miércoles, 15 de junio de 2022

ALBERTO RÁBANOS: UN TESTIMONIO DEL HORROR, de Gladis Pedraza y Francisco José Pestanha



El bombardeo sobre la Plaza de Mayo el 16 de Junio de 1955, fue el "primer gran atentado terrorista en la Argentina del siglo XX" y además constituye Delito de "Lesa Humanidad" NUNCA DECLARADO.

Alberto Rábanos nació en Lanús en 1928.
Cursó sus estudios primarios en Villa Obrera y luego de un breve itinerario por la escuela Industrial, decidió continuar sus estudios en la Escuela de Mecánica del Ejército de la que egresó con el grado de cabo conductor motorista.

Inmediatamente fue destinado a Campo de Mayo, luego a Junín, Provincia de Buenos Aires, para recalar finalmente en el Regimiento Motorizado “Buenos Aires” con asiento en las intersección de las calles Pichincha y Garay de ésta Ciudad.

El 16 de junio de 1955 treinta y pico de aviones de la Marina de Guerra argentina que habían estado sobrevolando la ciudad desde temprano, bombardearon con saña inusitada los alrededores de la casa de Gobierno descargando casi 10.000 kilogramos de bombas.

Murieron en aquella oportunidad más de cuatrocientos compatriotas entre los que se encontraban mujeres y niños.

Hoy se sabe que además del personal militar, integraban la tripulación de las aeronaves civiles también complotados.

Uno de los actores principales de aquella lúgubre sedición fue Miguel Ángel Zavala Ortíz premiado posteriormente con el cargo de Ministro de relaciones Exteriores durante el gobierno del ex Presidente Arturo Humberto Illia.

Como encargado de la columna de vehículos de la quinta compañía, le cupo a Rábanos la misión de conducirse hasta las inmediaciones de la Aduana donde se entabló una lucha desigual entre un regimiento reducido en cantidad de hombres y pertrechos, y los subversivos, parapetados en el Ministerio de Marina y auxiliados por la metralla feroz de los aviones Catalina y Beechcraft.

Relata Alberto que las hostilidades fueron realmente cruentas hasta que desde el Ministerio se levantó bandera blanca y el regimiento avanzó tras la arenga de obreros armados con palos.
Esta actitud, la de los trabajadores, hizo que la bandera se replegara inmediatamente y que la ofensiva por parte de los sublevados se agravara.

En el fragor de la lucha una esquirla de bomba afectó la visión del Capitán Di Candia quien fue inmediatamente reemplazado por el Mayor Pablo Vicente.
A sus órdenes se realizó la avanzada final sobre el edificio de los marinos.

A minutos de ingresar a sus instalaciones una detonación dio cuenta que el Vicealmirante Benjamín Gargiulo, una de las “caras visibles” de la sublevación, se había suicidado.
Alberto pudo observar su cadáver munido de un rosario.

Rábanos no se cansa de relatar cómo, en aquella oportunidad, los aviadores, aprovechando el mejoramiento en las condiciones meteorológicas, ametrallaron todo a su paso.
Pudo así ser testigo y fiel observador de los cuerpos destrozados, de los trolebuses quemados con la gente calcinada y de las zanjas cavadas por las bombas.

Los autores de esta vergüenza histórica volaron a Montevideo donde fueron recibidos como héroes.
Hoy afortunadamente nadie los recuerda.

Por el contrario el pueblo no cesa en rememorar a aquellos dignos exponentes del Ejército y del movimiento obrero que defendieron con valor y arrojo al gobierno constitucional.

Durante décadas Alberto se reunió todos los años con sus camaradas y con los conscriptos a recordar su participación en uno de los episodios más insospechados de nuestra historia.
Rememorar las circunstancias de aquel verdadero delito de lesa humanidad, y también a todos aquellos que impidieron con una valentía extraordinaria que tal asonada se extendiera y triunfara, es un deber que a esta altura de las circunstancias ya compete a todos los argentinos.

Vaya este recuerdo especial a quien ha dejado ya esta vida para integrarse a otra que constituye la esperanza de gran parte de la humanidad.

(Telam) 15/06/2011

martes, 14 de junio de 2022

CHÉ, de Mario Benedetti



Lo han cubierto de afiches,
de pancartas,
de voces en los muros,
de agravios retroactivos,
de honores a destiempo,

Lo han transformado
en pieza de consumo,
en memoria trivial,
en ayer sin retorno,
en rabia embalsamada.

Han decidido usarlo como epílogo,
como última thule de la inocencia vana,
como anejo arquetipo de santo o satanás.

Y quizás han resuelto
que la única forma
es desprenderse de él,
o dejarlo al garete.

Es vaciarlo de lumbre,
convertirlo en un héroe,
de mármol o de yeso,
y por lo tanto inmóvil.

O mejor como mito,
o silueta, o fantasma,
del pasado pisado.

Sin embargo los ojos incerrables del Che
miran como si no pudieran no mirar,
asombrados tal vez de que el mando no entienda
que treinta años después sigue bregando,
dulce y tenaz, por la dicha del hombre.

Un día como hoy, pero en 1928, nacía Ernesto Guevara.

LA FUCKING CUESTIÓN DE GÉNERO, de E.A.


1. De los 867 millones de adultos analfabetos en el mundo, 550 millones son mujeres.
O sea, el 63 por ciento del total.

2. El rendimiento de las mujeres agricultoras es de un 20 a 30% inferior al de los hombres, porque las mujeres tienen menos acceso a mejores semillas, fertilizantes y equipos, así como mucho menos acceso al crédito, especialmente si son solteras.
Si tuvieran los mismos recursos que los varones, la cifra mundial de hambrientos bajaría en 150 millones, sobre un total de 805 millones.

3. En muchos países las tradiciones dictan que las mujeres deben ser las últimas en comer, después de que todos los hombres y niños terminen de comer.
En situaciones de crisis las mujeres son generalmente las primeras en sacrificar su consumo de alimentos para poder proteger el de sus familias.

4. Cerca de la mitad de todas las mujeres embarazadas en los países “emergentes” padecen anemia.
Cada año, esto causa alrededor de 110.000 muertes durante el parto.

5. Las mujeres son la mitad de la humanidad pero tienen el 10 por ciento de la renta mundial.

6. Del total de tierras cultivables las mujeres son propietarias de un tres (3) por ciento en promedio.
En los casos excepcionales, en las regiones más ricas y desarrolladas, el tope de participación de mujeres en la propiedad de la tierra no supera al 25 por ciento.

7. La brecha salarial promedio en el mundo industrializado y más rico es del 17 por ciento a favor de los varones por igual tarea.
La brecha mundial total es del 25 por ciento de diferencia a favor de los varones.
Pero la brecha real es aún mayor, dado que estas cifras se construyen solamente con trabajo formal registrado.

8. El acoso laboral sobre las mujeres tiene niveles endémicos en todo el mundo sin excepción.
No solamente acoso sexual, sino relación laboral extorsiva o de “mobbing” sobre mujeres que son único sostén de sus hijos.

9. En caso de grandes catástrofes naturales como terremotos o tsunamis, las proporción de víctimas mujeres es mucho más alta durante y después de los desastres.
Durante, porque las mujeres son excluidas de los entrenamientos y prácticas de auto preservación. 
Por ejemplo, en las comunidades costeras que viven de la pesca de subsistencia, a las mujeres no se les enseña a nadar porque no salen a pescar.
Después, porque las sobrevivientes, menor cantidad que los varones, son víctimas de ataques sexuales masivos.

10. Igualmente, son víctimas sexuales como botín de guerra, en todas las guerras, declaradas o no.

11. De los dos millones y medio de víctimas de trata por año en el mundo el 59 por ciento son mujeres adultas y el 17 por ciento son niñas.
De la suma de éstas, cerca del 60 por ciento son víctimas de explotación sexual y el resto de trabajo esclavo.

12. De las víctimas fatales de casos de violencia intrafamiliar o intra clan, el 97 por ciento son mujeres, y en el 99 por ciento de los casos los perpetradores son cónyuges, hermanos o padres.

13. Para los detractores de varones con alguna notoriedad o influencia pública de cualquier origen los insultos elegidos NUNCA tienen que ver con el género.
Para los detractores de mujeres en similar grado de exposición pública, los insultos SIEMPRE se relacionan con el género: yegua, puta, ovárica, histérica, conchuda.

14. La “rubia tonta sexy” no solamente es un modelo vigente en la cultura del entretenimiento, sino que además se constituye en un modelo a imitar y promover.

15. La tendencia dominante en el mundo de la moda - indumentaria, perfume, accesorios - en materia de representaciones, símbolos y fetiches, ha mantenido durante casi cuatro décadas una centralidad que oscila entre la púber virgen pero disponible y la “fatal” adquirida como objeto de subasta por el macho poderoso.
Esto, en absurdo contraste con una sutil virilización del cuerpo femenino mediante la desaparición de las curvas y redondeces propias.

16. Solamente en materia de derechos sexuales y reproductivos, así como de discriminación por género en la academia, las profesiones universitarias, la alta política y el mundo intelectual y científico se podrían agregar otros quince puntos.

Forma parte de los derechos soberanos del macho desinteresarse de la fucking cuestión de género.

Pero también forma parte de sus responsabilidades cerrar la boca y no hablar al fucking soberano pedo.

Si a usted la cuestión de género lo fatiga o se la suda, la salida es por ahí.

jueves, 9 de junio de 2022

ANILLOS DE CENIZA, de Alejandra Pizarnik

A Cristina Campo


Son mis voces cantando

para que no canten ellos,
los amordazados grismente en el alba,
los vestidos de pájaro desolado en la lluvia.

Hay, en la espera,
un rumor a lila rompiéndose.
Y hay, cuando viene el día,
una partición de sol en pequeños soles negros.

Y cuando es de noche, siempre,
una tribu de palabras mutiladas
busca asilo en mi garganta
para que no canten ellos,
los funestos, los dueños del silencio.

martes, 7 de junio de 2022

UNA HISTORIA DE EUROPA XX a XXIX, de Arturo Pérez Reverte

LA HISTORIA DE EUROPA XX

Europa no sólo era Roma.
Aunque menos civilizados, otros pueblos existían en el norte y el este, más allá de las cordilleras alpinas y los Cárpatos.
Cuanto más lejos estaban del Mediterráneo, más brutos eran y menos información hay sobre ellos.
Hasta un período comprendido entre los siglos III y I antes de Cristo en que apenas existen rastros escritos que iluminen las brumas y las sombras de su historia.

Son los antiguos textos latinos y la arqueología moderna los que aportan información, y así sabemos que eran poblaciones dispersas de granjas y aldeas dedicadas a la agricultura, el pastoreo, la caza y la pesca: variopinta multitud de rudos estados étnicos y confederaciones tribales cada uno a su aire, dominados por aristocracias rurales.

Todo muy primitivo y de aquí te pillo aquí te mato, con un toque cultural más bien celta, de carácter guerrero, donde eran frecuentes el saqueo y hacer la puñeta al vecino, y también los grandes desplazamientos de poblaciones medio nómadas impulsadas hacia mejores tierras por el hambre o la codicia, con lo que implicaba de conflictos, esclavitudes, degüellos y otros bonitos usos sociales de la época.

Eso fraguó poco a poco en nuevas formas de vida, y hacia el siglo II a. C. empezaron a ponerse de moda los oppida (palabra que nos viene del latín) y los viereckschanzen (del alemán: fuertes cuadrados), que eran recintos fortificados donde se trabajaban metales, florecía la artesanía y circulaba moneda.

También, por esa época, los gobiernos de consejos de ancianos, que eran los de toda la vida, dieron paso a pequeñas monarquías de reyes o régulos que cortaban el bacalao con mayor autoridad y eficacia (era el más bestia de la tribu quien solía hacerse con el poder), hasta el punto de que algunos de esos pueblos, los situados más al sur, empezaron a verse las caras con la pujante Roma, que si te invado y que si no, iniciándose un animado período de paces y guerras fronterizas, trifulcas, áspera vecindad y cambiantes alianzas.

Pero lo que alteró de verdad el paisaje de la Europa bárbara (o extranjera, según el viejo concepto griego, vista ahora desde la óptica romana), fue la gran invasión de cimbrios y teutones: movimiento migratorio muy bestia, al filo de los siglos II y I a. C., posiblemente con origen en la actual Dinamarca y el norte de Alemania (según el historiador Plutarco, cimbrio significaba bandido, y por ahí fue el ambiente).

Cientos de miles de personas, incluidos mujeres y niños, empezaron a moverse hacia el oeste y el sur en busca de tierras, precedidos por salvajes grupos guerreros que saqueaban todo lo que estaba quieto y mataban o esclavizaban cuanto se movía; y a los que se sumaban, haciendo de la necesidad virtud, otros grupos étnicos de las regiones por las que pasaban dando estopa.

Estos invasores nórdicos tenían el pelo rubio y los ojos azules, vestían con pieles y sus hábitos eran de lo más primitivo: mientras las señoras se ocupaban de casa, campos y ganado, los maridos iban de caza, a la guerra, o se dedicaban al oficio más útil en un pueblo guerrero como el suyo, que era la herrería, o sea, la fabricación de espadas, lanzas y puntas de flecha (no es casualidad que en Alemania abunde hoy el apellido Schmidt, asociado con schmied, herrero).

Aquellos fulanos no tenían reyes, ni falta que les hacía, pues su sistema de gobierno era electivo sin transmisión familiar, en plan parecido, hilando grueso, a lo que hoy sería un presidente de república.

Sus dioses (Thor, Freya y algún otro) nada tenían que ver con los de griegos y romanos: eran deidades tan toscas como quienes los adoraban, y el más pintón resultaba, naturalmente, el de la guerra, que se llamaba Woden, u Odín, y vivía en un palacio del cielo llamado Walhala, donde iban los hombres (y supongo que también las mujeres, aunque no hay pruebas) valientes cuando palmaban.

Por influjo de esa gente, y de ese modo, se fueron definiendo un centenar de años antes de Cristo los pueblos de la Europa occidental no romana: cimbrios y teutones dando por saco de un lado para otro (hasta que el general romano Mario los escabechó en las batallas de Aquae Sextiae y Vercellae), germanos en el alto Rhin, galos en la actual Francia, celtíberos en Hispania, belgas en Bélgica, helvecios en lo que hoy es Suiza.

El militar, político e historiador Julio César (del que hablaremos cuando toque) iba a describirlos pocos años después en sus Comentarios a la Guerra de las Galias.
Los bárbaros, como digo.

Las aún indecisas fronteras de una Roma todavía republicana, pero en la que empezaban a pasar cosas raras, con una guerra civil calentita y a punto de nieve.
El porvenir de Europa iba a jugarse allí, entre pitos y flautas, y venían de camino episodios apasionantes.
Así que no se pierdan ustedes el próximo.


LA HISTORIA DE EUROPA XXI

La república romana, antaño virtuosa y ejemplar (ése fue el tópico acuñado por los historiadores de la época, que miraban atrás con nostalgia), se estaba yendo de las manos.
Nuevas generaciones de políticos, todos ellos chicos pijos y ambiciosos, de buenas familias patricias, querían mayor tajada de pastel de la que les había tocado hasta entonces; así que, para garantizarse el trinque, hacían mucho la pelota a los militares con tropas bajo su mando.
Eres de lo que no hay, Mario, le decían a uno.
Lo tuyo es de ganar concursos, Sila, le decían a otro.
Quiero un hijo tuyo, Pompeyo, le soltaban al de más allá.
Y los espadones aquellos, que no tenían abuela, se lo creían.
Y entre batalla y batalla todos robaban a manos llenas.

La peligrosa idea del hombre providencial, o sea, el individuo (militar, por supuesto) cuyo talento y audacia acabarían poniendo orden empezó a calar seriamente en la peña, con las previsibles consecuencias: soldadotes en plan flamenco, marcando el ritmo, y todos considerándose providenciales a sí mismos.
La palabra dictador volvió a ponerse de moda, esta vez con resonancias siniestras.

Encima, y para acabar de arreglarlo, el golferío de las élites ricas y frívolas, los intereses de clase y las costumbres disolutas se adueñaban de Roma, hasta el punto de que Catón el Joven escribió, o dijo: "Esta ciudad ya no es más que una agencia de matrimonios políticos enmendada por los cuernos".

Para mayor recochineo, las distintas facciones políticas, incluso los fulanos particulares que tenían viruta, pagaban a bandas de gentuza armada que ajustaban cuentas en su nombre.
Aquello era ya un sindiós.
La paz pública se fue al carajo y, según el historiador Apiano, Cada año se cometía un crimen abominable en el foro.

Fue una verdadera guerra social, que no sólo tuvo lugar en las ciudades sino también en el campo, cada vez más devastado por la guerra civil que los jefes militares, convertidos en verdaderos señores de la guerra, libraban entre ellos.
En cuanto un miles gloriosus ganaba una batalla en el exterior contra los germanos, por ejemplo, o contra los galos, o contra quien fuera, todos empezaban a darle palmaditas en la espalda y a decirle olé tus huevos, chaval, tú vales mucho.

El resultado es que unos y otros se envidiaban y odiaban, se aliaban y se traicionaban; y cuando se les iba la olla y alguien pedía cuentas, soltaban en plan chuleta, como Mario, aquello de A causa del ruido de las armas no he podido oír el de las leyes...

Por ahí iba el tono, pues ya eran las legiones las que, manu militari, legitimaban a los gobernantes.
Pero no todas las personalidades eran de la milicia.
Por esa época, casi a mediados del siglo I antes de Cristo, también destacó un fulano impresionante: un orador, abogado y político llamado Cicerón, intelectual de campanillas, listo y oportunista, uña y carne de financieros y millonetis romanos, al que todos los que estudiamos latín en el cole conocemos por su famoso Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra..? (discurso con el que hizo la puñeta a un tal Catilina, rival político que según él conspiraba contra la República, y al que obligó a echarse al monte y a ser liquidado en una batalla doméstica).
Pero, bueno. La salud republicana, con Cicerón o sin él, tenía una pinta muy fea.
Dicho en elegante, era una auténtica casa de putas.

Y la había puesto peor, si cabe, la revuelta de esclavos más cinematográfica de la historia: la rebelión capitaneada por Espartaco (un gladiador tracio que era clavadito a Kirk Douglas) que en el año 73 a. C. dijo a los romanos «Se va a matar en el circo para que disfrutéis, vuestra puta madre».

Así que él y otros setenta compañeros, al principio armados sólo con cuchillos de cocina, liaron un pifostio importante en Capua, huyeron al campo y en poco tiempo se les fueron juntando decenas de miles de esclavos, pastores, gente pobre y demás parias de la tierra, hasta formar un ejército impresionante que devastó las tierras, derrotó varias veces a las legiones y acojonó a Roma entera.
La idea de Espartaco era pasar los Alpes y dispersarse en libertad, pero su gente prefirió el saqueo y la revancha en la península itálica. 

Al fin, un general llamado Marco Craso (rico y de buena familia que quería hacerse un prestigio militar) consiguió derrotarlo, y para dar ejemplo crucificó a seis mil prisioneros a lo largo de la Vía Apia.
Lo cierto es que el tal Espartaco, novelas y películas aparte, era un tío muy interesante, listo y valiente como pocos.

En sus Vidas paralelas, narrando la de Craso, el historiador Plutarco menciona a Espartaco con simpatía, incluso con admiración, cuando narra el heroico final del antiguo gladiador: lanzóse contra el propio Craso entre muchos enemigos pese a las heridas que recibía, y aunque no logró llegar hasta él, mató a dos centuriones que le salieron al paso.
Finalmente, aunque se quedó solo y rodeado de enemigos, siguió luchando hasta que lo mataron.


LA HISTORIA DE EUROPA XXII

Durante los dos primeros tercios del siglo I antes de Cristo, Roma, poderosa en el exterior, fue un verdadero putiferio en el interior.
La ambición de políticos y generales la sumió en una guerra civil muy desagradable, en la que espadones como Mario, Sila, Sertorio, Craso, Pompeyo y algún otro, respaldados por sus legiones, anduvieron de un lado para otro trincando cuanto podían, dando por saco y minando los cimientos de la antes (al menos así la recuerda la Historia) sobria y virtuosa república.

Pero de todo aquel sindiós surgió una figura interesante, de ésas que los siglos alumbran de vez en cuando: un fulano a la altura de Aníbal o Alejandro Magno, o de lo que mucho más tarde serían Gengis Khan, Hernán Cortés, Napoleón y algún otro.
Éste se llamaba César, Julio de nombre: un niño pijo de buena familia, político y militar que empezó repartiéndose el poder con dos de sus colegas (primer triunvirato) y acabó haciéndose dueño del cotarro.

Conquistó y pacificó la vecina Galia, desembarcó en lo que hoy llamamos Inglaterra, y con un instinto extraordinario para la autopromoción, escribió en tercera persona un best - seller (Comentarios a la guerra de las Galias) que todavía hoy, veintiún siglos después, traducen en el cole los pocos alumnos a quienes los políticos analfabetos que nos gobiernan permiten estudiar latín: Gallia est omnis divisa in partes tres, etc.
El caso fue que entre libro, hazañas bélicas, respaldo de sus fieles legionarios y reparto de dinero a senadores y otros golfos, César hizo encaje de bolillos.

A la guerra civil le dio el finiquito librándose de su ex amigo y ahora enemigo Pompeyo, al que derrotó en la batalla de Farsalia. Asesinado Pompeyo y liquidados sus últimos seguidores en Munda (Montilla, España, ahí donde el vino), a partir del 44 a. C. no quedaba quien le hiciera sombra.
Así que blindó su poder a perpetuidad, se nombró pontífice máximo, combinó dictadura con consulados, sobornó todo lo que se movía, impuso los magistrados que le salieron del cimbel y purgó de enemigos el Senado.
Además, pagando juegos en el circo y con otros muchos gestos populistas (el tío era más listo que los ratones coloraos) se metió al populus romanus en el bolsillo.

Incluso tuvo un sonado encame con Cleopatra, reina de Egipto, que era un trueno de señora, exótica y tal, clavadita a Elizabeth Taylor, y a la que en un episodio digno del Hola (revista que entonces se habría llamado Ave), le hizo una criatura llamada Cesarión (recomiendo la serie televisiva Roma, donde se cuenta todo eso de maravilla).

Pero claro. Aquello era demasiado para el cuerpo de senadores insatisfechos con el personaje, unos porque ya no trincaban como antes y otros más honrados (digo yo que alguno habría), cabreadísimos por ver cómo César se pasaba por el arco del triunfo las antiguas y dignas costumbres republicanas, y por cómo sus compadres, ojo al dato, lo tentaban con la corona real. Así que entre varios montaron una conspiración preciosa, y el año 44 a. C. le dieron a don Julio las suyas y las de un bombero. O sea, que los conspiratas lo apuñalaron hasta darle matarile en plena calle (ya saben, Kaì sú téknon, Brute? y todo eso). Para disfrutar más del episodio, recomiendo una novela cojonuda de Thornton Wilder que se titula Los idus de marzo. Y, bueno. El caso fue que muerto César, o sea, el hombre providencial a la vieja usanza, padre de la plebe y otros camelos, la huérfana república se convirtió en un problema político. Aquella Roma tan extensa y poderosa no podía volver a una monarquía a la antigua, ni la aristocracia podía ya hacerse cargo, ni la democracia cívica funcionaba. Era como con doña Ana de Pantoja en el Tenorio: Don Juan, yo la amaba, sí / más con lo que habéis osado / imposible la hais dejado / para vos y para mí. O sea, que tras la guerra civil y el episodio cesariano la cosa no tenía arreglo. Surgió entonces un nuevo triunvirato para repartirse el poder entre unos jóvenes amigos de César: Lépido, Marco Antonio y Octavio. Pero este último, que era el listo de la pandi, les jugó a los otros la del chino. Dejó a Lépido, el más pardillo, fuera de circulación, y luego le hizo la cama a Marco Antonio, que también se había enrollado con Cleopatra. Los derrotó a uno y a otra en la batalla de Actium, y Marco Antonio se suicidó poco después. Por su parte, Cleopatra quiso repetir la jugada habitual con Octavio, haciéndose un triplete de romanos. Pero aquel, jovencito, frío como la madre que lo parió, era de otra pasta. Pasó por completo de la egipcia tentadora, que también acabó suicidándose, hizo que asesinaran al Cesarito junior para despejar el paisaje, y se convirtió en lo que hoy llamaríamos puto amo de Roma. Lo que me propongo contarles en el próximo capítulo.

[Continuará].




Una historia de Europa (XXIII)

28 Feb 2022

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ARTURO PÉREZ-REVERTE

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Patente de corso, Una historia de Europa

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Con poco más de 30 años de edad, Octavio se hizo dueño del mundo. Aquel cabroncete que con tanta habilidad se había quitado de encima a la competencia, criado entre guerras civiles y conspiraciones senatoriales, era muy inteligente y tenía horchata en las venas. Dicho en términos taurinos, sabía torear a Roma por los dos pitones. Y así lo hizo, pese a su juventud. Las formas republicanas se habían ido al carajo tiempo atrás y el senado era una piltrafa corrupta. Le habría sido fácil hacerse proclamar rey, pero era más listo que todo eso. Después de tanto Catilina, tanto Espartaco, tanto César y tanto soponcio, lo que los romanos anhelaban era paz, tranquilidad y trabajo. Y si el precio era la democracia, pues se pagaba y santas pascuas. Roma quería un amo. Así estaban las cosas, y el lince de Octavio lo vio claro. También vio que era necesario guardar las formas: hacer como que no. Así que se fue arrimando al poder absoluto con mucha maña y mucho tiento. Benefició a los legionarios jubilados y creó una burocracia administrativa eficaz que resolvió no pocas papeletas. Al senado se lo metió en el bolsillo con privilegios y enjuagues, transformándolo en un consejo que le era por completo adicto; y en el año 27 antes de Cristo les jugó a todos la de Fumanchú, o sea, hizo una maniobra magistral: de pronto devolvió los poderes al senado (que como digo, comía de su mano), dijo que volvía la República y que él se retiraba a su casa a ver la tele, o lo que se viera entonces. Por supuesto, el senado y Roma entera dijeron que ni se le ocurriera eso, por Dios. Que le daban todos los poderes habidos y por haber, que pidiera por esa boca. Así que a partir de ahí lo tuvo fácil. Ayudaba mucho que era hombre sobrio y cumplidor, trabajador, familiar, más bien soso, de costumbres moderadas y con gran sentido patriótico y del estado. Procuró, sobre todo al principio, comportarse como un ciudadano más, no como un jefe absoluto, aunque lo fuera. Y realmente era un tipo valioso. Su sistema administrativo resultó formidable, construyó ciudades, carreteras y hermosos edificios en la capital (se jactaba de que encontró una Roma de ladrillo y la dejaba de mármol), y comprendiendo que la religión era una manera de atar en corto a la peña, defendió y potenció aquélla, construyendo además uno de los más hermosos lugares de la ciudad: el Panteón o templo de todos los dioses. Como era hombre culto, supongo que había leído lo escrito un siglo antes por Polibio: Si fuera posible un estado que habitaran sólo personas inteligentes, la religión no sería necesaria. Pero la muchedumbre es tornadiza, y alberga pasiones injustas, falta de razón e impulsos violentos. La única solución es contenerla con el miedo a cosas desconocidas. Así que se introdujo él mismo en el concepto. Comprendiendo, perspicaz, que una religión vinculada a lo oficial facilitaba las cosas, se puso a ello, relacionando con gran habilidad el culto a los dioses con el culto al estado. Y claro, de ahí a trasladar ese culto a quien regía el estado, el imperator augustus, sólo mediaba un paso, que dio sin despeinarse. A partir de entonces, Octavio se convirtió en el divino Augusto, cabeza militar, civil y religiosa de un extenso estado multicultural, la Roma eterna, aglutinada bajo su imperium y gobernada con su personal y paterna bondad (Por un dios presente entre nosotros será tenido Augusto, escribió Horacio, que además de gran poeta era un pelota). Inventó así, ese pedazo de artista político, el truco del almendruco: el poder te hace dios. O sea, el culto casi religioso, o sin casi, al líder divinizado, que tanto éxito tendría en la historia, y del que notables ejemplos serían veinte siglos después Stalin y Mao Tsé-Tung, o Zedong, o como se escriba ahora. Con el tiempo, todo eso fue fraguando en instituciones sólidas y en el largo período de prosperidad que (sobresaltos y guerras menores aparte) se acabó llamando pax romana. Una consolidación del imperio, aquélla, a la que contribuyó la política de los emperadores que sucedieron a Augusto, y a la que no fue ajena la extensión de la ciudadanía a provincias lejanas: a quien pagaba impuestos sin rechistar y ponía su lealtad a Roma, a sus dioses e instituciones, por encima de querencias locales. Y además, detalle clave, la nueva identidad, que otorgaba igualdad de derechos sociales, políticos y fiscales, se transmitía de padres a hijos. Muy pocos dejaban de querer eso, de modo que la cada vez mayor población del imperio se fue aglutinando y fundiendo bajo la común etiqueta. Durante los tres y hasta cuatro siglos siguientes, pese a las muchas peripecias, resquebrajamientos y sobresaltos que jalonarían la historia, millones de ciudadanos iban a pronunciar con orgullo la famosa (y bella) frase Civis romanus sum.

[Continuará].








Una historia de Europa (XXIV)

14 Mar 2022

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ARTURO PÉREZ-REVERTE

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Patente de corso, Una historia de Europa

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A punto de moverse la bisagra que, al contar los siglos, separa las fechas a. C. y d. C., o sea, antes y después del nacimiento de Cristo, Roma era dueña del mundo entonces conocido. El imperio, establecido de forma sólida bajo Augusto y sus sucesores, gozaba de extraordinaria salud. El asunto consistía ahora en asegurarlo, pues la prosperidad romana atraía, como moscas a un panal de miel (y tal vez les suene a ustedes el asunto), tanto a inmigrantes pacíficos como a invasores violentos. Para más seguridad, Augusto quería llevar las fronteras (el limes, bonita palabra) del Rhin hasta el Elba, y sus sucesores siguieron dale que te pego: pacificada la Galia, establecieron provincias en las actuales Baviera, Suiza, Austria y Eslovenia. Después ocuparon el Danubio medio y reanudaron campañas contra los germanos, amenaza norteña a los que el historiador Tácito (No es misión de los dioses procurar nuestra seguridad, sino nuestro castigo) menciona como heer-mann, hombres de guerra: o sea, una panda de cabrones. Sin embargo, el avance hacia el Elba se paralizó cuando el jefe querusco Arminio (ciudadano romano, por cierto, que había mandado tropas auxiliares en las guerras de Panonia) se pasó por la piedra a tres legiones romanas, de las que no dejó ni los rabos, en el bosque de Teotoburgo. Aun así, percances aparte, Roma consolidó sus fronteras repartiendo leña o pactando con los pueblos bárbaros vecinos, de un modo que Apiano describió con buen pulso: Han situado alrededor del imperio grandes campamentos militares que custodian una extensión tan enorme de tierra y mar como si de una plaza fuerte se tratara. Para ese despliegue no había, naturalmente, suficientes romanos de pata negra, pues buena parte de ellos prefería dedicarse a otras cosas en vez de estar todo el día con el escudo y la lanza, vigilando que el bárbaro de turno no se colase por el Rhin, el Danubio o el Sáhara. Que le grite el centurión a su puto padre, decían. Así empezó algo que con el tiempo daría problemas, pero que entonces era buena solución: cada vez hubo más soldados de la periferia, incluso bárbaros reclutados en las fronteras mismas, que legionarios de origen italiano. Y lo mismo ocurría con los oficios duros o bajos, que se dejaban a los inmigrantes: tendencia habitual en todos los imperios que en el mundo han sido, y que según el historiador y filósofo Carlo Cipolla (apellido que tiene rima), siempre acaban contribuyendo a su decadencia (me parece que lo escribió él, aunque no me acuerdo bien). Pero hasta los tiempos oscuros de bárbaros y todo a tomar por saco faltaban todavía unos siglos; y la Roma de aquel momento, la de Augusto, Tiberio, Calígula, Claudio, Nerón y otros emperadores cuyas vidas contó Suetonio en sus Doce césares, era el non plus ultra de dinero y poderío. De robar al mundo, los romanos pasaban a ser productores, importadores y exportadores del mundo. Todos querían pertenecer al imperio o comerciar con él, y la viruta entraba a chorros. Eso dio pie a un auge científico y cultural de larga duración y enormes consecuencias, comparable al de Atenas en los buenos tiempos del cuplé. Un poeta genial llamado Virgilio compuso la única obra épica a la altura de la Ilíada y la Odisea, que es la Eneida; donde figuran, por cierto, dos de mis frases favoritas de la literatura universal: Nox atra cava circunvolat umbra (la oscura noche nos envuelve con su cóncava sombra) y Una salus victis nullam sperare salutem (la única salvación de los vencidos es no esperar salvación alguna). Pero no sólo Virgilio, claro. Horacio fue otro poeta latino enorme (Qué campo no atestigua / fecundado con sangre romana / nuestro furor), como lo fueron Ovidio (¿Quién, sino un soldado o un amante / arrostrará los fríos de la noche?) y el viciosillo Catulo (Por ti las vírgenes sueltan / el ceñidor del seno); y más tarde, Marcial, que fue quien mejor retrató la Roma cotidiana, los cotilleos y las desvergüenzas públicas y privadas (Cada vez que me pillas con un muchacho, esposa mía / me censuras y dices que tú también tienes un culo). Añadamos la intensa vida social, los espectáculos públicos y el teatro, donde autores como Plauto y Terencio llenaban las gradas, y el peso cultural de historiadores como los antes mencionados y el gran Tito Livio (Ab urbe condita); y también de pensadores y filósofos como el emperador Marco Aurelio, cuyas Meditaciones son un libro clave en la cultura occidental, o el estoico e influyente Séneca (nacido en Hispania, por cierto), preceptor del emperador Nerón y autor, entre otras muchas cosas, de unas Cartas a Lucilio que se cuentan entre las grandes obras de la filosofía y la literatura universal. No es bondad ser mejor que los peores, escribió el tío. Y también: Ocio sin letras es muerte y sepultura en vida. Así que, oigan. Pues eso.

[Continuará].






Una historia de Europa (XXV)

11 Abr 2022

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ARTURO PÉREZ-REVERTE

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Patente de corso, Una historia de Europa

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Y entonces, justo entre el día 1 antes de Cristo y el día 1 después de Cristo, en la provincia romana de Judea, lejos de una Europa y un Occidente en los que iba a influir como nadie influyó jamás, nació un hombre extraordinario llamado Jesús. Tanto se ha dicho y escrito sobre él que resulta imposible deslindar la verdad de la mentira, lo cierto de la leyenda y lo humano de lo divino. Eso dejémoslo a otros; que ellos aten, si pueden, tan difícil mosca por el rabo. Lo que para esta historia importa es que Jesús era judío, hijo de un carpintero, y que tras una infancia y una juventud oscuras, a partir de los 30 años, mostrando un carácter, una personalidad y un encanto extraordinarios, empezó a predicar lo que hoy conocemos por cristianismo o religión cristiana (del griego xristos, que significa ungido, o mesías). Se basaba la cosa en el amor al prójimo, la fraternidad del género humano, la existencia de una vida eterna tras la muerte (para la que la vida terrena sería sólo preparación), y la omnipresencia de un dios supremo, paternal y bondadoso, del que Jesús, sin cortarse un pelo, se proclamaba hijo. Y tan elocuente fue, tan persuasivo y magnético, que arrasó entre los suyos. A lo mejor sólo era un tío al que se le había ido la olla, o un manipulador muy listo, o un fulano que se creía de verdad lo que predicaba; o tal vez, simplemente, una buena persona. Posiblemente fuera esto último, pero lo que importa es que su discurso, nuevo en la historia de la Humanidad, funcionaba de maravilla. A los ricos ofrecía reparación, esperanza a los desgraciados y consuelo a todos. Lo seguían los pobres y hasta redimía a las prostitutas. Como entonces no había tele, ni radio, ni internet, predicaba en vivo, cara a cara. Y empezaron a seguirlo centenares y miles de personas. Eso no tardó en causar problemas, pues por un lado los sacerdotes de la religión judía oficial se indignaron con aquel muerto de hambre que les robaba la clientela; y por otro, los romanos, que eran quienes cortaban el bacalao, se mosquearon porque algunos seguidores de Jesús, que no comprendían su mensaje o lo interpretaban de otra manera, afirmaban que era el jefe que los libraría del yugo de Roma. De todas formas, y para ser justos, quien de verdad hizo la cama a Jesús fueron los curas de allí: el clero judío, fariseos, saduceos y fulanos de similar pelaje, que tragaban bilis negra cada vez que lo oían largar por aquella boca. Todo eso está muy bien contado (con adornos, fantasías y camelos, pero de forma interesantísima) en cuatro libros llamados Evangelios, o Nuevo Testamento, cuya lectura, además de divertida, conmovedora y fascinante, permite comprender buena parte de las claves remotas de la historia no sólo europea, sino universal. Y claro, la película acabó como tenía que acabar. Los sacerdotes le jugaron a Jesús la del chino, montándole un complot que ni los de Fantomas. Sin embargo, pese a las ganas que le tenían, ellos no podían condenarlo a muerte; así que le pasaron el marrón a los romanos, en concreto al gobernador imperial, que se llamaba Poncio Pilatos, asegurándole que aquel tocapelotas quería proclamarse rey. A Pilatos, práctico como todos sus compatriotas, le importaba un carajo la religión que predicara Jesús, sobre todo porque los romanos eran gente ecléctica que aceptaba toda clase de creencias de los países conquistados; y una más se la traía, dicho en corto, bastante floja. Sin embargo, para quitarse de encima a los sacerdotes judíos, dijo que allá ellos mismos con sus mecanismos, y organizó la primera Semana Santa. A Jesús, recién cumplidos los 33 años, lo crucificaron, etcétera. Lo han visto ustedes en el cine, en Rey de reyes y otras pelis. Unos dicen que resucitó a los tres días y otros dicen que no, y en eso no me meto. Lo importante es que antes de que le dieran matarile, Jesús había elegido a doce amigos especiales, los llamados doce apóstoles; y éstos, que mientras apresaban al maestro no se portaron precisamente como tigres de Bengala ni leones de Judea, después hay que reconocer que sí le echaron huevos a la vida, pues se dedicaron a recorrer la tierra predicando lo que les había enseñado. Algunos lo pagarían con la prisión y la muerte, pero la nueva religión, llamada cristianismo, creció imparable, convirtiéndose en el mayor prodigio religioso y cultural en la historia no sólo de Roma y Europa, sino del mundo conocido y por conocer. Contribuyó mucho la intervención de un judío ciudadano romano llamado Saulo, o Pablo, que no llegó a tiempo de ser uno de los compadres íntimos de Jesús; pero que al apuntarse luego al asunto dio al cristianismo una estructura y un vigor intelectual cuyos resultados, veintiún siglos después, aún tenemos a la vista. Pero, bueno. De eso hablaremos más despacio, cuando toque.

[Continuará].








Una historia de Europa (XXVI)

18 Abr 2022

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Una película de romanos, o sea. Clavadito a una superproducción de Hollywood de las de antes. Así fue el Imperio del siglo I después de Cristo: emperadores, intrigas cortesanas, gladiadores, últimos días de Pompeya, Quo vadis Domine, legiones luchando en las fronteras, cristianos echados a los leones y demás elementos clásicos del género. Lo sabemos porque historiadores, filósofos, dramaturgos, poetas y escritores costumbristas dejaron extenso relato de todo aquello. Nunca la modernidad había llegado tan arriba, y el sello que Roma imprimió marcaría el mundo durante veinte siglos. La primera tanda de emperadores desde Augusto, vinculada a la misma familia, aportó personajes interesantes de ambos sexos, no siempre por sus virtudes: el viejo y detestado Tiberio, el populista y al fin majareta Calígula, que recibió un Imperio sano y acabó arruinándolo (en un año dilapidó 2.700 millones de sestercios), el sorprendente Claudio, de pasión insaciable hacia las mujeres pero ajeno a los hombres (eso dice el historiador Suetonio), el pelirrojo y contradictorio Nerón, adorado al principio y odiado al final, y también señoras de rompe y rasga como Livia, Mesalina, Agripina, Popea y alguna otra. Entre esa peña, propensa a intrigas familiares, incestos, envenenamientos y otras delicias domésticas, fue Claudio (que parecía el tonto de la familia) quien más aportó en grandeza estatal. Conquistó Britania, lo que no es ninguna tontería; y aunque el senado fue poco más que una herramienta en sus manos, pues hizo dar matarile a quien rechistaba (liquidó a 35 senadores y a 300 equites o caballeros, sin despeinarse), creó una administración moderna, sólida y estable en la que intervenían empleados de la casa imperial, pero sobre todo los llamados liberti, o libertos. Y eso de los libertos, ojo al dato, sería decisivo para Roma, pues eran antiguos esclavos manumitidos: preceptores, letrados, técnicos, gente eficaz que ocupó puestos importantes, enriqueciéndose hasta el punto de que algunos amasaron fortunas y, por su triple condición de ricos, influyentes y advenedizos, despertaron la envidia de la antigua y zángana aristocracia de sangre, que siempre que pudo los despreció e hizo la puñeta. Sin embargo, ser rico en Roma no era del todo una ventaja; pues cuando los emperadores iban tiesos de viruta, que era casi siempre, recurrían al truco de condenar a un senador o a un millonetis que les cayera gordo, confiscándole los bienes (La fuerza y la riqueza en los particulares son enemigas de los príncipes, escribió el historiador Tácito, que tenía buen ojo). De los emperadores de la primera época, quien aplicó el sistema confiscatorio con mayor crueldad fue Nerón, quizá el más famoso de todos ellos. Llegó al poder a los 16 años con buenas intenciones, aficionado a la técnica y la economía moderna, las obras públicas, el helenismo oriental, la cultura y los espectáculos no sangrientos (tuvo como preceptor y consejero a un brillante cordobés, el escritor y filósofo Séneca), y fue adorado por el pueblo, al que halagó en detrimento de los grandes y poderosos. Sin embargo, la necesidad de recursos para financiar la grandeza de aquella Roma en la que sinceramente creía acabó por llevarlo a un callejón sin salida, haciéndole saquear cuanto produjera ingresos al Estado. Su rapiña fiscal fue tan voraz que primero puso en contra a los ricos que pagaban la fiesta y luego al público en general, que empezó a verse sin pan ni circo. Llegaron entonces las conjuras, las represalias y el terror. Para rematar la cosa, el año 64 se incendió Roma. La oposición usó el asunto para azuzar al pueblo contra el emperador, y éste pasó la pelota a los cristianos, que andaban por allí reclutando gente y a los que Claudio había dado ya un toque de atención (eso de que el Reino de los Cielos fuese más importante que la Roma imperial no lo veía nada claro). El caso es que Nerón, en busca de chivos expiatorios, hizo que fuesen los cristianos quienes se comieran el marrón, desencadenando la primera gran persecución contra ellos. Pero ni así pudo solucionar los problemas: abandonado, paranoico, vio cómo los militares se sublevaban en las provincias y todo se le volvía insostenible. Tenía sólo 30 años cuando, despreciado por el pueblo, odiado por el senado, más zumbado que un cencerro, se suicidó haciéndose matar por un liberto secretario que, para más recochineo, se llamaba Hepafrodito. ¡Qué gran artista pierde el mundo!, fueron sus últimas palabras. O eso dicen. Después de aquello, el general Galba (un duro veterano apoyado por las legiones de Hispania) entró en la ciudad, ocupó la silla imperial y puso fin a la dinastía de Julios y Claudios que había hecho de Roma la nación más moderna y poderosa de la tierra.








Una historia de Europa (XXVII)

02 May 2022



Enviado Nerón ad penates, como se decía entonces, llegó a Roma el tiempo de los que podríamos llamar emperadores-soldados, porque procedían del ejército y eran respaldados por las legiones. Curiosamente, salvo excepciones, entre esa peña hubo más de bueno que de malo. Liquidada una guerra civil que en el año 69 enfrentó a los generales Otón, Vitelio y Galba, surgió una estrella llamada Vespasiano (veterano del Danubio y Palestina, apoyado por las legiones de Hispania) que resultaría un emperador bastante potable. Austero, sobrio en el comer y vestir al modo antiguo, Vespasiano moderó los excesos de lujo imperiales y emprendió una campaña de obras públicas destinada a dar trabajo a la gente. Su extensión del derecho romano hizo posible un estado más homogéneo y facilitó la llegada de hombres nuevos, procedentes de las provincias y las colonias, integrándolos en los oficios y dignidades imperiales. También organizó un sistema público de enseñanza, eximió de impuestos a médicos e intelectuales y fue el primero en destinar 100.000 sestercios anuales para pagar a los maestros. Eso sí: con él, duro soldadote, se acabó la ficción de que un emperador no era otra cosa que defensor de la antigua república romana. Eso ya no se lo tragaba nadie, así que terminaron los paños calientes. Para financiarse resucitó viejos impuestos e inventó otros nuevos, incluido uno sobre recogida de la orina, que tenía un uso industrial (El único reproche justificado que se le puede hacer es su amor al dinero, escribió el historiador Suetonio). El caso es que, desde entonces, los emperadores romanos se mostraron sin disimulo como eran: dueños del asunto. Dominus, dicho en bonito. Por lo demás, dispuesto tanto a moralizar Roma como a hacerla suya, Vespasiano purgó el senado de indeseables y corruptos, y también de desafectos a su persona, apoyándose en una clase rica y poderosa, formada en gran parte por senadores y millonetis hispanos. Del apoyo de esa oligarquía iban a salir varios emperadores, entre ellos los cinco más interesantes de este período: Tito (hijo de Vespasiano, había aplastado una rebelión en Palestina, destruyendo Jerusalén y dando lugar a la primera diáspora judía), Domiciano (pésimo militar pero excelente organizador de la administración del imperio), Trajano, Adriano y Marco Aurelio. En lo que a Tito se refiere, era un chaval razonable, generoso, que nunca firmó como emperador una sentencia de muerte. Estuvo poco tiempo, pero le pasó de todo: el Vesubio destruyó Pompeya y Roma se incendió otra vez. En cuanto a Trajano, es uno de mis emperadores favoritos no sólo porque nació en Itálica, Hispania, sino porque aunque ejercía de modo férreo el poder mantuvo excelente relación con el Senado. A él se deben las últimas colonizaciones hechas por las legiones, con una política exterior agresiva y conquistadora (aún lo conmemora en Roma la famosa Columna Trajana), mientras que en el interior mantuvo la paz social reduciendo impuestos y favoreciendo el interés público con una especie de despotismo ilustrado que podríamos llamar humanitas: un estado más o menos de bienestar, dentro de lo posible en esa época. Le sucedió otro hispano, Adriano, que pasó de una política exterior agresiva a una defensiva, aplastó otra sublevación en Palestina dando pie a la segunda diáspora judía, y (anécdota social curiosa) fue el primer emperata en aceptar de modo público la homosexualidad con los jóvenes. El último grande fue Marco Aurelio, claro. Con buena formación intelectual, practicante de la filosofía estoica, su libro Las Meditaciones es un extraordinario código moral y una joya de la cultura europea (Si no participas de la razón, has nacido esclavo). Aunque para conocer la Roma real de entonces, mucho más canalla, convenga leer los Epigramas de otro hispano, Marcial (No pido que no te follen, Lesbia, sino que no te pillen). Marco Aurelio vivió tiempos muy convulsos, como una pandemia que procedente de Asia (lo que parece nuevo sólo es lo olvidado) causó siete millones de muertos. También hizo frente a las primeras grandes invasiones del este de Europa: marcomanos, longobardos, germanos y sármatas se acercaban al Rhin y el Danubio empujando fuerte. El futuro y sus sombras tardarían en llegar, pero llamaban a la puerta; y a la muerte de Marco Aurelio, esa puerta iba a entreabrirla su hijo Cómodo (el villano de la película Gladiator): un megalómano criminal e incapaz (acabó estrangulado por un atleta del circo, lo que tiene su puntito), cuyo gobierno clavó el historiador Casio Dión con estas acertadas palabras: Su reinado marcó la transición de un reino de oro y plata a uno de hierro y moho. Aunque a finales de ese siglo II aún quedaba cuerda para rato, por el imperio romano empezaban a doblar las campanas.

[Continuará].










Una historia de Europa (XXVIII)

16 May 2022



Es precisamente ahí, cuando el imperio romano alcanza la cima y empieza un lento declive que iba a prolongarse un par de siglos, cuando conviene considerar el auge de una religión originalmente judía, la de los cristianos, que iba a influir de modo asombroso en la historia de Roma, de Europa y del mundo conocido y por conocer. Al principio eran cuatro gatos que se reunían de forma clandestina; luego fueron objeto de persecuciones y matanzas, y al final acabaron siendo más audaces y predicando abiertamente sus creencias. El mensaje, revolucionario para la época, sostenía la igualdad y el amor entre los seres humanos, el perdón de los pecados cometidos y la compensación, mediante una vida futura y eterna, de los sufrimientos terrenales. Aquello atrajo al principio a los más pobres y desgraciados, pero poco a poco fue ampliándose la concurrencia. El hecho de ponerse a menudo chulitos frente a la autoridad de los emperadores contribuyó a darles publicidad y prestigio, y hasta en el ejército empezaron a infiltrarse. Frente a una administración imperial cada vez más rígida y elitista, ellos ofrecían ayuda mutua para el presente, esperanza para el futuro y consuelo en la muerte. Además, los pobres iban a ser dueños del Reino de los Cielos, así que no vean cómo se apuntaba la peña y cómo se mosqueaban las clases dirigentes, porque eso era ácido sulfúrico para las jerarquías y valores tradicionales. A finales del siglo II, las asambleas o ecclesiae de los cristianos tenían ya mucha fuerza social, y que en el siglo siguiente se desataran duras persecuciones contra ellos (Decio, Valeriano y Diocleciano les dieron hasta en el carnet de identidad) indica que el poder empezaba a acojonarse de verdad. El éxito acabó requiriendo una organización; y se pasó así, como siempre ocurre en estos casos, de una estructura horizontal anárquica a otra vertical, jerarquizada en jefes llamados obispos, en plan tranquilos, hermanos, que yo os represento (supongo que les suena a ustedes el mecanismo). Así entró el cristianismo en la vida social y las iglesias se convirtieron en lugares importantes. Eso hizo que las relaciones entre esa comunidad y el Estado, aunque cambiantes según las épocas, se fueran ajustando en plan vamos a llevarnos bien y entre bomberos no nos pisemos la manguera. Llegado a este punto, el cristianismo era ya una fuerza poderosa, y no sólo espiritual (un bonito ejemplo es el obispo Calixto, la quiebra de cuya banca en Roma, con fondos de viudas y huérfanos, lo había mandado una temporada a picar azufre en las minas de Cerdeña). Lo interesante de este proceso es cómo un movimiento que por impulso natural tendía hacia una especie de anarquismo (igualdad, fraternidad, rechazo de bienes terrenales, insumisión al orden establecido y otros etcéteras) acabó transformándose no sólo en fuerza política, sino también en poderosa herramienta del Estado. El truco del almendruco hay que apuntárselo al más brillante intelectual cristiano de la época, un judío y ciudadano romano llamado Saulo, hoy conocido como San Pablo. Con una visión genial de la jugada, en sus famosas cartas (epistulae) a las congregaciones cristianas, aquel fulano frenó la tendencia al desmadre de sus correligionarios, llamó a la paz social, pidió respeto a la propiedad privada e insistió –punto clave– en que el deber para con Dios era perfectamente compatible con los deberes sociales dentro del imperio. Hasta a los esclavos les dijo obedeced en todo a vuestros amos según la carne. Pero todavía fue más allá, y el paso fue decisivo: Toda alma se someta a las autoridades superiores, porque no hay autoridad que no sea instituida por Dios, escribió el tío. Y eso tiene tela marinera, porque significaba un nuevo y original enfoque de los Evangelios. Nulla potestas nisi a Deo: todo poder constituido viene de Dios, y éste participa en el poder político del mundo. Eso era, literalmente, una bomba. Nada menos que pasar de mi Reino no es de este mundo a un revolucionario (o más bien contrarrevolucionario) todos los reinos del mundo son de Dios. Tan hábil juego de manos iba a abrir un debate de casi veinte siglos; pero de momento permitiría a emperadores, reyes medievales, monarcas cristianísimos y cuantos dirigentes vinieron luego, declararse con legitimación divina (por la gracia de Dios) en el ejercicio del poder. Y también, de paso, a los jerarcas de la Iglesia cristiana convertirse en intermediarios, cómplices y hasta propietarios del poder terrenal. Así que, imagino, allá en el Cielo, sentado a la derecha del padre, a Jesucristo tenían que estársele poniendo unos ojos como platos. Para esto –pensaría, desilusionado– baja uno a la tierra y permite que lo crucifiquen esos cabrones.

Una historia de Europa (XXIX)

30 May 2022



Más o menos desde mediados del siglo III después de que naciera Jesucristo, el Imperio Romano se iba al carajo. El siglo IV ya sería luego la pera limonera, pero todavía estábamos en el otro, cuando el cadáver aún se descomponía despacio. Lo bueno (o lo malo) que tienen los imperios es que tardan en caer del todo, y mientras caen ocurren muchas cosas. En cualquier caso, para la antes omnipotente Roma todo el pescado estaba vendido, o casi. El imperio era la descojonación de Espronceda: se fragmentaba en parcelas locales medio autónomas y cada cual iba a su bola. La ciudad de Roma, teóricamente caput mundi, era cabeza nominal de un mundo cada vez menos romano. Los emperadores, que ni siquiera vivían todos en ella, compartían poder con otros emperadores, repartiéndose las zonas hasta el punto de que hubo varios al mismo tiempo. De esa época data un hecho importante: la creación en el año 285 de un mando doble sobre la zona occidental y la oriental del imperio, con dos emperadores (augustos) y dos ayudantes (césares). A eso se llamó tetrarquía, o gobierno de cuatro (si Octavio Augusto o Tiberio hubieran levantado la cabeza y visto eso, les habría dado un derrame cerebral). El caso es que entre el siglo III y el IV, además de dividirse administrativamente en dos, el imperio ya era una confederación de ciudades autónomas y amuralladas, cada una por su cuenta, mientras los bárbaros apretaban en el limes. Y tal era la presión de germanos, sármatas y otros inmigrantes por las bravas, que se cambió la táctica defensiva rígida y atrincherada por otra elástica, con legiones retiradas de las fronteras y situadas en el interior, dispuestas a intervenir donde se las requería. De aquellos legionarios y sus jefes, pocos nacían en la península itálica y muchos eran reclutados entre los mismos bárbaros. Para tenerlos contentos, pues eran el auténtico poder, a los soldados se les permitía dormir fuera del cuartel y organizarse como en sindicatos, con lo que la disciplina se relajaba mucho. Los emperadores eran militares profesionales de oscuro origen que ni siquiera tenían que hacer política en la capital: salían elegidos por la cara, directamente de la tropa. Nombrados por sus legiones, se enfrentaban a otros emperadores y algunos duraron tan poco que la Historia apenas retuvo sus nombres. Los hubo que reinaron tres semanas, y uno (escándalo para la época) era hijo de un esclavo liberto. Por lo demás, el imperio se tambaleaba tanto por la presión exterior como por la anarquía interior. Con el derrumbe de las estructuras estatales, todo era un sindiós difícil de administrar y la economía iba al desastre (El tiempo se nos escapa sin remedio, habría escrito otra vez Virgilio, de ver aquello). Exhausta la plata de las minas hispanas, sin riquezas que saquear mediante nuevas conquistas, con una feroz competencia de los imperios que en Oriente crecían ajenos al romano (Persia, la India), la forma de ingresar viruta eran los impuestos, abusivos y con multas escalofriantes a quien el Estado trincaba en sus fauces; hasta el punto de que bajo el dálmata Diocleciano (uno de los pocos emperadores competentes de esa época, quien retrasó veinte años la decadencia) se dieron los primeros casos documentados de evasión fiscal: ciudadanos romanos, tanto millonetis como gente modesta, cruzaron la frontera para instalarse en tierras bárbaras. La clase media fue machacada y el campo se despobló entre campesinos arruinados, desertores, bandoleros y recaudadores de impuestos más malos que el sheriff de Nottingham. La palabra democracia era ya pretérito pluscuamperfecto. La distancia social entre los emperatas y el pueblo fue tan enorme que empezó a darse un curioso fenómeno de igualdad por abajo, entre gentes hermanadas en la pobreza. Junto a la falta de confianza en la vida terrenal, eso favoreció la extensión del cristianismo, que aparte de perdonar culpas y dar de comer, que no era ninguna tontería (las comunidades cristianas practicaban la asistencia social), prometía una feliz vida eterna (lo que tampoco era moco de pavo). Y así, entre pitos y flautas, llegaron un momento y un personaje decisivos. El momento fue a comienzos del siglo IV, cuando el imperio tenía siete emperadores que andaban puteándose y asesinándose entre sí. Y uno de ellos, proclamado emperador en Britania y la Galia, iba a dar un toque decisivo a la historia de Roma y la futura Europa. El fulano se llamaba Flavio Valerio Constantino (Constantino para los amigos). Y el 28 de octubre de 312 derrotó a su rival más poderoso, un tal Majencio, con tropas que llevaban la cruz cristiana y la consigna In hoc signo vinces (con esta señal vencerás) en los estandartes. Pero eso, señoras y señores, requiere un capítulo aparte.

[Continuará].












jueves, 2 de junio de 2022

LA HEROICA RESISTENCIA DEL LOS CUERPOS, de Guillermo Saavedra



Sometidos a la dolosa fuerza
de gravedad colectiva.

Caídos en cumplimiento
del deber del capital salvaje.

Extirpados de obrajes,
oficinas, campos,
aulas, casas, camas.

Suprimidos incluso de la letra
más flaca del contrato social.

Acurrucados en su espesa condición
de diáspora en desgracia.

Asimilados con sórdida eficacia
a la invisibilidad de los grandes escándalos.

Deglutidos entre la indiferencia y el silencio
los cuerpos de hombres, mujeres y niños.

Abrumadoramente humanos,
se aferran al último tablón tras el naufragio y
tercamente se resisten a dejar de ser mirados.

Y en esa heroica obstinación, 
la humanidad admite, atragantada,
la prueba áspera y tenaz 
de todas las sórdidas batallas
que ha perdido.

SOBRE LAS MUJERES, de Arturo Pérez Reverte

Le respondí que allá él con sus mujeres, pero que uno se honra con el trato de varias que son de armas tomar.
Y que muchos nos negamos a aceptar que, por culpa del ridículo concepto medieval de la frágil dama como devocionario caballeresco, la mujer se perpetúe, en los relatos de ficción escrita o cinematográfica, reducida al papel de compañera o comparsa del viril protagonista
Y resulta que no.
Que de virtudes masculinas y femeninas podríamos hablar un rato largo sin necesidad de irnos a Hollywood.

Sin ir más lejos, esa mujer que madruga cada día y después de hacer la casa se va a la compra y vuelve para la comida y se sienta un rato a ver el culebrón y luego prepara la cena y deja, todavía, que el sábado el pariente le dé un asalto, es más dura de pelar, tiene más valor y más entereza que el animal de bellota que, en teoría, la mantiene.
Hagan memoria.

Nadie resiste como una mujer la enfermedad, o el sufrimiento propio o ajeno: cuida a los enfermos, se crece en la adversidad, pare hijos - y a veces los concibe - con dolor; y sobre lealtades y sentidos del deber podría dar lecciones a muchos maridos.

En cuanto a hacer daño, cuando una mujer abre la navaja no es, como la mayor parte de los hombres, para montar bulla y que nos vean, sino para matar de verdad.

En el otro extremo, enamorada, es capaz de amar con más entrega y pasión, y de hacer cosas, tomar decisiones, que los hombres, tan razonables y formales que somos, ni soñaríamos siquiera.

No hay quien detenga una mujer - ni familia, ni marido, ni convenciones sociales - cuando decide liarse la manta a la cabeza; y como adversario, nada más corrosivo para nuestra fatua virilidad que el odio o el desprecio de una hembra inteligente.

Pero, aparte de ser más consecuente y valerosa que los hombres, la mujer también es más culta.
No se trata de más tiempo libre, como dicen algunos simples, sino de menos egocentrismo: curiosidad por el mundo exterior.
La mujer posee mucha información global, porque ve más televisión, más cine. Lee más.

Los hombres estamos demasiado ocupados haciendo números, tomando decisiones fundamentales, endureciendo el gesto ante el espejo, pobres desgraciados, alardeando de un temple que se derrumba en cuanto nos tocan la nómina o el estatus, mientras ellas parecen poseer una reserva secreta de entereza para sobreponerse, aunque caigan chuzos de punta.
Échenle un vistazo a las estadísticas.
Además de su presencia en otros sectores, las mujeres copan las carreras de humanidades, o al menos lo que va quedando de éstas.

Así, en este final de siglo que termina de tan mala manera, en la confusión que caracteriza a esta especia de noche que se nos viene encima, tan fría como esos ordenadores que engendran los hombres con microchips en lugar de espermatozoides, las mujeres pueden terminar siendo para la cultura lo que los monjes medievales fueron en la trinchera de sus monasterios mientras el mundo se desplomaba alrededor.
Y ésa será su venganza, su revancha histórica sobre nuestra estupidez y nuestra injustificada autocomplacencia.

Virtudes masculinas, decía aquél.
Permita que me ría, respondí.
Ya quisiéramos nosotros, los hombres, poseer ciertas virtudes.

ROBERTO JORGE SANTORO, de Federico Frau Barros


A 80 años del nacimiento de Roberto Santoro, un viaje por los poemas que él no pudo publicar en vida por haber sido detenido y desaparecido en 1977 por la dictadura militar argentina.

El último trabajo del poeta Roberto Jorge Santoro fue como preceptor en la Escuela Nacional de Educación Técnica n° 25 del barrio de Once.
La noche del primero de junio de 1977, mientras el turno noche de la escuela estaba en clase, tres hombres ingresaron al recinto y preguntaron por Roberto Santoro.
Uno de ellos se presentó como el hermano de un estudiante.
Cuando apareció Santoro, los hombres lo agarraron por la fuerza, a punta de pistola, y se lo llevaron.
Hasta el día de hoy, Santoro se encuentra desaparecido.

Dos años antes de su desaparición forzada, en 1975, publicó su último libro, el más político.
Su título marcaba su forma de vivir la vida: No negociable.
Pero después de ese poemario, Santoro siguió escribiendo.
Y gracias a la edición completa de su obra que realizó la editorial Razón y Revolución en 2013 se conocen todos los poemas que Santoro no llegó a publicar en vida.
Allí, además de sus 13 libros de poesía aparece su obra inédita, respetando el orden y la secuencia con la que él los dispuso, “entendiendo que para su autor esa secuencia tenía un significado específico, tal vez constituían proyectos de libros que no llegaron a ver la luz”, explica la editora Rosana López Rodríguez al inicio de la compilación.


The end

Fueron las últimas palabras del general ajusticiado: “Muero contento, hemos batido a la guerrilla”.


Con fecha del 12 de marzo de 1977, ese es el último de los poemas que se han podido fechar de su obra inédita.
De ahí para atrás, se puede leer una serie de poemas que van al hueso, de un Santoro más sintético y político que nunca.
Los dos que los preceden son de una condensación total.
“Mala junta” del 10 de marzo de 1977 y “Sacarina” del 6 de diciembre de 1976.


Mala junta

Ejército de salvación.
Escuela de guerra.
Hogar policial.

Sacarina

Tratémonos dulcemente, hijo de puta.


Antes de eso, el 2 de noviembre de 1976, escribió la “Fábula de las interpretaciones” que describe las consecuencias del plan de la dictadura militar y que bien podría usarse para describir las políticas de cualquier gobierno que deja morir de hambre a sus ciudadanos.


Fábula de las interpretaciones

Dijo el optimista, en el país del orden:
“Cúmplense los planes en el plazo fijado. No veo mendigos en las calles”.

Oído lo cual, respondió el subvertido:
“Es verdad, ya están muertos”.


El poema anterior a esa fábula, “Incendio”, escrito cuando se cumplían los primeros tres meses de la dictadura militar, resume una época con solo ocho palabras: “Se necesitaba tanta agua para apagar tanto fuego”.
Los dos poemas que escribió antes de ese, también durante la dictadura, son dos potentes textos de tres palabras. “La iglesia en la hoguera” y “Despedida”.


La iglesia en la hoguera

Los papas queman.


Despedida

Adiós, patria y hogar.



Muchos de sus poemas inéditos, algunos escritos antes del Golpe de Estado del ´76, iban por este mismo camino: breves, directos y agudos.
Pinturas mínimas de la realidad social.


AAA

El sistema
ha comenzado a tartamudear


Silueta

El régimen militar
empieza por la comida

Nombres falsos

Qué va a ser justa la justicia
y el derecho derecho..?


Escala Zoológica

Como al ejército contrarrevolucionario
le falta el alma
está obligado a tener muchos cuerpos.


Represión

Para muestra
basta un botón


Combate

La esperanza del pueblo
es de grueso calibre

Trabajo práctico

Hacer la revolución


Más allá de estas aguafuertes políticas, estas denuncias sociales del tamaño de un tweet o de un haiku, Santoro también escribió sobre el lugar que él ocupó en la sociedad, la función de un poeta en tiempos de miseria planificada y el rol de la palabra.


Ejercicio

Las armas las carga el diablo
las palabras el poeta

Solicitud

A la palabra nuestra de cada día
darle vida hoy

Literatura popular

Tener la realidad
en la punta de la lengua

Caligrafía

El poeta no debe hacer
buena letra

Deuda

Muchos poetas
no tienen nada más que palabras

Toma

Sitiar al lenguaje
y ocuparlo

Escritura y libertad

Ex-preso
soy libre

Trueque

Al que escribe por escribir
se lo lee por leer

Límites

Si mides las palabras
¿podrás pesar los sentimientos..?


Además de la crítica a la dictadura militar y de sus postulados sobre el rol del poeta, otra de las principales temáticas que atraviesan estos poemas inéditos es la relación poeta - pueblo.
No todos ellos fueron escritos en sus últimos años, pero la mayoría es de la década del ´70 e integra un conjunto de poesías que fueron reunidas en esta recopilación bajo el título de «Series».

Silencio

Al poeta que no habla
el pueblo no lo escucha

Responsabilidad

El pueblo nos da la palabra
Doble responsabilidad
Darle la palabra al pueblo

Balance

Al único que le rindo cuentas
es al pueblo

Cabildo abierto

El lector quiere saber
de qué se trata

Ideología

Dirigir la palabra hacia el pueblo

Identidad

El poeta y el pueblo
comen en un mismo plato




El pueblo es quizás el concepto que más trabaja Santoro, no solo en la relación poeta - pueblo.
Y no como una obsesión, ni como una musa, sino por su sentir, por su verdadera pertenencia como parte de la clase trabajadora porque además de preceptor, Santoro supo ser vendedor en un mercado, pintor y empleado del Sindicato de Músicos.
En estos cinco poemas queda claro el lugar que él le dio al pueblo:

Tránsito

El que no va por la mano del pueblo
choca con la historia

Justicia

A los traidores
el pueblo les retira la palabra

Resultado

Con la publicidad pierde el enemigo
con la realidad gana el pueblo

La última cena en el capitalismo
aquí el pueblo no pide la cuenta

Razón
pueblo
única
mente


En julio de 1976, escribió una serie de variados homenajes entre los que habló del Che Guevara, Agustín Tosco, Rubén Pedro «El Indio» Bonet, Alberto Oscar Chejolán, Jorge Manrique y Fray Luis de León. Así como los personajes que homenajeó son diversos, también lo son los temas que abarcó, pero todos atravesados por su compromiso por contar la realidad que le tocó vivir.
Podríamos definir a este militante, laburante y poeta que nunca dejó de caminar las calles y empaparse de realidad, con cuatro de sus poemas inéditos: «Oficios personales», «Trabajo», «Obra» y «Observaciones».


Oficios personales

Di
versos

Trabajo

Hacer que la palabra
sea un hecho

Obra

Dar la cara
sostener la palabra
sacar la cara

Observaciones

Vi
viendo


Y así vivió Santoro, viviendo, viendo, contando y luchando.
Y así murió, haciendo todo eso hasta que se lo llevaron, sabiendo el riesgo que corría y conociendo las armas del enemigo.
En su poema “Currículum”, escrito el 10 de mayo de 1973, dejó la receta para sus inmorales verdugos: 

Dirán de mí
era débil
no lo pudo matar a dios del primer tiro
anduvo por el continente perdido de la
tristeza
como un perro sin patas
pero dirán de mí
todavía está entero
atraviésenlo con inmoralidades
es la única manera de que muera”.


POEMAS

Verbo irregular

Yo amo
Tu escribes
Él sueña
Nosotros vivimos
Vosotros cantáis
Ellos matan.

Cárcel del Pueblo

Ciudadano de la clase 39
Factor rh negativo
Comunica a la división de investigaciones
policiales antidemocráticas
haber descubierto una cárcel del pueblo.
Está ubicada cerca de mi casa.
Es la villa miseria
a la que da su espalda
la Manufacturera Algodonera Argentina
Sociedad Anónima.

Lluvia en la Villa

Afuera
el agua cae
de arriba para abajo.

Adentro
el agua sube
de abajo para arriba.

Correspondencia

A una calle de barro
corresponde una casa de lata?

Las cosas claras

Mi voz está en su sitio.
El corazón sabe algo más porque me duele.

Por eso digo:
terrible oficio
es repartir equivocadamente los abrazos,
y que el alma viva entre perros hambrientos.

Uno de mis errores
fue creer que todos éramos hermanos
y ahora
no se le puede cambiar el horizonte a la nostalgia.

Hay que olvidarse de las viejas sonrisas
y andar con el dolor a cuestas
para que sirva definitivamente.

Nunca dije
mi lágrima fue grande.
Sufrí,
no me quisieron.

Cada uno conoce su dolor
y sabe de qué manera hablarle a la desgracia.
Que venga la vida y me golpee,
de nada vale cerrar los ojos.

Un hombre dormido
es un dolor que descansa.

Es duro el amor cuando se niega
un día sin embargo recuesta sus abrazos
apoya su misterio en mi cabeza
y me lleva a vivir al primer piso de un incendio

No comparo.
Simplemente doy mi fruto
y espero.

La semilla más humilde
puede brotar el fuego o la hermosura.

Si estoy acorralado entre dos besos,
decido acurrucarme al pie de mi corazón
y sueño.

Soy triste hasta los zapatos

A la hora del té
mi alegría se sienta y llora conmigo.

Pero sostengo que un día
aunque el amor sea el hermano implacable de la lluvia
de mi casa a tus ojos
no habrá naufragios


Recurso de amparo

Con eso de la bomba atómica,
y el payaso de la paz que hace morir de risa.
Se tapó el carburador del aire.
Asómense a mi barrio
mientras los deshollinadores trabajan
en la chimenea de la democracia.

La ternura se emborracha en las cantinas
y no le pagan la jubilación a la esperanza.

Yo no pido volver,
pero con tanto encarpetar los pantalones cortos
murió de un infarto el barrilete,
y al amor le han disparado un tiro en la cabeza.

Desafío

La lluvia
apoya su jaula en el aire,
dispara sus ojos,
vuela.

Yo tomo una palabra,
le cambio la camiseta,
la visto de Santoro,
la doy vuelta.

Pero ¿quién le toca el culo
a la muerte..?
¿quién le moja la oreja..?

II

Mañana un general con viruela boba
habrá de acuartelar a mil conscriptos
porque una mosca le ensució un tintero
de la guerra del Paraguay.

Y su esposa tendrá un hijo con un coronel.

Un forzudo canta un jingle,
y en el décimo piso del ministerio
dos empleados juegan a la generala,
mientras una mujer les muestra la bombacha a dos cadetes

Parece que van a tapizar el sillón de la presidencia,
y está en estudio clausurar la poesía.
¿Qué hace el tanque ése parado en la puerta de mi casa?

III

El hijo del poeta surrealista
remontó clandestinamente un barrilete
viendo a un albañil leer a Kant en el tranvía,
y cuando vi que el padre del ministro se transformaba en iguana,
recuerdo que se organizó un campeonato de ajedrez en una villa miseria.

Así empezaron las cosas
fue cuando las gallinas todavía empollaban huevos.
Ahora a los almaceneros
se les ocurrió estudiar taquigrafía y bailes clásicos
No creo que aguantemos mucho tiempo.

Barrio sur

Un pan duro detrás de los balcones,
la humedad de la muerte viviendo entre
las patas de algún perro.

Y vos vieja mendiga apoyando tu corazón
en la arpillera
vaya a saber qué provecho le sacás a la basura.

Mientras el ángel de los frisos se cansa
para siempre de su gloria,
y yo camino, lluvioso,
por las calles de San Telmo.

Teoría poética

La estética
ética est.


OTRAS OBRAS

Oficio desesperado (Ediciones Cuadernos del Alfarero, 1962)
De tango y lo demás (Editorial Barrilete, fragmento 1962, versión completa 1964)
El último tranvía (Editorial Barrilete, 1963)
Nacimiento en la tierra (Ediciones Cuadernos Australes, 1963)
Pedradas con mi patria (Editorial Barrilete, 1964)
En pocas palabras (Ediciones Hechas a mano, 1967)
Literatura de la pelota (Editorial Papeles de Buenos Aires, 1971; ediciones Lea, 2007)
A ras del suelo (Editorial Papeles de Buenos Aires, 1971)
Desafío (Editorial Gente de Buenos Aires, 1972)
Uno más uno, humanidad (Ediciones Dead Weight, 1972)
En esta tierra lo que mata es la humedad (tragedia musical representada en Buenos Aires, 1972)
En esta tierra (canciones; música de Raúl Parentella; canto Kiko Fernández; Music Hall, 1972, disco L.P.)
Poesía en general (Editorial Papeles de Buenos Aires, 1973)
Cuatro canciones y un vuelo (Editorial Gente de Buenos Aires, 1973)
Las cosas claras (anti - libros "La trenza loca", 1973)
Lo que no veo no lo creo (canciones; música y canto Jorge Cutello, 1974)
No negociable, carpeta (Editorial Papeles de Buenos Aires, 1975)

martes, 31 de mayo de 2022

SÁBADO, de Alfonsina Storni

Me levanté temprano y anduve descalza
por los corredores: bajé a los jardines
y besé las plantas.
Absorbí los vahos limpios de la tierra,
tirada en la grama.

Me bañé en la fuente que verdes achiras
circundan. Más tarde, mojados de agua
peiné mis cabellos. Perfumé las manos
con zumo oloroso de diamelas. Garzas
quisquillosas, finas,
de mi falda hurtaron doradas migajas.

Luego puse traje de clarín más leve
que la misma gasa.
De un salto ligero llevé hasta el vestíbulo
mi sillón de paja.

Fijos en la verja mis ojos quedaron.
Fijos en la verja.

El reloj me dijo: diez de la mañana.
Adentro un sonido de loza y cristales;
comedor en sombra; manos que aprestaban
manteles.
Afuera, sol como no he visto
sobre el mármol blanco de la escalinata.

Fijos en la verja siguieron mis ojos,
Fijos. Te esperaba.

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