Tengo un amigo que regenta un pequeño comercio tradicional en el centro antiguo de Madrid. Un barrio viejo, castizo, donde la crisis económica, como en todas partes, ha golpeado fuerte en los últimos años, dejando, como paisaje después de la batalla - una batalla que está lejos de terminar - innumerables tiendas cerradas a modo de cadáveres.
Jalonando así años de imbécil incompetencia oficial y también, a veces, de imbécil irresponsabilidad ciudadana particular.
Como la mayor parte de sus colegas de la zona, mi amigo se lamenta cada vez que entro en su tienda y pregunto cómo van las cosas.
A veces se limita a señalar la tienda vacía de clientes, los escaparates de los comercios vecinos que ofrecen saldos desesperados, o con el cartel “Se traspasa”, muestran estantes vacíos y cristales polvorientos.
Mi amigo, que era votante de izquierdas, acabó votando a la derecha en los últimos años del Pesoe y ahora ya no sabe a quién diablos votar.
Son todos igual de hijos de puta, me dice.
La totalidad del arco parlamentario y la madre que lo parió.
Luego cuenta que hace tiempo que no puede pegar ojo por las noches.
“Tengo cincuenta y cuatro años, subraya. Mucha tela por delante. Y sólo esta tienda para vivir y dar de comer a mi familia. Y por primera vez en mi vida me preocupa la vejez.
No sé cuánto tiempo podré aguantar así. Hoy sólo han entrado tres personas en la tienda y ninguna compró nada. Estoy asustado. Te lo juro. Tengo verdadero miedo…”
Le comento que el sábado pasado vine a comprar algo para un regalo, y la tienda estaba cerrada.
“Es que los sábados por la tarde cierro”, dice.
Le pregunto por qué lo hace, si precisamente ese día es cuando más gente se mueve por el centro de la ciudad. Cuando más público pasa por delante de su tienda.
Y su respuesta me deja pensativo:
“Es que yo también tengo derecho”.
Derecho a qué, pregunto tras unos segundos para digerirlo.
“A descansar como todo el mundo -dice-. El mismo que tienes tú”.
Le respondo que, en primer lugar, yo trabajo de ocho a diez horas diarias todos los días de la semana, pero que ésa no es la cuestión.
El asunto es que hay quienes pueden permitirse no trabajar día y medio a la semana, si quieren; pero ése no es su caso.
No, desde luego, en la angustiosa situación que me describe cada vez que entro en la tienda.No con la crisis, la escasez de clientes, la necesidad urgente, en tiempos como éstos, de romperse los cuernos para arañar sustento a la vida.
Le digo todo eso, más o menos. Con términos adecuados para un amigo.
Y añado que las palabras “tengo derecho” pueden ser engañosas.
Uno tiene derecho a todo, naturalmente. Pero sólo cuando puede permitírselo. Cuando está a su alcance.
Yo también tengo derecho a pasar un año leyendo y viendo pelis, navegar el Mediterráneo sin dar golpe, tener una villa en la Toscana o moverme por Madrid en un Rolls Royce con chófer. Pero no me lo puedo permitir, así que me olvido de ello.
Todos tenemos derecho a pasar unas vacaciones en el Caribe, a una segunda casa en la playa, a una Harley Davidson, a cenar en Le Grand Véfour con George Clooney o Mónica Bellucci. Pero de ahí a poder, media un trecho.
Y en tu caso, le digo a mi amigo, tal y como están las cosas, tu derecho a cerrar la tienda los sábados por la tarde, en una calle peatonal y justo a quinientos metros del Corte Inglés, resulta más difícil de ejercer.
“Pues abre tú la tienda”, responde, algo picado.
Yo no tengo tienda que abrir un sábado por la tarde, respondo.
Pero tú sí la tienes, y vives de ella. Y ese día eliges descansar.
Eres muy dueño.
Pero en tal caso deberías matizar la queja.
Por otra parte, añado, no eres el único. Prueba a encontrar, por ejemplo, un quiosco de prensa abierto un domingo a partir de mediodía. Verás qué risa.
¿Y sabes lo que te digo?
Si esta infame crisis hubiera estallado en tiempos de nuestros padres, que ésa sí fue una generación lúcida, sacrificada y admirable, ellos habrían tardado poco en mandarnos a trabajar a la pescadería de la esquina, para llevar dinero a casa.
Y por cierto - recuerdo, de pronto -.
Tienes un hijo, ¿verdad?
Un mocetón de veinticuatro tacos que aún no ha terminado la carrera, y que cuando la termine irá directamente al paro. Vive en tu casa, come y duerme en ella.
¿Por qué no le dices que venga los sábados por la tarde y se encargue de la tienda?...
“La tienda no le gusta -responde mi amigo- Además, si lo planteo, mi mujer me mata”.
Me lo quedo mirando, encojo los hombros y sonrío, convencido.
Pues eso mismo, comento.
Pues eso.
Las montañas se abren para que entren la ruta y el río juntos al pueblo, uno de los más lindos de la Argentina, al pie de esa piedra impresionante que es el Fitz Roy. Ese pueblo es EL CHALTÉN, en la patagónica Santa Cruz. Esta página permite mirar el lugar en que subo algunas cosas de mi archivo personal. La mayor parte pertenece a otras gentes; las menos, son propias. Algunas están muy arraigadas en mi vida, con mis afectos. A una parte de ellas algunos talentosos le han puesto música. (rt)
lunes, 15 de abril de 2013
jueves, 11 de abril de 2013
EL MAESTRO DE AJEDREZ, de Arturo Pérez Reverte - 8/4/13
Visito un pequeño club de ajedrez, en una ciudad de provincias.
Un lugar agradable, en cuyo salón hay una docena de mesas con tableros, piezas y relojes de juego.
Por las tardes se dan clases infantiles, y la de hoy corresponde a niños de seis a diez años.
Es la hora de salida del cole, y los pequeños cabroncetes llegan acompañados por los padres, con mochilas multicolores, anoraks y gorros de lana.
Con sus inocentes caras de panoli, en contraste con esas miradas perspicaces a las que nada escapa.
Saludos, conversaciones, risas. Bullicio. Nueve chicos y tres chicas.
Se conocen de clases anteriores, y algunos vienen del mismo colegio.
Bromean entre ellos, hablan con naturalidad de jugadas, ejercicios de ajedrez y partidas pasadas. Tiene gracia ver a renacuajos de seis años hablando con aplomo de mates del pastor y de reyes ahogados.
Sorprende que hasta los más pequeños se comporten como veteranos, con la seguridad de quienes están familiarizados con las piezas y el tablero.
También los padres cambian impresiones. No puedo evitar mirarlos con admiración.
Con respeto.
Nadie los obliga a que sus hijos aprendan ajedrez. Es más cómodo llevarlos a un parque, o a casa, y ahorrar los treinta euros al mes que cuestan las clases.
Quienes puedan pagarlos.
Pero aquí están, puntuales como cada miércoles.
Dispuestos a esperar mientras sus enanos juegan. Aprenden. Cuajan.
No se trata de hacer campeones.
Mi amigo Leontxo García, paladín del ajedrez infantil, lo ha dicho muchas veces: es una estupenda actividad complementaria para los pequeños, porque es divertida y porque los acostumbra a pensar antes de hacer las cosas.
Además, un niño familiarizado con este juego puede mejorar hasta un 17 por ciento su capacidad intelectual - hay conexión directa entre la lógica del ajedrez y la lógica matemática - y también su comprensión lectora, pues el tablero ayuda a interpretar signos, asociarlos y sacar conclusiones.
Los padres que traen a sus hijos son conscientes de eso.
Saben que así los dotan de otra herramienta útil para moverse por el territorio hostil que siempre, al cabo, resulta ser la vida.
Con tres elementos añadidos, importantes para la educación de un niño: la conciencia de que existen reglas, el respeto por el adversario -en el ajedrez y en la calle siempre habrá alguien más listo que tú- y acostumbrarlo a encajar victorias y derrotas con naturalidad. Con elegancia.
Llega el maestro de ajedrez: un individuo de aire malhumorado, sobre los cincuenta años. No tiene aspecto simpático.
Con dos palmadas hace que los niños ocupen sus lugares y dispongan las piezas.Luego pide a los padres que desaparezcan. Que se larguen.
Nada de ver cómo juega mi chaval, ni de nenes haciendo monerías para sus papis.
El ajedrez no se juega en familia.
Obedecen todos; pero como no soy padre y estoy de visita, me quedo en la puerta con algún otro progenitor, mirando de lejos.Al profesor no le hace gracia - nos dirige una mirada hostil - pero al cabo decide fingir que no nos ve.
Y empieza la clase.
Lo que asombra, desde el principio, es la disciplina. Acostumbrados como estamos a que sean los enanos quienes dan el tono, el contraste es notable.
Ha bastado la presencia del profesor para que todos se callen y jueguen.
Aperturas, gambitos.
Todo ocurre con insólita seriedad infantil.
De codos en la mesa, los niños alargan la mano para mover una pieza, miran al contrincante.
El silencio y el orden son absolutos.
El maestro de ajedrez pasea severo, mirando los tableros. Haciendo una indicación a este o aquel jugador.
Los niños obedecen en silencio, respetuosos.
Tan formales que dejan estupefacto.
No puedes evitar acordarte de tus maestros de infancia, cuya sola presencia bastaba para imponer disciplina a toda una clase.
Y es que, concluyes, éste es un lugar privado.
Aquí no hay docencia psicopedagógica políticamente correcta, sino un maestro docto en lo suyo, disciplina y niños deseosos de aprender: alumnos voluntarios que aceptan las reglas.
En críos de su edad, eso resulta tan fascinante que acabas preguntándote hasta qué punto escenas así no siguen siendo necesarias.
Hasta qué punto los viejos maestros como siempre fueron -severos, sabios, infundiendo respeto-, no hacen mejores a quienes tutelan.
Y cuando uno de los niños mira a otro y dice algo en voz baja, distrayéndose del juego, observo que el maestro de ajedrez se acerca y le da una ligera colleja: un pescozón de toda la vida, que devuelve la atención del chico a su tablero.
Algo que en un colegio de ahora podría costar al profesor un disgusto, un expediente, un titular en los periódicos.
Y que desde la puerta, en donde curiosea conmigo, el padre del niño acoge con un movimiento de cabeza resignado, y con una sonrisa.
Un lugar agradable, en cuyo salón hay una docena de mesas con tableros, piezas y relojes de juego.
Por las tardes se dan clases infantiles, y la de hoy corresponde a niños de seis a diez años.
Es la hora de salida del cole, y los pequeños cabroncetes llegan acompañados por los padres, con mochilas multicolores, anoraks y gorros de lana.
Con sus inocentes caras de panoli, en contraste con esas miradas perspicaces a las que nada escapa.
Saludos, conversaciones, risas. Bullicio. Nueve chicos y tres chicas.
Se conocen de clases anteriores, y algunos vienen del mismo colegio.
Bromean entre ellos, hablan con naturalidad de jugadas, ejercicios de ajedrez y partidas pasadas. Tiene gracia ver a renacuajos de seis años hablando con aplomo de mates del pastor y de reyes ahogados.
Sorprende que hasta los más pequeños se comporten como veteranos, con la seguridad de quienes están familiarizados con las piezas y el tablero.
También los padres cambian impresiones. No puedo evitar mirarlos con admiración.
Con respeto.
Nadie los obliga a que sus hijos aprendan ajedrez. Es más cómodo llevarlos a un parque, o a casa, y ahorrar los treinta euros al mes que cuestan las clases.
Quienes puedan pagarlos.
Pero aquí están, puntuales como cada miércoles.
Dispuestos a esperar mientras sus enanos juegan. Aprenden. Cuajan.
No se trata de hacer campeones.
Mi amigo Leontxo García, paladín del ajedrez infantil, lo ha dicho muchas veces: es una estupenda actividad complementaria para los pequeños, porque es divertida y porque los acostumbra a pensar antes de hacer las cosas.
Además, un niño familiarizado con este juego puede mejorar hasta un 17 por ciento su capacidad intelectual - hay conexión directa entre la lógica del ajedrez y la lógica matemática - y también su comprensión lectora, pues el tablero ayuda a interpretar signos, asociarlos y sacar conclusiones.
Los padres que traen a sus hijos son conscientes de eso.
Saben que así los dotan de otra herramienta útil para moverse por el territorio hostil que siempre, al cabo, resulta ser la vida.
Con tres elementos añadidos, importantes para la educación de un niño: la conciencia de que existen reglas, el respeto por el adversario -en el ajedrez y en la calle siempre habrá alguien más listo que tú- y acostumbrarlo a encajar victorias y derrotas con naturalidad. Con elegancia.
Llega el maestro de ajedrez: un individuo de aire malhumorado, sobre los cincuenta años. No tiene aspecto simpático.
Con dos palmadas hace que los niños ocupen sus lugares y dispongan las piezas.Luego pide a los padres que desaparezcan. Que se larguen.
Nada de ver cómo juega mi chaval, ni de nenes haciendo monerías para sus papis.
El ajedrez no se juega en familia.
Obedecen todos; pero como no soy padre y estoy de visita, me quedo en la puerta con algún otro progenitor, mirando de lejos.Al profesor no le hace gracia - nos dirige una mirada hostil - pero al cabo decide fingir que no nos ve.
Y empieza la clase.
Lo que asombra, desde el principio, es la disciplina. Acostumbrados como estamos a que sean los enanos quienes dan el tono, el contraste es notable.
Ha bastado la presencia del profesor para que todos se callen y jueguen.
Aperturas, gambitos.
Todo ocurre con insólita seriedad infantil.
De codos en la mesa, los niños alargan la mano para mover una pieza, miran al contrincante.
El silencio y el orden son absolutos.
El maestro de ajedrez pasea severo, mirando los tableros. Haciendo una indicación a este o aquel jugador.
Los niños obedecen en silencio, respetuosos.
Tan formales que dejan estupefacto.
No puedes evitar acordarte de tus maestros de infancia, cuya sola presencia bastaba para imponer disciplina a toda una clase.
Y es que, concluyes, éste es un lugar privado.
Aquí no hay docencia psicopedagógica políticamente correcta, sino un maestro docto en lo suyo, disciplina y niños deseosos de aprender: alumnos voluntarios que aceptan las reglas.
En críos de su edad, eso resulta tan fascinante que acabas preguntándote hasta qué punto escenas así no siguen siendo necesarias.
Hasta qué punto los viejos maestros como siempre fueron -severos, sabios, infundiendo respeto-, no hacen mejores a quienes tutelan.
Y cuando uno de los niños mira a otro y dice algo en voz baja, distrayéndose del juego, observo que el maestro de ajedrez se acerca y le da una ligera colleja: un pescozón de toda la vida, que devuelve la atención del chico a su tablero.
Algo que en un colegio de ahora podría costar al profesor un disgusto, un expediente, un titular en los periódicos.
Y que desde la puerta, en donde curiosea conmigo, el padre del niño acoge con un movimiento de cabeza resignado, y con una sonrisa.
viernes, 15 de marzo de 2013
UN ERSATZ, de Horacio Verbitzky - 14.3.13
Entre los centenares de
llamados y mails recibidos, elijo uno.
“No lo puedo creer. Estoy tan angustiada y con tanta bronca que no sé qué hacer. Logró lo que quería. Estoy viendo a Orlando en el comedor de casa, ya hace unos años, diciendo ‘él quiere ser Papa’. Es la persona indicada para tapar la podredumbre. Es el experto en tapar. Mi teléfono no para de sonar, Fito me habló llorando.”
Lo firma Graciela Yorio, la hermana del sacerdote Orlando Yorio, quien denunció a Bergoglio como el responsable de su secuestro y de las torturas que padeció durante cinco meses de 1976.
El Fito que la llamó desconsolado es Adolfo Yorio, su hermano.
Ambos dedicaron muchos años de su vida a continuar las denuncias de Orlando, un teólogo y sacerdote tercermundista que murió en 2000 soñando la pesadilla que ayer se hizo realidad.
Tres años antes, su íncubo había sido designado arzobispo coadjutor de Buenos Aires, lo cual preanunciaba el resto.
Orlando Yorio no llegó a conocer la declaración de Bergoglio ante el Tribunal Oral Federal 5.
Allí dijo que recién supo de la existencia de chicos apropiados después de terminada la dictadura.
Pero el Tribunal Oral Federal 6, que juzgó el plan sistemático de apropiación de hijos de detenidos-desaparecidos, recibió documentos que indican que ya en 1979 Bergoglio estaba bien al tanto e intervino al menos en un caso a solicitud del superior general, Pedro Arrupe.
Luego de escuchar el relato de los familiares de Elena de la Cuadra, secuestrada en 1977, cuando atravesaba el quinto mes de embarazo, Bergoglio les entregó una carta para el obispo auxiliar de La Plata, Mario Picchi, pidiéndole que intercediera ante el gobierno militar. Picchi averiguó que Elena había dado a luz una nena, que fue regalada a otra familia. “La tiene un matrimonio bien y no hay vuelta atrás”, informó a la familia.
Al declarar por escrito en la causa de la ESMA, por el secuestro de Yorio y del también jesuita Francisco Jalics, Bergoglio dijo que en el archivo episcopal no había documentos sobre los detenidos-desaparecidos. Pero quien lo sucedió, su actual presidente, José Arancedo, envió a la jueza Martina Forns copia del documento que publiqué aquí, sobre la reunión del dictador Videla con los obispos Raúl Primatesta, Juan Aramburu y Vicente Zazpe, en la que hablaron con extraordinaria franqueza sobre decir o no decir que los detenidos-desaparecidos habían sido asesinados, porque Videla quería proteger a quienes los mataron.
En su clásico libro Iglesia y dictadura, Emilio Mignone lo mencionó como paradigma de “pastores que entregaron sus ovejas al enemigo sin defenderlas ni rescatarlas”. Bergoglio me contó que en una de sus primeras misas como arzobispo divisó a Mignone e intentó acercársele para darle explicaciones, pero que el presidente fundador del CELS alzó la mano indicándole que no avanzara.
No estoy seguro de que Bergoglio haya sido elegido para tapar la podredumbre que redujo a la impotencia a Joseph Ratzinger. Las luchas internas de la curia romana siguen una lógica tan inescrutable que los hechos más oscuros pueden atribuirse al espíritu santo, ya sean los manejos financieros por los que el Banco del Vaticano fue excluido del clearing internacional porque no cumple con las reglas para controlar el lavado de dinero, o las prácticas pedófilas en casi todos los países del mundo, que Ratzinger encubrió desde el Santo Oficio y por las que pidió perdón como pontífice.
Ni siquiera me extrañaría que, brocha en mano y con sus zapatos gastados, Bergoglio emprendiera una cruzada moralizadora para blanquear los sepulcros apostólicos.
Pero lo que tengo por seguro es que el nuevo obispo de Roma será un ersatz, esa palabra alemana a la que ninguna traducción hace honor, un sucedáneo de menor calidad, como el agua con harina que las madres indigentes usan para engañar el hambre de sus hijos.
El teólogo brasileño de la liberación Leonardo Boff, excluido por Ratzinger de la enseñanza y del sacerdocio, tenía la ilusión de que fuera elegido el franciscano de ancestros irlandeses Sean O’Malley, que carga con la diócesis de Boston, quebrada por tantas indemnizaciones que pagó a niños vejados por sacerdotes.
“Se trata de una persona muy vinculada a los pobres porque trabajó mucho tiempo en América Latina y el Caribe, siempre en medio de los pobres. Es una señal de que puede ser un papa diferente, un papa de una nueva tradición”, escribió el ex sacerdote.
En la Silla Apostólica no se sentará un verdadero franciscano sino un jesuita que se hará llamar Francisco, como el pobrecito de Asís.
Una amiga argentina, me escribe azorada desde Berlín que para los alemanes, que desconocen su historia, el nuevo papa es tercermundista.
Menuda confusión.
Su biografía es la de un populista conservador, como lo fueron Pío XII y Juan Pablo II: inflexibles en cuestiones doctrinarias pero con una apertura hacia el mundo, y sobre todo, hacia las masas desposeídas.
Cuando rece su primera misa en una calle del trastevere o en la stazione termini de Roma y hable de las personas explotadas y prostituidas por los poderosos insensibles que cierran su corazón a Cristo; cuando los periodistas amigos cuenten que viajó en subte o colectivo; cuando los fieles escuchen sus homilías recitadas con los ademanes de un actor y en las que las parábolas bíblicas coexisten con el habla llana del pueblo, habrá quienes deliren por la anhelada renovación eclesiástica.
En los tres lustros que lleva al frente de la Arquidiócesis porteña hizo eso y mucho más. Pero al mismo tiempo intentó unificar la oposición contra el primer gobierno que en muchos años adoptó una política favorable a esos sectores, y lo acusó de crispado y confrontativo porque para hacerlo debió lidiar con aquellos poderosos fustigados en el discurso.
Ahora podrá hacerlo en otra escala, lo cual no quiere decir que se olvide de la Argentina.
Si Pacelli recibió el financiamiento de la Inteligencia estadounidense para apuntalar a la democracia cristiana e impedir la victoria comunista en las primeras elecciones de la posguerra, y si Wojtyla fue el ariete que abrió el primer hueco en el muro europeo, el papa argentino podrá cumplir el mismo rol en escala latinoamericana.
Su pasada militancia en Guardia de Hierro, el discurso populista que no ha olvidado, y con el que podría incluso adoptar causas históricas como la de las Malvinas, lo habilitan para disputar la orientación de ese proceso, para apostrofar a los explotadores y predicar mansedumbre a los explotados.
“No lo puedo creer. Estoy tan angustiada y con tanta bronca que no sé qué hacer. Logró lo que quería. Estoy viendo a Orlando en el comedor de casa, ya hace unos años, diciendo ‘él quiere ser Papa’. Es la persona indicada para tapar la podredumbre. Es el experto en tapar. Mi teléfono no para de sonar, Fito me habló llorando.”
Lo firma Graciela Yorio, la hermana del sacerdote Orlando Yorio, quien denunció a Bergoglio como el responsable de su secuestro y de las torturas que padeció durante cinco meses de 1976.
El Fito que la llamó desconsolado es Adolfo Yorio, su hermano.
Ambos dedicaron muchos años de su vida a continuar las denuncias de Orlando, un teólogo y sacerdote tercermundista que murió en 2000 soñando la pesadilla que ayer se hizo realidad.
Tres años antes, su íncubo había sido designado arzobispo coadjutor de Buenos Aires, lo cual preanunciaba el resto.
Orlando Yorio no llegó a conocer la declaración de Bergoglio ante el Tribunal Oral Federal 5.
Allí dijo que recién supo de la existencia de chicos apropiados después de terminada la dictadura.
Pero el Tribunal Oral Federal 6, que juzgó el plan sistemático de apropiación de hijos de detenidos-desaparecidos, recibió documentos que indican que ya en 1979 Bergoglio estaba bien al tanto e intervino al menos en un caso a solicitud del superior general, Pedro Arrupe.
Luego de escuchar el relato de los familiares de Elena de la Cuadra, secuestrada en 1977, cuando atravesaba el quinto mes de embarazo, Bergoglio les entregó una carta para el obispo auxiliar de La Plata, Mario Picchi, pidiéndole que intercediera ante el gobierno militar. Picchi averiguó que Elena había dado a luz una nena, que fue regalada a otra familia. “La tiene un matrimonio bien y no hay vuelta atrás”, informó a la familia.
Al declarar por escrito en la causa de la ESMA, por el secuestro de Yorio y del también jesuita Francisco Jalics, Bergoglio dijo que en el archivo episcopal no había documentos sobre los detenidos-desaparecidos. Pero quien lo sucedió, su actual presidente, José Arancedo, envió a la jueza Martina Forns copia del documento que publiqué aquí, sobre la reunión del dictador Videla con los obispos Raúl Primatesta, Juan Aramburu y Vicente Zazpe, en la que hablaron con extraordinaria franqueza sobre decir o no decir que los detenidos-desaparecidos habían sido asesinados, porque Videla quería proteger a quienes los mataron.
En su clásico libro Iglesia y dictadura, Emilio Mignone lo mencionó como paradigma de “pastores que entregaron sus ovejas al enemigo sin defenderlas ni rescatarlas”. Bergoglio me contó que en una de sus primeras misas como arzobispo divisó a Mignone e intentó acercársele para darle explicaciones, pero que el presidente fundador del CELS alzó la mano indicándole que no avanzara.
No estoy seguro de que Bergoglio haya sido elegido para tapar la podredumbre que redujo a la impotencia a Joseph Ratzinger. Las luchas internas de la curia romana siguen una lógica tan inescrutable que los hechos más oscuros pueden atribuirse al espíritu santo, ya sean los manejos financieros por los que el Banco del Vaticano fue excluido del clearing internacional porque no cumple con las reglas para controlar el lavado de dinero, o las prácticas pedófilas en casi todos los países del mundo, que Ratzinger encubrió desde el Santo Oficio y por las que pidió perdón como pontífice.
Ni siquiera me extrañaría que, brocha en mano y con sus zapatos gastados, Bergoglio emprendiera una cruzada moralizadora para blanquear los sepulcros apostólicos.
Pero lo que tengo por seguro es que el nuevo obispo de Roma será un ersatz, esa palabra alemana a la que ninguna traducción hace honor, un sucedáneo de menor calidad, como el agua con harina que las madres indigentes usan para engañar el hambre de sus hijos.
El teólogo brasileño de la liberación Leonardo Boff, excluido por Ratzinger de la enseñanza y del sacerdocio, tenía la ilusión de que fuera elegido el franciscano de ancestros irlandeses Sean O’Malley, que carga con la diócesis de Boston, quebrada por tantas indemnizaciones que pagó a niños vejados por sacerdotes.
“Se trata de una persona muy vinculada a los pobres porque trabajó mucho tiempo en América Latina y el Caribe, siempre en medio de los pobres. Es una señal de que puede ser un papa diferente, un papa de una nueva tradición”, escribió el ex sacerdote.
En la Silla Apostólica no se sentará un verdadero franciscano sino un jesuita que se hará llamar Francisco, como el pobrecito de Asís.
Una amiga argentina, me escribe azorada desde Berlín que para los alemanes, que desconocen su historia, el nuevo papa es tercermundista.
Menuda confusión.
Su biografía es la de un populista conservador, como lo fueron Pío XII y Juan Pablo II: inflexibles en cuestiones doctrinarias pero con una apertura hacia el mundo, y sobre todo, hacia las masas desposeídas.
Cuando rece su primera misa en una calle del trastevere o en la stazione termini de Roma y hable de las personas explotadas y prostituidas por los poderosos insensibles que cierran su corazón a Cristo; cuando los periodistas amigos cuenten que viajó en subte o colectivo; cuando los fieles escuchen sus homilías recitadas con los ademanes de un actor y en las que las parábolas bíblicas coexisten con el habla llana del pueblo, habrá quienes deliren por la anhelada renovación eclesiástica.
En los tres lustros que lleva al frente de la Arquidiócesis porteña hizo eso y mucho más. Pero al mismo tiempo intentó unificar la oposición contra el primer gobierno que en muchos años adoptó una política favorable a esos sectores, y lo acusó de crispado y confrontativo porque para hacerlo debió lidiar con aquellos poderosos fustigados en el discurso.
Ahora podrá hacerlo en otra escala, lo cual no quiere decir que se olvide de la Argentina.
Si Pacelli recibió el financiamiento de la Inteligencia estadounidense para apuntalar a la democracia cristiana e impedir la victoria comunista en las primeras elecciones de la posguerra, y si Wojtyla fue el ariete que abrió el primer hueco en el muro europeo, el papa argentino podrá cumplir el mismo rol en escala latinoamericana.
Su pasada militancia en Guardia de Hierro, el discurso populista que no ha olvidado, y con el que podría incluso adoptar causas históricas como la de las Malvinas, lo habilitan para disputar la orientación de ese proceso, para apostrofar a los explotadores y predicar mansedumbre a los explotados.
miércoles, 13 de marzo de 2013
AMANECE CON PELO LARGO, EL DÍA CURVO DE LAS MUJERES, de Gioconda Belli
Amanece
con pelo largo, el día curvo de las mujeres.
¡Qué poco es un solo día, hermanas,
qué poco, para que el mundo acumule flores frente a nuestras casas!
De la cuna donde nacimos hasta la tumba donde dormiremos,
- toda la atropellada ruta de nuestras vidas -
deberían pavimentar de flores para celebrarnos.
(Que no nos hagan como a la Princesa Diana, que no vio ni oyó,
las floridas avenidas postradas de pena de Londres)
Nosotras queremos ver y oler las flores,
queremos flores de los que no se alegraron cuando nacimos hembras
en vez de machos.
Queremos flores de los que nos cortaron el clítoris
y de los que nos vendaron los pies.
Queremos flores de quienes no nos mandaron al colegio, para que cuidáramos a los hermanos y ayudáramos en la cocina.
Flores del que se metió en la cama de noche y nos tapó la boca, para violarnos mientras nuestra madre dormía.
Queremos flores del que nos pagó menos por el trabajo más pesado,
y del que nos corrió, cuando se dio cuenta que estábamos embarazadas.
Queremos flores del que nos condenó a muerte, forzándonos a parir
a riesgo de nuestras vidas.
Queremos flores del que se protege del mal pensamiento,
obligándonos al velo y a cubrirnos el cuerpo.
Del que nos prohíbe salir a la calle sin un hombre que nos escolte
Queremos flores de los que nos quemaron por brujas,
y nos encerraron por locas.
Flores del que nos pega, del que se emborracha,
del que se bebe irredento el pago de la comida del mes.
Queremos flores de las que intrigan y levantan falsos testimonios,
flores de las que se ensañan contra sus hijas, sus madres y sus nueras,
y albergan ponzoña en su corazón para las de su mismo género.
Tantas flores serían necesarias para secar los húmedos pantanos
donde el agua de nuestros ojos se hace lodo;
arenas movedizas tragándonos y escupiéndonos,
de las que tenaces, una a una, tendremos que surgir.
Amanece con pelo largo el día curvo de las mujeres.
El jardín del que nos expulsaron.
¡Qué poco es un solo día, hermanas,
qué poco, para que el mundo acumule flores frente a nuestras casas!
De la cuna donde nacimos hasta la tumba donde dormiremos,
- toda la atropellada ruta de nuestras vidas -
deberían pavimentar de flores para celebrarnos.
(Que no nos hagan como a la Princesa Diana, que no vio ni oyó,
las floridas avenidas postradas de pena de Londres)
Nosotras queremos ver y oler las flores,
queremos flores de los que no se alegraron cuando nacimos hembras
en vez de machos.
Queremos flores de los que nos cortaron el clítoris
y de los que nos vendaron los pies.
Queremos flores de quienes no nos mandaron al colegio, para que cuidáramos a los hermanos y ayudáramos en la cocina.
Flores del que se metió en la cama de noche y nos tapó la boca, para violarnos mientras nuestra madre dormía.
Queremos flores del que nos pagó menos por el trabajo más pesado,
y del que nos corrió, cuando se dio cuenta que estábamos embarazadas.
Queremos flores del que nos condenó a muerte, forzándonos a parir
a riesgo de nuestras vidas.
Queremos flores del que se protege del mal pensamiento,
obligándonos al velo y a cubrirnos el cuerpo.
Del que nos prohíbe salir a la calle sin un hombre que nos escolte
Queremos flores de los que nos quemaron por brujas,
y nos encerraron por locas.
Flores del que nos pega, del que se emborracha,
del que se bebe irredento el pago de la comida del mes.
Queremos flores de las que intrigan y levantan falsos testimonios,
flores de las que se ensañan contra sus hijas, sus madres y sus nueras,
y albergan ponzoña en su corazón para las de su mismo género.
Tantas flores serían necesarias para secar los húmedos pantanos
donde el agua de nuestros ojos se hace lodo;
arenas movedizas tragándonos y escupiéndonos,
de las que tenaces, una a una, tendremos que surgir.
Amanece con pelo largo el día curvo de las mujeres.
Queremos
flores hoy.
Cuanto
nos corresponde.El jardín del que nos expulsaron.
lunes, 11 de marzo de 2013
LA CONSEJERA Y LA CATEDRÁTICA, de Arturo Pérez Reverte - 11/3/13
Fue interesante lo del otro
día.
Y revelador.
Comentaban en la radio un asunto de anticuarios más o menos tramposos y presunta falsificación de objetos arqueológicos. Algo relacionado con una vasija de cerámica ibera incautada por la Guardia Civil, a primera vista muy valiosa, que posiblemente era más falsa que un euro de cartón.
Lo contaban en una emisora de radio local: un programa largo, de quince o veinte minutos, muy bien elaborado.
El periodista firmante tenía pocos conocimientos sobre la materia; pero, como buen profesional, no intentaba aparentarlos.
Había trabajado con investigación previa, documentación adecuada y una estructura de programa donde eran puntos fuertes algunas entrevistas y testimonios interesantes.
Me lo zampé de cabo a rabo.
Uno de esos testimonios era de una catedrática de Arqueología de la universidad local, a la que acudía el periodista para obtener una opinión autorizada.
Era evidente que la señora estaba acostumbrada a explicar cosas a sus alumnos, y que lo hacía con mucha eficacia: su intervención, prolija y técnica pero sin aburrir en ningún momento, resultó apasionante.
Era, desde luego, una excelente profesora.
Con mucha claridad supo explicar de qué iba la cosa, por qué la vasija le parecía una buena imitación pero era no auténtica, y acabó describiendo con detalle los elementos decorativos de la pieza, que en su opinión, vistos por separado, estaban perfectamente reproducidos; pero, considerados en la sintaxis general de ese tipo de vasijas iberas, resultaban incorrectos. Y todo eso, en un corte radiofónico de casi diez minutos, lo estuvo largando la señora sin aburrir en absoluto, dejándome informado a la perfección, con una elegancia y claridad de lenguaje asombrosos.
Si yo hubiera estudiado Arqueología, concluí, habría querido tener una profesora como ésa.
De las que te marcan y recuerdas toda la vida.
Pero no hay sopa hispana sin pelo dentro.
Tras la catedrática, el periodista dio paso a una consejera de Cultura que aportó la versión oficial del asunto.
Ignoro si confrontar a una señora con otra fue deliberado o casual, aunque el contraste era abrumador.
De un lenguaje claro, docto, seguro de sí, por parte de la catedrática, se pasó a una exposición reiterativa, titubeante y técnicamente confusa por parte de la consejera, que intentaba al mismo tiempo guardar la ropa y nadar cien metros estilo mariposa.
De forma que al final, tras escuchar repetir lo mismo media docena de veces con diversas obviedades incluidas, el oyente quedaba en una desagradable incertidumbre: no estaba claro si la consejera le colgaba el mochuelo de su confusión a la Guardia Civil, o si estaba defendiéndola, o si de verdad creía que la vasija era falsa, o no, o según, o todo lo contrario. Ni siquiera si las palabras vasija e ibérica tenían significado para ella.
Lo que quedó clarísimo, desde luego, es que esta segunda señora no tenía idea de lo que estaba hablando.
Cuando apagué la radio no pude menos que formularme la pregunta inevitable, e incluso perversa:
¿Por qué, si de Cultura se trata, la consejera es la segunda señora, y no la primera?
¿Cuál es la razón de que la responsable de los asuntos culturales en una comunidad autonómica no sea una catedrática prestigiosa y culta, por ejemplo, que además sabe ordenar sujeto, verbo y predicado, sino una señora cuyos conocimientos técnicos y capacidad expresiva dejan mucho que desear?...
Picada así mi curiosidad, encendí el ordenata y consulté, goteante el colmillo, los antecedentes biográficos de las citadas damas. Y allí estaba todo, negro sobre blanco.
La catedrática de Arqueología contaba con impecable currículum profesional y docente, prestigio en su cátedra y demás.
Una especialista, en fin, ocupándose de un asunto que conocía al dedillo.
Por eso fueron a preguntarle por las vasijas iberas, naturalmente.
Y también por eso, deduje, ni ella ni nadie semejante tendrán nunca la más diminuta posibilidad de que alguien los nombre, no ya consejero autonómico, sino concejal de Cultura de su pueblo; entre otras cosas porque, para ese cargo, en España suele ser requisito imprescindible no tener ni siquiera estudios de bachillerato.
O casi.
Por contraste, el currículum de la segunda señora era más breve y compacto.
Más esclarecedor del asunto: carrera de Derecho -con todo el respeto para el Derecho, por mi parte- y alcaldesa de su pueblo a los veintiséis años por el Pepé -aunque igual podría haberlo sido por el Pesoe-, diputada en el Congreso con veintisiete y consejera de Cultura de su Comunidad poco después.
Así que acabáramos, concluí.
Ya sé por qué una de las dos no es consejera de Cultura; y la otra, sí.
Esto es España, como dije antes.
Paraíso del disparate público.
Y más claro, agua.
La entrevistada en una emisora de radio sobre la supuesta falsificación de una vasija ibera no era la consejera de Cultura de su Comunidad, sino una subordinada directa suya: la directora general de Cultura.
Eso no cambia gran cosa el artículo, desde luego, ni mucho menos su sentido; pero es de justicia señalarlo.
La que en el texto califiqué de "exposición reiterativa, titubeante y técnicamente confusa" fue de la directora general de Cultura, no de su jefa la consejera.
Así que me disculpo públicamente por atribuir a la jefa el discurso de la subordinada.
Fue injusto por mi parte.
De cualquier modo, y una vez disculpado, me reitero en el asunto principal.
La consejera de Cultura estudió la carrera Derecho, militó desde muy joven en un partido político y es político profesional.
Su directora general estudió Periodismo, militó desde muy joven en el mismo partido político y también es político profesional.
Parafraseando clásicos, me es por completo indiferente que el discurso provenga de Agamenón o de su porquero.
El disparate, en mi opinión, es que en España sean consejeros de Cultura o directores generales de Cultura profesionales de la política, sin otro merecimiento curricular que su militancia en partidos políticos, y no verdaderos expertos con prestigio reconocido en Educación y Cultura.
Y revelador.
Comentaban en la radio un asunto de anticuarios más o menos tramposos y presunta falsificación de objetos arqueológicos. Algo relacionado con una vasija de cerámica ibera incautada por la Guardia Civil, a primera vista muy valiosa, que posiblemente era más falsa que un euro de cartón.
Lo contaban en una emisora de radio local: un programa largo, de quince o veinte minutos, muy bien elaborado.
El periodista firmante tenía pocos conocimientos sobre la materia; pero, como buen profesional, no intentaba aparentarlos.
Había trabajado con investigación previa, documentación adecuada y una estructura de programa donde eran puntos fuertes algunas entrevistas y testimonios interesantes.
Me lo zampé de cabo a rabo.
Uno de esos testimonios era de una catedrática de Arqueología de la universidad local, a la que acudía el periodista para obtener una opinión autorizada.
Era evidente que la señora estaba acostumbrada a explicar cosas a sus alumnos, y que lo hacía con mucha eficacia: su intervención, prolija y técnica pero sin aburrir en ningún momento, resultó apasionante.
Era, desde luego, una excelente profesora.
Con mucha claridad supo explicar de qué iba la cosa, por qué la vasija le parecía una buena imitación pero era no auténtica, y acabó describiendo con detalle los elementos decorativos de la pieza, que en su opinión, vistos por separado, estaban perfectamente reproducidos; pero, considerados en la sintaxis general de ese tipo de vasijas iberas, resultaban incorrectos. Y todo eso, en un corte radiofónico de casi diez minutos, lo estuvo largando la señora sin aburrir en absoluto, dejándome informado a la perfección, con una elegancia y claridad de lenguaje asombrosos.
Si yo hubiera estudiado Arqueología, concluí, habría querido tener una profesora como ésa.
De las que te marcan y recuerdas toda la vida.
Pero no hay sopa hispana sin pelo dentro.
Tras la catedrática, el periodista dio paso a una consejera de Cultura que aportó la versión oficial del asunto.
Ignoro si confrontar a una señora con otra fue deliberado o casual, aunque el contraste era abrumador.
De un lenguaje claro, docto, seguro de sí, por parte de la catedrática, se pasó a una exposición reiterativa, titubeante y técnicamente confusa por parte de la consejera, que intentaba al mismo tiempo guardar la ropa y nadar cien metros estilo mariposa.
De forma que al final, tras escuchar repetir lo mismo media docena de veces con diversas obviedades incluidas, el oyente quedaba en una desagradable incertidumbre: no estaba claro si la consejera le colgaba el mochuelo de su confusión a la Guardia Civil, o si estaba defendiéndola, o si de verdad creía que la vasija era falsa, o no, o según, o todo lo contrario. Ni siquiera si las palabras vasija e ibérica tenían significado para ella.
Lo que quedó clarísimo, desde luego, es que esta segunda señora no tenía idea de lo que estaba hablando.
Cuando apagué la radio no pude menos que formularme la pregunta inevitable, e incluso perversa:
¿Por qué, si de Cultura se trata, la consejera es la segunda señora, y no la primera?
¿Cuál es la razón de que la responsable de los asuntos culturales en una comunidad autonómica no sea una catedrática prestigiosa y culta, por ejemplo, que además sabe ordenar sujeto, verbo y predicado, sino una señora cuyos conocimientos técnicos y capacidad expresiva dejan mucho que desear?...
Picada así mi curiosidad, encendí el ordenata y consulté, goteante el colmillo, los antecedentes biográficos de las citadas damas. Y allí estaba todo, negro sobre blanco.
La catedrática de Arqueología contaba con impecable currículum profesional y docente, prestigio en su cátedra y demás.
Una especialista, en fin, ocupándose de un asunto que conocía al dedillo.
Por eso fueron a preguntarle por las vasijas iberas, naturalmente.
Y también por eso, deduje, ni ella ni nadie semejante tendrán nunca la más diminuta posibilidad de que alguien los nombre, no ya consejero autonómico, sino concejal de Cultura de su pueblo; entre otras cosas porque, para ese cargo, en España suele ser requisito imprescindible no tener ni siquiera estudios de bachillerato.
O casi.
Por contraste, el currículum de la segunda señora era más breve y compacto.
Más esclarecedor del asunto: carrera de Derecho -con todo el respeto para el Derecho, por mi parte- y alcaldesa de su pueblo a los veintiséis años por el Pepé -aunque igual podría haberlo sido por el Pesoe-, diputada en el Congreso con veintisiete y consejera de Cultura de su Comunidad poco después.
Así que acabáramos, concluí.
Ya sé por qué una de las dos no es consejera de Cultura; y la otra, sí.
Esto es España, como dije antes.
Paraíso del disparate público.
Y más claro, agua.
Una rectificación
En relación con mi Patente de Corso del día 10 de marzo, titulado "La consejera y la catedrática", es de justicia hacer una rectificación, que incluye una disculpa.
Porque ese artículo contiene un error.En relación con mi Patente de Corso del día 10 de marzo, titulado "La consejera y la catedrática", es de justicia hacer una rectificación, que incluye una disculpa.
La entrevistada en una emisora de radio sobre la supuesta falsificación de una vasija ibera no era la consejera de Cultura de su Comunidad, sino una subordinada directa suya: la directora general de Cultura.
Eso no cambia gran cosa el artículo, desde luego, ni mucho menos su sentido; pero es de justicia señalarlo.
La que en el texto califiqué de "exposición reiterativa, titubeante y técnicamente confusa" fue de la directora general de Cultura, no de su jefa la consejera.
Así que me disculpo públicamente por atribuir a la jefa el discurso de la subordinada.
Fue injusto por mi parte.
De cualquier modo, y una vez disculpado, me reitero en el asunto principal.
La consejera de Cultura estudió la carrera Derecho, militó desde muy joven en un partido político y es político profesional.
Su directora general estudió Periodismo, militó desde muy joven en el mismo partido político y también es político profesional.
Parafraseando clásicos, me es por completo indiferente que el discurso provenga de Agamenón o de su porquero.
El disparate, en mi opinión, es que en España sean consejeros de Cultura o directores generales de Cultura profesionales de la política, sin otro merecimiento curricular que su militancia en partidos políticos, y no verdaderos expertos con prestigio reconocido en Educación y Cultura.
martes, 26 de febrero de 2013
REYES MAGOS Y REINAS MAGAS, de Arturo Pérez Reverte - 25/2/13
Creemos que los niños son gilipollas.
Que no se enteran. Que podemos engañarlos con facilidad, haciéndolos cómplices de nuestros prejuicios, torpezas y limitaciones.
Pero nos equivocamos.
Esos diminutos seres con cara de panoli son formidables desarrollando intuiciones magistrales y conclusiones perspicaces.
Su capacidad de observación, de intuición extrema y casi animal, su honradez intelectual incontaminada por las convenciones sociales que más tarde acabarán atrapándolos, son asombrosas.
Nadie tan coherente, recto y tenaz como ellos al construir mundos propios y defenderlos, aplicar el sentido común, ilusionarse con desafíos, razonar sobre evidencias.
Tan consecuentes y honrados, a veces hasta la crueldad, con el mundo que ven o creen ver. Tan próximos todavía a las reglas naturales de la vida; a esas realidades inexorables que los adultos aún no hemos podido hacerles olvidar, ni enmascarar y manipular estúpidamente para ellos.
O más bien para nosotros.
Para nuestra comodidad y sosiego.
Me hace pensar en esto una moda reciente relacionada con la cabalgata de la noche de Reyes: confiar el papel de Melchor, Gaspar o Baltasar a una mujer.
Todo, naturalmente, como cuota políticamente correcta: un tercio de sus majestades de Oriente, para cumplir con el qué dirán.
Lo que se traduce en señoras disfrazadas de varón, con barba, corona y demás parafernalia.
En los días siguientes al último de Reyes, algunos lectores y amigos me hicieron llegar cartas con sus opiniones sobre la cosa; y algunos, incluso, recortes de prensa con otras cartas publicadas en periódicos locales.
Comentarios jocosos o indignados, según el talante de cada cual: mucha chufla y algún cabreo, como el de esa madre cuyo hijo de seis años, embozado con bufanda y gorro de lana bajo los que sólo podían verse sus ojos atónitos, le zarandeaba una mano gritando:
«¡Mami, mami, ese rey es una mujer..!»
No pasa nada, dirán algunos, porque un rey mago, incluso los tres, sea una mujer.
Si ciertas señoras creen que su presencia ahí ayuda a conseguir más respeto para su sexo, pues oigan.
Bendito sea. Adelante con los faroles. A fin de cuentas, una cabalgata de Reyes toca menos el rigor que el folklore.
Puestos a disfrazarse y a dar espectáculo, sería como negarse a que en las fiestas de moros y cristianos, o en las de cartagineses y romanos - pura y divertida murga sana -, haya señoras que quieran salir de guerrero almohade o legionario romano. Allá cada cual con sus fiestas, sus disfraces y sus botas de vino.
Otra cosa es cuando se trata de una reconstrucción histórica calculada y rigurosa, como Las Navas, el 2 de Mayo o la batalla de La Coruña, por ejemplo.
Meter ahí a una señora de fusilero británico o de adalid navarro da el cante; quita credibilidad al asunto, porque en aquéllos tiempos las señoras no andaban pegando tiros, asaltando trincheras ni dando espadazos a los infieles; y cuando ahora se escriben novelas o se hacen películas donde ocurre eso, tales películas y novelas suelen ser una imbecilidad perfecta.
El problema con los reyes magos es otro: la tradición se refiere a tres reyes varones.
Y es la tradición precisamente, transmitida de padres a hijos, la que hace a los niños que aún conservan la inocencia adecuada, esperar con ilusión la llegada anual de esos magos de Oriente, cuyos nombres y sexo conocen perfectamente, hasta el punto de que resulta imposible darles Baltasara por Baltasar.
Y como los pequeños cabroncetes no tienen un pelo de tontos, en cuanto pasa por delante la carroza, huelen la tostada.
Y se les fastidia así la fiesta, la ilusión, la fe en algunas cosas que, para bien de la Humanidad, es conveniente conserven durante el mayor tiempo posible, antes de que la vida les demuestre lo que hay bajo el cartón y el falso armiño de cada rey, mago o no mago.
Y así, subida en una carroza, la reina Gaspara, o como se llame, puede que haga un favor enorme a la visibilización de la mujer; pero también estará reventando la ilusión, en su noche más hermosa del año, a millares de criaturas que, sintiéndose estafadas, se volverán a sus padres para denunciar, con justa indignación:
«¡Papi, ese rey con barba es una chica!»
Así que ya pueden despedirse de la magia, nuestras criaturas. Darse por fastidiadas.
En este país acomplejado y cobarde donde no caben un tonto, un sinvergüenza, un oportunista más, cualquier nueva idiotez triunfa que da gusto.
Habrá polémica, claro.
Sentido común versus matonismo ultra radical.
Acusaciones de machista intransigente a quien no trague.
En consecuencia, las autoridades dispondrán cada vez más cabalgatas con la cuota adecuada de reyes y reinas, magos y magas, camellos y camellas, pajes y pajas.
Todo sea por no discrepar.
Y a los niños, pues bueno, pues vale, pues me alegro.
A ésos, que les vayan dando…
Que no se enteran. Que podemos engañarlos con facilidad, haciéndolos cómplices de nuestros prejuicios, torpezas y limitaciones.
Pero nos equivocamos.
Esos diminutos seres con cara de panoli son formidables desarrollando intuiciones magistrales y conclusiones perspicaces.
Su capacidad de observación, de intuición extrema y casi animal, su honradez intelectual incontaminada por las convenciones sociales que más tarde acabarán atrapándolos, son asombrosas.
Nadie tan coherente, recto y tenaz como ellos al construir mundos propios y defenderlos, aplicar el sentido común, ilusionarse con desafíos, razonar sobre evidencias.
Tan consecuentes y honrados, a veces hasta la crueldad, con el mundo que ven o creen ver. Tan próximos todavía a las reglas naturales de la vida; a esas realidades inexorables que los adultos aún no hemos podido hacerles olvidar, ni enmascarar y manipular estúpidamente para ellos.
O más bien para nosotros.
Para nuestra comodidad y sosiego.
Me hace pensar en esto una moda reciente relacionada con la cabalgata de la noche de Reyes: confiar el papel de Melchor, Gaspar o Baltasar a una mujer.
Todo, naturalmente, como cuota políticamente correcta: un tercio de sus majestades de Oriente, para cumplir con el qué dirán.
Lo que se traduce en señoras disfrazadas de varón, con barba, corona y demás parafernalia.
En los días siguientes al último de Reyes, algunos lectores y amigos me hicieron llegar cartas con sus opiniones sobre la cosa; y algunos, incluso, recortes de prensa con otras cartas publicadas en periódicos locales.
Comentarios jocosos o indignados, según el talante de cada cual: mucha chufla y algún cabreo, como el de esa madre cuyo hijo de seis años, embozado con bufanda y gorro de lana bajo los que sólo podían verse sus ojos atónitos, le zarandeaba una mano gritando:
«¡Mami, mami, ese rey es una mujer..!»
No pasa nada, dirán algunos, porque un rey mago, incluso los tres, sea una mujer.
Si ciertas señoras creen que su presencia ahí ayuda a conseguir más respeto para su sexo, pues oigan.
Bendito sea. Adelante con los faroles. A fin de cuentas, una cabalgata de Reyes toca menos el rigor que el folklore.
Puestos a disfrazarse y a dar espectáculo, sería como negarse a que en las fiestas de moros y cristianos, o en las de cartagineses y romanos - pura y divertida murga sana -, haya señoras que quieran salir de guerrero almohade o legionario romano. Allá cada cual con sus fiestas, sus disfraces y sus botas de vino.
Otra cosa es cuando se trata de una reconstrucción histórica calculada y rigurosa, como Las Navas, el 2 de Mayo o la batalla de La Coruña, por ejemplo.
Meter ahí a una señora de fusilero británico o de adalid navarro da el cante; quita credibilidad al asunto, porque en aquéllos tiempos las señoras no andaban pegando tiros, asaltando trincheras ni dando espadazos a los infieles; y cuando ahora se escriben novelas o se hacen películas donde ocurre eso, tales películas y novelas suelen ser una imbecilidad perfecta.
El problema con los reyes magos es otro: la tradición se refiere a tres reyes varones.
Y es la tradición precisamente, transmitida de padres a hijos, la que hace a los niños que aún conservan la inocencia adecuada, esperar con ilusión la llegada anual de esos magos de Oriente, cuyos nombres y sexo conocen perfectamente, hasta el punto de que resulta imposible darles Baltasara por Baltasar.
Y como los pequeños cabroncetes no tienen un pelo de tontos, en cuanto pasa por delante la carroza, huelen la tostada.
Y se les fastidia así la fiesta, la ilusión, la fe en algunas cosas que, para bien de la Humanidad, es conveniente conserven durante el mayor tiempo posible, antes de que la vida les demuestre lo que hay bajo el cartón y el falso armiño de cada rey, mago o no mago.
Y así, subida en una carroza, la reina Gaspara, o como se llame, puede que haga un favor enorme a la visibilización de la mujer; pero también estará reventando la ilusión, en su noche más hermosa del año, a millares de criaturas que, sintiéndose estafadas, se volverán a sus padres para denunciar, con justa indignación:
«¡Papi, ese rey con barba es una chica!»
Así que ya pueden despedirse de la magia, nuestras criaturas. Darse por fastidiadas.
En este país acomplejado y cobarde donde no caben un tonto, un sinvergüenza, un oportunista más, cualquier nueva idiotez triunfa que da gusto.
Habrá polémica, claro.
Sentido común versus matonismo ultra radical.
Acusaciones de machista intransigente a quien no trague.
En consecuencia, las autoridades dispondrán cada vez más cabalgatas con la cuota adecuada de reyes y reinas, magos y magas, camellos y camellas, pajes y pajas.
Todo sea por no discrepar.
Y a los niños, pues bueno, pues vale, pues me alegro.
A ésos, que les vayan dando…
lunes, 18 de febrero de 2013
COLMILLOS EN LA MEMORIA, de Afrturo Pérez Reverte - 18/2/13
Acaba de cumplir dos años.
El pelo recio y perfecto se lo debe a la madre, Berta, que es guapa y española.
Una familia, en resumen, de cazadores con larga estirpe, lo que significa muchas generaciones acosando bichos en el campo.
Casta curtida, en resumen.
Con unos dientes espectaculares que se pasan unos a otros, de generación en generación. Colmillos que da miedo verlos cuando les agarras la boca y se la abres mientras ellos te miran como pensando: «A ver qué carajo quiere éste». Colmillos sólidos, blancos, bien aguzados.
De ésos que hacen que te alegres de no ser zorro o jabalí.
Lo crió un cazador joven que se ocupa de esta clase de perros.
Un tipo experimentado, que sabe lo que hace.
La camada de cinco cachorros era espléndida. Elegí a Sherlock porque era el más tranquilo de sus hermanos. Me miraba sereno, flemático, con esos ojos grandes y negros. Como preguntándome qué pasa contigo, chaval, no se trata de que tú me elijas a mí, sino también de que yo te elija a ti, así que vamos a llevarnos bien.
Y fue lo que hizo: elegirme.
Pasado el tiempo de cría, lo traje a casa. Y empezó a crecer. A adaptarnos el uno al otro. La vida en familia.
Al cabo de un tiempo apareció su vena sentimental. Lo pasaba mal solo. Lloraba. Así que le buscamos compañera.
Y llegó Rumba, toda una señorita.
Pelo rizado, pizpireta, lista y destrozona como la madre que la parió.
Tímida al principio -había sido maltratada-, no tardó en hacerse la reina del asunto. Sherlock, flemático, la deja hacer.
Por no discutir, ni le gruñe.
Ella se lo trajina bien. Le lame el pescuezo cuando está tenso, lo relaja.
Lo putea, a ratos. Creo que son felices juntos.
Sin embargo, Sherlock no nació para la vida doméstica. Y se le nota.
Se llama Sherlock, y es un tipo duro, de Segovia.
Un buen ejemplar de teckel de
pelo fuerte, pardo leonado, con cejas y bigote casi rubios. Lo rubio viene de
su padre, que es alemán y se llama Karsten.El pelo recio y perfecto se lo debe a la madre, Berta, que es guapa y española.
Una familia, en resumen, de cazadores con larga estirpe, lo que significa muchas generaciones acosando bichos en el campo.
Casta curtida, en resumen.
Con unos dientes espectaculares que se pasan unos a otros, de generación en generación. Colmillos que da miedo verlos cuando les agarras la boca y se la abres mientras ellos te miran como pensando: «A ver qué carajo quiere éste». Colmillos sólidos, blancos, bien aguzados.
De ésos que hacen que te alegres de no ser zorro o jabalí.
Lo crió un cazador joven que se ocupa de esta clase de perros.
Un tipo experimentado, que sabe lo que hace.
La camada de cinco cachorros era espléndida. Elegí a Sherlock porque era el más tranquilo de sus hermanos. Me miraba sereno, flemático, con esos ojos grandes y negros. Como preguntándome qué pasa contigo, chaval, no se trata de que tú me elijas a mí, sino también de que yo te elija a ti, así que vamos a llevarnos bien.
Y fue lo que hizo: elegirme.
Pasado el tiempo de cría, lo traje a casa. Y empezó a crecer. A adaptarnos el uno al otro. La vida en familia.
Al cabo de un tiempo apareció su vena sentimental. Lo pasaba mal solo. Lloraba. Así que le buscamos compañera.
Y llegó Rumba, toda una señorita.
Pelo rizado, pizpireta, lista y destrozona como la madre que la parió.
Tímida al principio -había sido maltratada-, no tardó en hacerse la reina del asunto. Sherlock, flemático, la deja hacer.
Por no discutir, ni le gruñe.
Ella se lo trajina bien. Le lame el pescuezo cuando está tenso, lo relaja.
Lo putea, a ratos. Creo que son felices juntos.
Sin embargo, Sherlock no nació para la vida doméstica. Y se le nota.
Es un buen chico en casa,
adora a Rumba. Nos adora a todos.
Es cariñoso de lametones y se
traga Mad Men sin rechistar, acurrucado en el sofá contra mi costado,
sobando plácidamente.
Nada que objetar por ahí.
Pero vino al mundo a cazar
jabalíes.
Tiene tristezas específicas,
nostalgias de lo suyo, como un marino arrojado del mar o un soldado sin
batallas.
Lejos de la acción como vive,
las aventuras de sus antepasados, inscritas en su instinto perruno, afloran en
forma de singular melancolía.
A veces, mientras duerme a mi
lado, lo veo agitarse, mover las patas y gruñir sordamente, muy bajito, y
adivino lo que tiene en la cabeza. Lo mismo ocurre cuando en ocasiones, sin
motivo aparente, se aparta de mí y de todos, Rumba incluida, para ir a un
rincón donde se queda quieto, hosco y solitario, mirando el vacío como Humphrey Bogart en su bar de Casablanca.
Entonces sé, o creo saber, que
rumia nostalgias de cazador, olor a tierra húmeda, hierba verde y rastro fresco
de animales.
Quizá piensa en sus hermanos,
que se quedaron en el campo y ahora tendrán el hocico lleno de marcas y los
colmillos desportillados de pelear.
Quizá, desde el confort de la
vida doméstica, Sherlock envidia sus vidas lejanas, colmadas de recuerdos
apasionantes; ésos que los perros de caza se gruñen unos a otros en las noches
tranquilas mientras recuerdan a los colegas:
«¿Te acuerdas de Pancho, al que
mató aquel jabalí, o de Chispa, que nunca salió de aquella peligrosa
madriguera?»
mientras envejecen con los
huesos maltrechos y el pellejo lleno de costurones, calentándose en fuegos de
leña junto al amo que acaricia sus orejas deformadas por mordiscos de jabalí.
Su pelaje surcado de
cicatrices que Sherlock nunca tendrá.
Estoy seguro de que, cuando se
aísla de todos y mira la nada, recordando lo que jamás vivió, él huele el humo
de esa leña, siente la nostalgia del frío, la incertidumbre, el peligro.
Segrega adrenalina, o lo que segreguen los perros.
Corre con la imaginación y la
memoria genética por un bosque embarrado, bajo la lluvia, junto a sus hermanos,
tenaz, incansable tras el rastro de un animal salvaje.
Un jabalí con el que, pese a
que un teckel no levanta dos palmos del suelo, peleará a muerte, con bravura
inaudita, cuando le dé alcance.
O un zorro en cuya madriguera
se introducirá sin dudarlo, valiente hasta la locura, para morir allí o para
sacar al enemigo fuera, aferrándolo por el cuello a dentelladas, rojo el hocico
de sangre propia y ajena.
Como le ordena su naturaleza.
Como mandan las viejas reglas.
Un tipo interesante, Sherlock.
No les quepa duda.
Con densidad psicológica y
sólidos silencios.
Comprendo a Rumba cuando se
acerca a él, se tumba a su lado y le apoya la cabeza en el lomo.
Si yo fuera perra, me lo follaría…
jueves, 14 de febrero de 2013
UNA MUJER DE 30 SIGLOS, de Arturo Pérez Reverte - 21/1/13
Cambian los tiempos y las gentes. Cambia nuestra forma de ver el mundo y de vernos a nosotros mismos.
A menudo esos cambios son para bien, y nada ha de objetarse a ellos.
Otras, no del todo.
No es tanto el bien que nos aportan, quiero decir, a cambio de lo que arrastran consigo.
Hay cosas buenas que llevan implícitos sus daños colaterales propios. Sus estragos particulares.
Y de todos los grandes cambios que nuestro tiempo, el de la situación de la mujer en la sociedad que aún llamamos occidental es, seguramente, uno de los más notables.
De los más extraordinarios.
He dicho y escrito alguna vez que las mujeres son el sujeto más interesante, el que mayores sorpresas aportará a este siglo XXI en el que aún nos encontramos, prácticamente, desayunando.
En lo narrativo, por ejemplo, literatura, cine o televisión, a la hora de contar historias o plantear situaciones, la mujer es sin duda el personaje más prometedor.
El que mayor juego dará en el futuro.
Hablo de mujeres protagonistas por ellas mismas, enfrentadas a sus desafíos específicos, a sus territorios hostiles.
A sus íntimas o públicas victorias y derrotas.
Después de tres mil años de literatura hablada, impresa o audiovisual, de La Ilíada a Mad Men, el hombre como norma de estilo, como eje narrativo, ha dado de sí cuanto tenía que dar; está más exprimido que un limón de paella.
La mujer, sin embargo, enfrentada a desafíos antes inimaginables para su sexo, es cada vez más dueña de su destino, libra sus propias batallas, asedia o defiende sus específicas Troyas, se embarca de regreso a Itaca o navega con naturalidad antes exclusivamente masculina hacia la incierta isla de los piratas.
Y lo que hace esa aventura tan fascinante para el lector - observador es que todo esto lo realiza ella sin abandonar todavía esa zona gris, ambigua, situada entre lo que durante siglos la mujer ha sido y lo que será en el futuro; entre las viejas reglas escritas por los hombres y las que ella misma, con esfuerzo y tesón, intenta y consigue trazar ahora. Entre el instinto de supervivencia y caza autosuficiente, cada vez más firme, y el instinto de nido-útero-corazón que todavía, a veces -y en ocasiones para su desgracia-, no ha conseguido dejar atrás.
O no quiere.
Sería ruin, sin embargo, despreciar a las otras mujeres; las que, sometidas durante siglos a códigos impuestos por los hombres, y considerando esas exigencias como destino ineludible y obligación, tejieron pacientes en telares, mantuvieron encendido el fuego que daba calor y vida, construyeron familias, sociedades, mundos, en torno a su vientre fértil y su voluntad tenaz y generosa.
Sostuvieron, en suma, el pulso de la vida.
En sociedades avanzadas como la europea y la occidental, ese modelo de mujer, esposa y madre abnegada, está en extinción, con sus ventajas y sus inconvenientes.
Pero todos conocemos aún a mujeres como ésas, o tenemos memoria cercana: madres, tías, abuelas. Memoria de admirada ternura.
Aquél era otro mundo, ellas no pudieron elegir, y sin embargo supieron estar a la altura moral que ese mundo injusto les exigía.
Pensé en esas mujeres admirables el otro día, cuando mi amiga Concha Fernández, de la universidad de Sevilla, con la que desde mi modesta situación de aficionado comparto el gusto por las antiguas inscripciones sepulcrales, me envió un estudio sobre el epitafio de una mujer romana de la segunda mitad del siglo II.
Y mientras leía el hermoso texto grabado en mármol, pensé que éste podría, perfectamente, honrar la memoria de tantas sombras queridas que pueblan la mía y la de casi todos ustedes: mujeres ya fallecidas o afortunadamente vivas, que todos conocimos o conocemos, para las que parece escrito este elogio fúnebre:
«Tú, tan grande, guardada en una urna tan pequeña (...) Intachable en su casa y de sobra intachable fuera de su casa, era la única que podía afrontarlo todo (...) Fue siempre la primera en abandonar el lecho, y también la última en irse a descansar tras haberlo dejado todo en orden; la lana nunca se apartó de sus manos sin una razón, y nadie la superaba en ganas de agradar; sus costumbres eran muy saludables. Nunca pensó en sí misma, nunca se consideró libre».
Eso es todo.
Pero cuando releo las líneas anteriores, comprendo que esta página la he escrito con el solo objeto de compartir con ustedes las dos frases finales:
«Nunca pensó en sí misma, nunca se consideró libre».
En treinta siglos de literatura y de Historia, creo que nunca nadie resumió de modo tan preciso, tan bello, tan justo y tan triste, la historia de las mujeres, como la resumen esas nueve palabras.
A menudo esos cambios son para bien, y nada ha de objetarse a ellos.
Otras, no del todo.
No es tanto el bien que nos aportan, quiero decir, a cambio de lo que arrastran consigo.
Hay cosas buenas que llevan implícitos sus daños colaterales propios. Sus estragos particulares.
Y de todos los grandes cambios que nuestro tiempo, el de la situación de la mujer en la sociedad que aún llamamos occidental es, seguramente, uno de los más notables.
De los más extraordinarios.
He dicho y escrito alguna vez que las mujeres son el sujeto más interesante, el que mayores sorpresas aportará a este siglo XXI en el que aún nos encontramos, prácticamente, desayunando.
En lo narrativo, por ejemplo, literatura, cine o televisión, a la hora de contar historias o plantear situaciones, la mujer es sin duda el personaje más prometedor.
El que mayor juego dará en el futuro.
Hablo de mujeres protagonistas por ellas mismas, enfrentadas a sus desafíos específicos, a sus territorios hostiles.
A sus íntimas o públicas victorias y derrotas.
Después de tres mil años de literatura hablada, impresa o audiovisual, de La Ilíada a Mad Men, el hombre como norma de estilo, como eje narrativo, ha dado de sí cuanto tenía que dar; está más exprimido que un limón de paella.
La mujer, sin embargo, enfrentada a desafíos antes inimaginables para su sexo, es cada vez más dueña de su destino, libra sus propias batallas, asedia o defiende sus específicas Troyas, se embarca de regreso a Itaca o navega con naturalidad antes exclusivamente masculina hacia la incierta isla de los piratas.
Y lo que hace esa aventura tan fascinante para el lector - observador es que todo esto lo realiza ella sin abandonar todavía esa zona gris, ambigua, situada entre lo que durante siglos la mujer ha sido y lo que será en el futuro; entre las viejas reglas escritas por los hombres y las que ella misma, con esfuerzo y tesón, intenta y consigue trazar ahora. Entre el instinto de supervivencia y caza autosuficiente, cada vez más firme, y el instinto de nido-útero-corazón que todavía, a veces -y en ocasiones para su desgracia-, no ha conseguido dejar atrás.
O no quiere.
Sería ruin, sin embargo, despreciar a las otras mujeres; las que, sometidas durante siglos a códigos impuestos por los hombres, y considerando esas exigencias como destino ineludible y obligación, tejieron pacientes en telares, mantuvieron encendido el fuego que daba calor y vida, construyeron familias, sociedades, mundos, en torno a su vientre fértil y su voluntad tenaz y generosa.
Sostuvieron, en suma, el pulso de la vida.
En sociedades avanzadas como la europea y la occidental, ese modelo de mujer, esposa y madre abnegada, está en extinción, con sus ventajas y sus inconvenientes.
Pero todos conocemos aún a mujeres como ésas, o tenemos memoria cercana: madres, tías, abuelas. Memoria de admirada ternura.
Aquél era otro mundo, ellas no pudieron elegir, y sin embargo supieron estar a la altura moral que ese mundo injusto les exigía.
Pensé en esas mujeres admirables el otro día, cuando mi amiga Concha Fernández, de la universidad de Sevilla, con la que desde mi modesta situación de aficionado comparto el gusto por las antiguas inscripciones sepulcrales, me envió un estudio sobre el epitafio de una mujer romana de la segunda mitad del siglo II.
Y mientras leía el hermoso texto grabado en mármol, pensé que éste podría, perfectamente, honrar la memoria de tantas sombras queridas que pueblan la mía y la de casi todos ustedes: mujeres ya fallecidas o afortunadamente vivas, que todos conocimos o conocemos, para las que parece escrito este elogio fúnebre:
«Tú, tan grande, guardada en una urna tan pequeña (...) Intachable en su casa y de sobra intachable fuera de su casa, era la única que podía afrontarlo todo (...) Fue siempre la primera en abandonar el lecho, y también la última en irse a descansar tras haberlo dejado todo en orden; la lana nunca se apartó de sus manos sin una razón, y nadie la superaba en ganas de agradar; sus costumbres eran muy saludables. Nunca pensó en sí misma, nunca se consideró libre».
Eso es todo.
Pero cuando releo las líneas anteriores, comprendo que esta página la he escrito con el solo objeto de compartir con ustedes las dos frases finales:
«Nunca pensó en sí misma, nunca se consideró libre».
En treinta siglos de literatura y de Historia, creo que nunca nadie resumió de modo tan preciso, tan bello, tan justo y tan triste, la historia de las mujeres, como la resumen esas nueve palabras.
lunes, 21 de enero de 2013
AL LADO DEL CAMINO, de Rodolfo "Fito" Páez
Me gusta estar al lado del camino,
fumando el humo mientras todo pasa,
me gusta abrir los ojos y estar vivo,
tener que vérmelas con la resaca.
fumando el humo mientras todo pasa,
me gusta abrir los ojos y estar vivo,
tener que vérmelas con la resaca.
Entonces navegar se hace preciso,
en barcos que se estrellen en la nada.
Vivir atormentado de sentido.
Creo que ésta si es la parte más pesada.
en barcos que se estrellen en la nada.
Vivir atormentado de sentido.
Creo que ésta si es la parte más pesada.
En tiempos donde nadie escucha a nadie,
en tiempos donde todos contra todos.
En tiempos de egoístas y mezquinos,
en tiempos donde siempre estamos solos.
en tiempos donde todos contra todos.
En tiempos de egoístas y mezquinos,
en tiempos donde siempre estamos solos.
Habrá que declararse incompetente
en todas las materias del mercado.
Habrá que declararse un inocente,
o habrá que ser abyecto y desalmado.
en todas las materias del mercado.
Habrá que declararse un inocente,
o habrá que ser abyecto y desalmado.
Yo ya no pertenezco a ningún “ismo”.
Me considero vivo y enterrado.
Yo puse las canciones en tu walkman,
el tiempo a mí me puso en otro lado.
Me considero vivo y enterrado.
Yo puse las canciones en tu walkman,
el tiempo a mí me puso en otro lado.
Tendré que hacer lo que es no debido,
tendré que hacer el bien y hacer el daño.
No olvides que el perdón es lo divino,
y errar a veces suele ser humano.
tendré que hacer el bien y hacer el daño.
No olvides que el perdón es lo divino,
y errar a veces suele ser humano.
No es bueno nunca hacerse de enemigos
que no estén a la altura del conflicto,
que piensan que hacen una guerra,
y se hacen pis encima como chicos.
que no estén a la altura del conflicto,
que piensan que hacen una guerra,
y se hacen pis encima como chicos.
Que rondan por siniestros ministerios,
haciendo la parodia del artista.
Que todo lo que brilla en este mundo
tan sólo les da caspa y les da envidia.
Yo era un pibe triste y encantado,
de Beatles, Caña Legui y maravillas,
los libros, las canciones y los pianos,
el cine, las traiciones, los enigmas.
haciendo la parodia del artista.
Que todo lo que brilla en este mundo
tan sólo les da caspa y les da envidia.
Yo era un pibe triste y encantado,
de Beatles, Caña Legui y maravillas,
los libros, las canciones y los pianos,
el cine, las traiciones, los enigmas.
Mi padre, la cerveza, las pastillas,
los misterios, el whisky malo,
los odios, el amor, los escenarios,
el hambre, el frio, el crimen,
los misterios, el whisky malo,
los odios, el amor, los escenarios,
el hambre, el frio, el crimen,
El dinero y mis diez tías
me hicieron este hombre entreverado.
me hicieron este hombre entreverado.
Si alguna vez me cruzas por la calle
regalame tu beso y no te aflijas.
Si ves que estoy pensando en otra cosa,
no es nada malo es que paso una brisa.
no es nada malo es que paso una brisa.
La brisa de la muerte enamorada,
que ronda como un ángel asesino,
mas no te asustes, siempre se me pasa,
es solo la intuición de mi destino.
que ronda como un ángel asesino,
mas no te asustes, siempre se me pasa,
es solo la intuición de mi destino.
Me gusta estar al lado del camino,
fumando el humo mientras todo pasa.
Me gusta regresarme del olvido,
para acordarme en sueños de mi casa.
fumando el humo mientras todo pasa.
Me gusta regresarme del olvido,
para acordarme en sueños de mi casa.
Del chico que jugaba a la pelota,
del 4, 9, 5, 8, 5…
Nadie nos prometió un jardín de rosas.
Hablamos del peligro de estar vivo.
del 4, 9, 5, 8, 5…
Nadie nos prometió un jardín de rosas.
Hablamos del peligro de estar vivo.
No vine a divertir a tu familia
mientras el mundo se cae a pedazos.
mientras el mundo se cae a pedazos.
Me gusta estar al lado del camino.
Me gusta sentirte a mi lado.
Me gusta sentirte a mi lado.
Me gusta estar al lado del camino,
dormirte cada noche entre mis brazos.
dormirte cada noche entre mis brazos.
Al lado del camino, al lado del camino,
Al lado del camino.
Al lado del camino.
Es más entretenido y más barato,
Al lado del camino, al lado del camino...
Al lado del camino, al lado del camino...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
FORMULARIO DE CONTACTO
BUSCAR EN ESTE BLOG
SEGUIDORES
Próspera tendrá su calibana Por Rocco Carbone
En 1969 Gillo Pontecorvo – director de La batalla de Argel – estrenó Queimada , con Marlon Brando en el papel de William Walker, un “ingl...
-
Es imposible separar la figura política de Néstor del 22 por ciento de los votos con los que llegó a la presidencia. Si hubo un gobierno con...
-
Desde principios de este siglo venimos denunciando, en conferencias y en la letra impresa, que la forma más razonable de reducir el exitoso ...
-
Cuando le pidas algo a diciembre, pídele que te traiga regalos que no se vendan en las tiendas: un “me gustas mucho” , un “gracias por exist...