Si las mujeres entendieran… que los hombres también tienen miedos, pero sin tanto permiso para mostrarlos.
Que hay emoción en el ruido de un motor o en el grito de un gol.
Que valoran mucho más el exceso de sonrisas que tres kilos menos.
Lo abrumador de ser el sostén económico de una familia.
Lo que es tener que ser valiente, poderoso y exitoso a toda hora.
Lo molestas que son las comparaciones con “el marido/novio de”.
La necesidad que tienen de un abrazo que no siempre saben pedir.
Lo difícil que es comprender lo que nunca les han enseñado.
Las lágrimas que no se animan a llorar.
El poder que tenemos sobre ellos.
Que ellos también pasan noches sin dormir.
Que necesitan silencio como nosotras charla.
Que no andan por la vida pensando en cómo lastimarnos.
Que son más débiles de lo que su altura y músculos dirían.
Que sacar lo mejor o peor de ellos está en nuestras manos.
Que piensan y razonan diferente.
Que sienten muy parecido.
Que demuestran sentimientos como pueden o como aprendieron.
Si las mujeres entendiésemos todo esto, si lográsemos mirar más allá de algunos olvidos, si nos diéramos cuenta de que no hay todos o ninguno, si pudiésemos sentir que para ellos la mejor demostración de amor es habernos elegido, si las mujeres bajáramos un poquito la guardia, los reproches y tantos reclamos, si pudiéramos incrementar las sonrisas, los brindis y la picardía y si los dejáramos hacer sin tanto mandato ni expectativa, comprenderíamos que somos lo que le da sentido a sus vidas.
Como mujeres, novias, madres, hijas, hermanas o amigas.
Al final del día, donde se acaban las bromas, donde no hay público ni formas, donde solo queda un hombre y sus latidos, ahí estamos nosotras... con el que cada una eligió.
Las montañas se abren para que entren la ruta y el río juntos al pueblo, uno de los más lindos de la Argentina, al pie de esa piedra impresionante que es el Fitz Roy. Ese pueblo es EL CHALTÉN, en la patagónica Santa Cruz. Esta página permite mirar el lugar en que subo algunas cosas de mi archivo personal. La mayor parte pertenece a otras gentes; las menos, son propias. Algunas están muy arraigadas en mi vida, con mis afectos. A una parte de ellas algunos talentosos le han puesto música. (rt)
miércoles, 3 de junio de 2015
viernes, 29 de mayo de 2015
OBJETOS PERDIDOS, de Julio Cortázar
Vos ves la Cruz del Sur,
respirás el verano
con su olor a duraznos.
con su olor a duraznos.
Y caminás de noche,
mi pequeño fantasma silencioso,
por ese Buenos Aires,
por ese siempre mismo Buenos Aires.
Extraño la Cruz del Sur
mi pequeño fantasma silencioso,
por ese Buenos Aires,
por ese siempre mismo Buenos Aires.
Extraño la Cruz del Sur
cuando la sed me hace alzar la cabeza
para beber tu vino negro, medianoche.
Extraño las esquinas
para beber tu vino negro, medianoche.
Extraño las esquinas
con almacenes dormilones,
donde el perfume de la yerba
donde el perfume de la yerba
tiembla en la piel del aire.
Extraño tu voz,
tu caminar conmigo por la ciudad.
Comprender que eso está siempre allá.
Como un bolsillo donde a cada rato
la mano busca una moneda, el peine, llaves.
Extraño tu voz,
tu caminar conmigo por la ciudad.
Comprender que eso está siempre allá.
Como un bolsillo donde a cada rato
la mano busca una moneda, el peine, llaves.
La mano infatigable de una oscura memoria
que recuenta sus muertos.
La Cruz del Sur, el mate amargo
y las voces de amigos
usándose con otros.
Me duele un tiempo amargo
Ileno de perros y desgracia,
la agazapada convicción
y las voces de amigos
usándose con otros.
Me duele un tiempo amargo
Ileno de perros y desgracia,
la agazapada convicción
de que volver es vano.
Comprender que un mar es más que un mar.
Comprender que un mar es más que un mar.
Que la muerte se viste de distancia
para llegar, de a poco, lenta, interminable,
Como una melodía que se resuelve, al fin,
en humo de silencio.
para llegar, de a poco, lenta, interminable,
Como una melodía que se resuelve, al fin,
en humo de silencio.
Extraño ese callejón
que se perdía en el campo,
que se perdía en el campo,
y el cielo con las salsas y caballos
y algo como un sueño.
Y me duelen los nombres de cada cosa
que me falta hoy.
que me falta hoy.
Cómo me duele estar tan lejos
de tu caricias y de tus labios.
Extraño tu voz, tu caminar
conmigo por la ciudad.
de tu caricias y de tus labios.
Extraño tu voz, tu caminar
conmigo por la ciudad.
jueves, 28 de mayo de 2015
MAESTRA JARDINERA, de Pipo Pescador
"Como pocas profesiones, la tuya exige renunciamiento.
Dar vida a cada instante.
Dar vida a cada instante.
Poner el corazón en un sobre que, tal vez, ha de perderse en la confusa dirección que escribe el tiempo.
Nunca envejecerás, porque vibrás con la vida nueva que te refresca cada año.
Entre nosotros, tenés alma de actriz y energía de cachorro de león.
El nombre lo dice todo: JARDINERA.
La que cuida la delicada vida de las flores.
La que maneja con fortaleza y dulzura, la materia mas frágil de la creación..."
Nunca envejecerás, porque vibrás con la vida nueva que te refresca cada año.
Entre nosotros, tenés alma de actriz y energía de cachorro de león.
El nombre lo dice todo: JARDINERA.
La que cuida la delicada vida de las flores.
La que maneja con fortaleza y dulzura, la materia mas frágil de la creación..."
miércoles, 27 de mayo de 2015
CUESTIONES DE MÉTODO EN SURAMÉRICA, de José Pablo Feinmann
El concepto que late en el horizonte de la lucha contrahegemónica en Suramérica es el de unidad.
Este concepto - cuyo origen se le atribuye a Bolívar, que quería conducirlo - tiene, a su vez, que ser aclarado.
La unidad de Suramérica es una totalidad en permanente destotalización.
O, si se prefiere, una unidad que se decontruye una y otra vez para construirse de nuevo.
Es la unidad de una diferencia, que se estableció en el siglo XIX bajo las oligarquías nativas y el imperio británico, a la que se llamó balcanización.
Pero la balcanización de América latina deberá estar (hoy) al servicio de su unidad, deberá expresar la identidad de cada país, su diferencia con los otros y, superándola, la necesariedad de superar la diferencia en busca de una unidad contraimperial, contracolonialista.
Somos Occidente, pero al modo de sus víctimas.
Somos Occidente, pero al modo de la subalternidad.
Somos Occidente, pero somos su periferia.
Somos Occidente, pero (y he aquí nuestro breve homenaje al fallecido Galeano) somos sus venas abiertas, sangrantes, nutritivas y finalmente secas, o siempre secándose en beneficio del poder hegemónico.
Somos libres, pero al modo que el imperio siempre lo ha querido: no en tanto colonias, sino neocolonias.
Nuestra situación sigue siendo - no poscolonial, como si hubiéramos dejado por completo atrás esa situación - sino neocolonial.
(Nota: Este concepto - el del pacto neocolonial - tuvo su respaldo académico cuando Tulio Halperin Donghi lo incluyó en su Historia de América Latina. Hasta ahí se manejaba el de semicolonia que Jorge Abelardo Ramos desarrollara en Historia de la Nación Latinoamericana, libro mejor escrito y más entretenido que el de Tulio, pero sin su prestigio académico. Tulio escribía desde la academia norteamericana y el Colorado Ramos desde Corrientes y Talcahuano, a lo Viñas.)
¿Qué es una neocolonia?
En el Parlamento británico, durante el siglo XIX, un brillante hombre del imperio, Richard Cobden, dijo que había que abandonar el burdo colonialismo.
Que era necesario cederles su orgullo a las colonias. Que debían ser libres, tener escudo, bandera e himno nacional. Ejércitos, autoridades propias, sostener sus ideas religiosas, todo eso debían tener.
Todo eso les permitiría el imperio sin incomodarse al solo costo de que comerciaran mayoritariamente con él.
Sean libres, si así lo quieren. Pero permítannos ayudarlos.
Les extraeremos el petróleo, les compraremos todo el azúcar, el algodón, el trigo y las vacas.
No se gasten en tener industrias. Son muy caras y estamos nosotros para entregarles lo que necesiten.
Vivan de la riqueza de sus suelos generosos. Sean el granero del mundo. Nosotros seremos el taller.
Esta situación - que ha sido analizada y todos conocen - echa por tierra el concepto “poscolonial” con el que los profesores “poscoloniales” de la academia norteamericana - basándose en Foucault, Deleuze, Lacan y Derrida - se han hecho un destacado lugar en esos claustros, que han generado la tersa teoría del “multiculturalismo”.
(Concepto que rechazamos y ya explicaremos por qué.)
Pero, en tanto, la teoría neocolonial señala una carencia, un desajuste, sólo la modificación de un escenario colonialista, pero nunca su superación, nunca el surgimiento de una nueva hegemonía conquistada por medio de una praxis contrahegemónica, la teoría poscolonial da por resuelto un problema que subiste.
La “libertad” de las colonias, su poscolonialidad, no ha resuelto el problema colonial, que continúa pero por otros medios.
Los territorios de América del Sur no han hecho ninguna revolución.
No estará mal revisitar estos temas hermenéuticos durante estos días de mayo.
Sé que muchos colegas, personas a las que respeto, buscan un surgimiento glorioso para nuestro país.
Sé que se enojan cuando planteo estas tesis sobre las acciones de mayo y las siguientes.
Sin embargo, mi interpretación no disminuye el coraje de aquellos hombres de los principios de los países del sur.
No me importa discutir si San Martín fue un agente inglés.
Si Moreno quería (nada menos y nada más) liberar a Suramérica del poder español y entrar en la modernidad capitalista.
No dudo que en la Conferencia de Guayaquil San Martín se retiró por muchos motivos. Entre ellos, y acaso el principal, porque no compartía el proyecto bolivariano de la unidad de América latina.
Había venido para liberar al continente del perimido dominio español.
Esa fue su lucha. Esa fue su gloriosa campaña libertadora.
Que fue gloriosa y que liberó, sin duda, a los países de Suramérica del arcaísmo hispánico. La Generación del ’37 lo sigue en este punto.
San Martín es uno de los hombres más puros de nuestra América (con Antonio José de Sucre.)
Vino a luchar contra el poder español. Triunfó y le cedió el paso al ambicioso Bolívar, que buscaba unir al continente bajo una dictadura nacional que él encarnaría.
Cuando, en 1829, regresa al país y se entera de la sedición contra Dorrego, recibe las visitas de Rivadavia y Lavalle, de a uno por vez.
Le ofrecen el comando del Ejército Libertador, que, bajo el mando de Lavalle, ha derrotado y fusilado a Dorrego.
San Martín se niega.
Precisamente dicho: se niega a ser Lavalle, ya que Lavalle fue lo que San Martín se negó a ser.
Transformó, ensuciándolo, al Ejército Libertador en policía interna, algo que trazaría un destino indigno para el Ejército Argentino recién recuperado durante los primeros años del siglo XXI.
Fue larga la sombra de Lavalle, que llega a su punto máximo con Videla.
San Martín, ya desde su exilio europeo, pondera la acción de Rosas y, según se sabe, le cede, en su testamento, el sable que lo acompañó en las guerras de la Independencia.
Apoyaba las luchas de soberanía y liberación.
Rosas es y será siempre un núcleo conceptual sobredeterminado para los que buscan pensar la historia argentina.
¿No sabía San Martín que engalanaba con su sable a un restaurador de las tradiciones hispánicas?
¿No sabía que ese restaurador (¿qué restaurador no es un reaccionario?) rechazaba a las fuerzas de la modernidad capitalista que apoyaban sus enemigos, los cultos liberales, los que habían leído a Rousseau, a Victor Cousin, a Savigny?
Lo sabía, pero siempre estuvo antes con la defensa de la soberanía territorial que con los imperios que buscaban someterla en nombre de las luces, de la razón, del progreso. También Alberdi apoyó a Rosas.
Si buscamos los núcleos axiales de una historia (la nuestra) que persiguió su identidad a través de sus empeños contrahegemónicos, de su búsqueda de un espacio de libertad, de sus escasos, pero importantes y despiadadamente reprimidos intentos de una praxis de emancipación, esa batalla, la de la Vuelta de Obligado, entrega uno de los momentos más elevados de toda lucha anticolonialista.
De aquí el entusiasmo de San Martín.
No se trata de incurrir en un rosismo a destiempo.
Rosas fue la gran figura de los primeros revisionistas (los del ’30), pues requerían del pasado una gran figura nacionalista para fortificar al caudillo que apoyaban en el presente, Uriburu.
Nadie mejor que Rosas para eso.
Y Carlos Ibarguren, en su biografía del gaucho de Los Cerrillos, hizo con brillo la tarea.
Sin embargo, el Rosas de la Vuelta de Obligado va más allá de su derechización en manos de los revisionistas tempranos, iniciáticos.
Es el jefe de una gran lucha contrahegemónica.
No podía ignorar que iba a perder esa batalla en el campo de las armas. Igual la dio. Igual, en desventaja, ofreció pelea.
Las dos flotas unidas de las más grandes potencias de Europa no la sacaron gratis. Rompieron las cadenas del río, pasaron, pero tuvieron que volver pronto.
Muchos buques estaban averiados y las mercaderías a comercializar deterioradas.
Nosotros, hoy, que hemos buscado nuclear una fuerza contrahegemónica, una praxis libre, una conciencia crítica, también estamos en inferioridad de condiciones.
Vemos que la política se hunde en las ciénagas de la banalidad.
Que las subjetividades están colonizadas por el poder mediático.
Pero tal vez aún sea posible arruinarles algunos negocios.
Como Rosas.
Pero sin esperar el sable de San Martín, no.
No podemos llevar a cabo una lucha contrahegemónica tan importante como para merecer semejante premio.
Todavía.
Este concepto - cuyo origen se le atribuye a Bolívar, que quería conducirlo - tiene, a su vez, que ser aclarado.
La unidad de Suramérica es una totalidad en permanente destotalización.
O, si se prefiere, una unidad que se decontruye una y otra vez para construirse de nuevo.
Es la unidad de una diferencia, que se estableció en el siglo XIX bajo las oligarquías nativas y el imperio británico, a la que se llamó balcanización.
Pero la balcanización de América latina deberá estar (hoy) al servicio de su unidad, deberá expresar la identidad de cada país, su diferencia con los otros y, superándola, la necesariedad de superar la diferencia en busca de una unidad contraimperial, contracolonialista.
Somos Occidente, pero al modo de sus víctimas.
Somos Occidente, pero al modo de la subalternidad.
Somos Occidente, pero somos su periferia.
Somos Occidente, pero (y he aquí nuestro breve homenaje al fallecido Galeano) somos sus venas abiertas, sangrantes, nutritivas y finalmente secas, o siempre secándose en beneficio del poder hegemónico.
Somos libres, pero al modo que el imperio siempre lo ha querido: no en tanto colonias, sino neocolonias.
Nuestra situación sigue siendo - no poscolonial, como si hubiéramos dejado por completo atrás esa situación - sino neocolonial.
(Nota: Este concepto - el del pacto neocolonial - tuvo su respaldo académico cuando Tulio Halperin Donghi lo incluyó en su Historia de América Latina. Hasta ahí se manejaba el de semicolonia que Jorge Abelardo Ramos desarrollara en Historia de la Nación Latinoamericana, libro mejor escrito y más entretenido que el de Tulio, pero sin su prestigio académico. Tulio escribía desde la academia norteamericana y el Colorado Ramos desde Corrientes y Talcahuano, a lo Viñas.)
¿Qué es una neocolonia?
En el Parlamento británico, durante el siglo XIX, un brillante hombre del imperio, Richard Cobden, dijo que había que abandonar el burdo colonialismo.
Que era necesario cederles su orgullo a las colonias. Que debían ser libres, tener escudo, bandera e himno nacional. Ejércitos, autoridades propias, sostener sus ideas religiosas, todo eso debían tener.
Todo eso les permitiría el imperio sin incomodarse al solo costo de que comerciaran mayoritariamente con él.
Sean libres, si así lo quieren. Pero permítannos ayudarlos.
Les extraeremos el petróleo, les compraremos todo el azúcar, el algodón, el trigo y las vacas.
No se gasten en tener industrias. Son muy caras y estamos nosotros para entregarles lo que necesiten.
Vivan de la riqueza de sus suelos generosos. Sean el granero del mundo. Nosotros seremos el taller.
Esta situación - que ha sido analizada y todos conocen - echa por tierra el concepto “poscolonial” con el que los profesores “poscoloniales” de la academia norteamericana - basándose en Foucault, Deleuze, Lacan y Derrida - se han hecho un destacado lugar en esos claustros, que han generado la tersa teoría del “multiculturalismo”.
(Concepto que rechazamos y ya explicaremos por qué.)
Pero, en tanto, la teoría neocolonial señala una carencia, un desajuste, sólo la modificación de un escenario colonialista, pero nunca su superación, nunca el surgimiento de una nueva hegemonía conquistada por medio de una praxis contrahegemónica, la teoría poscolonial da por resuelto un problema que subiste.
La “libertad” de las colonias, su poscolonialidad, no ha resuelto el problema colonial, que continúa pero por otros medios.
Los territorios de América del Sur no han hecho ninguna revolución.
No estará mal revisitar estos temas hermenéuticos durante estos días de mayo.
Sé que muchos colegas, personas a las que respeto, buscan un surgimiento glorioso para nuestro país.
Sé que se enojan cuando planteo estas tesis sobre las acciones de mayo y las siguientes.
Sin embargo, mi interpretación no disminuye el coraje de aquellos hombres de los principios de los países del sur.
No me importa discutir si San Martín fue un agente inglés.
Si Moreno quería (nada menos y nada más) liberar a Suramérica del poder español y entrar en la modernidad capitalista.
No dudo que en la Conferencia de Guayaquil San Martín se retiró por muchos motivos. Entre ellos, y acaso el principal, porque no compartía el proyecto bolivariano de la unidad de América latina.
Había venido para liberar al continente del perimido dominio español.
Esa fue su lucha. Esa fue su gloriosa campaña libertadora.
Que fue gloriosa y que liberó, sin duda, a los países de Suramérica del arcaísmo hispánico. La Generación del ’37 lo sigue en este punto.
San Martín es uno de los hombres más puros de nuestra América (con Antonio José de Sucre.)
Vino a luchar contra el poder español. Triunfó y le cedió el paso al ambicioso Bolívar, que buscaba unir al continente bajo una dictadura nacional que él encarnaría.
Cuando, en 1829, regresa al país y se entera de la sedición contra Dorrego, recibe las visitas de Rivadavia y Lavalle, de a uno por vez.
Le ofrecen el comando del Ejército Libertador, que, bajo el mando de Lavalle, ha derrotado y fusilado a Dorrego.
San Martín se niega.
Precisamente dicho: se niega a ser Lavalle, ya que Lavalle fue lo que San Martín se negó a ser.
Transformó, ensuciándolo, al Ejército Libertador en policía interna, algo que trazaría un destino indigno para el Ejército Argentino recién recuperado durante los primeros años del siglo XXI.
Fue larga la sombra de Lavalle, que llega a su punto máximo con Videla.
San Martín, ya desde su exilio europeo, pondera la acción de Rosas y, según se sabe, le cede, en su testamento, el sable que lo acompañó en las guerras de la Independencia.
Apoyaba las luchas de soberanía y liberación.
Rosas es y será siempre un núcleo conceptual sobredeterminado para los que buscan pensar la historia argentina.
¿No sabía San Martín que engalanaba con su sable a un restaurador de las tradiciones hispánicas?
¿No sabía que ese restaurador (¿qué restaurador no es un reaccionario?) rechazaba a las fuerzas de la modernidad capitalista que apoyaban sus enemigos, los cultos liberales, los que habían leído a Rousseau, a Victor Cousin, a Savigny?
Lo sabía, pero siempre estuvo antes con la defensa de la soberanía territorial que con los imperios que buscaban someterla en nombre de las luces, de la razón, del progreso. También Alberdi apoyó a Rosas.
Si buscamos los núcleos axiales de una historia (la nuestra) que persiguió su identidad a través de sus empeños contrahegemónicos, de su búsqueda de un espacio de libertad, de sus escasos, pero importantes y despiadadamente reprimidos intentos de una praxis de emancipación, esa batalla, la de la Vuelta de Obligado, entrega uno de los momentos más elevados de toda lucha anticolonialista.
De aquí el entusiasmo de San Martín.
No se trata de incurrir en un rosismo a destiempo.
Rosas fue la gran figura de los primeros revisionistas (los del ’30), pues requerían del pasado una gran figura nacionalista para fortificar al caudillo que apoyaban en el presente, Uriburu.
Nadie mejor que Rosas para eso.
Y Carlos Ibarguren, en su biografía del gaucho de Los Cerrillos, hizo con brillo la tarea.
Sin embargo, el Rosas de la Vuelta de Obligado va más allá de su derechización en manos de los revisionistas tempranos, iniciáticos.
Es el jefe de una gran lucha contrahegemónica.
No podía ignorar que iba a perder esa batalla en el campo de las armas. Igual la dio. Igual, en desventaja, ofreció pelea.
Las dos flotas unidas de las más grandes potencias de Europa no la sacaron gratis. Rompieron las cadenas del río, pasaron, pero tuvieron que volver pronto.
Muchos buques estaban averiados y las mercaderías a comercializar deterioradas.
Nosotros, hoy, que hemos buscado nuclear una fuerza contrahegemónica, una praxis libre, una conciencia crítica, también estamos en inferioridad de condiciones.
Vemos que la política se hunde en las ciénagas de la banalidad.
Que las subjetividades están colonizadas por el poder mediático.
Pero tal vez aún sea posible arruinarles algunos negocios.
Como Rosas.
Pero sin esperar el sable de San Martín, no.
No podemos llevar a cabo una lucha contrahegemónica tan importante como para merecer semejante premio.
Todavía.
lunes, 25 de mayo de 2015
LAS CAMELLAS DE ARABIA NO OFENDEN A NADIE, de Arturo Pérez Reverte - 25/5/15
Hace unos días hubo una noticia que pasó tristemente inadvertida, o casi, para la prensa española.
Y eso es malo, pues se trataba de una noticia importante; de las que tienen que ver con nuestro presente y, sobre todo, con nuestro futuro.
La cosa era que un cartel con la imagen de una modelo publicitaria ligera de ropa, denunciado por miembros de la comunidad musulmana de Brick Lane, en Londres, seguirá en su sitio después de que el organismo regulador de la publicidad británica desestimara las protestas de un sector del vecindario, que consideraba el anuncio ofensivo para quienes frecuentan las mezquitas de esa zona, donde vive una amplia comunidad que profesa la religión islámica.
Aunque la imagen de la modelo es «sensual y sexualmente sugestiva», admite la resolución, tampoco va más allá de eso, ni tiene por qué ofender a nadie, pues «encarna la clásica belleza y femineidad» que ha venido siendo representada por el arte occidental hace siglos.
Así que, quien no quiera, que no mire.
Y punto.
Me pregunto, con una sonrisa esquinada y veterana, fruto de los años y la mucha mili, qué habría ocurrido en España, en caso parecido.
O qué es lo que va a ocurrir en cuanto se dé la ocasión.
Me lo pregunto y me lo respondo, claro; y más en un país donde incluso hay oportunistas y tontos del ciruelo - sin que una cosa excluya la otra - capaces de ponerse a considerar muy serios, con debates y tal, las protestas de ciertos colectivos musulmanes porque las procesiones de Semana Santa, puestos a citar un ejemplo fácil, recorran las calles españolas ofendiendo la sensibilidad religiosa islámica. Etcétera.
Aquí, no les quepa duda, siempre habrá un organismo regulador de la publicidad, o una televisión, o una asociación de derechos y deberes, o un juez sensible a la delicadeza de sentimientos mahometana, que llegado el caso decida que, en efecto, la libertad en lo que llamamos Europa - aunque a algunos nos dé la risa llamarla así todavía - acaba allí donde empiezan los derechos, el fanatismo o la gilipollez de cuatro gatos a los que, de este modo, nuestra propia cobardía e imbecilidad acaban multiplicando de cuatro en cuatro, hasta irnos todos al carajo.
Y claro. Resulta inevitable preguntarse, también con respuesta incluida, dónde se meten en esta clase de debates las ultrafeminatas radicales que tanto las pían con otras chorradas de género y génera: las de las asociaciones de padres y madres de alumnos y alumnas, por ejemplo y por ejempla.
Qué opinan ellas, o sea, de escotes en anuncios o no escotes, y hasta qué punto coinciden con la censura islámica, o no. Con lo de usar hiyabs, niqabs, antifaces y trapitos así.
Sería útil saberlo más pronto que deprisa, como dicen las chonis.
Y los humos del tren, que los suelten en Despeñaperros.
Porque tiene su guasa esto del anuncio que ofende porque muestra las tetas o las nalgas de una señora, mientras que, por lo visto, no ofende a nadie que otra señora pueda meterse en España en un autobús, en una comisaría de policía o en un hospital enmascarada de pies a cabeza, como un guerrero ninja, mientras el marido va a su lado con bermudas, chanclas y gorra de béisbol. El hijoputa.
Y es que en Europa olvidamos, a menudo, que más importante que respetar tradiciones absurdas o infames es defender a quienes acudieron a nosotros huyendo, precisamente, de la miseria y el horror que esas tradiciones imponen en sus lugares de origen.
Y es que en Europa olvidamos, a menudo, que más importante que respetar tradiciones absurdas o infames es defender a quienes acudieron a nosotros huyendo, precisamente, de la miseria y el horror que esas tradiciones imponen en sus lugares de origen.
Y que eso se logra con educación escolar y con firmeza institucional frente a quienes pretenden esclavizarlos, incluso aquí, usando el manoseado y dañino nombre de Dios.
Quien se ofende por un anuncio en un cartel publicitario se ofenderá también cuando por su calle, por su barrio, se cruce con un escote, una falda corta, un cabello sin velo o un rostro sin tapar. Y actuará en peligrosa consecuencia.
Quien pretende aplicar maneras medievales de entender la vida, mientras se beneficia de un sistema de derechos y libertades que a otros costó siglos de dura lucha conseguir, no tiene derecho a imponer su voz ni a reclamar respeto.
La Europa moderna tragó dolor y sangre para librarse de púlpitos, velos, gentes de un solo y sagrado libro, pasos de la oca y fanatismos de todas clases.
Somos demasiado mayores, ya, para que vengan otra vez a taparnos el escote o las ideas.
Así que la solución es muy simple, Manolo, Mohamed o como te llames.
Si no estás dispuesto a asumir nuestras reglas, chaval, si esto te ofende, coges un avión y te vas al desierto de Arabia, o del Sáhara, donde las tetas de las camellas no ofenden a nadie.
Y allí te pones ciego de dátiles.
domingo, 24 de mayo de 2015
SONATINA, de Rubén Darío
La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?
El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.
El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y vestido de rojo piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.
¿Piensa, acaso, en el príncipe de Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?
¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar;
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.
Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte,
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.
¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real;
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.
¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste. La princesa está pálida.)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe,
(La princesa está pálida. La princesa está triste.)
más brillante que el alba, más hermoso que abril!
-Calla, calla, princesa -dice el hada madrina-;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor».
¿Piensa, acaso, en el príncipe de Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?
¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar;
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.
Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte,
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.
¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real;
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.
¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste. La princesa está pálida.)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe,
(La princesa está pálida. La princesa está triste.)
más brillante que el alba, más hermoso que abril!
-Calla, calla, princesa -dice el hada madrina-;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor».
sábado, 23 de mayo de 2015
O QUIZÁS SIMPLEMENTE TE REGALE UNA ROSA, de Leonardo Favio
Hoy corté un flor,
y llovía y llovía.
Esperando a mi amor,
y llovía y llovía.
Presurosa la gente,
pasaba, corría.
Y desierta quedó
la ciudad pues llovía.
Yo me puse a pensar
tantas cosas bonitas.
Como el día en la playa
cuando te conocía.
Como jugaba el viento
Cuando llegue mi amor
le diré tantas cosas,
o quizás simplemente
le regale una rosa.
Nos iremos charlando
y llovía y llovía.
Esperando a mi amor,
y llovía y llovía.
Presurosa la gente,
pasaba, corría.
Y desierta quedó
la ciudad pues llovía.
Yo me puse a pensar
tantas cosas bonitas.
Como el día en la playa
cuando te conocía.
Como jugaba el viento
con tu pelo de niña.
Ay que suerte, que suerte..!
Tu mirada y la mía.
Ay que suerte, que suerte..!
Tu mirada y la mía.
Cuando llegue mi amor
le diré tantas cosas,
o quizás simplemente
le regale una rosa.
Por que yo corté una flor,
y llovía y llovía.
Esperando mi amor,
y llovía y llovía.
Que me alegre tu canto,
y llovía y llovía.
Esperando mi amor,
y llovía y llovía.
Que me alegre tu canto,
que me alegre tu risa.
Que se alegre en silencio
tu mirada y la mía.
Que se alegre en silencio
tu mirada y la mía.
Nos iremos charlando
por las calles vacías
Nos iremos besando
Nos iremos besando
por las calles vacías.
Y sabrán que te quiero,
Y sabrán que te quiero,
esas calle vacías.
FUISTE MÍA UN VERANO, de Leonardo Favio
Hoy la vi, fue casualidad.
Yo estaba en el bar, me miró al pasar...
Yo le sonreí,
y le quise hablar.
Me pidió que no,
que otra vez será.
Que otra vez será,
otra vez será.
Tierno amanecer,
sé que nunca más.
Como olvidar tu pelo,
cómo olvidar tu aroma.
Si aún navega en mis labios,
el sabor de tu boca.
Cada piba que pase
con un libro en la mano,
me traerá tu nombre,
como en aquél verano.
Fuiste mía un verano,
solamente un verano.
Yo no olvido la playa
ni aquél viejo café.
Ni aquél pájaro herido
que entibiaste en tus manos,
ni tu voz, ni tus pasos
se alejarán de mí.
Yo estaba en el bar, me miró al pasar...
Yo le sonreí,
y le quise hablar.
Me pidió que no,
que otra vez será.
Que otra vez será,
otra vez será.
Tierno amanecer,
sé que nunca más.
Como olvidar tu pelo,
cómo olvidar tu aroma.
Si aún navega en mis labios,
el sabor de tu boca.
Cada piba que pase
con un libro en la mano,
me traerá tu nombre,
como en aquél verano.
Fuiste mía un verano,
solamente un verano.
Yo no olvido la playa
ni aquél viejo café.
Ni aquél pájaro herido
que entibiaste en tus manos,
ni tu voz, ni tus pasos
se alejarán de mí.
CHIQUILLADA, de Leonardo Favio
Chiquillada, chiquillada , chiquillada...
Yo ya no entiendo que quieren los vecinos,
uno nunca hace nada, y a cual más rezongón.
La calle es libre si queremos pasarla
corriendo tras del aro, llevando el andador.
Bolita linda , ojito cristalino, te juro,
Pantalón cortito bolsita de los recuerdos.
Pantalón cortito con un solo tirador...
Con cinco medias hicimos la pelota,
y aquella misma siesta perdimos por un gol.
Una perrita, que andaba abandonada,
paso a ser la mascota del cuadro que ganó.
Pantalón cortito, bolsita de los recuerdos.
Pantalón cortito con un solo tirador...
Dice el abuelo, que los días de brisa,
los ángeles chiquitos se vienen desde el sol,
y bailotean prendidos al barrilete,
flores del primer cielo, caña y papel color.
Media galleta rompiendo los bolsillos,
palitos mojarreros, saltitos de gorrión.
Los muchachitos de toda la manzana,
cuando el sol esta que pela, se van pa'l cañadón
Pantalón cortito con un solo tirador...
Con cinco medias hicimos la pelota,
y aquella misma siesta perdimos por un gol.
Una perrita, que andaba abandonada,
paso a ser la mascota del cuadro que ganó.
Pantalón cortito, bolsita de los recuerdos.
Pantalón cortito con un solo tirador...
Dice el abuelo, que los días de brisa,
los ángeles chiquitos se vienen desde el sol,
y bailotean prendidos al barrilete,
flores del primer cielo, caña y papel color.
Media galleta rompiendo los bolsillos,
palitos mojarreros, saltitos de gorrión.
Los muchachitos de toda la manzana,
cuando el sol esta que pela, se van pa'l cañadón
Yo ya no entiendo que quieren los vecinos,
uno nunca hace nada, y a cual más rezongón.
La calle es libre si queremos pasarla
corriendo tras del aro, llevando el andador.
Bolita linda , ojito cristalino, te juro,
no te entrego aunque gane el matón.
Dos dientes de leche me costaste, bolita,
la soba de la vieja, pero te tengo yo.
Fiesta en los charcos cuando para la lluvia
caracoles y ranas, y niños a jugar.
El viento empuja, botecito de diario
lindo haberlo vivido para poderlo cantar...
Chiquillada, chiquillada, chiquillada
Dos dientes de leche me costaste, bolita,
la soba de la vieja, pero te tengo yo.
Fiesta en los charcos cuando para la lluvia
caracoles y ranas, y niños a jugar.
El viento empuja, botecito de diario
lindo haberlo vivido para poderlo cantar...
Chiquillada, chiquillada, chiquillada
Pantalón cortito, bolsita de mis recuerdos.
Pantalón cortito con un solo tirador.
Pantalón cortito con un solo tirador.
ANOTACIONES PARA CAROLA, de Leonardo Favio
Yo moriré una tarde,
tal vez sea en enero,
la ciudad con su ritmo
no vivirá tu duelo.
Te pido me recuerdes
en toda mi alegría,
o en alguna canción,
mi amor, o en alguna canción.
Tal vez en ese día
Dios este distraído.
Le sucede a menudo
que se siente cansado.
Te cuidaré en la sombras
como a un niño querido.
Y buscarás en cada
mirada de mis hijos
encontrar un destello
de mis ojos dormidos.
Y sentirás que vivo
cuando toquen mis libros.
Te enojarás con ellos
si revuelven mis cosas
y con el tiempo un día
amor, mi amor,
hasta hablarás conmigo.
Recuérdame peleándome
de frente con la vida,
o charlando en la plaza
con algún jubilado.
tal vez sea en enero,
la ciudad con su ritmo
no vivirá tu duelo.
Te pido me recuerdes
en toda mi alegría,
o en alguna canción,
mi amor, o en alguna canción.
Tal vez en ese día
Dios este distraído.
Le sucede a menudo
que se siente cansado.
Por eso es que te pido
no me llores ni reces.
Simplemente acaríciame
mi amor, que yo estaré contigo.
no me llores ni reces.
Simplemente acaríciame
mi amor, que yo estaré contigo.
Te cuidaré en la sombras
como a un niño querido.
Y buscarás en cada
mirada de mis hijos
encontrar un destello
de mis ojos dormidos.
Y sentirás que vivo
cuando toquen mis libros.
Te enojarás con ellos
si revuelven mis cosas
y con el tiempo un día
amor, mi amor,
hasta hablarás conmigo.
Recuérdame peleándome
de frente con la vida,
o charlando en la plaza
con algún jubilado.
O adorando tu pelo
si llueve y caminamos.
Simplemente recuérdame mi amor,
que yo estaré contigo.
Muchas veces mis canciones
fueron burdas y huecas.
Fue el horror al fracaso
que te inculcan a veces.
Explícale a la gente
que estuve arrepentido,
que pasen esa hoja
de mi vida vacía.
Como si fuera un libro
que le falta un pedazo.
Que me recuerden dando
lo mejor de mi mismo,
loco de amor al mundo,
pero frágil y humano.
Pero frágil y humano amor, mi amor
y yo estaré contigo.
si llueve y caminamos.
Simplemente recuérdame mi amor,
que yo estaré contigo.
Muchas veces mis canciones
fueron burdas y huecas.
Fue el horror al fracaso
que te inculcan a veces.
Explícale a la gente
que estuve arrepentido,
que pasen esa hoja
de mi vida vacía.
Como si fuera un libro
que le falta un pedazo.
Que me recuerden dando
lo mejor de mi mismo,
loco de amor al mundo,
pero frágil y humano.
Pero frágil y humano amor, mi amor
y yo estaré contigo.
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