lunes, 27 de mayo de 2013

UN CURA, UN GUARDIA, UNOS MINISTROS, de Arturo Pérez Reverte - 27/5/13

En un solo día he vivido tres situaciones aparentemente inconexas entre sí, pero cuya consideración hace pensar que tal vez no lo sean tanto.
Me refiero a lo de inconexas.
Una de ellas se produjo en misa, pero tranquilícense: no es que me haya caído del caballo y visto la luz. Al menos, de momento.
Se trata de la misa que, en el convento de las Trinitarias de Madrid, la Real Academia Española celebra cada año, por tradición secular, en memoria del buen don Miguel de Cervantes y los académicos fallecidos ese año.
Tocaba éste, con mucha tristeza por nuestra parte, recordar a Antonio Mingote y a José Luis Sampedro, y allí fuimos los compañeros, conscientes de las paradojas de la vida: una misa por el bondadoso y escéptico Mingote y, caso todavía más insólito, por el republicanísimo y ateo Sampedro.
Pero la vida tiene esas piruetas y algunas otras.
Una, por ejemplo, fue el Evangelio leído por un sacerdote durante el oficio, en una versión puesta al día que nos hizo mirarnos unos a otros con estupor.
Se trataba de la parábola de los siervos y las minas, o talentos; y el páter, en un patético intento por actualizar la cosa, y sin reparar mucho en la resabiada audiencia que ese día tenía en plan feligrés, no habló de talentos o minas - el evangelista Lucas utiliza el término griego mina, cien dracmas áticas o denarios, que no era mucho dinero - sino de millones, nada menos.
El señor repartió a sus siervos tantos millones, dijo.
O leyó.
«Muy oportuno y actual…», se choteó por lo bajini Luis Mateo Díez, que estaba cerca de mí.
«Y luego se extrañan de perder clientela…», apuntó con frialdad científica José Manuel Sánchez Ron.
La otra situación se dio más tarde, en los complicados semáforos de la plaza de Colón; cuando, en un momento de confuso tráfico y embotellamiento, pasé deliberadamente un semáforo en rojo, despacio, para facilitar el paso a los que venían detrás y situarme en el semáforo siguiente, tres metros más allá y a la izquierda.
La maniobra fue advertida por un policía municipal que, exasperado, intentaba organizar lo imposible.
Yo llevaba la ventanilla abierta, así que cuando pasé a su lado pude escuchar con toda claridad su:
«¿Qué pasa? ¿No has visto el semáforo, o qué?», dicho con unos malos modos y un desabrimiento inadmisibles en agentes de la autoridad municipal; quienes, hasta para multar por la más descarada infracción, deberían dirigirse siempre a cualquier ciudadano tocándose la visera, con el debido respeto y con personal decoro.
Añado a esto que el agente de mi semáforo, sin duda porque estaba pasando mal rato con el tráfico, llevaba la ropa en desorden, el cuello despechugado, la gorra echada para atrás y necesitaba un afeitado urgente.
Así que, decidido a pagar las multas que hicieran falta, pero no a tolerar groserías, detuve el coche y respondí:
«Tiene usted razón, pero ¿por qué me tutea?».
Pasó al usted en el acto, tuvo los reflejos de responder:
«No oigo lo que me dice, señor», y me ordenó que siguiera adelante y no me quedara allí.
Por la noche, al llegar a casa, puse un rato la tele y me vi frente a la tercera situación: un par de ministros retorciendo de manera abyecta la lengua española, de la que parecían ignorar los más elementales recursos - ministros del Gobierno de España, insisto -, para enumerar, sin que se les notara mucho lo siniestro, nuevos expolios, exacciones y vilezas.
Para justificar una vez más su incompetencia, sus medias verdades, sus promesas incumplidas, los embustes encadenados con que disimulan su parálisis unos gobernantes enrocados en los privilegios de su puerca casta, sin el menor ánimo de renovación o cambio real; una dictadura fiscal gobernada por una pantalla de plasma, cuya única baza para mantenerse en el poder es la que le regala, sin mérito y por la cara, la inexistencia de una oposición eficaz o al menos respetable; la mediocre estupidez de una clase política que en su mayor parte, sin distinción de siglas, es egoísta, inculta, grosera.
Pero ojo. Todo eso lo es en sintonía con el ambiente general de esta España en la que trincan y medran.
Con lo que pide la peña en este lugar indecoroso donde los policías tutean en los semáforos, los políticos ignoran la sintaxis, y los curas torpes, olvidando que sin distancia no hay mito que sobreviva, convierten los talentos en millones y las arcas de la parábola en bancos con cajero automático.
Y en manos de unos y otros, en este infame compadreo que no pretende igualdad de oportunidades para que todos lleguen a donde merezcan llegar, sino rebajarlo todo al triste nivel de los más zafios y tarugos, nos vamos despacio, inexorablemente, a la mismísima mierda.

viernes, 24 de mayo de 2013

UNA HISTORIA DE ESPAÑA II, de Arturo Pérez Reverte - 20/5/13

Como íbamos diciendo, griegos y fenicios se asomaron a las costas de Hispania, echaron un vistazo al personal del interior - si nos vemos ahora, imagínennos entonces en Villailergete del Arévaco, con nuestras boinas, garrotas, falcatas y demás - y dijeron: pues va a ser que no, gracias, nos quedamos aquí en la playa, turisteando con las minas y las factorías comerciales, y lo de dentro que lo colonice mi prima, si tiene huevos.
Y los huevos, o parte, los tuvieron unos fulanos que, en efecto, eran primos de los fenicios - «Venid, que lo tenéis fácil», dijeron éstos aguantándose la risa- y se llamaban cartagineses porque vivían a dos pasos, en Cartago, hoy Túnez o por allí.
Y bueno.
Llegaron los cartagineses muy sobrados a fundar ciudades: Ibiza, Cartagena y Barcelona -esta última lo fue por Amílcar Barça, creador también del equipo de fútbol que lleva su apellido y de la famosa frase Cartago is not Roma -
Hubo, de entrada, un poquito de bronca con algunos caudillos celtíberos (socios del Madrid según Estrabón, lo que puede explicarlo todo) llamados Istolacio, Indortes y Orisón, entre otros, que fueron debidamente masacrados y crucificados; entre otras cosas, porque allí cada uno iba a su aire, o se aliaba con los cartagineses el tiempo necesario para reventar a la tribu vecina, y luego si te he visto no me acuerdo (me parece que eso es Polibio quien lo dice).
Así que los de Cartago destruyeron unas cuantas ciudades: Belchite -que se llamaba Hélice- y Sagunto, que era próspera que te rilas.
La pega estuvo en que Sagunto, antigua colonia griega, también era aliada de los romanos: unos pavos que por aquel entonces (siglo III antes de Cristo, echen cuentas) empezaban a montárselo de gallitos en el Mediterráneo.
Y claro.
Se lió una pajarraca notable, con guerra y tal.
Encima, para agravar la cosa, el nieto de Amílcar, que se llamaba Aníbal y era tuerto, no podía ver a Roma ni por el ojo sano, o sea, ni en fotos, porque de pequeño lo habían obligado a zamparse Quo Vadis en la tele cada Semana Santa, y acabó, la criatura, jurando odio eterno a los romanos.
Así que tras desparramar Sagunto, reunió un ejército que daba miedo verlo, con númidas, elefantes y crueles catapultas que arrojaban películas de Pajares y Esteso. Además, bajo el lema Vente con Aníbal, Pepe, alistó a 30.000 mercenarios celtíberos, cruzó los Alpes - ésa fue la primera mano de obra española cualificada que salió al extranjero - y se paseó por Italia dando estiba a diestro y siniestro.
El punto chulo de la cosa es que, gracias al tuerto, nuestros honderos baleares, jinetes y acuchilladores varios, precursores de los tercios de Flandes y de la selección española, participaron en todas las sobas que Aníbal dio a los de Roma en su propia casa, que fueron unas cuantas: Tesino, Trebia, Trasimeno y la final de copa en Cannas, la más vistosa de todas, donde palmaron 50.000 enemigos, romano más, romano menos.
La faena fue que luego, en vez de seguir todo derecho hasta Roma por la vía Apia y rematar la faena, Aníbal y sus huestes, hispanos incluidos, se quedaron por allí dedicados al vicio, la molicie, las romanas caprichosas, las costumbres licenciosas y otras rimas procelosas.
Y mientras ellos se tiraban a la bartola, o a la Bartola, según, un general enemigo llamado Escipión desembarcó astutamente en España a la hora de la siesta, pillándolos por la retaguardia.
Luego conquistó Cartagena y acabó poniéndole al tuerto los pavos a la sombra; hasta que éste, retirado al norte de África, fue derrotado en la batalla de Zama, donde se suicidó para no caer en manos enemigas, por vergüenza torera, ahorrándose así salir en el telediario con los carpetanos, los cántabros y los mastienos que antes lo aplaudían como locos cuando ganaba batallas, amontonados ahora ante el juzgado - actitudes ambas típicamente celtíberas - llamándolo cobarde y chorizo.
El caso es que Cartago quedó hecho una piltrafa, y Roma se calzó Hispania entera.
Sin saber, claro, dónde se metía.
Porque si la Galia, con toda su vitola irreductible de Astérix, Obélix y demás, Julio César la conquistó en nueve años, para España los romanos necesitaron doscientos.
Calculen la risa.
Y el arte.
Pero es normal.
Aquí nunca hubo patria, sino jefes (lo dice Plutarco en la biografía de Sertorio).
Uno en cada puto pueblo: Indíbil, Mandonio, Viriato.
Y claro.
A semejante peña había que ir dándole matarile uno por uno.
Y eso, incluso para gente organizada como los romanos, lleva su tiempo.

UNA HISTORIA DE ESPAÑA I, de Arturo Pérez Reverte - 6/5/13

Erase una vez una piel de toro con forma de España -llamada Ishapan: tierra de buenos conejos :-), les juro que la palabra significaba eso-, habitada por un centenar de tribus, cada una de las cuales tenía su lengua, e iba a su rollo.
Es más: procuraban destriparse a la menor ocasión, y sólo se unían entre sí para reventar al vecino que (a) era más débil, (b) destacaba por tener las mejores cosechas o ganados, o (c) tenía las mujeres más guapas, los hombres más apuestos y las chozas más lujosas.
Fueras cántabro, astur, bastetano, mastieno, ilergete o lo que se terciara, que te fueran bien las cosas era suficiente para que se juntaran unas cuantas tribus y te pasaran por la piedra, o por el bronce, o por el hierro, según la época prehistórica que tocara.
Envidia y mala leche al cincuenta por ciento (véanse carbono 14 y pruebas genéticas de ADN).
El caso es que así, en plan general, toda esa pandilla de hijos de puta, tan prolífica a largo plazo, podía clasificarse en dos grandes grupos étnicos: iberos y celtas.
Los primeros eran bajitos, morenos, y tenían más suerte con el sol, las minas, la agricultura, las playas, el turismo fenicio y griego, y otros factores económicos interesantes (véanse folletos de viajes de la época).
Los celtas, por su parte, eran rubios, ligeramente más bestias y a menudo más pobres, cosa que resolvían haciendo incursiones en las tierras del sur, más que nada para estrechar lazos con las íberas; que aunque menos exuberantes que las rubias de arriba, tenían su puntito meridional y su morbo cañí (véase Dama de Elche).
Los íberos, claro, solían tomarlo a mal, y a menudo devolvían la visita.
Así que cuando no estaban descuartizándose en su propia casa, íberos y celtas se la liaban parda unos a otros, sin complejos ni complejas.
Facilitaba mucho el método una espada genuinamente aborigen llamada falcata: prodigio de herramienta forjada en hierro (véase Diodoro de Sicilia, que la califica de magnífica), que cortaba como hoja de afeitar y que, cual era de esperar en manos adecuadas, deparó a íberos, celtas y resto de la peña, apasionantes terapias de grupo y bonitos experimentos colectivos de cirugía en vivo y en directo.
Ayudaba mucho que, como entonces la península estaba tan llena de bosques que una ardilla podía recorrerla saltando de árbol en árbol, todas aquellas ruidosas incursiones, destripamientos con falcata y demás actos sociales podían hacerse a la sombra, y eso facilitaba las cosas.
Y las ganas.
Animaba mucho, vamos.
De cualquier modo, hay que reconocer que en el arte de picar carne propia o ajena, tanto íberos como celtas, y luego esos celtíberos resultado de tantas incursiones románticas piel de toro arriba o piel de toro abajo, eran auténticos virtuosos.
Feroces y valientes hasta el disparate (véanse el No-do de entonces y los telediarios de Teleturdetania), la vida propia o ajena les importaba literalmente un carajo; morían matando cuando los derrotaban y cantando cuando los crucificaban, se suicidaban en masa cuando palmaba el jefe de la tribu o perdía su equipo de fútbol, y las señoras eran de armas tomar.
O sea. Si eras enemigo y caías vivo en sus manos, más te valía no caer.
Y si además aquellas angelicales criaturas de ambos sexos acababan de trasegar unas litronas de caelia - cerveza de la época, como la San Miguel o la Cruzcampo, pero en basto -, ya ni te cuento.
Imaginen los botellones que liaban mis primos.
Y primas.
Que en lo religioso, por cierto, a falta todavía de monseñores que pastoreasen sus almas prohibiéndoles la coyunda, el preservativo y el aborto, y a falta también del bañador de Falete y de Sálvame para babear en grupo, rendían culto a los ríos -de ahí procede el refrán celtíbero de perdidos, al río-, las montañas, los bosques, la luna y otros etcéteras.
Y éste era, siglo arriba o siglo abajo, el panorama de la tierra de conejos cuando, sobre unos 800 años antes de que el Espíritu Santo en forma de paloma visitara a la Virgen María, unos marinos y mercaderes con cara de pirata llamados fenicios, llegaron por el Mediterráneo trayendo dos cosas que en España tendrían desigual prestigio y fortuna: el dinero -la que más- y el alfabeto - la que menos -.
También fueron los fenicios quienes inventaron la burbuja inmobiliaria adquiriendo propiedades en la costa, adelantándose a los jubilados anglosajones y a los simpáticos mafiosos rusos que bailan los pajaritos en Benidorm.
Pero de los fenicios, de los griegos y de otra gente parecida, hablaremos en un próximo capítulo.
O no.

SOPHÍA LOREN, JOHN LE CARRÉ, MORTADELO, de Arturo Pérez Reverte - 29/4/13

Hace sol, es primavera y la cuesta Moyano está espléndida.
Transcurre uno de esos días azules y luminosos de Madrid, que son paisaje perfecto para las casetas con sus tenderetes afuera, los compradores que curiosean, los montones de libros viejos y de segunda mano esperando que alguien los rescate del olvido, para devolverles la libertad y la vida.
Camino despacio, con ojos atentos y cautela de cazador. Pese a que miro más que toco, tengo ya los dedos polvorientos de muchos libros, las gafas para leer de cerca siempre a mano, a fin de comprobar un autor, un título, una fecha de edición.
De mi hombro izquierdo cuelga la mochila donde llevo el botín de la jornada: una primera edición de las Memorias de César González Ruano, el Epistolario de Luisa de Carvajal y Mendoza, un libro sobre Gracián y la novela de David Divine, publicada en la antigua colección policíaca de la editorial Plaza, en que se basó la película homónima “La sirena y el delfín”; aquella buena historia de arqueólogos buceadores en Grecia, con Alan Ladd y Clifton Webb, que a todos los niños varones de mi generación dejó estupefactos al ver salir del agua, en las primeras secuencias, a Sophia Loren con la blusa gloriosamente mojada.
Lo de la estupefacción incluye, por cierto, a Javier Marías; que en materia de señoras de cine, e incluso sin cine de por medio, suele ser muy poco británico.
Contemplo con melancolía una de mis novelas, puesta allí a la venta. Es una quinta edición de “La carta esférica”, ajada por el uso; y verla me hace pensar, de nuevo, que una librería de viejo es, entre otras cosas interesantes, una buena cura de humildad para cualquiera.

A alguien no le gustó tu libro, o una vez leído lo regaló a quien no llegó a apreciarlo como él; o tal vez las vueltas y revueltas de la vida, traslados, necesidades, fallecimientos, dieron con ese ejemplar, entre otros restos de naufragios, en el lugar donde ahora está.
El precio es lo que más llama tu atención: seis euros, la tercera o cuarta parte de lo que cuesta en librerías.
Junto a él hay otros - eso alivia un poco tu amor propio lastimado - todavía más baratos: tres euros, con oferta de dos por cinco euros.
Y no son malos títulos.
Con un vistazo rápido localizas cosas de John le Carré, una Regenta, el Gran Hotel de Vicky Baum, El Gatopardo y la estupenda novela náutico-aventurera “El cazador de barcos”. Echando cuentas, compruebas que por lo que cuestan un par de desayunos en una cafetería de Madrid, puedes irte de aquí con tres o cuatro buenos libros en el zurrón.
O con más.
Para que luego diga la peña que no lee porque los libros son caros. Que por eso prefiere babear ante la tele, pendiente del bañador de Falete.
Sin embargo, pese al día magnífico y los precios razonables, pocos frecuentan este lugar privilegiado.
Por eso alegra la mañana que unos profesores de primaria - dos mujeres y un hombre, maestros que lo reconcilian a uno con la profesión más hermosa y útil del mundo - pastoreen por el lugar a una veintena de críos de seis o siete años.
Van en doble fila, niños y niñas, cogidos de la mano.
Supongo que vienen del Prado o del Reina Sofía, y que el autobús de vuelta al colegio aguarda junto a la verja del Retiro. Pero, en vez de pasar de largo calle arriba, los maestros se detienen a explicar a los niños qué lugar es éste, qué son libros de viejo, y cómo allí se pueden comprar obras muy baratas.
Historias interesantes, apunta una maestra.
Cosas que seguramente no encontraréis en casa ni en la tele.
Me quedo en las inmediaciones, atento a lo que dicen.
La mayor parte de los pequeños cabroncetes miran distraídos a todos lados, se impacientan.
Otros atienden muy serios.
Acabada la explicación, los profesores conducen al grupo calle arriba, vigilando que no haya rezagados.
La última caseta está especializada en historietas y cómics, y tiene expuestos álbumes de Tintín, de Astérix, de Mortadelo y Filemón.
El grupo de niños se aleja con sus profes, pero dos de ellos se quedan atrás, atraídos por ese último puesto.
Uno es rubio y otro mulato, o magrebí.
Me paro junto a ellos, observándolos.
Miran lo expuesto sin atreverse a tocarlo, pese a la sonrisa benévola del librero.
En ese momento, al ver que se han quedado atrás, el maestro viene hacia ellos.
Creo que va a reprenderlos, pero me equivoco.
Se queda a poca distancia, paciente, sin meterles prisa.
Tras un instante su mirada se encuentra con la mía y la del librero, y sonreímos los tres como intercambiando un signo masónico de solidaridad y esperanza.
Y en ese momento, como si acabara de intuir lo que ocurre entre los tres adultos, el niño rubio pasa el brazo, en ademán de camaradería, sobre los hombros de su compañero.

viernes, 3 de mayo de 2013

RECORDANDO KRASNY BOR, de Arturo Pérez Reverte - 22/4/13

Mi abuelo paterno, que era uno de esos republicanos de antes, cultos, viajados y con biblioteca, escéptico como todo hombre sabio, solía repetir una frase que yo, de pequeño, no alcanzaba a penetrar del todo: 
«Los españoles sólo servimos para salir en los cuadros de Goya».
No fue sino más tarde, cuando leí libros, viajé y me familiaricé con cuadros como los del 2 de Mayo en Madrid o el Duelo a garrotazos, cuando comprendí a qué se refería mi abuelo, y por qué, entre todos los pintores españoles, utilizaba a Goya como clave lúcida.
Como amarga referencia.Hace unas semanas hice un experimento.
Se cumplían 70 años de la batalla de Krasny Bor, cerca de Leningrado, donde 5.000 españoles de la División Azul encajaron el ataque de dos divisiones soviéticas integradas por 44.000 hombres y 100 carros de combate: una compañía aniquilada, varias diezmadas, oficiales pidiendo fuego artillero sobre su propia posición por estar inundados de rusos. Abandonados a su suerte, durante todo el día pelearon como fieras, a la desesperada.
Casi la mitad murieron o desaparecieron, pero frenaron a los rusos, les hicieron 10.000 bajas y obtuvieron de Hitler este comentario: 
«Extraordinariamente duros para las privaciones y ferozmente indisciplinados».
Y, bueno.
Tales son los hechos y así los conté en la red social Twitter, donde recalo algunos domingos, añadiendo que entre los divisionarios no todos eran voluntarios falangistas, pues también había ex combatientes republicanos y gente que se alistó por hambre, o para ayudar a algún familiar encarcelado o en desgracia.
Añadí que la causa que defendían era infame, pero eso no alteraba el hecho básico: eran compatriotas, estaban en el infierno y pelearon con bravura admirable.
«Quienes nos gobiernan deberían prestar atención a esas cosas -escribí-. La Historia ha probado mil veces que no hay nada más peligroso que un español acorralado».
Lo interesante vino luego: tres mil opiniones de tuiteros.
Yo había mencionado un hecho histórico, destacando un coraje y una tenacidad independientes de tiempos o ideologías.
Algo que ocurrió y que está -debería estar- en los libros de Historia por las mismas razones que la toma de Tenochtilán, el saco de Roma o la liberación de París por los republicanos españoles de la Nueve.
Y sin embargo, no pueden imaginar la que se lió en Twitter: los insultos y descalificaciones entre quienes discutían. Algunos me incluyeron, claro.
Eso fue lo más revelador: ultraderechistas acusándome de rojo por haber calificado de infame la causa que la División Azul defendía en Rusia, y ultraizquierdistas acusándome de facha por hablar de la División Azul en vez de sepultarla en el negro olvido.
Y entre unos y otros, docenas de tuiteros tirándose los trastos a la cabeza con argumentos ideológicos, orillando el hecho principal: el episodio histórico, su épica objetiva y su interesante consideración.
La Historia, en fin, que no es buena ni mala, sino llave para comprender el pasado y el presente.
Y a veces, para prever el futuro.
Así que una vez más recordé las palabras de mi abuelo.
Pensé en Goya.
En ese cable suelto que los españoles llevamos sumergido en bilis en algún lugar del corazón.
En ese rencor cainita, desaforado, siempre dispuesto a simplificar el mundo en un estúpido nosotros y ellos.
En esa necesidad nuestra, no de vencer y convencer, sino de vencer y exterminar al vencido. Borrar hasta su huella.
Fusilar al que levanta las manos, en vez de ofrecerle un pitillo y mirarlo a los ojos.
Prueben a elogiar en público el valor de moros y cristianos en Las Navas, o el de republicanos y nacionales en El Ebro. Saltarán voces criticando la igualdad de trato, la falta de etiqueta diferencial, la ecuanimidad ante el valor y el sacrificio, como si éstos tuvieran que depender de ideologías para ser admirables.
Nadie puede ser admirable si no pertenece a mi bando, es la lectura final.
Esto repugna y entristece, porque no es de ahora.
Pese a lo que afirman los tontos, no lo inventó Franco, ni la República: viajemos a la Dictadura, a las guerras carlistas, a Fernando VII, a la Inquisición.
En pocos lugares de Europa hubo tanta saña y tanta vileza.
Mientras en otros países -también en eso envidio a Inglaterra- la inteligencia o el valor del adversario son a menudo motivo de admiración y respeto, en España no hacen sino aumentar la envidia; la ira de quien, una vez dueño de la trinchera, remata la faena con toda clase de vejaciones introductorias al tiro en la nuca.
Tiro que, por otra parte, aplica con más entusiasmo quien nunca corrió riesgos antes.
Quien más lejos anduvo, durante el combate, del verdadero campo de batalla.

lunes, 15 de abril de 2013

LA TIENDA DE MI AMIGO, de Arturo Pérez Reverte - 15/4/13

Tengo un amigo que regenta un pequeño comercio tradicional en el centro antiguo de Madrid. Un barrio viejo, castizo, donde la crisis económica, como en todas partes, ha golpeado fuerte en los últimos años, dejando, como paisaje después de la batalla - una batalla que está lejos de terminar - innumerables tiendas cerradas a modo de cadáveres.
Jalonando así años de imbécil incompetencia oficial y también, a veces, de imbécil irresponsabilidad ciudadana particular.
Como la mayor parte de sus colegas de la zona, mi amigo se lamenta cada vez que entro en su tienda y pregunto cómo van las cosas.
A veces se limita a señalar la tienda vacía de clientes, los escaparates de los comercios vecinos que ofrecen saldos desesperados, o con el cartel “Se traspasa”, muestran estantes vacíos y cristales polvorientos.
Mi amigo, que era votante de izquierdas, acabó votando a la derecha en los últimos años del Pesoe y ahora ya no sabe a quién diablos votar.
Son todos igual de hijos de puta, me dice.
La totalidad del arco parlamentario y la madre que lo parió.
Luego cuenta que hace tiempo que no puede pegar ojo por las noches.
“Tengo cincuenta y cuatro años, subraya. Mucha tela por delante. Y sólo esta tienda para vivir y dar de comer a mi familia. Y por primera vez en mi vida me preocupa la vejez.
No sé cuánto tiempo podré aguantar así. Hoy sólo han entrado tres personas en la tienda y ninguna compró nada. Estoy asustado. Te lo juro. Tengo verdadero miedo…”

Le comento que el sábado pasado vine a comprar algo para un regalo, y la tienda estaba cerrada.
“Es que los sábados por la tarde cierro”, dice.
Le pregunto por qué lo hace, si precisamente ese día es cuando más gente se mueve por el centro de la ciudad. Cuando más público pasa por delante de su tienda.
Y su respuesta me deja pensativo:
“Es que yo también tengo derecho”.
Derecho a qué, pregunto tras unos segundos para digerirlo.
“A descansar como todo el mundo -dice-. El mismo que tienes tú”.
Le respondo que, en primer lugar, yo trabajo de ocho a diez horas diarias todos los días de la semana, pero que ésa no es la cuestión.
El asunto es que hay quienes pueden permitirse no trabajar día y medio a la semana, si quieren; pero ése no es su caso.
No, desde luego, en la angustiosa situación que me describe cada vez que entro en la tienda.No con la crisis, la escasez de clientes, la necesidad urgente, en tiempos como éstos, de romperse los cuernos para arañar sustento a la vida.
Le digo todo eso, más o menos. Con términos adecuados para un amigo.
Y añado que las palabras “tengo derecho” pueden ser engañosas.
Uno tiene derecho a todo, naturalmente. Pero sólo cuando puede permitírselo. Cuando está a su alcance.
Yo también tengo derecho a pasar un año leyendo y viendo pelis, navegar el Mediterráneo sin dar golpe, tener una villa en la Toscana o moverme por Madrid en un Rolls Royce con chófer. Pero no me lo puedo permitir, así que me olvido de ello.
Todos tenemos derecho a pasar unas vacaciones en el Caribe, a una segunda casa en la playa, a una Harley Davidson, a cenar en Le Grand Véfour con George Clooney o Mónica Bellucci. Pero de ahí a poder, media un trecho.
Y en tu caso, le digo a mi amigo, tal y como están las cosas, tu derecho a cerrar la tienda los sábados por la tarde, en una calle peatonal y justo a quinientos metros del Corte Inglés, resulta más difícil de ejercer.
“Pues abre tú la tienda”, responde, algo picado.
Yo no tengo tienda que abrir un sábado por la tarde, respondo.
Pero tú sí la tienes, y vives de ella. Y ese día eliges descansar.
Eres muy dueño.
Pero en tal caso deberías matizar la queja.
Por otra parte, añado, no eres el único. Prueba a encontrar, por ejemplo, un quiosco de prensa abierto un domingo a partir de mediodía. Verás qué risa.
¿Y sabes lo que te digo?
Si esta infame crisis hubiera estallado en tiempos de nuestros padres, que ésa sí fue una generación lúcida, sacrificada y admirable, ellos habrían tardado poco en mandarnos a trabajar a la pescadería de la esquina, para llevar dinero a casa.
Y por cierto - recuerdo, de pronto -.
Tienes un hijo, ¿verdad?
Un mocetón de veinticuatro tacos que aún no ha terminado la carrera, y que cuando la termine irá directamente al paro. Vive en tu casa, come y duerme en ella.
¿Por qué no le dices que venga los sábados por la tarde y se encargue de la tienda?...
“La tienda no le gusta -responde mi amigo- Además, si lo planteo, mi mujer me mata”.
Me lo quedo mirando, encojo los hombros y sonrío, convencido.
Pues eso mismo, comento.
Pues eso.

jueves, 11 de abril de 2013

EL MAESTRO DE AJEDREZ, de Arturo Pérez Reverte - 8/4/13

Visito un pequeño club de ajedrez, en una ciudad de provincias.
Un lugar agradable, en cuyo salón hay una docena de mesas con tableros, piezas y relojes de juego.

Por las tardes se dan clases infantiles, y la de hoy corresponde a niños de seis a diez años.
Es la hora de salida del cole, y los pequeños cabroncetes llegan acompañados por los padres, con mochilas multicolores, anoraks y gorros de lana.
Con sus inocentes caras de panoli, en contraste con esas miradas perspicaces a las que nada escapa.

Saludos, conversaciones, risas. Bullicio. Nueve chicos y tres chicas.
Se conocen de clases anteriores, y algunos vienen del mismo colegio.
Bromean entre ellos, hablan con naturalidad de jugadas, ejercicios de ajedrez y partidas pasadas. Tiene gracia ver a renacuajos de seis años hablando con aplomo de mates del pastor y de reyes ahogados.
Sorprende que hasta los más pequeños se comporten como veteranos, con la seguridad de quienes están familiarizados con las piezas y el tablero.
También los padres cambian impresiones. No puedo evitar mirarlos con admiración.
Con respeto.
Nadie los obliga a que sus hijos aprendan ajedrez. Es más cómodo llevarlos a un parque, o a casa, y ahorrar los treinta euros al mes que cuestan las clases.
Quienes puedan pagarlos.
Pero aquí están, puntuales como cada miércoles.
Dispuestos a esperar mientras sus enanos juegan. Aprenden. Cuajan.
No se trata de hacer campeones.
Mi amigo Leontxo García, paladín del ajedrez infantil, lo ha dicho muchas veces: es una estupenda actividad complementaria para los pequeños, porque es divertida y porque los acostumbra a pensar antes de hacer las cosas.
Además, un niño familiarizado con este juego puede mejorar hasta un 17 por ciento su capacidad intelectual - hay conexión directa entre la lógica del ajedrez y la lógica matemática - y también su comprensión lectora, pues el tablero ayuda a interpretar signos, asociarlos y sacar conclusiones.
Los padres que traen a sus hijos son conscientes de eso.
Saben que así los dotan de otra herramienta útil para moverse por el territorio hostil que siempre, al cabo, resulta ser la vida.
Con tres elementos añadidos, importantes para la educación de un niño: la conciencia de que existen reglas, el respeto por el adversario -en el ajedrez y en la calle siempre habrá alguien más listo que tú- y acostumbrarlo a encajar victorias y derrotas con naturalidad. Con elegancia.
Llega el maestro de ajedrez: un individuo de aire malhumorado, sobre los cincuenta años. No tiene aspecto simpático.
Con dos palmadas hace que los niños ocupen sus lugares y dispongan las piezas.Luego pide a los padres que desaparezcan. Que se larguen.
Nada de ver cómo juega mi chaval, ni de nenes haciendo monerías para sus papis.
El ajedrez no se juega en familia.
Obedecen todos; pero como no soy padre y estoy de visita, me quedo en la puerta con algún otro progenitor, mirando de lejos.Al profesor no le hace gracia - nos dirige una mirada hostil - pero al cabo decide fingir que no nos ve.
Y empieza la clase.
Lo que asombra, desde el principio, es la disciplina. Acostumbrados como estamos a que sean los enanos quienes dan el tono, el contraste es notable.
Ha bastado la presencia del profesor para que todos se callen y jueguen.
Aperturas, gambitos.
Todo ocurre con insólita seriedad infantil.
De codos en la mesa, los niños alargan la mano para mover una pieza, miran al contrincante.
El silencio y el orden son absolutos.
El maestro de ajedrez pasea severo, mirando los tableros. Haciendo una indicación a este o aquel jugador.
Los niños obedecen en silencio, respetuosos.
Tan formales que dejan estupefacto.
No puedes evitar acordarte de tus maestros de infancia, cuya sola presencia bastaba para imponer disciplina a toda una clase.
Y es que, concluyes, éste es un lugar privado.
Aquí no hay docencia psicopedagógica políticamente correcta, sino un maestro docto en lo suyo, disciplina y niños deseosos de aprender: alumnos voluntarios que aceptan las reglas.
En críos de su edad, eso resulta tan fascinante que acabas preguntándote hasta qué punto escenas así no siguen siendo necesarias.
Hasta qué punto los viejos maestros como siempre fueron -severos, sabios, infundiendo respeto-, no hacen mejores a quienes tutelan.
Y cuando uno de los niños mira a otro y dice algo en voz baja, distrayéndose del juego, observo que el maestro de ajedrez se acerca y le da una ligera colleja: un pescozón de toda la vida, que devuelve la atención del chico a su tablero.
Algo que en un colegio de ahora podría costar al profesor un disgusto, un expediente, un titular en los periódicos.
Y que desde la puerta, en donde curiosea conmigo, el padre del niño acoge con un movimiento de cabeza resignado, y con una sonrisa.



viernes, 15 de marzo de 2013

UN ERSATZ, de Horacio Verbitzky - 14.3.13

Entre los centenares de llamados y mails recibidos, elijo uno.
“No lo puedo creer. Estoy tan angustiada y con tanta bronca que no sé qué hacer. Logró lo que quería. Estoy viendo a Orlando en el comedor de casa, ya hace unos años, diciendo ‘él quiere ser Papa’. Es la persona indicada para tapar la podredumbre. Es el experto en tapar. Mi teléfono no para de sonar, Fito me habló llorando.”
Lo firma Graciela Yorio, la hermana del sacerdote Orlando Yorio, quien denunció a Bergoglio como el responsable de su secuestro y de las torturas que padeció durante cinco meses de 1976.
El Fito que la llamó desconsolado es Adolfo Yorio, su hermano.
Ambos dedicaron muchos años de su vida a continuar las denuncias de Orlando, un teólogo y sacerdote tercermundista que murió en 2000 soñando la pesadilla que ayer se hizo realidad.
Tres años antes, su íncubo había sido designado arzobispo coadjutor de Buenos Aires, lo cual preanunciaba el resto.
Orlando Yorio no llegó a conocer la declaración de Bergoglio ante el Tribunal Oral Federal 5.
Allí dijo que recién supo de la existencia de chicos apropiados después de terminada la dictadura.
Pero el Tribunal Oral Federal 6, que juzgó el plan sistemático de apropiación de hijos de detenidos-desaparecidos, recibió documentos que indican que ya en 1979 Bergoglio estaba bien al tanto e intervino al menos en un caso a solicitud del superior general, Pedro Arrupe.
Luego de escuchar el relato de los familiares de Elena de la Cuadra, secuestrada en 1977, cuando atravesaba el quinto mes de embarazo, Bergoglio les entregó una carta para el obispo auxiliar de La Plata, Mario Picchi, pidiéndole que intercediera ante el gobierno militar. Picchi averiguó que Elena había dado a luz una nena, que fue regalada a otra familia. “La tiene un matrimonio bien y no hay vuelta atrás”, informó a la familia.
Al declarar por escrito en la causa de la ESMA, por el secuestro de Yorio y del también jesuita Francisco Jalics, Bergoglio dijo que en el archivo episcopal no había documentos sobre los detenidos-desaparecidos. Pero quien lo sucedió, su actual presidente, José Arancedo, envió a la jueza Martina Forns copia del documento que publiqué aquí, sobre la reunión del dictador Videla con los obispos Raúl Primatesta, Juan Aramburu y Vicente Zazpe, en la que hablaron con extraordinaria franqueza sobre decir o no decir que los detenidos-desaparecidos habían sido asesinados, porque Videla quería proteger a quienes los mataron.
En su clásico libro Iglesia y dictadura, Emilio Mignone lo mencionó como paradigma de “pastores que entregaron sus ovejas al enemigo sin defenderlas ni rescatarlas”. Bergoglio me contó que en una de sus primeras misas como arzobispo divisó a Mignone e intentó acercársele para darle explicaciones, pero que el presidente fundador del CELS alzó la mano indicándole que no avanzara.
No estoy seguro de que Bergoglio haya sido elegido para tapar la podredumbre que redujo a la impotencia a Joseph Ratzinger. Las luchas internas de la curia romana siguen una lógica tan inescrutable que los hechos más oscuros pueden atribuirse al espíritu santo, ya sean los manejos financieros por los que el Banco del Vaticano fue excluido del clearing internacional porque no cumple con las reglas para controlar el lavado de dinero, o las prácticas pedófilas en casi todos los países del mundo, que Ratzinger encubrió desde el Santo Oficio y por las que pidió perdón como pontífice.
Ni siquiera me extrañaría que, brocha en mano y con sus zapatos gastados, Bergoglio emprendiera una cruzada moralizadora para blanquear los sepulcros apostólicos.
Pero lo que tengo por seguro es que el nuevo obispo de Roma será un ersatz, esa palabra alemana a la que ninguna traducción hace honor, un sucedáneo de menor calidad, como el agua con harina que las madres indigentes usan para engañar el hambre de sus hijos.
El teólogo brasileño de la liberación Leonardo Boff, excluido por Ratzinger de la enseñanza y del sacerdocio, tenía la ilusión de que fuera elegido el franciscano de ancestros irlandeses Sean O’Malley, que carga con la diócesis de Boston, quebrada por tantas indemnizaciones que pagó a niños vejados por sacerdotes.
“Se trata de una persona muy vinculada a los pobres porque trabajó mucho tiempo en América Latina y el Caribe, siempre en medio de los pobres. Es una señal de que puede ser un papa diferente, un papa de una nueva tradición”, escribió el ex sacerdote.
En la Silla Apostólica no se sentará un verdadero franciscano sino un jesuita que se hará llamar Francisco, como el pobrecito de Asís.
Una amiga argentina, me escribe azorada desde Berlín que para los alemanes, que desconocen su historia, el nuevo papa es tercermundista.
Menuda confusión.
Su biografía es la de un populista conservador, como lo fueron Pío XII y Juan Pablo II: inflexibles en cuestiones doctrinarias pero con una apertura hacia el mundo, y sobre todo, hacia las masas desposeídas.
Cuando rece su primera misa en una calle del trastevere o en la stazione termini de Roma y hable de las personas explotadas y prostituidas por los poderosos insensibles que cierran su corazón a Cristo; cuando los periodistas amigos cuenten que viajó en subte o colectivo; cuando los fieles escuchen sus homilías recitadas con los ademanes de un actor y en las que las parábolas bíblicas coexisten con el habla llana del pueblo, habrá quienes deliren por la anhelada renovación eclesiástica.
En los tres lustros que lleva al frente de la Arquidiócesis porteña hizo eso y mucho más. Pero al mismo tiempo intentó unificar la oposición contra el primer gobierno que en muchos años adoptó una política favorable a esos sectores, y lo acusó de crispado y confrontativo porque para hacerlo debió lidiar con aquellos poderosos fustigados en el discurso.
Ahora podrá hacerlo en otra escala, lo cual no quiere decir que se olvide de la Argentina.
Si Pacelli recibió el financiamiento de la Inteligencia estadounidense para apuntalar a la democracia cristiana e impedir la victoria comunista en las primeras elecciones de la posguerra, y si Wojtyla fue el ariete que abrió el primer hueco en el muro europeo, el papa argentino podrá cumplir el mismo rol en escala latinoamericana.
Su pasada militancia en Guardia de Hierro, el discurso populista que no ha olvidado, y con el que podría incluso adoptar causas históricas como la de las Malvinas, lo habilitan para disputar la orientación de ese proceso, para apostrofar a los explotadores y predicar mansedumbre a los explotados.

miércoles, 13 de marzo de 2013

AMANECE CON PELO LARGO, EL DÍA CURVO DE LAS MUJERES, de Gioconda Belli

Amanece con pelo largo, el día curvo de las mujeres.
¡Qué poco es un solo día, hermanas,
qué poco, para que el mundo acumule flores frente a nuestras casas!
De la cuna donde nacimos hasta la tumba donde dormiremos,
- toda la atropellada ruta de nuestras vidas -
deberían pavimentar de flores para celebrarnos.
(
Que no nos hagan como a la Princesa Diana, que no vio ni oyó,
las floridas avenidas postradas de pena de Londres
)
Nosotras queremos ver y oler las flores,
queremos flores de los que no se alegraron cuando nacimos hembras
en vez de machos.
Queremos flores de los que nos cortaron el clítoris
y de los que nos vendaron los pies.
Queremos flores de quienes no nos mandaron al colegio, para que cuidáramos a los hermanos y ayudáramos en la cocina.
Flores del que se metió en la cama de noche y nos tapó la boca, para violarnos mientras nuestra madre dormía.
Queremos flores del que nos pagó menos por el trabajo más pesado,
y del que nos corrió, cuando se dio cuenta que estábamos embarazadas.
Queremos flores del que nos condenó a muerte, forzándonos a parir
a riesgo de nuestras vidas.
Queremos flores del que se protege del mal pensamiento,
obligándonos al velo y a cubrirnos el cuerpo.
Del que nos prohíbe salir a la calle sin un hombre que nos escolte
Queremos flores de los que nos quemaron por brujas,
y nos encerraron por locas.
Flores del que nos pega, del que se emborracha,
del que se bebe irredento el pago de la comida del mes.
Queremos flores de las que intrigan y levantan falsos testimonios,
flores de las que se ensañan contra sus hijas, sus madres y sus nueras,
y albergan ponzoña en su corazón para las de su mismo género.
Tantas flores serían necesarias para secar los húmedos pantanos
donde el agua de nuestros ojos se hace lodo;
arenas movedizas tragándonos y escupiéndonos,
de las que tenaces, una a una, tendremos que surgir.
Amanece con pelo largo el día curvo de las mujeres.

Queremos flores hoy.
Cuanto nos corresponde.
El jardín del que nos expulsaron.

lunes, 11 de marzo de 2013

LA CONSEJERA Y LA CATEDRÁTICA, de Arturo Pérez Reverte - 11/3/13

Fue interesante lo del otro día.
Y revelador.
Comentaban en la radio un asunto de anticuarios más o menos tramposos y presunta falsificación de objetos arqueológicos. Algo relacionado con una vasija de cerámica ibera incautada por la Guardia Civil, a primera vista muy valiosa, que posiblemente era más falsa que un euro de cartón.
Lo contaban en una emisora de radio local: un programa largo, de quince o veinte minutos, muy bien elaborado.
El periodista firmante tenía pocos conocimientos sobre la materia; pero, como buen profesional, no intentaba aparentarlos.
Había trabajado con investigación previa, documentación adecuada y una estructura de programa donde eran puntos  fuertes algunas entrevistas y testimonios interesantes.
Me lo zampé de cabo a rabo.
Uno de esos testimonios era de una catedrática de Arqueología de la universidad local, a la que acudía el periodista para obtener una opinión autorizada.
Era evidente que la señora estaba acostumbrada a explicar cosas a sus alumnos, y que lo hacía con mucha eficacia: su intervención, prolija y técnica pero sin aburrir en ningún momento, resultó apasionante.
Era, desde luego, una excelente profesora.
Con mucha claridad supo explicar de qué iba la cosa, por qué la vasija le parecía una buena imitación pero era no auténtica, y acabó describiendo con detalle los elementos decorativos  de la pieza, que en su opinión, vistos por separado, estaban perfectamente reproducidos; pero, considerados en la sintaxis general de ese tipo de vasijas iberas, resultaban incorrectos. Y todo eso, en un corte radiofónico de casi diez minutos, lo estuvo largando la señora sin aburrir en absoluto, dejándome informado a la perfección, con una elegancia y claridad de lenguaje asombrosos.
Si yo hubiera estudiado Arqueología, concluí, habría querido tener una profesora como ésa.
De las que te marcan y recuerdas toda la vida.
Pero no hay sopa hispana sin pelo dentro.
Tras la catedrática, el periodista dio paso a una consejera de Cultura que aportó la versión oficial del asunto.
Ignoro si confrontar a una señora con otra fue deliberado o  casual, aunque el contraste era abrumador.
De un lenguaje claro, docto, seguro de sí, por parte de la catedrática, se pasó a una exposición reiterativa, titubeante y técnicamente confusa por parte de la consejera, que intentaba al mismo tiempo guardar la ropa y nadar cien metros estilo mariposa.
De forma que al final, tras escuchar repetir lo mismo media docena de veces con diversas obviedades incluidas, el  oyente quedaba en una desagradable incertidumbre: no estaba claro si la consejera le colgaba el mochuelo de su confusión a la Guardia Civil, o si estaba defendiéndola, o si de verdad creía que la vasija era falsa, o no, o según, o todo lo contrario. Ni siquiera si las palabras vasija e ibérica tenían significado para ella.
Lo que quedó clarísimo, desde luego, es que esta segunda señora no tenía idea de lo que estaba hablando.
Cuando apagué la radio no pude menos que formularme la pregunta inevitable, e incluso perversa:
¿Por qué, si de Cultura se trata, la consejera es la segunda señora, y no la primera?
¿Cuál es la razón de que la responsable de los asuntos culturales en una comunidad autonómica no sea una catedrática prestigiosa y culta, por ejemplo, que además sabe ordenar sujeto, verbo y predicado, sino una señora cuyos conocimientos técnicos y capacidad expresiva dejan mucho que desear?...
Picada así mi curiosidad, encendí el ordenata y consulté, goteante el colmillo, los antecedentes biográficos de las citadas damas. Y allí estaba todo, negro sobre blanco.
La catedrática de Arqueología contaba con impecable currículum profesional y docente, prestigio en su cátedra y demás.
Una especialista, en fin, ocupándose de un asunto que conocía al dedillo.
Por eso fueron a preguntarle por las vasijas iberas, naturalmente.
Y también por eso, deduje, ni ella ni nadie semejante tendrán nunca la más diminuta posibilidad de que alguien los nombre, no ya consejero autonómico, sino concejal de Cultura de su pueblo; entre otras cosas porque, para ese cargo, en España suele ser requisito imprescindible no tener ni siquiera estudios de bachillerato.
O casi.
Por contraste, el currículum de la segunda señora era más breve y compacto.
Más esclarecedor del asunto: carrera de Derecho -con todo el respeto para el Derecho, por mi parte- y alcaldesa de su pueblo a los veintiséis años por el Pepé -aunque igual podría haberlo sido por el Pesoe-, diputada en el Congreso con veintisiete y consejera de Cultura de su Comunidad poco después.
Así que acabáramos, concluí.
Ya sé por qué una de las dos no es consejera de Cultura; y la otra, sí.
Esto es España, como dije antes.
Paraíso del disparate público.
Y más claro, agua. 

Una rectificación

En relación con mi Patente de Corso del día 10 de marzo, titulado "La consejera y la catedrática", es de justicia hacer una rectificación, que incluye una disculpa.
Porque ese artículo contiene un error.
La entrevistada en una emisora de radio sobre la supuesta falsificación de una vasija ibera no era la consejera de Cultura de su Comunidad, sino una subordinada directa suya: la directora general de Cultura.
Eso no cambia gran cosa el artículo, desde luego, ni mucho menos su sentido; pero es de justicia señalarlo.
La que en el texto califiqué de "exposición reiterativa, titubeante y técnicamente confusa" fue de la directora general de Cultura, no de su jefa la consejera.
Así que me disculpo públicamente por atribuir a la jefa el discurso de la subordinada.
Fue injusto por mi parte.
De cualquier modo, y una vez disculpado, me reitero en el asunto principal.
La consejera de Cultura estudió la carrera Derecho, militó desde muy joven en un partido político y es político  profesional.
Su directora general estudió Periodismo, militó desde muy joven en el mismo partido político y también es político profesional.
Parafraseando clásicos, me es por completo indiferente que el discurso provenga de Agamenón o de su porquero.
El disparate, en mi opinión, es que en España sean consejeros de Cultura o directores generales de Cultura profesionales de la política, sin otro merecimiento curricular que su militancia en partidos políticos, y no verdaderos expertos con prestigio reconocido en Educación y Cultura.

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