lunes, 20 de enero de 2014

UNA HISTORIA DE ESPAÑA XVII, de Arturo Pérez Reverte - 20/1/14

Estábamos, creo recordar, en que los dos guapitos que a finales del XV reinaban en lo que empezaba a parecer España, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, lo tenían claro en varios órdenes de cosas. Una era que para financiar aquel tinglado hacía falta una pasta horrorosa. Y como el ministro Montoro no había nacido aún y su sistema de expolio general todavía no estaba operativo, decidieron - lo decidió Isabel, que era un bicho - ingeniar otro sistema para sacar cuartos a la peña por la cara.
Y de paso tenerla acojonada, sobre todo allí donde los fueros y otros privilegios locales limitaban el poder real.
Ese invento fue el tribunal del Santo Oficio, conocido por el bonito nombre de Inquisición, cuyo primer objetivo fueron los judíos.
Éstos tenían dinero porque trabajaban de administradores, recaudaban impuestos, eran médicos prestigiosos, controlaban el comercio caro y prestaban a comisión, como los bancos; o más bien ellos eran los bancos.
Así que primero se les sacó tela por las buenas, en plan préstame algo, Ezequiel, que mañana te lo pago; o, para que puedas seguir practicando lo tuyo, Eleazar, págame este impuesto extra y tan amigos.
Aparte de ésos estaban los que se habían convertido al cristianismo pero practicaban en familia los ritos de su antigua religión, o los que no. 
Daba igual.
Ser judío o tener antepasados tales te hacía sospechoso.
Así que la Inquisición se encargó de aclarar el asunto, primero contra los conversos y luego contra los otros.
El truco era simple: judío eliminado o expulsado, bienes confiscados. Calculen cómo rindió el negocio.
A eso no fue ajeno el buen pueblo en general; que, alentado por santos clérigos de misa y púlpito, era aficionado a quemar juderías y arrastrar por la calle a los que habían crucificado a Cristo; a quienes, por cierto, todavía uno de mis libros escolares, editado en 1950 (Imprímase. Lino, obispo de Huesca), aseguraba «eran objeto del odio popular por su avaricia y sus crímenes».
Total: que, en vista de que ése era un instrumento formidable de poder y daba muchísimo dinero a las arcas reales y a la santa madre Iglesia, la Inquisición, que había tomado carrerilla, siguió campando a sus anchas incluso después de la expulsión oficial de los judíos en 1492, dedicada ahora a otros menesteres propios de su piadoso ministerio: herejes, blasfemos, sodomitas. 
Gente perniciosa y tal. Incluso falsificadores de moneda, que tiene guasa.
En un país que acabaría en manos de funcionarios - el duro trabajo manual era otra cosa - y en tales manos sigue, el Santo Oficio era un medio de vida más: innumerables familias y clérigos vivían del sistema.
Lo curioso es que, si te fijas, compruebas que Inquisición hubo en todos los países europeos, y que en muchos superó en infamia y brutalidad a la nuestra.
Pero la famosa Leyenda Negra alimentada por los enemigos exteriores de España - que acabaría peleando sola contra casi la totalidad del mundo - nos colocó el sambenito de la exclusiva.
Hasta en eso nos crecieron los enanos.
Leyenda no sin base real, ojo; porque el Santo Oficio, abolido en todos los países normales en el siglo XVII, existió en España hasta avanzado el XIX, y aún se justificaba en el XX: «Convencidos nuestros Reyes Católicos de que más vale el alma que el cuerpo», decía ese libro de texto al que antes aludí.
De todas formas, el daño causado por la Inquisición, los reyes que con ella se lucraron y la Iglesia que la dirigía, utilizaba e impulsaba, fue más hondo que el horror de las persecuciones, tortura y hogueras.
Su omnipresencia y poder envenenaron España con una sucia costumbre de sospechas, delaciones y calumnias que ya no nos abandonaría jamás.
Todo el que tenía cuentas que ajustar con un vecino procuraba que éste terminara ante el Santo Oficio.
Eso acabó viciando al pueblo español, arruinándolo moralmente, instalándolo en el miedo y la denuncia, del mismo modo que luego ocurrió en la Alemania nazi o en la Rusia comunista, por citar dos ejemplos, y ahora vemos en las sociedades sometidas al Islam radical.
O, por venir más cerca, a lo nuestro, en algunos lugares, pueblos y comunidades de la España de hoy.
Presión social, miedo al entorno, afán por congraciarse con el que manda, y esa expresión que tan bien define a los españoles cuando nos mostramos exaltados en algo a fin de que nadie sospeche lo contrario: La fe del converso.
Añadámosle la envidia, poderoso sentimiento nacional, como aceituna para el cóctel.
Porque buena parte de las ejecuciones y paseos dados en los dos bandos durante la guerra civil del 36 al 39 - o los que ahora darían algunos si pudieran - no fueron sino eso: nuestra vieja afición a seguir manteniendo viva la Inquisición por otros medios.
[Continuará].

lunes, 13 de enero de 2014

LANZADA A MORO MUERTO, de Arturo Pérez Reverte - 13/1/14

Hay una antigua expresión española, lanzada a moro muerto, que me gusta porque es precisamente eso: muy española.
No digo que en otros países la misma idea no se practique bajo distinta denominación; pero lo cierto es que, entre nosotros, esas cuatro palabras están vinculadas a viejas hispanas maneras.
La frase tiene origen medieval, de cuando las guerras de moros y cristianos, y define con eficacia la actuación de quienes en una batalla de las de antes, con mucho tajo y escabechina, procuraban quedarse al margen del peligro, o no tenían ocasión de verse en él, y luego daban un lanzazo o espadazo al cadáver de algún enemigo para mancharse las armas y el cuerpo con la sangre del fiambre, y presumir ante los colegas de haber estado batiéndose el cobre en lo más arduo del cogollo.
La expresión es de uso general y no se limita al uso castrense. Lanzadas a moro muerto pueden darse reales o figuradas. En plan metáfora, quiero decir.
Y de unas y otras, con los variopintos avatares de nuestra Historia, la hijoputez endémica nacional y las vueltas que acaba dando la rueda de la Fortuna, calculen ustedes la de lanzadas a moro muerto que pueden haberse dado en España en los últimos veinte o treinta siglos, por fijar un período fácil.
La de veces que nuestros abuelos, o nosotros mismos, escurrimos el bulto como podíamos, por las causas que fueran - falta de ocasión, prudencia, cobardía, necesidad -, y en un momento determinado, dándose circunstancias oportunas, restregamos la lanza en el moro destripado por otro, o fallecido de muerte natural, para pasearnos luego presumiendo de la sangre obtenida con tan poco riesgo y mínimo costo. Para congraciarnos con quien hiciera falta.
Y, por lo general, con quien suele hacer falta congraciarse es con el bando vencedor.
Una vez, naturalmente, tenemos claro cuál es ese bando.
Todo esto viene al hilo de algo ocurrido hace un par de semanas: el Ilustre Colegio de Abogados de Madrid ha retirado el título de decano honorífico al general Franco.
Teniendo en cuenta que el fallecido dictador no era abogado sino militar, y que la mayor parte de su relación con la abogacía se limitó a firmar sentencias de muerte, la retirada del título parece lógica.
Resulta natural que semejante anomalía histórica, que linda con el disparate, fuera corregida.
Pero también es cierto que el asunto ofrece materia para un par de reflexiones curiosas.
Una de ellas no es la retirada del título, sino que éste fuera concedido, y las circunstancias: exactamente en 1939, recién terminada la guerra civil ganada por el bando franquista. Que ya es casualidad oportuna.
Imaginen ustedes el ambiente, la exaltación patriótica y tal, el chuleo de relucientes botas y correajes de los vencedores y los cientos de miles de lanzadas a moro muerto que en ese momento procuraba dar todo cristo que no estuviera muerto, en el exilio o en la cárcel.
Para hacerse idea, sugiero un bonito ejercicio de agudeza visual histórica: véanse las imágenes de la cadena humana independentista catalana de hace unos meses, y luego busquen en Youtube, o por ahí, las imágenes de la entrada de las tropas franquistas en lo que el No-Do llamó liberación de Barcelona. Por ejemplo.
A ver dónde ven más gente entusiasmada: tremolando esteladas o levantado el brazo con el saludo fascista.
No eran los mismos, claro.
En un caso padres o abuelos, y en otro hijos o nietos, igual que, dentro de una o dos generaciones, alancearán moros difuntos los bisnietos.
Y así, todos.
Igual que con Fernando VII - vivan las caenas -, con los aplausos a la Inquisición cuando mandaba quemar herejes y sodomitas, con los romanos que hicieron la cama a Viriato o con lo que haga falta.
Lo que, por otra parte, es natural en la condición humana.
Cada cual se apaña para sobrevivir, y a nadie puede reprochársele, sobre todo si tiene hijos que comen pan, que levante el brazo o el puño, se envuelva en banderas o aplauda al ayuntamiento que hace hijo putativo, o como se diga, a un asesino etarra excarcelado.
Sólo cuando se está seguro de a quién aplaudir, por supuesto. O de a quién quitarle la placa de la pared, el nombre de la calle o el título honorífico.
Porque la prudencia es una virtud que practica, incluso, gente de carácter históricamente violento como nosotros, los españoles.
En el caso del Colegio de Abogados madrileño, 74 años después del nombramiento de Franco y 38 de las primeras elecciones democráticas, de imprudencia hubo poca.
En esta lanzada a moro muerto han tenido tiempo para asegurarse.

lunes, 30 de diciembre de 2013

CHORRA, (Tango 1982) Letra y música de Enrique Santos Discépolo

Por ser bueno, me pusiste a la miseria,
me dejaste en la palmera, me afanaste hasta el color.
En seis meses me comiste el mercadito,
la casiya de la feria, la ganchera, el mostrador...
¡Chorra!... Me robaste hasta el amor...
Ahura, tanto me asusta una mina,
que si en la calle me afila me pongo al lao del botón.
¡Lo que más bronca me da, es haber sido tan gil!

Si hace un mes me desayuno con lo qu' he sabido ayer,
no er'a mí que me cachaban tus rebusques de mujer...
Hoy me entero que tu mama "noble viuda de un guerrero",
¡es la chorra de más fama que ha pisao la treinta y tres!
Y he sabido que el "guerrero" que murió lleno de honor,
ni murió ni fue guerrero como m'engrupiste vos.
¡Está en cana prontuariado como agente 'e la camorra,
profesor de cachiporra, malandrín y estafador!

Entre todos me pelaron con la cero,
tu silueta fue el anzuelo donde yo me fui a ensartar.
Se tragaron vos, "la viuda" y "el guerrero"
lo que me costó diez años de paciencia y de yugar...
¡Chorros! Vos, tu vieja y tu papá,
¡Guarda! Cuidensé porque anda suelta,
si los cacha los da vuelta, no les da tiempo a rajar.
¡Lo que más bronca me da, es haber estao tan gil!

YIRA YIRA, (Tango 1930) Letra y música de Enrique Santos Discépolo

Cuando la suerte qu' es grela,
fayando y fayando te largue parao;
cuando estés bien en la vía,
sin rumbo, desesperao;
cuando no tengas ni fe, ni yerba de ayer
secándose al sol;
cuando rajés los tamangos buscando ese mango
que te haga morfar...
la indiferencia del mundo -que es sordo y es mudo-
recién sentirás.

Verás que todo el mentira, verás que nada es amor,
que al mundo nada le importa...
¡Yira!... ¡Yira!...
Aunque te quiebre la vida, aunque te muerda un dolor,
no esperes nunca una ayuda, ni una mano, ni un favor.

Cuando estén secas las pilas de todos los timbres
que vos apretás,
buscando un pecho fraterno
para morir abrazao...
Cuando te dejen tirao después de cinchar
lo mismo que a mí.
Cuando manyés que a tu lado se prueban la ropa
que vas a dejar...
Te acordarás de este otario que un día, cansado,
¡se puso a ladrar!

CAFETÍN DE BUENOS AIRES, (Tango 1948) Letra de Enrique Santos Discépolo - Música de Mariano Mores

De chiquilín te miraba de afuera
como a esas cosas que nunca se alcanzan...
La ñata contra el vidrio, en un azul de frío,
que sólo fue después viviendo igual al mío...
Como una escuela de todas las cosas,
ya de muchacho me diste entre asombros:
el cigarrillo, la fe en mis sueños
y una esperanza de amor.

Cómo olvidarte en esta queja, cafetín de Buenos Aires,
si sos lo único en la vida que se pareció a mi vieja...
En tu mezcla milagrosa de sabihondos y suicidas,
yo aprendí filosofía... dados... timba...
y la poesía cruel de no pensar más en mí.

Me diste en oro un puñado de amigos,
que son los mismos que alientan mis horas:
(José, el de la quimera, Marcial, que aún cree y espera,
y el flaco Abel que se nos fue pero aún me guía....)
Sobre tus mesas que nunca preguntan
lloré una tarde el primer desengaño,
nací a las penas, bebí mis años
y me entregué sin luchar.

CAMBALACHE, Letra y música de Enrique Santos Discépolo (Tango, 1934)

Que el mundo fue y será una porquería ya lo sé...
(¡En el quinientos seis y en el dos mil también!).
Que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos,
contentos y amargaos, valores y dublé...
Pero que el siglo veinte es un despliegue
de maldá insolente, ya no hay quien lo niegue.
Vivimos revolcaos en un merengue
y en un mismo lodo todos manoseaos...
¡Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor!...
¡Ignorante, sabio o chorro, generoso o estafador!
¡Todo es igual! ¡Nada es mejor!
¡Lo mismo un burro que un gran profesor!
No hay aplazaos ni escalafón, los inmorales nos han igualao.

Si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición,
¡da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos,
caradura o polizón!...

¡Qué falta de respeto, qué atropello a la razón!
¡Cualquiera es un señor! ¡Cualquiera es un ladrón!
Mezclao con Stavisky va Don Bosco y "La Mignón",
Don Chicho y Napoleón, Carnera y San Martín...
Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches
se ha mezclao la vida, y herida por un sable sin remaches
ves llorar la Biblia contra un calefón...

¡Siglo veinte, cambalache problemático y febril!...
El que no llora no mama y el que no afana es un gil!
¡Dale nomás! ¡Dale que va! 
¡Que allá en el horno nos vamo a encontrar!

¡No pienses más, sentate a un lao,
que a nadie importa si naciste honrao!
Es lo mismo el que labura noche y día como un buey,
que el que vive de los otros, que el que mata, 
que el que cura o está fuera de la ley...

UNA HISTORIA DE ESPAÑA XVI, de Arturo Pérez Reverte - 30/12/13

Eran jóvenes, guapos y listos.
Me refiero a Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, los llamados Reyes Católicos. Los de la tele.
Sobre todo, listos.
Ella era de las que muerden con la boquita cerrada.
Lo había demostrado en la guerra contra los partidarios de su sobrina Juana la Beltraneja - apoyada por el rey de Portugal -, a la que repetidas veces le jugó la del chino.
Él, trayendo en la maleta el fino encaje de bolillos que en el Mediterráneo occidental hacía ya imparable la expansión política, económica y comercial catalano-aragonesa.
La alianza de esos dos jovenzuelos, que nos salieron de armas tomar, tiene, naturalmente, puntitos románticos; pero lo que fue, sobre todo, es un matrimonio de conveniencia: una gigantesca operación política que, aunque no fuera tan ambicioso el propósito final, en pocas décadas iba a acabar situando a España como primera potencia mundial, gracias a diversos factores que coincidieron en el espacio y el tiempo: inteligencia, valor, pragmatismo, tenacidad y mucha suerte; aunque lo de la suerte, con el paso de los años, terminara volviéndose - de tanta como fue - contra el teórico beneficiado. O sea, contra los españoles de a pie; que, a la larga, de beneficio obtuvimos poco y pagamos, como solemos, los gastos de la verbena.
Sin embargo, en aquel final del siglo XV todo era posible. Todo estaba aún por estrenar (como la Guardia Civil, por ejemplo, que tiene su origen remoto en las cuadrillas de la Santa Hermandad, creada entonces para combatir el bandolerismo rural; o la Gramática de la lengua castellana de Antonio de Nebrija, que fue la primera que se hizo en el mundo sobre una lengua vulgar, de uso popular, y a la que aguardaba un espléndido futuro).
El caso, volviendo a nuestros jovencitos monarcas, es que, simplificando un poco, podríamos decir que el de Isabel y Fernando fue un matrimonio con separación de bienes.
Tú a Boston y yo a California. Ella seguía siendo dueña de Castilla; y él, de Aragón.
Los otros bienes, los gananciales, llegaron a partir de ahí, abundantes y en cascada, con un reinado que iba a acabar la Reconquista mediante la toma de Granada, a ensanchar los horizontes de la Humanidad con el descubrimiento de América, y a asentarnos, consecuencia de todo aquello, como potencia hegemónica indiscutible en los destinos del mundo durante un siglo y medio. Que tiene tela.
Con lo cual resultó que España, ya entendida como nación - con sus zurcidos, sus errores y sus goteras que llegan hasta hoy, incluida la apropiación ideológica y fraudulenta de esa interesante etapa por el franquismo -, fue el primer Estado moderno que se creó en Europa, casi un siglo por delante de los otros.
Una Europa a la que no tardarían los peligrosos españoles en tener bien agarrada por los huevos (permítanme la delicada perífrasis), y cuyos estados se formaron, en buena parte, para defenderse de ellos. Pero eso vino más tarde.
Al principio, Isabel y Fernando se dedicaron a romperle el espinazo a los nobles que iban a su rollo, demoliéndoles castillos y dándoles leña hasta en el deneí.
En Castilla la cosa funcionó, y aquellos zampabollos y mangantes mal acostumbrados quedaron obedientes y tranquilos como malvas.
En el reino de Aragón la cosa fue distinta, pues los privilegios medievales, fueros y toda esa murga tenían mucho arraigo; aparte que el reino era un complicado tira y afloja entre aragoneses, catalanes, mallorquines y valencianos.
Todo eso dejó enquistados insolidaridades y problemas de los que todavía hoy, quinientos años después de ser España, pagamos bien caro el pato.
En cualquier caso, lo que surgió de aquello no fue todavía un estado centralista en el sentido moderno, sino un equilibrio de poderes territoriales casi federal, mantenido por los Reyes Católicos con mucho sentido común y certeza del mutuo interés en que las cosas funcionaran.
Lo del Estado unitario vino después, cuando los Trastámara - la familia de la que procedían Isabel y Fernando, que eran primos - fueron relevados en el trono español por los Habsburgo, y ésos nos metieron en el jardín del centralismo imposible, las guerras europeas, el derroche de la plata americana y el no hay arroz para tanto pollo.
En cualquier caso, durante los 125 años que incluirían el fascinante siglo XVI que estaba en puertas, transcurridos desde los Reyes Católicos a Felipe II, iba a cuajar lo que para bien y para mal hoy conocemos como España.
De ese período provienen buena parte de nuestras luces y sombras: nuestras glorias y nuestras miserias.
Sin conocer lo mucho y decisivo que en esos años cruciales ocurrió, es imposible comprender, y comprendernos. [Continuará].

jueves, 26 de diciembre de 2013

TRANSFERENCIA, de Hamlet Lima Quintana

Después de todo, la muerte es una gran farsante.
La muerte miente cuando anuncia que se robará la vida,
como si se pudiera cortar la primavera.
Porque al final de cuentas,
la muerte sólo puede robarnos el tiempo,
las oportunidades de sonreír,
de comer una manzana,
de decir un discurso,
de pisar el suelo que se ama,
de encender el amor de cada día.
De dar la mano, de tocar la guitarra,
de transmitir esperanza.
Sólo nos cambia los espacios.
Los lugares donde extender el cuerpo,
bailar bajo la luna o cruzar a nado un río.
Habitar una cama, llegar a otra vereda,
sentarse en una rama,
descolgarse cantando de todas las ventanas.
Eso puede hacer la muerte.
¿Pero robar la vida?... Robar la vida no puede.
No puede concretar esa farsa... porque la vida...
la vida es una antorcha que va de mano en mano,
de hombre a hombre, de semilla en semilla,
una transferencia que no tiene regreso,
un infinito viaje hacia el futuro,
como una luz que aparta
irremediablemente las tinieblas.

lunes, 23 de diciembre de 2013

LA SOLEDAD, de Pablo Milanés

La soledad es un pájaro
grande, multicolor,
que ya no tiene alas
para volar,
y cada nuevo intento
da más dolor.
La soledad anida
en la garganta para esperar
el grito que se arranca
con su cantar,
cuando llega el silencio
del desamor.

La soledad a veces
tiene ganas de acompañar
el rostro que recuerda mal
aquel amor,
que nunca fue
para soñar.

La soledad inventa
la más bella aparición
remueve los rincones del corazón
para quedarse sola,
la soledad, con su niñez,
su mocedad…
Con su vejez, para llorar:
Para morir en soledad...

EL GUERRERO URBANO, de Arturo Pérez Reverte - 23/12/13

Esta noche ceno con tres amigos, para agradecerles un par de cosas: Jeosm, Rise y Lose. Hay deudas que uno no logra pagar en su vida, aunque lo intente, y la que tengo con ellos no podré liquidarla nunca.
Pero hago lo que puedo: las reglas son las reglas.
Una de esas maneras es juntarnos de vez en cuando, tomarnos unos vinos - menos Lose, que no prueba el alcohol - y luego irnos a cenar y reír un rato.
Yo suelo estar callado, porque los que tienen cosas interesantes que contar son ellos. Así que me limito a ponerlo fácil, hacer preguntas y escuchar.
Lose acaba de hacerse su chapa - su metro - número 511, y esta noche es la estrella. Él se lleva el homenaje.
Pero es que, además, Lose es un interesante personaje.
Con decir que sus colegas lo definen de guasa como «un enfermo», está dicho todo. O casi.
Tiene treinta años y es menudo, bajito, pero su aparente fragilidad engaña un huevo.
Cuando se arranca y te cuenta, crece cuatro palmos.
Lose es un guerrero urbano duro, de acero inoxidable.
Siempre bromeamos sobre los macarras de pastel y chulitos de discoteca; que no tienen media hostia, pero con los que las nenas se licuefactan, o se licuan, o como se diga.
Qué sabrán ellas, le comento.
Para leer biografías en la cara hay que tener unos años y ser lista, y ni todas tienen los años suficientes ni todas lo son.
Tendrían que verte avanzar en la noche, saltar tapias, meterte a oscuras por respiraderos, reptar bajo sensores electrónicos, colarte por la cara en trenes camino de Ámsterdam, o de Berlín, con cuatro euros en el bolsillo - llevas en el paro desde que el cabo Finisterre era soldado raso -, dispuesto a hacerte aquel metro o aquel tren de cercanías que viste en Internet o del que te hablan los amigos. Dormir en cajeros automáticos o bajo cartones, pasando frío, hambre y miseria, bajo la lluvia, al acecho como un cazador paciente.
Robar unos alicates en una ferretería de Budapest, tú que no hablas ni inglés, para cortar la alambrada que te separa de las vías del tren con el que sueñas.
Para vivir cinco minutos de gloria.
Para volar treinta segundos sobre Tokio.
Hablamos largo y estrecho mientras despachamos anchoas y fideos al horno. Él y los colegas se abren a mí con lealtad, y me enorgullece que lo hagan.
Saben, porque lo hemos hablado, que no apruebo el asunto. El vandalismo que ensucia, afea y destruye.
Pero también saben que respeto la parte respetable: los códigos, el compañerismo, la retorcida épica de sus incursiones nocturnas - misiones, las llaman -.
De su deporte de riesgo, como dice uno de ellos.
No apruebo, pero intento comprender. Y Lose es uno de los elementos claves para eso. Para penetrar lo que tienen en la cabeza.
Un sujeto valioso.
Con sus puntas de entrañable sociópata, desde que a los diez o doce años se puso delante de una pared virgen y mártir:
«¿Artista? Yo no he sido artista en mi puta vida».
Lo he visto planificar con los amigos, ejecutar, contarlo.
Y, pese a la mili que llevo a cuestas, me quedo fascinado. Mirándolo. Escuchándolo.
Así, comprendo el respeto con el que lo tratan sus colegas.
Mi propio contradictorio y desconcertado asombro.
Entiendo por qué Lose, con su metro sesenta y su engañosa sonrisa tímida, es el rey de Madrid y de allí donde se mete.
Un héroe oscuro de nuestro desquiciado tiempo.
Se ríe mientras nos cuenta. Así es él. Con esa mezcla de candidez y audacia que lo hace tan singular.
Hace una semana justa, a estas mismas horas, estaba corriendo con los vigilantes detrás, a ciegas en la noche, arriesgándose a romperse el alma.
Iba con unos colegas, pero cuando les dieron el marrón todos los jurados se fueron derechos a él. «Como soy el más bajito, siempre se tiran a por mí. Al más fácil», comenta resignado. Estoico.
Alguna vez, aunque es incapaz de hacerle daño a una mosca, Lose se lleva un nunchako de artes marciales, y cuando se le echan encima los jurados, lo saca y hace molinetes poniendo cara de loco, zas, zas, zas, para que se queden lejos y le dé tiempo de salir corriendo.
Pero no siempre funciona. Anoche lo ligaron y pretendían que se comiera lo suyo y lo que no era suyo.
Pero él, naturalmente, sólo pasaba por allí, y el pasamontañas lo llevaba por el frío.
Y en mitad de la conversación, en plena calle, con tres policías dándole una bofetada de vez en cuando, nos tomas el pelo o qué, a su madre - que le cocina macarrones, su plato favorito - se le ocurre llamarlo por teléfono.
«Oye, hijo, que ese Pérez-Reverte acaba de hablar de ti en la radio».

Y Lose, con los tres maderos alrededor, los mira y responde: «Ahora no puedo atenderte, mama, que estoy ocupao». 

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