martes, 26 de febrero de 2013

REYES MAGOS Y REINAS MAGAS, de Arturo Pérez Reverte - 25/2/13

Creemos que los niños son gilipollas.
Que no se enteran. Que podemos engañarlos con facilidad, haciéndolos cómplices de nuestros prejuicios, torpezas y limitaciones.
Pero nos equivocamos.
Esos diminutos seres con cara de panoli son formidables desarrollando intuiciones magistrales y conclusiones perspicaces.
Su capacidad de observación, de intuición extrema y casi animal, su honradez intelectual incontaminada por las convenciones sociales que más tarde acabarán atrapándolos, son asombrosas.
Nadie tan coherente, recto y tenaz como ellos al construir mundos propios y defenderlos, aplicar el sentido común, ilusionarse con desafíos, razonar sobre evidencias.
Tan consecuentes y honrados, a veces hasta la crueldad, con el mundo que ven o creen ver. Tan próximos todavía a las reglas naturales de la vida; a esas realidades inexorables que los adultos aún no hemos podido hacerles olvidar, ni enmascarar y manipular estúpidamente para ellos.
O más bien para nosotros.
Para nuestra comodidad y sosiego.


Me hace pensar en esto una moda reciente relacionada con la cabalgata de la noche de Reyes: confiar el papel de Melchor, Gaspar o Baltasar a una mujer.
Todo, naturalmente, como cuota políticamente correcta: un tercio de sus majestades de Oriente, para cumplir con el qué dirán.
Lo que se traduce en señoras disfrazadas de varón, con barba, corona y demás parafernalia.
En los días siguientes al último de Reyes, algunos lectores y amigos me hicieron llegar cartas con sus opiniones sobre la cosa; y algunos, incluso, recortes de prensa con otras cartas publicadas en periódicos locales.
Comentarios jocosos o indignados, según el talante de cada cual: mucha chufla y algún cabreo, como el de esa madre cuyo hijo de seis años, embozado con bufanda y gorro de lana bajo los que sólo podían verse sus ojos atónitos, le zarandeaba una mano gritando: 
«¡Mami, mami, ese rey es una mujer..!»

No pasa nada, dirán algunos, porque un rey mago, incluso los tres, sea una mujer.
Si ciertas señoras creen que su presencia ahí ayuda a conseguir más respeto para su sexo, pues oigan.
Bendito sea. Adelante con los faroles. A fin de cuentas, una cabalgata de Reyes toca menos el rigor que el folklore.
Puestos a disfrazarse y a dar espectáculo, sería como negarse a que en las fiestas de moros y cristianos, o en las de cartagineses y romanos - pura y divertida murga sana -, haya señoras que quieran salir de guerrero almohade o legionario romano. Allá cada cual con sus fiestas, sus disfraces y sus botas de vino.
Otra cosa es cuando se trata de una reconstrucción histórica calculada y rigurosa, como Las Navas, el 2 de Mayo o la batalla de La Coruña, por ejemplo.
Meter ahí a una señora de fusilero británico o de adalid navarro da el cante; quita credibilidad al asunto, porque en aquéllos tiempos las señoras no andaban pegando tiros, asaltando trincheras ni dando espadazos a los infieles; y cuando ahora se escriben novelas o se hacen películas donde ocurre eso, tales películas y novelas suelen ser una imbecilidad perfecta.
El problema con los reyes magos es otro: la tradición se refiere a tres reyes varones.
Y es la tradición precisamente, transmitida de padres a hijos, la que hace a los niños que aún conservan la inocencia adecuada, esperar con ilusión la llegada anual de esos magos de Oriente, cuyos nombres y sexo conocen perfectamente, hasta el punto de que resulta imposible darles Baltasara por Baltasar.
Y como los pequeños cabroncetes no tienen un pelo de tontos, en cuanto pasa por delante la carroza, huelen la tostada.
Y se les fastidia así la fiesta, la ilusión, la fe en algunas cosas que, para bien de la Humanidad, es conveniente conserven durante el mayor tiempo posible, antes de que la vida les demuestre lo que hay bajo el cartón y el falso armiño de cada rey, mago o no mago.
Y así, subida en una carroza, la reina Gaspara, o como se llame, puede que haga un favor enorme a la visibilización de la mujer; pero también estará reventando la ilusión, en su noche más hermosa del año, a millares de criaturas que, sintiéndose estafadas, se volverán a sus padres para denunciar, con justa indignación: 
«¡Papi, ese rey con barba es una chica!»
Así que ya pueden despedirse de la magia, nuestras criaturas. Darse por fastidiadas.

En este país acomplejado y cobarde donde no caben un tonto, un sinvergüenza, un oportunista más, cualquier nueva idiotez triunfa que da gusto.
Habrá polémica, claro.
Sentido común versus matonismo ultra radical.
Acusaciones de machista intransigente a quien no trague.
En consecuencia, las autoridades dispondrán cada vez más cabalgatas con la cuota adecuada de reyes y reinas, magos y magas, camellos y camellas, pajes y pajas.
Todo sea por no discrepar.
Y a los niños, pues bueno, pues vale, pues me alegro.
A ésos, que les vayan dando…

lunes, 18 de febrero de 2013

COLMILLOS EN LA MEMORIA, de Afrturo Pérez Reverte - 18/2/13

Acaba de cumplir dos años.
Se llama Sherlock, y es un tipo duro, de Segovia.
Un buen ejemplar de teckel de pelo fuerte, pardo leonado, con cejas y bigote casi rubios. Lo rubio viene de su padre, que es alemán y se llama Karsten.
El pelo recio y perfecto se lo debe a la madre, Berta, que es guapa y española.
Una familia, en resumen, de cazadores con larga estirpe, lo que significa muchas generaciones acosando bichos en el campo.
Casta curtida, en resumen.
Con unos dientes espectaculares que se pasan unos a otros, de generación en generación. Colmillos que da miedo verlos cuando les agarras la boca y se la abres mientras ellos te miran como pensando: «A ver qué carajo quiere éste». Colmillos sólidos, blancos, bien aguzados.
De ésos que hacen que te alegres de no ser zorro o jabalí.
Lo crió un cazador joven que se ocupa de esta clase de perros.

Un tipo experimentado, que sabe lo que hace.
La camada de cinco cachorros era espléndida. Elegí a Sherlock porque era el más tranquilo de sus hermanos. Me miraba sereno, flemático, con esos ojos grandes y negros. Como preguntándome qué pasa contigo, chaval, no se trata de que tú me elijas a mí, sino también de que yo te elija a ti, así que vamos a llevarnos bien.
Y fue lo que hizo: elegirme.
Pasado el tiempo de cría, lo traje a casa. Y empezó a crecer. A adaptarnos el uno al otro. La vida en familia.
Al cabo de un tiempo apareció su vena sentimental. Lo pasaba mal solo. Lloraba. Así que le buscamos compañera.
Y llegó Rumba, toda una señorita.
Pelo rizado, pizpireta, lista y destrozona como la madre que la parió.
Tímida al principio -había sido maltratada-, no tardó en hacerse la reina del asunto. Sherlock, flemático, la deja hacer.
Por no discutir, ni le gruñe.
Ella se lo trajina bien. Le lame el pescuezo cuando está tenso, lo relaja.
Lo putea, a ratos. Creo que son felices juntos.
Sin embargo, Sherlock no nació para la vida doméstica. Y se le nota.
Es un buen chico en casa, adora a Rumba. Nos adora a todos.
Es cariñoso de lametones y se traga Mad Men sin rechistar, acurrucado en el sofá contra mi costado, sobando plácidamente.
Nada que objetar por ahí.
Pero vino al mundo a cazar jabalíes.
Tiene tristezas específicas, nostalgias de lo suyo, como un marino arrojado del mar o un soldado sin batallas.
Lejos de la acción como vive, las aventuras de sus antepasados, inscritas en su instinto perruno, afloran en forma de singular melancolía.
A veces, mientras duerme a mi lado, lo veo agitarse, mover las patas y gruñir sordamente, muy bajito, y adivino lo que tiene en la cabeza. Lo mismo ocurre cuando en ocasiones, sin motivo aparente, se aparta de mí y de todos, Rumba incluida, para ir a un rincón donde se queda quieto, hosco y solitario, mirando el vacío como Humphrey Bogart en su bar de Casablanca.
Entonces sé, o creo saber, que rumia nostalgias de cazador, olor a tierra húmeda, hierba verde y rastro fresco de animales.
Quizá piensa en sus hermanos, que se quedaron en el campo y ahora tendrán el hocico lleno de marcas y los colmillos desportillados de pelear.
Quizá, desde el confort de la vida doméstica, Sherlock envidia sus vidas lejanas, colmadas de recuerdos apasionantes; ésos que los perros de caza se gruñen unos a otros en las noches tranquilas mientras recuerdan a los colegas:
«¿Te acuerdas de Pancho, al que mató aquel jabalí, o de Chispa, que nunca salió de aquella peligrosa madriguera?»
mientras envejecen con los huesos maltrechos y el pellejo lleno de costurones, calentándose en fuegos de leña junto al amo que acaricia sus orejas deformadas por mordiscos de jabalí.
Su pelaje surcado de cicatrices que Sherlock nunca tendrá.
Estoy seguro de que, cuando se aísla de todos y mira la nada, recordando lo que jamás vivió, él huele el humo de esa leña, siente la nostalgia del frío, la incertidumbre, el peligro. Segrega adrenalina, o lo que segreguen los perros.
Corre con la imaginación y la memoria genética por un bosque embarrado, bajo la lluvia, junto a sus hermanos, tenaz, incansable tras el rastro de un animal salvaje.
Un jabalí con el que, pese a que un teckel no levanta dos palmos del suelo, peleará a muerte, con bravura inaudita, cuando le dé alcance.
O un zorro en cuya madriguera se introducirá sin dudarlo, valiente hasta la locura, para morir allí o para sacar al enemigo fuera, aferrándolo por el cuello a dentelladas, rojo el hocico de sangre propia y ajena.
Como le ordena su naturaleza. Como mandan las viejas reglas.
Un tipo interesante, Sherlock. No les quepa duda.
Con densidad psicológica y sólidos silencios.
Comprendo a Rumba cuando se acerca a él, se tumba a su lado y le apoya la cabeza en el lomo.
Si yo fuera perra, me lo follaría…

jueves, 14 de febrero de 2013

UNA MUJER DE 30 SIGLOS, de Arturo Pérez Reverte - 21/1/13

Cambian los tiempos y las gentes. Cambia nuestra forma de ver el mundo y de vernos a nosotros mismos.
A menudo esos cambios son para bien, y nada ha de objetarse a ellos.
Otras, no del todo.
No es tanto el bien que nos aportan, quiero decir, a cambio de lo que arrastran consigo.
Hay cosas buenas que llevan implícitos sus daños colaterales propios. Sus estragos particulares.
Y de todos los grandes cambios que nuestro tiempo, el de la situación de la mujer en la sociedad que aún llamamos occidental es, seguramente, uno de los más notables.
De los más extraordinarios.

He dicho y escrito alguna vez que las mujeres son el sujeto más interesante, el que mayores sorpresas aportará a este siglo XXI en el que aún nos encontramos, prácticamente, desayunando.
En lo narrativo, por ejemplo, literatura, cine o televisión, a la hora de contar historias o plantear situaciones, la mujer es sin duda el personaje más prometedor.
El que mayor juego dará en el futuro.
Hablo de mujeres protagonistas por ellas mismas, enfrentadas a sus desafíos específicos, a sus territorios hostiles.
A sus íntimas o públicas victorias y derrotas.

Después de tres mil años de literatura hablada, impresa o audiovisual, de La Ilíada a Mad Men, el hombre como norma de estilo, como eje narrativo, ha dado de sí cuanto tenía que dar; está más exprimido que un limón de paella.
La mujer, sin embargo, enfrentada a desafíos antes inimaginables para su sexo, es cada vez más dueña de su destino, libra sus propias batallas, asedia o defiende sus específicas Troyas, se embarca de regreso a Itaca o navega con naturalidad antes exclusivamente masculina hacia la incierta isla de los piratas.
Y lo que hace esa aventura tan fascinante para el lector - observador es que todo esto lo realiza ella sin abandonar todavía esa zona gris, ambigua, situada entre lo que durante siglos la mujer ha sido y lo que será en el futuro; entre las viejas reglas escritas por los hombres y las que ella misma, con esfuerzo y tesón, intenta y consigue trazar ahora. Entre el instinto de supervivencia y caza autosuficiente, cada vez más firme, y el instinto de nido-útero-corazón que todavía, a veces -y en ocasiones para su desgracia-, no ha conseguido dejar atrás.
O no quiere.

Sería ruin, sin embargo, despreciar a las otras mujeres; las que, sometidas durante siglos a códigos impuestos por los hombres, y considerando esas exigencias como destino ineludible y obligación, tejieron pacientes en telares, mantuvieron encendido el fuego que daba calor y vida, construyeron familias, sociedades, mundos, en torno a su vientre fértil y su voluntad tenaz y generosa.
Sostuvieron, en suma, el pulso de la vida.
En sociedades avanzadas como la europea y la occidental, ese modelo de mujer, esposa y madre abnegada, está en extinción, con sus ventajas y sus inconvenientes.
Pero todos conocemos aún a mujeres como ésas, o tenemos memoria cercana: madres, tías, abuelas. Memoria de admirada ternura.
Aquél era otro mundo, ellas no pudieron elegir, y sin embargo supieron estar a la altura moral que ese mundo injusto les exigía.

Pensé en esas mujeres admirables el otro día, cuando mi amiga Concha Fernández, de la universidad de Sevilla, con la que desde mi modesta situación de aficionado comparto el gusto por las antiguas inscripciones sepulcrales, me envió un estudio sobre el epitafio de una mujer romana de la segunda mitad del siglo II.
Y mientras leía el hermoso texto grabado en mármol, pensé que éste podría, perfectamente, honrar la memoria de tantas sombras queridas que pueblan la mía y la de casi todos ustedes: mujeres ya fallecidas o afortunadamente vivas, que todos conocimos o conocemos, para las que parece escrito este elogio fúnebre:

«Tú, tan grande, guardada en una urna tan pequeña (...) Intachable en su casa y de sobra intachable fuera de su casa, era la única que podía afrontarlo todo (...) Fue siempre la primera en abandonar el lecho, y también la última en irse a descansar tras haberlo dejado todo en orden; la lana nunca se apartó de sus manos sin una razón, y nadie la superaba en ganas de agradar; sus costumbres eran muy saludables. Nunca pensó en sí misma, nunca se consideró libre».

Eso es todo.

Pero cuando releo las líneas anteriores, comprendo que esta página la he escrito con el solo objeto de compartir con ustedes las dos frases finales:

«Nunca pensó en sí misma, nunca se consideró libre».

En treinta siglos de literatura y de Historia, creo que nunca nadie resumió de modo tan preciso, tan bello, tan justo y tan triste, la historia de las mujeres, como la resumen esas nueve palabras.

lunes, 21 de enero de 2013

AL LADO DEL CAMINO, de Rodolfo "Fito" Páez

Me gusta estar al lado del camino,
fumando el humo mientras todo pasa,
me gusta abrir los ojos y estar vivo,
tener que vérmelas con la resaca.

Entonces navegar se hace preciso,
en barcos que se estrellen en la nada.
Vivir atormentado de sentido.
Creo que ésta si es la parte más pesada.

En tiempos donde nadie escucha a nadie,
en tiempos donde todos contra todos.
En tiempos de egoístas y mezquinos,
en tiempos donde siempre estamos solos.

Habrá que declararse incompetente
en todas las materias del mercado.
Habrá que declararse un inocente,
o habrá que ser abyecto y desalmado.

Yo ya no pertenezco a ningún “ismo”.
Me considero vivo y enterrado.
Yo puse las canciones en tu walkman,
el tiempo a mí me puso en otro lado.

Tendré que hacer lo que es no debido,
tendré que hacer el bien y hacer el daño.
No olvides que el perdón es lo divino,
y errar a veces suele ser humano.

No es bueno nunca hacerse de enemigos
que no estén a la altura del conflicto,
que piensan que hacen una guerra,
y se hacen pis encima como chicos.

Que rondan por siniestros ministerios,
haciendo la parodia del artista.
Que todo lo que brilla en este mundo
tan sólo les da caspa y les da envidia.

Yo era un pibe triste y encantado,
de Beatles, Caña Legui y maravillas,
los libros, las canciones y los pianos,
el cine, las traiciones, los enigmas.

Mi padre, la cerveza, las pastillas,
los misterios, el whisky malo,
los odios, el amor, los escenarios,
el hambre, el frio, el crimen,

El dinero y mis diez tías
me hicieron este hombre entreverado.
Si alguna vez me cruzas por la calle
regalame tu beso y no te aflijas.

Si ves que estoy pensando en otra cosa,
no es nada malo es que paso una brisa.

La brisa de la muerte enamorada,
que ronda como un ángel asesino,
mas no te asustes, siempre se me pasa,
es solo la intuición de mi destino.

Me gusta estar al lado del camino,
fumando el humo mientras todo pasa.
Me gusta regresarme del olvido,
para acordarme en sueños de mi casa.

Del chico que jugaba a la pelota,
del 4, 9, 5, 8, 5…
Nadie nos prometió un jardín de rosas.
Hablamos del peligro de estar vivo.

No vine a divertir a tu familia
mientras el mundo se cae a pedazos.
Me gusta estar al lado del camino.
Me gusta sentirte a mi lado.


Me gusta estar al lado del camino,
dormirte cada noche entre mis brazos.
Al lado del camino, al lado del camino,
Al lado del camino.

Es más entretenido y más barato,
Al lado del camino, al lado del camino...

viernes, 18 de enero de 2013

AYER NOMÁS, de Amílcar Birabent

Ayer nomás, pensaba yo si algún día,
podría encontrar alguien que me pudiera amar.
Ayer nomás, una mujer en mi camino,
me hizo creer que amándola sería feliz.


Ayer nomás, esa mujer entre mis brazos,
y la besé sin fundamento pensaba que así sería feliz.
Hoy desperté, pensado en ella
 y me di cuenta
que estábamos equivocados ninguno ya sabía amar.


Ayer nomás, pensé vivir feliz mi vida
hoy comprendí que era feliz ayer nomás.

Hoy desperté, y vi la cara, y vi la gente,
es todo gris y sin sentido, la gente vive sin creer.


Ayer nomás, en el colegio me enseñaron,
que este país es grande y tiene libertad.
Hoy desperté y vi mi cama y vi mi cuarto
en este mes no tuve mucho que comer.


Ayer nomás, mis familiares me decían
que hoy hay que tener dinero para ser feliz.
Hoy desperté, y vi mi cama y vi mi cuarto,
ya todo es gris y sin sentido, la gente vive sin creer.


Ayer nomás vi una chica en mis brazos.
En este mes no tuve mucho que comer.
Ayer nomás salí a la calle y vi la gente
ya todo es gris y sin sentido, la gente vive sin creer.


Sin creer.

lunes, 14 de enero de 2013

JARDÍN DE INFANTES, de Pedro Mairal

Mamá me lleva al jardín y me da un jarabe envuelto en papel madera.Me lo da con una nota para la maestra.
En el auto le digo que no quiero tomarlo; me dice que lo tengo que tomar.

¿Por qué lo tengo que tomar?
Porque sí.
No lo quiero tomar, por qué lo tengo que tomar..??

Mamá se harta y me dice:
porque si no lo tomás, te morís…!

Entro al jardín. Es demasiado temprano. Todavía está oscuro y no hay nadie en el patio.
Me trepo a uno de esos caballetes para hacer gimnasia.

Llega otro chico y también se trepa.
Estamos jugando y el frasco de jarabe se me escapa de la mano, se resbala del envoltorio de papel, se va al suelo, no lo veo caer, pero escucho que se hace pedazos sobre el piso del patio.
Un piso de cemento con agujeritos cuadrados.
Ahí está el jarabe desparramado y los vidrios rotos.
Empiezo a llorar.
Una maestra me lleva para adentro y trata de calmarme y me dice que no me preocupe, pero es muy difícil calmarte o no preocuparte, cuando sabés que te vas a morir porque se te rompió en el suelo el frasco del remedio que tenías que tomar para no morirte; y no hay solución, un frasco de vidrio roto no se arregla, y mamá ya se fue, y acá estoy entre toda esta gente que me mira, y no sabe que yo dentro de un rato me voy a morir…

viernes, 21 de diciembre de 2012

EL SÍNDROME DEL CORONEL TAPIOCA, de Arturo Pérez Reverte - 10/1/10

Hace treinta y dos años desaparecí en la frontera entre Sudán y Etiopía.
En realidad fueron mi redactor jefe, Paco Cercadillo, y mis compañeros del diario Pueblo los que me dieron como tal, pues yo sabía perfectamente dónde estaba: con la guerrilla eritrea.Alguien contó que había habido un combate sangriento en Tessenei y que me habían picado el billete.
Así que encargaron a Vicente Talón, entonces corresponsal en El Cairo, que fuese a buscar mi fiambre y a escribir la necrológica.
No hizo falta, porque aparecí en Jartum, hecho cisco pero con seis rollos fotográficos en la mochila; y el redactor jefe, tras darme la bronca, publicó una de esas fotos en primera: dos guerrilleros posando como cazadores, un pie sobre la cabeza del etíope al que acababan de cargarse.
Lo interesante de aquello no es el episodio, sino cómo transcurrió mi búsqueda. La naturalidad profesional con que mis compañeros encararon el asunto.
Conservo los télex cruzados entre Madrid y El Cairo, y en todos se asume mi desaparición como algo normal: un percance propio del oficio de reportero y del lugar peligroso donde me tocaba currar.
En las tres semanas que fui presunto cadáver, nadie se echó las manos a la cabeza, ni fue a dar la brasa al Ministerio de Asuntos Exteriores, ni salió en la tele reclamando la intervención del Gobierno, ni pidió que fuera la Legión a rescatar mis cachos.
Ni compañeros, ni parientes.
Ni siquiera se publicó la noticia.
Mi situación, la que fuese, era propia del oficio y de la vida.
Asunto de mi periódico y mío.
Nadie me había obligado a ir allí.
Mucho ha cambiado el paisaje. Ahora, cuando a un reportero, turista o voluntario de algo se le hunde la canoa, lo secuestran, le arreglan los papeles o se lo zampan los cocodrilos, enseguida salen la familia, los amigos y los colegas en el telediario, asegurando que Fulano o Mengana no iban a eso y pidiendo que intervengan las autoridades de aquí y de allá -de sirios y troyanos, oí decir el otro día…-.
Eso tiene su puntito, la verdad.
Nadie viaja a sitios raros para que lo hagan filetes o lo pongan cara a la Meca, pero allí es más fácil que salga tu número.
Ahora y siempre.
Si vas, sabes a dónde vas. Salvo que seas idiota.
Pero en los últimos tiempos se olvida esa regla básica.
Hemos adquirido un hábito peligroso: creer que el mundo es lo que dicen los folletos de viajes; que uno puede moverse seguro por él, que tiene derecho a ello, y que Gobiernos e instituciones deben garantizárselo, o resolver la peripecia cuando el coronel Tapioca se rompe los cuernos.
Que suele ocurrir.
Esa irreal percepción del viaje, las emociones y la aventura, alcanza extremos ridículos.
Si un turista se ahoga en el golfo de Tonkín porque el junco que alquiló por cinco dólares tenía carcoma, a la familia le falta tiempo para pedir responsabilidades a las autoridades de allí 
- imagínense cómo se agobian éstas…! - y exigir, de paso, que el Gobierno español mande una fragata de la Armada a rescatar el cadáver.
Todo eso, claro, mientras en el mismo sitio se hunde, cada quince días, un ferry con mil quinientos chinos a bordo.
Que busquen a mi Paco en la Amazonia, dicen los deudos…!
O que nos indemnicen los watusi…!
Lo mismo pasa con voluntarios, cooperantes y turistas solidarios o sin solidarizar, que a menudo circulan alegremente, pisando todos los charcos, por lugares donde la gente se frota los derechos humanos en la punta del cimbel y una vida vale menos que un paquete de Marlboro.
Donde llamas presunto asesino a alguien y tapas la cara de un menor en una foto, y la gente que mata adúlteras a pedradas o frecuenta a prostitutas de doce años se rula de risa.
Donde quien maneja el machete no es el indígena simpático que sale en el National Geographic, ni el pobrecillo de la patera, ni te reciben con bonitas danzas tribales.
Donde lo que hay es hambre, fusiles AK-47 oxidados pero que disparan, y televisión por satélite que cría una enorme mala leche al mostrar el escaparate inalcanzable del estúpido Occidente. 
Atizando el rencor, justificadísimo, de quienes antes eran más ingenuos y ahora tienen la certeza desesperada de saberse lejos de todo esto.
Y claro.
Cuando el pavo de la cámara de vídeo y la sonrisa bobalicona se deja caer por allí, a veces lo destripan, lo secuestran o le rompen el ojete.
Lo normal de toda la vida, pero ahora con teléfono móvil e Internet.
Y aquí la gente, indignada, dice qué falta de consideración y qué salvajes.
Encima que mi Vanessa iba a ayudar, a conocer su cultura y a dejar divisas.
Y sin comprender nada, invocando allí nuestro código occidental de absurdos derechos a la propiedad privada, la libertad y la vida, exigimos responsabilidades a Bin Laden y gestiones diplomáticas a Moratinos.
Olvidando que el mundo es un lugar peligroso, lleno de hijos de puta casuales o deliberados.
Donde, además, las guerras matan, los aviones se caen, los barcos se hunden, los volcanes revientan, los leones comen carne, y cada Titanic, por barato e insumergible que lo venda la agencia de viajes, tiene su iceberg particular esperando en la proa.

lunes, 17 de diciembre de 2012

ABRAHAM ? SANSÓN ? DALILA ?, de Arturo Pérez Reverte - 17/12/12

Me lo comentó el otro día una profesora que trabaja en un colegio laico, mixto, de excelente nivel y prestigio. 
Con vitola culta y liberal. 
De los veintitantos niños de ocho a nueve años que tiene en su clase, sólo dos cursan Religión como asignatura optativa.
Y en el resto del cole, más menos.
Casi todos los padres eligen para sus hijos algo llamado Alternativa.
Eso me picó la curiosidad.
Lo mismo me da para insultar a alguien el próximo domingo, me dije. Que en los últimos artículos me he amariconado mucho.
Así que esta semana hice algunas preguntas y obtuve, como veía venir, apasionantes respuestas.
Y conclusiones.
La principal, básicamente, es que lo mismo con el Pepé, con el Pesoe o con la madre que nos parió, esto va a seguir siendo una puñetera bazofia para analfabetos.
Porque seamos justos. Ni siquiera podemos echar la culpa a los planes infames de educación que unos y otros nos llevan asestando desde hace tiempo. 
Los primeros responsables, los culpables son los mismos papis. O sea. No sé si me explico.
Somos nosotros.
Imagino que a estas alturas de la página y sus titulares algún simple habrá pensado: vaya carca, el amigo Reverte, pidiendo el catecismo para los niños.
Pero no estoy hablando de eso.
Cuando lamento que los padres elijan para sus niños Alternativa en lugar de Religión, no añoro doctrina cristiana ni encaje de bolillos teológico. A mi juicio, la asignatura de Religión debería ser un espacio donde a un niño se le dotara de los mecanismos culturales adecuados para comprender el peso y papel de las religiones en el mundo: Islam, budismo, etcétera.
Lo que se trajina. Lo que hay. Y también, naturalmente, el Cristianismo y el peso indudable que la Iglesia Católica, para bien y para mal, ha tenido en veinte siglos de civilización y cultura europea. En las bases de lo que algunos aún llamamos Occidente.
Lo mismo que la cultura clásica, el Renacimiento o la Ilustración: somos Homero, Platón y la Enciclopedia tanto como los Evangelios y la Biblia.
A ver de qué manera van a poder interpretar las claves de esa cultura europea, disfrutarla y aprovecharla, chicos a los que se limita la posibilidad de conocer sus raíces elementales.
Su sedimento de siglos.
Por poner un ejemplo fácil: de qué le sirve a un joven visitar el museo del Prado si desconoce los mitos y personajes que figuran en la mayor parte de los cuadros.
Hagan una prueba. Yo la hice, y todavía me tiemblan las manos.
Pregunten a una docena de chicos de quince años, formados en esa ESO nefasta que nos legaron los infames Maravall y Solana, con la complicidad posterior de tanto idiota y/o cobarde responsable de Educación -que cada uno se adjudique el adjetivo adecuado- y el remate de los analfabetos que legislan desde Bruselas, cómo se tomaba la vida Job, qué lamentaba Jeremías, qué es multiplicar panes y peces o qué efecto produjeron las trompetas de Jericó.
Aunque tampoco crean ustedes que lo de Religión es para tirar cohetes. Que eso garantiza nada. En este mundo descafeinado y edulcorado que ofrecemos a las criaturas, algunos consideran que ya han cumplido con ponerle el Moisés de Disney a los niños.
Los más osados van por ahí, figúrense, por ese registro de perfil bajo: pajaritos y flores en el Edén, Ruth y Booz bailando entre espigas de trigo, José perdonando a los hijoputas de sus hermanos.
Cosas así.
A ver qué profesor tiene huevos, con los papás y los políticos y la sociedad de ahora, a contarles a los niños que Judith degolló a Holofernes tras echarle un polvo, que Noé no habría pasado un control de alcoholemia, que Abraham quiso dar matarile a su nene, o que Sansón, ciego por culpa de un malvado putón verbenero -me sorprende que las ultrafeminatas radicales no hayan exigido todavía borrar tal episodio de la Biblia-, se suicidó llevándose por delante a toda la peña de filisteos y filisteas. Que ésa es otra.Pero bueno. Ni siquiera Disney, oigan.
En lugar de aprender esas y otras cosas apasionantes o divertidas en clase de Religión, los niños van en masa a la de Alternativa, a tocarse las pelotillas -o su correspondiente, las niñas- haciendo manualidades y chorradas. 
Perdiendo el tiempo de forma miserable.
Eso sí: disfraces y fiestas de primavera, de verano, de otoño, de invierno, Halloween y cuanta estupidez se ponga a tiro, no se pierden ni una.
Hasta el pavo de Acción de Gracias empiezan a comer en algunos colegios -que hay que ser gilipollas- aunque los enanos no tengan ni idea de qué agradecer, ni a quién.
Por lo demás, sobre la asignatura de Alternativa puedo citar un ejemplo cercano, certificado: el curso pasado, a una sobrina mía -este año sus padres, agnósticos y de izquierdas, la han apuntado a Religión- le enseñaron a jugar al bingo...

viernes, 14 de diciembre de 2012

EL ASILO DE PETRINJA, de Arturo Pérez Reverte - 10/12/12

Ayer telefoneé a Márquez.
Lo hago de vez en cuando, aunque no con demasiada frecuencia.
Como él.
Son conversaciones breves, casi secas. De pocas palabras y en nuestro viejo tono habitual: cómo estás, capullo, cacho cabrón, etcétera.
Te llamo cuando vaya a Madrid, o hazlo tú cuando pases por Valencia. Todo eso.
Lo de siempre.
A veces nos vemos, comemos juntos -siempre trae en la muñeca el Rolex que le regalé con los derechos de autor de Territorio comanche-.
Y tomamos algo entre viejos rituales: más silencios que palabras.
A veces gotean nombres de amigos muertos mezclados con nombres de amigos vivos: Julio Fuentes, Miguel Gil, los otros que no llegaron a viejos.
Y los que siguen ahí, envejeciendo unos peor que otros, o todos mal.
Los que seguimos.
Ni Márquez ni yo somos de contarnos batallitas.
Hablamos de su crío, al que llamó Arturo. De cómo lo lleva por las mañanas al colegio o pasean juntos frente al mar. De la vida tranquila dedicada a él desde que se jubiló de la tele, de la Betacam, de los hoteles con agujeros, de las carreteras inciertas, de las calles alfombradas con cristales rotos.
De quedarse luego una hora en cuclillas en su habitación en Zagreb, Sarajevo, Bagdad, Beirut, la cámara en el suelo, la espalda contra la pared, las botas manchadas de sangre seca, fumando cigarrillos mientras se le borraban despacio de la retina las imágenes grabadas ese día.
Cuando me cruzo con alguno de los otros viejos colegas y me pregunta por Márquez, si se resignó a vivir como la gente normal, siempre digo lo mismo: «Se habría pegado un tiro, supongo. ¿Qué otra cosa podía hacer él?... Ese puñetero crío le salvó la vida».
Ayer estuvimos hablando por teléfono, como digo. Y no recuerdo bien por qué surgió el nombre de Petrinja.
El asilo, dije.
Ya sabes. Acabaremos todos como los del asilo de Petrinja.
Hubo un silencio. «Te acuerdas, ¿no?», pregunté.
«Cómo no me voy a acordar», gruñó con su voz de carraca vieja.
Eso fue todo.
Luego colgué, y con el teléfono en la mano me quedé pensando. Recordando.
Estoy seguro de que también él se quedó igual.
Desde hace veintiún años, ese nombre nos acompaña como una sombra negra.
Como un aviso.
Hay muchos otros nombres y sombras, por supuesto. Incluso más dramáticos. O sangrientos.
Pero ése siempre fue especial. Y a medida que envejecemos, lo es más.
El 14 de septiembre de 1991, Márquez y yo caminábamos por las calles desiertas de Petrinja, en Croacia. La ciudad había sido evacuada ante el avance de las tropas serbias.
Teníamos hambre, y un rato antes habíamos saqueado los estantes de un supermercado: chocolate, pan duro y latas de conservas.
Al lado había una tienda de ropa con el escaparate roto, y Márquez cogió de allí una corbata de pajarita y se la puso en el cuello sucio de la camisa, bajo su barba de tres días.
Íbamos así, explorando aquello, en la dirección en la que sonaban los tiros, procurando no recortarnos en puertas ni ventanas, atentos a los francotiradores.
Pegados a los edificios porque de vez en cuando caía algo cerca.
Y en ésas, al pasar ante un inmueble grande, oímos un ruido dentro.
Como un gemido.
Entramos a curiosear, encendimos las linternas, y en el sótano encontramos a una docena de personas tumbadas en camillas y en el suelo.
Era el asilo de ancianos; y los cuidadores, al huir de los serbios, habían abandonado allí a los inválidos.
Los pobres viejos llevaban tres días sin agua ni comida, entre el zumbido de las moscas y el hedor de sus propios excrementos.
Un par de ellos estaban muertos; y el resto, cerca de estarlo.
Gemían y lloraban aterrorizados, y cuando sonaba alguna bomba cerca chillaban enloquecidos de terror.
Suplicándonos.
Nada podíamos hacer por ellos, así que encendimos el flash y los grabamos a todos para el telediario de las nueve, para que el siempre sonriente Javier Solana, fino negociador comunitario, pudiera salir luego diciendo en Bruselas que todo estaba controlado en los Balcanes, que en el fondo los serbios eran buenos chicos y que las negociaciones de paz iban de puta madre.
Trabajamos así durante diez minutos, sin hablar ni mirarnos el uno al otro.
Luego dejamos en las camillas toda la comida y el agua que teníamos y nos largamos de allí sin hacer comentarios.
Antes de salir a la calle vimos otro muerto: una bomba había arrancado la pared, y frente al agujero estaba un cadáver sentado en una silla y cubierto de polvo gris. Nos detuvimos a grabarlo -era un abuelete como los otros, y la bomba lo había matado cuando se ataba los zapatos para escapar- y discutimos un poco porque yo le dije a Márquez que le grabara la cara y él dijo que prefería grabarlo de espaldas.
«Que te den por saco», zanjó.
Ésas fueron las únicas palabras que Márquez y yo pronunciamos en el asilo de Petrinja.

jueves, 13 de diciembre de 2012

AQUÉLLA HISPANIA CAÑÍ, de Arturo Pérez Reverte - 3/12/12

Imposible no sonreír, al principio, y que luego se te vaya helando la sonrisa.
Estás una tarde de lluvia dándole un repaso a la Historia Romana de Apiano; y cuando te metes en el libro Sobre Iberia, empiezas, como digo, sonriendo al leer aquello de «a la que algunos llaman ahora Hispania en vez de Iberia», y piensas que no iría mal a ciertos oportunistas y analfabetos, los que sostienen que la palabra España es concepto discutido y discutible, leer al amigo Apiano y enterarse de que los romanos ya nos llamaban así en el siglo II, cuando los emperadores Trajano y Adriano; que, para más recochineo, nacieron en esa Hispania que ahora dicen que nunca existió.
Y si algo queda claro leyendo a Apiano o a cualquiera de sus colegas, es que España ya era entonces cualquier cosa menos discutible.
No sólo por razones geográficas y administrativas, sino por la peña que la poblaba: nuestros paisanos de entonces, que tanto recuerdan a los de ahora.
Sus maneras familiares e inequívocas, a poco que te fijes.
Si algo hemos sido aquí toda la vida es indiscutidos de pata negra.
Indiscutibles hasta el disparate.
Y es que lees y te tronchas. Con risa más bien desesperada, claro. Horrorizándote al mismo tiempo.
Sobre Iberia abunda en ejemplos.
Ese romano que llega muy sobrado con la toga, las legiones y los planos del acueducto bajo el brazo y pregunta: oigan, ¿con quién hay que hablar aquí?
Pero no se aclara mucho, así que pacta con la tribu de los moragos -vamos a inventar nombres-, que son los primeros que se topa.
Pero resulta que los moragos son vecinos de los berrendos, que odian a los moragos porque les pisan los sembrados y sus mujeres son más guapas. Así que los berrendos se niegan a pactar con Roma, más que nada por joder a los moragos.
Mientras tanto, los castucios, cuyas minas de plata son codiciadas por todos, se llevan mal con los berrendos y los moragos. Y en vez de unirse los tres y darle de hostias al cónsul Flavio Vitorio y a sus legionarios, cada uno va a su aire, con lo que al final allí no manda nadie y todo es un carajal.
Así que el tal Vitorio se cabrea; y como no hay modo de ponerlos de acuerdo, pasa a cuchillo a los castucios y a los berrendos, de momento, y vende a sus mujeres y niños como esclavos, para gran gozo de los moragos; que a su vez, secretamente, negocian con los cartagineses por si acaso.
Pero resulta que de la anterior matanza escaparon unos cuantos, que se echan al monte mandados por un jefe llamado Turulato. Y el tal Turulato se dedica a sabotear acueductos y cosas así, de manera que destituyen en Roma a Flavio Vitorio y mandan al nuevo cónsul Marco Luchino, que pacta con Turulato. Entonces los moragos, mosqueados por el éxito de Turulato, se sublevan contra Roma y resisten en la ciudad de Cojoncia, donde antes que rendirse se suicidan todos heroicamente.
El compadre Luchino se las promete felices y sigue con el acueducto, pero hete aquí que otro pueblo de allende el Betis, los lepencios, se subleva porque ese año no llueve y culpa de eso a Roma.
El cónsul Luchino, que va conociendo el percal, convoca a los lepencios para negociar, prometiéndoles todo, y cuando están juntos los degüella a mansalva y vende como esclavos, etcétera.
A ver si acabamos el acueducto de una puta vez, dice.
Pero de la matanza escapan varios lepencios con sus familias, así que vuelta a empezar.
Y cuando a éstos rebeldes los acorralan en la ciudad de Ayamontesia y se suicidan todos y parece que al fin la cosa funciona, Turulato, que se aburre de pactar y quiere un estatuto asimétrico para Lusitania, se subleva otra vez.
Y al agotado Luchino le da un ataque de nervios horroroso y lo sustituye el cónsul Voreno Claro, que soborna a los fieles capitanes de Turulato; y éstos le dan a su jefe setenta y ocho puñaladas mientras asiste a una corrida de toros en Rondis. Después, el cónsul Claro, que cada vez lo tiene más claro, convoca a los fieles capitanes que se cargaron a Turulato, los pasa a cuchillo y a sus familias las vende, etcétera.
Pero en ésas se le sublevan los quelonios, tribu de aquende el Miño.
Así que el cónsul los extermina, se suicidan, los vende y tal.
Y justo cuando acaba, se amotinan los malagones, en la otra punta de Hispania.
Y al cónsul Claro lo sustituyen por el cónsul Cayo Siniestro.
Y entonces…
¿Discutida y discutible? Venga ya.
España es tan añeja y auténtica como esta cita de Sobre Iberia referida a un rebelde hispano vencido por Pompeyo y enviado a Roma como esclavo con su gente: «La arrogancia de estos bandidos era tan grande, que ninguno soportó la esclavitud, sino que unos se dieron muerte a sí mismos, otros mataron a sus compradores y otros perforaron las naves durante la travesía».
Y es que llevamos dos mil años siendo los mismos. O casi.
Con el acueducto sin terminar…

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