domingo, 23 de enero de 2022

ASI SE ARMÓ LA CAUSA CONTRA EL PATA, de Alejandra Dandán - 23/1/2022

Los contactos secretos de Macri y Vidal


El 26 de septiembre de 2017, el juez federal de Quilmes, Luis Armella, detuvo al Pata Medina.
El 13 de octubre lo procesó por asociación ilícita, lavado de dinero y extorsión.
El 18 de octubre, Armella buscaba a Macri.
De acuerdo con lo que surge de la libreta de notas del secretario privado Darío Nieto, Villegas llamó al entonces Presidente para decirle que el juez de Quilmes quería hablarle.


Ya había tomado contacto con el caso.
El 4 de mayo, Macri recibió en la Casa Rosada al director de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI), Gustavo Arribas, y al ministro de Trabajo de la Provincia de Buenos Aires, Marcelo Villegas.
Poco después, el 9 de mayo, la AFI comenzó a producir los primeros informes de inteligencia del Pata Medina, como destacó Hugo Alconada Mon en La Nación.
El 12 de mayo hubo una primera denuncia anónima ante la fiscalía general de La Plata, que no prosperó.
El 15 de junio se hizo la reunión con los espías en la sede porteña del Banco Provincia.
Villegas dijo lo que dijo.
Pidió notas a los empresarios.
Notas institucionales con palabras claves.

Terminada la reunión, el ministro recibió las notas y entregó todo en el juzgado de Armella el viernes 25 de agosto.
Las notas resultaron fundamentales.
Tanto que quedaron incorporadas casi al comienzo del expediente, en la foja 90 de una causa que acumuló 14.000, en 71 cuerpos.
Un día antes de esa entrega, el jueves 24 de agosto, Villegas volvió a ver a Macri.
Estuvo reunido más de tres horas, según el libro de ingresos a Casa Rosada.
¿Estuvo solo..?
Dos minutos antes había entrado la gobernadora María Eugenia Vidal con destino al despacho de Marcos Peña.
Vidal dejó el edificio a la misma hora que su ministro.

Las cartas de los empresarios

El expediente con las notas de los empresarios hoy es una perla que muestra cómo se puso en práctica la mecánica planeada en la reunión del banco.
¿Qué dicen las notas..? ¿Por qué resultan tan importantes..?

En la reunión del Banco Provincia hubo 15 personas: 3 integrantes de la AFI, 2 ministros (Trabajo e Infraestructura), 1 subsecretario (Justicia), 1 senador provincial (Juan Pablo Allan, enlace con el Consejo de la Magistratura de la Provincia), 1 intendente (La Plata) y 7 integrantes de cámaras empresariales y profesionales.

Las notas están firmadas por lo menos por 4 de los 7 empresarios, según la compulsa para este artículo.
Por la Cámara de Desarrolladores Urbanos, firmaron Ricardo Alconada y Fabián Cusini; por el Colegio de Arquitectos de la Provincia Distrito 1 firmó Guillermo Moretto y por APYMECO, Jorge del Río, uno de los más locuaces de la reunión.
No son las únicas cartas.

También presentó nota la Cámara de la Construcción Argentina delegación Buenos Aires, el Colegio de Ingenieros Distrito V, la Unión Industrial del Gran La Plata y la Asociación de Comerciantes e Industriales en Materiales de la Construcción.


Todas las notas siguieron las recomendaciones del ministro: debían ser distintas, parecer espontáneas, no mencionar la reunión, cada quien no habla en nombre personal, sino de las instituciones y con un catálogo de palabras que debían contener.

Villegas había leído las palabras: coacción, amenaza, extorsión, apriete, comportamiento delictivo, pérdida de inversiones, hostigamiento, violencia y vandalismo.
También dijo que él recibiría las notas: “En cuanto ustedes me las puedan hacer llegar, a nombre mío, personal, confidencial, en mano, Avenida 7, las recibe Diego Visilio”.

- ¿Todas distintas..? - preguntaron los empresarios.

- Todas distintas - dijo Villegas -. 
Cada una dice lo que tiene que decir.

Las notas reflejan ese acuerdo.
¿Un ejemplo..? APYMECO.
Usó el catálogo completo: coacción, extorsión, apriete, amenazas, aportes extraordinarios, actos de violencia y vandalismo.
Del Río le escribe al ministro en nombre de la entidad y se queja porque deben suscribir un convenio con el gremio por salarios, doble fondo de desempleo y personal de la bolsa de trabajo del sindicato.

Y luego dice: “Lo expuesto reviste una gravedad de trascendencia ya que quien no firma - dijo - no puede empezar una obra, razón por la cual el acto resulta no solo coactivo, sino extorsivo”.

Luego escribió: “Los empresarios son víctimas de apriete, ya que se les exige bajo amenaza de parar emprendimientos la realización de aportes extraordinarios para el camping”.

Y dijo: “El accionar del grupo se completa con actos de violencia o vandalismo contra el personal de las obras, ejerciendo el control de las obras por imperio del miedo”.

Villegas reunió todo esto en un expediente administrativo que tenía iniciado también en el mes de mayo.
Juntó todo. Lo llevó al juzgado.
En el expediente penal, los empresarios comenzaron a declarar como testigos, algunos con carácter reservado, tal como también había anticipado Villegas.


Gerardo Martínez

El interés personal de Macri por el caso Pata Medina dejó varios tipos de rastros.
El periodista Hugo Alconada Mon señala como punto de partida de la ofensiva sobre el gremio un diálogo de Macri y el titular de la UOCRA, Gerardo Martínez, durante un viaje oficial al Reino de Holanda en marzo de 2017.
¿Cómo era la relación del Pata Medina con el secretario general de la UOCRA..?
El Pata no responde directamente, pero dice que él siempre fue un tipo independiente, de la política y también del gremio.
Se queja porque la CGT Regional había acordado defenderlo con un paro si lo detenían, pero cuando lo detuvieron eso no pasó.
En la línea de recuerdos, aparece otro dato antiguo.
El Pata Medina fue detenido también en 2001. Esa vez, su esposa Fabiola García habló con Gerardo Martínez.

- Andá y quedate en el gremio - le dijo Martínez -, que si te intervienen a vos, después vienen por todo el resto.

En 2017, los empresarios del Gran La Plata pidieron en aquellas notas la intervención de la seccional La Plata del gremio.
¿Macri le prometió a Gerardo Martínez que el reguero no se extendería más allá..?


Fabiola y El Pata.
Foto: Luis Angeletti.

Las marcas de La Casa

El libro de ingresos de la AFI está escrito a mano.
La Justicia de La Plata le pidió a la interventora una compulsa de los ingresos de funcionarios bonaerenses antes y después del encuentro en el Banco Provincia.
La AFI envió la respuesta el último viernes con doce registros de visitas de primeras líneas del gobierno bonaerense a las máximas autoridades del organismo.

El informe establece un dato importante: el ingreso del ministro de Trabajo de la Nación Jorge Triaca, su par bonaerense Marcelo Villegas y el subsecretario de Justicia de la Provincia, con nueve minutos de diferencia, al edificio de la AFI el día 31 de julio de 2017. La fecha es importante: ese día se abrió la causa federal sobre el Pata Medina con un sobre anónimo de dos carillas y la acusación de lavado de dinero por la relación con la empresa Abril Catering.
Los anónimos son el sello de la AFI: el modo con el que la inteligencia se lava las manos antes de ensuciar.

La lista de visitantes tiene a Julio Garro, intendente de La Plata; Gustavo Ferrari y Adrián Grassi, ministro y subsecretario de Justicia bonaerense y a Triaca de Nación.
Por la AFI, aparecen Gustavo Arribas, Silvia Majdalani, Diego Dalmau Pereyra - que era el Director Operacional de Contrainteligencia - y Sebastián De Stéfano de Jurídicos.

La reunión del BAPRO fue el 15 de junio.
Antes y después ocurrió esto:

12/06/2017: Julio Garro visita a Silvia Majdalani
26/06/2017: Gustavo Ferrari a Gustavo Arribas

El día clave del 31 de julio, con una diferencia de nueve minutos, ingresaron:

31/07/2017 Adrián Grassi visita a Dalmau
31/07/2017 Marcelo Villegas a Dalmau
31/07/2017 Alberto Jorge Triaca a Arribas

Luego:

08/08/2017 Adrián Grassi visita a Dalmau
25/08/2017 Gustavo Ferrari a Majdalani: ese día, el Ministerio de Trabajo envía las cartas de los empresarios al juzgado de Armella.

El 26 de septiembre de 2017 detuvieron al Pata Medina.

Antes y después entraron estas personas:

06/09/2017 Gustavo Ferrari visita a Arribas
14/11/2017 Julio Garro a Majdalani
19/10/2017 Gustavo Ferrari a Arribas
04/12/2017 Gustavo Ferrari a Majdalani
02/01/2018 Adrián Grassi a De Stéfano

Pero Macri y Vidal no sabían nada.

LA DAGA AL CUELLO, de Horacio Verbitzky - 23/1/2022

Las revisiones trimestrales del FMI, el sendero de una larga agonía.


Diseño, Alejandro Ros. Animación, SIlvia Canosa

Este año vencen pagos con el FMI, acreedores privados y otros organismos internacionales por 28.000 millones de dólares, y el año próximo por 30.000 millones.
Esto es casi el doble que las ganancias extraordinarias del intercambio comercial obtenidas en 2021.

La imposibilidad fáctica de cumplir con ese compromiso, más allá de las objeciones jurídicas y/ o morales que motive, explica que el ministro de Economía Martín Guzmán haya recuperado el habla y que el ministro de Relaciones Exteriores Santiago Cafiero haya viajado a Washington para interesar al gobierno de Joe Biden al respecto.
Que vaya a tener éxito es otra cuestión, pero en el peor de los casos el intento vale para clarificar las responsabilidades de una eventual catástrofe.
La situación es límite.
Para pagar los vencimientos de la última semana de enero, por 790 millones de dólares, el Banco Central debería empeñar oro depositado en el Banco de Ajustes Internacionales de Basilea.
La literatura del FMI está prestando especial atención a las causas y consecuencias de una palabra vintage: arrears, o atrasos.

Una revelación escandalosa

El Acuerdo de Facilidades Extendidas que se busca consistirá en que el propio Fondo financie esos pagos, a partir de una serie de metas y objetivos a cumplir.
El FMI supervisará cada tres meses la obtención de esas metas y resultados, con misiones que revisarán las cuentas del país.
La Argentina quedará así con la daga del FMI al cuello por no menos de una década.
La reiterada afirmación gubernativa de que no se aceptará un ajuste que frene el crecimiento de la economía y la mejora en la distribución de sus resultados, queda reducida así a una simpática expresión de deseos.
Esta revelación escandalosa no provino de un tuit de Cristina ni de un discurso de Máximo Kirchner, sino de una exposición oficial de Guzmán, el 5 de enero, en el Museo del Bicentenario, ante todos los gobernadores del país o sus representantes y en presencia del Presidente de la Nación.

Es llamativo que los partidos de la oposición dijeran que no asistirían al encuentro posterior que ellos mismos habían pedido para que el ministro les informara de la marcha de la negociación porque, según dijeron, Guzmán les oculta sus acuerdos con el Fondo.
En realidad es difícil ser más explícito de lo que el ministro fue en el Museo del Bicentenario.
Para quien tenga dudas, está el video oficial de aquel encuentro.

https://www.youtube.com/watch?v=HEB--1hpj6I&ab_channel=CasaRosada-Rep%C3%BAblicaArgentina

La financiación del propio FMI

A partir del minuto 21, Guzmán dice que el acuerdo de Facilidades Extendidas consistirá en que el FMI “nos dé el financiamiento para pagarle al propio Fondo las deudas que se tomaron en 2018 y 2019”.
En el minuto 23 agrega que, en la Carta de Intención, el Estado informará al Fondo el financiamiento que solicita para pagar la deuda.
Se firmará una “cláusula de consulta”, que incluirá el compromiso de someterse al juicio del FMI “cada vez que se adopten determinadas políticas” (que no especifica cuáles son).

El Memorándum Técnico de Entendimiento proveerá la información sobre los objetivos y enumerará las precisiones que se deben suministrar al Fondo para lograr esos objetivos.
Ese programa plurianual que será enviado al Congreso, incluirá tres criterios de desempeño, que Guzmán llamó “senderos”:
  • Fiscal,
  • de Acumulación de reservas
  • de Financiamiento monetario de la política fiscal.
(Es decir, estructura tributaria, comercio exterior, tipo de cambio, emisión monetaria.)


El Estado firmará una cláusula por la cual cada tres meses una misión del FMI vendrá a la Argentina a verificar si se cumplieron esos tres criterios, revisiones que luego serán analizadas por el directorio del FMI, que integran los accionistas.
En cada revisión se verá si se cumplió lo establecido y la viabilidad futura de su continuidad.
Si el desempeño de la economía no coincide con las metas trazadas, el país deberá solicitar dispensas por no cumplimiento, o waivers.



A la vista de todos

Como en el célebre cuento de Edgar Poe La carta robada, Guzmán dejó el secreto mejor guardado a la vista de todos.
En el cuento escrito en 1844, el ladrón de la carta (que era un ministro poderoso) “había acudido al más amplio y sagaz de los expedientes: el no ocultarla”.

Si se atiende a las intervenciones de los gobernadores que hablaron luego de Guzmán, y a las declaraciones posteriores de la oposición, nadie se dio cuenta de la importancia de lo que estaba diciendo.


La perspicacia de siempre

En la prensa, sólo Berco olisqueó la novedad.
Es cierto que Guzmán también distrajo la atención, al repetir el 5 de enero el gráfico que ya había presentado en vísperas de Navidad en el Centro Cultural Kirchner, con el perfil de vencimientos que resultaría del Acuerdo de Facilidades Extendidas que se negocia con el Fondo.
Es el que publicó El Cohete en su última edición de 2021:


Pero allí se presenta como una reestructuración de vencimientos, que aleja los pagos más abultados varios años, en los que el país podría crecer, y omite toda mención al financiamiento que el propio Fondo proveería para pagar los compromisos asumidos por Macrì.

Ese asiento contable tendría graves consecuencias políticas porque habilitaría la intromisión constante del FMI en las cuentas oficiales y la posibilidad de objetar políticas públicas, bajo la amenaza de decretar que se incumplieron las metas y forzar así el temido default. Eso ocurrirá en el momento que el Fondo quiera.

En ninguna de las exposiciones de los dos años previos, Guzmán había dicho que el FMI aportaría más fondos para que la Argentina le pagara.
Por el contrario, al día siguiente de las elecciones de 2019 y aún antes de asumir, Alberto Fernández anunció que no pediría los 11.000 millones de dólares que aún le faltaba desembolsar al FMI. «Porque es querer calmar la borrachera mientras uno sigue tomando vino. Al día siguiente te levantás y lo que eran 45.000 se te convirtieron en 57.000. Tenés un problema más grande. Yo no quiero agrandar más ese problema, quiero resolverlo con sensatez», dijo.

Para el economista jefe de la ortodoxa FIEL, Daniel Artana, Fernández marcó así "que no quiere la plata del Fondo porque es más barata pero viene con condicionalidades".
Ese fue el discurso constante del Ministro de Economía desde entonces, hasta el 5 de enero de este año.

Lo que nadie ha explicado hasta ahora es la razón de este cambio, aunque la presunción más firme es que obedece al endurecimiento del Fondo a medida que se acercan los vencimientos impagables, lo cual prefigura la larga agonía que le espera a la Argentina en ese largo sendero.
Guzmán ya no luce la calma zen que lo diferenció de sus eléctricos predecesores, como Domingo Cavallo o Roberto Lavagna.

A mediados de 2021, chocó por el impuesto a las ganancias de las empresas pequeñas con Sergio Massa. 
“Vos tenés 39 años. ¿Te vas a inmolar por el FMI..?”, le dijo Kirchner en uno de sus últimos encuentros.
Con la Vicepresidenta CFK, la relación del académico platense de Columbia es enigmática.
Inmejorable, se lee en los medios a través de los que comunica sus opiniones el Poder Ejecutivo.
Fruncen el ceño los más próximos a la presidencia del Senado.

Los datos objetivos son que, por indicación de Alberto, Guzmán le informa con regularidad de sus pasos y que ella cuestionó en forma abierta la restricción del gasto público en el segundo semestre de 2020 y el primero de 2021, a la que atribuye el mal resultado electoral.
Pese a la aceleración del gasto en el semestre electoral, el déficit primario de 2021 no llegó al 3%, muy por debajo de lo que el propio Guzmán había anunciado.
El apellido Basualdo no es un factor de unidad entre ambos. Mucho más no se sabe, natural con dos obsesivos del secreto.
Pero nada se compara con el malestar presidencial al advertir que en cuanto terminó de prometerles a los gobernadores que la palabra ajuste no forma parte del Lexicón de su gobierno, Guzmán detalló por qué medios el Fondo lo obligaría a realizarlo.

Legitimidad y poder

En una entrevista con la agencia francesa de prensa, Guzmán dijo que el FMI se deslegitimaría si desestabilizara a la Argentina.
Casi lo mismo había sostenido con horas de diferencia su maestro y mentor, Joseph Stiglitz, quien cosechó una catarata de descalificaciones del elenco estable de economistas del establishment y de algunes papagayes mediátiques, por haber dicho que el gobierno de Alberto Fernández había logrado un milagro económico, un crimen de lesa ortodoxia.

Ni siquiera en los primeros tiempos de sus 78 años, el FMI gozó de legitimidad.
Sólo tuvo y aún tiene el poder que le delegaron los vencedores en la Segunda Guerra Mundial, una de las pocas invariables en un mundo en constante cambio.

Al llegar al gobierno, Juan D. Perón no ratificó el decreto del gobierno militar que integró, sobre el ingreso del país al flamante FMI.
Dijo que podía explicarlo de modo que se entendiera, porque tenía la ventaja de no ser economista: el FMI es un invento del imperialismo para manejar la moneda de todos los países.
“El valor de nuestra moneda lo fijábamos en el país, como también nosotros establecíamos los cambios de acuerdo con nuestras necesidades y conveniencias”.
De otro modo no hubiera podido implantar el sistema de cambio diferencial que por medio del Instituto para la Promoción del Intercambio (IAPI) le permitió financiar el crecimiento de la industria, el empleo y el salario con recursos obtenidos de los superávits agropecuarios, instrumento precursor de las retenciones.


No es necesario idealizar esa experiencia imperfecta y trunca (en la cual la denominada burguesía nacional acumuló beneficios que mejor invertidos hubieran ayudado a un despegue irreversible de la Argentina) para advertir su ventaja sobre el modelo que se aplicó a partir de la denominada Revolución Libertadora.

En 1956 el dictador Pedro Aramburu firmó la adhesión argentina a los acuerdos de Bretton Woods y sobre la base del plan presentado por el ex presidente del Banco Central Raúl Prebisch con el hoy familiar slogan “Moneda sana o inflación incontenible”, comenzó los planes de estabilización y ajuste.

Autoridad política y poder económico

El encuentro en Washington de Cafiero con Anthony Blinken generó dos comunicados diferentes sobre la actividad compartida.
El argentino consignó la solicitud a la autoridad política “para contar con el apoyo de Estados Unidos en el Fondo Monetario Internacional, y que de este modo no se restrinja el crecimiento de la Argentina”.
La declaración de la contraparte dijo que Estados Unidos reclamó “un marco de política económica sólido que devuelva el crecimiento al país”.

Allí eso parece obvio, aquí suena como un oxímoron: tal supuesto marco sólido conspira contra el crecimiento, que en la Argentina fue de los más altos del mundo en 2021.
Y eso es lo que arguyen tanto Guzmán como Cafiero, el Presidente Alberto Fernández y la Vicepresidenta CFK.

El segundo de Blinken para Subamérica, Brian Nichols, que por la noche comió con Cafiero junto con el asesor de Biden Juan González, declaró que su país quiere ver «una Argentina fuerte, próspera, exitosa», para lo cual se propone «apoyar el logro de un acuerdo con el FMI», con lo cual no salió del terreno de la hermenéutica.
Donde digo digo, digo Diego. Donde digo Diego, digo digo. Por eso, lo mejor es ir a los hechos.

Guzmán ya había puntualizado que el FMI pretende una reducción del déficit fiscal más profunda y rápida de lo que el gobierno considera compatible con las necesidades colectivas.
Y también una eliminación de la brecha cambiaria, lo que equivale a decir una devaluación del peso.
Esto puede hacerse en forma gradual, a lo largo de varios años, o de un golpe como la que en 1975 inició la experiencia neoliberal, con José López Rega, Celestino Rodrigo, Ricardo Zinn y Pedro Pou, los Caballeros Americanos del Fuego, según el nombre de la logia que integraban varios de ellos.
En cualquier caso, el Fondo procura mantener el alto nivel de exportaciones para cobrarse sus créditos, pero reducir
  • las importaciones, que achican el superávit,
  • las transferencias de ingresos a la población vulnerable y
  • la realización de obras públicas.
Es decir, algunas de las políticas que estimulan el ritmo del crecimiento del PIB.

Un Presidente inepto y fracasado

“Si el crédito fue político, la solución también debe serlo”, es el mensaje que circula entre la presidencia, la cancillería y el ministerio de Economía.
Como intención es inobjetable, su viabilidad ya es otra cosa.

Desde publicaciones conservadoras como The Economist, que no trepida en llamar a Joe Biden un Presidente inepto y fracasado, hasta el blog Embajada Abierta que edita el embajador argentino Jorge Argüello, destacan la fragilidad de ese gobierno, cuya agenda se empantanó en el Senado debido a la deserción de los demócratas Joe Manchin y Kyrsten Sinema.
Además, las reformas electorales introducidas en numerosos estados, que el gobierno federal ya no podrá enmendar, auguran una derrota en las elecciones legislativas de este año, lo que lo debilitaría aún más.

En su página oficial, el FMI acaba de publicar una advertencia para economías emergentes, a las que les vaticina turbulencias financieras.
Parece pensado para la Argentina.
Sus autores afirman que debido a la creciente inflación en Estados Unidos, a la escasez de mano de obra y a los incrementos salariales, la Reserva Federal prevé un incremento de la tasa de interés que se paga por los bonos estatales, que funcionará como una aspiradora dirigida al resto del globo.


Agregan Stephan Danninger, Kenneth Kang y Helene Poirson : 
“Los mercados emergentes deben adaptar su respuesta en función de sus circunstancias y vulnerabilidades.
Los que gozan de credibilidad en la conducción de las políticas pueden endurecer su política monetaria más gradualmente, en tanto que los que soportan presiones inflacionarias más fuertes o tienen instituciones menos sólidas deben actuar más rápido y con medidas de mayor alcance.
En cualquier caso, parte de la respuesta debe consistir en dejar que las monedas se deprecien y en elevar las tasas de interés de referencia”.
Para que no queden dudas de que esa es la palabra oficial, Kristalina Georgieva lo ratificó durante el foro virtual de Davos. «Apúrense, háganlo ya», dijo.

En estas condiciones, es de un optimismo panglossiano suponer que Biden querría y podría confrontar con el sistema financiero internacional en defensa de una remota nación de culis mundi, eterna candidata a integrar algún eje del mal, ya sea que la gobiernen conservadores como Julio A. Roca (cuyo canciller Luis Drago sentó doctrina oponiéndose al cobro compulsivo de deudas a Venezuela), radicales como Hipólito Yrigoyen o Raúl Alfonsín, populistas como Juan Perón o Cristina Fernández, o dictadores militares como Leopoldo Galtieri.


La doctrina Drago, caricaturizada por WA Rogers, en el New York Herald, en enero de 1903.

Está fuera de discusión que el mayor crédito que el FMI concedió en su historia a un solo país, equivalente a la asistencia por la pandemia a todo el planeta, propiciaba la reelección de Macrì, frustrada por la combinación entre su torpeza personal, la iniciativa táctica de Cristina y la masiva resistencia popular.
Pero, por el mismo precio, el plan B era encadenar a la rueda del interés compuesto (Scalabrini Ortiz dixit) a quienes sucedieran al Calabrés, como lo llaman sus íntimos.
Y vaya si fue exitoso.

Por todo eso, la única utilidad indiscutible del viaje de Cafiero es dejar en evidencia la responsabilidad de Estados Unidos en los desastres por venir.

¿Yo señor..? No señor...

La auditoría interna del FMI, en la que tanto Guzmán como Fernández habían puesto tantas expectativas, constata sin atenuantes que el programa de Macrì fracasó, dice que debieron implementarse controles de capital para evitar la fuga y acuerdos de precios y salarios para que no sufrieran los ingresos populares, pero no asume ninguna responsabilidad, ni del Fondo ni de su accionista mayoritario, que es el gobierno de los Estados Unidos.

Por el contrario, afirma que en 2018 el FMI señaló como inconsistente y discrecional la estrategia cambiaria del Banco Central, lo cual erosionó las reservas (es una manera educada de recordar que Christine Lagarde exigió el alejamiento de Luis Caputo del BCRA, donde lo reemplazó Guido Sandleris, quien cumplió con las restricciones que exigía el Fondo).
Para la política interna puede servir que la auditoría mencione la fuga de capitales, que presionó sobre el tipo de cambio, lo cual “dañó los ingresos reales, dada su alta transferencia a la inflación”.
Pero también pretende que el Fondo siguió las políticas y procedimientos pertinentes, que advirtió de estos riesgos y le “resultó difícil comprometer a las autoridades en planes de contingencia”.
Es decir, que el FMI habría sido más cuidadoso que el gobierno de entonces.

De la enemistad abierta entre Biden y su predecesor, Donald Trump, no se deduce que los demócratas vayan a asistir al peronismo, como los republicanos hicieron con la alianza de derecha.
Los auditores dicen que fue el riesgo de una victoria electoral peronista el origen de las expectativas adversas, lo cual le impuso a Macrì un inconveniente gradualismo y le impidió realizar las reformas estructurales que el Fondo reclamó, reclama y reclamará.
Esa falta de confianza de los mercados llevó a refinanciar la deuda privada que iba venciendo a plazos cada vez más breves y tasas más altas, hasta que el acceso al crédito voluntario se cerró por completo, agrega el informe.
Esto no es cierto, porque Cambiemos ganó con amplitud las elecciones de medio término en 2017, pero el Fondo se inclina por esa explicación, que es la de Macrì.

El barullo mediático no alcanza a ocultar que la discusión gira sobre el préstamo descomunal que pidió Macrì y fugaron sus amigos.
Si la refinanciación que Guzmán expuso en la carta robada se firmara este año, pasaría a ser la deuda a cuyo pago se comprometió Alberto.
Los adoradores del bife de chorizo y del malbec que el FMI envía a Buenos Aires se instalarían en forma permanente en una ciudad de una belleza y una comodidad únicas en Sudamérica.
El primer año sería de celebraciones, el segundo de elecciones.
En ese momento querrán saber cuánto personal contrató Rodra para dejar como nuevos los mosaicos calcáreos que conducen a la presidencia de la Cámara de Diputados, o cuántos chicos abandonados por Soledad la de Barracas rescató Jimmy de los pasillos de la villa y las redes de la droga, y cuánto costó el operativo.

En vísperas de la renovación presidencial, el FMI castigará esos u otros desvíos con el corte de la financiación que anunció Guzmán y pronunciará a la Argentina en default, como ya hizo con Alfonsín y De la Rúa.
Acaba de vaticinarlo en Washington el economista jefe para América Latina de Goldman Sachs, Alberto Ramos.

En respuesta a una consulta del think tank Inter - American Dialogue reseñó las dificultades para alcanzar un acuerdo y sostuvo que aún si se lograra, probablemente descarrilaría luego de la revisión inicial, debido a una escasa apropiación del programa y su errática implementación.
Colapso y final.

La última palabra la tiene el Congreso, que debe aprobar el eventual acuerdo con el FMI y cualquier nuevo endeudamiento en divisas bajo legislación extranjera, según la ley de sostenibilidad de la deuda pública, sancionada el 11 de febrero de 2021.
Nunca quedó claro si esa fue una imposición del Fondo para dar consistencia política al tratado o una actitud defensiva de parte del gobierno.
En cualquier caso, se trata de una saludable innovación democrática, que Guzmán encomió en estos términos: "Esta Ley cuida a nuestra Argentina. Desde hoy, todo acuerdo con el FMI o endeudamiento externo con títulos públicos deberá ser aprobado por el Congreso y debatido de frente a la sociedad.
Evitar las crisis de deuda que condicionan el futuro de nuestra gente es política de Estado» .

Dicho en otros términos: si el default es inevitable, porque está en la esencia de la relación con el Fondo a menos que el país se someta a cualquier humillación, queda por decidir quién tendrá la iniciativa y en qué momento ocurrirá.

sábado, 22 de enero de 2022

UNA HISTORIA DE EUROPA (XVII AL XX), de Arturo Pérez Reverte - 6/12/2021 al 17/1/2022

XVII.

Cartago y Roma eran demasiados gallos y demasiada chulería para un solo corral, y aquello sólo podía acabar de mala manera.
De todas formas, el proceso fue largo y sangriento: un siglo y pico, entre el año 264 y el 146 antes de Cristo, estuvieron arrimándose candela en varias guerras sucesivas, tal vez el conflicto armado más largo del mundo antiguo, que marcarían el futuro de Europa.

Las guerras púnicas (se llamaron así porque púnico era el dialecto fenicio que hablaban los cartagineses) fueron tres, y las conocemos bien porque fueron los primeros sucesos que animaron a los romanos a escribir su propia historia, primero en griego y luego en latín.
Eso sigue teniendo importancia, pues las lecciones tácticas y estratégicas de aquellas batallas fueron estudiadas durante veintidós siglos y lo siguen siendo hoy en las academias militares, hasta el punto de que Napoleón, Federico el Grande, Rommel o los generales de las dos guerras del Golfo las mencionaron a menudo.

La primera de esas guerras fue de especial ferocidad, librada en torno a Sicilia y Cerdeña, principalmente naval, y terminó con la victoria romana de las islas Égadas y su posesión de aquellas islas mediterráneas.
Para recuperarse del revolcón, Cartago buscó una expansión occidental extendiéndose por la península ibérica.
Los iberos, muy en su estilo de toda la vida, se dividieron en dos bandos, pro - romano y pro - cartaginés, y el ataque púnico a la ciudad de Sagunto, que era amiga de Roma, desencadenó la segunda guerra, que ya se estaba haciendo esperar.

Apareció allí uno de esos fulanos que la Historia produce de vez en cuando: uno de los grandes.
Se llamaba Aníbal, cartaginés, hijo de Amílcar y hermano (o cuñado, ya no me acuerdo) de Asdrúbal; y era, como se dice ahora, un puto genio.
Mientras los romanos andaban con el bolo colgando, dubitativos sobre si atacar en Hispania o en África, Aníbal (que era tuerto, pero con un ojo veía más que ellos con dos) les jugó la del chino dispuesto a calzárselos por detrás: en un visto y no visto cruzó los Pirineos con un ejército impresionante (con elefantes y todo, el tío), pasó por el sur de la Galia y los Alpes, se metió en Italia repartiendo estopa a diestro y siniestro, y derrotó a los romanos en las batallas de Tesino, Trebia, el lago Trasimeno y Cannas, donde el destrozo fue de órdago: en esta última palmaron 40.000 romanos, uno más o uno menos.
A punto estuvo el cartaginés de llegar ad portas de Roma capital; y a los romanos, aterrorizados, no les cabía un cañamón por el ojete.

Sin embargo, también ellos tenían hombres excepcionales, y uno se llamaba Escipión, hijo de otro Escipión.
Mientras Aníbal, ahíto de victorias y cansadas sus tropas, se relajaba en Italia perdiendo fuelle, los romanos, mostrando unos reflejos admirables y una extraordinaria capacidad de recuperación, enviaron a Escipión padre a Hispania con un ejército que empezó a hacer allí la puñeta, complicándoles la retaguardia a los cartagineses.

Luego, muerto el padre, Escipión hijo (Publio Cornelio de nombre), que resultó ser un tío estupendo, un fenómeno y todo un caballero, tomó Qart - Hadast (desde entonces, Cartago Nova) y Gádir (desde entonces, Gades) y asentó del todo a Roma en la península antes de desembarcar en África, llevando la guerra a la misma Cartago.
Aníbal, claro, tuvo que volver a toda leche porque se le quemaba el solar; pero en el año 202 a. C., cuatro después de que ya no quedase un cartaginés en Hispania, Escipión derrotó al general tuerto en la batalla de Zama.
Lo hizo polvo, y el golpe fue de pronóstico grave: Cartago, hecho una piltrafa, no tuvo más remedio que firmar la paz, consagrando el dominio de los romanos sobre un Mediterráneo que ya empezaban a llamar, viniéndose arriba, Mare nostrum.

Sin embargo, Cartago seguía coleando en África; y Roma, implacable y tenaz, quiso rematar la faena.
Así que con el pretexto de un conflicto en Numidia, azuzada por los discursos de un político duro y austero llamado Catón que dijo aquello de Delenda est Carthago (hay que darles hasta debajo de la lengua, en traducción libre), declaró la tercera guerra, y en el 146 antes de Cristo la ciudad fue arrasada hasta los cimientos.
Los supervivientes fueron vendidos como esclavos y el último reducto cartaginés, borrado del mapa, se convirtió en provincia romana de África.

En el mundo entonces conocido, a la república de Roma no había ya quién le mojara la oreja.
Aunque la verdad es que no se lo regaló nadie.
El historiador Polibio, que fue amigo de Escipión y estuvo presente en la destrucción de Cartago, lo explicó de maravilla: las conquistas romanas no se debieron al azar.
Fueron resultado natural de la dura escuela obtenida en la dificultad y el peligro.


Los romanos eran gente dura y sensata.
Aniquilada Cartago, dueños del mundo mediterráneo, aplicaron sus puntos de vista tanto en la metrópoli como en los lugares donde se instalaban, tras conquistarlos, con la intención de quedarse en ellos para siempre (y continúan estando, porque en cierto modo muchos europeos seguimos hoy siendo romanos).

Su lengua, el latín, la escribían con un alfabeto que al principio tuvo sólo veintiuna letras.
Mientras se estuvieron dando de hostias con enemigos y vecinos, los libros no fueron necesarios, pues no había retórica que superase la eficacia de un buen degüello; pero a medida que dejaban de ser sociedad elemental para convertirse en otra compleja, empezaron con el derecho, y luego pasaron a la literatura y la historia.

La importancia que el libro, en sus formas de entonces, adquirió a partir del siglo I antes de Cristo fue enorme, y desde ese momento la literatura latina empezó a ser lo mucho e importante que hoy recordamos y disfrutamos: Terencio y Plauto en el teatro, Cicerón en el ensayo, César, Salustio, Tito Livio y Tácito en la historia, Catulo, Virgilio y Horacio y Ovidio en la poesía, Vitrubio en la arquitectura, Catón, Séneca, Lucano, Petronio, Apuleyo y todos los demás: una nómina de talento espectacular que empezó bajo influencia de la cultura griega y acabó siendo romana.
Porque si la refinada Grecia (donde las familias pijas enviaban a estudiar a sus hijos) era el referente gracias a su glorioso pasado, los nuevos campeones del mundo mejoraron la copia.

Prácticos como eran, construyeron la vasta red de calzadas romanas, vías de comunicación para el comercio y la guerra (dos mil años después todavía se conservan, y numerosas carreteras siguen hoy su trazado original) y aplicaron su talento, entre otras cosas, en dos grandes novedades ciudadanas: acueductos que traían agua fresca (véase el de Segovia, que acojona) y cloacas subterráneas, o sea, alcantarillas (nombre árabe, por cierto) para llevar las aguas sucias a donde no fuesen dañinas ni causaran enfermedades.

Y ya metidos en arquitectura, lo cierto es que embellecieron tanto las ciudades de la península itálica como las de provincias y lugares donde se asentaron.
Gracias a eso hay ruinas romanas, incluso edificios casi intactos, en lugares insospechados de Europa, Cercano Oriente y norte de África.

De ese modo, la república creció hasta hacerse tan poderosa que cobraba tributos a todo cristo.
Sus naves surcaban el Mediterráneo llevando y trayendo aceite, vino, salazones y trigo (y también las famosas bailarinas de Gades, atractivas señoritas que arrasaban en la época), los esclavos eran comercio y mano de obra, y todo eso convirtió a Roma capital en la ciudad más rica y marchosa del mundo.
Los senadores y millonetis tenían su clientela, pelotilleros que trincaban de ellos y acudían cada mañana a saludarlos a casa, los escoltaban al foro y votaban lo que les ordenaban.

La pasta le salía a la clase pudiente por las orejas, y se invertía en obras públicas, templos, termas, circos y anfiteatros (la arquitectura fue ultramoderna y revolucionaria).
Lo de circos y anfiteatros no era cosa menor, pues servían para tener contento al pueblo.
Cuando había malestar social se organizaba un espectáculo con fieras zampándose a condenados a muerte, crucifixiones (eso encantaba a la peña), carreras de cuadrigas o combates de gladiadores, y todos se quedaban más a gusto que un arbusto. Tranquilitos y a dormir.

Lo mismo que hoy somos hinchas de equipos de fútbol, los romanos lo eran de aurigas y gladiadores famosos: los hombres los adoraban y las señoras se los rifaban.
Pan y circo, se llamaba aquello; y cuanto menos pan, más circo (quizá les suene a ustedes el concepto).

El problema fue que las crecientes diferencias sociales, el peso cada vez mayor de los militares en la vida pública, la decadencia de las austeras virtudes fundacionales, pasaron factura a la antaño ejemplar república romana.
Y por ahí se fue colando la ambición: todo el mundo empezó a ver al ejército (las legiones eran la máquina de guerra más profesional y eficaz de su época) como defensor de sus intereses.
Las clases altas adulaban a los generales; y para los soldados, que sus jefes tuviesen poder significaba mejores botines y buenos repartos de tierra al jubilarse.
Así que los militares empezaron a preguntar qué hay de lo mío.
La idea de que la autoridad de un hombre providencial podía ser más eficaz que los tejemanejes de la política ciudadana empezó a cuajar peligrosamente.
Y cuando en el año 88 a. C. el general Sila marchó sobre Roma con sus legiones, la república quedó herida de muerte y la expresión bellum civile (guerra de los ciudadanos) entró para siempre en los diccionarios.


Europa no sólo era Roma.
Aunque menos civilizados, otros pueblos existían en el norte y el este, más allá de las cordilleras alpinas y los Cárpatos.
Cuanto más lejos estaban del Mediterráneo, más brutos eran y menos información hay sobre ellos.
Hasta un período comprendido entre los siglos III y I antes de Cristo apenas existen rastros escritos que iluminen las brumas y las sombras de su historia.

Son los antiguos textos latinos y la arqueología moderna los que aportan información, y así sabemos que eran poblaciones dispersas de granjas y aldeas dedicadas a la agricultura, el pastoreo, la caza y la pesca: variopinta multitud de rudos estados étnicos y confederaciones tribales cada uno a su aire, dominados por aristocracias rurales.
Todo muy primitivo y de aquí te pillo aquí te mato, con un toque cultural más bien celta, de carácter guerrero, donde eran frecuentes el saqueo y hacer la puñeta al vecino, y también los grandes desplazamientos de poblaciones medio nómadas impulsadas hacia mejores tierras por el hambre o la codicia, con lo que implicaba de conflictos, esclavitudes, degüellos y otros bonitos usos sociales de la época.

Eso fraguó poco a poco en nuevas formas de vida, y hacia el siglo II a. C. empezaron a ponerse de moda los oppida (palabra que nos viene del latín) y los viereckschanzen (del alemán: fuertes cuadrados), que eran recintos fortificados donde se trabajaban metales, florecía la artesanía y circulaba moneda.
También, por esa época, los gobiernos de consejos de ancianos, que eran los de toda la vida, dieron paso a pequeñas monarquías de reyes o régulos que cortaban el bacalao con mayor autoridad y eficacia (era el más bestia de la tribu quien solía hacerse con el poder), hasta el punto de que algunos de esos pueblos, los situados más al sur, empezaron a verse las caras con la pujante Roma, que si te invado y que si no, iniciándose un animado período de paces y guerras fronterizas, trifulcas, áspera vecindad y cambiantes alianzas. 

Pero lo que alteró de verdad el paisaje de la Europa bárbara (o extranjera, según el viejo concepto griego, vista ahora desde la óptica romana), fue la gran invasión de cimbrios y teutones: movimiento migratorio muy bestia, al filo de los siglos II y I a. C., posiblemente con origen en la actual Dinamarca y el norte de Alemania (según el historiador Plutarco, cimbrio significaba bandido, y por ahí fue el ambiente).

Cientos de miles de personas, incluidos mujeres y niños, empezaron a moverse hacia el oeste y el sur en busca de tierras, precedidos por salvajes grupos guerreros que saqueaban todo lo que estaba quieto y mataban o esclavizaban cuanto se movía; y a los que se sumaban, haciendo de la necesidad virtud, otros grupos étnicos de las regiones por las que pasaban dando estopa.

Estos invasores nórdicos tenían el pelo rubio y los ojos azules, vestían con pieles y sus hábitos eran de lo más primitivo: mientras las señoras se ocupaban de casa, campos y ganado, los maridos iban de caza, a la guerra, o se dedicaban al oficio más útil en un pueblo guerrero como el suyo, que era la herrería, o sea, la fabricación de espadas, lanzas y puntas de flecha (no es casualidad que en Alemania abunde hoy el apellido Schmidt, asociado con schmied, herrero).

Aquellos fulanos no tenían reyes, ni falta que les hacía, pues su sistema de gobierno era electivo sin transmisión familiar, en plan parecido, hilando grueso, a lo que hoy sería un presidente de república.
Sus dioses (Thor, Freya y algún otro) nada tenían que ver con los de griegos y romanos: eran deidades tan toscas como quienes los adoraban, y el más pintón resultaba, naturalmente, el de la guerra, que se llamaba Woden, u Odín, y vivía en un palacio del cielo llamado Walhala, donde iban los hombres (y supongo que también las mujeres, aunque no hay pruebas) valientes cuando palmaban.

Por influjo de esa gente, y de ese modo, se fueron definiendo un centenar de años antes de Cristo los pueblos de la Europa occidental no romana: cimbrios y teutones dando por saco de un lado para otro (hasta que el general romano Mario los escabechó en las batallas de Aquae Sextiae y Vercellae), germanos en el alto Rhin, galos en la actual Francia, celtíberos en Hispania, belgas en Bélgica, helvecios en lo que hoy es Suiza.

El militar, político e historiador Julio César (del que hablaremos cuando toque) iba a describirlos pocos años después en sus Comentarios a la Guerra de las Galias.
Los bárbaros, como digo.
Las aún indecisas fronteras de una Roma todavía republicana, pero en la que empezaban a pasar cosas raras, con una guerra civil calentita y a punto de nieve.
El porvenir de Europa iba a jugarse allí, entre pitos y flautas, y venían de camino episodios apasionantes.
Así que no se pierdan ustedes el próximo.

UNA HISTORIA DE EUROPA (XII a XVI), de Arturo Pérez Reverte - 27/9/2021 al 22/11/2021

XII.
Es muy posible que nunca haya habido en la historia de la Humanidad alguien tan inteligente como lo fueron los griegos del siglo V antes de Cristo, con la Atenas de la época como centro intelectual de todo.

No me pregunten por qué, pero las cinco décadas que siguieron a la victoria de Salamina producen verdadero asombro.
Porque lo que llamamos identidad europea, la base que generó el pensamiento, las ciencias, el arte, la literatura forjada en los dos mil quinientos años transcurridos hasta hoy, nació allí y fue cuajando en un largo proceso que tuvo aquel mundo fascinante como referencia.

Europa y el llamado Occidente son lo que son (en su parte buena, por supuesto) precisamente porque aquella Grecia fue lo que fue.
Nunca en la Historia, excepto tal vez en la Florencia del Renacimiento, el Madrid del Siglo de Oro y el París de la Ilustración, se dio un caso semejante de concentración de figuras ilustres y de talento en el pequeño espacio de una ciudad.

Aquella Atenas, gobernada por un hombre ilustre llamado Pericles, se convirtió en una ciudad próspera y hermosa; una ciudad - estado que se regía por reglas democráticas con consultas populares, y que albergaba a grandes artistas, grandes escritores de teatro seguidos por las masas, grandes matemáticos y grandes filósofos: hombres sabios que se dedicaban a pensar y tenían maravillosas ideas.
Se equivocaron muchas veces, claro. Ni ellos eran perfectos.
Su ciencia tampoco era la nuestra, con hipótesis, pruebas y experimentación.
Pero sus intuiciones y aciertos fueron infinitos.

Esos extraordinarios fulanos consideraban la geometría como una guía para comprender el Universo (la geometría que se sigue enseñando hoy en los colegios es griega) y trabajaban sólo con la reflexión y con un sistema de inspiradas conjeturas, pero fueron tan lejos con todo eso que te dejan turulato.
Ellos intuyeron, por ejemplo, veinticinco siglos antes de que se confirmara el asunto, que toda materia estaba formada por pequeñas partículas llamadas átomos (palabra griega que significa imposible de cortar, indivisible).

Por supuesto, vista con ojos del siglo XXI, sobre todo por los demagogos baratos que hoy pretenden regir el mundo (demagogia, por cierto, es otra palabra griega), aquella sociedad distaba de la perfección.
La vida, y hay que ser muy estúpido o muy sectario para no comprenderlo, funcionaba de otra manera.
La democracia no alcanzaba a todos por igual, y cuando así era en sus momentos más radicales, o casi lo era, los propios atenienses se quejaban de ello, y más de uno y de dos admiraban la férrea disciplina de la vecina Esparta (paradójicamente, las obras de teatro de más éxito popular, como las de Aristófanes, abundan en críticas a los excesos del pueblo).

En cuanto a la guerra, por supuesto, también era despiadada (Jenofonte nos lo cuenta con frío detalle), y tras recibirse la rendición incondicional de una ciudad enemiga (veinticuatro póleis fueron aniquiladas en esa época) se degollaba a los varones adultos, se vendía como esclavos a mujeres y niños, y a otra cosa, mariposa.

Lo de la esclavitud, sin embargo, resultaba muy llevadero en Atenas en comparación con lo que luego fue en Roma, puestos a considerar. Si es cierto que había tres esclavos por cada ciudadano ateniense libre (y a veces los más crueles amos daban a sus siervos las suyas y las de un bombero), podían comprar su libertad y había leyes que los protegían.
O sea que, comparativamente, pueden considerarse los esclavos mejor tratados de la Historia.

Por otra parte, y en lo que a las mujeres se refiere, la situación de las atenienses resulta curiosa.
Paradójicamente, las que más derechos ciudadanos tenían eran las prostitutas, pues allí su profesión se consideraba socialmente útil.
Los griegos las llamaban etairas; palabra que (esto es interesante) podía significar lo mismo puta profesional que compañera, amante o amiga.
Menos prejuicios, imposible.
Los hombres, o al menos los que podían permitírselo, las contrataban por razones no solo sexuales, las llevaban a fiestas, al teatro y cosas así (lo que hoy llamaríamos escort de lujo, no siempre con derecho a consumar la faena).
Y había de todo, claro: señoras de diverso nivel y actividad social, de baja estofa y de tiros largos, según la clientela.

Pero la clase superior de las que hoy conocemos como hetairas (véase diccionario de la RAE) abundaba en mujeres educadas, independientes y que pagaban impuestos al Estado por los beneficios obtenidos.
Ciudadanas ejemplares, o sea.
Señoras, en fin, a menudo tan admiradas y respetables que incluso Pericles, el gran gobernante de Atenas bajo el que floreció aquella edad de oro griega, se casó con una de ellas.
Aspasia, se llamaba la dama.
Y cuentan los historiadores que era un trueno de señora.

XIII.
Sobre aquellos años dorados de la Atenas del siglo V antes de Cristo, antes de que (como ocurre siempre en la Historia) todo o casi todo se fuera al carajo, campea una figura entrañable que marcaría el intelecto de la Europa que estaba por venir: se trata de Sócrates, cuyo pensamiento, transmitido y desarrollado por sus discípulos y seguidores Jenofonte, Platón y Aristóteles (él nunca escribió nada), sentaría las bases de la filosofía occidental.

Creía aquel fulano que el verdadero conocimiento proviene del interior de cada cual, y que transmitir sabiduría en crudo no es sino adoctrinamiento.
Que el educador debía ser comadrona de ideas, orientando al alumno para que hallase sus propias respuestas y creyera ser (y en cierto modo fuese) verdadero descubridor de lo que el maestro le enseñaba.

Ese genial Sócrates era feo, desastroso (su mujer le pegaba unas palizas de órdago), pobre y honrado, y se enorgullecía de serlo.
A pesar de eso, o tal vez por eso, fue referente intelectual de su tiempo, maestro de hijos de familias nobles y figura polémica entre sus conciudadanos: unos lo respetaban y otros lo odiaban.

Al fin sus enemigos consiguieron que fuese condenado a muerte. Apoyado por mucha gente, Sócrates pudo huir pero no quiso (opinaba que, incluso en su propio caso, la ley estaba por encima del parecer de las masas y del populismo), prefirió arrostrar su destino y bebió voluntariamente, con un par de huevos fritos, un veneno llamado cicuta que lo dejó tieso como la mojama pero consagró para siempre su nombre.

Atenas, por su parte, iba a pagar caro ese y otros errores.
Su edad de oro duró sólo medio siglo, agostada por un conflicto con su antigua aliada Esparta que se llamó guerra del Peloponeso, y que contaría muy bien el historiador Tucídides.
Simplificando mucho podríamos decir que el origen fueron los celos que la Esparta dura y militar sentía por el poder de la Atenas culta y próspera.
Y considerando que bélicamente las diferencias entre unos y otros eran muchas (los hoplitas espartanos eran soldados profesionales y los atenienses los mejores marinos de su tiempo), la guerra discurrió bastante equilibrada, supliendo Atenas con moral y audacia lo que Esparta oponía de disciplina y rigor castrense.

Aquello fue una larga serie de partidas de ajedrez de las que muchas acabaron en tablas, duró la friolera de veintisiete años, arruinó a unos y otros, y acabó con ambos contendientes extenuados y cansados; hasta el punto de que, aunque fue Esparta la que salió mejor librada, ni una ni otra volvieron a ser lo que habían sido.

La batalla de Egospótamos señaló el final de la guerra con el marcador favorable a Esparta, que pudo imponer duras medidas a los atenienses: derribo de sus murallas, instalación de una guarnición espartana y liquidación (esto fue lo más triste) del régimen democrático, sustituido por una dictadura que se llamó Oligarquía de los Treinta (una panda de hijos de puta que hizo una escabechina asesinando a demócratas y opositores).
Luego, con el tiempo, a trancas y barrancas se acabó restaurando la democracia, pero Atenas ya no era sino sombra de lo que fue: el siglo áureo había pasado.

Sin embargo, su prestigio intelectual se mantuvo intacto y llega hasta nuestros días.
En el imperio romano que estaba de camino, las familias con posibilidades enviarían sus hijos a estudiar a Atenas, por el caché que daba el asunto (más o menos, incluso más, que estudiar ahora en Estados Unidos, Gran Bretaña o Suiza).
Durante la noche oscura de las invasiones bárbaras que acabó arrasando Europa siglos más tarde, la herencia socrática, platónica y aristotélica sobrevivió en los monasterios medievales; y también el Renacimiento, los neoclásicos y los románticos se inspiraron en aquella Grecia cuyo inmenso legado llega hasta hoy, pese a los analfabetos que en Bruselas (y en los sucesivos ministerios de Educación y Cultura españoles) se obstinan en envilecerlo y desmantelarlo todo.

De todas formas, volviendo al pasado y en otro orden de cosas, Grecia iba todavía a dar mucho juego en el siglo IV antes de Cristo, tallando a golpe de espada la configuración del Mediterráneo oriental y del mundo conocido.
Desde un pequeño territorio situado al norte, tierra de pastores considerados extranjeros o barbaros por los griegos de pata negra, un ambicioso rey local había observado la lucha entre atenienses y espartanos, así como la decadencia de ambos, y vio llegado el momento de agarrarlos a todos por el pescuezo (o por donde más doliera), y hacerse dueño del paisaje.
Ese rey se llamaba Filipo de Macedonia, y su hijo sería conocido como Alejandro Magno.

XIV.
Filipo II era tuerto (perdió un ojo en una batalla) y muy listo.
Rey de Macedonia al comienzo de la jugada, decidió hacerse amo de Grecia aprovechando la decadencia de Atenas y Esparta.
Él liquidó los conceptos de polis y democracia con mano izquierda y mucho arte.
Conocía la alta cultura griega porque de jovencito había sido rehén en Tebas y sabía tocar las teclas oportunas, sobre todo la ojeriza que los helenos tenían a los persas por el recuerdo de las invasiones.
Así que se presentó en plan protector reivindicativo, y la peña mordió el anzuelo.
El único que lo vio venir fue el brillante político y orador ateniense Demóstenes (un figura que se habría merendado en cinco minutos a todos los analfabetos, golfos y moñas que hoy medran y trincan en el parlamento español).
Pero ni los discursos de este fulano, que por ir contra Filipo se llamaron filípicas, frenaron la cosa.

Macedonia conquistó territorios, consiguió recursos y una marina, contrató mercenarios y creó una nueva táctica militar con una formación de infantería llamada phálanx (falange) que superó la eficacia de los hoplitas espartanos.
Además, incorporó unidades de caballería tracia que cambiaron las reglas de la guerra.
Y así, combinando la zanahoria y el palo, tras la batalla de Queronea, que en el año 338 antes de Cristo dio el triunfo a Macedonia, Filipo se convirtió en hegemón de allí.

La polis griega, o sea, la idea de ciudad - estado, no desapareció del todo (aún duraría siglos y conocería transformaciones), pero la participación en los asuntos públicos del demos, el pueblo, se fue por completo al carajo.

Sin embargo, el ambicioso rey macedonio disfrutó poco del éxito, pues uno de sus hombres de confianza (todos tenemos un mal día) se lo cargó a puñaladas por un vaya usted a saber.
Y entonces, en una de esas carambolas fascinantes que tiene la vida, aquel asesinato llevó al trono al hijo de Filipo, Alejandro, un chaval de veinte años que había tenido por maestro nada menos que al filósofo Aristóteles, y cuyo deslumbrante y rápido paso por la Historia, en sólo 13 años de reinado y conquistas, iba a marcar el futuro del mundo.
Porque Alejandro fue la repanocha, y considerar lo que hizo esa criatura en tan corto espacio de tiempo te deja de pasta de boniato. 

Lo primero fue dar una buena mano de hostias a las ciudades griegas que creían (ilusas ellas) que con la muerte de Filipo iban a poder ponerse flamencas.
Lo segundo fue devolver a los persas la jugada del siglo anterior, organizando una impresionante expedición militar que cruzó el Helesponto, penetró 25.000 kilómetros en Asia (han leído bien, sí, 25.000 kilómetros), libró y venció las batallas del río Gránico, Iso y Arbelas, se hizo amo absoluto de Persia, Mesopotamia, Siria y Egipto, y tras pacificar esos países llegó hasta la frontera de la india tras cruzar Afganistán. Que tiene tela.

Además, como era ferviente lector de Homero y amigo de las ciencias y el progreso, llevó con él a una buena pandilla de matemáticos, geógrafos, botánicos y astrónomos.
Respetó las tradiciones locales siempre que pudo (y cuando no, hizo como en Gordium, donde había un nudo sagrado, el Nudo Gordiano, imposible de deshacer, que cortó con un tajo de su espada), fundó ciudades que llevaron su nombre (como la de Alejandría, que lo conserva), casó a sus generales con señoras de las noblezas locales y, como en las películas, él mismo desposó a una guapa y elegante princesa persa llamada Roxana.

Fatigados sus soldados de tanto caminar y tantas conquistas, al fin se retiró a Babilonia, donde murió a los 33 años tras haber conquistado el mayor imperio nunca conocido.
Un imperio que a su muerte, como suele ocurrir, sus ambiciosos generales dividieron y destrozaron entre ellos.

Nunca, en la historia de la Humanidad, volvió a haber nadie como Alejandro: ni siquiera Julio César (lean las Vidas paralelas de Plutarco) o Napoleón Bonaparte.
Aventurero, militar y explorador, el macedonio conquistó en su década asombrosa el primero y más grande de los imperios europeos.
Y el mundo helénico que expandió de forma tan fulgurante hizo posible que en Mesopotamia calculasen la duración del año en 365 días; que Euclides asentase la geometría; que Arquímedes fuera el primer científico moderno; que Herófilo descubriese (antes que Miguel Servet) la circulación de la sangre; que Eratóstenes calculase la longitud del meridiano y dirigiese la biblioteca de Alejandría; que Heráclides concluyera que la Tierra gira sobre su eje y que Aristarco (adelantándose en varios siglos a Copérnico) estableciese que orbita en torno al sol.
Lo mejor de la Europa que estaba por llegar fraguaba despacio en todo aquello, siglo a siglo, en espera de un pueblecito oscuro y apenas conocido llamado Roma.


El 21 de abril del año 753 antes de Cristo, un joven llamado Rómulo mató a su hermano gemelo Remo.
Estaban fundando una ciudad a la manera etrusca, con surcos de arado para delimitar el contorno.
Uno se lo tomó a guasa, saltó el surco en vez de entrar por la puerta, y el otro lo puso mirando a Triana o a los montes Albanos, o como se dijera entonces.
Le dio matarile, vamos.

La historia suena a leyenda, por supuesto; pero es que, desde el principio del principio, Roma estuvo vinculada a la leyenda.
Porque aún se daba otra más vieja, o sea, que los dos hermanos descendían del guerrero Eneas: uno de los pocos supervivientes de Troya, que fugitivo de los griegos habría ido a desembarcar en la costa del Lacio, o latina.

Lo que ya no es leyenda es que hacia el siglo VIII a. C. había en las tierras cercanas al río Tíber, por arriba y por abajo, varias pequeñas ciudades (pobladas por latinos, sabinos y etruscos) que se llevaban muy mal entre ellas.
La más poderosa era Alba Longa, de la que procedían Rómulo y Remo.

Siempre según la leyenda, las dos criaturas fueron arrojadas al río por un malvado tío abuelo y amamantados por una loba, etcétera.
Y cuando fueron mayores, tras ajustar las cuentas al tío, decidieron establecerse por su cuenta en un bonito lugar rodeado por siete colinas.
El fratricida Rómulo fue el primer rey de la nueva ciudad, poblada por hombres jóvenes y fuertes que acudieron con ganas de hacer carrera sin distinción de esclavos y libres, ansiosos de novedad, según escribe Tito Livio.

Así que imagínense ustedes la cuadrilla, no precisamente compuesta por intelectuales.
Sin embargo, las mujeres escaseaban en la zona; así que Rómulo y sus compadres las robaron por la cara a un pueblo vecino, los sabinos, que estaba bien surtido (tecleen en Google Rapto de las sabinas, que hay cuadros y todo).
La faena dio lugar a un buen pifostio bélico, apaciguado por las damas al interponerse entre sus raptores y sus padres y hermanos. No estamos mal con estos chicos nuevos, dijeron, y tampoco los hombres sabinos sois como para tirar cohetes.

El caso es que al final fueron todos felices y comieron espaguetis con perdices, decidiendo latinos y sabinos gobernar juntos en plan cuñados, con reyes y tal.
Fue así como siguieron creciendo y haciéndose más fuertes, dedicados a machacar a otro pueblo poderoso de la zona, que eran los etruscos.
Como dice Indro Montanelli en su Historia de Roma (amena y recomendable, como su Historia de los griegos), rara vez se ha visto desaparecer a un pueblo de la faz de la tierra y a otro borrar sus huellas con tan obstinada ferocidad.

Los etruscos, que parecían gente interesante y simpática, habitaban sobre todo la actual Toscana, pero eran una potencia comercial con colonias y todo, buenos navegantes, poseían un grado de civilización superior y miraban a los del Tíber por encima del hombro, tratándolos de rústicos y catetos.
En realidad, leyendas aparte, la primera Roma fue probablemente un poblado o colonia etrusca donde los otros se fueron arrimando, primero como lugareños o inmigrantes, haciéndose después dueños del cotarro.
Que los etruscos desaparecieran fue una pena, porque vestían bien, eran cultos, sabían de comercio y de urbanismo.
Además, las señoras etruscas tenían fama de guapas y elegantes, y las hubo doctas en matemáticas y medicina.
También eran bastante libres de costumbres, o eso se dice (incluso el autor teatral Plauto lo dijo), hasta el punto de que en la futura Roma, que al principio fue austera y aburridamente moralista, se llamaba etruscas o de costumbres toscanas a las mujeres ligeras de cascos. Zorriputis, dicho en seco.

El caso es que latinos y sabinos, que ya empezaban a ser romanos, odiaron a los etruscos con la misma inquina que luego dedicarían a los cartagineses, combatiéndolos hasta conseguir su destrucción total.
Y es que un detalle fundamental en su futuro fue que aquellos primeros ciudadanos de Roma eran gente muy peligrosa (enemigo público número uno los llamó Montanelli).
Sabían odiar como nadie, tenaces hasta la tumba, y ésa fue una de las causas de su éxito.

El caso es que siete fueron los reyes de Roma desde Rómulo, hasta que el último, Tarquinio el Soberbio, fue derrocado más o menos en el año 509 antes de Cristo.
Entonces el pueblo eligió a los dos primeros cónsules democráticos de su historia (No se consentirá rey alguno ni persona que sea peligro para la libertad, proclamaron), y nació de ese modo la famosa república romana.

Aquellos surcos de arado sobre los que Rómulo había derramado la sangre de su hermano Remo estaban a punto de convertirse en caput mundi: capital del imperio más asombroso, influyente y decisivo de la Historia.

XV.
En menos de noventa años, entre el siglo IV y el III antes de que naciera Jesucristo, los romanos conquistaron el resto de la península italiana.
Todo fue ocurriendo sin prisa pero sin pausa, con una política territorial oportunista, agresiva e implacable.
Libraron guerras con todos sus vecinos, los sometieron y les impusieron su lengua, el latín. No fue fácil, claro.

Aquellos romanos que se habían librado de sus reyes para instaurar una república vivieron no pocos sobresaltos, incluido el saqueo de la capital por unos bárbaros celtas conocidos como galos (los de Astérix y Obélix, pero un poquito antes) y una larga enemistad con Cartago de la que hablaremos otro día.
Lo que importa ahora es que, a punto de empezar su expansión por las orillas del Mediterráneo y convertirse en dueña del mundo, creciendo en población y dinero gracias a sus conquistas, Roma se fue dotando de estructuras políticas, sociales y militares decisivas para su grandeza.

Fue el tiempo (más tarde añorado y tal vez exagerado por historiadores e intelectuales romanos) de la austeridad, el trabajo y las virtudes republicanas.
No había todavía un ejército profesional ni se contrataban mercenarios: el soldado era el propio ciudadano.
Se dejaba el arado para combatir a los enemigos y se retornaba a él cuando llegaba la paz.
La autoridad se basaba, o decía basarse, en la rectitud moral, la disciplina, la religión, el trabajo y la familia, cuya figura principal era la paterna (el paterfamilias), con imperio absoluto sobre sus componentes, incluido el derecho de vida y muerte.

Las hijas vivían sometidas hasta que su papi las entregaba en matrimonio, limitándose a cambiar de dueño.
La máxima autoridad política era el senado, controlado al principio por las familias patricias (patricios eran los más ricos y privilegiados, y plebe el pueblo en general), y que más tarde, con la evolución social, fue combinándose con instituciones y figuras más igualitarias. 

En el aspecto religioso, los romanos salieron eclécticos: tenían dioses a los que respetaban escrupulosamente (muchos de origen griego), pero no ponían pegas a adoptar los de los pueblos conquistados, con lo que llegó un momento en que su Panteón estaba hasta las trancas: tenía deidades para todos los gustos, y Petronio (un guaperas elegante de los tiempos de Nerón) llegó más tarde a chotearse diciendo que había más dioses que ciudadanos. 

Por lo demás, la prosperidad crecía con el comercio y los esclavos, que era mano de obra conseguida en las conquistas o vendida por los piratas.
Aparecieron los equites o caballeros, clase media alta y ricachona, y el pueblo reclamó acceder a todas las magistraturas del Estado.
Como nadie regala nada, no faltaron disturbios, pero se impusieron nuevos modos; y a partir de entonces, en todo lo oficial figuraron las siglas SPQR (Senatus Populusque Romanus).

Se llegó así a dos figuras novedosas.
Una fue la del dictador, palabra todavía desprovista de sentido negativo: un fulano serio y respetable al que se otorgaban durante seis meses todos los poderes, en momentos de grave peligro para la república, y que renunciaba al cumplir su mandato.
La otra fueron los tribunos de la plebe, representantes del pueblo cuya influencia equilibró la de los cónsules (altos magistrados procedentes de la pomada dirigente), y cuyas figuras históricas acabarían influyendo, con el paso de los siglos, en el parlamentarismo británico, la Revolución Francesa y la constitución norteamericana (que ya es influir).

Los tribunos más dicharacheros y famosos fueron los hermanos Graco: dos chicos de buena familia que se pusieron de parte del pueblo (populismo de clase alta mezclado con ideas sinceras) y dieron la brasa a cónsules y senadores hasta que sus enemigos, como se veía venir, les dieron las suyas y las del pulpo.

El caso fue que la lucha por la igualdad, las conquistas, el comercio y otros etcéteras necesitaban garantías formales; y eso dio lugar a algo que hoy sigue vigente o influye en buena parte de la Europa actual: el Derecho romano.
O sea, un conjunto de leyes que regularon comercio, libertades y obligaciones, y que se fueron sucediendo y ampliando desde mediados del siglo V a. C.
De esa forma, entre pitos y flautas, y al menos hasta finalizar la segunda guerra contra Cartago, aquella cada vez más sólida y asombrosa República conoció momentos de tanto equilibrio entre cónsules, senado y pueblo, que el historiador Polibio (un griego que llegó a Roma como prisionero y se enamoró de ella hasta las cachas) llegó a escribir: Nadie, aunque sea romano, podrá decir con certeza si el sistema de gobierno es aristocrático, democrático o monárquico.
Lo que para aquellos interesantes tiempos republicanos resulta una definición estupenda.

XVI.
Si miramos un mapa del Mediterráneo, comprobaremos que Italia tiene forma de bota y que frente a la puntera de esa bota, como si fuese a dar una patada a un balón, está Sicilia, que sería el balón. Pues bueno: justo detrás de ese balón, desde el siglo VIII antes de Cristo, estaba Cartago.
Y lo del fútbol y las patadas no está cogido por los pelos, ni mucho menos.
Porque aquel partido fue encarnizado y sangriento, y decidió el futuro de una Europa que, de haber sido otro el resultado, tal vez sería hoy más africana de lo que es.

El asunto es que Cartago era un antiguo establecimiento fenicio, ciudad - estado que había crecido de modo espléndido con la metalurgia, la construcción naval, el comercio y la agricultura (el Manual agrario del cartaginés Mago tuvo enorme influencia cuando se tradujo al griego y al latín).
Y mientras Tiro y Sidón declinaban en el Oriente mediterráneo, este enclave se hacía rico y poderoso al otro lado del mismo mar.

Cuando hacia el siglo IV a. C. empezó a darse codazos serios con Roma, Cartago era de verdad impresionante.
Además de casi toda la costa mediterránea de África, estaba asentada en Sicilia, media España y sur de Francia.
Sus marinos eran los más expertos: se aventuraban más allá del estrecho de Gibraltar (llegaron hasta Canarias y las Azores), y navegaron hacia arriba la costa de Europa y hacia abajo la de África, como lo probó una antigua tabla de bronce en la que se narraba el Periplo de Hannón, general y navegante cartaginés que, echándole agallas, barajó el litoral atlántico africano para conseguir establecimientos comerciales y llegó hasta Camerún.
Que ahora parece fácil, claro, pero imaginen la hazaña.

En cuanto a las aguas del norte, otro marino cartaginés, un tal Himilcón, siguiendo las antiguas rutas náuticas de fenicios y tartesos, alcanzó, o eso dicen, las islas Oestrímindas o Casitérides (o sea, Irlanda y Gran Bretaña) en busca de plomo y estaño.
Todo eso fue posible, entre otras cosas, porque en Cartago había mucho dinero y muchas ganas de tener más.

La gente con viruta iba a instalarse allí como ocurre hoy en Mónaco, Suiza, Wall Street, la City de Londres y lugares parecidos, y su estructura económica era la más avanzada de su tiempo, hasta el punto de que mientras en otros lugares (la creciente Roma, por ejemplo) sólo acuñaban monedas, en Cartago circulaban ya billetes de banco en forma de tiras de cuero estampilladas con su respaldo en oro o plata.

A los cartagineses de clase alta les gustaba vivir bien, su urbanismo era moderno y tenían bibliotecas.
Funcionaban con un senado de familias de clase alta, como los romanos, y tenían sus propios dioses.
Los principales se llamaban Tanit, que era una señora, y Baal: un grandísimo hijo de puta al que sacrificaban niños para tenerlo contento (cuando tocaba a los ricos entregar a uno suyo, compraban el de una familia pobre y ahí nos las den todas).
Las mujeres estaban bastante marginadas e incluso solían ir con velo, pero (o eso afirman Polibio, Plutarco y Apiano, historiadores que barren para casa) la moral orillaba lo disoluto, o sea lo guarro, y los cartagineses eran comedores, bebedores y puteros.

En lo militar no se rompían los cuernos propios: la cosa bélico - patriótica la subcontrataban a un ejército de mercenarios (sobre cuya rebelión en el 241 a. C. escribió Flaubert una novela mala e irreal llamada Salambó, pero curiosa de leer).
Mercenarios, por cierto, entre los que había un buen manojo de los que luego serían llamados españoles: turdetanos, bastetanos, oretanos, baleares, etcétera.

Esto era normal, habida cuenta de que para entonces la presencia cartaginesa en la península ibérica era notable.
Un general llamado Amílcar Barca había desembarcado en la antigua colonia fenicia de Gádir (Cádiz) en busca de poder militar, materias primas, soldados y metales preciosos.
Pero aquel cartaginés no sabía con qué gente tan peligrosa se jugaba los cuartos; porque en cuanto se descuidó media hora, un caudillo local le dio matarile a traición.
Tomó el relevo su pariente Asdrúbal, que se casó con una de allí para asegurarse el pescuezo.
Entre lo grande de Asdrúbal se cuenta fundar en el Levante peninsular la importante ciudad de Qart - Hadast (después llamada Cartago Nova y Cartagena) para tener una plaza fuerte y un puerto seguro desde donde controlar las minas de plata y plomo de la región.
De esa forma, casi toda la península ibérica al sur del Ebro quedó bajo control (relativo, claro) de los cartagineses.
Y por esa razón, en el conflicto que se avecinaba entre Cartago y Roma, o sea, el gran partido de fútbol que ya iba estando a punto de caramelo, la futura España tendría un papel importante, del que hablaremos en el próximo capítulo.

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