sábado, 19 de marzo de 2022

El MOZO QUE SABÍA SERVIR EMOCIONES, de Carlos Barulich - 13/3/2022

Allá por 1975 volví un tiempito a mi pueblo, para después retornar a Buenos Aires.
Trabajé en Radio 2 ( que se llamaba LT2), en LT3 y en Canal 5 de Rosario.
Después del mediodía, solía ir con frecuencia a tomar un cortado al bar de Corrientes y Urquiza.
Y el lugar tenía una particularidad: todas sus viejas paredes estaban cubiertas por tapas de la revista El Gráfico.
Yo en realidad esperaba cada mediodía que todos terminaran de comer para que el mozo pudiera sentarse un rato conmigo a charlar.
Para ser franco, no hablábamos, retiro el plural, porque era él quien hablaba.
Yo sólo le preguntaba de corridas, de goles, de emociones, y él me contaba con su voz de tango…
Y algunos sábados pasaba por su casa y me iba con él a la cancha de Central Córdoba, para disfrutar del “Trinche” Carlovich.

Un mediodía cualquiera, estaba, como siempre, tomando un cortado rodeado de glorias del fútbol que parecían saludarme desde las añejas tapas de esa revista que era una suerte de Biblia para los que amábamos el fútbol.
Pero ese mediodía cualquiera terminó siendo un mediodía especial.
A la mesa de al lado, se sentó un hombre de unos cincuenta y pico con su hijo que calculé que no llegaba a los veinte.
El tipo tenía pinta de viajante y no me equivoqué, lo era.
Llegó mi amigo el mozo a atenderlos y le pidieron dos milanesas con fritas.
Cuando el mozo se alejó , el hombre descubrió todas las tapas que adornaban las paredes y de paso les disimulaban las manchas de humedad. 
“Mirá, se ve que acá no son fanáticos de ningún club, hay de todos los equipos”, dijo sorprendido.
“Este era Mario Boyé, mirá, no sabés cómo le pegaba a la pelota”.
El muchachito no hablaba, pero se lo veía atento. 
“Uy, mirá este, este era mi ídolo, además de los nuestros, de Independiente, este era Vicente de la Mata, no sabés el golazo que hizo una vez en la cancha de River..”
Y le contó al pibe de los goles de Vicente de la Mata.
Y el pibe, que también era hincha del rojo, se interesó más por la historia. 
“Eh papá, estás llorando”. 
“No hijo no, sólo que recuerdo que mi viejo también admiraba mucho a de la Mata, Capote le decían”.
El hombre trataba de disimular las lágrimas y lo salvó el mozo que llegó con las milanesas y las papas fritas.
Pero cada tanto clavaba su mirada en la foto de Vicente de la Mata, y cuando la humedad, persistente, volvía a sus ojos, se hacía el que limpiaba los anteojos.

Dejé que terminaran de comer, ya quedaba poca gente, y me preparaba para mi charla diaria con el mozo. 
“Disculpe maestro, veo que es hincha de Independiente”, le dije desde mi mesa. 
“Si, no sabés, de pibe mi viejo me llevaba a la cancha, yo vivía a cuatro cuadras”. 
“Ví que se emocionó con la tapa de Vicente”. 
“Y qué te parece - respondió -, fue lo más grande que vi”. 

Después de cinco minutos de charla de mesa a mesa, me invitó a tomar un café.
Era lo que esperaba, y me senté a la mesa del viajante y su hijo. “Dígame maestro, y nunca se sacó una foto con Vicente..?”
- “No - me dijo -, lamentablemente no, pero me hubiera gustado…cómo te llamás vos..?”. 
“Carlos, me llamo Carlos, pero soy de Boca”. 
“Mozo, tráigame tres cafés”. 
“Para mí cortado, usted ya sabe”, le dije al mozo.

El hombre seguía insistiendo con esa tapa, se notaba que el sólo hecho de decir Vicente de la Mata lo conmovía, vio la tapa y los recuerdos se le escaparon de ese rinconcito del corazón donde uno los tiene escondidos.
Cuando llegó el mozo, le dije: “Ya está, somos los últimos clientes, necesito que me cuente algunas cosas que ayer quedaron colgadas”.

“Pero no conozco a estas personas, a lo mejor les molesta que me siente, lo pueden tomar mal”. 
“No, de ninguna manera dijo el viajante”, que de todos modos estaba sorprendido.
El mozo se sentó.
Y ahí me sentí feliz, inmensamente feliz, y ya palpitaba lo que vendría y lo disfrutaba por anticipado.
Apoyé mi mano derecha en el hombro del mozo y arranqué con mi monólogo. 
“Mire - dirigiéndome al mozo -, este hombre es fanático de Independiente, y recién se emocionó cuando vio la foto de Vicente de la Mata, porque era su ídolo, y se lo contaba a su hijo, que también es fanático del rojo”.

El hombre y su hijo no entendían por qué le contaba eso al mozo, pero me escuchaban atentamente, seguramente por respeto. “Bueno - continué -, este hombre no vio el nombre de este bar, es que el cartel de la vereda está medio despintado ya…pero igual, aunque hubiera leído “Bar Capote”, quizás tampoco sospecharía que el mozo que los atendió y que ahora está aquí sentado es, precisamente, Vicente de la Mata”.

Juro que me asusté.
Pensé que el viajante se moriría en ese mismo momento, y la culpa empezó a rondarme, amenazante.
El hombre miraba la foto y lo miraba al mozo, de repente lo miró al hijo, quería hablarle pero no podía.
Sus ojos eran dos cataratas constantes.
El hijo trataba de calmarlo y Vicente miraba todo en silencio.
El viajante se paró de repente y el abrazo a Vicente fue el más largo que he visto en mi vida.
Entonces se me fue la culpa, me sentí feliz porque no seria responsable de una muerte pero no podía reírme.
Porque la emoción del viajante se metió en mis ojos.
Sobre todo cuando el hombre me abrazó a mí y sólo me decía “gracias, gracias, gracias..!!”.

“Bueno - le dije -,no sé que vende usted, pero yo puedo recibirme ahora de vendedor de emociones..”.
Y pude desalojar las lágrimas, y logré sonreír y disfrutar de ese pequeño gran momento.

A las cinco y media de la tarde, yo iba por el cortado octavo o noveno, no podría precisar la cifra exacta, y el viajante decidió no visitar clientes por ese día.
Imaginé en ese momento que si en vez de ser viajante hubiese tenido un local de ventas, podría haber colocado un cartelito con la leyenda “Cerrado por emociones”.

jueves, 17 de marzo de 2022

UN BARRIO DE MUJERES SOLAS, de Josefina Licitra - 17/3/2022

Me contaron que existe un barrio de mujeres solas y, ahora que empecé a buscarlo, veo que la mujer más sola soy yo.

La historia empezó en marzo del 2007, cuando el fotógrafo Ariel Pacheco me escribió desde Catamarca, una provincia en el norte argentino, para contarme que sabía de alguien que, una vez, escuchó una historia que quizá fuera un mito: había, en algún rincón de Catamarca, un barrio sin hombres.
El lugar, si es que existía, estaba en el pueblo de Antofagasta de la Sierra.
En internet se decía que en esa zona había vicuñas, petroglifos y volcanes, que Antofagasta significaba «casa del sol», y que llegar hasta el sol era - como es lógico - complejo: había que viajar a San Fernando del Valle, la capital de Catamarca, y luego hacer doce horas de trayecto en camioneta.

Nada decía el Google de lo otro y, sin embargo, insistí.
Puse en internet «Antofagasta», «mujeres solas», «matriarcado», «lesbianismo», «barrio», «voy a tener suerte», y no salió una sola línea.

Tal vez el lugar fuera un fiasco, pero decidí viajar.
Un mundo sin hombres era, como mínimo, una promesa para tener en cuenta cuando llegaran las vacaciones.

La puna de Catamarca es el páramo más deshabitado del planeta - tiene 0,03 habitantes por kilómetro cuadrado -, y Antofagasta queda ahí adentro.
El lugar se ubica muy alto (a tres mil quinientos metros sobre el nivel del mar) y muy lejos: una distancia que no se mide tanto en kilómetros sino, principalmente, en tiempo.
El viaje desde la capital, San Fernando, es trabajoso y lerdo, y puede hacerse de dos formas.
Los antofagasteños usan El Antofagasteño, un autobús que cubre el trayecto en veintidós horas y que ofrece ese tipo de servicios que un turista americano tildaría de «folclóricos»: los neumáticos se pinchan, las gallinas picotean los asientos y algunos pasajeros honran las curvas del camino con un desparramo de vómito.
La otra alternativa es ir en camioneta: en ese caso son doce horas de polvo, traqueteo y piedras; y la sensación intransferible de no estar avanzando sobre ruedas, sino a patadas en el trasero.

- ¿Va a Antofagasta..? -, pregunta una mujer luego de seis horas de viaje.

Ahora estoy de pie, en Barranca Larga: un pueblo de diez casas, una hostería y un cielo tremendo, y un lugar de descanso obligado cuando se va a Antofagasta de la Sierra.
A esta altura del trayecto, los teléfonos móviles no tienen alcance y por eso lo mejor de Barranca Larga es el teléfono de línea, que funciona cuando quiere.
Ahora, por ejemplo, no quiere.

Dos lugareñas serenas, gastadas, sentadas, esperan que la señal se arregle.

- ¿Va a Antofagasta..? -, pregunta entonces una de ellas, y luego tiene un acceso de entusiasmo...
Yo escuché algo de ese pueblo. Disque ahí adentro hay un barrio sin hombres.
Disque si una mujer se casa se tiene que ir del barrio y que los hombres las cortejan para asegurarse un techo y ellas los sacan a escobazos.

Disque una vez al año se juntan todas y hacen un ritual para que a los hombres se les caiga hasta el último cabello y luego la bola de pelo les aparezca en el estómago.

La mujer habla con la voz rítmica y baja, como si en realidad rezara, y la escena recuerda a esos momentos de sórdida tranquilidad que se imagina el cineasta Arturo Ripstein cuando tiene ganas de imaginar cosas feas (es decir, casi siempre).
A su lado, la otra señora escucha este delirio y dice que sí con la cabeza.

- Ya le digo yo - interrumpe -: más vale que usté pueda hablar ahorita, porque allá… Con tanta mujer dando vuelta, como mínimo hay que hacer hora y media de cola para usar el teléfono.

Llegamos a Antofagasta al día siguiente y luego de atravesar, durante seis horas más, todas las posibilidades de polvo.
Se cree que el lugar fue fundado en 1816, cuando empezaron a llegar mineros de Bolivia y Chile en busca de oro, plata y otros minerales, y finalmente se quedaron en Antofagasta quién sabe por qué: quizá les diera flojera hacer el camino inverso.

Aníbal Vázquez, un guía de montaña, dirá horas más tarde que la migración también se dio por comodidad geográfica: esa zona de la Puna era vista como un buen lugar para vivir, una comparación que hace pensar que el resto de la puna debe ser escandalosamente hostil.

El silencio, en Antofagasta - y ésta es la primera verdad -, muerde.

Y eso por no hablar del sol, del frío, del aire que lo raja todo.
El clima en Antofagasta incluso afecta las particiones del tiempo: a diferencia del calendario escolar de casi toda la Argentina, acá las clases se hacen de septiembre a mayo, porque fuera de esos meses la naturaleza se ensaña de tal forma que no hay nada que se pueda hacer con la propia vida, salvo resistir.

Ahora estamos en abril.
Un puñado de niños llamativamente enanos camina por la calle sin abrir la boca.
Es mediodía, algo así como la hora pico, y el paisaje es apenas un silencio hondo y un puñado de cabellos negros espejando el sol.
Eso es lo único que tiene vida propia, aquí: los colores.
La forma en que los colores (el cielo, los árboles, los pelos) se comunican entre sí.

Nos aloja en su casa una de las pocas personas con ganas de hablar.
Se llama Pascuala Vázquez y es una mujer ocre y compacta que ahora enciende una cocina a leña y dice, en el medio de este lugar seco de todo, lo único que vine a escuchar: que en Antofagasta, efectivamente, hay un barrio habitado sólo por madres solteras.
Se llama San Juan y fue creado para alojar mujeres con cría y sin marido: una ley que, tal como están las cosas en Antofagasta, no deja afuera a demasiadas chicas.

- Acá, en Antofagasta, los tipos se emborrachan, agarran a las mujeres, y ya está... - explica Pascuala Vázquez mientras revuelve una olla que parece un tanque -.
Después, si ellas quieren que los hombres se hagan cargo del hijo, tienen que ir a golpearle la puerta al juez.

Pascuala Vázquez quita la olla del fuego y la apoya sobre la mesa.
- Esto es guiso de llama...-, dice.

Luego sigue hablando de mujeres, niños y jueces, pero ya no hay mucho más que oír. Nunca comí llama.
Pacheco tomó una foto de una llama en el camino, y el bicho era de veras lindo, y entonces empiezo a comer el guiso con una masticación extraña: como si me estuviera tragando a Bambi.
La voz de Pascuala sigue: dice que ella no vive en el barrio San Juan (su casa está a tres cuadras de allí) pero que igual crió sola a sus hijos.
Y cuenta que los hombres, en Antofagasta, son un ente que bebe y engendra, y después desaparece.

- Muchas de esas chicas llegaron al San Juan de adolescentes. Porque usté sabe que es un tema de cultura: acá no hay conciencia.
Ahora recién tenemos una obstreta, pero antes sólo teníamos las enfermeras que hacían de madres, parteras, dentistas, consejeras.
Acá, si la chica quedaba embarazada, los padres la corrían de la casa y la chica no tenía dónde parar. Por eso se hizo el barrio. 
Porque esto no es como las grandes ciudades como San Fernando.
El gran problema es que la gente de acá nunca ha tenido roce social.

Pascuala Vázquez dice, a su modo, que Antofagasta de la Sierra siempre estuvo en el fondo del norte de un país tercermundista, es decir, demasiado lejos de todo.
Hasta hace diez años la gente no conocía el dinero.
Todas las semanas salían caravanas de treinta burros peñón abajo, hacia los valles de Salta, Tinogasta o Fiambalá, cargados con sal y cueros que eran canjeados por fardos de azúcar.
En ese entonces tampoco había teléfono - llegó recién a fines de la década del noventa, y hoy hay uno en toda la región -; el único autobús iba a la sierra cada quince días (por no hablar de cuando se rompía y pasaban meses incomunicados); y hasta el actual intendente de Antofagasta, la primera vez que hizo el viaje, tuvo que pedir un mapa para saber dónde diablos quedaba este lugar.

- Cuando vine, en el 94, tuve que preguntar en Catamarca cómo hacía para llegar...-, explica Evaristo Alejandro Acevedo, el intendente de Antofagasta, en la entrada de la municipalidad: una construcción apenas mayor que una casa de cuatro ambientes.

Éste es un lugar que, si a usté le cuentan, no lo cree...

La ubicación geográfica, la burocracia y la existencia de un barrio de mujeres solas hicieron de Antofagasta un lugar casi irreal.
A la ambulancia del hospital, por ejemplo, el Estado le da trescientos litros de combustible por mes; pero como en el pueblo no hay estación de servicio hay que retirar esa gasolina en la ciudad de Belén, a doscientos kilómetros, y entre la ida y la vuelta la ambulancia se gasta casi todo el combustible.
Lo mismo ocurre con la Policía: le dan doscientos litros de gasolina, pero, después de hacer el viaje a Belén, ya no les queda ni para perseguir a una llama.

En ese contexto, dice Acevedo, que exista un barrio sin hombres no asombra a nadie: en Antofagasta nunca sucedieron cosas normales.

- Pero dígame un momento: ¿Ustedes vinieron por el barrio de mujeres o por el tema de interné..?

Acevedo se detiene y mira fijo.
Entonces cuenta que el departamento de Antofagasta, donde internet está a la misma altura conceptual que el lado oscuro de la Luna, está siendo subastado en la web.
La denuncia fue hecha por Acevedo y es bastante menos absurda de lo que parece: una gran extensión de tierras habría sido comprada por una sociedad anónima japonesa que, días atrás, llegó al pueblo con la intención de alambrar una quebrada llamada Calalaste, un lugar que encierra vida silvestre supuestamente protegida por ley provincial, y que funciona como paso obligado de los pobladores hacia otras localidades.
Si los japoneses compraran Calalaste, los antofagasteños pasarían a tener un estatus casi alienígena: quedarían definitivamente fuera del mundo.

Acevedo dice que la operación inmobiliaria no tiene validez jurídica, porque son tierras fiscales.
Y quiere la suspensión de los trabajos.

- Los empresarios mandaron un delegado argentino a hablar conmigo, y el hombre me decía que los japoneses apostaban al crecimiento del país y que este proyecto era una bendición para el pueblo, pero…
¿Ustedes vinieron por eso, no?

- En realidad, no...

Algo en Acevedo parece no entender.
Queda suspendido en la charla, y después vuelve con una media sonrisa.
Es, al fin y al cabo, un hombre amable y al servicio de la comunidad.
Cuenta entonces que el barrio de mujeres solas se creó en la gestión anterior, por motivos que se alejan bastante de las teorías sociales y la conciencia feminista.

El San Juan nació como respuesta a un problema difícil y común.
En las zonas extremadamente rurales del norte argentino - como Antofagasta de la Sierra - siempre fue usual que las mujeres se embarazaran de hombres a los que habían visto muy pocas veces en su vida.
Para ellos, las mujeres eran un cuerpo lleno de orificios y silencio.
Y eso significaba que, si quedaban embarazadas, las chicas no hacían reclamos: tenían a sus niños solas, los criaban solas, y se pasaban la vida sin tener la mínima noción de lo que era una «familia» y - menos aún - de lo que eran los deberes legales de un padre para con sus hijos.

El derecho de familia, en Antofagasta, era algo tan inexplicable como internet.

El barrio de mujeres solas, entonces, no nació bajo el impulso de ninguna lesbiana militante: surgió como un intento del Estado por dar una vivienda - un mínimo amparo - a un puñado de madres que no tenían un techo bajo el que caerse muertas.

Todo empezó cuando Luis Eduardo Rodríguez - el intendente de ese momento - decidió hacer un canje: él les daba casa a cuatro madres solteras, y a cambio esas cuatro mujeres lo votaban para senador por Antofagasta.
El presupuesto para la vivienda de cada madre era de dos mil cuatrocientos dólares destinados a materiales, y las beneficiarias tenían que poner la mano de obra.
Pero nada fue tan fácil.
El proyecto, una vez aprobado, tomó tiempo en concretarse: se cortaron y secaron los adobes, se dejó pasar la fiereza del invierno, se picó la piedra y se le dio forma.
Después vino la devaluación del peso (que redujo el presupuesto total a una tercera parte), y, para cuando las casas empezaban a levantarse, ya no había cuatro madres sino sesenta y cuatro: un aluvión de mujeres sin marido que reclamaban un techo y un barrio, y que a cambio de ese techo eran capaces de votar por Rodríguez. Sesenta y cuatro mujeres son el dieciséis por ciento del padrón electoral de Antofagasta.
Rodríguez les dijo que sí a todas, usó los tres mil doscientos dólares para hacer sesenta y cuatro casas en vez de cuatro, y de esa forma nació el barrio San Juan.

No existe, en San Juan, un reglamento.
Pero es sabido que cualquier mujer que entre en concubinato con un hombre debe abandonar el barrio: la idea es que ceda su vivienda a otra madre soltera que no tenga el respaldo económico de un varón.
Sin embargo, son muy pocas las mujeres que se abren a la posibilidad de enamorarse y de salir del San Juan para formar una familia.
Desde el 2005, cuando un fiscal las instruyó por primera vez en materia legal, muchas chicas transformaron su destino (muchos hijos, ningún padre) en una extraña y absurda forma de supervivencia: con la cuota alimentaria que empiezan a exigirles a algunos hombres, más la ayuda de los planes asistenciales del Estado, les entra dinero todos los meses.
A cambio, no tienen que trabajar fuera de casa, ni lavar los calcetines sucios de un marido.
Por lo tanto, si bien no hay un censo, se estima que hoy viven en San Juan cerca de ochenta madres, una infinidad de niños, unos pocos perros, y ningún varón.

En el barrio de mujeres solas no hay flores frescas, no hay cortinas bordadas, no hay olor a detergente, ni dentaduras completas, ni maquillaje, ni calzones de encaje colgando de las sogas de lavar.
San Juan es, de algún modo, la versión menos publicitaria, más descarnada y más seria de lo que puede llegar a ser el destino femenino.
El barrio - a diez minutos de caminata hacia el norte, desde el centro de Antofagasta - es un hueco de polvo entre los cerros; un lugar de tal precariedad que, si algún día imposible llegara hasta aquí el mar, se lo llevaría todo de un baldazo.

En la calle principal - una estría ocre en el medio de las casas también ocres - hay algunos postes de luz eléctrica.
Pero por afuera de esos postes - los únicos rastros de amparo estatal - no hay nada.

Y en el medio de esa nada, Celina Ramos, cincuenta años, dos hijos, dos nietos, un diente, un pañuelo en la cabeza, habla de política.

- Antes de la política es que ellos hacían promesas, madre.
Pero después de la política ya no hacen más nada.
El senador Rodríguez disque iba a darnos la casa, pero me dio solamente las paredes y el techo, madre.
Yo le hice poner la luz, yo compré la cocina, yo puse las puertas, las ventanas, el piso.
Todo sola, madre, porque siempre fui sola.

La casita de Celina Ramos tiene dos dormitorios y un baño que no se parecen, en ningún caso, a dos dormitorios y un baño: el lugar es un receptáculo ciego, un vacío espectral al que Celina llegó hace un año junto a dos hijas, la Olga y la Eudosia, que ya le dieron dos nietos.

Eudoxia, en griego, significa «buena reputación».
Me acuerdo de esa estupidez (y del frío de locos) mientras Celina Ramos cuenta su historia en oraciones cortas.
Dice que vio al padre de sus hijos sólo una vez en su vida y que esa vez fue suficiente.
Luego hace una mueca de asco - nunca mostró una cara demasiado amable - y lleva la mirada hacia la puerta principal.
Por la calle avanza una mujer de pelo corto y crespo; lleva un bebé en brazos y la siguen tres niños. Se llama Lucía Vázquez, tiene veintitrés años, y - al igual que Celina - está montándose al hombro la casa entera.
Hasta el momento, Lucía Vázquez lleva cargados dos mil bloques de adobe que le servirán para completar su rancho en San Juan.
Vive con un plan del Estado (cincuenta dólares por mes) y a tres de sus cuatro hijos los mantienen sus padres (quienes, por supuesto, no viven en este barrio).

- Me los reconocieron a todos salvo a éste, que es natural...-, explica Lucía, y apoya la mano sobre la cabeza del niño.
Se la ve orgullosa.
El niño calla porque no entiende nada, o porque entiende todo.

La proliferación de hijos naturales en Antofagasta hizo que en el 2004 llegara un fiscal a San Juan con el fin de instruir a las madres solteras en materia legal.
El fiscal les explicó que, si sabían quién era el padre, podían demandarlo por alimentos.
Pero esta intervención lo enfrentó - a él y al intendente - con Emilia Mamaní, quien casualmente era una de las cuatro madres impulsoras de la creación del barrio de mujeres solas.

Mamaní tiene treinta y un años, cuatro hijos, un concubino y una casa que ya no queda en San Juan.
Ahora está parada en la puerta de la iglesia del pueblo - una construcción blanca, limpia, pequeña - organizando los preparativos para la procesión del día siguiente: los diecinueve de cada mes se celebra a San Expedito, el Patrono de las Causas Urgentes, algo así como el santo de la velocidad.

- Me molestó la intervención del fiscal, porque por más leyes que haiga… que yo tengo mi hijo, que lo pongo en el juez, que el padre me pasa el dinero, eso no soluciona el problema..., - explica Mamaní -.
Muchas mujeres se llenan de chicos para ir a cobrar la cuota.
Porque podés tener un hijo por error, máximo dos, pero no seis, como la Carina.
¿Usté vio a la Carina..?

Más tarde conoceré a Carina, que vive en San Juan.
La veré sentada en el callejón principal, con las piernas abiertas, fregando al ritmo de una cumbia suave y reclinando el torso sobre un fuentón repleto de zapatillas y agua turbia.
Su cara será ancha y reflejará el sol, y sabré, al verla, que alguna vez Carina fue una mujer hermosa.
Ahora tiene veinticinco años y seis niños: Freddy, Marianela, Agustín, Karen, Vanesa y Marilyn, una bebé de pupilas negras y vacías.
Los seis fueron engendrados por cinco individuos distintos.
El primero nació a los quince, y desde entonces llega uno cada dos años.
Ella los mantiene con un plan asistencial y con el dinero (fluctuante) que le pasan algunos de los padres.
Carina dirá, cuando la conozca, que no necesita un hombre a su lado. Y quizás tenga razón.

- ¿Entonces cuál es la solución para las chicas como Carina..? - dice Emilia Mamaní -.
¡Que haiga concientización..! 
¡Cuántas veces le dije yo a la Carina que haga un curso de cerámica, que dedique su tiempo en algo útil... 
¡Ocupemos nuestro tiempo en otra cosa que no sea tener hijos..! Porque si no…
Yo soy una mamá que se curó: tengo apenas cuatro niños.
Pero muchas otras mamás están en los bailes, viven sentadas todo el día enfrente de Gendarmería o en la esquina de la plaza para ver si alguien les hace un chico.

Los problemas son las jodas, dice Mamaní, las criaturas borrachas a los ocho años...
La madre que se va al baile y deja al niño en casa, solo, y entonces el niño despierta y sale a buscarla y en la madrugada todo está tan frío, tan feroz, que algunos niños directamente se congelan o se encuentran con un perro de dientes furiosos.
El problema también es la mugre, la invasión de moscas que llenó el barrio San Juan hace un año: una nube de bichos zumbando las casas sucias, la leche rancia, los pañales con mierda.

Pero el mayor problema de todos es que se puede estar mejor, y nadie lo sabe.

- Acá en Antofagasta no hay pobres..., - dice Emilia Mamaní .
Acá tenemos adobe para hacer castillos. ¡Castillos..!
Porque dios nos dio todo a nosotros.
Entonces lo que falta es ganas.
Yo a mi hija le digo: Vanesa, vos estudiaste primaria, secundaria y ahora estás haciendo la terciaria y nunca vas a decir que te pusiste una zapatilla que estuvo un poquito rota para ir a la escuela.
Pero yo sufrí, Vane, para darte lo que vos tenés.
Entonces vos no sufrás: estudiá, tomá anticoncetivos, no te metás a tener hijos y sé algo más algún día, para que yo me pueda apoyar cuando ya no tenga, digamos, más nada.

Mamaní llora: un llanto rabioso y discreto.
Alrededor hay silencio y un atardecer que cuelga como una inmensa ojera en tonos violeta.
Los volcanes y los cerros van cambiando de color, y pronto el cielo empezará a comerlo todo.
De noche, Antofagasta se congela.
La amplitud térmica es tan grande (veinte grados de diferencia entre la noche y el día) que ése es uno de los principales motivos por los que la mayor hostería de la zona (ubicada en El Peñón, a pocos kilómetros del pueblo) nunca termina de inaugurarse: de noche, con la helada, los vidrios estallan.
Por lo tanto en la región, hasta el momento, hay un solo lugar oficial donde dormir: es la Hostería Municipal, una construcción que no califica ni para hotel de media estrella, pero que se promociona - según sus propios dueños - como un lugar donde se puede cenar «a la carta».
Vamos con Pacheco a las nueve de la noche, y pedimos la carta.

Alguien nos mira como si en ese pedido existiese la posibilidad de un chiste.

Las alternativas para cenar son dos: milanesa de llama o empanada de llama.
Afuera del plato, es sabido que los bichos no tienen mejor suerte.
Hay rumores de que el sexo con llamas es relativamente usual, un dato casi antropofágico que no logra, sin embargo, quitarnos el hambre.

A la mañana siguiente me levanto con frío y fuerzas: hoy, decido, voy a hablar por teléfono.
En la calle los niños van a la escuela, las cabras van a los cerros, las palabras no tienen adónde ir.

En la puerta de la Municipalidad de Antofagasta hay diez personas esperando su turno: eso es el 2.5 por ciento del padrón electoral y es, en términos más inmediatos, poco más de una hora de espera.
Al lado del teléfono en uso hay otro libre.
Tengo una idea.

- ¿Y si usamos también el otro, como para acelerar..?

Si es cierto que las palabras se construyen con el uso (y se destruyen con el desuso) puedo decir que en Antofagasta de la Sierra la palabra «acelerar» no existe.

- Ése sólo está para recibir llamados, madre...- responde alguien.

El segundo teléfono no suena, probablemente no suene nunca. Pasan veinte minutos, mi turno no llega, salgo a la calle y decido ir caminando hasta el barrio de San Juan.
No es mucho: quinientos metros en dirección norte que incluyen un bordeo al cementerio (rojo, azul, amarillo), otro paso por la iglesia (blanca, blanca, blanca), y un paisaje desmesurado y mudo: puñados de cabras mordisqueando los cerros, y la certeza ulcerante de que acá las horas empiezan a morirse, o quién sabe qué pasa: algo muere en serio.

En el camino se cruza el intendente Acevedo. Su tema, una vez más, son los japoneses.
Dice que logró frenar las obras de alambrado y - si los diarios llegaran a Antofagasta - sería fácil comprobar de qué está hablando: en enero del 2007, el diario Clarín denunció el intento de venta de más de sesenta y tres mil kilómetros cuadrados de tierras fiscales en la Puna de Atacama, una región que incluye a Antofagasta de la Sierra.
Desde el Estado negaron que esas tierras estuvieran en venta.
Pero Acevedo vio que estaban alambrando, y mandó una nota a un fiscal que, esta misma mañana, frenó las obras.

- El santo nos ayudó...-, dice Acevedo.
Y lo dice en serio.

Hoy es el día de San Expedito, el santo de la velocidad.
En la puerta de la iglesia, Emilia Mamaní se prepara junto a veinte personas para caminar dieciocho kilómetros por un desierto rocoso. Pienso en acompañarla (en auto) y voy a la despensa a comprar agua mineral.

- ¿Tiene agua..?
Del otro lado del mostrador, alguien toma una botella de Sprite vacía, la llena con agua del grifo, y me la da.

El matriarcado es un sistema conceptualmente más sencillo de lo que se cree.
Por un lado, consiste en la matrilinealidad, un orden familiar según el cual un hijo es identificado genealógicamente en función de su madre.
En la tradición judía, por ejemplo, las personas son consideradas judías sólo si nacen de madre judía, es decir, la descendencia es pasada de madre a hijo.
También está la matrilocalidad: luego del casamiento, el varón se muda con la familia de la mujer y queda socialmente aislado de su grupo familiar original.
Y por último - aunque principalmente - está el bolsillo: la mujer, en los matriarcados, es la que genera, recibe y reparte los bienes.

viernes, 11 de marzo de 2022

PONETE EN SU LUGAR, publicado en Revista Sudestada - 11/3/2022

Un hilo de twitter se hizo viral: un varón hizo el simple ejercicio de ponerse en el lugar de las pibas y razonar desde ahí, cuestionando sus privilegios. Se llama empatía, y hace mucha falta.


Cosas que aprendí en este último tiempo
A la noche, para cualquier piba soy un posible violador.
Mido 1.85 y soy grandote. Me tienen miedo.
No a mí personalmente, es su instinto tenerme miedo, soy varón.
Y no me ofende que sea así, lo entiendo.

Entonces:
- si me deja bajar primero del bondi, no insisto para que pase ella antes.
Me deja pasar por miedo, no por educación.

- si camino atrás de ella en la calle, trato de pasarla, para que no necesite tenerme miedo.
Si acelero y ella acelera más, la dejo que tome distancia.
No es una carrera.

- Todo esto ¿por qué?
Porque soy varón y puedo caminar tranquilo por cualquier lado de noche. Ellas no.
Ellas tienen un miedo instintivo.
Por años de abusos, violaciones y acosos.

"Pero yo no soy violador".
No, no lo soy, pero ellas no saben eso,

Y eso nos convierte a todos en potenciales victimarios.
Vamos de vuelta, su miedo es un mecanismo de defensa instintivo, no es personal conmigo.
Lo único que puedo hacer es darle cierta seguridad con mi comportamiento y mostrar que no soy una amenaza.
Y aún así, ni siquiera estoy seguro de que eso le sirva a la piba que va caminando adelante mío de noche.
Y es una cagada que tenga que ir caminando mirando para todos lados, con miedo de ser otra víctima.
Y eso, amigos, es el patriarcado.
Que yo pueda caminar tranquilo por ser varón es un privilegio.
Y los privilegios son una mierda.
Porque si yo lo tengo es porque alguien más no lo tiene.
Y hasta que eso deje de ser nuestro privilegio, no va a haber igualdad de género.

El patriarcado se va a caer.
Nuestros privilegios se van a terminar.
Ellas lo van a lograr.
Y yo voy a estar ahí, mirándolas desde un costado, y las voy a aplaudir.

Vale aclarar. Todo esto no lo descubrí ni aprendí solo.
Todo esto nace de una mujer que me sentó y me explicó.
Y yo escuché y aprendí.
Y sigo aprendiendo, todos los días.

martes, 8 de marzo de 2022

A VOS...!!

A vos, que luchaste durante siglos
para no ser la sombra invisible de nadie;
que zurcías calcetines para guardar monedas
y pegabas parches en pantalones rotos.

Que estirabas diez pesos para
poder llegar a fin de mes;
que levantabas el alba ordenando ropas
y lo cerrabas con una sonrisa paciente.

Que hacías pucheros con dos avíos
para comer cinco.

A vos, que dejaste de ser la huella de nadie
para levantar el muro de tu independencia;
que huiste del miedo
y construiste tu voz propia.

Que llenaste universidades para mostrar
inteligencia y talento, constancia y esfuerzo;
que inventaste el tiempo para trabajar
y sacar a tus hijos adelante.

Que buscas fuerzas como nadie, que eres bastón y guía,
faro de mar y estrella de noche.
A vos, mujer, a vos, "que has bailado la vida con dos corazones
y respirado con cuatro pulmones".

Que has cambiado el negro
para pintar paisajes de colores;
que has dicho basta a la injusticia
y te has convertido en protagonista.

Que eres aire, brisa,
huracán y tormenta...

A vos,mujer, mi admiración y mi respeto.

lunes, 7 de marzo de 2022

LA INVESTIGACIÓN QUE RASTREA LA DEUDA DE MACRI CONFIRMA LA FUGA Y VA POR LOS AUTORES, de Néstor Espósito - 5/3/2022

La investigación que rastrea la deuda de Macri confirma la fuga y va por los autores


La documentación que pidieron la jueza Capuchetti y el fiscal Picardi se encamina a demostrar la salida escandalosa de capitales y por qué el expresidente está virtualmente confeso del delito.

La toma de deuda externa por parte de un gobierno soberano es una decisión política no judiciable.
Pero la toma de deuda a nombre de un Estado por el cual el tomador - su presidente - no habrá de responder es una estafa, cuanto menos.
Ese es el meollo de la causa 3561/19, que tramita ante la jueza federal María Eugenia Capuchetti y el fiscal Franco Picardi, dos de los funcionarios judiciales menos contaminados de los tribunales federales de Retiro.

El viernes por la tarde, cuando el edificio de Comodoro Py 2002 estaba prácticamente vacío, y la letra fina del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional apenas había ingresado al Congreso, alguien le preguntó a la jueza Capuchetti:
¿qué pasaría si el acuerdo incluyera, como ocurrió con las vacunas del laboratorio Pfizer, una suerte de cláusula de indemnidad respecto del préstamo contratado durante el gobierno de Cambiemos..?

La magistrada se sorprendió, porque hasta entonces nadie había hablado de tal cosa.
Más aun, durante el discurso de apertura de las sesiones ordinarias del Congreso, el presidente Alberto Fernández dijo expresamente (y en ese momento se retiraron los legisladores del PRO): 
“Este acuerdo tampoco releva al Poder Judicial de avanzar en esa investigación.
Los argentinos y las argentinas tienen el derecho de saber cómo ocurrieron los hechos y quiénes fueron los responsables de tanto desatino”.

Entonces, ¿por qué la oposición blandió el argumento de las decisiones políticas no judiciables, que no respetó - por ejemplo - en las causas Dólar Futuro y Memorándum de Entendimiento con Irán..? 
La respuesta es: porque no hay tal cláusula de indemnidad, porque la documentación que pidieron la jueza y el fiscal se encamina a demostrar la fuga escandalosa de capitales y, sobre todo, porque el ex presidente Mauricio Macri está virtualmente confeso del delito.

El 15 de noviembre de 2021, la jueza Capuchetti reservó en la documentación del expediente un pendrive que presentó la Procuración del Tesoro que contiene la entrevista que Macri concedió a la CNN, en la que reconoció: 
“La plata del FMI la usamos para pagarles a los bancos comerciales que se querían ir porque tenían miedo de que volviera el kirchnerismo”.
Ese día, de manera imperceptible, se reactivó la causa que se inició en 2019 pero avanzaba en tribunales con la agilidad de una tortuga con artritis.

La jueza reclamó en las últimas horas una batería de medidas y decidió que, una vez recabada toda esa información, la causa pasará “a estudio”.
Eso significa que habrá llegado la etapa de evaluar si formula imputaciones concretas, en ese caso contra quiénes, y como consecuencia lógica, los llamados a indagatoria.

La documentación recabada hasta el momento y la reclamada como medidas de prueba muestran la fuga de divisas.
Un total de 24.679 millones de dólares fueron comprados por “cien agentes” entre diciembre de 2015 y octubre de 2019. 
¿Fue legal..? Probablemente.
Pero eso es fuga; solo falta ponerle los nombres y las fechas.

Diez personas compraron 7945 millones de dólares para Formación de Activos Externos (FAE).
Es decir, compra de dólares para atesoramiento.
Eso significa que diez personas compraron en cuatro años unos 800 millones de dólares en promedio y los guardaron en el colchón, en una caja de seguridad, en una caja fuerte o los sacaron del país de manera clandestina.

Un grupo no cuantificado de personas jurídicas (empresas, bancos, corporaciones) compró 41.124 millones de dólares.
Con la flexibilización de las posibilidades de enviar dividendos al exterior, ese dinero también desapareció de la superficie argentina.

Pero entre las medidas ordenadas por la jueza a instancias del fiscal hay una perla, enigmática, que amenaza con completar el presunto cuadro delictivo.
¿Quién fue “la persona física que habría realizado operaciones por la suma de U$S 40,5 millones, en el período de referencia”?

En mayo de 2018, Macri anunció que la Argentina volvía a pedirle dinero prestado al FMI.
En 2021, en aquella entrevista con la CNN (el entrevistador fue Marcelo Longobardi), reconoció que con ese dinero se les pagó a los bancos que huían por supuesto “temor al kirchnerismo".

¿Qué hicieron la jueza y el fiscal..?
Le ordenaron a la Caja de Valores SA que “en su carácter de agente depositario central de valores negociables y agente de custodia, registro y pago”, precise quiénes fueron “las personas jurídicas y físicas que desarmaron sus posiciones en títulos de deuda Lebacs en pesos desde enero de 2018 hasta diciembre de 2019, incluyendo los depositantes y comitentes desde y hacia los cuales se efectuaron las transferencias”.

El negocio consistía en traer dólares especulativos, convertirlos a pesos, colocarlos en letras Lebacs, obtener rentabilidades superiores al 70 por ciento, retirar los pesos y volver a comprar dólares antes de que se disparara su precio.
¿Alguien tenía información privilegiada que confirmaba lo que había anticipado el economista macrista Carlos Melconian en junio de 2007, cuando advirtió: 
“Ojo, que todo se puede ir a la mierda..”?
Eso, también, es fuga.

El dato que corrobora que el dinero del FMI como ingresó salió le fue reclamado al Banco Central.
La jueza pidió un detalle sobre “cómo fue la variación/ evolución operada de las reservas internacionales con posterioridad a la acreditación del empréstito adquirido con el Fondo, y hasta la fecha”.
Esos gráficos existen y se pueden obtener fácilmente en Internet.
La curva cartesiana es demoledora: con cada desembolso del FMI las reservas crecían, pero pocas semanas después regresaban a prácticamente el mismo nivel anterior.
Eso, también, es fuga.

El último Producto Bruto Interno (PBI) de la Argentina fue de unos 383 mil millones de dólares.
Nadie podrá decir que durante el gobierno de Cambiemos desapareció “un PBI”.
Eso también era un disparate cuando los voceros pagos de Cambiemos afirmaban que durante el kirchnerismo “se robaron un PBI”.

Sin embargo, los aproximadamente 74 mil millones de dólares que se fueron del país entre 2015 y 2019 representan casi un 20 por ciento del PBI argentino.

O, lo que es lo mismo, como dice el diputado Leandro Santoro, “se fugaron un FMI”.

BATIMENTO, de Julián Centeya

En el "chau pinela" no vale ni importa
si vos fuiste bueno, si estuviste en todas,
si sos de la joda, si andás a la moda,
si afanaste el palo al ciego de turno
y el patrón y soto te mandó al humo.

En el embagaye lo mismo se emponcha
el que no hizo ruido y el que hizo roncha.
El que nunca tuvo un cacho e’speranza
y aquél que de sopa se llenó la panza.

El vivo, el salame, el que llegó cola,
el que hizo el bagayo y la fue de piola,
cualquier gil de cuarta, el millonario,
el cofla de al lado, el chantún otario.

El que chupateta sangró el persupuesto,
el que sudó el alma pa’guardar el puesto.

El ascensorista y el ejecutivo,
el boncha con ganas, el que fue de vivo,
el que tiró el roca y vivió de upa,
el ortiba inmundo, el viudo y la puta.

El que vino un día y se llenó el grilo,
el pobre escarparo y el que te dio filo.

El hijo de puta que enlazaba al perro,
ése más que nadie merece el entierro.
Todos, te lo bato, formaremos fila,
para hacer más alta todavía la pila.

Y entonces ¡el Garpe..!, todos a ponerse,
bandera y campana, habrá que moverse.
¡Uidioca..! ¡Qué joda será el entrevero..!
Si venís de atrás, no olvides, te espero.

ESTO NO TIENE REMEDIO, de Julián Centeya

Se nos están yendo las cosas, negro,
y esto no tiene remedio.

Te digo, por ejemplo,
la diaria costumbre de las costumbres simples,
como el hecho de darle cuerda al reloj,
salir a mirar la lluvia,
saludar al vecino de enfrente,
preguntar por la salud al boticario
- al que sabemos alquilarle una cuota de sanguijuelas -,
interesarnos por la viuda de la vuelta
y devolverle el diario al almacenero.

Se nos están yendo las cosas, negro,
y esto no tiene remedio.

Te digo, por ejemplo,
que se nos van perdiendo cosas:
el hábito de enviar una tarjeta postal
con en el rostro de una muchacha
librando una paloma
entre un rubor de rosas,
sacar a pasear nuestro perro,
darle los buenos días al cartero,
ordenar las sillas en la vereda
a la hora en que la tarde, en puntas de pie,
entra al barrio y convoca al vecindario
que espera al organillero.

Se nos están yendo las cosas, negro,
y esto no tiene remedio

¿Quién es..?
¿Quién viene a llevarse estas costumbres pequeñas
que hacían nuestra felicidad pequeña..?

De muchas cosas vamos enviudando, negro,
ahora que no tenemos tiempo para tener tiempo,
ahora que sabemos que fuimos, cómo fuimos
e ignoramos del todo cómo seremos.
Y no te exagero si te digo
que hasta podríamos llamarnos de otro modo,
si apenas somos nosotros de tanto ser otros.

Se nos están yendo las cosas, negro,
y esto no tiene remedio.

LA RECHIFLADA, de Julián Centeya

Siempre te rechiflás,
por cualquier cosa la broncás
y te da el ataque.
Mirá, un día de estos
te via dar un saque
y vas a quedar en cama
bien mormosa.

Ya no te aguanto más María Melato
esgunfia como estoy
le doy un corte
y buscate urgentemente
quien te soporte,
ese es mi trato.

La naifa lo escuchó,
y dulcemente le clavó la mirada
frente a frente
y con un hilo de voz
le dijo al hombrón
que andaba en movimiento:
"Anda ¡chabón!
barreme bien la pieza."

MI VIEJO, de Julián Centeya

Quisiera amasijarme en la infinita
ternura de mi barrio de purrete,
con un cielo cachuzo de bolita
y el milagro coleao de un barrilete.

Verlo a mi viejo, un tano laburante
que la cinchó parejo, limpio y claro;
y minga como yo, un atorrante
que la va de verso y se hace el raro.

Mi viejo carpintero era grandote,
y tenía un cuore chiquilín siempre en la vía.
Su vida no fue más que un despelote
y un poco, claro está, por culpa mía.

Vino en el Comte Rosso, fue un espiro.
Tres hijos, la mujer, a más un perro.
Como un tungo tenaz la fue de tiro.
Todo se la aguantó: hasta el destierro.

Y aquí palmó... aquí está adormecido
mi viejo el pobre tano laburante.
Se la tomó una cheno de descuido
y me dejó un recuerdo lacerante.

¿Qué mundo habrá encontrado en su apoliyo?
Si es que hay un mundo pa' los que se piantan.
Sin duda el cuore suyo se hizo grillo
y su mano cordial es una planta.

EL HOMBRE QUE NOS ENSEÑÓ S TENER FRÍO, de Juan Forn

Horacio Quiroga adoraba a Martínez Estrada como a un hermano menor y le regaló una hectárea de su propia tierra en Misiones, para tentarlo de que fuera su vecino.
La desmontó él mismo a machete limpio, le mandó por correo el título de propiedad y los planos de la casita de madera que podía construirle con sus manos.
Hasta los muebles le ofrecía hacer (y eran famosamente cómodos los muebles que hacía Quiroga, con ayuda del mensú devenido carpintero Jacinto Escalera).

Martínez Estrada tenía un trabajo de cuarta en el Correo Central y detestaba el ambiente literario de Buenos Aires, pero no se decidía a partir a Misiones, así que Quiroga apeló a un último recurso para convencer a su melómano amigo: le mandó un violín hecho en madera de timbó.
“Era tan chato de pecho y espalda como el propio Quiroga, tenía un clavijero prehistórico, las efes labradas torpemente a gubia y emitía un sonido de gato en celo, mitad hipnótico y mitad horripilante.” 
Martínez Estrada entendió con el corazón estremecido que así sería la vida como vecino de Quiroga en Misiones, pero se libró de escribir esa carta cruel porque su amigo apareció por Buenos Aires.

Venía a hacerse ver por los médicos una molestia que no lo abandonaba.
Era un cáncer terminal, pero no se animaban a decírselo.
Lo tenían de residente en el Hospital de Clínicas con permiso ambulatorio, mientras le hacían creer que lo sometían a estudios y lo preparaban para una operación.
Un día vagando por el sótano del hospital encontró un paciente llamado Batistessa.
Lo tenían ahí escondido por su aspecto físico, causado por una neurofibromatosis conocida como elefantiasis.
Quiroga exigió que Batistessa fuera sacado del sótano y trasladado a su habitación, y en las horas muertas le contaba historias de la selva. 

Un día Batistessa oyó hablar a los médicos y fue a decirle a Quiroga que la operación proyectada era una simple y dolorosa postergación de la muerte.
Quiroga avisó que salía a caminar, fue a una ferretería a comprar cianuro, regresó al hospital, mezcló el polvo en un vaso con whisky y se lo tomó.
“Se mató como una sirvienta”, dijo Lugones, que un año después se suicidaría de igual forma en el Tigre. 
“No se vive en la selva impunemente”, escribió Alfonsina Storni en un poema que le dedicó antes de suicidarse ella también, en los acantilados de Mar del Plata.

Ni Lugones, que había sido su maestro y protector, ni Alfonsina, que había sido su amante, acompañaron las cenizas del difunto al Uruguay.
Borges, en cambio, que había dicho que Quiroga era “una superstición uruguaya, que escribía mal lo que Kipling escribió bien”, sí fue de la comitiva.
Eran fechas de Carnaval y contó que el corso se interrumpía al paso del cortejo y que los niños pedían tocar la urna de madera de algarrobo en donde el escultor ruso Stepan Erzia había tallado la cara del difunto.

A veces los opuestos coinciden: a Arlt le pasó algo parecido con Quiroga; él también lo había escarnecido.
En una aguafuerte sobre la fundación de la SADE, creada para defender los derechos de los escritores, escribió: “La idea debe ser de Quiroga, hombre que gasta barba sefaradí y una catadura de falsificador de moneda que espanta”.

Pero cuenta Onetti que, el día en que murió Quiroga, Arlt estaba sentado al fondo de una larga mesa, ignorando con fiereza los comentarios sobre el muerto, hasta que llegó su amigo Kostia y contó que tres días antes se había cruzado con Quiroga por la calle. Iba vestido como un clochard, la barba le devoraba más de la mitad de la cara, venía siguiendo desde el Parque Japonés a la última mujer que siguió por la calle, una beldad que cortaba la respiración. Era la famosa viuda de Gómez Carrillo, que por entonces noviaba con Saint - Exupéry.
Kostia se lo estaba diciendo cuando el francés salió del Hotel Plaza al encuentro de su dama y la abrazó.
Quiroga, contemplando la escena, murmuró: “Me hubiera gustado ser aviador”, y se fue, envuelto en su sobretodo con el pijama abajo en pleno enero, rumbo a su cama en el Hospital de Clínicas.
Desde el fondo de la mesa, detrás del humo de su cigarrillo, se oyó la voz de Arlt: “He cambiado mi opinión de Quiroga”.
No podía ser de otra manera.
Quiroga había dicho: “Soy el primer infectado por Dostoievski en América del Sur”.
Arlt fue el siguiente.

Como Arlt, Quiroga carecía de lo que algunos llaman tacto, otros hipocresía y otros relaciones públicas.
A los veinte años partió de Montevideo a París vestido como un dandy, en camarote propio.
Volvió tres meses después, en tercera clase, con los pantalones raídos y las solapas levantadas para que no se viera que no tenía cuello en la camisa.
“¿Por qué escriben como españoles si son argentinos..?”, le dijo en la cara a Larreta cuando llegó a Buenos Aires.
“No soporto los gauchos de Carnaval”, le dijo a Lugones. Escandalizó a Manuel Gálvez con su Historia de un amor turbio, basada en su relación con Ana María Cires, la muchacha que se llevó a vivir a Misiones y le dio dos hijos y después se suicidó de manera atroz.

A esos hijos los crió en el amor a la selva, dejándolos dormir solos arriba de un árbol o sentarse durante horas al borde de un precipicio, para horror de su madre.
Cuando ella murió, volvió con esos hijos a Buenos Aires, vivió primero en un sótano de la calle Canning y después en un caserón en Vicente López, donde tenía un coatí llamado Tutankamón, un búho llamado Pitágoras y la yacaré Cleopatra, además de una enorme canoa aerodinámica que calafateaba infinitamente, y que no parecía una embarcación sino una criatura de las aguas.

Lo acusaban de escribir para asustar a la gente, de traer la selva a la ciudad, de arrimar la barbarie a la civilización.
Cuando publicó su famoso decálogo del perfecto cuentista, Nalé Roxlo dijo que parecía el manual del maestro ciruela escrito por el Viejo Vizcacha. 
“Es un anarcoindividualista que se conforma con su propia libertad. No le importa que todos los hombres sean libres”, dijo Alvaro Yunque cuando lo invitó a la URSS y Quiroga le contestó que prefería volverse a la selva.

Y eso hizo, con una segunda esposa treinta años más joven que él, que prefirió abandonarlo antes de enloquecer.
Tampoco en la selva lo entendían: se burlaban del hermoso laberinto de bambúes que había hecho para su segunda esposa, con un jardín de orquídeas en el medio.
Las cuadrillas que pasaban y lo veían deslomándose al sol le gritaban: “¿No tiene personal, patrón..? ¡No le robe trabajo a los peones..!”.

Supo adorar por igual a Tolstoi y a Dostoievski, a Jack London y a Thoreau, a Maupassant y a Baudelaire (“ebanistas capaces de sacar de un solo golpe de garlopa trece rizos de viruta”). Hablaba como si siempre tuviera fiebre y padeció frío hasta en la selva misionera.
En la última carta a sus hijos les dijo: “Busco lo que casi nunca se encuentra. Soy capaz de romper un corazón por ver lo que tiene adentro, a trueque de matarme yo mismo sobre los restos de ese corazón”.

Martínez Estrada escribió después de su muerte: “Con él aprendimos a contar en serio”, y si miramos la literatura argentina desde acá, no hay manera de no estar de acuerdo.

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