viernes, 1 de marzo de 2019

EL AVIADOR RUSO, de Arturo Pérez Reverte - 7/1/19

Irina y Evguenia Fominá, nieta y bisnieta, sabían que su abuelo había muerto en España durante la Guerra Civil, pero ignoraban dónde. Eso es lo que cuenta Yuri Korchagin, embajador de Rusia, ante un solomillo poco hecho y una botella de rioja, mientras cenamos en Lucio.
El embajador - que habla un español extraordinario - es un buen amigo con quien me une, entre otras cosas, una admiración sin límites por Augusto Ferrer-Dalmau, el formidable pintor de batallas español, que acaba de estar con las tropas rusas en Siria, trayéndose una veintena de bocetos para un cuadro que presentará en mayo en Moscú.
Augusto es el tercero en la mesa, y hablamos de cuadros, batallas y héroes olvidados.

El abuelo de Irinia y Evguenia, sigue contando Yuri, se llamaba Fiódor Dombrovsky y era piloto de combate, teniente de la 7.ª escuadrilla de la Unión Soviética, enviada en 1936 para ayudar a la República.
El aviador había venido a España dejando allá a un hijo de un año, que al hacerse mayor empezó a indagar sobre el paradero de su padre. Buscó sin éxito, y a su muerte sólo había podido establecer que murió en un combate aéreo.
Su hija y su nieta continuaron la búsqueda hasta averiguar que la escuadrilla soviética a la que había pertenecido el teniente Dombrovsky operó desde un pueblo toledano llamado Santa Cruz de la Zarza.
Allí estaban su base y el aeródromo.
Durante dos años, veinte rusos convivieron con los habitantes del pueblo, que los recuerdan bien. Sobre todo, porque prohibieron cualquier fusilamiento mientras estuvieran allí.
Incluso se conservan las casas donde habitaban, algunas fotos - dos se casaron con muchachas del pueblo - y, en el cementerio, la tumba de siete que murieron en diversos combates y cuyos cuerpos pudieron ser rescatados.
Uno de ellos era Dombrovsky.

Irina y Evguenia se pusieron en contacto con la embajada de Rusia en Madrid, pues querían visitar la tumba del abuelo.
Con la de los otros seis pilotos rusos, ésta se encuentra bajo una lápida memorial colocada allí después de que la embajada conociera el lugar gracias a un coronel español, cuya madre fue enfermera en el hospital local durante la guerra y que vio enterrar a los pilotos: En memoria de los aviadores soviéticos caídos en España durante la guerra civil de 1936-1939 y enterrados en este cementerio, dice la inscripción.
Fiódor Dombrovsky, se confirmó al fin, había sido herido el 6 de diciembre de 1936 en un combate aéreo sobre Talavera de la Reina; y aunque logró regresar a la base, murió de sus heridas al día siguiente.

Con ayuda de la embajada rusa y de la asociación española que recuerda y cuida las tumbas de los soldados de la División Azul muertos en Rusia, nos sigue contando Yuri, las dos mujeres viajaron a España, hasta el cementerio donde reposa el abuelo, y allí se celebró un modesto acto de homenaje que cobra especial significado en un pueblo como Santa Cruz de la Zarza, donde, en una lección de cordura y tolerancia - esto no lo dice Yuri, pero lo pienso yo -, coexisten con naturalidad el memorial de los pilotos rusos, el de los habitantes del pueblo que fueron asesinados por los franquistas y el de los que lo fueron por los republicanos.
Testimonios ecuánimes, en fin, del dolor y del horror, muy adecuados para los desmemoriados tiempos que corren.

Después de contarnos todo eso, Yuri se queda pensativo un momento.
Hay otra historia, comenta al fin, quizá más emotiva todavía.
Por casualidad, la embajada se enteró hace poco de la existencia de la tumba de otro piloto soviético, éste sin identificar: un aviador anónimo, uno de los 99 que murieron combatiendo en los cielos de España.
Lo habían enterrado en un pequeño campo cerca de Escalonilla, también en Toledo, sin nada que señalase el sitio; pero los lugareños lo conocían bien.
Así que al saberlo, unos cuantos rusos fueron allí, y con permiso del ayuntamiento pusieron un pequeño trípode de hierro con una estrella roja.

Dicho todo eso, Yuri Korchagin, embajador de Rusia, diplomático de carrera, duro tiburón curtido en su oficio, roza con los dedos su copa de vino, aún pensativo, y compruebo, asombrado, que una humedad insólita acaba de asomarle a los ojos.
«¿Y queréis saber lo mejor? –comenta de pronto–.
¿Os digo por qué todos conocían el lugar aunque nada lo señalaba?…
Porque, durante más de ochenta años, los campesinos que cultivaban el campo, sabiendo que allí estaba enterrado el aviador, cuidaron el contorno de la tumba sin arar nunca sobre ella, dejando intacto el pequeño rectángulo. Respetando el pequeño trocito de tierra española donde yacía un piloto ruso desconocido».

UN PRESIDENTE ENFERMO, de Horacio Dall Oglio - 1/3/19

¿Cuánto se ajusta a la realidad el discurso de Mauricio Macri en la apertura de sesiones en el Congreso?

Sólo hace falta escucharlo. Eso, y nada más.

Sin exámenes médicos ni psiquiátricos, sólo escucharlo, tan sólo eso para darse cuenta de que Macri está enfermo.

El paciente está complicado, y ante eso hay que admitirlo; es que su nervio de la Sensibilidad, su órgano de la Empatía, su facultad de Percibir la Realidad, todo está afectado gravemente por el cinismo.

El diagnóstico, pese a lo delicada de la situación, fue sencillo, y tiene que ver con que el paciente Macri, básicamente, desde hace tres años, vive en una "realidad paralela".

Su práctica diaria (y temeraria...) de inversión de la realidad, lo llevó a una disociación tal que, ahí donde todos vemos más personas que viven en situación de calle, o gente hurgando en basurales y containers, hambre, comedores que no dan abasto, desempleo, desindustrialización, listas de despidos como lo único que puede producirse en serie, vacaciones forzadas y una clase laburante disciplinada con palos y salarios indignos, el paciente ve un gobierno que empezó “por lo básico”, creando “las condiciones” necesarias “para avanzar”.


Ahí donde todos vemos jubilados y jubiladas que tienen que elegir entre remedios o comida; ahí donde todos vemos supermercados con sus góndolas repletas que no tienen quien les compre o negocios que cierran; ahí donde todos vemos pibes y pibas que no pueden ir a los clubes de barrio porque cierran debido a las boletas de electricidad impagables; ahí - el paciente - ve una Argentina que hoy “está mejor parada que en el 2015”.

Ahí donde todos vemos represión para acallar las disidencias y el no alineamiento a las políticas de ajuste y austeridad; ahí - el paciente - ve un país donde se “promueve la pluralidad de voces”.

Y ahí donde vemos pibes fusilados por la espalda, linchamientos "por las dudas", encubrimiento y avales a las Fuerzas de Seguridad para matar sin perjuicios (ni prejuicios); ahí -el paciente- ve "más seguridad para los argentinos".

El paciente está grave, lamentablemente grave; y de su aliento, de sus palabras vertidas con tanta impunidad, solo sale un hedor a muerte; no la suya, claro está, sino la de una inmensa mayoría de un pueblo que no tendrá nunca la posibilidad de blanquear millones de dólares de la evasión, ni tener cuentas en paraísos fiscales, y que padece todos los días - y cada vez más - hambre, mal nutrición, infelicidad, bronca, hastío, decepción, impotencia, marginalidad, desdicha, represión, depresión, desesperación, desesperanza, ira, pobreza, angustia, preocupación, tristeza y abismo.

En su afán por negar la dolencia, por hacernos creer que no tiene nada, por estirar la agonía, el paciente, enfermo de un futuro que nunca va a llegar, sigue enfermando a un país entero con sus disparatados (y desubicados) discursos, que narran - como si fueran fábulas - realidades paralelas.

Ese país que demorará años en recuperarse de esta enfermedad llamada Macrismo.

lunes, 11 de febrero de 2019

A GALOPAR, de Rafael Alberti y Paco Ibáñez

Las tierras, las tierras, las tierras de España,
las grandes, las solas, desiertas llanuras.
Galopa, caballo cuatralbo,
jinete del pueblo, al sol y a la luna.
¡A galopar, a galopar,
hasta enterrarlos en el mar!

A corazón suenan, resuenan, resuenan
las tierras de España, en las herraduras.
Galopa, jinete del pueblo,
caballo cuatralbo, caballo de espuma.

¡A galopar, a galopar,
hasta enterrarlos en el mar!

PALABRAS PARA JULIA, de José Agustín Goytisolo y Paco Ibáñez

Tú no puedes volver atrás,
porque la vida ya te empuja
como un aullido interminable,
interminable.

Te sentirás acorralada,
te sentirás perdida o sola,
tal vez querrás no haber nacido,
no haber nacido.

Pero tú siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti
como ahora pienso.


La vida es bella ya verás
como a pesar de los pesares
tendrás amigos, tendrás amor,
tendrás amigos.

Un hombre solo, una mujer,
así tomados de uno en uno,
son como polvo, no son nada,
no son nada.

Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti
como ahora pienso.


Otros esperan que resistas,
que les ayude tu alegría,
que les ayude tu canción
entre sus canciones.

Nunca te entregues ni te apartes,
junto al camino nunca digas
no puedo más, y aquí me quedo,
y aquí me quedo.

La vida es bella ya verás,
como a pesar de los pesares,
tendrás amigos, tendrás amor,
tendrás amigos.

No sé decirte nada más,
pero tú debes comprender
que yo aún estoy en el camino,
en el camino.

Y siempre siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti
como ahora pienso.

ME LO DECÍA MI ABUELITO, de José Agustín Goytisolo y Paco Ibáñez

Me lo decía mi abuelito,
me lo decía mi papá,
me lo dijeron muchas veces
y lo olvidaba muchas más.


Trabaja niño no te pienses
que sin dinero vivirás.
Junta el esfuerzo y el ahorro
ábrete paso ya verás,
como la vida te depara
buenos momentos. Te alzarás
sobre los pobres y mezquinos
que no han sabido descollar.

Me lo decía mi abuelito,
me lo decía mi papá,
me lo dijeron muchas veces
y lo olvidaba muchas más.

La vida es lucha despiadada
nadie te ayuda, así no más,
y si tú solo no adelantas,
te irán dejando atrás, atrás.
¡Anda muchacho y dale duro!
La tierra toda, el sol y el mar,
son para aquellos que han sabido,
sentarse sobre los demás.

Me lo decía mi abuelito,
me lo decía mi papá,
me lo dijeron muchas veces
y lo he olvidado siempre más.

ÉRASE UNA VEZ o EL LOBITO BUENO, de José Agustín Goytisolo y Paco Ibáñez

Érase una vez
un lobito bueno,
al que maltrataban
todos los corderos.

Y había también
un príncipe malo,
una bruja hermosa,
y un pirata honrado.

Todas estas cosas
había una vez,
cuando yo soñaba
un mundo al revés.

A TÍ TE OCURRE ALGO, de José Agustín Goytisolo y Paco Ibáñez

A ti te ocurre algo:
yo entiendo de esas cosas.


Hablas a cada rato
de gente ya olvidada,
de calles lejanísimas,
de huelgas de tranvías.

Cantas horriblemente,
no dejas de beber,
y al poco estás peleando
por cualquier tontería.

Yo que tú ya arrancaba
a que me viera un médico,
pues si no un día de éstos,
en un lugar absurdo,
o entre las frías sábanas
de una cama que odias,
te pondrás a pensar.

Porque sin darte cuenta
te irás sintiendo solo,
igual que un perro viejo,
sin dueño y sin collar.

EL VIAJE, de María Elena Walsh

Sólo quiero tu casa de ternura,
vivir en su calor.
Eres el mar y la orilla segura,
porque el único viaje es el amor.

Reconocer tu alma, qué aventura
de mágico sabor.
Allí tendré profundidad y altura,
porque el único viaje es el amor.

Besos desconocidos como puertos
esperan bajo un cielo de mirada.
Lo demás es dolor.

Hoy vuelvo de países que están muertos,
después de un mar que no me dijo nada,
porque el único viaje es el amor.

LA PENA DE MUERTE, de María Elena Walsh

Fui lapidada por adúltera. Mi esposo, que tenía manceba en casa y fuera de ella, arrojó la primera piedra, autorizado por los doctores de la ley y a la vista de mis hijos. 

Me arrojaron a los leones por profesar una religión diferente a la del Estado.

Fui condenada a la hoguera, culpable de tener tratos con el demonio, encarnado en mi pobre cuzco negro, y por ser portadora de un lunar en la espalda, estigma demoníaco.

Fui descuartizado por rebelarme contra la autoridad colonial.

Fui condenado a la horca por encabezar una rebelión de siervos hambrientos. Mi señor era el brazo de la Justicia.

Fui quemado vivo por sostener teorías heréticas, merced a un contubernio católico - protestante.

Fui enviada a la guillotina porque mis Camaradas revolucionarios consideraron aberrante que propusiera incluir los Derechos de la Mujer entre los Derechos del Hombre.

Me fusilaron en medio de la Pampa, a causa de una interna de unitarios.

Me fusilaron encinta, junto con mi amante sacerdote, a causa de una interna de federales.

Me suicidaron por escribir poesía burguesa y decadente.

Fui enviado a la silla eléctrica a los veinte años de mi edad, sin tiempo de arrepentirme o convertirme en un hombre de bien, como suele decirse de los embriones en el claustro materno.

Me arrearon a la cámara de gas por pertenecer a un pueblo distinto al de los verdugos.

Me condenaron de facto por imprimir libelos subversivos, arrojándome semivivo a una fosa común.

A lo largo de la historia, hombres doctos o brutales supieron con certeza qué delito merecía la pena capital.
Siempre supieron que yo, no otro, era el culpable.
Jamás dudaron de que el castigo era ejemplar.

Cada vez que se alude a este escarmiento la Humanidad retrocede en cuatro patas.

COMO LA CIGARRA, de María Elena Walsh

Tantas veces me mataron,
tantas veces me morí,
sin embargo estoy aquí,
resucitando.
Gracias doy a la desgracia
y a la mano con puñal,
porque me mató tan mal,
y seguí cantando.

Tantas veces me borraron,
tantas desaparecí,
a mi propio entierro
fui sola y llorando.
Hice un nudo en el pañuelo,
pero me olvidé después
que no era la última vez,
y volví cantando.

Tantas veces te mataron,
tantas resucitarás,
tantas noches pasarás,
desesperando.
A la hora del naufragio
y la de la oscuridad,
alguien te rescatará
para ir cantando.

Cantando al sol como la cigarra,
después de un año bajo la tierra,
igual que sobreviviente
que vuelve de la guerra.

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