martes, 10 de marzo de 2015

LA LUNA CON GATILLO, de Raúl González Tuñón

Es preciso que nos entendamos.
Yo hablo de algo seguro y de algo posible.
Seguro es que todos coman
y vivan dignamente
y es posible saber algún día
muchas cosas que hoy ignoramos.
Entonces, es necesario que esto cambie.

El carpintero ha hecho esta mesa
verdaderamente perfecta
donde se inclina la niña dorada
y el celeste padre rezonga.
Un ebanista, un albañil,
un herrero, un zapatero,
también saben lo suyo.

El minero baja a la mina,
al fondo de la estrella muerta.
El campesino siembra y siega
la estrella ya resucitada.
Todo sería maravilloso
si cada cual viviera dignamente.

Un poema no es una mesa,
ni un pan,
ni un muro,
ni una silla,
ni una bota.

Con una mesa,
con un pan,
con un muro,
con una silla,
con una bota,
no se puede cambiar el mundo.

Con una carabina,
con un libro,
eso es posible.

¿Comprendéis por qué
el poeta y el soldado
pueden ser una misma cosa?

He marchado detrás de los obreros lúcidos
y no me arrepiento.
Ellos saben lo que quieren
y yo quiero lo que ellos quieren:
la libertad, bien entendida.

El poeta es siempre poeta
pero es bueno que al fin comprenda
de una manera alegre y terrible
cuánto mejor sería para todos
que esto cambiara.

Yo los seguí
y ellos me siguieron.
¡Ahí está la cosa!

Cuando haya que lanzar la pólvora
el hombre lanzará la pólvora.
Cuando haya que lanzar el libro
el hombre lanzará el libro.
De la unión de la pólvora y el libro
puede brotar la rosa más pura.

Digo al pequeño cura
y al ateo de rebotica
y al ensayista,
al neutral,
al solemne
y al frívolo,
al notario y a la corista,
al buen enterrador,
al silencioso vecino del tercero,
a mi amiga que toca el acordeón:
- Mirad la mosca aplastada
bajo la campana de vidrio -.

No quiero ser la mosca aplastada.
Tampoco tengo nada que ver con el mono.
No quiero ser abeja.
No quiero ser únicamente cigarra.
Tampoco tengo nada que ver con el mono.
Yo soy un hombre o quiero ser un verdadero hombre
y no quiero ser, jamás,
una mosca aplastada bajo la campana de vidrio.

Ni colmena, ni hormiguero,
no comparéis a los hombres
nada más que con los hombres.

Dadle al hombre todo lo que necesite.
Las pesas para pesar,
las medidas para medir,
el pan ganado altivamente,
la flor del aire,
el dolor auténtico,
la alegría sin una mancha.

Tengo derecho al vino,
al aceite, al Museo,
a la Enciclopedia Británica,
a un lugar en el ómnibus,
a un parque abandonado,
a un muelle,
a una azucena,
a salir,
a quedarme,
a bailar sobre la piel
del Último Hombre Antiguo,
con mi esqueleto nuevo,
cubierto con piel nueva
de hombre flamante.

No puedo cruzarme de brazos
e interrogar ahora al vacío.
Me rodean la indignidad
y el desprecio;
me amenazan la cárcel y el hambre.
¡No me dejaré sobornar!

No. No se puede ser libre enteramente
ni estrictamente digno ahora
cuando el chacal está a la puerta
esperando
que nuestra carne caiga, podrida.
Subiré al cielo,
le pondré gatillo a la luna
y desde arriba fusilaré al mundo,
suavemente,
para que esto cambie de una vez.

LA MUERTE DE LA MUÑECA PINTADA, de Raúl González Tuñón

"Todo el mundo está siempre tironeando de una. 

Todos parecen querer un pedazo de una." 

MARILYN MONROE

Todos la tironeaban.
Hollywood le arrancó el pedazo más grande.
Sólo quedaba de ella el corazón
- Un Desolado Corazón -,
la lluvia pródiga de su cabellera,
la última claridad de su mirada
y una calle de infancia y abandono.

Construida en la fábrica de sueños
se rompió como un sueño
rodando en pesadilla al césped donde yacen
los gorriones caídos y el verano.
Y fue el tocante Réquiem para una Marilyn:

Los extras acunaron la muerte de la estrella
con un terrible blues de lágrimas oscuras.

ES CAPRICHOSO EL AZAR, de Joan Manuel Serrat

Fue sin querer...
Es caprichoso el azar.
No te busqué
ni me viniste a buscar.

Tú estabas donde
no tenías que estar;
y yo pasé,
pasé sin querer pasar.

Y me viste y te vi
entre la gente que
iba y venía con
prisa en la tarde que
anunciaba chaparrón.

Tanto tiempo esperándote...

Fue sin querer...
Es caprichoso el azar.
No te busqué
ni me viniste a buscar.
Yo estaba donde
no tenía que estar
y pasaste tú,
como sin querer pasar.
Pero prendió el azar
semáforos carmín,
detuvo el autobús
y el aguacero hasta
que me miraste tú.

Tanto tiempo esperándote...

Fue sin querer...
Es caprichoso el azar.
No te busqué,
ni me viniste a buscar.

LA SONRISA DE UN SINVERGÜENZA, de Arturo Pérez Reverte - 9/3/15

Hay una foto que es mi preferida a la hora de comprender lo que, en materia de corrupción política, ha venido pasando en España en las últimas décadas.
En ella aparece un ex director general de Trabajo de la Junta de Andalucía - Javier Guerrero, se llama -, esposado, o así lo parece, camino de la cárcel entre dos guardias civiles.
La foto recuerda vagamente a aquella antigua de El Lute atrapado tras su fuga, con el brazo vendado y entre tricornios, con la notable diferencia de que aquel infeliz robagallinas, elevado por la prensa de entonces a la categoría de hombre más buscado de España, tenía una expresión seria, triste, derrotada.
Era el final de una escapada, y lo que el pobre Eleuterio tenía por delante, pintado en el rostro y sobre todo en los ojos de perro callejero apaleado, eran varios y oscuros años de prisión. La ruina de quien acaba de caerse con todo el equipo.
Sin embargo, la foto del tal Guerrero refleja algo por completo distinto.
De entrada, los picoletos que lo conducen van tocados uno con gorra teresiana y otro con boina, y eso da un toque frívolo porque impone menos; hasta el punto de que uno acaba añorando, en esta clase de asuntos, los tricornios de charol y los bigotes clásicos para que, al menos en los periódicos y el telediario, los que hacen el paseíllo - que a veces es la única pena seria que acaban comiéndose - parezcan que van detenidos de verdad, y no a sacarse el carnet de identidad o a hacer un trámite cualquiera en el juzgado antes de regresar, sonrientes, a la puta calle.
Porque ahí está el otro detalle clave: la sonrisa.
Que en la foto del tal Guerrero camino del talego, que comento, no es una sonrisa de disculpa, ni apesadumbrada, ni de circunstancias, de ésas que uno esboza cuando está hecho polvo y pretende mantener el tipo.
Ni de lejos.
La suya, acorde con el currículum del sujeto, es una sonrisa bajuna, casi regocijada; canalla en el sentido literal del término, según lo recoge el diccionario de la Real Academia: Gente baja, ruin. Persona despreciable y de malos procederes.
Una sonrisa descarada de compadre que dirige a los periodistas como si éstos fueran colegas suyos de toda la vida, con cuyo trato está familiarizado hasta la desvergüenza.
Porque ahí mismo está el punto. El detalle.
En el gesto del golfo que, a través de las cámaras, sonríe a sus otros compadres, a los cómplices activos o pasivos, a los compañeros de partido y a los de los otros partidos, hermanados en la misma mierda.
A los que sin distinción de siglas - eso son chorradas técnicas - sabe que lo comprenden y animan moralmente, igual que compartieron con él chollo e impunidad durante los diez, veinte o treinta años en que ejerció su golfería, culminada mediante el mismo sistema que hizo posible las tarjetas negras que algunos barajaron como naipes, la salida a bolsa de Bankia y la cínica campanita de Rato, las cacerías de empresarios y políticos compinchados, los ERE de la Junta, las preferentes que esquilmaron a miles de infelices, la ignorancia del honorable Artur Mas de que su papá tenía cuenta en Liechtenstein, las bolsas de basura andorrana de la señora Pujol, los trincones sindicatos de Toxo y Méndez - esos Pili y Mili del langostino -, el Jaguar que la ministra Ana Mato ignoraba que estuviera aparcado en su garaje, el sé fuerte, Pepe, colega - o como lo llamara -, que el presidente Rajoy dirigió a su entonces compadre Bárcenas. Etcétera.
Y es que sí. En efecto.
La foto del director general de Trabajo - del que tampoco los presidentes Chaves ni Griñán sabían nada - lo resume todo de maravilla.
Éramos chusma, dice su sonrisa desvergonzada. Éramos pijolinos con dinero que querían vivir aún mejor, o grises funcionarios sin futuro, o mediocres profesionales, o tiñalpas analfabetos sin otro oficio ni beneficio que arrimarse a los que mandaban.
Y enloquecimos de codicia cuando nos pusieron delante, por la cara, la caja del dinero abierta y la posibilidad, nunca antes soñada, de meter la mano dentro.
Y entramos a saco, naturalmente: coches, ropa, viajes, juergas.
Era el sistema, era el estilo, eran las reglas.
Era la ocasión de nuestra vida, y quizá nunca fuéramos a vernos en otra semejante.
Bailando sevillanas en la caseta de la feria.
Por eso sonríen, demasiados, como lo hace ese tal Guerrero.
Fíjense bien en la foto, porque está en Internet y merece la pena.
Va el tío entre dos guardias civiles, pero se está acordando de las putas, de la cocaína que mandaba a comprar a su chófer, y piensa «que me quiten lo bailado».
Y encima, al salir de la cárcel, que con algo de suerte será dentro de poco rato, igual en su pueblo lo reeligen como alcalde y le ríen los chistes en el bar.
No sería la primera vez.

lunes, 9 de marzo de 2015

ROMANCE DEL ENAMORADO Y LA MUERTE, de Víctor Jara

Un sueño soñaba anoche,
sueñito del alma mía,
soñaba con mis amores,
que en mis brazos los tenía.

Vi entrar señora muy blanca,
muy más que la nieve fría,
por dónde has entrado amor,
cómo has entrado a mi vida.

Las puertas están cerradas,
ventanas y celosías,
no soy el amor amante,
soy la muerte Dios me envía.

Ay muerte tan rigurosa
déjame vivir un día,
un día no puede ser,
una hora tienes de vida.

Muy deprisa se cansaba,
más deprisa se vestía,
ya se va para la calle
en donde su amor vivía.

Ábreme la puerta blanca,
ábreme la puerta niña,
como te podré yo abrir
si la ocasión no es venida.

Mi padre no fue a palacio,
mi madre no está dormida.
Si no me abres esta noche
ya no me abrirás querida.

La muerte me anda buscando
junto a ti vida sería.
Vete bajo mi ventana
donde labraba y cosía.

Te echaré cordón de seda
para que subas arriba,
y si el hilo no alcanzare
mis trenzas añadiría.

Se rompió el cordón de seda,
la muerte que ahí venía,
vamos el enamorado
que la hora ya es cumplida.

QUE LA TORTILLA SE VUELVA, de Víctor Jara

La hierba de los caminos
la pisan los caminantes,
y a la mujer del obrero
la pisan cuatro tunantes,
de esos que tienen dinero.

Qué culpa tiene el tomate
que está tranquilo en la mata,
y viene un hijo de puta
y lo mete en una lata,
y lo manda pa’ Caracas.

Los señores de la mina
han comprado una romana,
para pesar el dinero
que toditas las semanas,
le roban al pobre obrero.

(Qué culpa que tiene el cobre
que está tranquilo en la mina,
si viene un yanqui ladrón
y lo mete en un vagón,
y lo manda a Nueva York.)

Cuándo querrá el Dios del cielo
que la tortilla se vuelva,
que los pobres coman pan,
y los ricos mierda, mierda.

COMANDANTE CHE GUEVARA, de Víctor Jara

Aprendimos a quererte,
desde la histórica altura,
donde el sol de tu bravura,
le puso cerco a la muerte.

Aquí se queda la clara,
la entrañable transparencia,
de tu querida presencia,
comandante Che Guevara.

Tu mano gloriosa y fuerte,
sobre la historia dispara,
cuando todo Santa Clara,
se despierta para verte.

Vienes quemando la brisa,
con soles de Primavera,
para plantar la bandera,
con la luz de tu sonrisa.

Tu amor revolucionario,
te conduce a nueva empresa,
donde esperan la firmeza,
de tu brazo libertario. 

Seguiremos adelante,
como junto a ti seguimos,
y con Fidel te decimos,
hasta siempre Comandante.

A DESALAMBRAR, de Víctor Jara

Yo pregunto a los presentes
si no se han puesto a pensar,
que esta tierra es de nosotros
y no del que tenga más.

Yo pregunto si en la tierra
nunca habrá pensado usted,
que si las manos son nuestras
es nuestro lo que nos den.

A desalambrar, a desalambrar!
que la tierra es nuestra,
es tuya y de aquel,
de Pedro y María, de Juan y José.

Si molesto con mi canto
a alguien que no quiera oír,
le aseguro que es un gringo,
o un dueño de este país.

A desalambrar, a desalambrar!
que la tierra es nuestra,
es tuya y de aquél,
de Pedro y María, de Juan y José

TE RECUERDO AMANDA, de Víctor Jara

Te recuerdo Amanda, la calle mojada,
corriendo a la fábrica, donde trabajaba Manuel.
La sonrisa ancha, la lluvia en el pelo,
no importaba nada, ibas a encontrarte con él.


Con él, con él, con él, son cinco minutos,
la vida es eterna, en cinco minutos
suena la sirena, de vuelta al trabajo,
y tú caminando lo iluminas todo.
Los cinco minutos te hacen florecer.

Te recuerdo Amanda, la calle mojada
corriendo a la fábrica donde trabajaba Manuel.
La sonrisa ancha, la lluvia en el pelo
no importaba nada, ibas a encontrarte con él

Con él, con él, con él, que partió a la sierra
que nunca hizo daño, que partió a la sierra,
y en cinco minutos quedó destrozado,
suena la sirena, de vuelta al trabajo.

Muchos no volvieron, tampoco Manuel.

Te recuerdo Amanda, la calle mojada
corriendo a la fábrica donde trabajaba Manuel...

lunes, 2 de marzo de 2015

UNA HISTORIA DE ESPAÑA XXXIX, de Arturo Pérez Reverte - 1/3/15

A finales del siglo XVIII, con la desaparición de Carlos III y sus ministros ilustrados, se fastidió de nuevo la esperanza de que esto se convirtiera en un lugar decente.
Habían sido casi tres décadas de progreso, de iniciativas sociales y científicas, de eficiente centralismo acorde con lo que en ese momento practicaban en Europa las naciones modernas. Aquella indolente España de misa, rosario, toros y sainetes de Ramón de la Cruz aún seguía lastrada por su propia pereza, incapaz de sacar provecho del vasto imperio colonial, frenada por una aristocracia ociosa y por una Iglesia católica que defendía sus privilegios como gato panza arriba; pero lo cierto es que, impulsada por hombres inteligentes y lúcidos que combatían todo eso, empezaba a levantar poco a poco la cabeza.
Nunca había sido España tan unitaria ni tan diversa al mismo tiempo.
Teníamos monarquía absoluta y ministros todopoderosos, pero por primera vez no era en beneficio exclusivo de una casa real o de cuatro golfos con título nobiliario, sino de toda la nación. Los catalanes, que ya podían negociar con América e iban con sus negocios para arriba, estaban encantados, en plan quítame fueros pero dame pesetas.
Los vascos, integrados en los mecanismos del Estado, en la administración, el comercio y las fuerzas armadas - en todas las hazañas bélicas de la época figuran apellidos de allí -, no discutían su españolidad ni hartos de vino.
Y los demás, tres cuartos de lo mismo.
España, despacio pero notándose, empezaba a respetarse a sí misma, y aunque tanto aquí como en la América hispana quedaba tela de cosas por resolver, el futuro pintaba prometedor.
Y entonces, por esa extraña maldición casi bíblica, o sin casi, que pesa sobre esta desgraciada tierra, donde tan aficionados somos a cargarnos cuanto conseguimos edificar, a Carlos III le sucedió el imbécil de su hijo Carlos IV, en Francia estalló una sangrienta revolución que iba a cambiar Europa, y todo, una vez más, se nos fue al carajo.
Al cuarto Carlos, bondadoso, apático y mierdecilla como él sólo, la España recibida en herencia le venía grande.
Para más inri, lo casaron con su prima María Luisa de Parma, que aparte de ser la princesa más fea de Europa, era más puta que María Martillo.
Aquello no podía acabar bien, y para adobar el mondongo entró en escena Manuel Godoy, que era un guardia de palacio alto, simpático, apuesto y guaperas: una especie de Bertín Osborne que además de calzarse a la reina le caía bien al rey, que lo hizo superministro de todo.
Así que España quedó en manos de aquel nefasto ménage à trois, precisamente - que ya es mala suerte, rediós - en un momento en el que habría necesitado buena cabeza y mejor pulso al timón de la nave.
Porque en la vecina Francia, por esas fechas, había estallado una revolución de veinte pares de cojones: la guillotina no daba abasto, despachando primero aristócratas y luego a todo cristo, y al rey Luis XVI - otro mantequitas blandas estilo Carlos IV - y a su consorte María Antonieta los habían afeitado en seco.
Eso produjo en toda Europa una reacción primero horrorizada y luego belicosa, y todas las monarquías, puestas de acuerdo, declararon la guerra a la Francia regicida.
España también, qué remedio; y hay que reconocer, en honor de los revolucionarios gabachos, que cantando su Marsellesa y tal nos dieron una enorme mano de hostias en los Pirineos, pues llegaron a ocupar Bilbao, San Sebastián y Figueras.
La reacción española, temiendo que el virus revolucionario contagiase a la peña de aquí, fue cerrar a cal y canto la frontera y machacar a todos cuantos hablaban de ilustración, modernidad y progreso.
La Iglesia católica y los sectores más carcamales se frotaron las manos, y España, una vez más y para su desdicha, se convirtió de nuevo en defensora a ultranza del trono y de la fe.
Había reformas que ya eran imparables, y hay que decir en favor de Godoy que éste, a quien el cargo venía grande pero no era en absoluto gilipollas, dio cuartelillo a científicos, literatos y gente ilustrada.
Aun así, el frenazo en materia de libertades y modernidad fue general.
Todos los que hasta entonces defendían reformas políticas fueron considerados sospechosos; y conociendo el percal hispano, procuraron ocultar la cabeza bajo el ala, por si asaban carne.
Encima, nuestros nuevos aliados ingleses - encantados, como siempre, de que Europa estuviera revuelta y en guerra -, después de habernos hecho la puñeta todo el siglo, aprovecharon el barullo para seguir dándonos por saco en América, en el mar y donde pudieron.
Y entonces, señoras y señores, para dar la puntilla a aquella España que pudo ser y no fue, en Francia apareció un fulano llamado Napoleón.
                                                                                          [Continuará]

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