrió hace cinco siglos justos, y significa por tanto que los vascos y navarros son españoles desde hace sólo veinte años menos que, por ejemplo, los granadinos; también, por cierto, incorporados manu militari al reino de España, y que, como veremos en el siguiente capítulo, si es que lo escribo, lo son desde 1492.

martes, 3 de diciembre de 2013

CAPITANES VALIENTES, O NO, de Arturo Pérez Reverte - 26/1/12

La noche del 14 de abril de 1912, 99 años y nueve meses antes de que el Costa Concordia se abriese el casco en un escollo de la isla toscana del Giglio, el Titanic se hundió en el Atlántico Norte llevándose a 1.503 personas.
El abandono del barco fue desastroso.
El 
capitán Edward Smith, que pese a 34 años de experiencia profesional se comportó más como torpe gerente de un hotel de lujo que como marino, tardó 25 minutos en lanzar el primer SOS. Además, retrasó la orden de abandonar el barco, disimulando esta de modo que la mayor parte de los pasajeros no advirtió el peligro hasta que fue demasiado tarde.
Después, la falta de botes salvavidas, el mar bajo cero y los 25 minutos perdidos en la llegada del primer barco que acudió en su auxilio, remataron la tragedia.
Cuatro semanas más tarde, en un artículo memorable publicado en 
The English Rewiew, Joseph Conrad confrontaba el final del Titanic con el hundimiento, reciente en aquellas fechas, del Douro: un barco más pequeño pero con proporción similar de pasajeros.
El Titanic se había hundido despacio, entre el desconcierto y la incompetencia de capitán y tripulantes, mientras que en el Douro, que se fue a pique en pocos minutos, la dotación completa de capitán a mayordomo, menos el oficial al mando de los botes salvavidas y dos marineros para gobernar cada uno, se hundió con el barco, sin rechistar, después de poner a salvo a todo el pasaje.
Pero es que el Douro, concluía Conrad, era un barco de verdad, tripulado por marinos profesionales y bien mandados que no perdieron la humanidad ni la sangre fría.
No un monstruoso hotel flotante lanzado a 21 nudos de velocidad por un mar con icebergs, atendido por seis centenares de pobres diablos entre mozos, doncellas, músicos, animadores, cocineros y camareros.
Escrito hace un siglo, el comentario conradiano podría aplicarse casi de modo literal al desastre del Costa Concordia.
Pese al tiempo y los avances técnicos que median entre uno y otro barco, muchas son las lecciones no aprendidas, las arrogancias culpables y las incompetencias evidentes para cualquier marino, aunque no siempre para los armadores e ingenieros navales: desmesura en los grandes cruceros, escasa preparación de tripulaciones, fe ciega y suicida en la tecnología, o competencia profesional de los capitanes y oficiales al mando.
En este último aspecto, ciertos detalles en el comportamiento del capitán del Costa Concordia, Francesco Schettino, quizá merezcan considerarse.
Todo capitán de barco tiene dos deberes inexcusables: gobernar su nave con seguridad y destreza y, en caso de incidente o naufragio, procurar el salvamento de pasaje, tripulación, carga y, a ser posible, del barco mismo.
Esa es la razón de que, en otros tiempos, un capitán pundonoroso se hundiese a veces con el barco, pues su presencia a bordo era garantía de que todo se había procurado hasta el último instante.
Y así, a un capitán capaz de gobernar bien un barco y asegurar en caso de incidente o tragedia la mayor parte posible de vidas y bienes, se le considera, hoy como ayer, un marino competente.
En la varada del Costa Concordia, en mi opinión, el concepto de incompetencia se ha manejado con cierta ligereza.
No creo que el capitán Schettino fuese un incompetente.
Treinta años de experiencia y una óptima calificación profesional lo llevaron al puente del crucero.
Hacía una ruta conocida, y la maniobra de acercarse a tierra es común en esa clase de viajes.
Además, una vez producida la vía de agua casi en la aleta de babor - lo que significaría que ya estaban metiendo a estribor para evitar el peligro -, la maniobra de largar anclas a fin de que, con las máquinas anegadas y fuera de servicio, el barco bornease 180º con su último impulso para acercar el costado a tierra y no hundirse en aguas profundas, parece impecablemente marinera y propia de buenos reflejos.
El exceso de confianza, una mirada superficial a los instrumentos, pulsar dos veces una tecla en lugar de hacerlo tres, pudieron bastar, a 16 nudos y en tan poca sonda, con una mole de 17 pisos y 114.500 toneladas, para que del error al desastre transcurriesen pocos segundos.
Ningún marino veterano puede afirmar que jamás cometió un error de navegación o maniobra; aunque este no tuviera consecuencias, o estas no sean las mismas en aguas libres de peligros que en un paso estrecho, en la noche, la niebla o el mal tiempo, con una piedra o una restinga cerca; o, como en el caso del Costa Concordia, a solo un cable de la costa.
En los casos mencionados, incluso aplicando al capitán de una nave todo el rigor legal que merezca su error, es posible comprender la tragedia del marino.
Simpatizar con él pese a su desgracia.
Pero lo que sitúa a cualquier capitán lejos de cualquier simpatía posible es su incompetencia o cobardía a la hora de afrontar las consecuencias del error o la mala suerte.
Una desgracia puede ser azar, pero no encararla con dignidad es vileza. Si un capitán está para algo, es sobre todo para cuando las cosas van mal a bordo.
Ahí un marino es, o no es.
Y Francesco Schettino demostró que no lo era.
Escapar a su deber y su conciencia fue una cobardía inexcusable, que en tiempos menos políticamente correctos, frente a un tribunal naval de los de antes, lo habría llevado a la soga de una horca.
Tengo una impresión personal sobre eso.
Con el auge de las comunicaciones fáciles vía Internet y telefonía móvil, la responsabilidad de un marino se diluye en aspectos ajenos al mar y sus problemas inmediatos.
El oficial delCosta Concordia que fue a comprobar cuánta agua entraba en la sala de máquinas informó repetidas veces al puente, y no obtuvo respuesta porque el capitán estaba ocupado con el teléfono.
De hecho, buena parte de los 45 minutos transcurridos entre el momento de la varada (21.58), las mentiras a la autoridad marítima de Livorno (22.10) y la confesión final de que había una vía de agua (22.43), así como el cuarto de hora siguiente, hasta que sonaron las siete pitadas cortas y una larga para abandonar el buque (22.58), Schettino los pasó hablando por teléfono con el director marítimo de Costa Crociere.
Dicho de otra forma: en vez de ocuparse del salvamento de pasajeros y tripulantes, el capitán del Costa Concordia estuvo con el móvil pegado a la oreja, pidiendo instrucciones a su empresa.
Mi conclusión es que el capitán Schettino no ejercía el mando de su barco aquella noche.
Cuando llamó a su armador dejó de ser un capitán y se convirtió en un pobre hombre que pedía instrucciones.
Y es que las modernas comunicaciones hacen ya imposible la iniciativa de quienes están sobre el terreno, incluso en cuestiones de urgencia.
Ni siquiera un militar que tenga en el punto de mira a un talibán que le dispara, o a un pirata somalí con rehenes, se atreverá a apretar el gatillo hasta que no reciba el visto bueno de un ministro de Defensa que está en un despacho a miles de kilómetros.
El capitán Schettino era patéticamente consciente aquella noche de que el tiempo de los marinos que tomaban decisiones y asumían la responsabilidad se extinguió hace mucho, y de que las cosas no dependían de él sino de innumerables cautelas empresariales: cuidado con no alarmar al pasaje, ojo con la reacción de las aseguradoras, con el departamento de relaciones públicas, con el director o el consejero ilocalizables esa noche.
Mientras tanto, seguía entrando agua, y lo que en hombres de otro temple habría sido un "váyanse al diablo, voy a ocuparme de mi barco", en el caso del capitán sumiso, propio de estos tiempos hipercomunicados y protocolarizados, no fue sino indecisión y vileza.
Además de porque era un cobarde, Schettino abandonó su barco porque ya no era suyo.
Porque, en realidad, no lo había sido nunca.
Sé que puede hacerse una objeción comparativa a esta hipótesis, y que precisamente es de índole histórica: el capitán del Titanic también se comportó con extrema incompetencia en el abandono de la nave, y su pasividad tuvo relación directa con la muerte de millar y medio de pasajeros; sin embargo, Edward Smith no tenía teléfono móvil.
En 1912 solo había telegrafía de punto - raya en los barcos.
Eso permitiría suponer que, en ese caso, las decisiones erróneas sí fueron suyas.
Quizá lo fueran, desde luego; nada es simple en el mar ni en la tierra. Pero no por falta de comunicación directa con sus armadores de la White Star.
La noche del iceberg y la tragedia, a bordo del Titanic viajaba el presidente de la compañía naviera.
Que estuvo en el puente y sobrevivió ocupando un lugar libre en los botes.

lunes, 2 de diciembre de 2013

EL HOMBRE QUE ENSEÑABA APRENDIENDO, de Eduardo Galeano

El 28 de noviembre de 2009, el gobierno de Brasil pidió disculpas a Paulo Freire.
Él no pudo agradecer el gesto, porque llevaba doce años de muerto.
Paulo había sido el profeta de una educación solidaria.
En sus comienzos daba clases bajo un árbol.
Había alfabetizado a miles y miles de obreros del azúcar, en Pernambuco, para que fueran capaces de leer el mundo y ayudaran a cambiarlo.
La dictadura militar lo metió preso, lo echó del país y le prohibió el regreso.
En el exilio, Paulo anduvo mucho mundo.
Cuanto más enseñaba, más aprendía.
Hoy, 340 escuelas brasileñas llevan su nombre.

UNA HISTORIA DE ESPAÑA XIV, de Arturo Pérez Reverte - 2/12/13

En la España cristiana de los siglos XIV y XV, como en la mora (ya sólo había 5 reinos peninsulares: Portugal, Castilla, Navarra, Aragón y Granada), la guerra civil empezaba a ser una costumbre local tan típica como la paella, el flamenco y la mala leche - suponiendo que entonces hubieran paella y flamenco, que no creo -.
Las ambiciones y arrogancia de la nobleza, la injerencia del clero en la vida política y social, el bandidaje, las banderías y el acuchillarse por la cara, daban el tono; y tanto Castilla como Aragón, con su Cataluña incluida, iban a conocer en ese período unas broncas civiles de toma pan y moja, que ya contaremos cuando toque; y que, como en episodios anteriores, habrían proporcionado materia extraordinaria para varias tragedias shakesperianas, en el caso de que en España hubiéramos tenido ese Shakespeare que para nuestra desgracia - y vergüenza - nunca tuvimos.
Ríanse ustedes de Ricardo III y del resto de la británica tropa.
Hay que reconocer, naturalmente, que en todas partes se cocían habas, y que ni italianos ni franceses, por ejemplo, hacían otra cosa.
La diferencia era que en la península ibérica, teóricamente, los reinos cristianos tenían un enemigo común, que era el Islam. Y viceversa.
Pero ya hemos visto que, en la práctica, el rifirrafe de moros y cristianos fue un proceso complicado, hecho de guerras pero también de alianzas, chanchullos y otros pasteleos, y que lo de Reconquista como idea de una España cristiana en plan Santiago cierra y tal fue cuajando con el tiempo, más como consecuencia que como intención general de unos reyes que, cada uno por su cuenta, iban a lo suyo, en unos territorios donde, invasiones sarracenas aparte, a aquellas alturas tan de aquí era el moro que rezaba hacia la Meca como el cristiano que oraba en latín.
Los nobles, los recaudadores de impuestos y los curas, llevaran tonsura o turbante, eran parecidísimos en un lado y en otro; de manera que a los de abajo, se llamaran Manolo o Mojamé, como ahora en el siglo XXI, siempre los fastidiaban los mismos.
En cuanto a lo que algunos afirman que hubo lugares, sobre todo en zona andalusí, donde las tres culturas - musulmana, cristiana y judía - convivían fructíferamente mezcladas entre sí, con los rabinos, ulemas y clérigos besándose en la boca por la calle, hasta con lengua, más bien resulta un cuento chino.
Entre otras cosas porque las nociones de buen rollito, igualdad y convivencia nada tenían que ver entonces con lo que por eso entendemos ahora.
La idea de tolerancia, más o menos, era: chaval, si permites que te reviente a impuestos y me pillas de buenas, no te quemo la casa, ni te confisco la cosecha, ni violo a tu señora.
Por supuesto, como ocurrió en otros lugares de frontera europeos, la proximidad mestizó costumbres, dando frutos interesantes. Pero de ahí a decir (como Américo Castro, que iba a otro rollo tras la Guerra Civil del 36) que en la Península hubo modelos de convivencia, media un abismo.
Moros, cristianos y judíos, según donde estuvieran, vivían acojonados por los que mandaban, cuando no eran ellos; y tanto en la zona morube como en la otra hubo estallidos de violento fanatismo contra las minorías religiosas.
Sobre todo a partir del siglo XIV, con el creciente radicalismo atizado por la cada vez más arrogante Iglesia católica, las persecuciones contra moros y judíos menudearon en la zona cristiana (hubo un poco en todas partes, pero los navarros se lo curraron con verdadero entusiasmo en plan Sanfermines, asaltando un par de veces la judería de Pamplona, y luego arrasando la de Estella, calentados por un cura llamado Oillogoyen, que además de estar como una cabra era un hijo de puta con balcones a la calle).
En cualquier caso, antijudaísmo endémico aparte - también los moros daban leña al hebreo -, las tres religiones y sus respectivas manifestaciones sociales coexistieron a menudo en España, pero nunca en plan de igualdad, como afirman ciertos buenistas y muchos cantamañanas.
Lo que sí mezcló con la cristiana las otras culturas fueron las conversiones: cuando la cosa era ser bautizado, salir por pies o que te dejaran torrefacto en una hoguera, la peña hacía de tripas corazón y rezaba en latín. De ese modo, familias muy interesantes, tanto hebreas como mahometanas, se pasaron al cristianismo, enriqueciéndolo con el rico bagaje de su cultura original.
También intelectuales doctos o apóstoles de la conversión de los infieles estudiaron a fondo el Islam y lo que aportaba.
Tal fue el caso del brillantísimo Ramón Llull: un niño pijo mallorquín al que le dio por salvar almas morunas y llegó a escribir, el tío, en árabe mejor que en catalán o en latín.
Que ya tiene mérito.
(Continuará)


lunes, 18 de noviembre de 2013

EL PERRO ANTISISTEMA, de Aturo Pérez Reverte - 18/11/2013

Tengo la foto delante, mientras tecleo esto.
Y me encanta.
Ha sido tomada en una calle de Atenas, pero podría haber ocurrido en cualquier lugar de Europa; o, al menos, en no importa qué lugar de la Europa indignada, furiosa, que en los últimos tiempos, harta de tanto cuento, tanto recorte y tanta indecencia oficial, se echa a la calle, cada vez con más energía, para ajustar cuentas, o intentarlo, con la clase política y financiera: con los responsables últimos – los primeros, tampoco hay que olvidarlo, somos nosotros mismos - de la trampa siniestra en la que desde hace tiempo estamos metidos.
Para escupir con dureza en la cara de esa casta desvergonzada, intocable en sus infames privilegios, que ha hecho de nuestras vidas su negocio y de Bruselas su criminal coartada.
La imagen tiene mucha fuerza.
Muestra la primera línea de una manifestación violenta, de ésas con lanzamiento de piedras, barricadas y contenedores de basura incendiados.
Está tomada de frente, desde el lado de la policía, abarcando el despliegue de manifestantes que se enfrentan a los antidisturbios: pañuelos cubriendo la cara, pasamontañas, cascos de motorista, sudaderas de felpa con la capucha subida.
Algunos, prevenidos hasta lo profesional, llevan máscaras antigás, y al fondo tremolan algunas banderas rojas.
El suelo entre ellos y los policías está alfombrado de piedras y trozos de ladrillo que acaban de volar por los aires.
En realidad es una foto de guerra, pienso al mirarla.
De esta otra guerra cercana, fruto natural de tantas mentiras, incompetencia, latrocinios e injusticias, que hace tiempo estalló en nuestras ciudades y corazones, y que canallas encorbatados se esfuerzan en negar, en desmentir, con sonrisas hipócritas, retórica imbécil y palabras huecas que a pocos lúcidos engañan.
El perro está en esa primera línea.
Es un chucho de pelaje dorado y hocico flaco, y sin duda su amo es alguno de los manifestantes que, más próximos a él, se enfrentan a los policías: no sé si el que lleva puesto un casco de motorista o el que, a la izquierda de la imagen, se mueve medio agachado con una máscara antigás ocultándole el rostro y una bandera roja recogida en la mano.
El perro está casi entre ambos, también en movimiento, abiertas las patas para plantarlas con coraje en el suelo, algo adelantada una de ellas, subidas las orejas por efecto de la acción.
Le ciñe el cuello algo oscuro, que parece un collar o uno de esos pañuelos perroflautas tipo John Wayne.
Y mira con resuelta atención hacia donde miran los hombres que están a su lado, entreabierta la boca como para un gruñido o un ladrido de cólera.
No parece asustado en absoluto por el tumulto, ni intimidado con el estruendo de los pelotazos de la policía y los gritos de los manifestantes.
Está allí, valeroso, firme, corriendo leal junto a su amo, dando la cara en plena refriega como dispuesto, también él, a abalanzarse contra las barreras de la ley y el orden establecidas por los de siempre.
Uno tiene el lacrimal reacio, a estas alturas.
Sin embargo, o quizá por eso, consuela comprobar que todavía hay cosas que te remueven otras cosas por dentro.
La estampa de ese perro decidido, fiel, enfrentado a la policía sin abandonar a su amo en plena refriega, es una de ellas.
Lo miro en la foto y, mientras sonrío, se me ocurre que quizá no esté ahí sólo por eso.
A su manera, sin saberlo, puede que ese chucho también libre su propia guerra antisistema.
Batiéndose no sólo por su amo, sino por sí mismo.
Por sus colegas: cachorrillos regalos de Navidad que meses más tarde acabarán abandonados en una cuneta; por los perros maltratados, apaleados hasta morir por canallas sin conciencia; por los que acaban ahorcados en el monte cuando son viejos, arrojados vivos a un pozo o liquidados de un escopetazo; por los que enloquecen amarrados con dos metros de cadena o mueren de hambre y sed; por los que son sacrificados sin necesidad pudiendo salvarse; por los que nadie reclama y acaban deslizando su sombra por el corredor de la muerte; por los que infames sin escrúpulos utilizan en peleas clandestinas donde se juegan enormes cantidades de dinero; por esos perrillos drogados que, ante la pasividad de las autoridades, algunos mendigos utilizan para mover a piedad y luego se desembarazan oscuramente de ellos...
Y sí.
Miro la foto del perro antisistema que se enfrenta a la policía en una calle de Atenas y concluyo que tal vez también él tenga cuentas propias que ajustar.
Y que todo será más noble y luminoso mientras junto a un hombre que lucha haya un buen perro valiente.

UNA HISTORIA DE ESPAÑA XIII, de Arturo Pérez Reverte - 11/11/13

En los albores del siglo XIII, el reino de Aragón se hacía rico, fuerte y poderoso.
Petronila (una huerfanita de culebrón casi televisivo, heredera del reino) se había casado y comido perdices con el conde de Barcelona Ramón Berenguer IV; así que en el reinado del hijo de éstos, Alfonso II (el que se batió como un tigre en Las Navas), quedaron asentados Aragón y Cataluña bajo las cuatro barras de la monarquía aragonesa.
Aquella familia tuvo la suerte de parir un chaval fuera de serie: se llamaba Jaime, fue el primer rey de Aragón con ese nombre, y pasó a la Historia con el apodo de El Conquistador no por las señoras entre las que anduvo, que también - era muy aficionado a intercambiar fluidos -, sino porque triplicó la extensión de su reino.
Hombre culto, historiador y poeta, Jaime I dio a los moros leña hasta en el turbante, tomándoles Valencia y las Baleares, y poniendo en el Mediterráneo un ojo de águila militar y comercial que aragoneses y catalanes ya no entornarían durante mucho tiempo.
Su hijo Pedro III arrebató Sicilia a los franceses en una guerra que salió bordada: el almirante Roger de Lauría los puso mirando a Triana en una batalla naval - hasta Trafalgar nos quedaban aún seiscientos años de poderío marítimo -, y en el asedio de Gerona los gabachos salieron por pies con epidemia de peste incluida.
La expansión mediterránea catalano - aragonesa fue desde entonces imparable, y las barras de Aragón se pasearon de tan triunfal manera por el que pasó a ser Mare Nostrum que hasta el cronista Desclot escribió -en fluida lengua catalana- que incluso «los peces llevan las cuatro barras de la casa de Aragón pintadas en la cola».
Hubo, eso sí, una ocasión de aún mayor grandeza perdida cuando Sancho el Fuerte de Navarra, al palmar, dejó su reino al rey de Aragón.
Esto habría cambiado tal vez el eje del poder en la historia futura de España; pero los súbditos vascongados no tragaron, subió al trono un sobrino del conde de Champaña, y la historia de la Navarra hispana quedó por tres siglos vinculada a Francia hasta que la conquistó, incorporándola por las bravas a Aragón y Castilla, Fernando el Católico (el guapo que sale en la tele con la serie Isabel).
Pero el episodio más admirable de toda esta etapa aragonesa y catalana de nuestra peripecia nacional es el de los almogávares, las llamadas compañías catalanas: gente de la que ahora se habla poco, porque no era, ni mucho menos, políticamente correcta.
Y su historia es fascinante.
Eran una tropa de mercenarios catalanes, aragoneses, navarros, valencianos y mallorquines en su mayor parte, ferozmente curtidos en la guerra contra los moros y en los combates del sur de Italia.
Como soldados resultaban temibles, valerosos hasta la locura y despiadados hasta la crueldad.
Siempre, incluso cuando servían a monarcas extranjeros, entraban en combate bajo la enseña cuatribarrada del rey de Aragón; y sus gritos de guerra, que ponían la piel de gallina al enemigo, eran Aragó, Aragó, y Desperta ferro: despierta, hierro.
Fueron enviados a Sicilia contra los franceses; y al acabar el desparrame, los mismos que los empleaban les habían cogido tanto miedo que se los traspasaron al emperador de Bizancio, para que lo ayudaran a detener a los turcos que empujaban desde Oriente.
Y allá fueron, 6.500 tíos con sus mujeres y sus niños, feroces vagabundos sin tierra y con espada.
De no figurar en los libros de Historia, la cosa sería increíble: letales como guadañas, nada más desembarcar libraron tres sucesivas batallas contra un total de 50.000 turcos, haciéndoles escabechina tras escabechina.
Y como buenos paisanos nuestros que eran, en los ratos libres se codiciaban las mujeres y el botín, matándose entre ellos.
Al final fue su jefe el emperador bizantino quien, acojonado, no viendo manera de quitarse de encima a fulanos tan peligrosos, asesinó a los jefes durante una cena, el 4 de abril de 1305.
Luego mandó un ejército de 26.000 bizantinos a exterminar a los supervivientes.
Pero, resueltos a no dar gratis el pellejo, aquellos tipos duros decidieron morir matando: oyeron misa, se santiguaron, gritaron Aragó y Desperta ferro, e hicieron en los bizantinos una matanza tan horrorosa que, según cuenta el cronista Muntaner, que estaba allí, «no se alzaba mano para herir que no diera en carne».
Después, ya metidos en faena, los almogávares saquearon Grecia de punta a punta, para vengarse.
Y cuando no quedó nada por quemar o matar, fundaron los ducados de Atenas y Neopatria, y se instalaron en ellos durante tres generaciones, con las bizantinas y tal, haciendo bizantinitos hasta que, ya más blandos con el tiempo, los cubrió la marea turca que culminaría con la caída de Constantinopla.
(Continuará).

viernes, 15 de noviembre de 2013

SEÑOR LABRUNA, de Rodolfo Braceli - Argentina

Estimado señor Labruna:

Por intermedio de la presente me dirijo a usted, antes que nada deseando que al recibo de esta carta se encuentren habitados de buena salud usted, la familia de usted y las amistades de usted.
Antes de expresarle el motivo de estas líneas quiero presentarme: soy maestro de escuela, es decir, honrado pero pobre.
Tengo 35 años de edad, no soy casado, no tengo hijos, en realidad vivo solo en una casita de piedra que está apoyada sobre la espalda de mi escuelita.
Por esas vueltas que tiene la vida nací en Santa Cruz, en un pueblito que se llama Los Antiguos, cerca del volcán Hudson; nací bien al sur pero desde hace diez años vivo bien al norte, mucho más arriba de San Salvador de Jujuy, pasando el Trópico de Capricornio, entre la quebrada de Humahuaca y el río Miraflores.
Fácil de llegar si algún día se le ofrece la ocasión.
Señor Labruna, yo sé que usted es una persona que no tendrá tiempo para cartas demasiado largas, pero le ruego que me tenga paciencia.
El sitio donde vivo no figura en el mapa. No hay pueblo alrededor de mi escuelita.
Los niños vienen de casas dispersas que están a media hora, a una hora, a dos.
Yo soy el maestro de los seis grados y cuando el tiempo permite que vengan todos son veintinueve los niños que aquí se juntan.
Más que nada les enseño a leer y escribir y después les enseño a comprender lo que leen.
Sabiendo esto, algún día podrán ser libres no sólo cuando cantan el himno y sabrán que ser pobres no es todo lo que se puede ser.
Señor Labruna, no vaya a tomar a mal lo que ahora paso a contarle: yo soy hincha de Boca, lo soy desde que tengo uso de razón y uso de pasión.
Pero eso no me impide tener por usted mi más alta estima y admiración.
Yo sé que usted es de River y jugará en River hasta el último minuto del último partido de su vida - quiera Dios que sea bien pasados los cuarenta años de su edad -.
Pero debo confesarle que soy un convencido que usted tiene todas las características de un jugador típicamente boquense.
Usted no arruga jamás, usted es capaz de dar vuelta un resultado en los últimos cinco minutos del partido, usted no le tiene miedo a nada.
A usted, señor Labruna, los insultos de la hinchada contraria lo hacen jugar mejor.
Hace un año y dos meses, acercándose al alambrado donde estaba la vibrante hinchada bostera de mi Boca, usted, desafiante, simulando mal olor, se apretó la nariz con el índice y el pulgar.
El coraje que tuvo para hacer eso en la mismísima cancha de Boca demuestra lo que le digo: usted es un típico jugador de Boca.
Pero Dios tiene sus planes y designios y estableció, para siempre, que usted fuera jugador de River.
Señor Labruna: se preguntará usted cómo hago, tan fuera del mundo como estoy, para estar tan enterado del fútbol y de sus hazañas.
Le cuento: todos los domingos, si el tiempo así lo permite, para escuchar los partidos bajo a caballo hasta San Salvador de Jujuy. Allí me espera un amigo que tiene una preciosa radio y una preciosa hermana.
Usted no se imagina la felicidad que significa escuchar al maestro Fioravanti: es como ver los partidos.
Ciertamente vale la pena cabalgar dos horas de ida y dos horas y media de vuelta.
Por esta vez, señor Labruna, no quiero quitarle más tiempo. Que esta primera carta sirva para testimoniarle mi grande admiración.
Reciba mi apretón de manos.
Quiero decirle que si usted me contesta, le daré suerte, aunque usted no la necesita.
Su seguro admirador,

  Estupor Corcuera

Ésta fue la primera carta de Estupor Corcuera a Ángel Labruna. Sucedía en la Argentina y en el mundo el mes de Octubre de 1947.
Después de esa carta, Corcuera, cada semana le escribió a Labruna. Siempre se las enviaba a la cancha de River, seguro de que las recibiría.
En cada carta le contaba cosas menudas referidas a sus alumnos, a la escuelita de piedra, a algún temporal de nieve, a cierto caballo que se mancó, a lo difícil que es aprender a leer cuando no se está bien comido, y bien abrigado.
Todas las cartas Estupor Corcuera las cerraba con la misma frase: Quiero decirle, señor Labruna, que si usted me contesta, le daré suerte, aunque usted no la necesita.
Labruna no contestaba. Y no por desgano; no le salía.
Generalmente las leía una hora antes de los partidos.
En 1951, cuatro años después de la primera, Labruna un domingo se encontró con que no había carta. En los dos domingos siguientes tampoco hubo.
Lo que Labruna experimentó no se lo alcanzaba a explicar con palabras: sintió un vago malestar, sintió que realmente le faltaba algo.
Y se dijo: soy un chambón, ¿cómo es posible que me haya pasado cuatro años sin contestarle a este hombre?
Creyó que nunca más recibiría otra carta de aquel maestro desde el remoto norte, Jujuy adentro, pasando el Trópico de Capricornio, entre la quebrada de Humahuaca y el río Miraflores.
Labruna no lo supo explicar a los demás pero estaba ganado por la tristeza.
Pero el domingo siguiente se encontró con las cartas atrasadas, y la que correspondía a ese domingo. Corcuera le pedía disculpas, le decía que una especie de pulmonía le había impedido salir de su casita en el medio de la montaña. Pero ya estaba bien.
Al final le reiteraba el saludo y la frase de siempre: Quiero decirle, señor Labruna, que si usted me contesta, le daré suerte, aunque usted no la necesita.
Como a los cinco años desde la primera carta un día Labruna decidió contestarle a Estupor Corcuera.
Compró un block, sobres, y empezó por fin a responder. Después de la primera, de la segunda, a lo sumo de la tercera línea, se atascaba.
Estrujaba la hoja y arrancaba con otra.
Finalmente tiró al diablo el block y los sobres.
Dijo esto no es para mí, escribiendo no hay caso conmigo, no entro al área ni por puta.
Allí fue que Labruna se juró ir un día a la casita escuela donde vivía Estupor, allá, en la bella desolación, al norte del paraíso.
Y el día llegó después de una noche estrellada.
Era lunes y Diciembre.
El cielo estaba azul, sin nubes, inobjetable.
Labruna cabalgó con un paisano que conocía de memoria aquellas eternidades. La última parte del cerro era una especie de cuesta y tuvo que hacerla solo y de a pie.
Un trayecto de unos veinte minutos agravado por el paquetón que traía.
Siguió una senda hecha por la costumbre.
El paisano, para alentarlo en ese último tramo, le había dicho con cierto alarde literario:
- Aquí lo estaré esperando no bien pasen tres horas desde este minuto. Vea, amigo, vaya sin apuro, porque aquí el aire es mañoso. Siga por donde la senda de las piedras suaves se lo van diciendo.
Abro comillas:
“El camino lleva al sol en los hombros. El camino no acaba de llegar. Cierro comillas. Hasta más luego”.
Labruna hizo caso: empezó a subir la cuesta sin apuro. Notó enseguida que el aire le resultaba poco.
Miró hacia atrás: el paisano ya se había borrado del paisaje. Allá, adelante, la escuelita de piedras estaba cerca pero demasiado lejos.
Necesitó morder el aire; sí, porque le resultaba poco.
Y ahí comprendió eso de que el camino no acaba de llegar. Sintió miedo, casi una ráfaga de terror. No quiso mirar hacia atrás de nuevo. Mirando nada más que las piedras suaves siguió avanzando.
El ruido del silencio le golpeaba las sienes.
No daba ya más. Sintió que se derrumbaba.
- ¡Señor Labruna! ¡yo sabía que usted un día iba a venir por aquí! -
Estupor Corcuera se adelantó y le dio un abrazo.
Con el largo abrazo lo sostuvo.
Labruna fue encontrando el aire y las palabras:
- Mucho gusto, Corcuera... encantado de conocerlo -
Estupor lo hizo pasar a la cálida penumbra de la casa que era escuela.
Partió enseguida una cebolla al medio y le dijo que se la comiera.
Labruna hizo caso. La cebolla lo resucitó.
Terminó de encontrarse con el aire y empezó conversar de todo un poco con Corcuera.
Lo primero que hizo fue entregarle el paquetón con algunos obsequios: cuadernos, cajas de colores, dos bolsitas con harina y una baraja.
Como a la media hora los dos maestros estaban jugando al truco.
Después comieron un locro de aroma emocionante que ya estaba en trámite desde la mañana.
Brindaron con vino clarete. Y se les pasó el rato tan rápido como se pasa la vida.
Cuando llegó el momento de bajar la cuesta, Estupor Corcuera le indicó a Labruna que lo siguiera.
El maestro caminaba adelante, llevando bajo el brazo una de las dos pequeñas bolsas de harina con que fue obsequiado.
Antes de iniciar el recorrido Labruna vio con extrañeza que Estupor le hacía varios agujeritos a la bolsa. Y ahora la bolsa iba dejando un reguero, un sendero de harina. Alarmado le avisó a Corcuera.
- No se preocupe, señor Labruna. Eso sí: usted vaya pisando por el caminito que va dejando la harina. Por favor le pido. Por favor -
Labruna sin preguntar hizo caso: caminó por el angosto sendero de la harina.
Al llegar al final de la cuesta se encontraron con el paisano que, puntual, ya estaba esperando.
Labruna se animó a preguntarle a Corcuera algo que venía rumiando desde que llegó:
- Dígame, Estupor: ¿por qué en todas sus cartas dijo que me iba a dar suerte? -
- Señor Labruna, ¿qué otra cosa le puede dar un pobre? -
Se abrazaron fuerte, rápido.
Ni a Corcuera ni a Labruna les quiso salir una sola palabra más. Sabían que se habían visto por primera vez, y por última vez.
Ya al galope, Labruna se dio vuelta y alcanzó a ver cómo el maestro estaba subiendo la cuesta.

Iba poniendo y demorando sus pies, uno a uno, exactamente sobre las pisadas, una a una, que recién él dejó marcadas, en la harina.

martes, 5 de noviembre de 2013

ESTAMOS DISTRAÍDOS, de Roberto Fontanarrosa

Mi amiga Colette solía decir, y hace ya mucho tiempo, "Estamos entrando en la edad del nunca me había pasado"...
Y es así.
Decimos:
"Es curioso. Nunca me había pasado, me agaché a recoger un tenedor y se me trabaron cuatro vértebras de la columna".

Escuchamos: 
"Es notable. Nunca me había pasado. Mordí un caramelo de limón y un premolar se me partió en ocho pedazos"

Es que, así como se habla de un Primer Mundo y de un Tercero sin que nadie conozca a ciencia cierta cual es el Segundo, nosotros hemos pasado de la Primera Edad a la Tercera sin recalar por la Segunda y el cuerpo acusa recibo de tal apresuramiento.
El tiempo mismo, incluso, ha tomado una consistencia gelatinosa, plástica, mutante.

Calculamos:
"¿Cuánto hace que se mudó Ricardo a su nueva casa?".
Y arriesgamos:
"Tres, cuatro años".
Hasta que alguien, conocedor, nos saca de la duda: "Catorce..."

Suponemos ante el amigo encontrado ocasionalmente en la calle:
"Tu pibe debe andar por los seis, siete años"
"Tiene diecinueve..!" nos contesta el amigo  
"¡Vení Tacho!". Y nos presenta a una bestia de un metro ochenta, pelo verde, un clavo miguelito clavado en la ceja y un cardumen de granos sulfurosos en la mejilla.

Se corrobora entonces aquello que, dicen, decía John Lennon:
"El tiempo es algo que pasa mientras nosotros estamos distraídos haciendo otra cosa".
Y suerte que estamos distraídos haciendo otra cosa. Mucho peor es aburrirse. Es dulce rememorar ciertos momentos, pero más me entusiasma pensar en las cosas que tengo para hacer. 
Es que muchos de esos ciertos momentos son muy viejos.

Y por lo tanto vale recordar el consejo dado por Javier Villafañe cuando alguien le preguntó cómo hacía para conservarse tan joven pasados los ochenta años.

- "No me junto con viejos", respondió el maestro.

Yo quiero agregar lo que un día dijo Jean Louis Barrault, famoso mimo francés:
"La edad madura es aquella en la que todavía se es joven, pero con mucho más esfuerzo"

lunes, 4 de noviembre de 2013

PUTAS, CHULOS Y AYUNTAMIENTO, de Arturo Pérez Reverte - 4/11/13

Nunca fui muy de putas. Y sigo sin serlo.
Eso no es obstáculo para que en otros tiempos azarosos las tratara bastante.
Las putas y su ambiente era un territorio por el que te movías a menudo con los compañeros, entre otras cosas porque tras una dura jornada laboral en Yamena, Managua, Beirut o Sarajevo, con los malos - a ese nivel nunca había buenos - pegándote cebollazos, al llegar la noche había pocas posibilidades de que la marquesa Casati te invitara a tomar el té en su residencia del lago de Como.
Quiero decir que conozco el percal: estoy en el mundo, tengo amigos y recuerdos.
De cuando, siendo joven plumilla, iba a escuchar al Príncipe Gitano - Cariño de legionario y todo eso - en un club de la Gran Vía de Madrid, o del año que pasé frecuentando el cabaret de Pepe el Bolígrafo en El Aaiún, por citar dos casos, data mi afectuoso conocimiento de aquellas putas estilo franquista, con traje de noche, que te llamaban niño e hijo mío mientras vaciaban sus copas en el cubo del hielo.
Del nuevo estilo puticlub y polvete ucraniano tengo menos información, aunque lo imagino.
Y cuando en Madrid paso por la calle Montera, el paisanaje salta a la vista.
Tengo datos, vamos. Motivos para rajar.
Las ordenanzas municipales más recientes, tanto en Madrid como en otros lugares de España, tienden a combatir la prostitución acosando al cliente: multa al que pillen arrimándose a una lumi.
Un padre de familia al que apetezca darse un homenaje puede ver enturbiada su pequeña fiesta por un guardia que levante acta.
Eso tiene sus peligros, claro.
Uno es acabar como en Estados Unidos, joya de la hipocresía sexual, donde te acercas a una señora, preguntas cuánto y te pone las esposas porque es una policía camuflada.
Imaginen, conociendo este país, lo que puede ocurrir cuando la necesidad apriete a los ayuntamientos: todos los guardias a la calle, vestidos de putas y de chaperos, a recaudar como locos.
El descojone.
La prostitución, masculina o femenina, es vieja como el mundo.
No habrá quien la erradique mientras existan hambre, miseria o ambición, y haya de por medio un cuerpo atractivo para negociar precio y asunto.
Lo demás son milongas, fariseísmos oficiales y charlatanería de imbéciles que excretan agua bendita.
La única opción realista sería legalizar el uso del propio chichi, o equivalentes, cuando es acto deliberado y voluntario.
Eso se hace en países serios de Europa, con resultados razonables; y es la única forma de que una actividad inevitable se realice con garantías sanitarias y legales, en un marco de derechos y libertades de la gente metida en el ajo, propio de una sociedad inteligente y avanzada.
Utilizar al cliente como cabeza de turco o chivo recaudatorio es injusto, e inútil.
Tampoco la prostituta, cuando ejerce de su grado, debería ser molestada por ello, sino protegida y garantizados sus derechos y su salud.
En quien debería centrarse el rigor de una sociedad decente y segura de sí, es en el proxeneta: el canalla que manipula, extorsiona y explota, lucrándose con la miseria, el miedo, la necesidad.
Ahí es donde las ordenanzas municipales y la Justicia deberían actuar, severísimas.
Y es lo que no ocurre.
Aparte los proxenetas nacionales, que abundan, el buenismo estúpido que aquí legisla en lugar de la razón práctica, el coladero de nuestras leyes, convierten a España en paraíso de los que acuden frotándose las manos.
Quien esclaviza a mujeres u hombres, si no tiene otras cuentas pendientes, está en la calle al poco tiempo, sin problemas.
También ellos merecen una oportunidad, se argumenta. Arrepentimiento y tal. Reinserción social.
Mientras te preguntas, boquiabierto, cómo se reinserta un animal con tatuajes hasta en el ciruelo, con antecedentes policiales en más de media Europa hasta que, para su felicidad y confort, acabó instalándose en este país de gilipollas llamado España.
Y prepárense.
Si Eurovegas - proyecto quizá necesario por otras razones - acaba instalándose aquí, el efecto llamada será formidable. Vendrá gentuza a chorros, y con ella proxenetas y redes de prostitución de todo nivel y pelaje.
Y esta España nuestra, ambigua, irreal, llena de complejos, no está preparada para cierta clase de desafíos.
Las leyes, el deficiente ejercicio de la justicia, la falta de reacción oficial ante cierta clase de violencias, son un juego de niños para esa tropa acostumbrada a lidiar en lugares mucho más broncos.
Se harán los amos, sin duda.
Delincuentes en general y proxenetas en particular.
Y mientras, los policías municipales, en nombre de la moral y la decencia pública, multarán al pobre diablo al que pillen hablando con la infeliz mujer de la esquina.

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